Para el servicio de los pobres
LAS HIJAS de la Caridad que viven lejos de París se sienten, a lo largo de los años, cada vez más frecuentemente interpeladas sobre su identidad. ¿Quiénes son? ¿,Porqué juntas? ¿Qué hacen? ¿De quién dependen? Luisa de Marillac, muy atenta a todas estas preguntas, guía a cada una en su reflexión y en las respuestas que ha de dar.
Luisa María de Gonzaga, hija del duque de Nevers, se ha convertido por su matrimonio con Vladislao VI Vasa, en 1645, en reina de Polonia. Ella conoce muy bien la acción caritativa de Vicente de Paúl. Antes de su matrimonio había sido en París Dama de la Caridad. Al descubrir las necesidades de los pobres de su nuevo reino, solicita el envío de sacerdotes de la Misión y de Hijas de la Caridad. Trascurren meses antes de obtener respuesta, porque:
«Ha sido necesario tomarse tiempo para la prueba de esta vocación y reconocer si era de Dios» (E. 783).
En 1651 van cuatro sacerdotes de la Misión y un hermano, y a finales del año 1652 se les unen tres Hijas de la Caridad. Las hermanas son acogidas con gozo por la reina, que se siente feliz de tener noticias de Francia. Durante algunas semanas las retiene en su castillo de Lowick, porque se ha declarado una peste que causa estragos en Varsovia. Después de este período de adaptación y de aprendizaje de la lengua, las hermanas comienzan lu servicio entre los desgraciados de la capital. Luisa María de Gonzaga, solícita por la buena marcha de la «Caridad», organiza el trabajo y la vida de las recién llegadas. Les da como directora a una de sus damas de honor, la srta. de Villers.
Esta señorita, al comprobar la lejanía de las hermanas y las dificultades de mantener correspondencia con París, intenta reemplazar a Luisa de Marillac y poseer la responsabilidad total de las Hijas de la Caridad de Polonia.
Las hermanas comunican su asombro y su inquietud a Luisa de Marillac que puntualiza la función de la srta. de Villers: no puede ser otra que la ejercida habitualmente por las Damas de las Cofradías de la Caridad, consistente en indicar el trabajo que hay que hacer, en repartir las limosnas; pero no tiene derecho alguno sobre la vida espiritual y comunitaria de las hermanas. Los sacerdotes de la Misión presentes en Polonia aseguran la ayuda espiritual de esta lejana comunidad.
A la muerte de la srta. de Villers, en 1658, la reina de Polonia pretende obligar a una de las hermanas a vivir a su lado en el castillo para ser su «limosnera» y distribuir los dones de su generosidad a los pobres. Se lo propone a Margarita Moreau, que no se atreve a negarse a la reina. Escribe a Luisa de Marillac exponiéndole su inquietud:
«Me encuentro muy preocupada por miedo a que, al cambiar mi hábito y haberme comprometido en la corte, esto me haga perder mi vocación. ¿Qué sé yo si Dios, que una vez me ha concedido la gracia de superar las dificultades que tuve al salir del mundo, me concederá otra parecida? Si de mí dependiera, preferiría que Dios permitiera que me sobreviniera una gran enfermedad antes que ponerme en ese peligro» (Doc. 867).
Después de deliberar juntos, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac trasmiten a la reina una cortés negativa. Las Hijas de la Caridad han sido escogidas para llevar en comunidad una vida consagrada al servicio de los pobres.
El obispo de Nantes, mons. Beauvau de Rivarennes, dio su consentimiento en 1646 para que se establecieran las Hijas de la Caridad en el hospital. Pero no comprende el modo de vida de estas servidoras. Pide ver sus reglas, va a visitar su domicilio, no admite la libertad que tienen de salir del establecimiento y rechaza el poder de los sacerdotes de la Misión sobre ellas, prohibiendo a uno de ellos, M. Berthe, visitar a las hermanas. El obispo querría que estas servidoras fueran como las religiosas agustinas del hospital de Vannes, hermanas enclaustradas y sometidas a su autoridad. Con respeto, pero con energía, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac insisten en que las Hijas de la Caridad no son monjas, que tienen:
«por monasterio, las casas de los enfermos,
por celda, una habitación alquilada,
por capilla, la iglesia parroquial,
por claustro, las calles de la ciudad,
por clausura, la obediencia,
por reja, el temor de Dios,
por velo, la santa modestia».
Las exigencias del obispo de Nantes y los continuos conflictos con los administradores motivarán la marcha de las hermanas del hospital en 1664.
En 1659 parten tres hermanas a Narbona, llamadas por el obispo, Francisco Fouquet, uno de los hermanos de Nicolás, el célebre superintendente de finanzas de Luis XIV. Luisa de Marillac le precisa a Francisca Carcireux, la responsable de la comunidad, que no ha de temer exponer y recordar al obispo los objetivos de su servicio: llegar a los más desgraciados. Por aquella época, estos son los que están dispersos por el campo y no pueden o no quieren ir al hospital. Es preciso ir a ellos, alcanzarles en sus pobres moradas. Francisca es invitada a informar al obispo de la manera de vivir escogida por las Hijas de la Caridad:
«Como en ese lugar no conocen vuestra manera de vivir pobremente, lo mismo que respecto al alojamiento, no deseéis que os traten de otra manera, aunque no fuera más que por miedo. No discutáis; pero exponed humildemente, enérgicamente y con dulzura y brevedad vuestras razones» (E. 644).
Luisa de Marillac invita a las hermanas a ser trasparentes respecto a su elección de vida, a no temer decirlo a los demás y a vivirla concretamente. Escoger una vida pobre es desear permanecer cerca de aquellos a quienes se sirve cada día.
A finales de 1657 y principios de 1658 Luisa de Marillac advierte en el seno mismo de su comunidad de París tensiones que van aumentando día a día. Ante todo se esfuerza en analizarlas. Observa que la mayoría de las hermanas son jóvenes aldeanas, que antes de su entrada en la Compañía no tenían costumbre de «conversar con personas de condición». Debido a su trabajo, las hermanas están regularmente en contacto con las Damas de la Caridad, hablan con ellas sobre el servicio que es preciso hacer y comparten sus reflexiones. Algunas se sienten satisfechas de ser así consideradas y de estar en pie de igualdad con aquellas Damas. Estas campesinas, en su mayoría analfabetas, han aprendido a leer y a escribir; algunas han tomado gusto al estudio; tienen tal «afán de lectura» que descuidan los pequeños servicios, que se les antojan menos nobles. Estas aldeanas han aprendido también a manejar dinero para el servicio de los pobres enfermos. Algunas descubren las facilidades que procura, y a veces hacen que se beneficien de ello su propia familia.
En un pequeño grupo de hermanas que han descubierto una vida totalmente distinta de la que llevaban ellas en casa, se abre un camino, un deseo, una aspiración: ¿por qué permanecer siempre servidoras? ¿No es posible vivir la consagración a Dios de otra manera, un poco al estilo de las religiosas? Algunas contemplan constituir un grupo de hermanas que dedicaría más tiempo a la oración, la meditación, la lectura… Luisa de Marillac se percata del gran peligro de una escisión en el seno de la Compañía de las Hijas de la Caridad, con las hijas orientadas hacia una vida monacal claustral por un lado, y las que seguirían entregadas al servicio de los pobres por otro, servicio mirado con cierto menosprecio por las primeras. Ve el deseo de este primer grupo de «ser el cuerpo dominante»; que esas hermanas «pondrían y tendrían debajo de ellas a las que estarían dedicadas a la visita de los enfermos» (E. 821). Concebir así la Compañía es, para Luisa de Marillac, conducirla rápidamente a la ruina.
A pesar de su cansancio y de sus frecuentes enfermedades, Luisa intenta hacer reflexionar a las hermanas. El 10 de enero de 1660 escribe a Margarita Chétif, a la que a petición de Vicente de Paúl ha escogido para sucederle como responsable de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa reitera lo que significa esta vocación particular de servidoras de los pobres: una vida cristiana anclada en Jesucristo por la prolongación de la gracia del bautismo; una vida entregada a todos los que sufren y penan; una vida de servicio humilde, simple, sin buscar nada, que se expresa mediante «acciones exteriores que parecen bajas y viles a los ojos del mundo, pero grandes delante de Dios» (Doc. 669).
La muerte de Luisa, dos meses más tarde, y la de Vicente de Paúl el 27 de septiembre del mismo año, provocan en todas las hermanas un vivo sentido de responsabilidad frente a su Compañía y las induce a tomar nuevamente conciencia de su identidad.







