Una felicidad efímera
JUNTO a su marido, la srta. Le Gras conoce horas de verdadera felicidad. A finales de año el pequeño Miguel viene a alegrar el nuevo hogar. Juntos, Antonio y Luisa instalan su casa de la calle Courteau-Villain; juntos se reúnen con jóvenes matrimonios cuyos maridos trabajan con la reina. Juntos también oran y leen la Biblia.
Pero pronto momentos sombríos vendrán a perturbar la apacible vida de Luisa. Antonio cae enfermo. Su carácter se altera: se vuelve irritable y voluble. Luisa se siente entonces inquieta. ¿Por qué? ¿Por qué ese cambio en su marido; por qué otra vez el sufrimiento? ¿No será ella la responsable de todo? ¿No le había prometido a Dios ser religiosa? Convencida de haber sido infiel a su promesa, Luisa se siente invadida por la ansiedad, por un sentimiento profundo de culpabilidad. Poco a poco, todo zozobra; le dan ganas de huir, de dejar a su marido enfermo y a su hijo demasiado lento para despertarse; comienza a dudar de todo: de la inmortalidad del alma y hasta de la existencia de Dios. Confiando encontrar la paz, Luisa multiplica los ayunos, las vigilias y oraciones.
En este contexto es cuando ocurre el acontecimiento de pentecostés, una especie de iluminación espiritual. «En un solo instante, se aclararon las dudas de mi espíritu» (Escritos, 3).
Esta súbita luz que invade el corazón y el espíritu de Luisa, ¿no es comparable a la que un día envolvió a Saulo en el camino de Damasco? ¿No es el mismo fenómeno que experimentará Claudel la noche de navidad en la iglesia de Notre-Dame» También él escribirá: «En un instante, mi corazón se sintió tocado… y creí». Estos resplandores que rasgan las tinieblas orientan el futuro de sus beneficiarios; pero exigen luego una comprensión personal. Claudel observa que serán precisos cuatro años de lucha para adherirse plenamente a su conversión. Saulo de Tarso precisará la ayuda de Ananías y una larga permanencia en el desierto antes de convertirse en el infatigable misionero de los pueblos gentiles.
Luisa de Marillac consignó por escrito este recuerdo para evocarlo. El manuscrito, un trozo de papel de 28 por 9 cm., es reducido a una decena de pliegues. Esta máxima reducción permite conservar la hoja en el bolsillo o en un bolso para poder releerla fácilmente. Una rápida ojeada a su breve contenido muestra una estructura muy ordenada y de una sorprendente sencillez: tres dudas, un breve instante y tres iluminaciones. Luisa encuentra aquel domingo de pentecostés de 1623 la certeza de la fe. Queda fijada su misión. Será una pequeña comunidad consagrada al servicio de los pobres, donde habrá posibilidad de «ir y venir». Luisa no comprende cómo podrá realizar esto, pues todas las religiosas viven detrás de rejas. Para ayudarla y sostenerla en este insólito camino le es presentado un nuevo director espiritual, un sacerdote de unos cuarenta años, llamado Vicente de Paúl. Hasta entonces Luisa se había abierto a Jean-Pierre Camus; pero, desde que es obispo de Belley, va raramente a París.
¡Qué sorprendente encuentro el de Luisa de Marillac, la aristócrata parisina, de espíritu vivo y temperamento sensible, y Vicente de Paúl, aquel buen campesino de las Landas, que procede tan prudentemente! Luisa se ha cruzado varias veces con este sacerdote, preceptor de los Gondi, cuyo domicilio está cerca de su casa. Relatando la iluminación de pentecostés, observa: «se me aseguró también que debía descansar en mi director y que Dios me daría uno que me hizo ver, creo, y sentí repugnancia de aceptar…» (Escritos, 3).
Vicente de Paúl se ha fijado en la srta. Le Gras, aquella mujer triste, que parece tan replegada sobre sí misma. Se siente muy poco dispuesto a hacerse cargo de la dirección espiritual de una mujer atormentada y escrupulosa. Recuerda las exigencias de la sra. de Gondi.
Todo separaba a aquellos dos seres: su origen social y su cultura. Parecía que nada podría acercarlos. Sería Jean-Pierre Camus, gran amigo de Francisco de Sales, quien facilitaría y alentaría este encuentro apoyándose en su común admiración por Francisco de Sales, el dulce obispo de Ginebra, fallecido unos años antes, en diciembre de 1622. Luisa de Marillac le había recibido en su casa; leía y releía sus obras: el Tratado del amor de Dios y la Introducción a la vida devota. Francisco de Sales había confiado la dirección espiritual del monasterio de la Visitación de París a Vicente de Paúl. Los escritos de Vicente y de Luisa mencionarán varias veces al «bienaventurado obispo de Ginebra».
Liberada de sus dudas, Luisa comprendió que debía permanecer al lado de su marido. Durante dos años le rodea de afectuosos cuidados. Antonio Le Gras muere serenamente el 21 de diciembre de 1625.
La situación financiera de Luisa, convertida en viuda, no le permite seguir viviendo en su casa de la calle Courteau-Villain. Busca un alojamiento menos costoso, yendo a vivir con su hijo Miguel, de doce años en la calle san Víctor, no lejos del colegio de Bons-Enfants, del que es superior Vicente de Paúl.







