Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 35

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XXXV: Asiste Vicente a Luis XIII en su muerte: es nombrado miembro del real Consejo de negocios eclesiásticos.

Enfermó gravemente este cristianísimo rey, que durante su vida ejerció excelentes virtudes, y cuando se vio sin esperanza de recobrar la salud temporal, llamó a Vicente para que le ayudase a bien morir, y para comunicarle varias obras de piedad que deseaba poner en ejecución antes de pasar a la otra vida, particularmente el modo con que quería convertir a la fe católica a los herejes de la ciudad de Sedano, en lo que se nota el gran concepto que de Vicente tenía este gran monarca.

Entró Vicente saludándolo con estas palabras: «Señor: timenti Deum bene erit in extremis«; a lo que contestó S. M. con expresión propia de un espíritu religioso: «et in, die defunctionis suae benedicctur«. Asistiólo después hasta su último suspiro, procurando que hiciese varios actos de virtud y tiernas aspiraciones a Dios, dándole los avisos convenientes al estado en que se hallaba. Un día, entre otros, le recordó el grande agradecimiento que deben manifestar a Dios los príncipes por la suprema autoridad que les ha concedido, y reflexionando el enfermo sobre tan gran verdad y atendiendo especialmente a la estrecha cuenta que habían de dar a Dios por la prerrogativa que tienen de nombrar los obispos, le dijo: «¡Ah Señor Vicente!, si yo recobrase la salud, haría que los obispos estuviesen tres años en vuestra casa«; dando a entender que antes de nombrarlos, los obligaría a vivir mucho tiempo bajo su dirección para disponerlos y hacerlos aptos para desempeñar tata alta dignidad.

Murió este piadoso príncipe, entregando al Señor su espíritu con singular tranquilidad de ánimo y gran conformidad con su voluntad divina, dejando a todos el consuelo en medio del justo llanto que causaba su pérdida, de que ceñía diadema más preciosa en el reino eterno. Ningún apego manifestaba su corazón a los bienes de este mundo, antes bien, cuando su confesor le advirtió que llegaba la hora de su tránsito, le abrazó estrechamente, dijo con singular devoción el Te Deum laudamus, y con firme esperanza de lograr la suprema felicidad, dio el último respiro.

Quedó la reina gobernando el reino por la tierna edad de su hijo; y por el celo que tenía del bien público, ordenó, entre otras cosas, la erección de un Consejo compuesto de cuatro personas, a cuyo cargo estuviesen los negocios eclesiásticos; y como S. M. tenía bien conocida la prudencia y grande desinterés de Vicente, dispuso que entrase en aquel Consejo para que en adelante no se nombrase persona alguna para los cargos eclesiásticos sin el parecer de este Consejo.

Era Vicente obedientísimo a los preceptos de sus príncipes, y les servía en cuanto ordenaban con la mayor fidelidad y rendimiento; pero en esta vez sintió tanto su humildad verse elevado a tan alto puesto, cuanto el más ambicioso hubiera sentido perderlo. Resistióse cuanto pudo a admitir el nombramiento, por considerar esta dignidad muy superior a sus fuerzas; pero la reina que veneraba en él un talento y virtudes de que daban testimonio las muchas y difíciles empresas que había llevado al cabo, le obligó, a pesar de su repugnancia, a que aceptase sin réplica. En 1643 comenzó a desempeñar sus funciones con gran pureza de intención y notable acierto en sus disposiciones. Dedicóse con mucha continuación a rogar a Dios que le diese su gracia y asistencia necesaria para tan importante empleo, y que se dignase cuanto antes librarle de esta ocupación que le procuraba la estimación humana; y durante el ejercicio de su cargo de consejero, ningún día celebró el sacrificio de la misa sin haber pedido en ella al Señor que le concediese este favor: así lo declaró él mismo a un amigo y confidente suyo. Dio a conocer el gran deseo que tenía de verse libre de aquella carga tan expuesta al soplo de la vanidad y descansar en el apacible desprecio, en el siguiente suceso. Se había ausentado por algunos días de París, y el vulgo necio que forma cuerpos de las sombras, o más bien, la envidia que da por hechos los que no son más que deseos, esparció la voz de que había recibido orden Vicente de partir de la corte por haber caído de la gracia de la reina. Cuando volvió a París, le dio un eclesiástico la enhorabuena por su vuelta, y porque había salido falsa la noticia que se esparció; a lo que nuestro humilde Santo contestó levantando los ojos al cielo: «Pluguiese al cielo que hubiese sido cierta; pero soy un miserable indigno de esta gracia«.

Quiso la Divina Majestad, para beneficio del estado eclesiástico de aquel reino, que continuase Vicente por espacio de diez años en aquella ocupación, penosísima para él, porque a su cargo estaban la mayor parte de los negocios que debían tratarse en el Consejo, y porque la reina con repetidas instancias le había encargado que le diera noticia de la capacidad de los sujetos en quienes deseaba hacer con acierto la provisión de los beneficios eclesiásticos. Con este objeto recibía los memoriales dirigidos a S. M., y se informaba de las razones y calidades de los pretendientes, para hacer después en el Consejo relación de todo. Era cosa verdaderamente maravillosa ver al siervo de Dios conservar entre una multitud de personas su acostumbrada igualdad de espíritu, y mantener la perfecta paz de su alma en medio de tantas y tan variadas distracciones. Recibía con la misma afabilidad a los grandes y a los pequeños, a los pobres y a los ricos, y sin desasosiego ni precipitación se ocupaba enteramente en el negocio de cada uno, como si solo a aquel tuviera que atender.

Fue por esta razón la corte el teatro en donde resplandecieron con más brillo sus virtudes; sobresalía su humildad en medio de los lisonjeros aplausos de los hombres; su paciencia entre las cábalas de la envidia; su desinterés en el desprecio de las incalculables ventajas que tan fácilmente pudo obtener estando tan favorecido de los soberanos; su constante firmeza sosteniendo los intereses de Dios y de la Iglesia; su fidelidad y afecto en el servicio de sus príncipes; su respeto a los prelados, y en fin, el aprecio a todas las comunidades eclesiásticas y religiosas en una multitud de circunstancias. Como en el libro segundo de esta obra tenemos que referir varios ejemplos de todas las virtudes que en el Consejo tuvo ocasión de practicar, nos limitaremos aquí a manifestar el celo que tuvo en quitar los abusos que se cometían en la provisión de los beneficios eclesiásticos, y en corregir algunos desórdenes públicos.

Lo primero que hizo en su nuevo empleo, fue convencer a la reina y a los consejeros de la necesidad que había de no admitir a las dignidades de la Iglesia a sujetos poco hábiles; y si alguna vez sucedía que se atendiera en estas provisiones más a respetos humanos que al servicio de Dios y bien de su Iglesia, se quejaba con gran libertad, acompañada sin embargo de manifestaciones de profundo respeto.

Había notado que entre los eclesiásticos encargados del servicio del rey y de la reina, había muchos de ambición tan sedienta, que aunque estuviesen ocupando muchos y buenos beneficios, no dejaban por eso de pretender otros; de que resultaba que muy a menudo acumulaban muchas pensiones los más incapaces, y los más dignos se quedaban sin el premio debido a sus merecimientos; y para remediar tan perniciosa desigualdad, hizo una lista de los confesores, capellanes y demás eclesiásticos empleados en el palacio, y anotando todos los que gozaban renta suficiente, procuró que en adelante ninguno de estos recibiese nueva gracia, y se aplicasen las vacantes con igual proporción a todos los pretendientes que el mérito y no el favor hacía recomendables. Y porque en aquel tiempo había un gran número de caballeros enfermos y estropeados en las continuas batallas, que en recompensa de los servicios que habían prestado a la corona solicitaban alguna pensión sobre los beneficios eclesiásticos, interpuso Vicente todo el influjo que tenía con la reina y con el cardenal Mazarin para que se apiadasen de las necesidades de estos, y de algún modo recompensasen las fatigas de tantos años y la sangre que habían derramado; pero nunca quiso consentir en que se señalasen estas pensiones sobre los bienes de la Iglesia, porque no estando estos destinados para tal objeto, lo miraba como un fraude que se hacía a la propiedad de los templos de Dios y de sus ministros.

Entre los abusos que con mayor vigilancia se ocupaba en destruir, fue uno de ellos la simonía; y cuando tenía noticia de que algún eclesiástico manchaba su conducta con este feo delito, le amonestaba con la mayor ternura para que se corrigiese; y si no lograba ver la enmienda, lo excluía totalmente de cualquiera clase de opción. Usaba especial prudencia e industria para correr el velo con que algunos cubrían su torpe intención en estos negocios; por esto cuando tenía alguna sospecha en las permutas y otros tratados pertenecientes a beneficios, despedía a los pretendientes, y nada resolvía hasta tener mejores informes.

Repetidas veces se opuso a las injustas pretensiones de los que querían enriquecerse con los bienes de la Iglesia, pretextando que los beneficios no se habían obtenido canónicamente, y atemorizando a los legítimos poseedores, usando de algún poder o enredando de tal modo los pleitos, que al fin los obligaban a ceder los mismos beneficios o a pagar la pensión de ellos. Supo Vicente representar eficazmente esta injusticia a quien tocaba remediarla, y de este modo terminó un gran número de pleitos e injustas persecuciones que se levantaban contra muchos virtuosos eclesiásticos y celosos pastores, quienes sin su protección se hubieran visto obligados a abandonar el cuidado de sus ovejas, empleando meses y años en seguir las causas que tan injustamente les formaban.

Como su corazón estaba tan desnudo de toda ambición terrena, miraba con el mayor desagrado a los que se presentaban pretendiendo obispados, y los juzgaba indignos de ocupar estos puestos elevados en el acto mismo de pretenderlos, pues con esto daban claro indicio de no conocer la sublime y pesada carga que los mismos ángeles rehusarían a pesar de su pureza. A estos pretendientes procuraba sacarlos del lamentable error de creerse dignos de lo que pedían; y si entre ellos se encontraba algún hombre virtuoso, lo exhortaba a que prescindiese de sus ideas y se conformase con la voluntad divina, la que por cualquier otro camino le llamaría a desempeñar el cargo que le conviniera.

Encontrábase en gran conflicto un capellán del rey y hombre temeroso de Dios, a quien sus parientes instigaban para que representase sus muchos servicios y se valiera del poder de sus amigos para lograr el ser promovido a algún obispado. No sabía qué resolver, porque consideraba por una parte que si no hablaba hacía hablar a alguno para que fuese atendido en las vacantes, se quedaría olvidado, como hasta entonces había sucedido; y por otra tenía gran repugnancia para hacerlo, considerando que esto era enteramente opuesto al espíritu de humildad que requiere el estado eclesiástico. Ocurrió a Vicente por medio de una carta, pidiéndole se dignase quitar sus dudas; y habiendo hecho aquél serias reflexiones sobre el asunto, le contestó lo siguiente: «Así como Dios, y solo él, os ha dado luz y fuerza para resistir a la inclinación que todo hombre tiene naturalmente a ser ensalzado, así el mismo Señor os la dará para poner en ejecución lo que fuere del mayor agrado de su Divina Majestad, y así seguiréis la regla de la Iglesia que a nadie permite entrometerse por sí mismo en las dignidades eclesiásticas, y particularmente en las prelaturas: y también imitaréis así al Hijo de Dios, que siendo el Sumo Sacerdote, no vino por su propia voluntad y gusto a ejercer este oficio, sino que quiso aguardar a que lo enviase su Padre. Haciendo esto, servirá vuestro ejemplo de edificación al siglo presente, en que por desgracia se encuentran muy pocas personas que hagan caso de tal regla ni de tal modelo; y si fuere del agrado de Dios el llamaros a ocupar alguna prelatura, os servirá de mucho consuelo conocer la certeza de vuestra vocación, pues que ni por vos mismo ni por medios humanos habéis conseguido la honra y la ocupación que os diere el cielo. Recibiréis de Dios además de esto aquellas gracias especiales anexas a su divino llamamiento, con las cuales daréis frutos de una vida apostólica y dignos de la eterna bienaventuranza, como la experiencia nos lo hace ver claramente en los obispos que no han pretendido tal dignidad, de quienes manifiestamente bendice Dios la persona y el feliz gobierno; y en fin, a la hora de la muerte no tendréis remordimiento alguno de conciencia por haberos echado sobre los hombros el peso de una diócesis que en aquel momento os ha de parecer insoportable. Creedme que al escribir ésta, doy mil gracias a Dios por haberos alejado de pretender una carga tan peligrosa; el no tenerla es una gracia que se debe estimar en mucho«. Esta respuesta prudente, modesta y cristiana de nuestro Vicente debieran tener impresa en el corazón todos los que pretenden dignidades eclesiásticas, cuyo número desgraciadamente no es muy pequeño; medítese con suma atención un negocio tan peligroso, en que no deja de acongojar el haber obtenido una dignidad aun al mismo que no la ha solicitado.

No consideraba menos digno de atención el estado de las abadías y monasterios de religiosas, empleando medios a propósito para conservar el buen orden donde lo había o para establecerlo donde faltaba; y entre éstos fue uno de ellos el mantener las elecciones donde el uso había hecho perpetuas las abadías, y oponerse fuertemente a las pretensiones de aquellas monjas que no pudiendo por este camino llegar a obtener la dignidad de abadesa por faltarles el debido mérito para ella, se empeñaban en conseguirla interponiendo fuertes empeños y aun la misma autoridad del rey. Hizo lo mismo con las que eran capitularmente electas por tres años, según la costumbre de los monasterios, y recurrían al rey para que las hiciese quedar perpetuamente en el oficio. Queriendo cierto prelado respetable persuadir a una religiosa, para quien había procurado la dignidad de abadesa por elección, que la superioridad perpetua debía preferirse a la trienal, encontró en Vicente una oposición llena de respeto y humildad, manifestándole que las elecciones temporales de los monasterios eran preferibles a las perpetuas; que esto lo confirmaba la experiencia de todos los días, pues se veía que por la poca firmeza de carácter de las mujeres, olvidaban fácilmente su obligación cuando ocupaban esos altos puestos por todo el tiempo de su vida; y añadía, que no debía aprobarse lo que era contrario a las costumbres canónicamente establecidas en las comunidades religiosas; y en fin, que cuando llega a faltarse a una observancia antigua, con facilidad entra la relajación en las comunidades.

Sobresalía muy particularmente el celo de Vicente en el cuidado que ponía para impedir las ofensas que se hacían a Dios; y así, habiendo sabido que en un teatro se representaban comedias indecentes y notoriamente perjudiciales a las buenas costumbres, manifestó eficazmente a la reina los graves daños que originaba esta desenfrenada licencia, y en consecuencia mandó al punto S. M. prohibir tan detestables representaciones. Habíase introducido en aquellos tiempos de la minoridad del rey otra licencia aún más dañosa, que reprimió Vicente, y era la de imprimir libros contra la fe y buenas costumbres, y gracias a su vigilancia y cuidado, logró que la reina y el consejo decretasen su prohibición, mandando recoger cuantos circulaban, e imponer graves castigos a los impresores y libreros que en adelante los imprimiesen o vendiesen. Igual empeño tuvo en desterrar otros abusos detestables, como eran los desafíos, blasfemias y otras costumbres escandalosas que había en el reino o se iban introduciendo en él; y tan ocupado en todas estas cosas vivía, que parecía haber olvidado completamente las muchas y muy urgentes necesidades de su casa de la Congregación, para la cual, en el puesto en que se hallaba y con los muchos favores que la reina estaba dispuesta a concederle, jamás quiso pedir el más ligero auxilio, ni aun para sufragar los muchos gastos que gratuitamente hacía en servicio del prójimo o para resarcir el grave daño que había recibido la casa de S. Lázaro durante las guerras civiles; pero como hombre verdaderamente caritativo, tan poco dispuesto estaba para pedir para sí y para los suyos, cuanto era pronto en interceder por el socorro de cualquiera otro.

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