El R. Vicente Ferrer, nacido en Villa de Blanes, de la diócesis de Gerona (España), el 26 de octubre de 1721, fue admitido en la Congregación de la Misión en Barcelona, el 2 de junio de 1743, hizo los votos el 3 de junio de 1745.
El Sr. Ferrer fue un hombre instruido y un hombre de activa entrega. En 1765, fue nombrado superior de la casa de Guisona, y de allí, en 1770, pasó a la casa de Barcelona como superior de este importante establecimiento.
Hasta 1774, las casas de los Padres de la Misión situadas en España dependían de la provincia de Lombardía; pero, por causa de la distancia, era una fuente de dificultades. Por eso, en una carta del 3 de julio de 1774, el Sr. Antoine Jacquier, superior general (Circ., t. II, p. 99), erigió las casas de España en provincia especial. En esta carta, nombró al Sr. Vicente Ferrer, entonces superior de la casa de Barcelona, Visitador de la nueva provincia, alabando su piedad, su prudencia y su celo por la observancia de la disciplina.
Un Misionero español escribía más tarde: » Este primer Visitador, el Sr. Vicente Ferrer, fue verdaderamente un don de Dios para nuestra provincia. Era un hombre sabio como nos lo muestran la numerosas obritas que compuso y que forman una útil biblioteca cristiana (Notices bibliographiques de la Congr. de la Mission, V. Ferrer). Pero fue sobre todo un superior lleno del espíritu de san Vicente. (Annal. de la Mission, t. 40, p. 62.)
En su Circular dirigida a toda la Congregación el 1º de enero de 1790, el Superior general, el Sr, Cayla, decía:
» Hemos perdido este año a muchos Misioneros; pero hay algunos sobre todo cuya pérdida nos interesa más y que os debo dar a conocer. El primero es el Sr. Vicente Ferrer, superior de nuestra casa de Barcelona. Los detalles que me dan de su vida son de los más edificantes. Se portó en la Congregación con un alma pura que la corrupción no había empañado, una piedad tierna y talentos distinguidos. Desde los primeros tiempos, se mostró tal como ha aparecido en el curso de la vida un hombre lleno del espíritu de su estado, absolutamente muerto al mundo y a sí mismo, todo entero a sus deberes sin conocer otra felicidad que la que nace de una regularidad sostenida y de un trabajo constante. Ha ocupado sucesivamente los oficios de director del seminario, de superior, de visitador, y en todos estos diferentes puestos ha sabido ganarse el amor y la estima, manteniendo sin embargo la regularidad más exacta, de la que él mismo era un perfecto modelo; se distinguía también por sus talentos como por su piedad; y las obras numerosas que ha dejado, eternizando su nombre perpetuarán los esfuerzos de su celo «.
Un manuscrito donde se describen los últimos momentos y la muerte edificante del Sr. Ferrer traza de él este retrato : » La talla del Sr. Ferrer, estaba por encima de la media, de cuerpo delgado, el rostro un tanto alargado, boca pequeña, nariz aquilina, ojos negros y vivos, frente bien proporcionada y la tez pálida. Una dulce afabilidad, fruto, sin duda, de su profunda humildad, dominaba la expresión austera de su fisonomía, pues tenía en equilibrio la prontitud y la vivacidad de su carácter «.
EL Sr. Ferrer falleció el 28 de agosto de 1789 en Barcelona







