Capítulo XL: De las enfermedades de Vicente, y del fruto que de ellas sacaba.
Para que la vida de este santo sacerdote fuese un holocausto perfecto, y para que nada quedase en él que no hubiese sido consumido en honor y por amor de su Soberano Señor, era preciso que las enfermedades completasen en su cuerpo el sacrificio que habían comenzado en su alma las aflicciones y las penas. Por esto quiso Dios que en el curso de su vida fuese cargado de diferentes padecimientos, y que en sus últimos años sufriese grandes y dolorosas enfermedades, a fin de poner el colmo a su paciencia, y dar a su perseverancia y a su amor la corona de la vida eterna.
A pesar de haber sido de un temperamento robusto, las fatigas de su celo y las austeridades de su penitencia fueron disminuyendo sus fuerzas físicas y preparando la destrucción de su máquina, bastante alterada por las largas y penosas enfermedades a que estuvo sujeto desde que habitaba en la casa de Gondí: allí padeció una grave enfermedad que le dejó las piernas y los pies tan hinchados, que le duró esta incomodidad hasta su muerte.
Era muy sensible a las impresiones del aire, y por esto padecía de ordinario una fiebrecilla que le duraba tres o cuatro días, y algunas veces hasta quince; mas no por ella interrumpió nunca sus ejercicios ordinarios: levantándose a las cuatro de la mañana como los demás, iba luego a la iglesia, donde hacia su oración, y se entregaba después a sus negocios y demás ocupaciones, como si disfrutase de perfecta salud. Llamaba a esta enfermedad su calenturilla, y nunca se la curaba más que procurando abundantes sudores por muchos días, lo que particularmente hacía en la estación de verano y en la fuerza del calor; cuando apenas los demás podían soportar una sábana durante la noche, él se cubría con tres o cuatro cobertores, y ponía además a los lados grandes botellones con agua caliente para pasar la noche en este estado; así es que cuando por las mañanas se levantaba, salía de la cama como de un baño, y quedaba toda la ropa y el jergón sobre que dormía mojados con el sudor. Parecía el remedio peor que la enfermedad, y sin embargo, Vicente lo hacía con gusto, a pesar de la mucha incomodidad que le causaba. Aseguraba el hermano que asistía a Vicente, que era tan insoportable esta mortificación, no solo por el extraordinario calor que se sentía en el cuarto, sino porque esto mismo quitaba el sueño a Vicente, privándole del reposo que necesitaba durante la noche. Y como entre día nunca se permitió el más ligero descanso, solía acontecerle, que debilitado extremamente por aquellos abundantes sudores y falta de sueño, se quedaba dormido delante de las personas que le hablaban, aunque fuesen de gran condición; hacía grandes esfuerzos para resistir a este sueño, y lejos de decir la causa por qué lo padecía, lo atribuía a su miseria: expresión que usaba muy frecuentemente.
Además de esta calentura padecía fiebre cuartana, y precisamente en el tiempo de esta enfermedad se sirvió Dios de él para hacer la mayor parte de las grandes obras de que hemos hablado, y en vez de buscar el descanso en una enfermería, trabajaba con celo y buen éxito en el servido de la Iglesia y alivio de los pobres.
En 1645 padeció una grave enfermedad, durante la cual comulgó todos los días con gran devoción: la violencia del mal llegó a trastornar su cerebro, y tuvo algunas horas de delirio, en el que solo hablaba palabras que manifestaban las santas disposiciones que inundaban su corazón. Oíasele repetir con frecuencia, entre otras muchas, estas palabras: In spiritu humilitatis, et in animo contrito suscipiamur a te, Domine.
Durante esta misma enfermedad aconteció que hallándose también enfermo un sacerdote de su Congregación, llamado Antonio Dufourt, y sabiendo que estaba en peligro la vida de Vicente, deseó, como David por su hijo Absalon, morir antes que él, y si posible era, dar su vida por la conservación de la de su tierno padre Vicente; y se notó desde entonces que este comenzó a mejorarse, y aquél de tal modo se agravó, que murió pocos días después. La noche que murió, los que velaban a Vicente oyeron a eso de media noche tres golpes en la puerta del cuarto, y cuando fueron a ver quién tocaba, a nadie encontraron, y al mismo tiempo Vicente llamó a uno de aquellos que velaban, le hizo coger el breviario y rezar una parte del oficio de difuntos, como si supiese que aquel sacerdote acababa de morir, pues nadie le había dicho una palabra sobre esto.
En 1649 estando en Richelieu, fue atacado de tercianas; y aunque los accesos eran largos y fuertes, no interrumpió por esto ninguna de sus ocupaciones.
En 1656 padeció otra enfermedad que principió por una fiebre continua, le duró algunos días, y terminó en una gran fluxión que le cayó en una pierna, y le obligó a estar en cama y permanecer encerrado en su cuarto más de dos meses; era tan grande la incomodidad que le causaba este mal, que no podía permanecer en pie, y tenía necesidad de que lo cargasen para pasarlo de la cama a la chimenea; y solo en esta vez se pudo obligarle a que habitase un cuarto en donde había chimenea para calentarlo en el fuerte rigor del invierno.
Padeció desde ese mismo año de 1656 hasta el fin de su vida otros muchos ataques de calentura y otras enfermedades. Durante una cuaresma completa padeció una desgana tan grande, que casi nada podía comer. En 1658 tuvo un ojo muy malo, y después de habérsele hecho muchos remedios sin que ningún alivio sintiera, mandó el médico que le aplicasen la sangre del pichón recién matado; y como el hermano que asistía a Vicente llevase el pichón con este objeto, y le instase para que se dejara aplicar aquel remedio, se resistió fuertemente nuestro enfermo, diciendo que no podía consentir en que se matase aquel inocente animal por él, y que si Dios quería, no le faltarían otros medicamentos para aliviarlo; lo que en efecto se consiguió al cabo de pocos días.
A fines del dicho año de 1658, sucedió que yendo Vicente con otro sacerdote en el coche, se rompió una sopanda, y volteándose el coche, se dio un fuerte golpe contra el suelo en la cabeza, de lo que estuvo tan gravemente enfermo, que él mismo creyó que le causaría la muerte aquella herida, por habérsele presentado una fiebre a los pocos días de la caída.
Y para no fastidiar al lector con la relación de todas las enfermedades con que Dios quiso probar la paciencia de nuestro Vicente, bastará decir que hubo pocas que no padeciese; queriéndolo Dios así tal vez, para hacerle sentir mejor las miserias y molestias de su prójimo, y particularmente de sus hijos espirituales. Así es que nunca dejaba de visitarlos en las enfermerías o donde se enfermaban, y los consolaba y tranquilizaba con palabras llenas de ternura y compasión. Cuando encontraba algún enfermo que por la violencia de los dolores o por la mucha duración de la enfermedad parecía desesperar de su curación y temer una muerte llena de penas, le decía algunas palabras de consuelo para que elevase a Dios su espíritu, y después añadía, particularmente si era joven el enfermo: «No temáis, hermano mío; yo he tenido ese mismo mal cuando era joven, y sané; he padecido asma, y ya no la tengo; he tenido hernias, y Dios me ha librado de ellas; males de cabeza que han desaparecido; opresión de pecho y debilidad de estómago, que ya no siento; tened una poca de paciencia, y veréis como todo se pasa, y quiere Dios servirse todavía de vos para sus obras; es necesario tener resignación en los trabajos y penas, y sufrir lo que su Divina Majestad quiera enviarnos, con mucha paz interior, etc«.
Hablemos ahora de la más molesta enfermedad que tuvo Vicente, y que se puede llamar un martirio que acabó con su vida, y le dio ocasión de asemejar sus padecimientos a los de nuestro Señor Jesucristo, del mismo modo que quiso parecérsele e imitarlo en la práctica de las virtudes. Por espacio de cuarenta y cinco años tuvo una hinchazón en las piernas y los pies tan grande, que muchas veces le era imposible andar, y aun permanecer en pie; y otras veces esas hinchazones se le inflamaban tanto y tantos dolores le ocasionaban, que se veía obligado a ponerse en cama. Esta fue la causa porque desde 1632 que fue a vivir a la casa de San Lázaro, se vio en la necesidad de andar a caballo, pues por una parte la distancia que desde esta casa había hasta la ciudad, y por otra la multitud de negocios que desde esta época comenzó a tener y evacuar hasta el fin de su vida, sin ninguna interrupción, no le permitían terminar sus asuntos a pie. Sirvióse del caballo hasta el año de 1649 en que le aumentó extraordinariamente la hinchazón de sus piernas con motivo de un viaje que hizo a Bretaña, y lo imposibilitó ya hasta para poder montar a caballo; así es que desde esta época se hubiera reducido a vivir encerrado en su casa, si, como en otra parte dijimos, no lo hubiera obligado el arzobispo a servirse de un pequeño carruaje.
Esta hinchazón de las piernas le fue creciendo de modo, que en 1656 ya le subía hasta las rodillas; no podía doblarlas sino con mucha dificultad, ni levantarse sin grandes dolores, ni andar más que apoyado en un bastón; luego llegó a reventársele una pierna en fuerza de la hinchazón, y se le hizo una úlcera sobre el tobillo derecho; en fin, los dolores de las rodillas fueron aumentando con el tiempo en tal grado, que ya no pudo salir de la casa desde principios de 1659. Y a pesar de todo continuaba levantándose por la mañana, asistiendo a la oración en la iglesia con toda la comunidad, diciendo misa y concurriendo a las conferencias eclesiásticas en la sala destinada a ellas; poco tiempo después, no pudiendo ya salir ni bajar los escalones de la sacristía para revestirse, lo hacía en el mismo altar; y con motivo de esto decía algunas veces sonriéndose, que había llegado a ser persona de importancia, porque se revestía como lo hacían los prelados.
Ya en fines de 1659 se vio obligado a decir misa en la capilla de la enfermería; pero el año siguiente ya le fue absolutamente imposible permanecer en pie, y con esto dejó de celebrarla; pero siempre continuó oyéndola todos los días basta su muerte, a pesar de que le costaba inmenso trabajo y le causaba muchos dolores el pasar con muletas de su cuarto a la capilla.
De día en día iban disminuyendo sus fuerzas y perdía la gana de comer; y en tal estado de vejez y de enfermedades, rehusaba cualquier alimento que le parecía delicado, y exigía que le llevasen los manjares más ordinarios que hubiera en la casa. Sin embargo, los médicos y otras personas principales que tenían mucho interés en su conservación, le hicieron consentir, no sin poco trabajo, en que tomase todos los días un poco de pollo y algunos caldos de sustancia; pero desde la primera o segunda ocasión que le llevaron esta clase de alimentos, dijo que no podía soportarlos y que le causaban mucha basca, y de este modo consiguió que no volviesen a hacerle instancias para tomarlos. A pesar del estado tan miserable en que se hallaba, continuaba todavía dirigiendo los negocios que tenía pendientes y arreglando las cosas de la casa, como ordinariamente lo habla hecho.
Estaba, pues, el buen siervo de Dios reducido ya a no poder andar sino con muletas, y aun esto le causaba indecibles dolores y lo ponía a cada momento en riesgo de caer por no poder absolutamente aguantarlo sus piernas; por esto en el mes de Julio del mismo año de 1660 le rogaron con mucha instancia que se formase una capilla en el cuarto que estaba contiguo al suyo, para que así pudiera oír la misa sin tener necesidad de salir; pero nunca quiso él consentir en ello, dando por razón que no deben permitirse los oratorios particulares para celebrar en ellos misa, sino por una causa muy poderosa que él no encontraba en sus circunstancias. Entonces le rogaron que consintiese al menos en que se le hiciera un sillón para poderlo trasladar de su cuarto a la capilla de la enfermería, para que padeciese menos y no tuviese el riesgo de caer, en que todos los días se veía cuando iba a oír misa; pero su humildad todavía encontró medios para eludir esta comodidad que le presentaban, hasta que al fin el mes de Agosto en que ya le fue imposible sostenerse con las muletas, consintió en que le hiciesen una silla que comenzó a servirle el día de la Asunción de la Virgen, y continuó usándola por espacio de seis semanas hasta su muerte. Era para él una nueva aflicción el trabajo que daba a dos hermanos de la Congregación que lo cargaban, y por esto nunca quiso que lo llevasen a otra parte más que a la capilla que distaba unos treinta o cuarenta pasos de su cuarto.
Si este venerable anciano no hubiera tenido otro mal sino el de verse obligado a permanecer por espacio de dos años sentado casi todo el día sin poderse mover, particularmente en el último año de su vida, esto solo hubiera sido bastante para ejercitar en gran manera su paciencia; pero si se consideran los grandes dolores que continuamente le causaba la hinchazón de sus rodillas y las úlceras de sus pies, principalmente por la noche en que no encontraba ninguna postura ni lugar alguno en que estuviese con comodidad, fácilmente se conocerá que esta época de su vida fue para él un continuo martirio. Pero además de todo lo dicho, Dios permitió que le sobreviniese un nuevo padecimiento que lo hizo verdaderamente un hombre de dolores: fue este nuevo mal una retención de orina que tuvo el último año de su vida, y que le causó inexplicables dolores y mortificaciones, porque no podía ya levantarse ni servirse de ningún modo de sus piernas, y hasta el menor movimiento que quería hacer sirviéndose de un cordón grueso que habían colgado de una de las vigas del techo, le causaba agudísimos dolores, en medio de los cuales no se le oía otra queja más que esta: Ah Salvador mío, buen Salvador mío, u otras palabras semejantes, que siempre profería en tono de devoción, y fijando la vista en una pequeña cruz de madera en que estaba pintado Jesucristo crucificado, y que había hecho que le pusiesen delante de la silla para su consuelo.
En medio de tantos dolores continuaba su vida austera, y no permitía que le pusiesen para acostarse un colchón; siempre sobre un mal jergón pasaba las cinco o seis horas de la noche que se acostaba, no para buscar alivio en la postura, sino para encontrar en ella un nuevo padecimiento, porque la serosidad acre que durante el día salía de sus piernas, con tal abundancia que algunas veces corría por el suelo, durante la noche se detenía entre los pliegues de las coyunturas de las rodillas, y le causaba una exacerbación de dolores, cuya violencia lo consumía poco a poco.
Así es que todos los días se encontraba más débil; pero no por esto quería abandonar ni un solo momento el cuidado de su Congregación, ni el de las instituciones que dirigía, ni demás negocios de que estaba encargado: enviaba algunos sacerdotes a donde él no podía ir, diciéndoles lo que hablan de decir y el modo como debían portarse; recibía un gran número de cartas, las leía todas, y a todas contestaba. Reunía muchas veces a los empleados de su casa, y les hablaba a todos, o a cada uno en particular, según lo exigía la necesidad; informábase del estado de los negocios, y en compañía de ellos deliberaba; a todo atendía, y daba todas las órdenes necesarias; enviaba misioneros para que trabajasen en las misiones, y los reunía antes para hablarles sobre el modo de hacerlas con mayor utilidad.
En fin, por tantos esfuerzos para obrar y padecer, llegó su naturaleza a debilitarse tanto, que ya no podía hablar sino con sumo trabajo; y sin embargo, en medio de este abatimiento del cuerpo y del espíritu, hacia exhortaciones que duraban media hora o algo más, con tal vigor y gracia, que dejaba admirados a cuantos le escuchaban; y estos han asegurado que nunca lo habían oído hablar con tanto ardor y tanta energía. Pero lo que más se debe admirar es que entre tantas angustias, tan largas y tan molestas, siempre presentaba a las personas que lo veían un semblante tranquilo y risueño, y dirigía palabras afables como si gozase una perfecta salud; si alguno le preguntaba por el estado de sus males, contestaba como si se tratara de una cosa que no merecía ninguna consideración, y solía decir que todo aquello podría reputarse como nada en comparación de los tormentos que sin merecer había padecido Jesucristo, mientras que él merecía mayores que los del Hijo de Dios; y de este modo eludía las respuestas que tenían relación con su estado, y trataba de compadecer los males del que le hablaba, si de estos se trataba, haciendo más caso de ellos que de sus propios dolores.







