Capítulo XXXII: Erige Vicente un hospital para los niños
En las ciudades populosas la confusión de los negocios y el interés que cada uno tiene en atender a los suyos, generalmente hace mirar muy de paso los males particulares, por más que estos reclamen el socorro de los hombres. Verificábase puntualmente esto en la ciudad y corte de París respecto de los niños expósitos, de quienes se puede decir que nacían abrazados con la muerte del cuerpo y del alma, porque las madres, o más bien dicho, los monstruos que los echaban al mundo, por atender a lo que llamaban su honor, o por causas quizá más ignominiosas para la especie humana, los arrojaban de sí en las calles públicas, en las plazas, en los muladares, con la misma indiferencia en las estaciones de verano, como en los días rigorosos de invierno, sin cuidar jamás, no sólo de que se criasen, pero ni aun de que fuesen bautizados; y en París era tan grande el número de los infelices que entraban de este modo al mundo, que anualmente se recogían cerca de cuatrocientos, sin contar los que antes de ser recogidos eran devorados por los perros. Ciertos empleados que llamaban comisarios de justicia, entregaban estos niños al cuidado de una viuda que tenía obligación de criarlos en una casa que se llamaba del Parto; pero como esta mujer tenía solamente una o dos criadas, no podía atender a la educación de todos, y por otra parte la renta de mil trescientas liras1 que estaba señalada para este efecto, no era suficiente para mantener las amas y los niños; resultaba de aquí, que la mayor parte de estos, extenuados por la falta de alimentos, acababan poco a poco su vida en los brazos de la miseria; a esto se agregaba, que las mercenarias criadas que estaban encargadas de su asistencia, por no oírlos llorar y porque en la noche no les quitasen el sueño, los adormecían con bebistrajos, que a muchos de ellos causaban la muerte. Los pocos que quedaban, los regalaban al primero que los pedía, o se vendían al vil precio de veinte sueldos;2 de estos que se compraban, eran algunos destinados a mamar la leche a mujeres enfermas, cuyo alimento para ellos obraba en su salud como un veneno, en razón de su tierna edad; a otros los compraban personas infames y de conducta depravada, y pasando luego por hijos propios, recibían eficaces lecciones en la escuela de sus vicios. Llegó a tanto el desorden, que muchos de estos niños caían en manos de embaucadores, que con el nombre de hechiceros, alucinaban a los necios y sacrificaban horriblemente a estas inocentes criaturas. No pocas eran también recogidas o compradas por los limosneros, quienes rompían sus delicados miembros para desfigurarlos, y moviendo la compasión del público, reunir más limosnas.3 Así es que estos pobres inocentes eran víctimas desgraciadas, destinadas a la muerte o a las aras detestables de bárbaros designios. Lo más digno de compasión era, que casi todos morían sin recibir el bautismo, pues la viuda que los cuidaba confesó que jamás había bautizado ni hecho bautizar a ninguno de cuantos le habían entregado.
La noticia de lo que pasaba con los expósitos hirió profundamente el corazón de Vicente, pues veía que en una ciudad cristiana y rica no había quien fijase la atención en una necesidad que tan graves daños causaba, y aunque su caridad le instaba para que pusiese el remedio, no teniendo por entonces ningún recurso, pidió a algunas señoras de la Caridad que visitasen las veces que pudiesen aquella casa del Parto, no tanto para conocer sus deplorables males, pues que a todos eran notorios, cuanto para tantear si por medio de ellas podía encontrarse algún camino para socorrer a aquellos desamparados niños. Obedecieron estas piadosas señoras el precepto de Vicente yendo a visitar la casa del Parto, y produjo tal compasión en ellas el aspecto de aquellos infelices expósitos, que unánimemente resolvieron sacarlos de tan poco merecidas desdichas. Era dificultosa la empresa, porque lo necesario para tenerlos a su cargo, era mucho más de lo que podían disponer, y así determinaron por esta vez hacer criar solamente doce de ellos que sacaban por suerte; dieron principio a esta obra de tanto mérito el año de 1638, encomendándolos al cuidado de la Sra. Le Gras, de quien ya se ha hecho mención, y de algunas Hermanas de la Caridad que para este objeto señaló Vicente; y como la piedad de estas señoras no quedaba satisfecha con hacer criar a los doce niños, se llevaban de cuando en cuando algunos más, sacándolos por suerte como los primeros. El bien que estas criaturas recibían, había hecho aumentar la compasión para con los que quedaban en la casa, y por esto después de muchas conferencias, en 1640 se reunieron todas las señoras de la Caridad con Vicente para discurrir sobre los medios de recoger a todos aquellos pobres niños.
Representó el siervo de Dios en esta junta la necesidad y el merecimiento de esta obra de misericordia con tan afectuosas y eficaces palabras, que antes de terminar aquel acto resolvieron todas con gran generosidad tomar a su cargo la crianza de todos los expósitos, sin excluir a ninguno de este beneficio; mas como la prudencia era una de las grandes virtudes de Vicente, luego que las persuadió a emprender esta obra, dispuso que por entonces no tomasen a los expósitos a su cargo sino por vía de ensayo, y no como una obligación de su instituto, pues para dar solidez a la empresa, aguardaba que la experiencia enseñara lo que sería más conveniente hacer. Esto dispuesto, pasaron a todos los niños a otra casa, y desde entonces hasta el presente han sido mantenidos por aquellas señoras, y cuidados con la mayor ternura por las Hermanas de la Caridad. No cesaba Vicente de buscar medios para establecer con solidez aquella obra; recurrió a la celebrada piedad de la reina madre, y obtuvo una asignación de mil doscientas liras4 anualmente de limosna para este efecto.
Mas como los gastos eran mucho mayores que las entradas, pues todos los años se consumían en mantención de los expósitos cerca de cuarenta mil liras,5 tenían muchas veces las señoras grandes aflicciones para mantenerlos, y llegaron a creer que no podría continuarse la obra por más tiempo; y luego que conoció Vicente los daños que podrían resultar de estas dudas y temores, resolvió en 1648 celebrar otra junta general, en la que dejó a las señoras en libertad para continuar la empresa comenzada o abandonarla enteramente, pues no estando, como dijimos antes, obligadas a ello por su instituto, sino solo por la voluntaria caridad que querían ejercer con aquellos inocentes, en su mano estaba continuar asistiéndolos o abandonarlos enteramente. Manifestóles las razones que había para disuadirías y para persuadirlas; les hizo ver que el celo y caridad que las animaba habían conservado de quinientos a seiscientos niños, que sin duda hubieran muerto sin el auxilio de ellas, y entre estos, muchos estaban aprendiendo ya un oficio, y otros en estado de aprenderlo; que gracias a sus cuidados, estos pobres niños habían aprendido a conocer y alabar a Dios luego que comenzó a desatarse su lengua, y finalmente, que por aquellos principios podían inferir cuántos frutos produciría en adelante su caridad si con constancia perseveraban en ella; y luego, lleno de fervor, elevó la voz para terminar su discurso con estas memorables palabras: «En fin, señoras, la compasión y la caridad os han hecho adoptar por hijos a estas tiernas criaturas; vosotras sois sus madres según la gracia, desde el instante en que sus madres según la naturaleza, las abandonaron; veamos ahora sí también vosotras queréis abandonarlas. Dejad por un momento de ser madres para erigiros en jueces: la vida o la muerte de estos inocentes está en vuestras manos; voy a recoger las opiniones y los votos. Ya se acerca el momento de pronunciar su sentencia, y de saber si en adelante ya no queréis tener misericordia de ellos. Vivirán, si continuáis prodigándoles vuestro caritativo cuidado y al contrario, morirán infaliblemente, si los abandonáis: la experiencia no permite poner esto en duda«.
El extraordinario fervor con que pronunció Vicente estas últimas palabras, movió de tal modo los corazones de aquellas señoras, que unánimemente resolvieron continuar en la empresa a cualquier precio que fuese, y allí mismo comenzaron a tratar sobre los medios que podrían emplear para dar firmeza a su obra. Pidieron luego al rey y obtuvieron de su liberalidad, el famoso castillo de Bicetre, a donde llevaban a los niños luego que se destetaban, y en donde permanecieron por algún tiempo; pero como el aire era demasiado frío y contrario a su delicadeza, y por otros inconvenientes que no era fácil remover, al fin se vieron obligadas las señoras a volverlos a París, en donde alquilaron una casa en el arrabal de San Lázaro, y donde fueron asistidos por doce hermanas de la Caridad. En esta casa se tienen asalariadas algunas amas para criar a los niños luego que llegan, y mientras que otras de las aldeas vienen para llevarlos a criar al campo. Luego que los destetan, vuelven a la misma casa, en donde las hermanas de la Caridad tienen cuidado de enseñarlos a rezar y alabar a Dios desde que comienzan a pronunciar las primeras palabras; y cuando llegan a mayor edad, los ocupan en algunas obras de manos, para apartarlos del ocio, hasta que después los ponen a aprender algún oficio adecuado a las disposiciones que cada uno manifiesta. En fin, los que al nacer desconocía antes la naturaleza y reprobaba la sociedad; los que en el umbral de la vida encontraban de mil horribles maneras la muerte, hoy los recibe la mano de la piedad, los educa el afán materno de la Religión, dándoles los medios proporcionados para vivir honradamente, los convierte en hijos agradecidos a la Religión y en ciudadanos laboriosos al Estado. Reconozcan todos en Vicente el piadoso padre que la Providencia Divina ha substituido al ingrato que les dio la naturaleza.
- Hacen 780 pesos.
- Poco menos de 2 reales.
- En comprobación de esto, copiamos el siguiente pasaje del panegírico de San Vicente de Paul, compuesto por el cardenal Maury, y cuya constancia se encuentra en la 7ª memoria de la Colección 5ª de las actas de la canonización. «Al volver Vicente de Paúl, a quien casi me atrevo a llamar el ángel visible de la Providencia, de una de sus misiones, encontró a extramuros de la ciudad a una de estas criaturas en el momento en que un miserable mendigo quebrantaba sus miembros. Sobrecogido de horror, acude con la intrépida confianza que da la virtud y aterra al criminal, y le grita: bárbaro, tu figura me ha engañado, porque a lo lejos me pareció que eras un hombre; y arrancándole a su víctima, la llevó en sus brazos por las calles de París invocando la conmiseración pública; y a la multitud que le rodea cuenta lo que acaba de ver, pide socorro a la religión y a la naturaleza, etc«.
- Hacen 430 pesos
- Hacen 8000 pesos.







