Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 31

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XXXI: Instituye Vicente una Cofradía de señoras para el servicio de los hospitales de París y para otras muchas obras de caridad.

Era cuidado principal de Vicente el alivio de su prójimo, no sólo en sus necesidades espirituales, sino en los trabajos corporales, y oía por esto con mucho agrado cuanto para este fin se le proponía, acometiendo cualquier empresa por difícil que pareciese, particularmente cuando al deseo de dar la mano a los pobres se unía la obediencia a la orden de los superiores. Por esta razón el año de 1634 puso por obra el designio que le propuso la esposa del presidente Goussault, señora de singular piedad, que habiendo quedado viuda en la flor de su edad, se negó a oír las propuestas del mundo para ventajosos casamientos, con el fin de consagrarse enteramente al servicio de Dios en la persona de los pobres enfermos. Visitaba a menudo los hospitales de París, y no encontrando en ellos el buen orden que le parecía conveniente, se dirigió a Vicente suplicándole que procurase mejor asistencia a aquellos desgraciados. Respondióle con grande humildad que no le parecía acertado entrometerse en ajenos negocios, ni con imprudente celo dar reglas a un hospital, cuyos directores y administradores en lo espiritual y en lo temporal eran personas de prudencia y disposición, según su juicio. Por tal respuesta conoció esta piadosa señora, que le era necesario valerse de la autoridad del arzobispo de París para que diese Vicente su consentimiento, y que sus observaciones no fuesen obstáculo para tan importante obra. Así lo hizo; y habiendo conferenciado con el arzobispo, conoció este prelado que sus deseos eran hijos de un corazón caritativo. Concedióle cuanto pedía; y mandando luego llamar a Vicente, le manifestó que le sería muy grato el que se encargase de fundar esta Cofradía de señoras, que tuviesen por fin particular el cuidado de los enfermos del hospital.

Obedeció prontamente Vicente lo que el arzobispo había dispuesto: y confiando enteramente en Dios para el buen éxito de esta obra, comenzó a buscar los medios de establecer la Cofradía.

Reunió con este objeto a algunas piadosas señoras y les propuso el proyecto con tiernos y eficaces discursos que animaban a todas a emprender con gusto esta nueva obra de caridad. En una segunda reunión que después tuvieron, concurrió mayor número de señoras, entre ellas la mujer del gran canciller y otras de la primera nobleza y notoria piedad; para organizar desde luego el gobierno de la Cofradía, nombraron una priora, una asistenta y una tesorera, y por común acuerdo eligieron a Vicente por director perpetuo de la Cofradía.

Pronto llamó la atención de todos el ejemplo de caridad que daban estas piadosas señoras, y el deseo de imitarlas hizo de tal modo progresar el instituto, que en pocos meses se hallaban inscritas más de doscientas señoras principales que tenían por mucha honra el servir a Dios en la persona de los pobres, mirándolos como la viva imagen de su Hijo y Redentor nuestro.

Como Vicente vio que ninguna dificultad se había presentado en la ejecución de aquella obra tan del agrado de la Majestad Divina, se imaginó que sin alguna fuerte oposición no podría tener firmeza, como si por experiencia supiese que los más profundos cimientos de los edificios de beneficencia nunca se abren mejor que cuando las contradicciones se presentan. Hacíale temer su prudencia que con estos ejercicios de piedad se descubriría la falta que había de ella en los que servían el hospital, en lo cual no se engañó, pues a poco tiempo comenzaron a levantarse algunas quejas de parte de los superiores que gobernaban el hospital; pero Vicente, interviniendo con su gran modestia y prudencia en estas desavenencias, consiguió que estos se convenciesen de la recta intención de aquellas señoras, cuyo único fin era el alivio de los enfermos, y que para tal objeto y no para otro, había dado el arzobispo su aprobación; y quedando convencidos con estas y otras razones de Vicente, dejaron a aquellas señoras en plena licencia para ejercitar en el hospital su caridad.

Arreglado este importante punto, nombró a las que habían de dar principio a esta obra, y entre los consejos que les dio, fue el principal que estuviesen en buena amistad con las monjas que estaban en el hospital encargadas del gobierno y asistencia de los enfermos, sin desdeñarse porque fuesen de humilde condición; antes bien que las tratasen como amigas y hermanas, estando siempre prontas a servir a los enfermos en su compañía, para participar del mérito de sus buenas obras, y que el medio mejor para conservar siempre hacia ellas un afecto firme, y evitar los daños que suele engendrar la oposición, era el venerarlas y honrarlas, considerando la nobleza de su ejercicio, que las asemejaba a los ángeles. Decíales además de esto: «Considerad, señoras, que nuestro objeto es contribuir a la salud corporal y espiritual de los pobres, y difícilmente lo conseguiremos sin el auxilio de estas buenas religiosas; conviene por esto ganarles la voluntad, estimándolas y tratándolas como a esposas de Jesucristo y a señoras de la casa. Es propio del espíritu de Dios obrar con dulzura y amor, y el medio más seguro para lograr lo que se desea, es imitarlo«.

Con estos importantes consejos dio principio Vicente a tan santa obra, y observándolos puntualmente las señoras, dieron luego a conocer que se arreglaban a tan singular prudencia; uniendo a la caridad y profunda humildad que guiaba todas sus acciones la conformidad en cuanto se trataba de hacer, ganaron prontamente el corazón a aquellas esposas de Cristo, de modo que en adelante pudieron con toda libertad satisfacer sus piadosos deseos, ya consolando a los pobres enfermos, ya exhortándolos con tiernas palabras a que sacasen fruto de sus enfermedades, llevando con paciencia los males que Dios les enviaba para la salvación de sus almas.

Fuera de estos consejos, relativos a la paz y unión con las religiosas, dióles Vicente otros muchos avisos para la práctica de la caridad que hacían. Les encargaba mucho que para venir al hospital, usasen vestidos sencillos, tanto para honrar la pobreza de Cristo, cuanto para no despertar melancólicas ideas en los pobres enfermos, quienes suelen entristecerse viendo las pompas vanas y superfluos adornos de las personas ricas, mientras que ellos en una miserable cama padecen, y tal vez están privados aun de lo más necesario. Encargábales también que al comenzar la visita pidieran a nuestro Señor como verdadero padre de los pobres, su soberana asistencia, invocando su santo nombre, y que recurriesen a la poderosa intercesión de su Santísima Madre y al patrocinio de San Luis, fundador de aquella casa. Y para que estas visitas fuesen más provechosas y bien recibidas, se resolvió con el parecer de Vicente, que las palabras de consuelo fuesen acompañadas de algunos regalos para mayor alivio de los enfermos, pues el necesitado oye mejor lo que se le aconseja, cuando se ve socorrido; y con este objeto se alquiló una pieza inmediata donde tener preparado y guardado todo lo que se les podía dar.

En el mismo hospital entraron las Hermanas de la Caridad, no sólo para ayudar a las señoras en las distribuciones de que hemos hablado, sino también para procurar todo lo necesario a los enfermos. Acostumbraban aquellas señoras suministrarles tanto los remedios que exigía su enfermedad, cuanto los alimentos que podían serles inocentemente deleitosos; por las mañanas les servían con sus propias manos algunas bebidas de leche, y por las tardes les repartían bizcochos, dulces y frutas, según el tiempo y el gusto de cada uno.

Era de mucha edificación para toda la ciudad el ver tanta nobleza empleada en estos ejercicios; todos admiraban la prontitud y piedad con que asistían las señoras a los pobres enfermos, el cuidado que tenían en disponerlos a una buena muerte, si la enfermedad era de peligro; y si no lo era, la fuerza de las razones con que los exhortaban a hacer firme resolución de vivir cristianamente en adelante; la paciencia y benignidad con que enseñaban a las mujeres ignorantes las cosas necesarias para su salvación, y cómo las disponían para hacer una confesión general, si lo creían importante para la seguridad de sus conciencias; y para cerrar la puerta a la vanidad que aun en las obras buenas sabe derramar su veneno, hizo Vicente imprimir un librito para que siempre lo tuviesen consigo cuando ejercitaban estos actos de caridad, aparentando de este modo que aquellas exhortaciones no eran discursos propios, y así corriese menos peligro la humildad.

Luego que se hallaban los enfermos instruidos y dispuestos para confesarse, lo hacían con uno de los sacerdotes destinados a este efecto por las mismas señoras, y uno de ellos entendía varias lenguas para socorrer las necesidades de los forasteros y peregrinos. Mas como aumentase cada día el número de enfermos, a estos sacerdotes se agregaron después otros cuatro, con la obligación no solo de confesar, sino también de doctrinar y exhortar a los hombres en los términos que se hacía con las mujeres.

Cerca de dos años después de la fundación de esta Cofradía, creyó Vicente que convenía elegir un cierto número de las mismas señoras que de tres en tres meses se ocupasen particularmente en la instrucción y consuelo espiritual de las mujeres, mientras que otras les procuraban los socorros corporales, porque la experiencia le había hecho conocer que difícilmente se encontraban reunidas en una misma persona estas dos diversas disposiciones. Propúsolo así Vicente en una junta general; y habiéndose aprobado unánimemente esta resolución, se nombraron catorce señoras para ponerla en ejecución desde el día siguiente. Quiso sin embargo Vicente que antes que estas diesen principio a su ejercicio, fuesen a recibir la bendición de los canónigos de la iglesia Catedral, a cuyo cargo estaba el gobierno del hospital. Así lo hicieron, y pasaron luego a desempeñar sus cargos.

A los tres meses se eligió igual número de señoras para el mismo fin, y hacía Vicente que se juntasen tanto las que entraban en el oficio como las que salían, con la priora y demás empleadas en el gobierno de la Cofradía; y las últimamente electas se informaban de las anteriores sobre el modo con que habían desempeñado sus funciones y el fruto que Dios había dado a sus afanes, para que la experiencia de unas pasase a la práctica de las otras. No es fácil referir el número de los que, gracias a estos ejercicios, tuvieron una muerte cristiana, o salieron con firme resolución de tener en adelante una vida irreprensible. Otros bienes han resultado de este piadoso empleo, y entre ellos no ha sido pequeño el contar en el primer año que estas señoras lo practicaron, setecientos sesenta entre calvinistas, luteranos y turcos que abrazaron la fe católica; y fue tan grande el crédito que tuvo este hospital y tan abundantes las bendiciones que derramaba el cielo sobre los trabajos de estas señoras, que un personaje principal de París, habiendo caído enfermo, pidió por singular favor entrar en él pagando cuanto fuese necesario, para disfrutar en unión de los pobres aquella piadosa asistencia.

No contentándose esta Cofradía con lo que hacía en beneficio de los enfermos del hospital, se empleó después en otras muchas obras de piedad , según veremos adelante, y por esto fueron comúnmente llamadas aquellas señoras las Damas de la Caridad. Sería difícil empresa querer referir en pocas líneas sus muchas virtudes y maravillosas acciones, y dar a conocer a cada una de estas heroínas de la caridad; mas para no pasarlo todo en silencio, haremos sucinta memoria de una de las más fervorosas, que murió en 1651.

Fue esta la Sra. Delandes, viuda del presidente Delamoignon, varón eminente por su piedad, liberalidad y amor a la justicia; esta gran mujer, digna de eternas alabanzas, fue una de las primeras que se inscribieron en la Cofradía, y por sus bellas cualidades mereció ser reelegida priora hasta su muerte; acompañaba a una ardiente caridad, penitencias extraordinarias y mortificación de todas sus potencias y sentidos; maceraba su delicado cuerpo con un continuo y áspero cilicio; en las juntas de las señoras, solía con palabras nacidas de su celo inflamarlas en amor de Dios y del prójimo, y estimulándolas con su ejemplo, las hacia abrazar dificultosas y repugnantes empresas. Por su particular compasión para con los pobres, todos en sus necesidades acudían a ella como a madre, y ella los socorría y acariciaba como si fuesen sus hijos. Mucho se echó de ver en su muerte el grande amor que los pobres tenían a su bienhechora, no solo por las copiosas lágrimas que derramaron, sino por el empeño que tuvieron en conservar su cuerpo, dándole ellos mismos sepultura en su parroquia, contra la expresa disposición de su testamento, y venciendo la fuerte oposición de unos religiosos, en cuya iglesia se debía enterrar. Esta carrera de tantas virtudes prácticas, fue fruto del celo de Vicente; y aunque no fue este uno de los mayores bienes que hizo en su tránsito por la tierra, por él solo se hace acreedor del tierno título de Padre de los pobres.

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