Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 30

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XXX: Da reglas Vicente a esta Congregación. Ocupaciones y ejercicios de piedad de las Hermanas de la Caridad.

Éste fue el origen de la Congregación de las Hermanas de la Caridad consagradas al servicio de los pobres enfermos, y de este modo Vicente, sin contribuir a su establecimiento más que correspondiendo fielmente a los designios de Dios luego que le fueron manifiestos, se encontró casi repentinamente autor de esta caritativa empresa y padre espiritual de estas virtuosas mujeres.

En este capítulo vamos a hablar de algunas cosas dignas de notarse pertenecientes a esta comunidad, que erigió en Congregación la autoridad del difunto arzobispo de París, cuya cédula de erección contiene entre otras cosas lo siguiente:

«Por cuanto a que Dios se ha servido bendecir la empresa que nuestro muy amado Vicente de Paúl ha acometido, le hemos confiado y confiamos por la presente la conducta y dirección de la dicha comunidad por el tiempo de su vida, y después de su muerte a sus sucesores los superiores generales de la Congregación de la Misión, etc«. Autorizó el rey este establecimiento por real cédula registrada en el parlamento de París, según se ha dicho.

Como se viese Vicente tan expresamente encargado por la Divina Providencia de la dirección de esta comunidad, creyó que en adelante debía poner todo su esmero en perfeccionar una obra que la bondad divina había comenzado. Con este objeto propuso en primer lugar a estas virtuosas mujeres como máxima fundamental, el considerarse destinadas por la voluntad de Dios para servir a nuestro Señor Jesucristo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres enfermos, tanto hombres como mujeres y niños, ya vergonzantes, ya mendicantes; y para que fuesen dignas servidoras del Señor en tan santo ejercicio, les encargó que trabajasen especialmente en su propia perfección, procurando hacer todos sus ejercicios con espíritu de humildad, sencillez y caridad, como lo hizo nuestro Señor Jesucristo en la tierra, y con el mismo fin que excluye la vanidad o respeto humano, el amor propio y la satisfacción natural. Recomendóles también muy particularmente otras virtudes que consideraba necesarias para la perfección de su estado, como son la obediencia a los superiores y curas de las parroquias, la indiferencia en cuanto a los lugares, empleos y personas, la pobreza para vivir con gusto en la clase que corresponde a las criadas de los pobres, y la paciencia para sufrir con resignación y por amor de Dios las incomodidades, contradicciones, burlas, calumnias y otras mortificaciones que puedan sobrevenirles, aun como recompensa del bien que hayan hecho, teniendo presente que cuanto padezcan no es más que una parte de la cruz que nuestro Señor quiere que lleven en pos de él en esta vida, para hacerse merecedoras de vivir con él en el cielo.

Paréceme poco necesario para dar idea de este instituto, el hablar detenidamente de sus reglamentos interiores, pues tienen por objeto la práctica de la oración mental, la frecuentación de los sacramentos, los retiros anuales, las conferencias espirituales, la unión y caridad mutuas, la uniformidad en la vida, hábitos y acciones, y en fin, una singular modestia.

Además de este reglamento, dióles otros Vicente, relativos a cada empleo en particular, señalándoles lo que deben hacer en cualquier lugar que se encuentren, ya en las ciudades, ya en las aldeas, y tanto con respecto a las personas que las ocupen, como a los pobres que sirvan o enseñen. Seis son estos reglamentos particulares, y todos ellos diferentes: el primero, para las hermanas que asistan a los enfermos en las parroquias; el segundo, para las que dirijan las escuelas; el tercero, para las que se encarguen de los niños expósitos; el cuarto, para las que ayuden a las señoras que sirven a los pobres del Hotel-Dieu de París; el quinto, para las hermanas que sirven el hospital de los galeotes; y el sexto, para las que sirven a los enfermos en cualquier hospital.

Adviértenles estos reglamentos con mucha particularidad las ocasiones peligrosas que han de evitar, las precauciones que han de tomar y las diferentes miras que deben tener; en fin, todo lo que tienen que hacer o decir hasta en las circunstancias más pequeñas para alimentar, curar, medicinar, limpiar, edificar, consolar y amonestar a los pobres, grandes y pequeños, sanos y enfermos. Con mucha razón puede decirse que los reglamentos que daba Vicente eran perfectos, porque nunca se daba prisa para formarlos; queda que Dios fuese el único autor de ellos, y que el espíritu humano no tuviese más parte que la ejecución. Estos reglamentos, frutos de larga experiencia, se compusieron de acuerdo con la señora Le Gras, mujer tan entendida como dedicada al servicio de toda clase de pobres. Con esos mismos reglamentos desempeñan sus deberes las buenas hermanas, con mucha bendición y consuelo de cada uno, lo que las ha hecho desear y pedir de todas partes. Muchas ciudades del reino, aun de las principales, quieren tenerlas, y gran número de señores y señoras que poseen algunos terrenos, desean establecerlas en ellos; y aunque pequeña esta compañía, con ayuda de Dios satisface poco a poco los deseos de todos. Presentóse una buena ocasión a las doncellas y viudas que desean retirarse del mundo y asegurar su salvación por el camino de la práctica de la caridad, y particularmente a las que deseando ser religiosas, no pueden serlo por falta de dote, pues entran sin él en esta compañía, en donde no se exige más que lo muy necesario para su primer hábito, y sólo se atiende a la buena disposición de cuerpo y de espíritu para corresponder a la gracia de tan santa vocación: es tan grande ésta, que no pueden comprenderla las personas de poca piedad, y que Vicente ha pintado en estas pocas palabras.

«Una hermana de la Caridad, dice, necesita tener más virtud que las más austeras religiosas. Ninguna religión desempeña tantos oficios como ésta, porque las hermanas de la Caridad tienen casi todos los de las otras religiosas, trabajando primeramente en su propia perfección, como las del Carmen y otras semejantes; cuidando a los enfermos, como las del Hotel-Dieu de París y otras hospitalarias, e instruyendo a las niñas pobres, como las ursulinas«.

Vamos ahora a referir algunas prevenciones de los reglamentos particulares que ha dado Vicente a las hermanas que sirven a los pobres enfermos de las parroquias.

«Deben considerar que aun cuando no estén en religión por no ser compatible este estado con el ejercicio de los deberes de su instituto, sin embargo, han de tener igual o mayor virtud de la que generalmente se nota en los claustros de las otras órdenes religiosas, considerando que en lo general, su monasterio es la casa de los enfermos, su celda un cuarto de alquiler, su capilla la Iglesia de la parroquia, su claustro la calle de la ciudad o las salas de los hospitales, su clausura la obediencia, su reja el temor de Dios y su velo una santa modestia. Por tanto, tienen necesidad de gran vigilancia: en cualquier lugar a donde las llamen sus funciones, deben portarse con tal recogimiento, que en nada ceda al fervor de los claustros más regulares. Y para que Dios les conceda esta gracia, deben procurar con sumo cuidado la adquisición de todas las virtudes que les recomienda su regla, particularmente la profunda humildad, perfecta obediencia y mucho desprendimiento de las criaturas; tomarán sobre todo las mayores precauciones que les sea posible para la perfecta conservación de la castidad de cuerpo y de corazón.

«Tendrán continuamente en el pensamiento el objeto principal con que Dios quiere que estén en las parroquias, que es el de servir a los pobres enfermos, no sólo corporalmente dándoles los alimentos y medicinas, sino espiritualmente, procurando que reciban con tiempo los sacramentos, de tal modo que los que hayan de morir, salgan en buen estado de esta vida, y los que hayan de sanar hagan firme propósito de vivir bien en adelante; y para darles más eficazmente este socorro espiritual, harán cuanto esté de su parte, y emplearán todo el tiempo que les sea posible, según lo exija la caridad y condición de los enfermos. Entre los socorros espirituales que más particularmente deben darles, ha de ser el de consolarlos, alentarlos e instruirlos en las cosas necesarias para su salvación, procurando que hagan actos de fe, de esperanza y de caridad para con Dios y para con el prójimo, y actos de verdadera contrición; exhortándolos a que perdonen a sus enemigos, a que pidan perdón a los que hubieren ofendido, a que se resignen a la voluntad de Dios, ya sea para padecer, ya para sanar o para morir, y en fin, a que hagan otros actos semejantes, pero no todos a un tiempo, sino poco a poco cada día y del modo más breve que puedan, a fin de no fastidiarlos.

Procurarán muy especialmente, con la ayuda divina, disponerlos a hacer confesión general, sobre todo, si hay peligro de que mueran de su enfermedad, manifestándoles cuán importante es esta confesión y enseñándoles el modo de hacerla; diciéndoles, entre otras cosas, que pronto han de dar cuenta, no solo de los pecados que han cometido desde la última confesión, sino de todos los de su vida, confesados u olvidados. Y si no les permitiese su estado hacer esta confesión general, por lo menos los exhortarán a hacer un acto de contrición general de todos sus pecados, con firme propósito de morir antes que volver a pecar, con ayuda de la gracia de Dios.

Si llegasen a la convalecencia los enfermos y luego recayesen otra u otras veces, cuidarán de exhortarlos a que de nuevo reciban los sacramentos, aun el de la Extrema-Unción, vara procurarles el gran bien que de esto debe resultarles. En la última hora los ayudarán a bien morir, exhortándolos a que hagan los actos antes dichos, y rogando a Dios por ellos.

Si sanaren, procurarán con mucho cuidado las hermanas que saquen provecho de su enfermedad y de su curación, manifestándoles que Dios ha permitido que el cuerpo se enferme para curar el alma; que les ha concedido la salud corporal, para emplearla en hacer penitencia y vivir bien en adelante; que deben por lo mismo hacer firme propósito de cumplir esto, y renovar las promesas que hayan hecho en su enfermedad, para lo cual les aconsejarán que practiquen algunos actos adecuados a su capacidad, como es rogar a Dios de rodillas a mañana y tarde, confesarse y comulgar muchas veces al año, huir las ocasiones de pecar; todo lo cual harán con la mayor brevedad, sencillez y humildad que les sea posible.

Para que estos servicios espirituales no redunden en perjuicio de la asistencia corporal de otros enfermos, pues pudiera suceder que por emplear mucho tiempo en hablar a un enfermo, perjudicasen a los otros no llevándoles a su tiempo los alimentos o medicinas, arreglarán sus horas de modo que, atendiendo a los unos, no desatiendan a los otros, y puedan dedicarse a sus ejercicios con arreglo a las necesidades y al número de los enfermos. Y como quiera que sus ocupaciones de la noche regularmente no son tan urgentes como las de por la mañana, emplearán aquel tiempo de preferencia para instruirlos y exhortarlos del modo que se ha dicho, particularmente cuando les lleven los medicamentos.

Deben considerar que sirven a Dios en la persona de los enfermos, y por consiguiente tan poco caso han de hacer de los elogios que les hagan, como de las injurias que les digan, si no es para sacar fruto de unos y otras; pues en cuanto a aquellos, considerarán la nada y miseria de su naturaleza, y en cuanto a estas, las recibirán con agrado para honrar el menosprecio que sufrió el Hijo de Dios en la Cruz de los mismos a quienes colmaba de favores.

Ningún regalo, por pequeño que sea, recibirán de los pobres que asistan, teniendo presente que ellos nada les deben por los beneficios que reciben, pues estos son pagados liberalmente con ganar amigos en el cielo que las recibirán un día en los tabernáculos eternos; y aun en esta vida tiene su recompensa el servicio que hacen a los pobres enfermos, con el placer puro que se siente en obrar bien; más satisfactorio que cuantos el mundo pueda ofrecer, y del que no deben abusar, si no antes bien, experimentar con confusión al considerarse indignas de disfrutarlo«.

Bien se echa de ver en lo poco que hasta aquí se ha dicho de los reglamentos que dio Vicente a sus hijas, el espíritu en que las formaba y el grado de perfección a que las hacía llegar; y aun mejor se ve el espíritu de que estaba animado, y los dones abundantes y sobrenaturales luces con que Dios lo favorecía, y él derramaba con tan buen éxito en el alma de todas sus hijas.

Aprovechando el siervo de Dios las circunstancias que se presentaban, dióles otros consejos particulares relativos a cierta clase de personas: v. gr., a los eclesiásticos de las parroquias en donde sirviesen. Recomendóles por una parte, que los mirasen con el mayor respeto, y por otra, que no los visitasen, ni hablasen con ellos más que en el confesionario, a no ser en caso de mucha gravedad; también les aconsejó que nunca fuesen solas a casa de ellos, ni los recibiesen en sus habitaciones; que cuando se enfermasen no los asistieran ni les llevasen las medicinas; que no se encargasen de lavarles las albas, sobrepellices ni otras vestiduras eclesiásticas, ni de la limpieza y adorno de las iglesias y altares, ni del cuidado de la lámpara y otras semejantes ocupaciones, que aunque en sí son buenas, pero no siendo conformes con su instituto, las distraerían del cuidado de asistirá los pobres.

Encargábales también que, sin urgente necesidad, no visitasen a los particulares, de cualquier clase y condición que fuesen, y que no se familiarizasen en el trato con ellos, para no perder el tiempo; que no se encargasen de asistirlos en sus enfermedades, ni a ellos, ni a sus hijos o sirvientes; ni se entrometiesen en sus negocios particulares, en el cuidado de sus casas, en la preparación de sus medicamentos, etc.; pues nada de esto es conforme con su instituto, que mira a los pobres enfermos y no a los ricos. Exhortábalas muy particularmente a la observancia exacta de lo antes dicho, por ser de mucha más funesta consecuencia su infracción de lo que a primera vista aparece, pues por ser esas ocupaciones más fáciles, más agradables, y aun, según el mundo, más honrosas, las desempeñarían naturalmente con mucho más gusto, y esto haría que poco a poco fuesen viendo con disgusto lo que es más agradable a nuestro Señor y conforme con el fin principal de su instituto.

Cuéntanse además de las parroquias en donde sirven estas buenas mujeres, cinco hospitales en París en que está a su cargo el cuidado de los pobres enfermos: en primer lugar el Hotel-Bien, en donde van a auxiliar a las señoras que visitan a los enfermos de este hospital; en segundo, el de los niños expósitos, lugar en donde su caridad tiene abundante cosecha, pues no hay año en que no cuiden, con admirable ternura, del alimento y educación de trescientos o cuatrocientos niños que les llevan; en tercer lugar, el hospital de los criminales condenados a galeras, ejerciendo en él grandes obras de misericordia, pues la imaginación no alcanza a concebir el grado de miseria corporal y espiritual de esta clase de hombres; por eso necesitan las hermanas que se destinan al cuidado de ellos una gracia extraordinaria de Dios, y Vicente ha procurado que sean las que más progresos hayan hecho en la perfección; en cuarto lugar, el establecimiento que llaman de las Casillas, en donde cuidan del aseo, alimentos e higiene de los pobres dementes de ambos sexos, cuyo número es muy considerable, asistiéndolos con gran dulzura en sus enfermedades; y los administradores de este hospital han declarado que por el cuidado de las hermanas se han cortado abusos sin número que redundaban en ofensa de Dios, deterioro de la casa y perjuicio de los pobres dementes; por lo que todos han quedado edificados de la conducta que ellas observan; en quinto y último lugar, el hospital del Nombre de Jesús, en que asisten estas caritativas hermanas a muchos hombres y mujeres de muy avanzada edad.

No son solamente estos cinco hospitales y las parroquias de que se ha hecho mención, las que reciben el calor de la ardiente caridad de las hijas de Vicente, sino otros muchos hospitales de los departamentos de Francia y aun de Varsovia, ciudad de Polonia; en todos ellos sirven a los pobres con gran bendición del cielo. Vamos a copiar con motivo de esto una carta que escribió Vicente a la Sra. Le Gras cuando se trató de enviar tres hermanas a Poitou:

«Pido a nuestro Señor, dice, que dé su santa bendición a nuestras caras hermanas, y que las haga participantes del espíritu que ha dado a las buenas señoras que cooperaron con él a la asistencia de los pobres enfermos y a la enseñanza de los niños. ¡Oh buen Dios, cuán felices son estas hermanas en ir a continuar en el lugar a donde se envían, la caridad que ejerció nuestro Señor en la tierra! ¡Cuánto regocijo causará esto en el cielo, y cuántas alabanzas recibirán en la otra vida, y con cuánta confianza se presentarán en el día del juicio después de haber hecho tantas obras de caridad! Paréceme que las coronas e imperios de la tierra no son más que un poco de lodo, comparados con la gloria que espero coronará un día sus sienes.

Réstales solamente que en su viaje y ocupaciones se manejen con el espíritu de la Santísima Virgen; que la vean con los ojos del espíritu continuamente, y que obren en todo como por el pensamiento puede representarse que obraría esta Santísima Señora; que sobre todo, consideren su caridad y humildad; que sean humildísimas en el Señor, cordiales entre sí, benéficas para todos y edificación en todas partes; que todas las mañanas antes de ponerse en camino, o en el mismo camino, hagan sus ejercicios de piedad, recen su rosario y tengan algún libro devoto para leer; que tomen parte en las conversaciones que tengan por objeto a Dios; pero no en las mundanas, y mucho menos en las de los libertinos; en fin, que sean duras rocas en donde se estrellen las familiaridades que quieran gastar con ellas algunos hombres.

Luego que lleguen al término de su viaje, visitarán al Santísimo Sacramento; irán a ver al cura, recibirán sus órdenes y procurarán cumplirlas en cuanto a la asistencia de los enfermos y la instrucción de los niños que deben ir a las escuelas. Harán cuanto puedan porque saquen fruto para el alma los pobres enfermos en el tiempo que los asistan corporalmente; obedecerán a las señoras de las Cofradías de la Caridad, y con sus acciones las animarán a practicar con gusto su reglamento; se confesarán cada ocho días, etc., y haciendo esto, aparecerán ante Dios con las obras de una santa vida, y de pobres criadas de pobres enfermos, pasarán a ser grandes reinas en el cielo. Así lo pido a Dios etc«.

Y como en todos estos hospitales en que sirven acontece frecuentemente que el número de los enfermos es en gran manera desproporcionado al corto de las hermanas, resulta que soportan un trabajo excesivamente duro, como se puede notar en la carta siguiente que una de las hermanas que había sido enviada a un hospital, dirigió a Vicente. Dice así:

«Señor: el trabajo nos agobia, y sin duda pronto sucumbiremos a él si no nos viene socorro; os escribo estas cuatro letras en medio de la noche y mientras me toca velar a nuestros enfermos, pues no tengo lugar para hacerlo de día; y aun al escribir ésta tengo que pararme a cada momento para ayudar a bien morir a dos agonizantes que hay. Acércome a uno, y le digo: «Hermano mío, elevad a Dios el corazón, y pedidle misericordia»; y vuelvo a escribir dos o tres renglones, y en seguida voy a ver al otro para decirle en el oído: «Jesús, María, Dios mío, espero en Vos», y luego vuelvo a escribir; y así estoy yendo y viniendo, y escribiendo a retazos con la imaginación dividida. Pero todo se reduce a pediros humildemente que nos enviéis otra hermana, etc«.

Admiró Vicente en esta carta el talento de la hermana para pintar con tan natural elocuencia la gran necesidad que tenía de algún auxilio, y el modo de persuadirlo a que se lo enviara.

Lo que pone el colmo a la caridad de estas buenas hermanas, es lo que han hecho por obediencia, pero con un afecto muy sincero, no solo en los lugares de que hemos hablado, sino también en los hospitales militares a donde el celo de su piadoso fundador las ha enviado, tornando las precauciones convenientes, para que asistan a los soldados heridos y demás enfermos, como sucedió en el hospital de Rethel durante el sitio, y después en el de Calés, en la época del sitio de Dunkerque, en donde murieron dos hermanas por las fatigas de su caritativo oficio.

Un día recomendaba Vicente a sus misioneros que rogasen a Dios por estas buenas doncellas, en estos términos que hemos creído conveniente copiar aquí:

«Os pido que roguéis a Dios por nuestras hermanas de la Caridad que envié a Calés para que asistiesen a los pobres heridos; de cuatro que eran, las dos más sanas y robustas han muerto; pero ya veis que murieron en su tarea. Imaginaos por un momento a estas cuatro pobres doncellas en medio de quinientos a seiscientos heridos y enfermos. Considerad  las disposiciones divinas que han levantado esta corporación en medio de nuestras circunstancias. ¿Y para qué? Para asistir a los pobres corporal y aun espiritualmente, diciéndoles algo que les haga pensar en su eterna salvación, particularmente a los moribundos para ayudarles a bien morir, exhortándolos a que hagan actos de contrición y de confianza en Dios. A la verdad, señores, estas acciones son muy tiernas y de gran mérito ante Dios. ¡Irse con tanto valor y resolución unas pobres doncellas en medio de los soldados para socorrer sus necesidades y contribuir a su salvación! ¡Ir a exponerse a rudos trabajos, a peligrosas enfermedades y aun a la muerte, por unos hombres que se han expuesto a los peligros de la guerra en defensa del estado!

Esto nos prueba cuán grande es el celo que esas buenas hermanas tienen por la salvación de su alma y por el alivio de su prójimo. La reina me ha honrado escribiéndome para que envíe otras a Calés a que asistan a los pobres soldados, y he dispuesto que vayan otras cuatro. Una de ellas que tendrá unos cincuenta años, vino a verme el viernes al Hotel-Dieu, y me dijo que había sabido que dos de sus compañeras habían muerto en Calés, y que venía a ofrecerse para ir a llenar un lugar si no la consideraba yo inútil. Le respondí: «Hermana mía, yo lo pensaré»; y ayer volvió a saber la resolución que había yo tomado. Ya veis, hermanos míos, qué valor tienen estas pobres doncellas para ofrecer su vida, como víctimas del amor de Jesucristo y del bien del prójimo. ¿No es esto admirable? Por lo que a mí toca, no sé decir más, sino que estas hermanas serán mis jueces en el día del juicio. Sí, sin duda, ellas han de ser nuestros jueces, si no estamos dispuestos como ellas a exponer nuestra vida por Dios. La estrecha relación que tiene nuestra Congregación con la suya, pues que Dios quiso que las misiones fuesen el origen de las hermanas de la Caridad, nos obliga a dar a su Divina Majestad gracias por los beneficios que les ha hecho, y a rogarle que continúe sus bendiciones en lo venidero sobre tan buenas doncellas.

No es fácil manifestaros cuánto cuida Dios de ellas, y cuánto las desean por todas partes. Pídeme un obispo para tres hospitales, otro para dos, y otro hace tres días que por segunda vez me las pide con urgencia, pero la falta que tenemos de ellas no me permite servirlos. Días pasados pregunté a un cura de esta ciudad que las tiene en su parroquia, cómo se manejaban, y no me atrevo a decir lo bien que me habló de ellas; y no se entienda que es porque no tienen defectos; ¿quién carece de ellos? pero ellas ejercen incesantemente la misericordia, esta bella virtud, de la que se ha dicho que es la propiedad de Dios. También nosotros debemos ejercerla mientras vivamos: misericordia corporal y misericordia espiritual; misericordia en el campo cuando hacemos la misión, socorriendo las necesidades de nuestro prójimo; misericordia en nuestra casa con los ejercitantes que se retiran a ella, con los pobres que se presentan, y en otras varias circunstancias que Dios nos proporciona; en fin, debemos ser siempre misericordiosos, si queremos hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, etc«.

No es fuera de propósito hacer notar que así como las primeras misiones que hizo Vicente en las aldeas dieron ocasión de que se fundase la Congregación de la Misión, así también las Cofradías de la Caridad que se establecieron en las parroquias, dieron origen, sin premeditación alguna, sino solo por orden secreta de la Divina Providencia, a la Congregación de las Hermanas de la Caridad; de suerte que después de Dios, el establecimiento de estas dos Compañías, su aumento, su utilidad, sus reglamentos y sus prácticas, se deben al celo, prudencia y piedad de su santo fundador, que las ha visto nacer de en medio de sus afanes, las ha cultivado con su dulce conducta, las ha sostenido y asegurado sobre infalibles fundamentos, como son los del Evangelio, y en fin, ha consagrado las dos al amor de Dios y del prójimo; pero a un amor práctico y efectivo que abraza todas las obras de misericordia corporales y espirituales. Háse dedicado a esto Vicente y consumido en esta obra, y de este modo ha abierto a uno y otro sexo un camino para llegar a la perfección. Y para manifestar las relaciones que entre sí tienen estas dos Compañías, y con los cristianos de la primitiva Iglesia, voy a decir lo que el mismo Vicente escribió a un clérigo de su Congregación que le había puesto esta objeción: ¿Por qué los misioneros se encargan de la dirección de las Hermanas de la Caridad, teniendo por regla no encargarse de la conducta de ninguna religiosa? A lo que contestó en una carta fecha 7 de Febrero de 1660:

«Doy gracias a Dios de que hayáis conocido la importancia de las razones que tiene la Congregación para abstenerse de servir a las religiosas, porque no sirviese esto de obstáculo al servicio que estamos obligados a hacer al pobre público; y como deseáis saber qué motivo hayamos tenido para encargarnos del cuidado de las Hermanas de la Caridad, y preguntáis por qué la Congregación teniendo por máxima no encargarse de la dirección de las religiosas, se mezcla, no obstante, en la de estas hermanas; primero os diré: que nosotros no reprobamos la asistencia a las religiosas, alabamos a los que las asisten como a unas esposas de Jesucristo, que han renunciado al mundo y a sus vanidades por unirse a su soberano bien; pero lo que es un bien para otros sacerdotes, no lo es para nosotros. Segundo: que las Hermanas de la Caridad no son religiosas, sino unas doncellas que andan de una parte a otra como las seculares: son personas que viven en sus parroquias bajo la dirección de los curas; y aunque nosotros tenemos la dirección de la casa en donde se educan, es por haberse Dios servido de esto para dar principio a su pequeña Congregación, valiéndose de la nuestra; y bien sabéis que Dios para dar ser a las cosas, emplea las mismas causas de que se sirve para conservarlas. Tercero: nuestra pequeña Congregación se consagró a Dios para servir al pueblo pobre corporal y espiritualmente, y esto desde sus principios; de suerte, que al mismo tiempo que ha trabajado por la salud de las almas por medio de las misiones, ha hallado un nuevo modo de socorrer a los enfermos por medio de las Congregaciones de la Caridad, y la Santa Sede ha aprobado todo esto en las bulas de nuestra fundación. Las Hermanas de la Caridad han entrado en el orden de la Providencia, como un medio que Dios nos ha concedido para que por sus manos hagamos lo que no podemos hacer con las nuestras en la asistencia corporal de los enfermos, y para suministrarles por sus bocas algunas instrucciones que los animen a desear su eterna salud; y así también nosotros tenemos necesidad de ayudarlas para sus propios adelantamientos en la virtud, de modo que cumplan exactamente con sus caritativos ejercicios. Entre ellas y las religiosas hay la diferencia, de que la mayor parte de estas no tienen por fin de su instituto más que su propia perfección; pero nuestras hermanas se dedican como nosotros a cuidar de la salvación y alivio del prójimo; y cuando digo como nosotros, nada digo que sea contrario al Evangelio, sino muy conforme a la práctica de la primera Iglesia, porque nuestro Señor tenía cuidado de algunas mujeres que le seguían; y consta de las Actas de los apóstoles que ellas suministraban víveres a los fieles, y que tenían relación con las funciones apostólicas. Si a alguno le pareciere que puede ser peligroso para nosotros el trato con estas hermanas, respondo: que para esto nos hemos valido de todas las precauciones posibles, estableciendo por regla en la Congregación, que nunca se vaya a visitarlas en sus propias casas sin necesidad urgente, y sin expresa licencia del superior; y ellas tienen también por regla hacer clausura de su propia casa, y no permitir jamás que entren hombres en ella. Espero, Señor, que lo que he dicho en respuesta a vuestra objeción, os dejará satisfecho, etc«.

Hacía Vicente conferencias espirituales a estas doncellas, a las que asistían las que estaban en las parroquias y hospitales de París, reuniéndose hasta ochenta y ciento con este objeto en la casa de su superiora, según con anticipación se les prevenía, y aun se les enviaba por escrito el asunto que en la conferencia debía tratarse, para que se preparasen con la oración. Regularmente hacia hablar a muchas, tanto para disponerles el corazón para las cosas espirituales, cuanto para que las otras participasen de las buenas ideas que Dios les inspiraba, y para que mejor se penetrasen de la importancia de la vida cristiana, a cuya perfección incesantemente deseaba elevarlas; el mismo Vicente les decía al último un discurso de media hora, y algunas veces de una hora y aún más, adecuado a sus necesidades, al alcance de todas, y tan sencillo y persuasivo, que les era fácil cosa retener la mayor parte, haciendo con la práctica de sus consejos continuos adelantos en la vida interior y espiritual. Han recogido más de cien discursos de estos que les decía su buen padre, y hasta el día los leen y meditan en su casa matriz para nutrirse con su doctrina y propagar en todos lugares el espíritu de ardiente caridad, y otras virtudes que comunicó este admirable varón a sus hijas durante su vida, y desde el cielo continúa inspirándoles para gloria de Dios, honra de la Religión y alivio de los desgraciados.

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