Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 06

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Libro II, Capítulo VI: Sus devociones particulares.

Tenía Vicente alta idea de la grandeza infinita de Dios. El semblante de un hombre anonadado que manifestaba en todos los ejercicios de religión; las voces tan llenas de respeto de que usaba cuando se hablaba de Dios; el fervoroso celo con que procuraba comunicar a los demás las ideas que él mismo concebía, eran otras tantas pruebas de las disposiciones de su corazón. Aunque se recogiese muy tarde, regularmente se levantaba a las cuatro de la mañana, y lo hacía con tal fervor, que jamás oyó el segundo golpe de la campana en la misma postura en que había oído el primero. Daba principio al día ofreciendo a Dios sus pensamientos, sus palabras y sus acciones unidas a las de Jesucristo; después tenía su oración mental; luego rezaba en alta voz las letanías del santo nombre de Jesús; en seguida iba o a confesarse, lo que hacia muy frecuentemente, porque, como él mismo manifestó a uno de sus directores, no podía sufrir ni aun la más leve sombra de pecado, o a prepararse para decir la santa misa. En esta grande acción podía muy bien decirse que servía de modelo a los sacerdotes más perfectos: pronunciaba todas las palabras con tanta claridad y tanto afecto, que desde luego se conocía que su corazón y su boca estaban acordes. Su modestia, el tono con que pronunciaba aquellas palabras que recuerdan al sacerdote sus propias culpas y su indignidad, la serenidad de su semblante cuando se volvía hacia el pueblo para anunciarle la paz y la bendición de Dios; en una palabra, todo su exterior hacia impresión aun en los menos dispuestos a conmoverse. En el altar parecía un ángel: todos los días celebraba la santa misa, a excepción de los tres primeros de sus ejercicios anuales, en los que, según costumbre de su Congregación, debía abstenerse de celebrar; mientras pudo tenerse en pie, nunca dejó de hacerlo, aun cuando estuviese viajando; y ni sus indisposiciones ordinarias, ni la calenturilla que habitualmente le atormentaba, le impedían subir al altar. Su amor al divino Cordero que fue sacrificado para quitar los pecados del mundo, le movía muchas veces a oír y aun a ayudar otra misa después de haber dicho la suya. Vióse muchas veces a este venerable anciano en la edad de setenta y cinco años, cuando ya apenas podía moverse, tener a mucho honor el hacer oficio de acólito. «Es cosa vergonzosa, decía, para un eclesiástico destinado al servicio de los altares, ver que en su presencia ejercen este ministerio unas personas que no están destinadas para ello«.

No se manifestaba menos su piedad en los oficios solemnes, y cuando cantaba los salmos en el coro, más parecía un serafín que un hombre, según se elevaba sobre sí mismo. Quería que se cantase con pausa, con los ojos fijados en el libro, sin mirar a una y otra parte; y hasta el día de hoy la iglesia de San Lázaro es una de las de París donde con mas gravedad y modestia se celebran los divinos oficios.

Aunque tuvo muy tierna y afectuosa devoción a todos los misterios de nuestra santa Fe, el de la Santísima Trinidad y de la Encarnación, fuentes de todos los demás, eran el objeto más particular de su culto. Sería preciso tener parte de la piedad de nuestro Santo para poder dar alguna idea de la que él tenía formada del sacramento del amor de un Dios que quiere estar con los suyos, y permanecer con ellos hasta la consumación de los siglos. Cuando entraba en el lugar santo que Jesucristo honra con su presencia, se mantenía siempre arrodillado y en una postura tan humilde, que parecía estar confundido hasta el centro de la tierra para manifestar más respeto. Al ver su modestia, se podía decir que estaba viendo a Jesucristo con sus propios ojos. Se abstenía de hablar en las iglesias; y si alguno quería decirle alguna palabra, aunque fuese un obispo o un príncipe, procuraba sacarle fuera de ella, lo que hacía con tanta gracia y disimulo, que nadie se podía dar por ofendido. Cuando iba a la ciudad, antes de salir saludaba al amo de la casa; ésta era su expresión; cuando volvía le saludaba también, y dejó establecida esta práctica entre los suyos. No puede haber duda en que un hombre que tan grande amor tenía al adorable Sacramento del altar, sentía en extremo los ultrajes que en su tiempo recibió de los herejes y de la licencia de los soldados. Empleó las penitencias, las lágrimas, las mortificaciones y los dones considerables que hizo a las iglesias, todo con el fin de reparar en algún modo aquellos sacrilegios. No eran menester tan enormes escándalos para afligir a nuestro Santo. No hubiera podido sufrir en ninguno de sus hijos que saludase al Santísimo Sacramento de un modo superficial y poco respetuoso, y comparaba aquellas personas que hacen medias genuflexiones, a las figuras que hacen reverencias movidas por las manos de los titiriteros. No hacía consistir la verdadera devoción en estas demostraciones exteriores; pero estaba persuadido de que ellas procedían siempre de un corazón donde habitaba la verdadera piedad.

A la tierna devoción que Vicente tuvo al Hijo, podemos añadir la que tuvo siempre a su santa Madre. Para celebrar dignamente las festividades de la Reina del cielo, ayunaba en su vigilia con toda la comunidad. El día de la festividad oficiaba solemnemente, y proponía a sus hijos los ejemplos de virtud que anunciaba el misterio que celebraba la Iglesia. En cualquiera parte donde se hallaba, aunque fuese en la casa de un príncipe, luego que oía tocar a las oraciones se ponía de rodillas, a excepción del tiempo pascual y los domingos, para rezar las Ave Marías con mas respeto; a ejemplo de San Bernardo invocaba siempre a la Estrella del mar en medio de las tempestades de que tan frecuentemente se vio agitado en el discurso de su vida. «Cada uno de nuestros días, decía, está marcado con el sello de la protección de aquella Señora, que se complace en ser Madre nuestra siempre que nosotros queramos ser hijos suyos«. Finalmente, para quedar convencidos de que Vicente de Paúl fue un siervo muy celoso de María Santísima, basta decir que hizo todo cuanto estuvo de su parte por extender y perfeccionar su culto. Con esta idea precisó a sus hijos a que la honrasen en todos los días de su vida; a que en cuanto les fuese posible imitasen sus virtudes; a que la hiciesen respetar de todos aquellos a quienes tuviesen ocasión de manifestar sus grandezas, su valimiento para con Dios y su amor a los pecadores. En todas las misiones, tanto en las que hacía por sí mismo como por medio de otros, siempre encargaba que se instruyese a los fieles en el agradecimiento y amor que debían tener a esta sublime criatura; la cual, aunque es infinitamente menos que Dios, a nadie cede sino a él. Finalmente, cuantas sociedades, asambleas y comunidades fundó, todas las puso bajo la protección especial de María Santísima.

Su devoción a la Madre del Hijo de Dios y a los santos, dimanaba de un mismo principio; es a saber, del deseo de glorificar a Dios en las personas de aquellos a quienes el mismo Señor quiere glorificar. Honraba muy particularmente a los apóstoles, quienes tuvieron la dicha de ver y palpar con sus manos al Verbo Encarnado, y sellaron con su sangre las palabras de la vida.

Tenía siempre presente al ángel de su guarda; cada día le hacía alguna oración, y esta práctica la dejó también establecida entre sus hijos. La de arrodillarse al tiempo de entrar o salir de sus aposentos, tiene por fin secundario el honrar al ángel a quien Dios tiene encargado que vele en nuestra guarda.

Su amor a San José era muy parecido al que tuvo Santa Teresa de Jesús a este digno Esposo de la Madre de Dios, y le eligió por patrón de sus seminarios interiores. Dio el parabién al superior de Génova, de que había recurrido a la mediación de este glorioso Patriarca para que le proporcionase obreros a propósito para cultivar la viña del Señor. Deseaba que en sus expediciones apostólicas persuadiesen a los pueblos a que tuviesen confianza en este fiel custodio de la Inmaculada Madre de Jesús: éstas eran sus palabras. No debemos pasar aquí en silencio que el siervo de Dios se propuso por ley el socorrer con sus oraciones, y particularmente con el sacrificio de propiciación, a aquellas almas fieles que después de su muerte están expiando las reliquias de sus flaquezas. Continuamente estaba exhortando a los suyos a la práctica de esta obra de misericordia. «Estos amados difuntos, decía, son miembros vivos de Jesucristo, están animados con su gracia y seguros de que algún día han de participar de su gloria; por estos títulos estarnos obligados a amarlos, a servirlos y ayudarlos en cuanto podamos«. También tenía Vicente presente a los bienhechores de su Congregación: todos los días se decía por ellos tres veces el salmo 129 De profundis en comunidad; esto es, al tiempo de los dos exámenes particulares que preceden a la comida y al del examen general de conciencia que se hace por la noche. Es cosa de mucha edificación ver una comunidad numerosa que siempre que ha de ir a tomar su sustento, se prepara orando por aquellos que han tenido la caridad de suministrársele.

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