Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 11

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XI.
Continúa la misma materia.

No pudiendo reducir a una breve relación la dilatada historia de los actos de humildad que en el discurso de su vida ejerció este gran siervo de Dios, nos limitaremos a continuar refiriendo los que creemos serán de mayor edificación para el lector.

Es difícil decir en qué circunstancias brilló más la gran humildad de Vicente, si cuando lo rodeaban las alabanzas a sus virtudes, o cuando la maldad le prodigaba poco merecidas injurias. Recibía un agravio con la misma alegría que pudiera el más ambicioso recibir una honra: jamás se quejó de las ofensas que le hicieron, ni quiso dar satisfacción por las calumnias y falsos testimonios que le levantaron; ni el amor a su Congregación fue bastante a que justificase su modo de obrar cuando el odio pretendía oscurecer su resplandor; al que le injuriaba o con palabras o con obras, correspondía con pedirle perdón de rodillas. De todo darán testimonio los casos siguientes.

Uno de los más principales del parlamento de París dijo un día públicamente que los misioneros de S. Lázaro se habían entibiado mucho en el ejercicio de las misiones, y que ya eran muy pocas las que hacían. Se da siempre gran crédito a las palabras de un poderoso, y así para perderle con el mundo, basta que salga la calumnia de la boca de un soberano. Llegó a oídos de Vicente lo que de él y de su Congregación se publicaba; y aunque podía fácilmente con la verdad desmentir aquella voz, pues en aquel mismo año y en el precedente se habían hecho más misiones de las que ordinariamente se hacían, no quiso dar satisfacción alguna, ni defender los sudores de su tierna planta; antes a uno que le aconsejaba el que lo hiciese, y que procurase desengañar a aquel personaje, porque mal informado podía seguir hablando mal de la Congregación, le respondió: Dejémosle hacer; yo por mi parte jamás me justificaré sino con las obras. Sabía bien que estas acompañadas de la paciencia, son las más seguras armas para triunfar de los asaltos de la malicia.

Un prelado principalísimo le dio orden de que tuviese en su casa por algún tiempo a un celoso religioso que trazaba una reforma en su religión, y que para empresa tan santa le diese su asistencia. Obedeció el siervo de Dios con sencillez, sin reparar en los inconvenientes que podían nacer recibiendo a aquel religioso, a quien dio los consejos que le parecieron más oportunos para el dichoso fin de sus buenos intentos. Pasados algunos días, acudieron al mismo prelado otros religiosos a quienes no agradaba la reforma, quejándose de Vicente y del que la pretendía, como de hombres que deseaban introducir novedades; que de este título se valen algunos para poner impedimento a las cosas del ser vicio divino. No se acordaba ya el referido prelado de que todo lo obrado por Vicente había sido por orden suya, y dando oídos a aquella queja, le hizo llamar, y en presencia de los mismos religiosos le reprendió ásperamente, sin que el venerable sacerdote le respondiese ni volviese por su inocencia, padeciendo tan sin causa. Pero el Señor que tanto mira por la honra de los suyos, defendió la reputación de su siervo, castigando al prelado con el recuerdo de lo que había pasado, que le fue de no poco sentimiento, al considerar que tan sin razón había reprendido al que solo en haberle obedecido era culpable; le servía de mayor confusión aquel modesto silencio, indicio de una humildad profunda, y para satisfacer a su conciencia, se excusó con Vicente mostrando su arrepentimiento, y protestando que se retractaría delante de los que le hablan oído, para que quedase más asegurado su crédito. Ensalza Dios a los humildes con el mismo desprecio y abatimiento, y así permitió que cargase sobre Vicente aquel agravio no merecido para hacerle más venerado.

Habiéndole llamado otro prelado para que asistiese a una congregación a la que concurrían sujetos de gran mérito, le reprendió públicamente por una cosa en que no tenía ni sombra de culpa. No se dio Vicente por ofendido; antes, como si hubiese cometido el imputado yerro, se puso de rodillas y le pidió perdón de él, con singular admiración de los que allí estaban, que conociendo su inocencia, celebraban su humildad prodigiosa, en especial Andrés Duval, doctor muy estimado entre los de la Sorbona por su virtud y sabiduría, que acabada la congregación, dijo en alta voz que Vicente era un hombre de raro y extraordinario ejemplo, y de espíritu sobrenatural y divino.

Un caballero mozo, llevado de la cólera y del ardor juvenil, le perdió el respeto al siervo de Dios, y entre otras cosas le dijo que era un viejo loco. La respuesta fue arrojarse a sus pies, e hincado de rodillas pedirle perdón de la ocasión que le podía haber dado para merecer aquel desprecio.

Un eclesiástico poco atento a la grandeza de su estado, esparció por París la falsa voz de que Vicente se había dejado cohechar, haciendo que se confiriese un beneficio a una persona que le había regalado una librería y una gruesa suma de dinero. Le asaltó al siervo de Dios cuando lo supo, un debido sentimiento de tan falso testimonio, pues sufrir la fama de interesado es sobrada paciencia en un ministro. Quiso pues manifestar con la pluma la justificación con que obraba; pero apenas llegó a formar la primera letra, cuando reprendiéndose a sí mismo, comenzó a decir: ¡Ah miserable! ¿y qué piensas tú hacer? ¡Cómo! ¿y quieres justificarte a ti mismo? Ahora acabamos de oír que un cristiano falsamente acusado en Berbería, ha estado tres días en los tormentos, y ha muerto sin proferir una palabra de queja o sentimiento, siendo así que estaba inocente del delito que se le imputaba; ¿y tú quieres excusarte? No, no, no será así; y dicho esto, arrojó la pluma, sin quererse defender ni volver por su reputación, cuando parece que debiera hacerlo por la misma honra soberana, pues es descrédito de los príncipes el que se venda la justicia en los tribunales.

Cierto hombre infecto de falsos dogmas pertenecientes a la materia de Gracia, procuró introducirlos en el ánimo de Vicente, conociendo lo que le importaría el tenerlo de su parte; porque en tanto tienen estimación las opiniones, en cuanto las siguen y defienden sujetos grandes; pero viendo que perdía tiempo, y que no le convencían sus razones, por satisfacer a sus burladas esperanzas, cargó al siervo de Dios de gravísimas injurias : le dijo entre otras palabras, que era un ignorante, y que se maravillaba cómo no se avergonzaba la Congregación de tenerle por Superior General. Le respondió Vicente más humilde que él soberbio, y como aquel que en sus desprecios no se dejaba vencer de ninguno: Yo me maravillo mucho más, porque soy más ignorante de lo que podéis imaginar.

Pero esta respuesta que podía causar confusión a la presunción más altiva y a la vanidad más hinchada, no fue dictada de la razón para triunfar de un agravio con no darse por ofendido, sino que fue nacida de su propio conocimiento. Ninguno en el mundo se ha creído tan adornado de sabiduría, cuanto Vicente se juzgaba poseído de la ignorancia. Pensaba de sí tan al contrario de lo que experimentaban todos, que las que en él se veneraban como luces sobrenaturales, le parecían tinieblas horribles. Los progresos felices de su Congregación y el copioso fruto que por su medio se recogía en la viña del Señor, daba claramente a conocer los raros y singulares dones de que le había dotado el cielo para su gobierno, y con todo eso lloraba el verse desnudo de prendas para poder ejercer el oficio de Superior General; obligándole a querer renunciar este puesto, el juicio que tenía hecho de que le faltaba la capacidad necesaria para aquella ocupación. Habiéndose juntado en el año de 1641 los sacerdotes más ancianos de la Congregación, para conferenciar sobre algunas cosas importantes a su conservación, públicamente declaró a todos muchas faltas que le parecía haber cometido en el tiempo que la había gobernado, y las débiles fuerzas que en sí reconocía para cargar sobre sus hombros el peso del mando, diciéndoles: Yo depongo en vuestras manos el oficio de Superior General; elegid otro en el nombre del Señor: y con esta resolución se salió de la sala donde se hacía la junta , y se retiró a un lugar apartado a encomendar a Dios aquel negocio. Dejó atónitos a los congregados tan impensada propuesta; pero los sosegó el conocimiento que tenían de su humildad profunda, y los alentó para no condescender con lo que deseaba, el estimarle tanto más benemérito, cuanto él se reputaba más indigno; así, aunque repitió las instancias, fue sin provecho, porque después de haberle significado por algunos la determinación firme de no hacer nueva elección, viendo su resistencia, fueron todos juntos a donde estaba, y le dijeron: Vos sois el que nosotros elegimos por Superior General, y mientras Dios os conserve la vida, no tendremos jamás otro. Cedió en fin el humilde Vicente a la divina voluntad, aceptando de nuevo el oficio, del cual reservó para sí la fatiga, y para los demás la honra y la conveniencia.

Si no lo pedía la importancia del negocio que escribía, nunca usaba del título de Superior General, y solo se firmaba indigno sacerdote de la Congregación de la Misión, o cuando más, indigno Superior. No podía sufrir el que los suyos le hiciesen algún acto de reverencia; sentía como grave injuria el que cuando le encontraban le inclinasen la cabeza; y diciéndole un oficial de la casa, que ésta era loable costumbre de todas las comunidades, respondió que era muy debida la veneración a los superiores pero que tenía motivos muy suficientes para no permitir se hiciese con él lo que era justo se obrase con los demás. Todas las veces que había de dar a alguno la bendición, se hincaba de rodillas, y no contentándose su humildad con usar de este acto de rendimiento en aquella ceremonia, besaba en muchas ocasiones la tierra.

Gustaba sumamente de emplearse en los ministerios más viles de la casa, sin desdeñar los más bajos de la cocina; el corto alimento que daba a su cuerpo, quería que fuese de lo que los otros dejaban. En las misiones se sentaba, o en el último confesonario, o sobre alguna piedra, si los confesonarios eran pocos y no había lugar cómodo para los demás, escogiendo siempre para sí el peor, así en el sitio como en la conveniencia; tenía igualmente singular gusto en explicar la doctrina cristiana, y en enseñar a los niños el Padrenuestro y Ave María, y los primeros rudimentos de la fe, por ser este ejercicio el de menos ostentación.

En una misión en que el señor del lugar quiso alojar a los misioneros en su palacio, habiendo cuartos muy buenos, se hospedó en el que dormían los lacayos. Al principio que entró en la casa de San Lázaro, faltando camas para todos, dejó la suya a otro, y se fue a dormir con el cocinero. Finalmente, en todas las cosas buscaba lo más abatido y despreciado, así en el vestido como en el sustento, y en todo lo demás necesario para la vida. Hasta en los ornamentos para decir misa, quería que le diesen los que eran menos preciosos. En hacimiento de gracias por el feliz nacimiento del Delfín, envió la reina a la Iglesia de San Lázaro un rico ornamento de tela de plata, y sacándosele para celebrar, no quiso servirse de él, hasta que otro lo estrenase primero.

Cuando volvían los sacerdotes de las misiones, quería muchas veces descalzarlos, aunque estuviesen los zapatos llenos de lodo, y lo mismo pretendía cuando venía a casa algún forastero; pero al paso que se alegraba de servir a todos, se entristecía si se veía obligado a que alguno le sirviese; y así cuando por su larga edad, o por alguna grave indisposición lo necesitaba, exclamaba: ¿Y quién soy yo, que doy tanto que hacer a los otros? ¡Ah! vaso hediondo lleno de inmundicia y pasto de gusanos. ¡Cuánta molestia ocasionas a tus hermanos!.

Sentía que a las personas seglares que servían en casa, se les llamase con el nombre de criados; porque decía que era faltar al respeto que se debe a un cristiano el no llamarle por su nombre propio. En una ocasión, habiendo llamado un caballero a un doméstico suyo con el nombre de criado del señor Vicente, dispensad, dijo el humilde sacerdote, no es mi criado, sino mi hermano, y como tal le trataba en un viaje que le acompañó, llevándole a las ancas del caballo para aliviarle del cansando del camino. Este mismo acto de amor fraternal y humildad singular, ejercitaba cuando algunos amigos a personas principales, le obligaban a entrar en coche para volverse a casa, haciendo que los lacayos que venían para acompañarle, se entrasen también en él. Los corazones altivos miden por la desigualdad la estimación; los que son verdaderamente humildes, solo hacen estimación de la igualdad, que en todos fundó la naturaleza, no de la diferencia que concede a la que llama el mundo fortuna. Se juzgaba tan indigno del estado sacerdotal, que solía decir muchas veces que si ya no se viese en tan sublime grado, no le abrazaría jamás por ningún motivo. El empleo en que le ocupó la reina de consejero, por ser propio para personas grandes, le era un peso gravísimo considerándose tan pequeño; y así decía a algunos de sus confidentes: «Yo ruego todos los días al Señor que me libre de este oficio, y que permita que me tengan por loco, para que me echen del Consejo y no me ocupen más en estos negocios, y así me quede mas tiempo de hacer penitencia, y no dé tan mal ejemplo a nuestra mínima Congregación«.

Le servía de gran tormento el haber de comunicar y tratar con los señores y personas calificadas del mundo; su gusto y recreo era hablar y discurrir con los más bajos y abatidos, usando con estos de tanta afabilidad y cortesía, que cuando les hablaba tenía siempre descubierta la cabeza.

Buscando todos su consejo como de oráculo, pues le veneraban como varón prudentísimo, le sujetaba fácilmente al de cualquiera otro; esto lo observó en una junta una señora, y diciéndole que su parecer debía ser el preferido, le respondió Vicente: «No sea jamás verdad que mi pobre y débil parecer haya de prevalecer y superar al de otros: yo tendré gran gusto siempre que Dios obre lo que fuere de su agrado sin intervención de mí, miserable pecador«.

Por eso nunca determinaba absolutamente las cosas diciendo: esto o aquello se ha de hacer; sino que con modestia declaraba lo que le parecía, sujetándolo al juicio del mismo que le preguntaba, valiéndose de ordinario de estas o semejantes palabras: Me parece que este negoció se podía enderezar por este camino. Acaso haríamos bien obrando de tal modo. Si os parece valeros de este medio, podría ser ocasión de creer que Dios le echaría su santa bendición. Verdad es que cuando la resolución de la duda se fundaba en alguna máxima evangélica, daba la respuesta con mayor seguridad y sin vacilar; pero siempre se abstenía de todo lo que podía manifestar autoridad o apego a su propio parecer.

Alentaba continuamente a sus misioneros a la práctica de esta importantísima virtud y a que huyesen del vicio de la soberbia (aire pestífero que inficiona aun la empresa más santa), diciéndoles que los operarios evangélicos debían referir a Dios todos los sudores y fatigas que empleaban en servicio de las almas, y reconocer la conversión de los pecadores por obra propia de la divina Omnipotencia. «Y, ¡ay de los misioneros, añadía, si atribuyesen a sí mismos ni la más mínima parte del bien que hacen en provecho del prójimo, y creyesen por esto merecer estimación y honra! ¡Oh, cuánto deseo que traigamos esculpida profundamente en los corazones esta verdad: que aquellos que se creen autores del bien que obran, o que tienen en él alguna parte, y se complacen con este pensamiento, pierden mucho más que ganan, aunque las cosas que hacen sean buenas y santas«.

Enviando a uno de los suyos por Superior de una casa de la Congregación, le dio los siguientes avisos: «Os recomiendo la humildad de Cristo Señor nuestro. Decid muchas veces: Señor, ¿qué méritos tengo yo para este oficio? ¿Cuáles son mis obras que correspondan al empleo que se me ha puesto sobre los hombros? ¡Ah, Dios mio! yo lo destruiré todo, si vos no dirigís mis palabras y acciones. ¡Ah!, que si considerásemos todo lo que hay en nosotros de humano y de imperfecto, hallaríamos mucho de que humillarnos en la presencia de Dios y en la de los hombres, y aun de aquéllos que nos son inferiores! La humildad debe además de esto hacer aborrecer todas las complacencias que se mezclan principalmente en los empleos que tienen alguna apariencia. La vana complacencia es un veneno de las buenas obras, una peste que inficiona las acciones más santas, y que al punto hace olvidarse de Dios. Guardaos de este vicio como del más pernicioso y que más impide, según mi juicio, el progreso en la perfección y en la vida espiritual. Por esto daos todos a Dios, para que habléis con el espíritu humilde de Jesucristo, confesando que vuestra doctrina no es vuestra, sino del Evangelio«.

Estos avisos tan importantes eran en el siervo de Dios puntualísimas ejecuciones. Cuanto obraba su caridad en beneficio del prójimo, todo lo miraba como obra del poder divino; solo para el Señor quería la gloria de aquel copiosísimo fruto que dio a la Iglesia. Para huir aun la más leve sombra de la humana estimación, usaba en los sermones de un estilo llano y sencillo, pretendiendo ganar almas, no aclamaciones. Enseñaba a los suyos que en las acciones públicas se debía dejar todo aquello que solo sirve al aplauso, y que el abstenerse en los sermones de conceptos altos y de voces estudiadas, era un secreto sacrificio del corazón, el cual agradaba mucho a Cristo Señor nuestro; porque Su Majestad descansa en los pechos sencillos, y más que en otra cosa se deleita en la humildad verdadera.

Cuando se veía obligado a hablar de lo que había obrado por la gloria de Dios, todo el buen éxito de sus empresas lo atribuía al celo y a las fatigas de los demás. «El Señor, decía, lo ha hecho todo por medio de estos otros sacerdotes. Dios se ha servido de la Congregación para tal cosa. Dios ha dado a la Congregación tal gracia«. Y por el contrario, si el negocio no salía como se deseaba, se atribuía la causa del mal éxito. «Yo soy la causa, repetía muchas veces, de que las cosas no vayan como debieran; pero yo pido perdón de esto«.

Si alguno no ejecutaba lo que el siervo de Dios había ordenado, o por olvido o por no haberlo entendido bien, decía: «Os ruego me dispenséis si no he sabido declarar bien mi pensamiento. Yo soy una bestia, no tengo talento para darme a entender«. Si se le refería alguna falta o defecto que en la casa se hubiese cometido, se hincaba de rodillas, y con gran sentimiento prorrumpía en estas voces: «Misericordia, Dios mio: yo soy causa de este error por mi mal ejemplo«; y al culpado le decía: «Mis pecados son causa del mal que se ha obrado«.

A su Congregación la llamaba pequeña y miserable: deseaba que fuese tenida por la mínima y última de todas. «Nuestra pequeña Congregación, dijo un día, es el desecho de las otras, y no se debe comparar con ninguna de cuantas hay en la Iglesia«.

Hacía instancia un sacerdote para ser admitido en la Congregación, y para manifestar más su deseo, la prefería a todas las demás. Vicente que oyó el alto concepto que de ella se había formado, le respondió: «El afecto que le tenéis os hace decir esto, que en cuanto a lo demás, las otras religiones y congregaciones, son todas santas, y nosotros somos miserables, mucho más que los mismos miserables«.

Una casa de la Congregación padeció sin culpa suya un trabajo considerable: no se afligió Vicente por verla abatida y humillada, antes regocijado y contento, exhortó a los suyos a dar gracias al Señor por haber ella recibido una mortificación tan injusta; porque, decía, «es gran felicidad el ser tratado como Cristo Señor nuestro«. Y en semejante ocasión le escribió a un superior de otra casa estas palabras: «Dios os libre de quejaros jamás, si sucediere que nuestro instituto y nuestro modo de obrar sea desaprobado o blasfemado, y despreciado de otros; esto sin duda es mejor que si fuese estimado y alabado, pues nuestro Redentor dice: Seréis bienaventurados, cuando os persigan y digan todo mal de vosotros«.

Repetía muchas veces, como ya en otra parte se ha referido, que el arma más poderosa para vencer al demonio era la humildad; por lo cual, a un estudiante de su Congregación, tentado de desesperación, le dijo, después de haberle dado los remedios oportunos: «Si el maligno tentador continúa en molestaros, decidle que el ignorante de Vicente os ha ordenado que le respondáis de esta manera«.

Con estos y otros semejantes documentos procuraba el humilde siervo de Dios plantar en los corazones de los suyos esta excelente virtud de la humildad, que él había puesto por base de su Congregación, persuadiéndolos y alentándolos a abrazarla con el ejemplo, que es para obligar el medio más eficaz y poderoso. Esta virtud era la que Vicente más amaba, y la que más resplandecía, no solamente en sus obras y en sus discursos, sino también en la parte exterior de su persona; de manera que la fragancia suavísima de su humildad, la sentía todo el que le veía o hablaba.

Le costó empero largo estudio el adquirir este precioso y celestial tesoro, y así, al principio de la erección de la Congregación, dijo un día a los suyos: «Hace más de veinticinco años que tengo por ejercicio cotidiano la virtud de la humildad, y hasta ahora no sé qué cosa sea, solamente sé que yo soy inútil para todo lo bueno y hábil para todo lo malo«. Pudiera bien decir en su muerte, que éste había sido el principal empleo de toda su vida; siendo verdad que a ningún otro atendió con tanta aplicación.

Esta verdad la confirma una respuesta que dio a uno de su Congregación poco antes de morir, en ocasión que le refería la magnífica entrada que el rey y la reina habían de hacer en París. «Toda esta noche, dijo, he estado pensando en los medios de poder humillarme tanto, cuanto en este día serán exaltadas sus majestades, y de estimarme tan digno de confusión como ellas de gloria; en una palabra, de amar tanto el estado de abatimiento, como tan grandes príncipes aman el de su grandeza«. Y pareciéndole que había dicho mucho, añadió: «He dicho mal toda la noche, quiero decir, siempre que he despertado, que han sido muchas veces«. Permitió el Señor que su fiel siervo nos dejase noticia del abrasado deseo que tenía de unirse con la humildad en el lazo más estrecho, aun al tiempo que estaba próximo a su dichoso tránsito, para que claramente viésemos y conociésemos que era esta virtud el centro de sus pensamientos, y la que por el discurso de su vida le había robado más especialmente los cuidados.

Sucedió en el mismo tiempo de su última enfermedad, que una princesa le envió a decir que deseaba el que fuesen a visitarle sus hijos para que les echase la bendición; a lo que respondió nuestro Vicente: «Yo no sé si tendré ánimo para sufrir la confusión que sentiré, al ver que dos príncipes vienen a un pobre viejo y rústico villano como soy, más a propósito para meterles miedo, que para edificarlos. Si la señora princesa reflexiona, acaso tendrá por mejor el no permitir esta visita«.

Daremos fin a este capitulo con las palabras que muy de ordinario profería el cardenal de Rochefoucault, que íntimamente conocía y trataba al siervo de Dios, porque ellas abrazan cuanto se puede dilatar la pluma en alabanza de su humildad. Decía, pues, «que si se quería hallar la verdadera humildad en este mundo, convenía buscarla en el señor Vicente«.

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