Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 34

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XXXIV: Remedia Vicente las necesidades de los habitantes de la Lorena, reducidos a extrema pobreza con motivo de las guerras.

Luego que llegó a noticia de Vicente la extrema desolación y último grado de miseria que padecían los pueblos de la Lorena, se conmovió fuertemente su amor por los desgraciados. e impulsado por su caridad, envió en su socorro a los misioneros con notables cantidades de dinero, recogidas en parte de personas piadosas, y en parte suministradas de su propia casa. Pero la calamidad llegó a tal grado, que en pocos días acabaron los misioneros con sus limosnas, y se vieron obligados a volver a París. Refirieron a Vicente lo que en la imaginación no cabía, pero que ellos hablan visto con sus propios ojos en aquellas ciudades, villas y aun pequeñas aldeas: muchas doncellas y señoras de calidad se lamentaban de mirarse en el peligro de comprar con la honra una miserable subsistencia; las monjas más recoletas habían casi resuelto abandonar sus monasterios, con escándalo universal y peligro de su honestidad, para pedir limosna por las calles; y finalmente, era tan rabiosa el hambre de aquellas gentes, que llegaron algunas madres a querer alimentarse con la carne de sus mismos hijos; último exceso a que puede llegar la naturaleza humana. La funesta relación de estos sucesos lastimosos de tal manera enterneció el corazón de Vicente, que resolvió echar mano de cuantos medios estuviesen a su alcance para socorrer a aquella desolada provincia; habló a varias personas piadosas, las indujo a contribuir con franca mano al socorro de tan urgente necesidad, y volviendo a enviar a los sacerdotes de su Congregación, distribuyó grandes limosnas, no solo en las aldeas y lugares pequeños, sino también en las ciudades de Metz, Nanci, TouI, Verdieu, Barledue y otras.

Era tan grande el número de personas necesitadas, tan urgentes y variadas las necesidades, y con tanta prontitud se consumían las abundantes remesas que frecuentemente enviaba Vicente, que hubiera la caridad de cualquiera otro desmayado a la vista de las inmensas sumas que era preciso gastar y de la escasez de los socorros que se podían reunir, y fue bastante para moderar esta desproporción el que hubiese recurrido Vicente a la generosa piedad de la reina y de las señoras de la Caridad. Mas como los tesoros de la Providencia aventajan en mucho las necesidades de las criaturas, recurriendo a ellos Vicente, pudo continuar enviando sin interrupción por espacio de nueve o diez años que duraron aquellas guerras, socorros en dinero y comestibles que ascendieron a la cantidad de un millón y seiscientas mil liras.1 Reflexionando sobre esto, claramente se verá que fue tan grande la caridad y tan continuo el desvelo de Vicente, que ninguna expresión puede elogiarlos bastante. No se debe pasar en silencio el afán que a imitación de tan buen padre tuvo en llevar auxilios un hermano de la Congregación, quien durante las guerras hizo cincuenta y tres viajes a Lorena, llevando en cada uno, ya en dinero, ya en letras de cambio de veinte a treinta mil liras2 y pasando por en medio de los ejércitos, nunca fue robado ni aun detenido en el curso de su viaje, cosa al parecer milagrosa, y con la que manifestaba Dios cuán agradable le era el empeño de su caritativo siervo.

No es menos digno de llamar la atención el modo con que daba Vicente estas limosnas, pues calculando que si se distribuían únicamente en dinero, no se había de sacar de éste toda la ventaja que en otras circunstancias debiera esperarse, porque todo se vendía a precios exorbitantes, ordenó a los suyos que compraran carne, legumbres y otros comestibles en los lugares vecinos, y diesen todos los días pan y los demás alimentos a los que fuesen a pedirlo de limosna; con el mismo objeto hizo llevar de París cuatro mil varas de paño para cubrir la desnudez de los más miserables; y aunque tenía plena libertad para disponer como le pareciese de estas limosnas, nunca quiso hacerlo sin el parecer de las señoras de la Caridad, y frecuentemente sin la orden de la reina, queriendo conformarse con la intención de tan liberales bienhechores.

De este modo libró a un número considerable de pobres del evidente peligro de morir de hambre; a muchas doncellas del riesgo de perder su honor; a muchos monasterios, tanto de hombres como de mujeres, de la relajación, y en una palabra, con la predicación de sus misioneros y la administración de los sacramentos, a una multitud de almas de una muerte eterna.

Las guerras y miseria de la Lorena continuaban, y las limosnas no siendo ya suficientes, aunque tan abundantes, para remediar las muchas necesidades que se padecían, obligaron a gran parte de los habitantes de aquel país a retirarse a París, y la mayor parte de estos, con la experiencia que tenían de la caridad de Vicente, buscó en sus brazos el alivio de sus miserias; recibiólos como padre; dióles alojamiento, vestidos y alimento, y considerando que con motivo de la guerra los pastores de aquellas almas no habían podido atender a sus necesidades espirituales, hizo dos misiones en la parroquia que llaman La Chapelle para disponerlos a recibir los sacramentos;       concurrieron otras personas piadosas, cooperando a aquella obra en lo espiritual por medio de las confesiones, y en lo temporal con no pocas limosnas.

No contento Vicente con recibir a los que venían obligados por su miseria a buscar su caridad, tuvo cuidado de socorrer también a los que se hallaban en gran peligro y no podían emprender un viaje para salvarse; así lo hizo en efecto con ciento sesenta doncellas, a quienes proveyó de todo lo necesario para que fuesen conducidas a París, por encontrarse en medio de tantos riesgos, sin tener bienes para mantenerse ni personas que cuidasen de la conservación de su honor. Estas doncellas fueron encomendadas al cuidado de la piadosa señora Luisa Le Gras, quien las hospedó y asistió en su casa hasta procurarles una segura colocación; hizo lo mismo Vicente con muchos jóvenes de aquella desolada provincia, a quienes hospedó en la casa de San Lázaro, cuidando luego de colocarlos y asegurarles la subsistencia. Al cuidado de este piadoso padre se debió también el que pasasen a París las monjas benedictinas que estaban en San Miguel, por no poderse mantener allí en razón de la mucha carestía; dieron estas buenas religiosas ejemplos de tan santas costumbres, que a poco tiempo hallaron en el arrabal de San German casa y renta suficiente para fundar un nuevo monasterio bajo el patrocinio y con el título del Santísimo Sacramento.

Entre las personas que por necesidad pasaron de Lorena a París, se hallaban muchos caballeros y señoras principales que por algún tiempo pudieron mantenerse con lo poco que salvaron de la desolación de su país; pero luego se encontraron en mayor miseria que la de los mismos pobres, porque recurriendo estos a pedir limosna, encontraban el remedio de sus males; mas aquéllos por su nobleza y relaciones querían morir de hambre antes que recurrir a la piedad pública. Llegó esto a oídos de Vicente, a quien suplicó un gran personaje que extendiese su benéfica protección a estos pobres distinguidos; «¡Oh señor, contestó Vicente, es grande el gusto que con esto me dais; sí, es muy justo socorrer a la nobleza necesitada para honrar a Cristo nuestro Señor que fue nobilísimo y pobrísimo«; y encomendando a Dios con mucho fervor este negocio, lo comunicó a algunos personajes cuya caridad le era conocida. Cooperaron estos prontamente a tan santa obra con sus limosnas, señalándose entre todos el barón de Renti: tuvieron una junta en que no poco movió Vicente con sus exhortaciones la piedad de todos, y resolvieron en ella ir bajo cualquier pretexto a visitar a aquellos pobres nobles, con el fin de informarse mejor de los nombres de las familias, de su número y del grado de necesidad que cada una tenía; y en la junta siguiente, refiriendo cada uno lo que había observado, se señaló a todos una cantidad para socorrer un mes, por la vez primera a las dichas familias. Estas juntas continuaron teniéndolas el primer domingo de cada mes, y en ellas, en proporción de la necesidad se señalaba a cada uno lo que correspondía. Así continuó esta donación por espacio de ocho años; y no contentos con socorrerlos, iban a visitarlos, los consolaban en sus propias casas con palabras llenas de afecto y veneración, y no servía de menor alivio en sus aflicciones a los necesitados, la buena voluntad de estos señores, que las abundantes limosnas que recibían. La mucha parte que en esto tenía Vicente, se echa de ver en un papel que uno de los principales de aquella noble compañía escribió a otra persona. «El señor Vicente, dice en él, era siempre el primero en abrir su corazón y dar la mano a los necesitados; de suerte que cuando faltaba algo a la cantidad de dinero que estaba señalada, él lo suplía, tomándolo de su misma casa, aun cuando por esto la privase de lo muy necesario; una vez que faltaban 300 liras,3 las dio luego, y se supo después que había recibido este dinero de un amigo suyo para comprar un caballo, pues el que tenía, por ser tan viejo y flaco, había caído muchas ocasiones con él, con gran peligro de su vida«.

Otra acción semejante ejecutó el siervo de Dios en otra junta: supo en ella que faltaban 200 liras para completar la limosna de aquel mes, y llamando aparte al procurador de su casa, le preguntó qué cantidad de dinero tenía; a lo que le respondió que solo había 150 que iban a emplearse en comprar lo necesario para la provisión del día siguiente; mandóle Vicente que las trajese; y habiéndolas recibido, las dio al punto para cubrir aquella falta. Uno de los de la junta que estaba a su lado, admirado de la generosa piedad del siervo de Dios, contó a los demás lo que acababa de pasar; todos quedaron edificados, y uno de entre ellos mandó al día siguiente por la mañana una limosna de mil liras a la casa de San Lázaro, disponiéndolo Dios así para manifestar que sabe recompensar con generosidad lo que a él se da en la persona de los pobres.

Cuando al fin cesaron las calamidades de la Lorena y los refugiados en París desearon volver a su país, todavía continuó el cuidado paternal de Vicente habilitando para el viaje a los que por falta de recursos no podían emprenderlo, y dándoles además alguna cantidad de dinero para que tuviesen con que subsistir los primeros días; y no se crea que por esto dejó de socorrer las necesidades de los que permanecieron en París. En fin, para dar a conocer toda la extensión de la caridad de Vicente, diremos que al mismo tiempo que hacia grandes esfuerzos para llevar adelante la obra gigantesca de remediar sin ningún recurso seguro las multiplicadas necesidades de una población entera, aconteció que con ocasión de la persecución que en Inglaterra y Escocia se levantó contra los católicos, se refugiaron en París muchos personajes de este reino, y todos encontraron en la poderosa caridad de nuestro Santo, grandes auxilios que les procuró, en los mismos términos y por las mismas personas caritativas que habían socorrido a los nobles de la Lorena, durante veinte años consecutivos. Quedó fundada esta ilustre Congregación de caballeros, consagrada a especiales obras de misericordia, y fue incalculable el número de beneficios que en adelante continuaron haciendo; no debe, pues, reputarse como una de las menores empresas que acometió este prodigioso varón de misericordia; y si bien se reflexiona lo que se ha referido en este capítulo, esto solo era bastante para eternizar la memoria del hijo de un pobre labrador.

  1. Hacen 520.100 pesos.
  2. Hacen 4.000 a 6.000 pesos.
  3. Hacen 60 pesos.

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