Capítulo XLI: Cómo se preparó Vicente para morir.
Veíase Vicente lo mismo que los demás lo veían, cada día más y más cerca de su última hora, pero con diferentes sentimientos, porque estos sentían grave pesadumbre por su separación, mientras que aquel santo viejo, cual otro Simeón, esperaba con gozo su última hora, manifestando a todos un semblante muy tranquilo; preparábase sufriendo alegremente con espíritu de penitencia y de humildad para pasar a la vida en que esperaba poseer a Dios, invocándolo de corazón y uniéndose interiormente a él por medio de una perfecta conformidad en su voluntad divina, y poniendo en las manos del Señor su cuerpo y su alma para que dispusiese de él según su agrado divino tanto en esta vida como en la eternidad. Fue toda su vida una continua preparación para morir bien; y la práctica de las virtudes, sus ejercicios de caridad en que había ocupado todos sus días, fueron otros tantos pasos para llegar con bendición al último periodo de su vida; pero no contento con esta preparación general, desde mucho tiempo antes hizo una disposición particular, rezando todos los días, después de dar gracias al fin de la misa, las oraciones para los agonizantes y las que se usan para encomendar el alma.
No solo tenía este piadoso ejercicio por las mañanas, sino también por las noches, lo que por una rara casualidad se supo del modo siguiente. Poco tiempo antes de su muerte, escribiendo un sacerdote de la casa de San Lázaro a otro que se hallaba ausente, le decía entre otras cosas, que le quedaba poco tiempo de vida a Vicente, y que ya habla muchas señales de que iban a perderlo pronto; sin reflexionar en lo que había escrito, llevó después a Vicente esta carta para que la leyese conforme a las reglas de la Congregación. Nuestro Vicente cogió la carta y le dijo que la leerla con gusto, como en efecto lo hizo; y fijando la atención en las palabras que hablaban de su próxima muerte, comenzó a discurrir dentro de sí por qué razón este sacerdote había escrito eso en una carta que debía leer. Cualquiera otro hubiera calificado de imprudencia este acto; pero Vicente creyó que tal vez aquel sacerdote había querido hacerle un servicio advirtiéndole que le faltaba poco para morir: y discurriendo aún más, le hizo temer su humildad el que hubiese dado algún motivo a este sacerdote para hacerle tal advertencia; mas no podía caer en cuenta de cómo pudiese haber sido aquello. Con el fin de indagar cuál era esta supuesta causa de escándalo, envió a llamar al dicho sacerdote, y dándole las gracias por su advertencia, le rogó que le dijera que si habla notado en él alguna otra falta, se la advirtiese con la misma caridad; a lo que contestándole el sacerdote que en él no había notado ninguna, le replicó Vicente en estos términos: «Por lo que toca a esta advertencia que tanto he agradecido que me hayáis hecho, os diré simplemente que Dios me ha concedido la gracia de que haya sido inútil; y si os lo digo es por no causaros escándalo no viéndome hacer alguna preparación particular para morir. Hace dieciocho años que tengo la costumbre de no acostarme sin disponerme para morir en la misma noche«.
Manifestó el buen sacerdote a Vicente, que no había tenido intención de hacerle ninguna advertencia, y que le había entregado la carta sin pensar en su contenido, lo que él mismo al referir lo que pasó, repetidas veces ha asegurado, pues conocía perfectamente su virtud, y por esto no podía tener ninguna duda sobre sus buenas disposiciones para morir, así como las había tenido para hacer siempre la voluntad de Dios. Sobre esta misma materia diremos que se ha encontrado una carta escrita por el mismo Vicente con fecha veinticinco años antes de su muerte, y entre otras cosas dice: «He recibido un golpe muy peligroso hace dos o tres días, y esto me ha hecho pensar seriamente en la muerte. Por la gracia de Dios adoro su voluntad y me sujeto a ella de todo corazón; y examinando lo que podía causarme alguna aflicción, no he encontrado más sino el que no hayamos concluido nuestras reglas, etc«.
Llevaba mucho tiempo este siervo de Dios de llevar ceñidos los riñones y la lámpara encendida en la mano, según las palabras del Evangelio, para ir delante de su Señor cuando llegara, y esta última hora casi siempre la tuvo presente en el espíritu; algunos años antes de su muerte decía con frecuencia a los suyos: «Uno de estos días el miserable cuerpo de este viejo pecador será sepultado y reducido a polvo; holladlo con desprecio«.
Cuando hablaba de su edad, decía: «Llevo tantos años de abusar de las gracias de Dios: ¡Heu mihi! quia incolatus meus prolongatus est: ¡Ay de mí, Señor! vivo ya demasiado, y no hay ninguna enmienda en mi vida, y mis pecados se multiplican con mis años!» Cuando anunciaba a los suyos la muerte de algún buen misionero, ordinariamente decía: ¡Dios mío, me dejáis, y os lleváis a los que os sirven bien! Yo soy la cizaña que echa a perder el buen trigo que recogéis; ¿y aun ocupo inútilmente la tierra? ¿Ut quid terram occupo? Pero, Señor, que se haga tu voluntad y no la mía.
Algunas veces presentaba a los suyos la idea de la muerte como uno de los más saludables pensamientos, y los exhortaba a que se preparasen con buenas obras, asegurándoles que este era el mejor medio para morir bien. Por esto queda que la idea de la muerte fuese siempre acompañada con la confianza en la bondad de Dios, evitando de este modo el que nos causase abatimiento o inquietud de espíritu; tal fue el consejo que dio a una persona muy temerosa de la muerte, cuya idea había tenido incesantemente. Hizo que le dijesen a esta persona, según consta en una carta que sobre este asunto escribió, que la idea de la muerte era buena, y que la había aconsejado y recomendado nuestro Señor; pero que debía ser moderada, y que no era necesario tenerla incesantemente presente en el espíritu, pues bastaba representársela dos o tres veces al día y no por mucho tiempo; y en fin, que si aún esto causaba inquietud, podía no pensarse nada en la muerte, o disipar la idea con otros objetos inocentes.
Luego que en Roma se tuvo noticia de la larga y peligrosa enfermedad de Vicente, y de que continuaba, a pesar de su abatimiento y de sus dolores, rezando el oficio divino, hizo expedir un breve apostólico el Señor Alejandro VII dispensándole este rezo, pues conocía cuán importante era para toda la Iglesia la vida de este gran siervo de Dios: al mismo tiempo los cardenales Durazzo, arzobispo de Génova, Ludovisio, gran penitenciario de Roma, y Bagni, nuncio que había sido en Francia, hallándose los tres en Roma, le escribieron exhortándole a que mirase por su conservación, en lo cual se echa de ver lo mucho que lo apreciaban.
Para no ser muy difusos en esta materia, nos limitaremos a transcribir la carta del cardenal Durazzo, tanto por haber sido la primera, cuanto porque ella en sustancia contiene lo mismo que las demás.
«Si las funciones de los clérigos de la Congregación de la Misión producen tan buenos efectos en el prójimo, debe atribuirse al impulso que le dan la conducta y buenos ejemplos del Superior general; debe por esta razón toda persona de sanas intenciones rogar a Dios que le prolongue la vida y le dé una completa salud, para dar más larga duración a la fuente de tanto bien. Tengo mucho interés en los progresos de ese santo instituto, y he sentido un tierno afecto hacia vos: ésta es la razón por que teniendo noticia de vuestra edad, de vuestros trabajos y de vuestro mérito, siento una necesidad de rogaros, como lo hago, que admitáis la dispensa de Su Santidad, que antepongáis el cuidado de vuestra persona al gobierno de vuestros queridos hijos, y que neguéis a la devoción de vuestro espíritu todo lo que pueda ser contrario a la conservación de vuestra vida, pues ella debe prolongarse para mayor servicio de Dios. En Roma, a 20 de Setiembre de 1660«.
Tantas buenas precauciones llegaron demasiado tarde: la víctima estaba ya consumida. Quiso Dios librarla por sí mismo, no solo de las obligaciones que tenía, sino también de sus trabajos, dolores y aflicciones con que había querido tributar a su Divina Majestad los honores y servicios que había podido en el curso de su larga vida. Concedióle el Señor la gracia de ver antes de su muerte a su Compañía y a las demás Congregaciones que había establecido, en el mejor estado que hubiera podido desearse.







