Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro segundo, capítulo 01

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Libro II, Capítulo I: Observaciones generales sobre las virtudes de Vicente.

Antes de hablar en particular de cada una de las virtudes de Vicente, hemos creído conveniente hacer algunas observaciones sobre cuatro o cinco circunstancias muy notables que no poco contribuyeron a su perfección.

En primer lugar, nada solicitó Vicente, ni aparentó, ni aun quiso singularizarse en el ejercicio de las virtudes: su gusto particular era dedicarse a la práctica de aquellas que se tienen por muy comunes, como la humildad, la paciencia, la mansedumbre, la mortificación, el sufrimiento de las injurias, el amor a la pobreza y otras semejantes; pero nada común fue el modo de practicarlas, y supo muy bien labrar estas piedras preciosas de la celestial Jerusalén, y darles mayor lucimiento por medio de las buenas disposiciones que tenía en la práctica que siempre ejercía por un principio de gracia y con las más nobles intenciones, mirándolas en Jesucristo como en el más perfecto original, para imitar sus ejemplos, y refiriéndolas fielmente a la gloria de Dios, como único fin a donde encaminaba todas sus acciones.

En segundo lugar, no se ha limitado al ejercicio de una virtud en particular; sino que Dios le concedió tal capacidad y amplitud de corazón, que pudo abrazar todas las virtudes cristianas, y poseerlas en un alto grado de perfección; y, lo que es todavía más maravilloso, se le vio sobresalir al mismo tiempo en el ejercicio de muchas virtudes, cuyas prácticas eran diferentes, y aun parecían hasta cierto punto opuestas. Tenía una profunda humildad, un gran menosprecio de sí mismo, y a la vez una valiente magnanimidad cuando se trataba de sostener los intereses de Dios. Notábase en él un espíritu infatigable para dedicarse a los negocios más difíciles, y una maravillosa condescendencia para acomodarse a las debilidades de los más sencillos. Hermanaba perfectamente el oficio de Marta y el de María, y al mismo tiempo se dedicaba a la oración y a la contemplación, sin que lo uno sirviese de obstáculo a lo otro. Muchas veces se admiraba, y con razón, la paz y tranquilidad de su espíritu, que resplandecía en la dulzura y serenidad de su semblante, bajo la carga pesada de una multitud de negocios y de las importunas exigencias de toda clase de personas; en fin, en la serie de capítulos que se van a leer, se verá la feliz reunión que había en su corazón de toda clase de virtudes, que en alto grado de perfección poseyó.

En tercer lugar, no se contentaba con poseer teóricamente las virtudes, sino que se dedicaba continuamente a ponerlas todas en práctica. Era pues del mismo parecer de aquel antiguo Padre que dijo: El trabajo y la paciencia son los medios más seguros para adquirir las virtudes y arraigarlas en nuestros corazones.1 Añadía a esto que fácilmente pueden perderse las virtudes que se hayan adquirido sin trabajo, y que solo echaban profundas raíces en el corazón las que habían sido fuertemente combatidas por el huracán de las tentaciones, y se habían practicado a pesar de las dificultades y repugnancia de la naturaleza.2

En cuarto lugar: como era infatigable en el ejercicio de las virtudes, era también insaciable en la adquisición de ellas; y por esto con verdad puede decirse que era del número de aquéllos que han hambre y sed de justicia.3 Nunca creyó que había hecho lo bastante para lograr esta noble conquista, sino que, a imitación del Santo Apóstol, olvidaba cuanto bueno había practicado en los días pasados, y se dedicaba con todo deseo a hacer progresos para llegar a la perfección a que Dios le llamaba.4

En quinto lugar, en fin, aunque todos los que lo trataron conociesen sus virtudes, empleaba sin embargo la mayor industria para ocultarlas, y solo él no las veía, porque su humildad continuamente le ponía un velo delante de los ojos para ocultárselas;5 de tal suerte que, con sentimientos muy opuestos a los del personaje de quien se habla en el Apocalipsis, aun cuando fuese rico en virtudes y dones celestiales, se creía sin embargo pobre, necesitado, miserable y desnudo de toda clase de bienes espirituales; y por tal idea, cuando hablaba de sí mismo, se nombraba ordinariamente con la calidad de miserable; y aunque su vida haya sido perfectamente santa e inocente, y aunque sus días los haya pasado enteramente ocupado en toda clase de obras santas, siempre hablaba de lo que había hecho de un modo poco honroso para él, diciendo frecuentemente que tenía mucha necesidad de la misericordia divina por tantas maldades que habla cometido en su vida.

De este modo puede decirse que poseía un tesoro de virtudes, tanto más seguro, cuanto más oculto estaba para el mismo que lo poseía, teniendo tanto cuidado de ocultar, no solo a los otros, sino a sí mismo, las virtudes y excelentes dones de gracia que Dios le había concedido, cuanto el más vanidoso puede tener para publicar el bien que piense poseer, y del que a menudo no tiene más que una falsa apariencia.

  1. Labor et patientia sunt exercitia et corroboramenta virtutum. Lactant. lib. III. Instit. Chr.
  2. Nulla virtus sine labore perficitur. Cassian. Col. VII. caput VI.
  3. Nunquam justus arbitratur se comprehendisse; nunquam dicit : Satis est, sed amper esurit sititque justitiam. Bernard. Epistola CCXLIII.
  4. Ego me non arbitror comprehendisse. Unum autem quae quidem retro sunt obliviseens, ad ea vero quae sunt priora extendens meipsum, ad destinatum persequor, ad bravium superae vocationis. Philip. III.
  5. Nulla virtus latet, et latulsse non ipsius est damnum. Veniet qui conditam et saeculi malignitate compressam, dies publicet. Senec. Epistol. LXXIX.

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