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(1645-1647)
A comienzos de 1643 el señor Vicente expresa en una carta el proyecto de dar «de vez en cuando una especie de misión entre esos pobres esclavos de Berbería». No pretende él dedicarse a la redención de cautivos pisando el terreno a los mercedarios y trinitarios, fundados siglos antes expresamente para ese fin. «Quizás -dice- para hacer un ensayo se tome como pretexto el rescate de un pequeño número de esclavos». Pero lo que él pretende es otra cosa: mantener la fe y aliviar los sufrimientos de los cautivos cristianos a través de un medio que, con las adaptaciones necesarias, ha tenido éxito reconocido en ambientes tan dispares como el mundo campesino y los condenados a galeras. Quién le sugirió la idea de dedicarse a este nuevo trabajo, no lo sabemos, ni si la idea se le ocurrió a él sin que nadie se la sugiriera. Su primer biógrafo se la atribuye nada menos que al rey Luis XIII. Es verosímil que así fuera, y que el señor Vicente se sintiera obligado a asumir este nuevo y extraño terreno de acción fuera de Francia al venir la sugerencia de una fuente tan alta que él consideraría sin duda como intérprete de la voluntad de Dios. En el nuevo terreno su congregación va a aplicar los trabajos en que está muy entrenada: la ayuda espiritual y material a cristianos que sufren muy aguda pobreza material y espiritual, «una misión de las más caritativas que podrían ejercer sobre la tierra», dice Vicente a los hombres que envía a África. Los hombres del señor Vicente, aunque no enviados a rescatar cautivos, acabaron haciendo también eso, cómo lo iban a evitar. Y aunque no era ése su trabajo propio consiguieron la libertad de unos 1.200 esclavos. El mismo Vicente se encargaba de hacer de intermediario para enviar al norte de África el dinero necesario para el rescate. Por sus manos pasaron, y él transmitió vía Marsella al norte de África, alrededor de 1.200.000 libras.
Los misioneros deben evitar cuidadosamente entrometerse en «los asuntos de aquel país», y ni siquiera el dar noticias sobre la situación política interna. Aún mucho más deben evitar el intentar convertir a la población nativa musulmana. Una tal conversión sería muy de desear, pero el solo intento, prohibido sumariamente por las leyes, pondría en peligro la misión para la que eran enviados.
El sencillo proyecto inicial de dar de vez en cuando una especie de misión entre los esclavos se complicó de maneras no previstas por él. Se estableció en el mismo año de 1643 en Marsella una casa en la que cuatro misioneros se dedicarían a la atención a los galeotes. Los puertos de Marsella y de la cercana Toulon eran las bases principales de la marina de guerra francesa en el Mediterráneo. La compra de la casa y mantenimiento de los misioneros fue posible gracias a una generosa donación de la duquesa de Aiguillon. Debía servir además como base para que los «sacerdotes de la misión envíen, cuando lo juzguen conveniente, algunos sacerdotes de la dicha Congregación de la Misión a Berbería, para aliviar e instruir a los pobres cristianos cautivos y detenidos en aquellos lugares». Esto se hizo por fin dos años más tarde con el envío de dos misioneros a Túnez. Entraban en el país en calidad de capellanes del cónsul francés, quien gozaba del derecho a tenerlos en virtud de tratados existentes entre el rey de Francia y el sultán de Constantinopla. Todo el norte de África musulmán estaba sometido a la autoridad de éste, aunque su lejanía y el consecuente débil control permitían que las autoridades locales en toda la región se permitieran pequeñas libertades al margen y en contra de los tratados internacionales. En virtud de éstos no podían, por ejemplo, reducir a cautividad a ciudadanos franceses. Pero lo hacían, v no faltaban numerosos cautivos de nacionalidad francesa entre los 50.000 esclavos cristianos, a tal vez más, que sufrían por aquel tiempo pérdida de libertad en los diversos países del norte de África.
Los misioneros del señor Vicente comenzaron como capellanes del cónsul francés, pero acabaron ellos mismos como cónsules. La idea fue de la misma duquesa de Aiguillon, «sin que nosotros tuviéramos ninguna idea sobre ello», dice el señor Vicente. Ella misma, ante los numerosos conflictos que se creaban por causa de diversos turbios negocios entre el cónsul de turno y la conciencia de su capellán, tuvo la idea de solicitar a Su Majestad y luego comprar (cargos de este tipo se vendían por un precio en aquellos tiempos) los consulados de Francia en Argel y en Túnez y confiarlos a los hombres del señor Vicente. Desde el mismo comienzo del experimento no miró con buenos ojos la Santa Sede el que un sacerdote católico desempeñara un cargo tan evidentemente político, y aun comercial, como era el del cónsul. Menos aún cuando los misioneros del señor Vicente fueron nombrados vicarios en Túnez y Argel del arzobispo de Cartago. Y aunque el señor Vicente, para evitar esta dificultad, nombraba cónsules a clérigos no ordenados, las complicaciones resultantes fueron tan numerosas y tan graves que llegó a pensar no sólo en desprenderse de los consulados, sino incluso en dejar del todo la misión en el norte de África. Pero se opuso a ella con firmeza la duquesa, y la misión, con todas sus complicaciones, siguió adelante. Es éste el único caso conocido de una empresa misionera asumida por el señor Vicente que éste estuvo a punto de abandonar después de comenzada.
No sería justo reprochárselo si lo hubiera hecho. Su proyecto inicial era modesto, pero era posible y hasta no demasiado difícil. El primer misionero que envió comenzó su misión entre los esclavos con cierto temor y cierta clandestinidad. Pronto se ganó el favor no ya sólo de los cautivos sino incluso de la población nativa y de la autoridad. Esta, ante la petición del misionero de que se le permitiera solicitar de Francia otro compañero de trabajo, le contestó: «Puedes llamar no ya a uno, sino a dos o tres si hacen falta. Sé que has venido aquí para hacer el bien y no el mal». Cuatro de los misioneros murieron pronto de peste; ellos, y todos los demás, trabajaron en lo suyo en condiciones muy duras de mala alimentación, poco sueño, pésimas condiciones higiénicas de los «baños» en que vivían los cautivos. Pero todo esto no constituía dificultades que los hombres del señor Vicente no pudieran superar mientras su trabajo se limitara a lo proyectado inicialmente.
Pero la compra de los consulados implicó a los misioneros en una larga serie de problemas que resultaron ser un obstáculo para su misión. Rivalidades con los cónsules de otros países; oposición a poco escrupulosos comerciantes europeos que traficaban en materiales de importancia estratégica, tal por ejemplo la lona necesaria para las velas de los barcos, cuya venta a los países musulmanes estaba prohibida en virtud de tratados firmados por los países cristianos; deudas de comerciantes no pagadas, de las que la autoridad local hacía responsable al cónsul, quien daba por ello con sus huesos en la cárcel; en fin, toda una inacabable serie de complicaciones que no sólo hacían sufrir en maneras no previstas a los misioneros sino que ponían en cuestión la naturaleza misma de su misión.
El cónsul-misionero era en el fondo de su alma misionero antes que cónsul. Aún más: intentaría valerse de su cargo político como de ayuda para su misión. Pero nadie, fuera de él y del señor Vicente y de la duquesa, veía las cosas así. Autoridades locales, comerciantes, autoridades políticas cristianas, todos veían en él ante todo al cónsul representante de los intereses de Francia. Esperaban y exigían de él lo que se esperaba y exigía de un cónsul, lo cual creaba en el alma del cónsul-misionero contradicciones imposibles de resolver. En suma, que las prevenciones de las autoridades romanas en este asunto mostraron ser en la práctica acertadas y realistas.
No es que no las tuviera el mismo señor Vicente, quien admite que pueda parecer «extraño que unos sacerdotes que se han entregado a Dios para instruir al pobre pueblo del campo y formar eclesiásticos en la virtud se mezclen en un asunto temporal tan apartado de sus trabajos como es éste». Pero sólo había una cosa, aparte de la voluntad del rey, capaz de desviar de alguna manera al señor Vicente de lo que él veía como su misión propia: su capacidad de agradecimiento. Tanto debía el señor Vicente a la duquesa de Aiguillon que no podía en buena conciencia negarse a aceptar una sugerencia de ésta. Tanto más cuanto que en este caso la idea, aunque presentaba sus dificultades, parecía a primera vista hasta genial para intentar mejorar la suerte de los cautivos. Consiguió esto, efectivamente, pero a costa de tales complicaciones no previstas que el señor Vicente estuvo a punto de abandonar enteramente la misión. El que no lo hiciera se debió a la gratitud que él, hombre siempre extremadamente agradecido, pensaba justamente deber a la duquesa de Aiguillon.
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Alrededor de una decena de misioneros envió Vicente a Irlanda a finales de 1646. Casi todos ellos eran irlandeses de nacimiento que, exiliados de su tierra, habían conocido en París la congregación del señor Vicente e ingresado en ella. Ninguno de ellos pudo permanecer en Irlanda más de seis años. La persecución por parte de las tropas invasoras de Cromwell hizo que todos ellos tuvieran que volverse, después de mil peligros y al hacerse imposible su misión, a Francia. Uno, Tadeo Lee, el más joven del grupo de misioneros, no pudo volver. Las tropas inglesas de ocupación le aplastaron la cabeza, después de cortarle manos y pies, en presencia de su misma madre. Aunque la misión en el norte de África iba a producir años después sus propios mártires a manos de «bárbaros turcos», fue este joven irlandés el primero entre los misioneros del señor Vicente en sufrir un martirio verdaderamente bárbaro a manos de civilizadas tropas protestantes.
La idea de enviar misioneros a Irlanda no partió del mismo Vicente, según costumbre, sino de las autoridades romanas, quienes pensaron que sus hombres serían muy adecuados «para enseñar allí la práctica de las ceremonias y de los ritos sagrados al clero, que está sumido en la ignorancia más profunda por las dificultades que desde hace muchos años los herejes (ingleses), que son los dueños de aquel país, han puesto al ejercicio del culto público». Esto le pedía Roma en 1645. El vio la petición como «órdenes del Santo Padre para enviar algunos misioneros de nuestra compañía a Irlanda», cosa que hizo al año siguiente. A su actividad entre el clero los misioneros añadieron, por propia cuenta y a petición de algunos obispos, el trabajo de las misiones en alguna región en la que el dominio de los ingleses era más débil. Al plan inicial que motivó el envío de misioneros a Irlanda acompañaría sin duda la intención de establecer una presencia permanente en la isla. No se llegó a conseguir eso entonces, aunque sí mucho después de su muerte, bien entrado el siglo XIX. Caso único entre los proyectos del señor Vicente de fundación misionera que se extingue antes de finalizar su propia vida.
También fue limitada en el número de años, aunque fue un poco más larga, la presencia de los hombres del señor Vicente en Escocia y en las islas Hébridas, donde trabajaron a partir de 1651 en condiciones durísimas de clandestinidad y escasez algunos de los misioneros exiliados de Irlanda.
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El 28 de junio de 1646 el señor Vicente, acompañado de su asistente, Renato Almeras, se reunía con Luisa de Marillac y otras tres hijas de la caridad para tratar de algunos asuntos que se referían al buen gobierno y organización de éstas. Hacía ya casi trece años que había ido madurando y consolidándose lo que en principio no era más que un modesto experimento de ayuda a las cofradías de la caridad parroquiales en el trabajo de asistencia a los enfermos por parte de un grupo de jóvenes campesinas. El pequeño grupo inicial de cuatro había ido creciendo modesta pero constantemente; por otro lado, la experiencia del hospital de Angers había hecho ver que aquellas jóvenes eran muy capaces de llevar con mucha competencia obras de asistencia por su cuenta y con entera independencia de las señoras de las cofradías. En suma, que lo que había nacido como una especie de apéndice a las cofradías parroquiales de caridad daba la segura impresión, sólo trece años después de sus comienzos, de poder ser un organismo capaz de existencia independiente. El señor Vicente cree llegado el momento de empezar a dotar a ese organismo de una estructura propia.
El gobierno de cada día ha estado en manos de Luisa de Marillac bajo la supervisión del señor Vicente, a quien Luisa consulta con frecuencia. Aunque el primer proyecto de reglas, también de 1646, prevé que las jóvenes «elegirán a una superiora de entre ellas cada tres años por mayoría de votos», y ella misma pidió de rodillas que le quitaran ante un grupo de hermanas y del señor Vicente, de hecho siguió ejerciendo como superiora la misma Luisa hasta su muerte en 1660, porque, dijo el señor Vicente en esa ocasión, lo que decían las reglas «se entendía después de que Dios hubiera dispuesto» de ella. Y añadió: «Sus hermanas y yo tenemos que pedir a Dios que la deje largos años. Dios suele conservar por medios extraordinarios a los que son necesarios para llevar adelante sus obras. Y si usted se fija bien se dará cuenta de que ya hace más de diez años que usted no vive; que no vive al menos de una manera ordinaria». Luisa tenía entonces 57 años, iba a vivir otros trece, y hacía ya catorce que dirigía con toda competencia y coraje la cofradía de las hijas de la caridad. Lo que el señor Vicente le dijo en esta ocasión con una franqueza un poco ruda lo proponía también a algunos misioneros, aun a algunos de los fuertes, como ejemplo para animarles en tiempos de mala salud y excesivo trabajo. Escribe a uno de ellos en el mismo año: «Si uno la ve diría que sale de la tumba, dada la debilidad de su cuerpo y la palidez de su rostro. Pero sólo Dios sabe la fuerza de espíritu que tiene. No tiene más vida que la que recibe de la gracia».
A lo que hasta ahora había sido un gobierno de tipo carismático, basado en el sometimiento voluntario a la indiscutible y universalmente aceptada personalidad de los dos fundadores, el señor Vicente quiere dotarlo de un organismo de gobierno estable, «un comienzo de orden y de fundamento», como lo expresa él mismo en el comienzo de la reunión del 28 de junio de 1646. El señor Vicente quiere, y lo pide expresamente, que las hermanas asistentes al consejo manifiesten con toda libertad su opinión sobre los asuntos discutidos, aun si esa opinión es diferente e incluso opuesta a la de los mismos fundadores.
En esta primera reunión se discutieron varios puntos referentes a la admisión de algunas candidatas a ser miembros de la compañía, así como destinos a varias de sus obras. Se terminó con un detallado examen de un punto aparentemente banal, pero muy revelador de algo que atañía a lo que debía ser la verdadera naturaleza de aquella asociación de jóvenes campesinas. Cuando venían de sus aldeas, y antes de ser enviadas a trabajar, pasaban por un tiempo de adaptación y formación bajo la supervisión inmediata de Luisa de Marillac, quien a veces se encontraba con «más de treinta». Este número exigía ya un reglamento de vida, aunque no fuera más que para conseguir el orden necesario para la convivencia ordenada de tanta Gente que moraba en la misma casa.
Pero había más: había que formarlas en la vida de oración, en el difícil arte de la convivencia cordial, en el modo de caminar por la estrecha senda del seguimiento de Cristo, en los diversos artes y saberes necesarios para su futuro trabajo de enfermeras y maestras de los pobres. A nada que se descuidara el fundador o la fundadora aquella casa podía fácilmente convertirse en algo muy parecido a un convento femenino, y sus moradoras en monjas. Pero sus fundadores nunca quisieron ni una cosa ni otra. Por estas fechas. 1646, ambos tenían esto ya muy claro, aunque aún iban a pasar años antes de que el fundador formulase la idea en un texto totalmente revolucionario en la historia de la Iglesia Católica: las hijas de la caridad tenían que tener «por monasterio, las casas de los enfermos; por celda, una vivienda alquilada; por capilla, la iglesia parroquial; por claustro, las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; por velo, la santa modestia».
De rejas se habló precisamente en este primer consejo, y se discutió si sería conveniente ponerlas, como en los locutorios de los conventos de clausura, para evitar que los visitantes invadieran las dependencias en que vivían, oraban y trabajaban las jóvenes. A ninguno de los presentes en el consejo le gustó la idea de las rejas, pero lo que interesa más es la única razón que se dio para rechazarlas. Dijo para empezar el señor Almeras que «no se necesitaba en manera alguna que hubiera una reja, porque esto era propio de las religiosas», y si no se ponía mucho cuidado en «cortar todo lo que pudiera dar esa impresión, algunas podrían llegar algún día a querer ser religiosas». Así se expresó el señor Almeras, y no le contradijo en manera alguna el señor Vicente, sino que remachó con fuerza lo dicho por él añadiendo por su cuenta que si eso ocurriera sería «todo lo contrario de lo que Dios pide de vosotras». O sea, que aunque el ser religiosa supone un estado tan alto y tan hermoso, le, diría mil veces el señor Vicente, que ellas, pobres campesinas, no son dignas de serlo, no es eso, ni tampoco la opinión social del tiempo, que reservaba el estado de religión mayormente a las procedentes de familias distinguidas que podían proporcionar al entrar en el convento (a elevada dote necesaria, sino la voluntad de Dios, mismo la que les ha de mantener en su humilde estado original de simple, fieles bautizadas. Pero aunque su estado en la sociedad y en la iglesia es tan humilde, deben ser tan santas como las religiosas santas, y aún más, pues la perseverancia en su modo de vida sacrificada y laboriosa y expuesta a mil peligros sólo es posible sobre la base de un olvido total de sí mismas y de una entrega sin reserva, de su vida a Dios y los pobres.
A una asociación de jóvenes cristiana, de ese estilo no se le podía aplicar el título de «orden», que se reserva en la Iglesia Católica a asociaciones más importantes y más solemnes. Todo lo más se le podía calificar de cofradía, o sea, de confraternidad. Eso es lo que es una fraternidad y no otra cosa, la asociación de jóvenes que han fundado el señor Vicente y Luisa de Marillac sin haberlo planificado previamente y casi como sin darse cuenta. Y ése es el nombre que escogen, aunque a alguna de ellas no les hacía mucha gracia, cuando acuden al arzobispo de París, para que les otorgue el necesario reconocimiento de la autoridad eclesiástica. No acudieron propiamente al arzobispo, que era hermano del señor de Gondy sino al hijo de éste, Juan Francisco Pablo, obispo auxiliar de su tío. Este era el menor de los tres hijos de los señores de Gondy, a quien Vicente había visto nacer y crecer en sus ya lejanos tiempos de preceptor de sus otros dos hermanos, y por el que siempre sintió un cariño que nada pudo romper. El cariño era mutuo. El joven obispo auxiliar, futuro cardenal de Retz, tuvo todos los vicios comunes imaginables y además algunos muy personales y muy suyos, pero en cuestiones de fidelidad en la amistad fue un hombre que llamó la atención de sus contemporáneos. El mismo Bossuet le alaba como «hombre muy fiel a sus amigos», y madame Sevigné, que le conoció durante muchos años, declaraba que «no ha habido jamás amigo tan cálido, capaz de exponer por los suyos su fortuna y su vida».
Este amigo del señor Vicente le llama en el documento de aprobación de las hijas de la caridad «nuestro querido y apreciado Vicente de Paúl». Y aunque lo que le pide el señor Vicente es algo extraño, nuevo y poco definido, el joven obispo, aprovechando una ausencia temporal de su tío, quien tal vez hubiera puesto a la idea del señor Vicente dificultades jurídicas de peso, aprueba lo que el señor Vicente le pide, y erige «la asociación de dichas jóvenes v viudas en esta diócesis en forma de cofradía particular, distinta de la cofradía de la caridad», de la que las jóvenes de esta nueva cofradía no eran inicialmente más que ayudantes. Seguirán siendo ayudantes muchas de ellas, pero la suya es ya una asociación independiente, con su reglamento propio de estructuración y funcionamiento, reglamento también aprobado por el obispo auxiliar. Y aunque la autoridad sobre las jóvenes reside en el arzobispo de París, se «le confía y encarga el gobierno y dirección de esta asociación y cofradía mientras quiera Dios conservar su vida a nuestro querido y apreciado Vicente de Paúl».
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«Desde hace cien años la Iglesia ha perdido la mayor parte del Imperio, y los reinos de Suecia, Dinamarca q Noruega, Escocia, Inglaterra, Irlanda, Bohemia y Hungría. Sólo le quedan Italia, España, Francia y Polonia, con muchas herejías en estas dos últimas. Estas pérdidas de la Iglesia dan motivo para temer que dentro de cien años perderemos la Iglesia en Europa». Así escribía el señor Vicente en agosto de 1646. Y unos meses más tarde: «Tengo mucho temor de que Dios permita la aniquilación de la Iglesia en Europa por culpa de nuestras costumbres corrompidas». El análisis del señor Vicente era, aunque sombrío, muy realista. El pronóstico, más bien la profecía, de los cien años se le quedó un poco corto, pero tampoco estaba del todo equivocado. Trescientos años después la Iglesia que él tanto amaba estaría viva de verdad no en la lánguida Europa, sino en las lejanas periferias.
De manera que bien pasados sus sesenta años el señor Vicente se sintió vivamente espoleado a añadir a sus muchos trabajos un esfuerzo por «la propagación de la Iglesia en los países infieles», sin dejar por ello de tratar de inyectar una nueva vida en la moribunda Iglesia europea. Todo ello a pesar «de los pocos obreros que somos». Esto último lo escribía comentando un proyecto de envío de algunos misioneros a Persia, proyecto que luego no se llevó a cabo, sin que sepamos las causas. Se lo habían propuesto las autoridades romanas, y esta vez lo aceptó sin poner objeciones, aunque tenía una de peso. «Nos llama para allá el papa, que es el único que puede enviar ad gentes: y estamos obligados a obedecerle».
La objeción procedía del hecho de que él mismo había entrenado a sus misioneros en la renuncia a todo tipo de dignidades eclesiásticas, y el proyecto de Persia incluía la idea de que uno de los misioneros fuera nombrado obispo de la misión. Fue uno de sus propios hombres, precisamente el superior de la casa de Roma, quien se lo recordó como objeción para aceptar la misión de Persia. Vicente le contesta: «He hecho todo lo que he podido por conseguir algún sacerdote externo para el obispado de Babilonia, pero nadie quiere aceptar o no puede hacerlo». De modo que la urgencia de intentar la expansión de la iglesia le hizo pasar por encima de una de sus ideas más queridas para los hombres de su congregación. Por otro lado no era lo mismo ser obispo en Persia que en París. En Persia sobraba, y hasta estorbaba, todo boato y solemnidad episcopal. El misionero podría muy bien vivir «como los obispos armenios que hay allí; no aparentan ser, y eso incluye al patriarca, más que los simples sacerdotes de aquí». Pero lo más importante es que el evitar toda ostentación pondría al misionero en las huellas de «Nuestro Señor y de los apóstoles, que renunciaron c hicieron renunciara los cristianos a la pompa».
No renunciaba, pues, después de todo a una de sus ideas más queridas al aceptar para uno de los hombres de su congregación el obispado de Babilonia. Lo que en realidad hubiera conseguido era pulverizar las hueras ostentaciones de la figura episcopal y reducirla a las simples líneas de lo que debe ser: pastor y misionero. Tampoco él quería que el episcopado de Babilonia fuera causa o motivo para variar la visión que tenía de su congregación, a la que califica aquel mismo año de 1647 de «nuestra ruin compañía, que no es más que el aborto de las demás compañías de la Iglesia». No buscaba en modo alguno la grandeza de su congregación al enviarla por el ancho mundo. Ni siquiera la urgencia de evangelizar le va a desviar jamás de «la norma y práctica de no pedir ninguna fundación» para ella. El está dispuesto a ir y a enviar a sus hombres hasta el último extremo del mundo, pero no quiere «que la compañía haga ruido y se vea estimada por su extensión. Dios no necesita del favor de los hombres ni de la fama para llamarnos a donde El quiera».
Al año siguiente Vicente envió a sus misioneros a un sitio mucho más alejado que Persia, tan alejado que la fama era imposible, a donde sin embargo no hubiera podido ir sin el favor de los hombres. Al faltar éste finalmente, desapareció también la misión, pero ya antes estuvieron a punto de hacerla imposible las condiciones de la navegación marítima de aquel tiempo.
(1648)
El sitio alejado se llamaba Isla de San Lorenzo o también Madagascar. En una navegación normal para aquel tiempo se podía llegar a Madagascar en cinco o seis meses. Hasta veinte de sus hombres envió Vicente en los años que le quedaban de vida, pero sólo siete consiguieron llegar allí. Los dos primeros, enviados en 1648, murieron a los dos años escasos de poner pie en la isla. Fallecieron de fatiga misionera y de falta de adaptación al clima extraño. Otros tres llegaron en 1654, y dos más en 1656. Todos ellos estaban muertos por la una o la otra causa, o por ambas, en 1657. Aún envió otros tres grupos en los últimos cuatro años de su vida, pero ninguno de ellos logró llegar a Madagascar. Quienes peor lo pasaron, aparte de los varios que murieron en los diversos viajes, los de la última expedición en 1659, después de naufragar una vez y perder casi la vida cerca de las costas mismas de Francia, embarcaron una segunda vez y llegaron hasta el cabo de Buena Esperanza, donde encalló el barco, que fue abandonado. Los recogió otro barco holandés, y los devolvió a Europa. Cuando llegaron, un año después de fallecido el fundador, habían estado casi dos años navegando sin haber conseguido ir a ninguna parte. Se quedaron, por así decirlo, con las ganas. Ganas no les faltaban ni a los que lo intentaron ni a otros muchos hombres del señor Vicente que estaban dispuestos a intentarlo.
Aunque no lo estaban todos. No faltaban entre ellos quienes objetaban que aquello tenía todas las trazas de ser una misión insensata, devoradora de hombres. «Estoy seguro -les dice Vicente- de que la muerte de estos padres extrañará a algunos». Razón no les faltaba a los objetores. Pero para estas alturas de su vida la razón, lo razonable, lo sensato, no era ya desde hacía muchos años para Vicente, que jamás fue un hombre irrazonable y menos aún insensato, el criterio decisivo para embarcarse o no en empresas complicadas y de alto riesgo. A él sólo le importaba la misión, v la compasión por «aquellas pobres gentes nacidas en la ignorancia». En cuanto a sí mismo, y tiene cuando lo dice 68 años, dice estar dispuesto «a servirle de compañero (al primer misionero enviado a Madagascar) si ello fuera posible».
No se había buscado tampoco él mismo esta misión, sino que le cayó encima por una sugerencia de Propaganda Fide a través del nuncio en París. De manera que el señor Vicente tomó la empresa de Madagascar como algo que Dios deseaba que asumiera su pequeña compañía misionera. Ante esa convicción no había lugar ni para pensar que se debiera abandonar la empresa, aunque a él también le dolía profundamente la muerte de sus hombres. «Qué clase de compañía sería la de la Misión si abandonase la obra de Dios por haber tenido cinco o seis bajas; sería una compañía cobarde». Su congregación necesitaba gente bien formada intelectualmente para llevar a cabo con competencia sus diversas actividades. «Los misioneros sabios y humildes son el tesoro de la compañía», solía decir a sus hombres. Pero también sabía muy bien que, si en algún caso era la instrucción algo deficiente, había que «tener ánimos y esperar que Nuestro Señor supliría por otra parte, ya que se sirve de ordinario de personas poco considerables para llevar a cabo grandes obras». Pero lo que no podía faltar nunca eran los «ánimos». Intentar una empresa como la de Madagascar, y antes la de Irlanda o la de Escocia, era posible ciertamente con hombres de mediana instrucción, tal un Maturino de Belleville, hombre «de una familia distinguida de Normandía», «que tenía poca ciencia», pero mucha valentía, v además un gran «desprecio de sí mismo y celo por las almas». Belleville «murió al llegar a Cabo Verde y fue arrojado al mar, que es el cementerio de los que mueren en él». Pero era imposible intentarla con hombres asustadizos y sin coraje. «¿Seremos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor solamente porque han muerto allí cuatro, cinco o seis hombres?».
El siguió enviando a sus hombres, y lo mismo hizo su sucesor, Almeras, a pesar de las dificultades de la navegación y del clima. Pero lo que acabó definitivamente con la empresa, hasta que se volvió a intentar con más éxito en el siglo XIX, fue que falló «el favor de los hombres». El señor Vicente no quería contar con ese favor, lo hemos visto, pero sin él no hubiera ni siquiera puesto el pie en Madagascar ni uno solo de sus misioneros. Pues a falta de medios propios, siempre escasos en la congregación del señor Vicente en vida del fundador, sus hombres necesitaban que alguien les proveyera al menos de un barco para intentar la larga y difícil travesía. Ellos pondrían el coraje para hacerla y la dedicación sacrificada a la evangelización de los habitantes nativos de la isla una vez hecho el viaje. Sin ese coraje no se podía ni intentar travesía ni misión. Pero para llegar allá hacía falta un barco, y eso no lo tenían ni ellos ni el señor Vicente. Hubo que contar, pues, con el favor de otros hombres que sí lo tuvieran.
El señor Vicente los encontró en unos «mercaderes de París, que son como los reyes de allí», la Societé de l’Orient, formada por un grupo de socios capitalistas a quienes Richelieu había concedido el monopolio de comercio y colonización en la isla. Fueron los barcos de esta compañía los que pudieron trasladar a los hombres del señor Vicente a la lejana misión. A cambio se esperaba de ellos que actuaran como capellanes de los colonos franceses durante la travesía y una vez instalados en Madagascar. Vicente, siempre agradecido y respetuoso, no deja de recomendar a sus hombres que tengan «un gran respeto con esos señores», pero sin dejar de «ser fieles para con Dios v no fallar nunca a sus intereses, ni traicionar nunca a vuestra conciencia». Era necesario recordarles esto, pues la situación del misionero no podía dejar de ser ambigua. La compañía, mercantil y colonizadora, no pretendía otro fin que hacer patria y hacer dinero, sobre todo esto último. El misionero era a sus ojos poco más que un funcionario para las necesidades espirituales de los colonos franceses. Pero para el misionero el hacer dinero no significaba nada, y la dedicación a la conversión de paganos malgaches era más importante que la atención espiritual a unos colonos aventureros que sentían muy poca necesidad de ella. De la imposibilidad de compaginar todos estos aspectos surgieron conflictos que hicieron aún más difícil una misión que va era difícil por otras razones. Se mantuvo la misión, sin embargo, a pesar de los muchos conflictos. Pero disuelta por poco rentable la sociedad explotadora diez años después de fallecido el señor Vicente, a su congregación se le hizo imposible no sólo mantener la misión sino ni siquiera el enviar hombres a ella.
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El 31 de mayo de 1648 el señor Vicente tuvo con las jóvenes de Luisa de Marillac una charla sobre la oración.
… Hermanas mías, hoy vamos a hablar de la oración. Hermana, ¿quiere decirnos lo que piensa sobre esto? Y así fue preguntando a varias de ellas, que dijeron con sencillez sus ideas. Como nuestro muy venerado padre (escribe Luisa de Marillac) tenía prisa, no preguntó a la mayor parte de las hermanas, como era su costumbre, sino sólo a unas pocas. Luego él añadió, entre otras cosas, lo que sigue… Ha parecido conveniente que hagáis oración todos los días, y así lo indican vuestra, reglas. Aún os diré más: hacedla a cualquier hora, y no salgáis nunca de ella. Una de vosotras ha dicho muy bien que Nuestro Señor era hombre de grandísima oración. El nos ha dado ejemplo, pues nunca se contentó con decir y enseñar, sino que siempre hacía antes lo que después enseñaba… También se ha dicho que la oración es necesaria para conservar esta vocación vuestra, porque es cierto que una hija de la caridad no puede perseverar si no hace oración. Es imposible. Permanecerá quizás algún tiempo entre vosotras, pero el mundo acabará por arrastrarla. Encontrará los trabajos de una hija de la caridad demasiado duros, irá languideciendo poco a poco, se cansará y acabará por dejarlo todo si no toma este alimento… Pero aunque la oración sea tan necesaria a una hija de la caridad, o, diré sin embargo que, como vuestra obligación principal es el servicio del prójimo, cuando hay que socorrerles y se puede temer que sufran algún daño si os demoráis en asistirles, estáis obligadas a dejar la oración. Y aún más: si no hubiese para asistirles más tiempo que el de la misa, no tengáis miedo en dejarla antes que dejar al prójimo en peligro. Y eso no sólo un día entre semana, sino incluso un día de obligación. Pues la asistencia al prójimo ha sido impuesta por Dios mismo, mientras que la obligación de oír misa es sólo una norma de la iglesia… Os añadiré que la oración es como un espejo en el que el alma se mira para ver lo que le puede hacer desagradable a Dios; se mira en el espejo y se arregla para hacerse agradable a El. Las gentes del mundo nunca salen de casa sin arreglarse antes, delante del espejo. Hay algunas tan vanidosas que llevan un espejo en el bolso para mirar de vez en cuando si tienen que arreglarse otra vez. Lo que hacen las gentes del mundo para agradar al mundo, ¿no es razonable que lo hagáis para agradar a Dios vosotras que queréis servir a Dios? Dios quiere que los que le sirven se arreglen también, y que varias veces al día se miren en el espejo de la oración para quitar de sus almas lo que pueda desagradar a Dios… ¿De dónde viene que una pobre joven aldeana, que no sabe de letras ni conoce los misterios de la fe, cambie al poco tiempo su tosquedad y se haga modesta, recogida, y llena del amor de Dios? ¿No ha hecho esto la oración? La oración ha sido para ella una fuente de juventud en la que se ha rejuvenecido… Aparte de las sencillas oraciones vocales que decís hay otra clase de oración que se llama contemplación, en la que el alma no hace más que recibir lo que Dios le da, y, sin ningún esfuerzo por su parte. Dios le inspira todo lo que podría desear, y mucho más. ¿No habéis experimentado nunca esta clase de oración? Estoy seguro que sí… A los corazones sencillos, aunque carezcan de instrucción, Dios revela a veces cosas que las escuelas no han sabido descubrir, y les descubre unos misterios de los que los mismos sabios no saben nada… En la oración encontraréis todo, porque es la fuente de la verdadera ciencia. Un doctor, con toda su doctrina adquirida por el estudio, habla de Dios de la forma que le ha enseñado su ciencia. Pero una persona de oración habla con una ciencia infundida por Dios, de manera que entre los dos no es el doctor el más sabio. Y tiene que callarse donde haya una persona de oración, porque a ésta le ha enseñado Dios mismo… Vosotras, mis queridas hijas, me preguntáis cómo hay que hacer oración; os parece que no la hacéis bien. He de deciros lo primero que no la dejéis nunca, aunque creáis que sois inútiles para hacerla bien. No os extrañéis si os parece que no hacéis nada durante un mes, dos meses, tres meses, seis meses; no, ni siquiera un año, ni dos, ni tres. Santa Teresa estuvo veinte años sin poder hacer bien la oración. No comprendía nada; iba al coro y le decía a Dios: vengo aquí porque lo mandas, pero por mí no haría nada. Al cabo de veinte años Dios premió su constancia y le concedió un don de oración tan alto como nadie la ha tenido desde los apóstoles. ¿Acaso sabéis si Dios quiere hacer de cada una de vosotras una nueva santa Teresa?… Doy gracias a Dios porque nos ha hecho pobres que, desde nuestra bajeza, podemos esperar llegar al conocimiento de su grandeza, porque ha querido que la compañía de las hijas de la caridad estuviese compuesta de mujeres pobres y sencillas, pero capaces de esperar participar en sus misterios más profundos. Danos, salvador nuestro, el don de la oración, tú que has sido durante toda tu vida un hombre de oración, que la hiciste desde tus primeros años, que continuaste haciéndola siempre, y que te preparaste con la oración para enfrentarte a la muerte. Da este don a estas jóvenes para que puedan permanecer fieles en el servicio que esperas de ellas. Se lo suplico al Padre por el Hijo, en cuyo nombre pronunciaré yo, pobre pecador, las palabras de la bendición. La bendición de Dios Padre…






