Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 03

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Libro II, Capítulo III: Su confianza en Dios, y su conformidad con la voluntad divina

Tuvo Vicente la virtud de la confianza en Dios en un grado tan eminente, que a imitación del Padre de los creyentes, como dice el Apóstol,1 esperaba muchas veces contra la misma esperanza. Emprendió cosas que no se hubieran atrevido a emprender ni aun los príncipes, y sostuvo unas fundaciones que parecían desesperadas. La providencia de Dios era todo su recurso; y este Dios, fiel siempre en sus promesas, nunca le faltó. Cuando le proponían algún negocio, luego que se aseguraba de que dimanaba de Dios, se valía de todos los medios que juzgaba a propósito para lograr su buen éxito; pero era muy diferente de aquellos que no dejan piedra por mover, y que a todos interesan en sus ideas; dejaba obrar a Dios en cuanto le era posible, y esperaba de él los medios y el momento a propósito para lograrlo. Si alguna persona, movida de las razones de la humana prudencia, le hacía presente que no había apariencias de que llegase a perfeccionar lo comenzado, respondía: «Dejemos obrar a nuestro Señor: esta obra es suya, y ya que él nos inspiró este pensamiento, vivamos seguros de que la acabará por el medio que más le agrade: él será nuestro director y nuestro ayudante en un trabajo a que él mismo nos ha convidado«.

Si daba principio a algún negocio, persuadido de que era obra de Dios y del agrado de su Majestad, no le acobardaban los gastos, los trabajos ni las dificultades; los obstáculos solo servían para darle más ánimo: nada le detenía. Mil veces le representaron que los gastos necesarios para el sustento de los ordenandos y del gran número de personas que todas las semanas se retiraban a S. Lázaro, pondrían aquella casa en peligro de perecer, y otras tantas respondía que los tesoros de la Providencia eran inagotables; que la desconfianza afrentaba a Dios, y que primero arruinarían a su Congregación las riquezas que la pobreza. Cierto día, víspera de órdenes, le dijo el procurador muy sobresaltado, que ni un cuarto había para acudir al gasto necesario. «¡Oh, qué buena noticia!, exclamó Vicente; Dios sea bendito: ahora es cuando debemos manifestar la confianza que tenemos en Dios«. Semejante respuesta dio a un abogado del parlamento que, habiéndose retirado a hacer ejercicios en San Lázaro, y admirado de ver tanta gente en el refectorio, le preguntó, ¿de dónde sacaba con qué mantener tantas bocas de domésticos y forasteros? No por esto quiero decir que Dios estuviese haciendo continuos milagros en favor de Vicente de Paúl, ni que a todas horas acudiese al socorro de sus necesidades; muchas veces él y sus hijos se vieron reducidos a alimentarse con pan de cebada o de avena; pero miraba estos accidentes momentáneos como pruebas que también entran en el orden de la Providencia.

La confianza que animaba al siervo de Dios en tiempo de miseria, le fortalecía también en sus aflicciones propias y en las de sus hijos. Estaba tan persuadido de que esta confianza en Dios debe ser una de las principales virtudes de un misionero, que la proponía por asunto en muchas de sus conferencias espirituales. Recordaba en ellas el ejemplo de Abraham, a quien Dios le había prometido que sería poblador de toda la tierra por medio de un solo hijo que le había dado, y no obstante le mandó2 que se lo ofreciese en holocausto. «Admirad su confianza, decía; Abraham no piensa en lo que ha de suceder: el asunto le interesa mucho; pero espera que todo irá bien siendo Dios quien lo dispone. Pues ¿por qué no hemos de tener la misma esperanza, si dejamos a Dios el cuidado de lo que nos conviene, y si preferimos sus preceptos a cualquiera otra consideración?» Citaba también el ejemplo de los Recabitas.3 Jonadab, padre de éstos, tuvo tan gran confianza, que llegó a creer que su posteridad podría subsistir sin sembrar, sin plantar y sin recoger; toda su familia siguió su ejemplo, y no por eso dejó de subsistir. «Y así, ¿quién podrá tener a mal, decía nuestro Santo, el que esperemos que en cualquier estado en que Dios nos coloque, nos ha de proveer de cuanto necesitemos? ¿No estáis viendo4 que los pájaros no siembran ni siegan? No obstante en todas partes hallan la mesa puesta por Dios, les provee de vestido y alimento, y su Providencia se extiende hasta las yerbas de los campos y hasta las azucenas, las cuales están cubiertas de tan magníficos adornos, que no los tuvo semejantes Salomón en su mayor grandeza. Pues si Dios cuida de este modo de los pájaros y de las plantas, ¿por qué vosotros no habéis de confiar en él? ¿Es por ventura vuestra industria medio más seguro que su bondad?»

Vicente recomendaba también esta confianza en Dios a las Hermanas de la Caridad, las que por razón de los peligros de toda clase a que están expuestas, tienen más necesidad de desconfiar de sí mismas y de poner su confianza en Dios. Les proponía los auxilios con que el Señor las asistía, de un modo tan enérgico, que parecía tener razones secretas para contar con una providencia especial. Dios había ya manifestado que miraba con particular atención a estas virtuosas mujeres. «Ah señoras, decía nuestro Santo en ocasión que una de las Hermanas de la Caridad había conservado la vida entre las ruinas de un edificio, ¡cuántos motivos tenéis para confiar en Dios! Leemos en la Historia que un hombre fue muerto en campo raso por haber un águila dejado caer sobre su cabeza una tortuga; y nosotros vemos hoy a una de las Hermanas de la Caridad salir sin lesión de entre las ruinas de una casa que se cayó hasta los cimientos. ¿No es esta una prueba manifiesta con la que Dios nos da a entender lo mucho que os ama? ¡Oh amadas hermanas mías! Estad seguras de que con tal que vosotras conservéis en vuestros corazones la santa confianza, el Señor cuidará de vosotras en cualquiera parte que os lidiéis«.

Cierto día hizo Vicente una ligera reprensión a Madama Le Gras, porque persuadida de que sin él no podía subsistir el establecimiento de sus hijas, manifestaba mucha inquietud viéndole acometido de una enfermedad. «¡Oh mujer de poca fe! le dijo, ¿Por qué no tenéis más confianza a vista del ejemplo de Jesucristo? Este Salvador del mundo fiaba a su Eterno Padre el estado de toda la Iglesia; y ¿pensáis vos que este Señor os ha de faltar para el corto número de hermanas que su Providencia ha congregado?» El tesoro de confianza que Dios había puesto en el pecho de nuestro virtuoso sacerdote, le servía para pacificar a los que eran tentados de desesperación. Un eclesiástico distinguido que se hallaba en este peligroso estado, le pidió remedio para el mal que le afligía, y el Santo le respondió: «Dios no siempre permite a los suyos que distingan la pureza de su interior entre los movimientos de la naturaleza corrompida, para que continuamente se humillen y para que, estando oculto su tesoro, por este medio tengan mayor seguridad. San Pablo había visto cosas maravillosas en el cielo; pero con todo eso no se tenía por justificado, porque advertía dentro de sí muchas tinieblas y muchos combates interiores. No obstante esto, tenía tal confianza en Dios, que creía que nada había en el mundo que fuese capaz de separarle de la caridad de Jesucristo.5 Sea bastante este ejemplo para que tengáis paz en medio de vuestras tentaciones, y una entera confianza en la infinita bondad de nuestro Señor, que queriendo perfeccionar la obra de vuestra santificación, os convida a que os arrojéis a los brazos de su Providencia. Dejaos, pues, guiar por su paternal amor, porque él os ama, y no es creíble que se olvide de un hombre bueno como vos, pues no abandona ni a un hombre malo si espera en su misericordia«.

No solamente confiaba en Dios nuestro Santo, sino que también se conformaba en todo con su santa voluntad. Desde la mañana hasta la noche parecía que estaba siempre diciendo con San Pablo:6 Señor, ¿qué queréis que haga? ¿Y de qué modo queréis que lo haga? La salud y la enfermedad, la vida y la muerte, la libertad y el cautiverio, la ganancia y la pérdida, el desprecio y los oprobios, todo le era indiferente, con tal que Dios estuviese servido. «Ninguno de los que aquí están presentes, decía un día hablando con los suyos, habrá dejado de hacer hoy algunas acciones, que por sí mismas serán buenas y santas; pero con todo eso podrá suceder que Dios no haya aceptado estas mismas acciones por haber dimanado de un movimiento de la propia voluntad. ¿No declaró esto mismo el Profeta7 cuando dijo de parte de Dios: Yo no quiero vuestros ayunos; pensáis que me honráis de ese modo, y hacéis lo contrario, porque cuando ayunáis lo hacéis por vuestra propia voluntad, y con ella inficionáis y corrompéis vuestro ayuno? Pues esto mismo que Isaías decía hablando del ayuno, se puede decir de todas las obras de piedad. El que tome parte en ellas nuestra propia voluntad, es causa de que se inficionen nuestras devociones, nuestros trabajos y nuestras penitencias. Ya ha más de veinte años que siempre que leo en la santa misa este pasaje del Profeta, me estremezco. Pues ¿qué deberemos hacer para no perder el tiempo ni nuestros trabajos? Nunca gobernarnos por el movimiento de nuestro propio interés, de nuestra inclinación, de nuestro genio ni de nuestra fantasía, sino acostumbrarnos a hacer en todo la voluntad de Dios. Digo en todo y no en parte, porque es propio efecto de la gracia hacer agradables a Dios la persona y la acción.

Esta conformidad con la voluntad de Dios era necesaria a nuestro Santo por las cruces que el Señor le preparaba, ya en su propia persona, y ya en la de sus hijos. Muchas veces los vio, como aquellos justos de quienes habla San Pablo,8 en la miseria, en la opresión, en la necesidad y en las cadenas. A pesar de esto, su tranquilidad siempre era la misma: esta sola expresión, Dios lo quiere así, calmaba todas sus inquietudes. Poco tiempo después de haber la peste arrebatado a nuestro Santo cinco o seis de sus hijos que trabajaban en Génova, aquella misma casa en donde todavía no se habían enjugado las lágrimas, tuvo la desgracia de perder un pleito de mucha importancia. «Viva la justicia, respondió Vicente al superior que le daba cuenta de estas dos pérdidas; debemos creer que la hubo para que perdieseis vuestro pleito. El mismo Dios que os ha dado los bienes, os los ha quitado; su nombre sea bendito: estos bienes son males cuando se hallan en donde no quiere Dios que estén. Cuanta mayor semejanza tengamos con nuestro Señor despojado de todo, más participaremos de su espíritu. Cuanto más busquemos a su imitación el reino de su Eterno Padre para establecerle dentro de nosotros y de nuestros prójimos, más seguramente se nos darán las cosas necesarias para la vida. Vivid con esta confianza, y no temáis los venideros años estériles de que me habláis; porque si estos vinieren, no será por culpa vuestra, sino por disposición de la Providencia, cuya conducta debemos siempre adorar; dejémonos pues gobernar por nuestro Padre que está en los cielos, y procuremos nosotros en la tierra no tener más voluntad que la suya«. Cierta persona, fundándose en el proverbio italiano que dice: Es necesario ayudarse, le escribió que si quería que su Congregación prosperase, era necesario que la estableciese en ciudades grandes; pero despreció Vicente esta proposición, y respondió: «Nosotros no podemos hacer diligencia alguna para establecernos en paraje determinado, debiendo seguir en todo las disposiciones de Dios y las costumbres de nuestra Congregación; porque hasta ahora siempre nos ha llamado la Providencia a los lugares en donde nos hallamos, sin que nosotros lo hayamos pretendido directa ni indirectamente. Es preciso que esta resignación con la voluntad de Dios, mediante la cual vivimos bajo la dependencia de su conducta, le sea muy agradable; y tanto más, cuanto ella destruye los sentimientos humanos, que con pretexto de celo y de gloria de Dios hacen frecuentemente que intentemos muchas cosas que el Señor no nos inspira ni bendice. Él sabe muy bien lo que nos conviene, y nos lo dará cuando sea tiempo, con tal que nosotros como hijos verdaderos tengamos confianza en tan buen Padre. Es indubitable que si nosotros conociéramos bien nuestra inutilidad, no pensaríamos en meter la hoz en la mies ajena antes de ser llamados para hacerlo, ni nos adelantaríamos a otros obreros que acaso ha destinado ya Dios para una obra«.

Propusieron a nuestro Santo un proyecto de mucha utilidad para su Congregación, y como uno de sus hijos le instase para que prestara su consentimiento, le dio esta admirable respuesta: «Lo mejor será dejar por ahora este negocio, tanto por contener en alguna manera las inclinaciones de la naturaleza, la cual quisiera que las cosas que le parecen útiles sean prontamente ejecutadas, como para ejercitarnos en la santa indiferencia, y dar tiempo a que nuestro Señor nos manifieste su voluntad, dirigiéndole nosotros entre tanto nuestras oraciones, y encomendándole el negocio; y estad seguros que si es voluntad suya que se haga, de ninguna manera perjudicará la tardanza, y que cuanto menos tenga de nosotros, tanto más tendrá de Dios«.

Después de haber advertido que todos los santos practicaron siempre este espíritu de indiferencia, «espíritu que, como él decía, hace que nos desprendamos de las criaturas y nos unamos tan perfectamente a la voluntad de Dios, que lleguemos casi a no desear más una cosa que otra«, concluía el siervo de Dios que, a este ejemplo, todo debía ser indiferente para sus misioneros. «Bien sabéis, decía, que entre aquellos obreros de que habla el Evangelista,9 unos fueron llamados por la tarde, y no obstante, al tiempo de la paga fueron recompensados como los que habían trabajado desde por la mañana; y así igual mérito tendréis en esperar con paciencia la voluntad del Señor, como en cumplirla luego que se os manifieste, porque estáis dispuestos a todo; dispuestos a partir, y dispuestos a quedaros. El Señor sabe bendecir esta santa indiferencia, por medio de la cual os hacéis instrumentos muy a propósito para las obras de Dios«.

  1. Rom. c. 4. v. 18.
  2. Gen. cap. 22 v. 2.
  3. Jeremías, cap. 55 v. 7.
  4. San Mateo, cap. 6 al v. 26.
  5. Epist. ad Rom. cap. 8 v. 53.
  6. Hechos apost. cap. 9 v. 6.
  7. Isai. cap. 18 v. 5.
  8. 2. Cor. cap. 6. v. 3.
  9. San Mat. cap. 20 v. 6.

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