Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 04

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Libro II, Capítulo IV: Amor que el Santo tuvo a Dios.

Para poder formar perfecta idea del amor que a Dios nuestro Señor tuvo Vicente, era necesario conocer toda la influencia del Espíritu Santo sobre su corazón, y la fiel cooperación de Vicente a aquellas divinas luces. La manifestación que Dios ha empezado a hacer en la tierra proponiendo sus virtudes al culto de los católicos, no será perfecta hasta aquel último día en que revelará el secreto de los corazones. Pero acá en la tierra tenemos, según la expresión del discípulo amado,1 una señal infalible que nos da a conocer si amamos a Dios: esta señal es la constante observancia de su ley. Vicente fue exactísimo en el cumplimiento de todas las obligaciones que esta ley ordena; unido íntimamente a Dios, como lo daba a entender todo su exterior, ordenaba sus acciones a la ley eterna, que es el principio de toda justicia. Su vida era un continuo sacrificio que hacía a Dios de los honores, de los placeres del mundo y de todos sus afectos; su corazón no experimentaba verdadero gozo sino cuando lo dirigía a la gloria inefable que Dios posee en sí mismo. El más ardiente de todos sus deseos era que Dios fuese cada vez más conocido, servido y adorado en todas partes y por todas las criaturas: cuanto hacía, cuanto hablaba, se dirigía a inspirar este divino amor a todo el mundo. Por esto prorrumpía algunas veces en estas amorosas inspiraciones: ¡Oh Salvador! ¡Oh Señor! ¡Oh bondad divina! ¡Oh Dios mío¡ ¿Cuándo me concederéis la gracia de que yo sea todo vuestro, y de que nada ame sino a vos? De aquí dimanaba el cuidado que tenía de purificar su intención, teniendo siempre presente que todas las acciones, tanto las más pequeñas como las más grandes, pertenecen al Creador. Para agradar a Dios en las cosas grandes se había formado un hábito de procurar agradarle aun en las más pequeñas. Era tal el cuidado que ponía en este punto, que, según refieren los que más íntimamente le trataron, era necesario no ser hombre para proceder con más exactitud que él. De aquí nacía la energía de sus palabras, que penetraban hasta lo íntimo del corazón de sus oyentes. Hallándose presente cierto día la presidenta de Lamoiguon a uno de sus discursos, se sintió tan penetrada de sus razonamientos, que dijo a la duquesa de Mantua, reina después de Polonia: «Señora, ¿no podemos decir con razón, a imitación de los discípulos que iban a Emaus,2 que cuando Vicente nos hablaba sentíamos dentro de nuestros corazones el fuego del amor de Dios? Yo os lo confieso, señora: mi corazón está todo lleno de lo que acabo de oír a este santo hombre«. «No os debe causar admiración, replicó la princesa; él es el ángel del Señor que lleva en sus labios carbones encendidos en el amor divino que arde dentro de su corazón«.

Entre la multitud de sagrados ministros que todas las semanas asistían a su conferencia, hubo muchos que confesaron que el fin principal que los movía a asistir a ellas, era tener la dicha de oírle; que si algunas veces no hablaba por un efecto de su modestia, se volvían a sus casas muy afligidos: había en todas sus palabras cierta unción del Espíritu Santo, que movía a cuantos llegaban a oírle; algunos de estos decían a los misioneros: «Oh, ¡qué felices sois, señores, viendo y oyendo todos los días a un hombre tan lleno del amor de Dios!» A la verdad, este grande hombre hacia que pasase el fuego de su caridad a las almas de los que le trataban. «No había, dice el arzobispo de Viena en su carta a Clemente XI (fecha 10 de Enero de 1706), ni sermón ni plática piadosa que hiciese tan grande impresión como la que hacía en cuantos tenían la dicha de conversar con él«. Hasta los niños, a quienes regularmente cansan las conversaciones serias, tenían muy particular deleite en oírlo. «Yo era muy niño, dice Mr. de Brienna, obispo de Cotanza, en su carta al soberano Pontífice (en 13 de Noviembre de 1705), cuando empecé a conocer a este venerable anciano, quien tenía gran amistad con mi familia; y a pesar de mis pocos años formaba, como todos, tan alta idea de su santidad, que después de haber pasado mucho tiempo, no he podido olvidar sus discursos«.

En cierta ocasión dirigieron a un misionero un pecador obstinado en los vicios para que le inspirase ideas saludables: no pudo el misionero convertirle, porque el hábito del mal había ya pasado en este hombre a ser naturaleza. El mismo misionero le presentó a Vicente, casi del mismo modo que los discípulos de Jesucristo le presentaron aquel energúmeno a quien no habían podido curar: el siervo de Dios habla con aquel enfermo inveterado, le insta, le aterra, le confunde, y tiene el consuelo de ver caer de sus ojos parte de aquellas escamas que le cegaban. Inmediatamente empieza a descubrir en él las primicias de un hombre nuevo; el hijo de iniquidad gime ya bajo el peso de sus cadenas, y pide un retiro espiritual para romperlas; hizolo con gran fervor, perseveró en sus buenos propósitos, y dio gracias a su libertador, confesando que hasta entonces a nadie había oído hablar como a él.

No se contentaba Vicente con tener un amor afectivo a Dios, formar grandes ideas de su bondad, y concebir grandes deseos de su gloria, sino que a este amor lo hacía también efectivo, y siguiendo el consejo de S. Gregorio,3 daba pruebas de esta verdad con sus obras: Probatio dilectionis, exhibitio est operis. Por eso nuestro Vicente exhortaba a sus hermanos a que amasen a Dios con toda la fuerza de sus brazos y con el sudor de sus rostros. «Porque muchas veces, añadía él mismo, suele suceder que los actos de amor de Dios y otros afectos de un corazón tierno, aunque muy buenos y muy dignos de ser deseados, sean no obstante sospechosos cuando no se dirigen a la práctica de un amor efectivo. Mi Padre es glorificado, decía nuestro Divino Salvador a los apóstoles, cuando producís mucho fruto, y esto es en lo que debemos poner muy particular cuidado, porque hay muchos que se contentan con tener un exterior muy modesto y el interior lleno de grandes ideas de Dios; pero cuando se presenta ocasión de trabajar, se detienen. Se lisonjean con las ideas que les presenta su acalorada imaginación, y se contentan con las dulces conversaciones que tienen con Dios en la oración; hablan como unos ángeles; mas si se llega a tratar de trabajar por Dios, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir en busca de las ovejas descarriadas, de recibir con gusto las enfermedades o algunas otras desgracias, ¡ah! entonces ya no hay hombres, y se acabó todo su valor. No nos engañemos, señores: totum opus nostrum in operatione consistit. Esta sentencia la aprendí de un gran siervo de Dios, quien estando para morir, me dijo que en aquella hora veía con toda claridad que lo que muchas personas tenían por contemplación, rapto, éxtasis, y lo que llamaban movimientos anagógicos y uniones deificas, no era otra cosa más que humo; y que esto procedía de una curiosidad engañosa, o de los naturales movimientos de un espíritu que tiene alguna inclinación al bien; pero que una acción buena es el verdadero sello con que se sella el amor a Dios: Totum opus nostrum in operatione consistit. El Apóstol nos asegura que solamente nuestras obras serán las que nos acompañen en la otra vida. En esto debemos tener muy particular cuidado, especialmente en este siglo, en que vemos muchas personas que parecen virtuosas, y que efectivamente lo son, pero que no obstante se inclinan más a una vida tranquila y suave que a una laboriosa y sólida. La Iglesia se compara a una gran cosecha, que necesita de obreros que la recojan. No hay cosa más conforme al espíritu del Evangelio que el hacerse de luces y fuerzas para el alma en la oración, en la lectura y en el retiro, e ir después a distribuir a los demás hombres estos espirituales alimentos; esto es imitar a nuestro divino Salvador y a sus apóstoles; es juntar el oficio de Marta con el de María; es asemejarse a la paloma, que medio digiere el alimento que come para introducirlo después con su pico en el de sus polluelos para alimentarlos. De este modo debemos dar testimonio a Dios con nuestras obras de lo que le amamos: totum opus nostrum, etc«.

Nuestro Santo miraba también en todos los hombres a nuestro Señor Jesucristo para mover por este medio más eficazmente sus corazones a tributarle todos los deberes de la caridad. Consideraba a este divino Salvador como cabeza de la Iglesia en el soberano Pontífice, como Pontífice en los obispos, como príncipe de los pastores en los sacerdotes, como soberano en los reyes, como noble en los nobles, y como juez en los magistrados y ministros subalternos. Como el reino de los cielos se compara en el Evangelio a un mercader, miraba a Dios como tal en los hombres de negocios; le miraba como artesano en los artesanos, como pobre en los mendigos, como enfermo en los enfermos, y como agonizando en los moribundos. Mirando de este modo a Jesucristo en todos los estados, y viendo en cada uno de ellos la imagen del Redentor que le representaba su prójimo, se animaba con esta idea a amar y servir a las criaturas en nuestro Señor, y a nuestro Señor en todos los hombres; y excitaba a todos aquellos con quienes hablaba a que siguiesen esta máxima, a fin de que su caridad fuese más perfecta para con Dios y para con el prójimo.

Finalmente, tenía por principio fundamental de sus operaciones, encaminarlas todas a Dios, sin consideración a los respetos humanos. Como el amor de Dios es incompatible con tales respetos, no podía sufrir que alguno se propusiese por fin de sus operaciones el agradar a los hombres. Uno de sus misioneros que no tenía habitación fija en Roma, y a quien el Sumo Pontífice había dejado en libertad para ordenar sus misiones, creyó que para ganar el afecto de algunos cardenales debía empezar éstas por los territorios propios de aquéllos. Vicente, a quien escribió dándole cuenta de su idea, le respondió que este pensamiento era absolutamente humano y contrario a la sencillez cristiana. «¡Oh, señor mío, le dice, no permita Dios que hagamos una acción por tan bajos fines¡ Su Divina Majestad quiere que en ninguna parte hagamos bien con el fin de hacernos estimar, sino que en todas nuestras acciones le miremos directa e inmediatamente, sin hacer una sola en que se mezclen los respetos humanos… Estad seguro de que las máximas del Hijo de Dios y los ejemplos de su vida oculta, son indefectibles, que dan el fruto a su tiempo, y que todo sale mal a quien sigue máximas contrarias«.

La aversión que tenía el siervo de Dios a todos los respetos de carne y sangre, se manifestó un día por medio de uno de aquellos movimientos repentinos que, sin poderse remediar, manifiestan las disposiciones habituales del corazón. Uno de sus compañeros confesó un día en presencia de los demás haber ejecutado cierta acción por puro respeto humano. Afligido Vicente al considerar que un misionero pudiese anhelar por otra cosa que por Dios, dijo: «Que sería mejor ser arrojado al fuego atado de pies y manos, que ejecutar una acción con el fin de agradar a los hombres«. Se compadecía de la locura de aquellos que, no teniendo más ideas que las terrenas, pierden su tiempo y su trabajo cuando uno y otro pudieran serles saludables si los consagraran a Dios. «La intención, decía, es como el alma de nuestras obras: ella realza imponderablemente su precio y su valor; porque así como el vestido no tiene regularmente tanta estimación por la tela de que se hace, como por las bordaduras con que está adornado, así también no nos debemos contentar con hacer buenas obras, sino que es necesario enriquecerlas y elevarlas con el mérito de una intención santa, haciéndolas con solo el fin de agradar a Dios«.

De estos principios nacía en él un ardiente deseo de procurar la gloria de Dios, y de inspirar a todos estas mismas ideas. Quería que un verdadero discípulo del Hombre Dios se tomase cuenta a sí mismo de los motivos que dirigían sus operaciones; que antes de obrar se preguntase interiormente a sí mismo: ¿Por qué motivo ejecuto esta acción y no esta otra? ¿Es acaso por la satisfacción que en ella encuentro? ¿Es por agradar a alguna miserable criatura? ¿O es únicamente por cumplir con la voluntad de Dios, y seguir el impulso del Divino Espíritu? «¡Qué vida tan feliz pasaríamos, decía a sus hermanos, si pudiéramos adquirir el hábito de querer todas las cosas en Dios y por Dios! Entonces nuestra vida se parecería más a la de los ángeles que a la de los hombres; en cierto modo parecería una vida divina, porque todas nuestras acciones serían efecto del impulso del Espíritu Santo y de la gracia«.

  1. Joann. cap. 44
  2. Luc. cap. 24 v. 32.
  3. Homil. 50 in Evang.

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