Vida de santa Luisa de Marillac. 09. En los campos de batalla

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
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En los campos de batalla

SI en 1638 Luisa Marillac temía enviar a Richelieu hermanas poco formadas todavía, después de 1650 no vacila en dejar partir a algunas hermanas a regiones devastadas por la guerra, a los campos de batalla e incluso a Polonia. Después del tratado de Westfalia (1648), que debilitó de manera dura­dera a la casa de Austria, Mazarino decide prose­guir la guerra contra España. Durante nueve años los combates causan estragos en la región del Marne y de las Ardenas, extendiéndose hasta Dunkerque. El año 1650 es desastroso para Rethel y sus alrede­dores; caída en manos de los españoles, la ciudad es recuperada el 15 de diciembre por el ejército francés. Los concejales de Rethel, en una petición a Vicente de Paúl, describen el horrible espectácu­lo que ofrece su región: los soldados lo han saquea­do y destruido todo, han violado a las mujeres y asesinado a los habitantes. Más de mil quinientos muertos yacen sin sepultura. Los supervivientes se encuentran en «una necesidad tan horrible que re­sulta imposible describirla». El hambre acosa de tal modo a los pobres que «comen hierba como los animales y devoran los perros y los caballos muer­tos, y es de temer que desentierren los cuerpos muertos» (Coste IV, 195). Desde principios del año 1651 se envía a sacerdotes de la Misión. El trabajo es inmenso; las hermanas se diseminan por las diferentes aldeas, encontrándose a menudo solas a varios kilómetros unas de otras. Luisa de Marillac desearía tener noticias frecuentes de ellas, pero las hermanas apenas tienen tiempo de escribir. Las cartas de París llegan regularmente llenas de soli­citud:

«Todas nuestras hermanas alaban a Dios por el valor que su bondad os da para que sirváis a esos pobres desgraciados. Mi querida hermana, ¡qué gracia haber sido escogida para esta ocupación! Es cierto que es sumamente penosa, pero en esto la gracia de Dios se manifiesta más grande en vosotras» (E. 353).

En septiembre de 1653, Ana de Austria y el rey, de quince años, están en Chálons-sur-Marne en el momento en que el ejército real comienza el sitio de Sainte-Menehould. La batalla es encarnizada y los heridos muy numerosos. La reina, comproban­do su deplorable estado (se encuentran las más de las veces sin socorro ni consuelo alguno), apela a Vicente de Paúl. Rápidamente se decide el envío de cuatro Hijas de la Caridad; Luisa las ha escogi­do con cuidado. Ana Hardemont y Bárbara Angiboust, de cuarenta años, son mujeres sólidas, prudentes y capaces de hacer frente a situaciones inéditas. Perrette Chefdeville y María Poulet hace varios años que están en la Compañía. ¿Cómo se enfrentarán las hermanas con todos aquellos hombres endurecidos por la ruda vida que llevan? Luisa las invita «a no dejar que el espíritu se disipe demasiado con las diversas conversaciones que pueden escuchar al tener que encontrarse entre gente de todas clases» (E. 431). Como a todos los que cuidan, las herma­nas han de tratar a los soldados con «espíritu de dulzura y de compasión muy grandes, para imitar a Nuestro Señor, que procedía así con los más importunos» (E. 433). Dos hermanas van incluso al lugar mismo de la batalla; Ana es herida al acudir en socorro de un moribundo.

Los soldados heridos en Sainte-Menehold apre­ciaron grandemente los cuidados de las Hijas de la Caridad. La reina manda que las pidan en cada nueva gran batalla: en julio de 1654 van cuatro hermanas a Sedán durante el sitio de Stenay; en 1656 parten otras dos al hospital de La Fére, que recibe numerosos heridos, pues el ejército francés acaba de sufrir una derrota en Valenciennes y se repliega. En 1657 las hermanas se encuentran en los alrededores de Montmédy, y en 1658 en Calais, en el momento de la batalla de las Dunas, cerca de Dunquerke. Las cuatro hermanas se contaminan rápidamente de la epidemia de «peste» que hace estragos entre los numerosos heridos. Dos de ellas mueren a los pocos días; las otras dos, trasladadas al hospital de la ciudad, se preparan también a morir. A1 conocer la noticia, Luisa de Marillac anuncia a las hermanas con emoción ciertamente, pero a la vez con gran admiración hacia estas már­tires de la caridad:

«No sé si conocéis la muerte de mi hermana Francisca Manceau y de mi hermana Margarita Ménage, con las armas en la mano, porque Dios se las ha llevado sirviendo a los pobres enfermos y heridos de Calais» (E. 604).

En París numerosas hermanas, entusiasmadas con esta muerte gloriosa, van voluntarias a relevar­las. Cuatro nuevas hermanas parten en seguida. Durante el camino, una de ellas escribe:

«Estamos impacientes por llegar para ayudar a las restantes. Nos encontramos hoy a veinticuatro leguas de Calais. Hay tanta gente abandonada, echada en el suelo sobre paja, que causa gran pena verlos» (Doc. 832).

Nada más llegar, las hermanas se ponen a traba­jar; la fatiga las domina, su organismo no puede resistir al contagio. Tres de las nuevas hermanas caen enfermas. Se estima prudente repatriarlas a París; el viaje se hace en parihuelas, en condiciones poco confortables. Esta epopeya de Calais es la última que se vive en los campos de batalla, pues el 7 de noviembre de 1659 se firma el tratado de los Pirineos, que pone fin a la guerra entre Francia y España.

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