Vida de santa Luisa de Marillac. 06. Con los niños expósitos

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
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Con los niños expósitos

LA EDUCACIÓN de los niños expósitos es para Luisa de Marillac tan importante como la de las niñas del campo. Abandonados por su ma­dre, despreciados por la sociedad, que no ve en ellos más que «hijos de pecado», cada año son depositados en los pórticos de las iglesias o aban­donados en las calles de París de trescientos a cuatrocientos bebés. Son recogidos más o menos rápidamente por los comisarios de los barrios y conducidos a una casa llamada la Couche, para ser allí alimentados y criados. Pero, explica el mismo Vicente de Paúl a las Damas de la Caridad, «esas pobres criaturas están mal asistidas… Desde hace cincuenta años no se encuentra una sola con vida». Las amas de cría no son lo bastante numerosas: una sola para cuatro o cinco niños. Por la noche, para impedir sus gritos, se les da píldoras de láudano. Algunos de esos niños son vendidos a «mendigos», que les rompen los brazos o las piernas para mover a compasión a los transeúntes. Otros son confiados a mujeres que tienen necesidad de ser reconocidas como madres. Todo este tráfico de niños permite paliar la falta de recursos de la Couche.

Es difícil saber de quién fue la iniciativa de la obra de los niños expósitos. Vicente de Paúl, Luisa de Marillac y las Damas de la Caridad reflexionan juntos sobre la miseria de todos esos niños. En el curso de varias reuniones se buscan soluciones. ¿Hay que hacerse cargo de la casa de la Couche o hay que aportar fondos para pagar a más amas de cría? El 1 de enero de 1638, Vicente de Paúl tras­mite la decisión tomada en la última reunión, en la que Luisa no ha podido participar:

«Se ha acordado en la última reunión que se le rogaría a usted que haga una prueba con los niños expósitos; si hay posibilidad de alimentarles con leche de vaca y comprar dos o tres con este fin. He tenido el consuelo de que la Providencia se dirija a usted para esto» (Doc. 187).

Así comienza lo que mucho más tarde será la Asistencia pública de París. Poco después de esta carta son recogidos algunos niños expósitos en la casa madre de las Hijas de la Caridad en el pueblo de la Chapelle. Como este primer ensayo resultó muy positivo, se admiten otros niños. En 1640, una asamblea extraordinaria de las Damas de la Cari­dad decide ampliar la obra a todos los niños expó­sitos de París. Su número incita a Luisa a organizar un lugar en el campo para amas de cría. Se escoge cuidadosamente a los padres nutricios; han de ser personas conocidas. E130 de marzo de 1640, Luisa comienza el cuaderno de los niños confiados para su crianza:

«El 30 de marzo de 1640, en Villers, llamado Santo Sepulcro, se ha dado, para criarla, a una niña, llamada Simonée, a María Parsin, mujer de Jacques Prévault. El mismo día se ha entregado para criarla a una niña, llamada Magdalena Lebón, a Tomasa Patricia, mujer de Dionisio, carnicero, que vive en Drinville, cerca de Montfort-1’Amaury… El 17 de abril, en Chátre, junto a Montlhéry, se ha confiado, para criarlos, a dos niños: una es Charlotte-Catalina, a Mathurine Piquet, mujer de Cristóbal Carretier; el segundo es Francisco Paturge, entregado a Margarita de Landres, mujer de Nicolás Felipe; ambos viven en Chátre» (Doc. 271).

Las nodrizas reciben una indemnización men­sual de cien libras para pagar el mantenimiento. Son visitadas regularmente para asegurarse del estado de salud del niño y de la educación recibida. De las visitas se encargan las Damas o las Hijas de la Caridad. Durante el turbulento período de la Fron­da, Vicente de Paúl enviará a un hermano de la Congregación de la Misión, por ser poco seguros los caminos, para dejar que se aventuraran por ellos mujeres.

Los primeros siete años, las Hijas de la Caridad reciben unos mil doscientos niños. Gracias a sus cuidados maternales y a una buena alimentación lograrán sobrevivir cerca de la mitad de los niños. Las Damas de la Caridad se encargan de buscar un lugar más amplio para alojarlos y realizan gestio­nes para obtener el usufructo del «Castillo de Bicétre», vasto edificio construido bajo Luis XIII para alber­gar a los soldados inválidos. El edificio está inuti­lizado; se ha convertido en guarida de mendigos y prostitutas. Luisa de Marillac se muestra muy reti­cente al principio por la reputación del lugar, su distancia de la casa madre y lo ingente de la cons­trucción. Las Damas de la Caridad insisten en su proyecto, y, en julio de 1647, se instala a los niños expósitos en Bicétre con una decena de hermanas. Inmediatamente Luisa se percata de que no se ha previsto nada para la escuela.

«Nuestras Damas no han pensado en disponer un lugar para escuela; nosotras hemos visto uno abajo, que sería muy a propósito para los niños, a los que hay que separar de las niñas, y parece que sólo hay que arre­glar la puerta y cerrar las ventanas; y el de las niñas, se hará arriba. Me gustaría que tuviéramos letreros alfabéticos; los colocaremos en las paredes; es el método de las ursulinas en algún lugar» (F_. 216).

Los niños expósitos tienen derecho, como cual­quier otro niño, a recibir instrucción; esa será cier­tamente su única riqueza cuando hayan de afrontar el mundo adulto, poco proclive a aceptarlos.

La obra de los niños expósitos tropieza con nu­merosas dificultades. La primera procede de las mismas Hijas de la Caridad que, a pesar suyo, están impregnadas de la mentalidad de la época. Una hermana explica a Vicente de Paúl: «Estos niños, que son concebidos en pecado, representan una planta muy espinosa».

Algo más tarde se difundirá en la comunidad el rumor de que ser enviada a los niños expósitos es un castigo, y que las hermanas incapaces o des­agradables son mantenidas en Bicétre como en una prisión. A petición de Luisa de Marillac, Vicente de Paúl interviene varias veces para rectificar aque­llos prejuicios y mostrar la grandeza del servicio prestado a aquellos pequeños, que pertenecen a Dios de una manera muy particular, puesto que no tienen en la tierra padre ni madre.

Otras dificultades surgen en 1649, durante la Guerra civil de la Fronda. Los recursos disminu­yen; en gran parte provienen de las donaciones de las Damas de la Caridad. La renta establecida en 1642 por Luis XIII sobre la propiedad de Gonesse ha sido trasferida, después de la muerte del rey y del rescate de la propiedad por el mariscal d’Estrées, a les Tailles de París. Esta renta se paga irre­Oularmente. Además el abastecimiento se ha vuelto más difícil en este período turbulento: no se ha podido sembrar y los soldados lo saquean todo a su paso. En noviembre de 1649, Luisa de Marillac lanza un grito de alarma: no hay dinero para los niños. Falta ropa blanca, el trigo es tan caro que resulta imposible comprarlo; algunos padres nutricios devuelven a los niños porque desde hace varios meses no se les paga. Luisa de Marillac suplica a Vicente de Paúl que intervenga con las Damas de la Caridad, a las que juzga muy severamente:

«Es una lástima que las Damas se molesten tan poco: es preciso que crean o que nosotras tenemos con qué subsistir o que deseen forzarnos a dejarlo todo» (E. 300).

No pudiendo resolverse a ver sufrir a aquellos niños, Luisa propone visitar a personas influyen­tes: la princesa de Condé, el primer presidente… Escribe una carta desgarradora al canciller Seguir, suplicándole que dé pan a los niños para la fiesta de Navidad. Vicente de Paúl, conmovido también personalmente por la desgracia de los niños, con­voca una asamblea de Damas de la Caridad. Inme­diatamente Luisa prepara una memoria sobre la situación actual de la obra. Es posible que este texto sirviera de guión de la célebre intervención de Vicente de Paúl.

Este vibrante alegato abre los corazones y los bolsillos: la obra continuará. Durante toda su vida, Luisa vibra intensamente ante el sufrimiento de estos niños que jamás conocerán a su madre, sufri­miento que ella ha conocido personalmente y que la ha marcado en profundidad.

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