Vida de santa Luisa de Marillac. 11. Para el servicio de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
Estimated Reading Time:

Para el servicio de los pobres

LAS HIJAS de la Caridad que viven lejos de París se sienten, a lo largo de los años, cada vez más frecuentemente interpeladas sobre su iden­tidad. ¿Quiénes son? ¿,Porqué juntas? ¿Qué hacen? ¿De quién dependen? Luisa de Marillac, muy aten­ta a todas estas preguntas, guía a cada una en su reflexión y en las respuestas que ha de dar.

Luisa María de Gonzaga, hija del duque de Nevers, se ha convertido por su matrimonio con Vladislao VI Vasa, en 1645, en reina de Polonia. Ella conoce muy bien la acción caritativa de Vicente de Paúl. Antes de su matrimonio había sido en París Dama de la Caridad. Al descubrir las necesidades de los pobres de su nuevo reino, solicita el envío de sacer­dotes de la Misión y de Hijas de la Caridad. Tras­curren meses antes de obtener respuesta, porque:

«Ha sido necesario tomarse tiempo para la prueba de esta vocación y reconocer si era de Dios» (E. 783).

En 1651 van cuatro sacerdotes de la Misión y un hermano, y a finales del año 1652 se les unen tres Hijas de la Caridad. Las hermanas son acogidas con gozo por la reina, que se siente feliz de tener noticias de Francia. Durante algunas semanas las retiene en su castillo de Lowick, porque se ha declarado una peste que causa estragos en Varso­via. Después de este período de adaptación y de aprendizaje de la lengua, las hermanas comienzan lu servicio entre los desgraciados de la capital. Luisa María de Gonzaga, solícita por la buena marcha de la «Caridad», organiza el trabajo y la vida de las recién llegadas. Les da como directora a una de sus damas de honor, la srta. de Villers.

Esta señorita, al comprobar la lejanía de las her­manas y las dificultades de mantener correspon­dencia con París, intenta reemplazar a Luisa de Marillac y poseer la responsabilidad total de las Hijas de la Caridad de Polonia.

Las hermanas comunican su asombro y su in­quietud a Luisa de Marillac que puntualiza la fun­ción de la srta. de Villers: no puede ser otra que la ejercida habitualmente por las Damas de las Cofra­días de la Caridad, consistente en indicar el trabajo que hay que hacer, en repartir las limosnas; pero no tiene derecho alguno sobre la vida espiritual y comunitaria de las hermanas. Los sacerdotes de la Misión presentes en Polonia aseguran la ayuda espiritual de esta lejana comunidad.

A la muerte de la srta. de Villers, en 1658, la reina de Polonia pretende obligar a una de las hermanas a vivir a su lado en el castillo para ser su «limosnera» y distribuir los dones de su generosi­dad a los pobres. Se lo propone a Margarita Moreau, que no se atreve a negarse a la reina. Escribe a Luisa de Marillac exponiéndole su inquietud:

«Me encuentro muy preocupada por miedo a que, al cambiar mi hábito y haberme comprometido en la corte, esto me haga perder mi vocación. ¿Qué sé yo si Dios, que una vez me ha concedido la gracia de superar las dificultades que tuve al salir del mundo, me concederá otra parecida? Si de mí dependiera, preferiría que Dios permitiera que me sobreviniera una gran enfermedad antes que ponerme en ese peli­gro» (Doc. 867).

Después de deliberar juntos, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac trasmiten a la reina una cortés negativa. Las Hijas de la Caridad han sido escogi­das para llevar en comunidad una vida consagrada al servicio de los pobres.

El obispo de Nantes, mons. Beauvau de Rivarennes, dio su consentimiento en 1646 para que se establecieran las Hijas de la Caridad en el hospital. Pero no comprende el modo de vida de estas servidoras. Pide ver sus reglas, va a visitar su domicilio, no admite la libertad que tienen de salir del establecimiento y rechaza el poder de los sacer­dotes de la Misión sobre ellas, prohibiendo a uno de ellos, M. Berthe, visitar a las hermanas. El obispo querría que estas servidoras fueran como las religiosas agustinas del hospital de Vannes, hermanas enclaustradas y sometidas a su autori­dad. Con respeto, pero con energía, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac insisten en que las Hijas de la Caridad no son monjas, que tienen:

«por monasterio, las casas de los enfermos,
por celda, una habitación alquilada,
por capilla, la iglesia parroquial,
por claustro, las calles de la ciudad,
por clausura, la obediencia,
por reja, el temor de Dios,
por velo, la santa modestia».

Las exigencias del obispo de Nantes y los con­tinuos conflictos con los administradores motiva­rán la marcha de las hermanas del hospital en 1664.

En 1659 parten tres hermanas a Narbona, llama­das por el obispo, Francisco Fouquet, uno de los hermanos de Nicolás, el célebre superintendente de finanzas de Luis XIV. Luisa de Marillac le precisa a Francisca Carcireux, la responsable de la comu­nidad, que no ha de temer exponer y recordar al obispo los objetivos de su servicio: llegar a los más desgraciados. Por aquella época, estos son los que están dispersos por el campo y no pueden o no quieren ir al hospital. Es preciso ir a ellos, alcan­zarles en sus pobres moradas. Francisca es invitada a informar al obispo de la manera de vivir escogida por las Hijas de la Caridad:

«Como en ese lugar no conocen vuestra manera de vivir pobremente, lo mismo que respecto al aloja­miento, no deseéis que os traten de otra manera, aunque no fuera más que por miedo. No discutáis; pero exponed humildemente, enérgicamente y con dulzura y brevedad vuestras razones» (E. 644).

Luisa de Marillac invita a las hermanas a ser trasparentes respecto a su elección de vida, a no temer decirlo a los demás y a vivirla concretamen­te. Escoger una vida pobre es desear permanecer cerca de aquellos a quienes se sirve cada día.

A finales de 1657 y principios de 1658 Luisa de Marillac advierte en el seno mismo de su comuni­dad de París tensiones que van aumentando día a día. Ante todo se esfuerza en analizarlas. Observa que la mayoría de las hermanas son jóvenes aldea­nas, que antes de su entrada en la Compañía no tenían costumbre de «conversar con personas de condición». Debido a su trabajo, las hermanas es­tán regularmente en contacto con las Damas de la Caridad, hablan con ellas sobre el servicio que es preciso hacer y comparten sus reflexiones. Algunas se sienten satisfechas de ser así consideradas y de estar en pie de igualdad con aquellas Damas. Estas campesinas, en su mayoría analfabetas, han apren­dido a leer y a escribir; algunas han tomado gusto al estudio; tienen tal «afán de lectura» que descui­dan los pequeños servicios, que se les antojan menos nobles. Estas aldeanas han aprendido también a manejar dinero para el servicio de los pobres enfer­mos. Algunas descubren las facilidades que procu­ra, y a veces hacen que se beneficien de ello su propia familia.

En un pequeño grupo de hermanas que han des­cubierto una vida totalmente distinta de la que lle­vaban ellas en casa, se abre un camino, un deseo, una aspiración: ¿por qué permanecer siempre servi­doras? ¿No es posible vivir la consagración a Dios de otra manera, un poco al estilo de las religiosas? Algunas contemplan constituir un grupo de herma­nas que dedicaría más tiempo a la oración, la medi­tación, la lectura… Luisa de Marillac se percata del gran peligro de una escisión en el seno de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, con las hijas orientadas hacia una vida monacal claustral por un lado, y las que seguirían entregadas al servicio de los pobres por otro, servicio mirado con cierto me­nosprecio por las primeras. Ve el deseo de este primer grupo de «ser el cuerpo dominante»; que esas hermanas «pondrían y tendrían debajo de ellas a las que estarían dedicadas a la visita de los enfermos» (E. 821). Concebir así la Compañía es, para Luisa de Marillac, conducirla rápidamente a la ruina.

A pesar de su cansancio y de sus frecuentes enfermedades, Luisa intenta hacer reflexionar a las hermanas. El 10 de enero de 1660 escribe a Marga­rita Chétif, a la que a petición de Vicente de Paúl ha escogido para sucederle como responsable de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa reitera lo que significa esta vocación particular de servi­doras de los pobres: una vida cristiana anclada en Jesucristo por la prolongación de la gracia del bautismo; una vida entregada a todos los que su­fren y penan; una vida de servicio humilde, simple, sin buscar nada, que se expresa mediante «acciones exteriores que parecen bajas y viles a los ojos del mundo, pero grandes delante de Dios» (Doc. 669).

La muerte de Luisa, dos meses más tarde, y la de Vicente de Paúl el 27 de septiembre del mismo año, provocan en todas las hermanas un vivo sen­tido de responsabilidad frente a su Compañía y las induce a tomar nuevamente conciencia de su iden­tidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *