Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 02

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Libro II, Capítulo II: Su Fe.

La fe es el fundamento de las virtudes cristianas, la base de la eterna salud, y el manjar con que el justo se alimenta en la tierra. Vicente temía hasta la más pequeña sombra de todo cuanto podía alterar su fe, y sabía que ésta cuanto más sencilla, es más agradable a Dios. No la fundaba ni en los humanos discursos ni en las sutilezas filosóficas, sino únicamente en la autoridad de la Iglesia. «Así como el que más mira al sol, decía, menos le ve, así también cuanto más se quiere discurrir acerca de las verdades de la Religión, menos motivo de fe hay para creer. Por esto basta que la Iglesia hable: nunca podremos errar sujetándonos a su decisión. La Iglesia es el reino de Dios: a su Providencia corresponde manifestar a los pastores que la gobiernan el camino que deben seguir, y no permitir que sigan el que puede conducirlos al error. »

Estas disposiciones movían a nuestro Vicente a huir del trato de aquellos espíritus inquietos y curiosos que se deleitan en raciocinar acerca de nuestros misterios, y que parece intentan comprenderlos. La alta idea que él tenía formada de la fe, le inducía a comunicarla en cuanto podía, y con especialidad a los que contemplaba más necesitados. De esto provenían las pláticas e instrucciones que tan frecuentemente hizo a los pobres, que son por lo común de los que menos se cuida, y su empeño en comunicar estas mismas ideas a aquellos amigos que juzgaba más a propósito para ejercer esta obligación de la caridad. De esto provino la fundación de su Congregación, esto es, de un cuerpo de operarios evangélicos destinados a hacer nacer v cultivar la semilla de la fe en las tierras más estériles. De esto nació el santo deleite con que publicaba el bien que hacían otras congregaciones, a las cuales la envidia hubiera mirado como rivales. «El P. Elides, decía el Santo, ha venido con otros sacerdotes de la Normandía a París para hacer una misión, que ha hecho mucho ruido y mucho fruto. El concurso era tan grande, que apenas cabía el auditorio en el patio del hospital de los trescientos: nosotros no tenemos parte en esta buena obra, porque nuestro destino es para el pobre pueblo de las aldeas; pero tenemos el consuelo de ver que nuestros pequeños trabajos han servido de emulación a muchos buenos operarios que los emplean con más gracia que nosotros.» ¡Qué fe o qué humildad! o por mejor decir, ¡qué humildad y qué fe!, pues cuando ésta es tan viva como era la de Vicente, nunca está sin una profunda humildad.

Además de la pureza de la fe, tuvo también nuestro Santo su plenitud. Vivía como vive el hombre justo: la fe animaba sus acciones, sus palabras, sus afectos y sus pensamientos. Con el nivel de la fe arreglaba sus juicios, formaba sus proyectos, y ponía en ejecución sus empresas. Cuanto suelen hacer los demás hombres, o por movimientos naturales, o por principios humanos, Vicente lo hacía por motivo y por reglas de fe. Cualquiera idea, aunque se hallase autorizada con las razones de una sabia política, solamente le agradaba en cuanto la advertía autorizada con las máximas del Evangelio, o en cuanto podía referirse a un fin sobrenatural. Estaba persuadido de que el mal éxito o el poco adelantamiento en las obras de Dios consiste en que los que están encargados de su ejecución se fían demasiado en las razones humanas. «No, no, decía en una ocasión; solamente las verdades eternas son capaces de llenar nuestro corazón y de guiarnos con seguridad. Creedme, no hay más que hacer que apoyarse con firmeza sobre alguna de las perfecciones de Dios, como sobre su bondad, su providencia, su inmensidad; no hay más que hacer, vuelvo a repetir, que afianzarse bien sobre estos fundamentos divinos, para llegar a ser perfectos en poco tiempo. No quiero decir que no sea bueno valerse de razones eficaces para quedar convencidos; pero siempre debemos usar de estas razones con subordinación a las verdades de la fe. La experiencia nos enseña que los predicadores, arreglando sus sermones a las luces de la fe, sacan más fruto para las almas que cuando los adornan con discursos humanos y con argumentos de filosofía; porque las luces de la fe siempre están acompañadas de cierta unción celestial, que se introduce secretamente en los corazones de los oyentes; de lo cual se puede inferir cuán necesario sea, tanto para nuestra propia perfección como para procurar la salud de las almas, el acostumbrarnos a seguir siempre y en todas las cosas las luces de la fe.»

Seguía Vicente tan generalmente estas santas luces, que eran para él como aquella lámpara encendida que servía de guía a todos los pasos del Real Profeta:1 Lucerna pedibus meis verbum tuum, et lumen semitis meis. Con la luz de esta lámpara, que alumbra en los lugares más oscuros, veía en los objetos sensibles lo que no pueden ver en ellos los ojos corporales. «Si considero, decía, a un hombre rústico o a una pobre mujer según su exterior y según lo que manifiesta su talento, los veo tan materiales y groseros, que apenas puedo distinguir en ellos la figura y las señas de racionales; pero si los miro con las luces de la fe, veré que el Hijo de Dios, que quiso ser pobre, se nos representa en estos pobres; que en su pasión apenas conservaba la figura de hombre; que pasaba plaza de insensato para con los gentiles, y de piedra de escándalo para con los judíos; y con todo eso se glorió de llamarse Evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me.2 ¡Oh, Dios! Qué dignos de desprecio parecen los pobres cuando se les mira según las ideas de la carne y del mundo! ¡Pero qué delicia es el mirarlos cuando se les considera en Jesucristo, y según la estimación que el Señor hizo de ellos!»

Esta era la fe de nuestro Santo; pero para poder mejor juzgarla, basta pasar la vista por las demás virtudes suyas. Por la excelencia y abundancia de los frutos se viene en conocimiento de la fortaleza y vigor de la raíz que los produce. Hemos visto el celo con que Vicente trabajó en la conversión de los herejes, de los renegados y de los infieles: en todas estas ocasiones se dejó ver su fe en el mayor esplendor.

  1. Salm. 118. v. 405.
  2. Luc. c. 4 v. 18.

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