Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 05

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Libro II, Capítulo V: Su celo por la gloria de Dios y por la salvación de las almas.

Entre el celo por la gloria de Dios y el celo por la salvación de las almas hay una unión muy necesaria. ¿Quién es el hombre que debe mirarse como devorado por el celo de la casa de Dios, pregunta San Agustín? «Aquel, responde el mismo santo Doctor, que desea ardientemente impedir que Dios sea ofendido; que hace reparar las ofensas que no ha podido precaver; y que cuando no puede conseguir que las lloren quienes las cometieron, él mismo gime y llora de ver a Dios ofendido«. Con arreglo a este principio es necesario convenir en que Vicente tuvo en sumo grado uno y otro celo. Lo que queda dicho prueba que su único fin fue siempre destruir el imperio del pecado, y que en todas sus obras intentaba glorificar a Dios y santificar a su prójimo.Este celo fue prudente, ilustrado, invencible y sin interés. Pondremos a la vista estos cuatro puntos, probándolos con hechos que obligarían a callar a la calumnia si fuera posible confundirla.

Primeramente: su celo fue prudente y nunca violento. Corregía a los que estaban bajo su dirección, porque tenía obligación de hacerlo; pero en sus reprensiones no se hallaba la amargura que suele ser efecto del capricho o de la parcialidad. Tenía un admirable talento para aconsejar, no como quien quiere oponerse a un mal presente, sino como quien intenta precaver un mal que puede ocurrir en lo sucesivo. En las misiones clamaba altamente contra la culpa; pero después de haber atemorizado al pecador, le inspiraba confianza. Sin lisonjear al impío, usaba con él de las mismas condescendencias que una madre usa con el hijo que cría. A los que ya eran fuertes, les suministraba un alimento sólido; y a los que todavía eran neófitos en la fe, los alimentaba con leche. Cuando hablaba con los grandes del siglo, no alteraba la verdad; pero hacía que esta verdad, que suele ser tan odiosa, se recibiese a la sombra del respeto, del amor y de la buena opinión que habían formado de su probidad.

Su celo era también ilustrado. Las luces del Evangelio, la autoridad de los Padres, la decisión de los mas célebres Doctores, fueron el norte que siguió siempre; y a la verdad, no hay otro más seguro. En las materias morales siempre huyó del excesivo rigorismo y de la relajación que puede echar todo a perder. Nadie sospechó que fuese Vicente secuaz del primero; y sería hacerle manifiesta injusticia el creer que había sido partidario de la segunda. Un gran caudal de prudencia, sus relaciones con los mejores teólogos que tenía la facultad de teología de París, su cuidado en recurrir a Dios en sus dudas, en una palabra, todas estas buenas disposiciones de gracia y de naturaleza, le guiaron por el camino seguro que se aparta igualmente de los extremos. Tenemos algunas decisiones suyas tocante al interés de los fondos papilares y de las dispensas en los impedimentos del matrimonio, que están trabajadas con el mayor esmero: la una está sacada de los principios de Santo Tomás, la otra de los del Concilio Tridentino. Estas eran las reglas de que quería se valiesen sus misioneros, y no de sutilezas filosóficas, cuyo falso resplandor ha precipitado a muchas personas, que al parecer no querían engañarse a sí mismas ni a otros. Vicente, dotado de una humildad profunda, ignoraba las expresiones insultantes, que no se dirigen tanto contra el error, como contra los que le han defendido.

Fue también su celo invencible. ¿Qué valor y qué constancia no debía tener un hombre que socorrió y dispuso que otros socorriesen por espacio de muchos años a unas vastas provincias cuyas necesidades cada día se aumentaban; un hombre que, para proporcionar a los pobres los hospicios de Bicetre y de la Salpetriere, tuvo que vencer toda clase de dificultades; un hombre que en el consejo de conciencia supo hablar en presencia de un ministro formidable como hubiera hablado en el juicio del mismo Dios; un hombre que, lleno de dolores por sus enfermedades, a los ochenta años hacia misiones, predicaba, confesaba e instruía a los niños; un hombre que en la expedición de Madagascar, a semejanza de Jacob, se mantuvo firme contra el mismo Dios? El cielo y la tierra, los hombres y los elementos parecían haberse conjurado contra él. Parte de sus hijos perecieron en naufragios, y otros cayeron en manos de los enemigos de la Francia; unos murieron al llegar al puerto; otros cuando ya estaban para recoger una cosecha que les hubiera recompensado abundantemente sus trabajos. Estos funestos accidentes no fueron capaces de acobardarle, como tampoco acobardaron a sus sucesores; y Madagascar tendría todavía estos misioneros, si no se hubieran visto precisados a abandonar aquella isla cuando el difunto rey la abandonó. También parece que nuestro Santo tuvo necesidad de desarraigar una tímida prudencia que notaba en el corazón de sus hijos. «Cuando Vicente muera, decían estos, ¿dónde se hallarán misioneros que vayan a Madagascar, a Argel, a Túnez, a las islas Hébridas, a Polonia, etc.? ¿Dónde se hallará dinero para hacer los gastos de unas misiones tan distantes y tan penosas?» Nuestro Santo respondía, que podía temerse que con el hábito de su congregación se ocultasen algunos anti-misioneros, como con el traje de los primeros fieles hubo en tiempo de San Juan algunos anti-cristos; que estos hombres cobardes no servían sino para desanimar a los otros. «¡Ah!, señores, exclamaba; si la Congregación cuando todavía está en su cuna ha tenido valor para hacer tantas misiones, tantas conferencias, tantos ejercicios, tantas asambleas, tantos viajes en favor de los pobres; para fundar tantos seminarios, tantas hermandades de caridad, y para aprovechar todas estas ocasiones de servir a Dios, mucho más hará cuando el tiempo le haya dado fuerzas, con tal que permanezca fiel a la gracia de su vocación. Si por la salud de una sola alma debe exponerse la vida temporal, sería cosa indigna abandonar tan gran número de almas por no hacer algunos gastos«.

Finalmente, su celo fue desinteresado. Lejos de atravesar los mares o de recorrer los campos para recoger la cosecha de los pueblos, él mismo a costa suya les hacía cuantos servicios podía hacerles. No permitía que en el tiempo de las misiones se admitiesen las limosnas de misas que los misioneros decían, sino que los mismos que iban a entregarlas las llevasen a los enfermos. Si algún cura rico les brindaba con su mesa, tenían prohibición de aceptar la oferta, aun cuando desagradasen al cura. «Me admira, escribía a uno de sus hijos, la pregunta que me hacéis de si podréis permitir que el mayordomo de Mr. de Liancourt haga los gastos de la misión de Monfort. ¿No sabéis que un misionero que trabaja a costa de la bolsa ajena es tan culpado como un capuchino que maneja dinero? Os encargo, pues, desde ahora para siempre, que jamás hagáis misiones sino a cesta de vuestra propia casa«.

A este primer género de desinterés añadía Vicente otro más difícil y menos común. Libre de todo espíritu de envidia (del cual no siempre están libres muchas de las personas que siguen la misma carrera), su celo era parecido al de Moisés: pues como él deseaba que todos tuviesen el espíritu del Señor; miraba en otros el buen éxito de sus trabajos con la santa alegría de los hijos de Dios; los publicaba dentro y fuera; les hacía servicios que nunca llegaron a conocer; y para dar mayor estimación a los afanes y tareas de otros, hacía que se despreciasen los suyos. No veía en su Congregación más que espigadores poco diestros, que seguían a lo lejos a los segadores robustos, y que para ser estimados en la presencia de Dios debían creer que sus puñaditos de espigas sólo serían apreciados por la recomendación de la gran cosecha que hacían los otros. Pero al mismo tiempo que este grande hombre dijo con el Sabio1 que había procurado recoger los racimillos que se ocultaban a la diligencia de los vendimiadores, la Iglesia en su oficio le hace también decir, hoy, que a pesar de esto llenó el lagar: Et quasi qui vendimiat, replevi torcular. Bien puede haberlo advertido el lector en lo dicho hasta aquí. Las máximas y el espíritu del siervo de Dios se han mantenido hasta el presente en toda su integridad entre sus misioneros.

  1. Ecclesiastic. cap. 35, y. 46.

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