Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 37

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Capítulo XXXVII: Remedia Vicente las necesidades de los pobres de las fronteras de Champaña y de Picardía, y de las inmediaciones de París, arruinados por la guerra.

En 1650 comenzaron a experimentar gran miseria los habitantes de las fronteras de Champaña y de Picardía, pues con motivo de haberse retirado el ejército de las inmediaciones de Guisa, quedó el país lleno de soldados y enfermos que morían en los caminos sin sacramentos ni socorro humano. Esta noticia que llegó a París, fue recibida por muchos con grande alegría, pues no consideraban más que la retirada de las tropas, y no fijaban la idea en las muchas miserias en que quedaban sumergidas aquellas provincias; pero Vicente que sentía como propias las necesidades ajenas, y tal vez más que propias, luego que supo lo que pasaba, recurrió a la generosidad de una piadosa señora, esposa del presidente de Herse, y ésta le dio quinientas liras1 para ayuda de socorros: esta cantidad y algunas otras provisiones que sacó el siervo de Dios de la casa de San Lázaro, las envió con sus misioneros para que las repartiesen entre los más necesitados, encargándoles también que tuviesen gran cuidado con los enfermos que allí hubiera, y particularmente con los moribundos.

Partieron con diligencia los misioneros al país desolado; pero encontraron en el camino un gran número de enfermos, y repartieron entre ellos los víveres que llevaban, por lo que les fue preciso entrar en la ciudad más vecina para comprar más y socorrer a los que faltaban; pero luego que pusieron el pie en ella encontraron miserias no menos dignas de atención, de que dieron aviso al siervo de Dios. Decíanle que en todas aquellas provincias eran los males generales a todos, los habitantes, pues con la licencia y despotismo de los soldados se habían arruinado todos, las casas habían sido saqueadas y quemadas, los vecinos despojados hasta de sus vestidos, y los labradores reducidos a no trabajar por falta absoluta de socorro; los viejos y enfermos que no habían podido huir, se veían rendidos de hambre y flaqueza, tirados entre las ruinas de las casas, descansando sobre una poca de paja, y algunos en la tierra sin abrigo ni alimento, expuestos a las inclemencias del tiempo; finalmente concluían diciéndole, que si dentro de poco tiempo no remitía socorros abundantes de toda clase, indudablemente perecerían todos aquellos infelices por el rigor del frio o por el hambre.

Luego que Vicente recibió esta noticia, recurrió a Dios primeramente para pedirle que mirase aquellos pueblos con ojos de misericordia; luego habló a las señoras de la Caridad con expresiones de tanta compasión y ternura, que al momento quisieron tomar la generosa resolución de socorrer tan urgentes necesidades, aun cuando fuese necesario vencer para ello imposibles; lo que en efecto parecía ser así, porque además de haberse consumido en la Lorena sumas de dinero considerables, las muchas limosnas que se daban en París y sus cercanías, en donde poco antes los ejércitos habían ocasionado la misma calamidad, agotaron tanto los recursos, que no era fácil cosa encontrar mayores para nuevos socorros. Mas la caridad industriosa de Vicente supo superar todas las dificultades y reunir lo suficiente para remediar estos males. Envió luego a muchos de los suyos a diversas ciudades de aquellos países, y nombró a uno de ellos como centro o director de los demás, con el encargo de que anduviese de un lugar a otro observando en donde había mayores necesidades, para enviar allí más abundantes socorros; señalaba a cada uno de los otros misioneros el lugar de su residencia para mayor comodidad de los pueblos; y en donde no podía enviar a los suyos, nombraba a alguna persona caritativa para que distribuyese las limosnas. El director estaba encargado de regular el gasto que se hacía en cada lugar, y de aumentarlo o disminuirlo según el número de pobres, dando cuenta de cuanto hacía a Vicente, quien todas las semanas reunía a las señoras de la Caridad para discurrir nuevos medios con que poder continuar tan crecidos gastos.

Además de dieciséis misioneros que en esta obra de caridad estaban empleados, se enviaron también algunas Hermanas de la Caridad para que sirviesen y asistiesen a los enfermos mientras los misioneros estaban ocupados en otras funciones, y particularmente en la administración de los sacramentos y predicación de la palabra divina a los pueblos que no tenían pastores.

El Señor bendijo esta obra de su siervo, quien la continuó hasta la celebración de la paz y tranquilidad de todo el reino, lo que dilató el largo periodo de diez años, durante los cuales se distribuyeron, parte en dinero, y parte en alimentos, vestidos y medicinas, seiscientas mil liras,2 poco más o menos; con lo que Vicente pudo librar a muchísimos desgraciados de la miseria, hacer mantener en las iglesias el culto divino y el pasto espiritual, poner a muchas doncellas en lugares seguros, y evitar a muchos nobles caballeros el rubor de mendigar el pan.

Parecía que al paso que Dios enviaba a Vicente nuevas ocasiones para aumentar el mérito de su caridad, Vicente se esforzaba en no dejar pasar la más pequeña circunstancia en que emplear sus tareas por el amor del Señor; pues a todas las necesidades ya referidas y remediadas por Vicente, se agregó después otra nada inferior a ellas. Había desterrado el impío Cromwell a muchos católicos de su patria, y éstos para poder vivir, se alistaron en el ejército del rey de Francia, y después de muchos trabajos que pasaron en dos campañas que tuvieron, los mandaron a invernar a la ciudad de Troyes, a donde llegaron en el rigor del invierno descalzos y fatigados del viaje; además de sus mujeres e hijos llevaban consigo un gran número de viudas, y más de ciento cincuenta huérfanos, cuyos padres y maridos de aquéllas habían muerto en la guerra. Obligaba el hambre a estos miserables a recoger por los campos alimentos tan asquerosos, que hubieran rehusado los animales más inmundos, y por no tener con qué cubrir su desnudez, corrían gran peligro de morir del frío que en aquella época era rigurosísimo.

No bien llegó a noticia de Vicente un estado tan digno de compasión, cuando despachó con gran solicitud a un sacerdote de su Congregación con dinero y vestidos para socorrer a aquellos necesitados; y sabiendo que este primer envío no había alcanzado para todos, volvió a enviar otra, y otra vez; de modo, que aquellos pobres desterrados quedaron tan consolados y socorridos, como dispuestos a oír las exhortaciones del mismo sacerdote para que se dispusiesen a confesar y comulgar en la pascua inmediata. Hizo también Vicente que todos los huérfanos, viudas y doncellas fuesen alojados en el hospital de San Nicolás, en donde les enseñaron a hilar, coser y algunos oficios con que pudiesen después salir a buscar su subsistencia. Este ejemplo de caridad produjo también el beneficio de que despertándose el sentimiento de amor por el prójimo en los vecinos del lugar en donde se hallaban los desterrados, diesen luego abundantes limosnas, no solo a estos forasteros, sino también a los pobres del mismo lugar.

Por este tiempo ejerció Vicente otra obra de misericordia no menos agradable a Dios: supo que en consecuencia de la batalla de Rethel se hallaban esparcidos en el campo unos mil quinientos cadáveres de soldados, y no pudiendo soportar la idea de que fuesen devorados por las fieras, ordenó a uno de sus misioneros que se hallaba en aquel lugar con motivo de otras obras de caridad, que les diese sepultura, pagando a la gente que fuese necesaria para ello; lo que ejecutó con mucha puntualidad el misionero.

También se vio resplandecer la caridad de Vicente en los socorros que dio a los pobres de París y sus inmediaciones después de los tumultos del año de 1652. Por la larga permanencia de los ejércitos alrededor de aquella ciudad, se había arruinado todo aquel país, y en particular la villa de Etampes, la cual varias veces y por largo tiempo hacia sido sitiada, resultando de esto que los vecinos de aquellas poblaciones habían quedado reducidos al último extremo de miseria, extenuados por el hambre y las enfermedades; se vio en poco tiempo la villa llena de cadáveres, que arrojaban en los estercolares indistintamente con los de las bestias, exhalaban un hedor intolerable y convertían toda la población en un teatro horroroso donde se representaba la última infelicidad. Informado Vicente de tan gran calamidad (pues a él acudían como refugio de los necesitados), dio parte de ello a la Cofradía de las señoras de la Caridad; encontrólas bien dispuestas para socorrer a estos desgraciados, y envió con toda prontitud a muchos de sus misioneros para que socorriesen las necesidades tanto corporales como espirituales de aquellos afligidos pueblos. Lo primero que hicieron fue dar sepultura a todos los cadáveres que encontraron tanto en la villa como en el campo, y mandar limpiar las calles de toda inmundicia para desterrar la infección y hacer habitables las casas; al mismo tiempo se dieron providencias para distribuir todos los días, a horas determinadas, tanto en la ciudad como en las aldeas circunvecinas, pan y carne a cuantos iban a pedir limosna, con lo que se conservó la vida y la salud de una multitud de personas. Esto mismo hicieron en otros muchos lugares no menos necesitados; y como los misioneros encontraban muchas parroquias sin pastores y muchas ovejas privadas del pasto espiritual, dieron parte de ello a Vicente, quien para remedio de este mal envió al momento algunas Hermanas de la Caridad para que se encargasen de repartir los víveres y medicamentos a los pobres, mientras los sacerdotes se dedicaban especialmente a la salud de las almas. Mas como andando el tiempo creciese tan lastimosa desolación en todos los contornos de París por los estragos que en ellos hacia la larga permanencia de los ejércitos, se convenció Vicente que era imposible asistir con los suyos a tantos pueblos afligidos, ni remediar una miseria tan espantosa. Entonces persuadió a varios eclesiásticos, religiosos y otras personas para que en tan urgente ocasión empleasen su caridad en la asistencia de tanto pobre desamparado; y de tal modo despertaron las palabras del siervo de Dios y su ejemplo con ellas, el celo en el corazón de muchos, que partieron solícitos a cumplir con los deseos del Santo; y otros, no contentos con solo contribuir con sus limosnas a esta obra de misericordia, se dedicaron a exhortar y rogar a todos sus conocidos para que contribuyese cada uno según sus facultades al mismo objeto de beneficencia. Dispuso Vicente, entre otras cosas, que en una casa que sirviese como de almacén público llevase cada uno lo que quisiera dar para el remedio de las necesidades de aquellos pobres, de suerte que en poco tiempo se reunieron allí muchos muebles, vestidos, ropa blanca, ornamentos sagrados, medicamentos, harina, manteca y otras mil cosas que con mucha proporción repartía entre los lugares más necesitados, logrando de este modo sacar de la miseria un gran número de personas, y atender al adorno de las iglesias y necesidades espirituales de los habitantes. Fatigábanse los misioneros en los viajes que tenían que emprender, en la asistencia que prestaban a los enfermos y moribundos, y en la distribución de que antes se ha hablado, de tal modo, que algunos murieron agobiados del trabajo, o contagiados de las enfermedades; pero no por esto dejó Vicente de enviar a otros que ocupasen el lugar de los que habían perecido, juzgando que la pérdida de los suyos era una verdadera ganancia, pues nada se podía hacer que a Dios fuese más grato, como morir en el ejercicio de la caridad; y cuando vio que la casa de San Lázaro se había apestado de la misma enfermedad, y que una gran parte de los misioneros se hallaba en peligro de muerte, daba afectuosas gracias a la bondad divina por haberse dignado conceder a los suyos el gran beneficio de exponer su vida por salvar la del prójimo.

No solo fueron socorridos en sus necesidades los habitantes de las villas y aldeas, sino también los que de estos lugares fueron a París, cuyo número era de catorce a quince mil, y a estos diariamente se les daba pan y carne por mano de las Hermanas de la Caridad, quienes para este fin se habían situado en diferentes barrios de la ciudad. Entre estos pobres emigrados había algunas monjas y un gran número de doncellas; hizo Vicente que las monjas fuesen admitidas en algunas casas piadosas, y allí se mantuviesen en la observancia de sus reglas; a las doncellas, que eran de ochocientas a novecientas, se les dio alojamiento en muchas casas de personas honradas, y aun allí tuvo cuidado Vicente, no solo de su mantención, sino de su instrucción y buena conducta.

En las inmediaciones de la casa de San Lázaro vivían más de ochocientos pobres, de quienes quiso tener especial cuidado Vicente, repartiéndoles diariamente muchas limosnas, y enseñándoles muchas veces en la semana la doctrina cristiana; y para que sacasen más provecho, ordenó que por espacio de un mes se les hiciese una misión en la iglesia de la misma casa; se les predicaba por mañana y tarde, y luego formando varios grupos de ellos, se encargaban los misioneros de enseñar familiarmente los misterios de nuestra fe y las cosas necesarias para la vida eterna; y a pesar de las graves enfermedades y muchas ocupaciones de Vicente, quiso, para dar ejemplo, encargarse él mismo de enseñar y confesar un cierto número de viejos que entre aquellos pobres había.

Con el fin de animarlos a oír con más gusto la palabra de Dios, y enseñarles a confiar en su Providencia, quiso que durante esta misión se repartiese la limosna con más abundancia, y tuviesen algún pequeño regalo extraordinario; y aunque pasado algún tiempo la mayor parte de estos pobres se volvió a sus lugares, Vicente no por esto dejó de continuar este piadoso ejercicio de enseñar la doctrina cristiana y dar limosna a cuantos pobres iban a verlo, hasta que con la fundación del hospital general se prohibió el pedir limosna en la ciudad.

  1. Hacen 106 pesos.
  2. Hacen 120.000 pesos.

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