Vida religiosa cristiana y voluntad de dar testimonio

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana1 Comment

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Autor: Abdón Santaner, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Los hombres de nuestro tiempo viven asaltados por numerosos interrogantes. A diario, los religiosos y las religiosas tienen, también ellos, que dar cuenta de su opción de vida. Entre los interrogantes que más cuestionar esa opción se halla sobre todo el de si su género de existencia es realmente un testimonio.

Las líneas siguientes se proponen ayudar a los religiosos y a las religiosas a plantearse en términos correctos dicho interrogante antes de trata] de dar al mismo una respuesta.

1. Para la vida religiosa cristiana, no existe otro testimonio verdadero sino el apostólico

El discurso cristiano de este medio siglo usa abundantemente de la palabra «testimonio» y del verbo «dar testimonio». Acusados de haber sido por mucho tiempo una Iglesia más «moralizadora» que «profética» (la que denuncia, la que confiesa, la que es testigo), los cristianos se han entregad( a una especie de frenesí del testimonio. Todo el mundo quiere ser testigo todo el mundo quiere dar testimonio… Prueba de ello son los numerosos titulares de periódicos, artículos o colecciones que utilizan dichas palabras testimonio, atestiguar. ¡Hay que ser ejemplares en algo!

Religiosos, religiosas, comunidades se han visto envueltos en esta corriente. Como todo el mundo, ellos también han querido dar testimonie haciéndose ejemplares en algo a los ojos de sus semejantes: en tal actividad tal tipo de vida comunitaria, estilo de oración, método de apostolado, de beneficencia, de militancia, etc.

Querer ser ejemplares en algo, siempre es arriesgado. Porque se expone uno a convertirse en gentes preocupadas mayormente de lo que dejan ve a los demás y, por lo tanto, en gente que pasa el tiempo mirándose a misma.

En la vida religiosa como en todo lo demás, se gana muy poco mirándose a uno mismo. Pero acaso ese mirarse demasiado a uno mismo sea más in fasto todavía hoy que en otros tiempos, a causa de una coyuntura muy especial. La disminución de miembros, el envejecimiento de las comunidades, el hecho de no disponer de grandes créditos citando se trata de poner por obra ciertas técnicas modernas contribuyen a que, en muchos aspectos de la vida, las comunidades religiosas no llegan a destacar «a hacerlo mejor que otros». Al haber dejado de ser ejemplares en algún aspecto, se llegará fácilmente a la conclusión de que se ha dejado de dar testimonio. Y hasta es posible que en la comunidad haya quien llegue a pensar que una vez que no se da testimonio, ya no hay razón ninguna para seguir existiendo como comunidad.

De modo que la voluntad de dar testimonio puede llegar a convertirse en el «disolvente» que lentamente corroe los lazos de donde procedía la consistencia de una vida religiosa cristiana. Tal resultado obliga a reco­nocer que la palabra testimonio y el verbo dar testimonio, ser testigos, en­cierran una trampa. En lo posible, sería necesario saber siempre de qué se está hablando cuando -se habla de dar testimonio. Es una condición ele­mental si no quiere uno quedar cogido en la trampa, más difícil de ser des­cubierta en nuestros días por causa de dos aspectos que presenta la actual coyuntura desde la que se interpela a la vida religiosa cristiana.

El primero de esos dos aspectos es lo que comúnmente se llama ahora «la vuelta a lo religioso». El hecho es que muchos hombres y mujeres se han cansado de vivir -en la atmósfera irrespirable creada por el materia­lismo. Ya teórico, ya práctico, ese materialismo niega la dimensión religiosa del hombre. Y «la vuelta a lo religioso» demuestra que esa dimensión es, para el hombre, parte integrante de él mismo. Hombres y mujeres, parti­cularmente los jóvenes, vuelven sus ojos hacia las diversas formas de vida religiosa que existen por el mundo, y las ven como espacios en que se puede respirar libremente, en los que el hombre no se encuentra impedido para vivir en su plenitud de hombre.

El segundo aspecto de la coyuntura presente consiste en lo que podemos llamar —por no tener mejor expresión— la «reivindicación comunitaria». Dicha reivindicación es perceptible a través de movimientos de toda clase que inducen a hombres, mujeres y sobre todo a jóvenes a constituir grupos, familias «comunas», comunidades…. E5os movimientos traducen también a su manera la protesta humana contra un estado de cosas en trance de llegar a ser insoportable. Mecanización, automatización, atomización de la existen­cia, han reducido casi a la nada los momentos de verdaderos contactos hu­manos. Las relaciones en la sociedad son cada vez más frías. Todo esto hace que las diversas formas de vida religiosa, con su aspecto comunitario, aparezcan como zonas privilegiadas fuera del alcance de esa frialdad ge­neral. Se las mira como a lugares de cálida comunión.

Así pues, ya bajo el aspecto de la «vuelta a lo religioso», ya bajo el de la «reivindicación comunitaria», la vida religiosa se percibe como un testi­monio ofrecido a los hombres. Testimonio que no consiste en hacer mejor que otros lo que esos otros hacen. Es algo más. Porque en la vida religiosa se hace lo que se ha dejado de hacer… lo que ya no se hace… Se respira, se vive en comunión… Vemos entonces cómo la coyuntura presente parece valorizar desmesuradamente el testimonio que da la vida religiosa. Pero ¿po­demos asegurar que se ha soslayado la trampa que se oculta tras la pa­labra testimonio?

Soslayar esa trampa requiere que se sepa a quien se está dando el tes­timonio que se pretende dar. La vida religiosa en todas sus formas posibles, da testimonio de la dimensión religiosa y de la aspiración a una comunión que tiene el ser humano.

Como vida religiosa, es ante todo un testimonio que se da ante el hombre. Para dar ese testimonio, no es necesario creer en Dios. Basta con creer que existe en el hombre una  dimensión trascendente y unitaria. Tal testimonio se le ha dado al hombre siempre, aun mucho antes de Jesucristo, por parte de sabios, de filósofos, de personas sensibles a lo divino. En ocasiones, tales hechos nos recuerdan que por naturaleza la vida religiosa es pagana, y por lo tanto su testimonio, Como tal vida religiosa, es un testimonio puramente pagano.

Diferenciándose de los demás tipos de vida religiosa, la vida religiosa cristiana reconoce que ella no existe únicamente por naturaleza, sino ante todo por gracia. En efecto, la vida religiosa cristiana comienza a existir cuando unos bautizados, atraídos por el Padre, se deciden, varios juntos, a seguir a Jesucristo. Vivida en seguimiento de Aquel a quien el Padre en­vió (apostolado), la vida religiosa cristiana es necesariamente vida religiosa apostólica. El adjetivo «apostólica» no tiene aquí la finalidad de oponer un tipo de vida activa a un tipo de vida sedentaria, ni unas actividades profesionales, llamadas profanas a unas actividades con etiqueta eclesiástica. Dicho adjetivo expresa sencillamente el hecho de que la vida religiosa cris­tiana en razón de una gracia particular concedida a algunos dentro de esa otra gracia por la cual el Padre y el Hijo envían (apostolado) a la Iglesia congregada por el Espíritu de Ambos. O la vida religiosa cristiana es apos­tólica o deja de ser cristiana.

Las comunidades religiosas cristianas no deberían olvidar nunca este hecho que caracteriza su vida religiosa. Es ese rasgo el que determina el testimo­nio que ellas deben dar. No se trata de querer ser testigos a toda costa. De lo que se trata, por lo que se refiere a esas comunidades, es de querer a toda costa tomar parte en el testimonio apostólico según el don que han recibido en gracia. Esa participación en el testimonio apostólico es lo único que puede sustraer su vida religiosa al peligro de ser una vida más reli­giosa que cristiana.

Pero ¿qué es el testimonio apostólico?

2. El testimonio apostólico es el testimonio que Dios se da a Sí mismo como Dios vivo.

Cuando hablan de testimonio, los evangelios no hablan ante todo de un testimonio dado por los hombres. Lo vemos de manera especial en el evan­gelio de San Juan. Durante una discusión con sus contradictores, Jesús alude al testimonio que de él ha dado el Bautista. Pero añade en, seguida: «…pero yo DO recibo testimonio de hombre… Yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, porque las obras que mi Padre me dio hacer… dan en favor mío testimonio…» (Jn, 5, 33… 36). El testigo de que Jesús habla aquí no es un hombre, es su Padre. Por las obras e le ha dado hacer, el Padre ates­tigua que su Hijo es la Vida. Ahí tener n s el primer testimonio apostólico: ¡el testimonio del Padre!

Durante otra discusión —seguirnos con el evangelio de San Juan— los adversarios de Jesús se niegan a creerle, reprochándole que daba testimonio de él mismo. Jesús les responde: «Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero… porque no estoy solo, sino yo y el Padre que me ha enviado. En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos es verdadero» (Jn 8, 13… 17). En esta ocasión, Jesús reivindica que se le reconozca como testigo, y el valor de su testimonio radica en el hecho de que es el enviado del Padre. Tal es, pues, el segundo testimonio apos­tólico: el testimonio del Hijo, que dice lo «que ha visto y oído en el Padre» (Cf. Jn 1, 18; 8, 38).

Pero Jesús habla —también en el evangelio de San Juan— de un tercer testigo, de quien dice: «él dará testimonio de mí…» (Jn 15, 26). Es el tercer testimonio apostólico: el testimonio del Espíritu que el Hijo ha de enviar desde el Padre.

Estos textos evangélicos nos dicen lo que es el testimonio apostólico. Es el testimonio de las Personas divinas, cada Una de ellas presentada como testigo. Un testigo es el que, en un proceso, un juicio, llega ante el juez y el jurado a decir lo que ha visto y oído. Que el evangelio presente a Dios como testigo, no debería asombrarnos: Dios que lo ve todo y lo oye todo, está cualificado para dar testimonio acerca de todo… Pero tenemos la cos­tumbre de pensar en Dios más corno juez que como testigo. Al hablarnos del testimonio que dan las Personas divinas, las Escrituras nos provocan a que cambiemos esa costumbre en nuestra manera de pensar. Nos llaman, nos despiertan a una situación en la que Dios no se halla en posición de juez por la sencilla razón de que El mismo está sometido a proceso.

Dios está sometido a proceso ante el mundo desde que el pecado entró en el mundo. Tal es el sentido del texto que tienen los textos del Génesis en los que el hombre y la mujer, para excusarse ellos, se erigen en acusadores de Dios (Gn, 3, 12, 13). En ese proceso contra Dios, se le acusa por causa del mal: la injusticia, el sufrimiento y sobre todo la muerte. Para hacer frente a tal acusación, Dios tiene que hacer llamamiento a unos tes­tigos de descargo. A partir de las cosas vistas y oídas, esos testigos han de probar que Dios no es un Dios de muerte. Les incumbe dar testimonio de que Dios es Vida, es un Dios Vivo, el de la Vida (cf. Is 43, 8-13).

Para dar ese testimonio de cara al mundo, vino el Hijo al mundo; en­viado por el Padre, hace las obras de vida de su Padre (cf. Jn 5, 19-21; 9, 4-5). A cambio, el Padre da testimonio del Hijo dándole a hacer una obra de vida y devolviéndolo de las puertas de la muerte a la plenitud de la vida. Ese doble testimonio lo repite y prolonga el Espíritu que el Padre y el Hijo resucitado envían sobre aquellos a quienes transmiten su propia Vida ha­ciéndoles vivir de ella.

Esta referencia a las Escrituras nos enseña el sentido que hemos de dar a la expresión «testimonio apostólico». Esa expresión se refiere a un testimonio en el verdadero sentido de la palabra, es decir, cosas que afir­man quienes las han visto y oído. «…Las cosas que yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho» (Jo 12, 50). «El Espíritu no hablará de sí mis­mo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará…» (Jn 16, 13). Además, es un testimonio dado por personas que han sido enviadas a tal efecto: en ese sentido es por lo que se llama testimonio apostólico.

A partir de estos textos tenemos, lo primero, que reconocer que el tes­timonio apostólico es cosa de Dios mismo. Y al mismo tiempo se nos da a entender que Dios no se ha reservado la exclusiva de ese testimonio, Por- que cl testimonio apostólico del Hijo se da a través (le lo que dice y hace el hombre nacido de María. Y el testimonio apostólico del Espíritu se anun­cia y se da a t i.avés de todos aquellos que le dejen hablar y obrar en ellos (cf. In 15, 27; Mi 10, 18, 20; Act 1, 8).

En la medida en que el testimonio apostólico es cosa de Dios mismo, en esa medida debe convertirse en cosa de aquellos a quienes Dios suscita en el mundo para ser sus testigos frente a las acusaciones del mundo. Antiguamente, por medio del profeta Isaías, Dios decía a su pueblo escogido: «Sois mis testigos… Vosotros sois mis pruebas…» (Is 43, 10 y 12). Hoy re­pite las mismas palabras a todos aquellos de los que ha hecho su pueblo en la Iglesia. Los envía para que den ante el mundo su propio testimonio.

3. Ser «Vivientes», es el contenido último del testimonio que la vida religiosa cristiana debe dar ante el mundo.

Las palabras de la Sagrada Escritura nos dicen en qué debe consistir el testimonio que han de dar los bautizados. Se trata de que continúen, prosigan y prolonguen el testimonió que Dios se ha dado a Si mismo en Jesucristo, ‘de que es un verdadero Dios, un Dios Vivo, un Dios de vida. El testimonio de los bautizados tiene que ser el testimonio de personas que hablan de lo que han visto y oído (cf. 1 Jn 1, 1-2); y de personas que han acudido al proceso de Dios, enviadas por ese Dios que se encuentra en po­sición de acusado. Fuera de esas condiciones, no se puede hablar de testi­monio apostólico.

Estas ;aclaraciones hacen comprender por qué las comunidades religiosas Cristianas, en el testimonio que tienen que dar, no pueden contentarse con hacer cosas «haciéndolas mejor que los demás» o con seguir haciendo cosas que «ya no se hacen». La cuestión no está ahí. De lo que se trata es de que esas comunidades y sus miembros participen en un testimonio que es el testimonio que debe dar toda la Iglesia.

Siempre se ha tenido consciencia (por lo menos confusamente), en la vida religiosa cristiana, de tener que dar un testimonio que no se reduce a las cosas que se hacen y otros no hacen o las hacen peor… Probablemente es esta intuición lo que se quiere expresar en la premisa que afirma que la vida religiosa cristiana no es del orden del hacer, sino del orden del ser. Algunos teólogos de la vida religiosa han creído poder utilizar esa distin­ción para poder diferenciar con claridad el estado de vida religiosa y los compromisos de diferentes tipos dentro de los ministerios que se ejercen en la iglesia. Para dichos teólogos, esos compromisos serían sólo del orden del hacer. Por el contrario, el estado de vida religioso sería una cuestión de ser.

El reflexionar acerca de la vida religiosa cristiana a partir del testi­monio apostólico permite ver que las cosas no son tan sencillas. En primer lugar, sería inverosímil que, en materia de testimonio apostólico, se intro­dujera una distinción destinada a reservar el ser a unos (el estado de vida religioso), teniendo que Contentarse los otros con el hacer (los ministerios). Si queremos plantear debidamente la cuestión, tendremos que recurrir a otra distinción completamente diferente. En lugar de oponer ser y hacer, habrá que empezar por captar la diferencia entre el hacer y el actuar.

Expliquémonos esta diferencia. El hacer se define por los objetivos que se persiguen, por los resultados que se quieren obtener. En el hacer, se es juzgado «desde fuera»… El actuar, en cambio, no se define desde fuera; es el resultado del dinamismo interior de la persona. En el actuar, la orden nos viene dada a partir de nosotros mismos. Sabemos que no podríamos obrar de otro modo sin dejar de ser «yo». El actuar está en dependencia del ser. Decían los antiguos: «Operatio sequitur esse»: «El actuar, el obrar (no el hacer) es función del ser».

Cuando San Juan en su evangelio habla de las obras de Jesús, está ha­blando de un actuar, de un orar. no de un hacer. El testimonio apostólico del Hijo consiste en ese actuar que es revelación de un ser de Hijo (cf. Jn 5, 19; 8, 28; 10, 38, etc.). De la misma manera el Espíritu da testimonio del Padre y del Hijo a través de un actuar ligado completamente a su ser de Espíritu enviado por el Hijo desde el Padre.

La conclusión es obvia. Participan en el testimonio apostólico los hombres y las mujeres que han sido transformados en su ser por el Espíritu, para que su obrar, hagan lo que hagan, se convierta en el mismo obrar del Es­píritu. Esta conclusión hace caer toda pretensión de distinguir entre el ser y el hacer; y proyecta también mucha luz sobre aquello a que deben tender las comunidades religiosas cristianas si quieren participar en el testimonio apostólico: es decir, no querer ser ejemplares en determinado aspecto del hacer, sino dejar que actúe en ellas, como tales comunidades religiosas, el Espíritu que el Hijo envía desde el Padre. A través de ese actuar, Dios dará testimonio de Sí mismo. La Comunidad y sus miembros participarán entonces en el testimonio apostólico, prolongando mediante un actuar de «vivientes» el testimonio con el que, frente a la acusación del mundo, el Padre, el Hijo y el Espíritu se han dado el testimonio de ser un Dios vivo.

Si se les percibe a este nivel, el contenido del testimonio apostólico y el contenido de la vida religiosa cristiana se identifican, porque estamos en el nivel de lo esencial. Mientras las comunidades religiosas cristianas se pregunten qué pueden hacer mejor que los demás (o que los demás hagan) para dar testimonio, se apartan de lo esencial. La única pregunta que merezca la pena plantearse en este terreno es la del actuar que desple­gamos como individuos y como comunidad. ¿Atestigua ese actuar que somos vivientes, vivientes que viven de la verdadera Vida?

No podremos responder a tal pregunta si no sabemos lo que es la vida, la verdadera Vida. Pero el mismo Jesucristo nos ha trazado los rasgos de esa verdadera Vida en los pasajes del evangelio en los que emplea la pa­labra «corno»: «Como el Padre me amó… Como el Padre y yo somos uno… Como, el Padre me ha entregado el poder… Como el Padre es perfecto…

En cada uno de estos enunciados, Jesús revela el tipo de relaciones que hacen del misterio de Dios un misterio de Vida. Y al mismo tiempo nos invita a vivir nuestras relaciones interhumanas al estilo de cómo se viven las relaciones en Dios. Una comunidad religiosa cristiana sabrá que está viva, que vive de la verdadera vida si las relaciones que se viven en ella y a través de ella dejan transparentar algún rasgo de esa Vida que es el mis­terio de Dios.

4.- Castidad, Pobreza y Obediencia como el actuar que da testimonio apostólico

Uno de los primeros aspectos de esa Vida que es Dios, es que las Per­sonas divinas son iguales entre sí, aunque cada una de Ellas es distinta de las otras dos: igualdad en la diferencia. En general, los que hablan de igualdad no saben hacerlo si no es negando las diferencias. En esa forma, van en contra de la Vida. Así ocurrió en Francia con la tradición jacobina. Había creído establecer la igualdad en la nación disecando las Provincias en Departamentos iguales entre sí. De ello se ha recogido un hexágono en el que la capital transformaba poco a poco en desierto el resto del país…

En Dios, la Vida es plenitud porque la igualdad se vive en la diferencia. Cada una de las Personas divinas es Ella misma y no una de las otras dos; hay igualdad entre ellas sin superioridad de ninguna sobre las otras. El hecho de ser vivientes con la vida de Dios, de vivir de la vida de Dios, supone, en una comunidad, que cada miembro esté en ella en igualdad con los demás, sin que se nieguen las diferencias que hacen que cada uno sea irreductible a cualquiera de los demás. Eso es lo que se propone el voto de castidad. Ese voto impone a cada uno la obligación de ser quien es. Gene­ralmente se suele interpretar este voto como una orientación de las capa­cidades de amar. Pero de manera prioritaria, este voto hace referencia al hecho de ser uno mismo y no otro… El misterio trinitario nos revela la verdadera Vida como una Vida en la que cada Persona es Ella misma en igualdad con las demás que comparten la misma Vida. ¿No se nos ocurre pensar lo que sería el testimonio apostólico de comunidades religiosas en las que verdaderamente se viviera así?…

El misterio trinitario revela otro aspecto de toda verdadera Vida, a través del hecho de que, en Dios, la misma vida la poseen en común e indiviso el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «En común e indiviso» es una fórmula que antiguamente era familiar a los notarios. Servía para describir un es­tado de cosas en que se era propietario «varios juntos» de un mismo bien que no podía ser dividido en parcelas: cada uno, propietario del todo, pero todos propietarios juntos de cada elemento del todo. En nuestros días esa situación se da poco. Pero todos sabemos que la parcelación de la tierra ha sido uno de los elementos que han contribuido a despoblar el campo, privándolo de la vida que antaño fue la suya.

La posesión en común e indiviso sugiere un poco lo que es el misterio de Dios como misterio de una Vida en la que el Padre, el Hijo y el Espí­ritu son cada uno el Único Dios Vivo, pero no pueden ser ese Único Dios Vivo sino los tres juntos. La vida pertenece enteramente a cada uno. Pero una reciprocidad permanente entre los Tres, hace que ese «bien» pase de continuo de cada una de las Tres Divinas Personas a las otras dos. Y cuanto más lo comunican todo, tanto más cada una posee ese todo en plenitud (cf. Jn 10, 38; 16, 14-15; 17, 9-10).

A imagen de esa reciprocidad, es como el voto de pobreza debería hacer existir a las comunidades religiosas. Es corriente que se interprete el voto de pobreza como una promesa de no poseer nada. Ahora bien, la pobreza no consiste en no poseer nada. No poseer nada es un mal, y contra ese mal hay que luchar: es un atentado contra la vida. El objetivo del voto de pobreza es la instauración de un estado de cosas en que todo se poseyera en común e indiviso por todos, unos con otros, hasta los confines de la tierra. Ese estado de cosas sería un lugar de intercambio, de comunicación, que multiplicaría la Vida. ¿No se nos ocurre pensar en lo que sería el testi­monio apostólico de comunidades religiosas en las que la relación con los bienes se viviera así?

El misterio trinitario nos sugiere otro aspecto de la verdadera Vida por el hecho de que en él las tres personas divinas realizan un perfecto ser uno, dentro de la plena autonomía de cada una. Ese aspecto del misterio de Dios es sin duda el que nos da más que pensar a nosotros los humanos. Nos cuesta tanto conseguir la unidad y muchas veces no sabemos cómo lograrla si no es pidiendo a hombres o a mujeres que sacrifiquen su libertad. En ninguna parte se obtiene mejor la unidad que en un batallón. Pero ¿qué queda de la libertad cuando se les ha puesto a todos a «marcar el paso»?

La verdadera vida es libertad en el ser uno o ser uno en libertad. Es esa verdadera Vida hacia la que la vida religiosa tiende cuando en ella se hace voto de obediencia. ES’ corriente presentar el voto de obediencia como una renuncia a toda libertad. Pero renunciar a la libertad es la peor de las cosas que un ser humano pueda hacer: es renunciar a ser hombre. El voto de Obediencia no es renuncia a la libertad, sino compromiso de obedecer en la forma en que el Hijo cumplió la voluntad’ del Padre: nada hizo que no fuera libremente y voluntariamente (cf. Jn. 10, 18). ¿Es un sueño irreali­zable aspirar a esa forma de testimonio apostólico por parte de las comunidades religiosas cristianas: presentar la imagen de grupos humanos en que se es <libre, juntos» en un ser uno que no sacrifica la libertad de ninguno de los miembros?…

Pobreza, castidad, obediencia, cuando se las evoca así, en referencia al misterio de Vida que es Dios, misterio del que hay que dar testimonio, ya no son solamente cosa individual de cada uno de los miembros de la co­munidad. Son rasgos de un actuar en que la comunidad entera y cada uno de sus miembros atestiguan que su ser ha sido transformado por el Espí­ritu. Testimonio que Dios da de Sí mismo corno del. Dios vivo, lo es esa Vida religiosa y por ello se ve preservada de las aberraciones a las que a veces conduce la voluntad de dar testimonio. No se ve en ella a una parte de los miembros erigirse en jueces de los demás… ya sea por sentirse en la vanguardia y querer promocionar el mañana, ya, al contrario, por querer asirse al pasado como a un baluarte que hay que perpetuar… ¡Cuántas co­munidades religiosas cristianas se ahorrarían discusiones y zarpazos esté­riles si, haciendo referencia al misterio trinitario, se viviera en ellas, sen­cillamente, la participación en el testimonio apostólico de toda la Iglesia!

5. Testimonio apostólico y docilidad al Espíritu «en el agua y la sangre».

Estas reflexiones permiten volver a los interrogantes de la actualidad. Siempre ha ocurrido que unas comunidades religiosas cristianas hagan vi­sible el testimonio apostólico a través de sus miembros en los que puede reconocerse a verdaderos vivientes. Y también ha ocurrido a veces que unas comunidades religiosas cristianas diesen la impresión de que lo que en ellas se vive no es una vida… En cuyo caso, a nadie puede extrañar que un tipo de existencia que «no es una vida» no convide ni incite a nadie.

¿Habría de ser esta situación la nuestra propia, la que nos corresponde?

No es imposible. Pero, entonces, tendríamos que buscar y cerciorarnos de cuáles son los verdaderos motivos que hacen que tal vida de comunidad no llegue ya a despertar en nadie deseos de seguirla. ¿Estamos en lo cierto cuan­do queremos ver que esas razones son: el número demasiado escaso, el enve­jecimiento de los miembros, lo precario de los medios de acción de que se dispone? ¿Es verdaderamente eso lo que hace que la vida de comunidad no sea ya una verdadera vida? ¿No se deberá más bien esa situación de no des­pertar deseos al hecho de que, en vez de aceptar el «caminar humildemente» (cf. Mi 6, 8) en pos de Jesucristo, como comunidad, en las condiciones con­cretas que se nos dan, vivimos con la obsesión del hermoso espectáculo que hubiéramos querido ofrecer al mundo, para dar testimonio de El? En lugar de convertirnos en vivientes por el don que para ello nos da en su Espíritu, nos lamentaremos de no poder hacer una «demostración» para con ella dar testimonio de Jesucristo…

Estas afirmaciones no cuestionan nuestro hacer, corno tampoco nuestra inquietud por «hacer bien». Son de otro orden. Nos invitan a que no situemos el testimonio que de nosotros se espera al nivel de una moral superior, o en el radicalismo de nuestras virtudes. No es de eso de lo que se trata. De lo que se trata es tan sólo de nuestra docilidad al. Espíritu. Por lo menos así es como Francisco de Asís, en su Regla, invita a sus hermanos a que se plan­teen el problema: «Deben, les dice, desear poseer el Espíritu del Señor y de­jarse manejar por El» (Regla, c. X).

Nadie puede ser testigo, participando en el testimonio apostólico, si el Espíritu no se lo otorga. Es la afirmación implícita que contiene la promesa de Jesús: «Recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos…» (Act. 1, 8). El que se deja habitar por el Espíritu, es transformado por el Espíritu en su ser. Y sólo esa transformación del ser puede dar lugar al desarrollo de un actuar según el Espíritu. Sin ese nuevo actuar, el hacer orientado desde fuera por los objetivos que se propone no podrá dar testimonio más que de la ideología en la que, consciente o incons­cientemente, uno se mueve más que vive.

No sería posible que el paso de un hacer en el que uno es impulsado des­de fuera a un actuar en el que se determina uno mismo desde dentro no fuera seguido de unas consecuencias en la propia vida. La docilidad al Espíritu inau­gura la libertad; pero la libertad «se paga». Es la ley del testimonio apostó­lico. Esto nos lo sugiere el apóstol San Juan en un bellísimo texto, poco ex­plotado para la espiritualidad: el texto en que el apóstol nos habla de los tres que dan testimonio. «¿Y quién es el que vence al mundo, escribe, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Él es el que vino por el agua y la sangre, Jesucristo: no en agua sólo, sino en el agua y la sangre. Y es el Espí­ritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo» (1 Jn. 5, 5-8).

Juan había visto correr el agua y la sangre del costado abierto, en el acon­tecimiento de la Cruz. Ese acontecimiento es también para él el momento en que Jesús entregó su Espíritu a su Padre. Jesús dio testimonio de que su Padre es la vida, al devolverle el agua y la sangre por el Espíritu. Y el Padre, que es fuente de Vida, pudo dar testimonio de su Hijo resucitándolo por el mismo Espíritu. Juan fue testigo ocular de esos hechos. Dice lo que ha visto (In. 19, 35; 1 Jn. 1, 1-2). Pero Juan no se contentó con ver y decir lo que había visto: Juan meditó, reflexionó. Su carta nos hace participar de la meditación de toda su vida sobre lo que es la verdadera Vida. La Vida es, primero, agua, «medio» de donde surge. Y brota de su fuente sin dificultad.

Pero cuando se trata del hombre, la Vida no es sólo agua; es sangre tam­bién. Y, a diferencia del agua que brota sin dificultad de la fuente, la sangre no corre si no se la hace salir por una abertura forzada, en el dolor de una herida. Jesús dejó correr el agua y la sangre bajo el impulso del Espíritu. Ahí está su testimonio apostólico, el que da de Dios para atestiguar que Dios es Vida. Vivió al nivel del agua y de la sangre lo que «es» en Dios su Padre en la comunión de su Espíritu.

Para vivir participando en el testimonio apostólico es preciso que los bau­tizados, bajo el impulso del Espíritu, dejen ellos también correr el agua y la sangre: no sólo el agua, sino la sangre también… Por lo tanto, no basta con hacer cosas que se encuentra normal hacer, porque «no puede ser de otro modo», porque «sale como el agua de la fuente», porque «es evidente»… Bajo el impulso del Espíritu, tiene que estar uno dispuesto a tener que hacer cosas que «no son tan evidentes», que «no son corno el agua que mana del manantial», que «sí podrían ser de otro modo»; en una palabra, que implican el consentir en una herida para que «pueda correr la sangre».

Tal consentimiento no puede proceder del mismo hombre. Si así fuera, se podría sospechar la existencia de algún movimiento malsano de tipo maso­quista. Para ser verdaderamente sano, tal consentimiento tiene que traducir la disponibilidad del hombre para dejarse actuar, manejar por el Espíritu de Dios. Será entonces la señal de que ese hombre ha empezado, bajo la acción del Espíritu, a entrar en el ritmo de esos intercambios con los que el Padre y el Hijo se comunican todo lo que son, comunicación por la que son Vida, Dios-vivo, Dios de Vida.

Una comunidad religiosa en la que se ha logrado ser vivientes con esa Vida, porque se ha dejado libertad al Espíritu para actuar, un día u otro, lle­gará a ser necesariamente un lugar en el que se viva la herida que mana agua y sangre. En esa comunidad, la participación en el testimonio apostólico se traducirá en el consentimiento dado no sólo a cosas que parecen lógicas, na­turales (corno métodos nuevos, técnicas diferentes, empleados de acuerdo con las ciencias humanas y con todas las dimensiones del hombre), sino también a cosas que no parecen tan lógicas (conducta, actitudes, situaciones en las que hay que reconocer la propia debilidad en cuanto a la fe). Es posible que esos consentimientos haya que darlos con motivo de las relaciones con el mundo, con el entorno exterior; pero es muy posible también que haya que darlos en las relaciones dentro de la comunidad religiosa, entre los miembros que la componen.

En una coyuntura comunitaria que se caracteriza por la disminución de los miembros, por la inversión de la pirámide de las edades, por el enfrenta­miento de ideologías diferentes, según sean los orígenes familiares o las obli­gaciones socio-profesionales que se desempeñen, la participación en el testi­monio apostólico requerirá, con más frecuencias que en otras épocas, con­sentir en cosas que no se ven tan lógicas que «sí podrían ser de otro modo». No será inútil recordar entonces que esas cosas son las que las Escrituras señalan cuando hablan del testimonio de la sangre.

Y acaso fuera éste uno de los rasgos más actuales del testimonio apostó­lico que tienen que dar las familias religiosas cristianas en el mundo de hoy. Es posible que la vida religiosa cristiana se encuentre actualmente ante una encrucijada de caminos.

El mundo contemporáneo manifiesta todos los síntomas de una especie de «vado». Ante la amenaza que ese vacío representa para los humanos, las comunidades religiosas cristianas pueden escoger —juntamente con otros ni­veles religiosos y filosóficos— el testimoniar que el sentimiento religioso y el instinto de comunión «existe todavía», y no sólo que existen todavía, sino que constituyen una «receta» con éxito sobre todo entre los jóvenes… La existencia y prosperidad de comunidades que han hecho esa opción dará por lo menos testimonio de la vitalidad del sentimiento religioso y del ins­tinto de comunión entre sus miembros y entre aquellas personas que fre­cuentan dichas comunidades.

Pero el mundo contemporáneo no es sólo un mundo que sufre de su pro­pio vacío. Es un mundo. en el que se ha llevado muy adelante el proceso pre­sentado contra Dios por el hombre desde el primer pecado. Proceso que, al menos en nuestros países que llamamos civilizados, el mundo está en trance de ganar contra Dios. En efecto, ese mundo es, cada vez más, un mundo que no cree en la vida, un mundo de «viejos», instalados en el narcisismo suicida de los que quieren vivir su vida para sí, como propietarios que tienen dere­cho de usar y abusar de su «pasta», de su vientre, de sus ideas, de sus pro­yectos…

Sería lamentable para ese mundo que las familias religiosas cristianas, equivocando su objetivo, gastasen sus energías eh querer dar testimonio de la persistencia de lo religioso y del deseo de comunión en el hombre, cuando de lo que se trata es de dar testimonio de la voluntad de Salvación en Dios. Pero sólo darán testimonio de ese Dios que quiere la Vida para el hombre, las comunidades religiosas cuya existencia, vivida én fidelidad a lo que tienen que vivir, remita al testimonio apostólico de Aquel que vino por el agua y por la sangre: «no sólo en el agua, sino en el agua y la sangre». Dar ese testimonio, no lo harán por ellas mismas.

Les vendrá dado, a poco que sus miembros consientan en dejarse mover, impulsar, «actuar», varios juntos, en comunidad, por el dinamismo del Es­píritu.

One Comment on “Vida religiosa cristiana y voluntad de dar testimonio”

  1. EXcelente articulo del padre abdon S . Por cierto, ya es hora de un reconocimiento publico de la C.M. a uno de sus miembros mas preclaros.el padre ANIBAL BUGNININI falsamente acusado por la lista PECORELLI como la historia lo ha demostrado.RECONOCER EL ERROR , HACE A LA IGLESIA MAS GRANDE

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