Capítulo IX: Su afabilidad.
Acaso esta virtud, tan propia para ganar los corazones, fue la que mas costó a Vicente. Como había nacido con una complexión biliosa, su genio naturalmente vivo era propenso a la ira. Desde sus primeros años trabajó en reprimir los movimientos que se levantaban en su ánimo; y era tal la violencia que se hacía interiormente para esto, que se manifestaba en su exterior por cierto aire de sequedad y melancolía. Se examinó a sí mismo con mucho cuidado, vio lo que le faltaba, y recurrió al Ser Supremo que dispone de nuestro barro según su voluntad, y por medio de la gracia reforma la naturaleza; cobró ánimo con el ejemplo de San Francisco de Sales, cuya ordinaria afabilidad le admiró desde la primera conversación que tuvo con él; finalmente, a fuerza de su vigilancia llegó a ser tan dulce y tan afable, que en este punto hubiera sido el primer hombre de su siglo, a no haber vivido en él el santo obispo de Ginebra. «Cuando vemos al Sr. Vicente, decía Fenelon, nos parece estar viendo a San Pablo exhortando a los Corintios por medio de la afabilidad y de la modestia de Jesucristo«.
Poco cuesta ejercer la afabilidad con aquellos que la ejercen con nosotros, esto también lo hacen los paganos; pero ser afables con los que nos ofenden, con los que nos contradicen y con los que a nada dan oídos, esto es efecto de una virtud superior a las fuerzas de la naturaleza: y tal fue el efecto de la virtud de Vicente de Paúl. Muchas veces, y aun en un mismo día, tenía precisión de tratar con personas de distinguido nacimiento, y con otras que estaban faltas de toda educación, con gentes de talento y con gentes rústicas, con sujetos escrupulosos y con filósofos arrogantes; en una palabra, con cuantas clases de personas pueden imaginarse desde el trono de los reyes hasta la cabaña de los pastores. Pero en todas partes presentaba la idea del Divino Salvador cuando conversaba con los hombres; jamás se advirtió alteración en su semblante, aspereza en sus palabras ni seriales de enojo en sus acciones. Le sucedió interrumpir la conversación que tenía con ciertas personas de distinción, por repetir hasta cinco veces una misma cosa a uno que no la entendía, y decírsela la última vez con la misma tranquilidad que la primera. Oía sin la menor sombra de impaciencia a las pobres gentes que hablaban mucho y muy mal, dando a sus palabras el buen sentido de que eran susceptibles. Sin embargo de estar tan cargado de negocios, sufría que se le interrumpiese hasta treinta veces en un mismo día por personas escrupulosas, que no hacían sino repetirle una misma cosa con diferentes términos, y oírles hasta la última palabra con inalterable paciencia, escribirles algunas veces de su propio puño lo que antes les había dicho, y explicarlo más adelante cuando no lo habían entendido bien; finalmente, le sucedió interrumpir el oficio divino o el sueño, por no perder la ocasión de hacer un sacrificio, que muchas veces cuesta más trabajo a un hombre de entendimiento que a cualquier otro.
Consideraba para con los herejes necesaria esta afabilidad. Decía que en las disputas vivas, aquel con quien se disputa conoce desde luego que se intenta convencerle, y por tanto se prepara, no a reconocer la verdad, sino a impugnarla; que esta contienda en vez de facilitar la entrada de la verdad en su alma, por lo común cierra la puerta de su corazón, la que hubieran abierto la afabilidad y el agrado; que el ejemplo de San Francisco de Sales era una prueba manifiesta de esta verdad; que aquel prelado, no obstante ser tan hábil en la controversia, había convencido más herejes con su afabilidad que con su ciencia; que con este motivo solía decir el cardenal de Perron, que trabajaba por convencer a los novadores; pero que el convertirlos era negocio propio del obispo de Ginebra. «Finalmente, añadía, jamás he visto ni he tenido noticia de que un hereje se haya convertido en fuerza de la disputa ni de la sutileza de los argumentos, sino por medio de la afabilidad: tan gran fuerza tiene esta virtud para ganar a los hombres para Dios«.
Estaba también persuadido el siervo de Dios de que valiéndose de la afabilidad se puede sacar fruto de las misiones de las aldeas. «Sed afable en la asamblea de los pobres: este es un consejo de la Escritura:1 Congregationi pauperum affabilem te facito. Esta debe ser nuestra regla, decía a los suyos; sin esto, aquellas pobres gentes se acobardarán, y no se atreverán a ponerse delante de nosotros; nos mirarán o como a hombres demasiado graves, o como a grandes señores comparados con ellos, y así se arruinará la obra de Dios, y nosotros no podemos cumplir con los fines a que nos destina. La bendición que Dios ha echado sobre nuestras primeras misiones, bien se deja ver que ha sido por la afabilidad de que hemos usado con todo género de personas; y si Dios se ha dignado valerse del más miserable de todos los hombres para la conversión de algunos herejes, ellos mismos han confesado que la han debido a su agrado y afabilidad. Hasta los forzados, con quienes he tratado mucho, no se ganan de otro modo; y si cuando les hablaba con alguna seriedad todo lo echaba a perder, por el contrario, cuando alababa su resignación, cuando me compadecía de sus trabajos, cuando les decía que eran felices porque tenían su purgatorio en este mundo, cuando besaba sus cadenas, entonces me oían y daban gloria a Dios por hallarse en estado de salvación. Os suplico me ayudéis a dar gracias a Dios por esto, y a pedirle que se digne infundir en todos los misioneros la costumbre de tratar con afabilidad a sus prójimos en público y en secreto, y aun a los pecadores mas obstinados, sin valerse jamás de reprensiones, invectivas o palabras ásperas con nadie. Yo confío que procuraréis huir de este mal modo de servir a las almas, el cual, en vez de ganarlas, las exaspera y aparta. Nuestro Señor Jesucristo es la suavidad eterna de los ángeles y de los hombres, y por medio de esta misma virtud debemos nosotros procurar ir a él, guiando por este camino a los demás«.
Nuestro Santo fundaba su afabilidad en dos principios: uno era la palabra y el ejemplo del Salvador; otro, el conocimiento que tenía de la flaqueza del hombre. Por lo tocante al primer principio, decía que la afabilidad y la humildad son dos hermanas que concuerdan entre sí; que Jesucristo nos enseñó a reunirlas cuando dijo:2 Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; que estas palabras fueron confirmadas con su ejemplo; que el Salvador quiso tener discípulos rústicos y sujetos a varios defectos, para enseñar a los que están en su lugar el modo con que deben tratar a aquellos de quienes están encargados; que nadie puede ver la afabilidad que practicó en todo el discurso de su pasión, sin inclinarse a ella: en aquella ocasión dio el nombre de amigo al corazón más infame que jamás hubo, y sufrió sin murmurar las crueldades de una tropa deicida que le escupía el rostro y le insultaba en medio de sus dolores. «¡Oh, Jesús Dios mío! exclamaba, ¡qué ejemplo éste para los que nos hemos dedicado a imitaros! ¡Qué lección para los que nada quieren sufrir, o que se inquietan o enfadan cuando padecen!» Fundado en el segundo principio, decía Vicente que es muy propio del hombre cometer faltas, así como es propio de las zarzas producir espinas que puncen; que aun los justos caen siete veces al día, esto es, caen muchas veces; que el espíritu tiene sus enfermedades, del mismo modo que el cuerpo las suyas; y que supuesto que el hombre muchas veces es para sí mismo un grande ejercicio de paciencia, no debe de causar admiración que ejercite el sufrimiento de otros hombre; y como notó San Gregorio el Grande, la verdadera justicia conoce la compasión, pero no conoce la cólera ni la ira. De aquí infería que era necesario valerse de la afabilidad en el trato de la vida; que las palabras que nos ofenden, regularmente más son movimientos de la naturaleza, que indisposiciones del corazón; que aun los más prudentes no están exentos de pasiones, las cuales suelen arrancarles ciertas expresiones de que inmediatamente se arrepienten, y que en cualquiera parte que nos hallemos, siempre tendremos que sufrir; pero que como en esto hay proporción para merecer, debemos atesorar caudal de afabilidad, porque sin esta virtud se padece sin mérito, y aun acaso con riesgo de perder la eterna salud.
«La afabilidad, añadía el Santo, tiene tres principales actos: el primero de estos reprime los movimientos de la ira, y las conmociones de aquel fuego que turba al alma, se manifiesta en el rostro y hace mudar de color. Un hombre afable no deja de padecer este primer movimiento, porque los movimientos de la naturaleza suelen adelantarse a los de la gracia; pero se mantiene firme para que no venza la pasión; y aunque a pesar suyo se manifieste alguna alteración en su exterior, inmediatamente vuelve sobre sí, y se restituye a su estado natural. Cuando se ve precisado a reprender o a castigar, siempre se gobierna por la regla de la obligación, y nunca por los movimientos de la ira. Imita en esto al Hijo de Dios, que llamó a San Pedro Satanás;3 que en la misma ocasión, por diez o doce veces llamó a los judíos hipócritas; que derribó las mesas de los negociantes, y que en todas esta ocasiones manifestó una perfecta tranquilidad, en las que un hombre que no fuese afable, solamente hubiera manifestado ira. El superior que proceda de este modo, sacará mucho fruto: sus correcciones serán bien recibidas, porque irán gobernadas por la razón y no por el genio. Los que gobiernan deben poner muy particular atención en los respetos que el Señor guardaba con los suyos. Nadie gusta de ser corregido con rigor, y todos dicen con el Profeta Rey: castigadme, Dios, pero que no sea en el tiempo de vuestra indignación.
El segundo acto de la afabilidad consiste en una gran dulzura, y en una serenidad de semblante que dé aliento a los que tienen precisión de tratarnos. Hay algunas personas que con un semblante risueño y agradable contentan a todos, y que desde la primera vista parece que os ofrecen su corazón y os piden el vuestro. Por el contrario, hay otras que desde luego se presentan con aire de rigidez, y cuyo semblante seco, arrugado y áspero asusta y espanta. Los misioneros, que por razón de su estado, tienen obligación de tratar con las pobres gentes del campo, con los ordenandos y con los ejercitantes, deben procurar adquirir aquellas expresiones agradables que ganan los corazones. No haciéndolo así, sacarán muy poco fruto; serán cómo una tierra seca que no produce mas que cardos.
Finalmente, el tercer acto de la afabilidad consiste en desechar de nuestra imaginación aquellas reflexiones que se siguen siempre a las molestias que se nos hacen sufrir, o a los malos tratamientos que se nos suelen hacer. En este caso es necesario acostumbrarse a desechar de sí la idea de la ofensa; a excusar a aquellas personas de quienes nos proviene, y a decirse a sí mismo que ha obrado precipitadamente, y dejándose llevar de un primer movimiento; y sobre todo, se debe procurar no abrir la boca para responder a los que intentan inquietarnos. También se ha de procurar tratar con agrado a aquellos que usan de pocas atenciones con nosotros; y si llegasen hasta ultrajarnos y aun a darnos una bofetada, debemos ofrecerlo a Dios, y sufrir por su amor este injurioso tratamiento. Es necesario también contener los movimientos de la ira, y valerse en todas ocasiones del lenguaje del agrado, porque una sola palabra afable puede convertir a un obstinado cuando por el contrario, una sola palabra desabrida es capaz de afligir a un alma. En toda mi vida solamente en tres ocasiones me he valido de palabras ásperas para reprender a otros; y aunque por entonces juzgué que tenía justo motivo para hacerlo así, después me he arrepentido, porque me salió muy mal; y por el contrario, valiéndome del agrado, siempre conseguí lo que deseaba«.
El agrado, que siempre encanta, tenía en nuestro Santo cierta sencillez, cierta eficacia y prudencia, que era imposible resistirle. Hallábase un día en compañía de muchas personas distinguidas; una de ellas, entre muchas maldiciones que pronunció, fue que quisiera que se la llevase el Diablo. Al oír esta expresión Vicente, le abrazó con mucha gracia, y le dijo sonriéndose: «Yo os detendré para Dios, porque seria lástima que fueseis del Demonio«. Estas pocas palabras edificaron a los circunstantes, movieron a aquél a quien se dirigían, y prometió abstenerse en lo sucesivo de semejantes expresiones.
La afabilidad de nuestro Santo en ningún modo debilitó el valor y fortaleza de que era preciso estuviese dotado un hombre como él. «Nadie, decía él mismo, es más constante en el bien, que aquél que hace profesión de afabilidad; por el contrario, los que se dejan arrebatar de la cólera y de sus pasiones, por lo común son inconstantes. Los primeros se parecen a aquellos ríos que corren sin hacer ruido, pero que siempre corren y nunca se secan; los segundos se parecen a los torrentes, hacen como ellos mucho ruido al principio, pero su fuerza pasa con la crecida: obran con ímpetu, y así nada les sale bien. ¿Pues qué es lo que debemos hacer para tener buen éxito en los negocios que Dios nos confía? Seguir siempre el ejemplo del mismo Dios: caminar como él resueltamente al destino, pero por caminos llenos de suavidad y de dulzura: «Attingit ergo a fine usque ad finem fortiter, et disponit omnia suavitér»4 «.
Vicente hermanaba la fortaleza con la afabilidad. No tenía más apoyo que su virtud, ni mas política que su fe. Hablaba la verdad aun en medio de la corte; nunca prometía lo que su conciencia no le permitía cumplir. Se mantenía firme contra las más poderosas instancias, y aun el agradecimiento y el amor le hallaron siempre inexorable; en todo el discurso de su larga vida no dijo una vez sí, dictándole su conciencia que debía decir no. Pudiéramos alegar multitud de testimonios en prueba de esta verdad; pero como todos se reducen a una misma cosa, referiremos solamente tres. El primero es de Mr. de Lamoignon. Después de haber dicho que la estimación que el público hacía de nuestro Santo, movió a la reina madre a llamarle para su Consejo de conciencia, añade «que el siervo de Dios habló en varias ocasiones muy delicadas con un valor digno de los Apóstoles; que ningún respeto humano pudo obligarle a disimular la verdad ni aun levemente, y que nunca se valió de la confianza de los grandes sino para inspirarles las ideas que debían tener«. El segundo testimonio es de Meliand, antiguo obispo de Alet. «La voz común, dice en su carta a Clemente XI, nos ha enseñado que Vicente en los consejos del rey tuvo un valor y una constancia inaccesibles a los ruegos y a las amenazas; y por de elevada clase que fuesen los que aspiraban a las prelacías y a otros beneficios, jamás consintió que fueran provistos en ellos si sabia (lo que nunca dejaba de suceder) que no los merecían«. Finalmente, el tercer testimonio es de Fenelon, arzobispo de Cambray: en su carta a Clemente XI dice: «que la discreción de espíritu y la constancia fueron dones que resplandecieron muy particularmente en el siervo de Dios, y en tan alto grado, que apenas es creíble; y que en los consejos de Ana de Austria nunca tuvo respeto ni al odio ni al favor de los grandes, sino únicamente a los intereses de la Iglesia«.
Varios hechos manifiestan también que Vicente de Paúl no conoció en la tierra otro temor que el de Dios. En su vida leemos que más quiso pasar plaza de ingrato para con uno de sus mas íntimos amigos, que interesarse en que fuese restituida a su empleo una abadesa que era poco edificante. También leemos en ella, que manifestándose superior a todas las reglas de la prudencia humana, fue en busca de cierto padre, no para darle la enhorabuena del nombramiento de su hijo para un obispado, sino para persuadirle que no permitiese que su hijo ocupase un puesto de que no era digno. Igualmente leemos en ella, que negó la entrada en los monasterios de religiosas de que él era superior, a señoras de la primera distinción, y aun a algunas princesas, tomando sobre sí las malas resultas que podían tener semejantes negativas, y exponiéndose a todos los resentimientos. Finalmente, leemos en ella otros muchos pasajes semejantes, los que prueban que Vicente, como los antiguos profetas, debió ser un muro de bronce y estar dotado de fortaleza, sin apartarse por eso de los caminos de la afabilidad.







