Vidriera de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Gilbert Cesbron · Translator: Luis Huerga, C.M.. · Source: Ocho palabras para la eternidad. Capítulo: «Soñar con una Iglesia».
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Vicente, hermano mío, padre mío Vicente, corro en pos de ti por los siglos sin esperanza de alcanzarte jamás. Eres tiempo ha mi héroe, mi modelo. Hombre de acción y de oración, de mando y de humildad, de organización y de imaginación, de este momento y de los siglos por venir, todo en uno. Infatigable titán de la caridad, no tienes edad: no te imagino joven, pero tampoco muerto. Tus métodos, tus máximas no muestran una sola arruga. En occidente, en el mundo entero, tu nombre recluta cada año a jóvenes por millares. Hombre de a pie, que manda con igual sencillez a mujeres que a soldados, a grandes y a pobres. Campesino en la corte del rey de Francia, son todos los demás quienes parecen advenedizos. ¡Persistente en tu ruta con la obstinación tranquila de los viejos navíos, que tantas han hecho! Sin ilusiones sobre la condición humana, «siempre habrá pobres entre vosotros», ¿dijo el Señor? – ¡Razón de más para aplicarse al trabajo sin respiro!

Muy exigente con los demás, un poquito menos que consigo mismo, cual es el secreto de los verdaderos jefes. Hombre dolorido, muy pronto desposado con el dolor ajeno, adivino tu frente infantil surcada por dos pliegues precoces. Toda tu vida en pugna con el sufrimiento; inventando cada vez la respuesta conveniente, pero a sabiendas de que a esa hidra, nadie podrá jamás rebanarle de una vez todas las cabezas. Llevando tu voz de pedregal, de sol, a las calas tenebrosas de las galeras, a la fétida lobreguez de los hospitales, a los recovecos del Louvre. Ave nocturna, con una amplia capa que azota el viento de noviembre, así veo yo al señor Vicente, el «Padre de la Patria», como te designa una antiguo grabado. Recogiendo por la noche niños abandonados: sin ti – pienso -, millares de sus descendientes jamás habría visto la luz, pero lo ignoran.

Anciano virgen, padre de familia numerosa; amo póstumo de mil palomares, de mil hormigueros azules: «Hijas mías …» – Decías bien, pues son Hijas de la Caridad, y la Caridad, hasta la consumación de los siglos, eres tú. Tú y cuantos se te asemejen, nunca ociosos, estimando en nada lo hecho la víspera, afrontando cada mañana un mundo nuevo. Mundo de dolor, mundo incurable, bien lo saben; de ahí que sean gente silenciosa, que eleva al cielo su desolado rostro y sus manos vacías. «Así también vosotros, cuando hayáis hecho cuanto os está prescrito, decid: Somos servidores inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer …»

Te hago algunas visitas al año en rue de Sévres, donde reposas por fin en una urna puesta en alto. Se sube a ella por una doble escalera ornamentada con estatuillas y que semeja, con desventaja, la maqueta de la que, en Lourdes, lleva de una a otra basílica. Nadie hay sino tú en esta capilla, Vicente, un portento de la naturaleza. ¡Qué mal trata a los santos nuestro fervor! Una vez muertos, juega con ellos a las muñecas: viste de oro a quienes sólo se vistieron de sayal, los embellece, los maquilla… ¡Poco importa! Henos aquí ante tu semblante, apenas una máscara, aunque con un parecido. Campesino de Dios, ponnos mano al arado para el solo trabajo que cuenta, y haz que, como tú, nunca volvamos la vista atrás. – ¡Amén!

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