Vida de santa Luisa de Marillac. 08. Un período de crisis

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
Estimated Reading Time:

Un período de crisis

BAJO el impulso y la dirección de Luisa de Marillac se constituye y desarrolla la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad. En 1647 la comuni­dad cuenta entre ciento veinte y ciento cincuenta hermanas, y se ha implantado en unas cincuenta casas, la mitad de ellas aproximadamente fuera de París. Las cifras son aproximativas, pues no se ha conservado ningún registro de la época. ¿Existie­ron siquiera? El primero parece haber sido el co­menzado después de la muerte de Luisa de Marillac por Mathurine Guérin, nombrada superiora general en 1667.

En 1646-1647 la Compañía atraviesa un período difícil, que desconcierta al conjunto de las herma­nas e inquieta a Luisa de Marillac. ¿Crisis de ado­lescencia, purificación, toma de conciencia de la originalidad de esta Compañía y de sus exigencias?

La crisis no sobreviene de repente. Desde finales del año 1645 algunos signos precursores revelan que la llamada que animaba a las primeras herma­nas se debilita. Algunas rehúsan dejar su parroquia cuando se les pide, otras impugnan a su hermana servidora, la superiora local. Se escuchan murmu­llos y críticas: ¿por qué vivir tan pobremente?; ¿no se puede buscar un poco más de bienestar? Los mismos pobres no son ya servidos con el mismo amor. Preocupada por ayudar a las hermanas a superar las dificultades cotidianas, Luisa de Marillac sugiere a Vicente de Paúl que intervenga. Su con­ferencia del 13 de febrero de 1646 permite a buen número de hermanas reflexionar sobre su vocación v mirar mejor cara a cara lo que puede perjudicar a su fidelidad a Dios y a los pobres. A pesar de ello, cl malestar se adueña de las casas lejanas. Algunas hermanas dejan la Compañía de las Hijas de la Caridad. Mathurine Guérin, que fue secretaria de Luisa de Marillac durante siete años, observa en 1661: «Salía tal número de hermanas que parecía que Dios quería vaciar la casa» (Doc. 949). En dieciocho meses, la Compañía ve desaparecer al menos la sexta parte de sus miembros. Algunas de aquellas hermanas son «antiguas»: han pasado cin­co, ocho o diez años en esta comunidad. Luisa de Marillac se inquieta y culpabiliza. ¿No tiene ella la culpa de todo aquello?

«La hermana María se ha marchado y se ha alejado de nosotras, y la gran Ana de Richelieu, apenas ha visto que se lo queríamos impedir, se escapó; ha sido ayer. Pero no sabemos adónde ha ido. Vea, monseñor, la necesidad que tenemos de la ayuda de vuestras santas oraciones, y particularmente yo, que soy la causa de todos estos males, de los que os ruego que pidáis perdón a Dios por mí».

Conociendo el desconcierto de las hermanas, Luisa se esfuerza en animarlas y sostenerlas. Sus cartas invitan a la reflexión personal y comunitaria. Pero Luisa, atenazada por un profundo sufrimien­to, deja escapar vivos reproches:

«¿Qué hemos dado nosotras, tierra ingrata`? Nada más que insatisfacciones, tierra ingrata, con nuestras infidelidades a Dios… A veces algún miembro de la Compañía se ha separado de ella o ha cometido graves faltas contra su vocación; a veces el cuerpo entero ha degenerado; ¡todas somos unas necias! Parece que los avisos que Dios nos ha enviado no han servido más que para dar palos en el aire» (E. 196).

En esta carta a las hermanas de Nantes, que pa­san por graves conflictos comunitarios, Luisa repite que todo ello es culpa suya; que la causa de ellos son sus malos ejemplos. ¿Va a sumirse Luisa de nuevo en aquel estado depresivo por el que pasó en el momento de la muerte de su marido? Inquietudes, angustias, culpabilidad invaden de nuevo su alma.

«Sólo Dios sabe el estado de mi pobre espíritu por todos estos desórdenes, pues parece que nuestro buen Dios quiere destruirnos del todo. Me lo merezco, y me sorprende que su justicia tarde tanto en ejercerse. Con tal de que su misericordia salve mi alma me doy por satisfecha» (E. 203).

Por otra parte, Luisa de Marillac está profunda­mente afligida por el comportamiento de su hijo. Ella había deseado siempre que fuera sacerdote. Durante varios años Miguel había seguido en el colegio de los jesuitas los cursos de teología. Mas un día, en un momento de cólera, le declaró a su ma­dre que prefería suicidarse a ser sacerdote. Luisa, bajo la impresión, se desvaneció. En diciembre de 1644 desaparecía Miguel. Habrá que esperar varios meses para descubrir que se ha ido con la hija de un comerciante de vinos. Cuando los encuentran, los dos jóvenes son conducidos a París: Miguel a San Lázaro, y la chica al monasterio de la Magdalena para las muchachas penitentes. Las relaciones en­tre madre e hijo siguen siendo tensas. Nuevamente una aventura amorosa lleva a Miguel lejos de París. El dolor de Luisa llega al colmo; sin duda se ve exacerbado por todos los sufrimientos de su infan­cia. ¿No ve en su hijo Miguel, de treinta y dos años, la imagen de su propio padre, que a la misma edad la concibió fuera del matrimonio? ¿No teme en lo más hondo de su ser que Miguel traiga al mundo un hijo que correría el riesgo de encontrar, como ella, el sufrimiento a lo largo de toda su vida?

Todo ello parece abatir a Luisa. Vicente de Paúl está a su lado. Prudentemente, serenamente, le muestra a Luisa que lo que ocurre en la Compañía de las Hijas de la Caridad es algo normal; algo que ocurre en todas las comunidades; algo que le ocu­rrió al mismo Jesucristo:

«Bendigamos a Dios, Señorita, porque purga a la compañía de sujetos de esa clase, y honremos la disposición de nuestro Señor cuando sus discípulos le abandonan. Él decía a los que se quedaban: «¿Tam­bién vosotros queréis iros»» (Doc. 483).

Para intentar estabilizar a Miguel, Vicente de Paúl le confía el cargo de baile, oficial de justicia, en los dominios de San Lázaro. Algunas amigas de Luisa, la sra. de Romilly y la duquesa de Aiguillon, le buscan una mujer a Miguel. Puestas en contacto con la familia Portier, esta lo rechaza, porque el padre sueña con un buen partido para su hija, y Miguel no tiene fortuna personal. En noviembre de 1649, el señor de Chenneviéres acepta la unión de su hija, Gabriela Le Clerc, con Miguel Le Gras. El matrimonio se celebra el 18 de enero de 1650. Favorecida, sostenida y estimulada también por su fe profunda, Luisa comprende y acepta con más serenidad los desgarrones de todo crecimiento. La supervivencia de la Compañía, después de todos los sobresaltos, es una prueba de que Dios vela por ella. El nacimiento de su nieta Luisa-Renée rego­cija su corazón de abuela. Estos largos meses de noche, de sufrimiento, han cincelado su alma. Lui­sa sale de la prueba fortalecida, convencida del amor de Dios a ella y a la Compañía. E1 24 de agosto (hacia 1650), víspera de la fiesta de su santo patrón, le confirma a Vicente de Paúl que la paz ha vuelto a aposentarse en su corazón:

«Mi corazón está aún totalmente lleno de alegría por la inteligencia que me parece nuestro buen Dios le ha dado de estas palabras: «Dios es mi Dios»» (E. 340).

Luisa de Marillac, extasiada ante estas palabras: «Dios es mi Dios», reconoce los pasos de Dios hacia ella. Sabe con certeza que Dios la ama con un amor inconmensurable. No puede callar la alegría que siente ante el don de Dios a la humanidad en la persona de Jesucristo, ese Jesús al que sirve cada día en la persona de los pobres; ese Jesús con el que le es dado comulgar en la eucaristía.

A pesar de sus largas y frecuentes enfermedades, Luisa de Marillac continúa su tarea de educadora de las hermanas y de apoyo de su compromiso en nuevas formas de servicio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *