Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 08

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo VIII: De la caridad de Vicente para con lo pobres y expósitos.

Este solo capítulo debiera formar, por lo abundante de su materia, un libro entero; pues fue tanta la caridad de Vicente, que lo hizo varón glorioso por todos los siglos. Fueron los pobres objeto de todos sus pensamientos y de todas sus acciones, el tema de sus conversaciones y de las exhortaciones que hacia a sus hijos.

«Dios ama a los pobres, les decía, y por consecuencia ama a aquéllos que tienen afecto a los pobres; porque cuando mucho se ama a alguno, se ama también a los que son sus amigos y servidores. Procure, pues, esta Congregación aplicarse con afecto al servicio de los pobres, que son los amigos carísimos de Dios, y de esta manera tendremos razón para esperar que, en atención a ellos, su Divina Majestad nos ame y favorezca en sumo grado. Y así, señores míos, empleémonos siempre con nuevo afecto en el servicio de los pobres; busquemos a los más necesitados y olvidados, y confesemos delante de Dios que ellos son nuestros dueños y señores, y que nosotros somos indignos de que nos reciban el más pequeño socorro«.

Inspiraba Vicente a los suyos este santo amor, asegurándoles que cualquiera que ame a los pobres durante su vida, no temerá la muerte en el fin de sus días; que dice el Espíritu Santo: Beatus qui inteligit super egenum, et pauperem, in die mala liberabit eum Dominus. Decía que en muchas ocasiones, por experiencia, había conocido la verdad de estas palabras, y entre otras, cuando acaeció la muerte del Sr. de la Sale, en que uno de sus primeros compañeros le escribío lo siguiente: «La muerte del Sr. de la Sale ha correspondido a su vida; desde el principio hasta el fin de su enfermedad ha manifestado una continua conformidad con la voluntad de Dios, y no ha dado señal ninguna de tener sentimiento o idea en contra. En tiempos pasados había temido mucho la muerte; pero como desde el primer día de su enfermedad vio que no le causaba temor, sino antes bien gusto y consuelo, me dijo que esta vez moriría, porque había conocido que al fin de la vida quita Dios el temor de la muerte a aquellos que han ejercitado la caridad para con los pobres«.

Dos efectos principales obraba este amor de los pobres en el corazón de nuestro Vicente; uno era el vivo sentimiento por sus miserias, y otro, la continua aplicación y cuidado en aliviarlas; que importa poco aquel afecto sin este ejercicio, pues aunque la compasión es santa, pero no remedia, y solo las obras ayudan y socorren.

La piedad y ternura con que asistía a los necesitados parece que habían nacido con él, y que se le podía aplicar aquello de Job: Crevit mecum miseratio. Cuando pronunciaba aquellas tres palabras: Jesu, Pater pauperum, de la letanía del nombre de Jesús, que rezaba con los suyos todas las mañanas al fin de la meditación, se enternecía de tal manera, que todos conocían el afecto del corazón que se asomaba a los ojos y a los labios. Si oía hablar de alguna calamidad pública o privada, se le deshacía el pecho en suspiros, sin poder reprimir el dolor ni disimularlo, pues antes bien lo declaraba más su rostro, demudado por la fuerza que se hacía para no darlo a conocer.

Un día tuvo noticia de que los pobres estaban en gran peligro de morir de hambre por la escasa cosecha de aquel año, y llamando a uno de los suyos, le dijo confidencialmente, después de algunos suspiros y exclamaciones: «Estoy en gran cuidado por nuestra comunidad; pero la verdad es mayor el que tengo por la miseria y urgente necesidad de los pobres; porque nosotros al fin nos podremos ayudar, o pidiendo que nos envíen de nuestra casa el pan, o sirviendo de vicarios en las parroquias; pero estos pobres ¿qué harán o a quién recurrirán? Confieso que este es el peso que me oprime y el dolor que más me aflige. He oído que los pobres de las aldeas dicen que podrán vivir mientras duren las frutas; pero que acabadas estas, no les quedará otro remedio más que el de abrirse sepulturas con sus propias manos y enterrarse vivos. ¡Oh, Dios mío! ¡qué gran miseria! ¡Y qué medio podrá haber para remediarla!» Aunque hablaba Vicente de este manera, no se dejaba vencer ni rendir por las dificultades, antes bien cobraba mayor aliento y emprendía con tanto ardor el alivio de los necesitados, que comúnmente le tenían los pobres por su procurador general, y todos, aun de los países mas remotos, recurrían a él como a padre común. «Es tan grande vuestra caridad, le escribían de la Lorena, que todos recurren a ella, y cada uno os considera como refugio de pobres afligidos«.

De otros muchos lugares le escribían lo mismo, y con razón, porque además de las limosnas que recogía de varias personas, distribuía a los pobres hasta lo que estaba destinado para las necesarias provisiones de la casa; y cuando las miserias llegaban a ser comunes, todavía quería que se quitase alguna cosa del ordinario sustento, que era bastante parco y moderado. «Este es el tiempo de la penitencia, decía en semejantes ocasiones; ¿por ventura no nos toca, a nosotros sacerdotes, llorar delante del altar los pecados del pueblo, por los cuales Dios le aflige y castiga? Esto es de obligación. Pero además de esto, ¿no debemos también privarnos de una parte de nuestro sustento ordinario para socorrer al necesitado en cuanto nos sea posible, y para participar también nosotros de las miserias públicas?» Y de hecho, para este fin quitó desde que comenzaron las guerras de las dos coronas, el principio que se daba en refectorio; y durante los tres o cuatro primeros años que duró la extrema miseria de la Lorena, hizo que se diese a la comunidad pan negro. Lo mismo sucedió el año de 1649 en que comenzó la guerra civil, pues además de haber distribuido a los pobres toda la provisión de granos que tenía para la casa, comía con los suyos pan de centeno y de cebada, permaneciendo con esta penosa mortificación, hasta que se dignó el Señor mejorar los tiempos y darle medios para atender a las necesidades de los pobres, que eran el mayor cuidado que atormentaba su piadoso corazón.

Apagado el incendio de la guerra civil, permitió Dios que en 1652 volviera a encenderse poderosamente la llama de la discordia que consumía a toda la Francia, y en este tiempo ejercitó Vicente su ardiente caridad de tal manera, que pudo con razón ser tenido por remedio de tan lamentable desdicha. Entre los innumerables rasgos que de esa caridad pudieran citarse, solo referiremos lo que pasó en el lugar de Paleseo, que estaba en el último grado de miseria. Se había alojado el ejército en dicho lugar por espacio de muchos días, y cuando se retiró dejó la mayor parte de sus habitantes enfermos de calentura contagiosa, de manera que morían diez y doce cada día; llegó a noticia de Vicente esta desgracia, y para alivio de tan notable daño envió luego cuatro sacerdotes de su Congregación y un hermano que ejercía la cirugía, con dinero, pan, vino, huevos y la carne que pudo, para que se distribuyese a los más necesitados; fue cotidiano este socorro, hasta que no teniendo ya recursos para poder continuarlo, se valió de la duquesa de Aiguillon, a quien escribió la carta siguiente.

«Continúa todavía el contagio en Paleseo; los enfermos que han quedado con vida, necesitan de ayuda para su convalecencia; y los que ya estaban sanos, ahora han recaído: uno de nuestros sacerdotes ha venido con solo el objeto de decirme que los soldados han segado todo el grano; de suerte, que no hay cosecha que recoger. No podemos nosotros continuar haciendo frente a tanto gasto; hemos enviado hasta ahora seiscientas sesenta y tres liras en dinero contante, sin las vituallas y otras cosas. Humildemente os ruego que dispongáis que hoy se celebre una junta en vuestra casa, para ver lo que se debe hacer en esto; yo procuraré asistir a ella; pero entretanto me veo precisado a volver a enviar a este sacerdote y otro hermano con cincuenta liras. Es tan maligna la enfermedad, que los cuatro primeros sacerdotes que fueron juntamente con el hermano que los acompañaba, han caído enfermos, y ha sido necesario volverlos a traer a casa, y dos de ellos se hallan en gran peligro de muerte. ¡Oh, señora! ¡Qué abundante cosecha para el cielo podemos hacer ahora que tenemos a nuestras puertas tan grandes miserias! La venida del Hijo de Dios ha sido la ruina y la redención de muchos, como dice el Evangelio; y nosotros podemos hasta cierto punto decir lo mismo de la guerra; pues si ella ha de ser la causa de la condenación de algunas personas, Dios se servirá también de ella para sacar la gracia, la justificación y la gloria de muchos, en cuyo número esperamos que tengáis un lugar, como humildemente se lo ruego a su Divina Majestad«.

En el mismo año de 1652 salió de madre el Sena, inundando los contornos de sus riberas; las aguas circundaron una pequeña aldea vecina a San Dionisio, a dos leguas de París, y los habitantes de ella se vieron en la última miseria y sin esperanza de remedio, pues no podían salir de las casas para pedir socorro. Pero el cielo piadoso se lo envió por medio de Vicente, a quien inspiró que acudiese a tan urgente necesidad; porque sin aviso de nadie mandó que llevasen a aquella mísera población con la mayor presteza una carreta de pan, y al día siguiente, sabedor del lamentable estado de aquellos pobres, volvió a mandar otra, y lo mismo continuó haciendo dos o tres veces en la semana, hasta que cesó la inundación; todo lo cual hizo a expensas de su casa, empleando en obra tan piadosa a dos misioneros, que desde una barquilla repartían el pan por las ventanas, distribuyendo a cada familia lo que necesitaba para su sustento.

Bien podíamos escribir un largo tratado sobre su ardiente caridad, si quisiésemos referir lo que le debieron, no solo lugares particulares, sino provincias enteras, como la Lorena, la Picardía, Champaña y otras, destruidas por las guerras y consumidas por la esterilidad y carestía; agregando a esto los hospitales que erigió y lo que hizo en beneficio de los galeotes y de los cristianos cautivos en Berbería, en lo que gastó centenares de millares de escudos, como se ha referido en el libro primero, y por cuya causa lo omitimos aquí, pasando a hacer mención de algunos actos particulares en que manifestó el siervo de Dios su ardiente caridad.

Acostumbró dar desde el principio de su Congregación tres clases de limosnas ordinarias: la primera, a los pobres vergonzantes, a quienes todos los días distribuía pan y carne; la segunda, a los peregrinos, a quienes daba, a cualquiera hora que llegasen, dinero o pan; la tercera, que se daba tres veces en la semana, era para toda clase de pobres, que algunas veces llegaba a seiscientos el número de ellos, y a éstos se les repartía carne y pan después de haberles explicado la doctrina cristiana.

Durante las guerras civiles y los tumultos de París, dio por espacio de tres meses, la misma limosna de carne y pan a más de dos mil pobres que se reunían todos los días en la puerta de San Lázaro, sin reparar en que se consumiría, como de hecho se consumió, la provisión de la casa; y hubiera de este modo quedado reducida al último extremo de miseria, si por especial providencia no hubiera Dios permitido que, arreglados los asuntos públicos para común alivio, se abriese camino al comercio.

Además de esto, sentaba todos los días a su mesa a dos pobres viejos que comían con la comunidad; lo que hasta hoy se ha continuado haciendo. Los colocaba junto a su asiento, y hacía que les sirviesen antes que a él, teniendo particular cuidado de que nada les faltase; los saludaba con afabilidad cuando los encontraba, y les daba la mano para subirlos al refectorio; muchas veces después de la comida se quedaba algún tiempo con ellos enseñándoles los misterios de la fe, y el modo de confesar y comulgar dignamente. Cuando tenía noticia de que había personas necesitadas en alguna aldea o lugar pobre, enviaba luego a uno de sus sacerdotes o hermanos de la Congregación con dinero o con víveres para socorrerlos secretamente, distribuyendo lo necesario a cada familia, según la necesidad y el número de personas.

A algunos les daba un tanto al mes, pero con tal secreto, que uno a quien daba dos escudos cada mes, declaró cuando murió Vicente, que había recibido este socorro por espacio de diecisiete años, sin que en todo este tiempo se hubiese descubierto ni sabido. Habiendo recibido una vez cuarenta escudos para emplearlos en lo que más le agradara, los dio todos a un lorenés que había venido de su país y se hallaba en grandísima miseria y necesidad. A un pobre carretero que lloraba la pérdida de sus caballos le dio cien liras para que se pusiese en estado de volver a ganar su sustento.

Viniendo un día de la ciudad, encontró en la puerta de la casa unas pobres mujeres que le pidieron limosna; les ofreció Vicente que se las enviaría; pero ocupado el pensamiento en negocios de importancia, se olvidó de la promesa; le avisó el portero; y como si hubiera sido culpa el haberse olvidado, fue en persona a dar la limosna a aquellas pobres, y arrojándose a sus pies, les pidió perdón de rodillas del descuido que habla tenido en socorrerlas. ¡Cuánto se descubre en esto la misericordia de este varón prodigioso, pues un olvido que es disculpa de cualquier yerro, lo lloraba su piedad como delito!

Cuando no podían pagar los que tenían en arrendamiento alguna hacienda de la casa, no quería que los obligasen por justicia, sino que los esperaba y les daba tiempo, y a algunos los socorría secretamente, y a otros les prestaba dinero, aunque conociese que no había de poder cobrarlo. Se encontró un día con mi pobre desnudo, y luego lo hizo vestir. Verdad es que esto era en él tan ordinario, que no se debe referir por cosa particular, porque el dar a los pobres, ya zapatos, ya camisas, ya vestidos enteros, era en su ardiente caridad el ejercicio de cada día.

Si en la vecindad de San Lázaro moría algún pobre, daba sábanas para enterrarlo, si faltaban, y muchas veces hacia el gasto del entierro.

A los pobres de la parroquia de San Lorenzo que era vecina de San Lázaro, asistía con mayor cuidado, porque decía que era más precisa obligación, y así visitaba a los enfermos de ella, y no fueron pocos los que se trajo a su casa para curarlos, asistiéndolos por largo tiempo en sus enfermedades, hasta que del todo se veían libres de ellas.

Sustentó y educó en su casa por espacio de diez años a dos pobres pupilos, a quienes hizo enseñar un oficio para que pudiesen ganar la comida; y al mismo tiempo a la madre de ellos, viuda y desamparada, le buscó comodidad para vivir con honestidad y decencia.

Pasamos en silencio otros muchos ejemplos de su gran piedad y caridad para con los pobres, por ser imposible decir mucho en breve. Baste decir que para Vicente todas sus cosas eran comunes a él y a los pobres, y hasta el coche en que anduvo por necesidad y obediencia en los últimos años de su vida; pues si en su camino encontraba algún pobre viejo o enfermo, lo hacía entrar en su coche, y se lo llevaba al hospital o al lugar a donde el pobre disponía, aunque rodease y le instasen los negocios, teniendo por el primero y el de mas importancia servir a Cristo en su más parecida copia.

Pero lo que más debe admirarse es, que esta obra de tanta conmiseración la ejercía muchas veces con pobres enfermos llenos de llagas asquerosas, de manera que daba náusea y horror el mirarlos; ¿qué sería el tenerlos tan vecinos? Una ocasión metió en el coche a un pobre que despedía un hedor intolerable; pero no pudiendo éste sufrir el movimiento del coche, se quería salir de él, y no lo permitió Vicente, hasta que halló un esportillero, con quien se concertó, dándole dinero, para que lo llevase en hombros.

Fuera molestar al lector referirle las obras de misericordia espirituales, puesto que ellas fueron el objeto principal de Vicente y el fin con que fundó su Congregación, cuyo instituto y ministerio es predicar el Evangelio a los pobres. Repetía frecuentemente a sus misioneros estas palabras: «Somos sacerdotes de los pobres; Dios nos ha escogido para ellos; éste es nuestro oficio principal, y todo lo demás es accesorio solamente«. Este gran siervo de Dios fue padre tan amante de los desvalidos, que no contento con lo que en vida hacia por ellos, procuró eternizar su misericordia, dejándoles en herencia el celo y el cuidado de tantos hijos en quienes resplandece con poderosa imitación el fuego ardiente de su caridad.

Pero no se puede dejar esta materia sin hablar algo sobre la especial caridad que ejerció con los niños. Era regla invariable de su conducta socorrer de preferencia al más necesitado, y por esta razón se dedicaba con particular empeño a socorrer las necesidades de los niños expósitos, por ser los que estaban en mayor imposibilidad de buscar su subsistencia; los amaba con ternura, y procuraba que no se limitase este amor a una estéril compasión. «¿No es por ventura, decía un día a sus compañeros, obligación de los padres el socorrer a sus hijos? Pues si Dios nos ha puesto en lugar de los que engendraron a estas inocentes criaturas, para que cuidemos de la conservación de su vida y de su instrucción en las materias que interesan a la salud eterna, es necesario que seamos infatigables en esta empresa que tan agradable es a Dios. Porque ¿qué harán estas pobrecitas criaturas si nosotros, en vez de tener cuidado de alimentarlas y educarlas, las abandonamos, como las han abandonado sus desnaturalizadas madres?»

Cierta persona de gran virtud que trató y conoció mucho a Vicente, hablando del cuidado que tenía por la crianza y educación de los niños expósitos, particularmente cuando las señoras de la Congregación de la Caridad pensaban dejar la empresa de cuidarlos por falta de recursos, dio el siguiente testimonio de esto, muchos años antes de su muerte. «Dios es testigo de las lágrimas que derramó Vicente y de las oraciones que dirigió al cielo por estas criaturas; de los repetidos encargos que hizo a su Compañía de rogar al Todopoderoso por ellas; del afán con que buscaba medios para nutrirlas, y del cuidado que ha tenido en que vayan los años anteriores las Hermanas de la Caridad a visitarlos en las casas de las nodrizas, y en que este año de 1649, uno de los clérigos de la Congregación vaya a hacer esta visita«. Contaron un día a Vicente que uno de los suyos había dicho que el cuidado que tenía con los expósitos, era causa de que se hallase en tanta pobreza la casa de la Congregación de la Misión, porque, decía, las limosnas que acostumbran darnos, las emplea en esas criaturas, como si sus necesidades fuesen más urgentes que las nuestras, o como si las personas que caritativamente nos socorren pudieran hacerlo con nosotros y con los expósitos. A lo que Vicente contestó: «Dios perdone esa flaqueza que le hace separarse de los sentimientos que prescribe el Evangelio. ¡Cuán poca fe tiene en temer que nuestro Señor nos abandone porque tenemos cuidado de esas pobres criaturas abandonadas! ¿Ignora acaso que el mismo Jesucristo ha prometido recompensar con el céntuplo lo que se dé en su nombre? Este bondadosísimo Salvador dijo a sus discípulos: Dejad que se acerquen a mi esos pequeñuelos. ¿Y cómo podríamos, sin oponernos a su doctrina, abandonarlos y cerrarles las puertas de la compasión? Recordemos la ternura que Jesús manifestaba a las criaturas cogiéndolas en sus brazos y bendiciéndolas con su divina mano; recordemos el precepto que nos ha dejado, con motivo de los niños, de asemejarnos a ellos si queremos entrar en el reino de los cielos; pues ninguno se asemeja mejor que el que tiene caridad con ellos; y por esta caridad ocupa el lugar de los padres, o más bien el de Dios, que ha dicho que si la madre olvidase al hijo, él tendría cuidado de su existencia, y no lo abandonaría. Si viviese nuestro Señor entre los hombres en la tierra, y viese niños expósitos, ¿los abandonaría? Esta idea ofende en alto grado su infinita bondad; y puesto que hemos sido elegidos por su Providencia para cuidar de la subsistencia corporal y del bien espiritual de estos pobres expósitos, faltaríamos al cumplimiento de los deberes que nos impone esta gracia que Dios nos ha hecho, si por el trabajo que nos cuesta nos cansáramos y los abandonáramos también«.

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