Capítulo XXIX: Institución de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, sirvientes de los pobres enfermos.1
Siendo la caridad la más fecunda de todas las virtudes, ordinariamente acontece que apenas acaba una obra, cuando concibe y emprende otra nueva. Verificóse esto con el instituto de que vamos a hablar, y que tuvo por origen el establecimiento de las Cofradías de la Caridad. Había Dios elegido a Vicente para formar una congregación de hombres que evangelizasen a los pobres, y quiso también que él mismo fuese el fundador de una nueva comunidad de mujeres para socorro de los pobres, particularmente de los enfermos. Esta empresa debemos considerarla dirigida por la mano de la Divina Providencia, con tanta más razón, cuanto que Vicente se vio obligado, por decirlo así, a poner mano en ella, como vamos a ver.
Como hemos visto en el capítulo anterior, las Cofradías de la Caridad se establecieron primero en las villas y aldeas, y las señoras se dedicaban personalmente a la asistencia de los enfermos, visitándolos por su turno y llevándoles lo necesario. Cuando se establecieron en París las mismas Cofradías, las señoras de esta ciudad quisieron prestar la misma asistencia a los enfermos; pero multiplicándose el número de señoras, y estando entre ellas muchas principales, solía suceder que por repugnancia de los maridos o por otros motivos, no podían ir en persona a desempeñar sus obligaciones, y mandaban a sus criadas a que hiciesen sus veces, llevando el alimento a los enfermos, haciendo las camas, preparando las medicinas y desempeñando otras funciones semejantes; pero como no tenían disposiciones para estos oficios, ni la caridad con que sus amas los practicaban, pronto se echó de ver que era necesario emplear en el servicio de los pobres personas que pudiesen libremente mirar esto como su única ocupación.
Propúsose esto a Vicente el año de 1630; y después de meditado este negocio en presencia de Dios, recordó que había encontrado en sus misiones muchas virtuosas doncellas poco inclinadas al matrimonio, y faltas de recursos para abrazar el estado religioso; creyó que muchas de estas podrían por amor de Dios dedicarse al servicio de los enfermos; y la Divina Providencia de tal modo facilitaba los medios, que en la primera misión que hizo después de esto, encontró dos que gustosas admitieron la propuesta que se les hizo. Una de estas jóvenes fue a la parroquia de S. Salvador, y la otra a la de S. Benito. Poco después se presentaron otras que fueron a la de S. Nicolás y a otras parroquias.
Luisa de Marillac, viuda del Sr. Le Gras, y de quien extensamente hablaremos al fin de esta obra, se unió a Vicente para organizar la Congregación que comenzaba a formarse. De común acuerdo dieron a estas doncellas los consejos necesarios para manejarse como convenía, tanto con las señoras de la Cofradía de la Caridad, como con los pobres enfermos; pero como estas doncellas venían de diferentes lugares, no tenían relación entre sí, ni más dependencia que de las señoras de las parroquias donde vivían, y como por otra parte carecían de instrucción en el ejercicio de la curación de los enfermos, sucedía que muchas de ellas no cumplían con su encargo, y se hacía necesario volverlas a mandar a sus casas o reemplazarlas por otras; de todo lo cual resultaban inconvenientes iguales o mayores que al principio. Conocióse por la experiencia de lo que pasaba, cuán útil seria tener un número considerable de estas jóvenes, para poder mandarlas a las parroquias donde estaban establecidas las Cofradías de la Caridad, y también cuán necesario que tuviesen un noviciado para aprender lo concerniente a su instituto, como es sangrar, preparar las medicinas y otras cosas semejantes; pero sobre todo, para inspirarles el espíritu de caridad, sin el cual juzgaban los fundadores imposible que pudiesen soportar por mucho tiempo las fatigas de su vida, pues solo un gran fondo de amor de Dios y del prójimo puede dar fortaleza a un sexo tan delicado.
Continuamente pedían a Vicente las señoras de la Cofradía doncellas a propósito para la asistencia de los enfermos, y el siervo de Dios que veía la necesidad que había, recurría como acostumbraba a la oración, pidiendo a Su Majestad con fervor que se dignase proteger aquella obra, si era de su agrado. En poco tiempo pudo ya contar con un número considerable de doncellas, y escoger tres de las que juzgó más útiles, que encomendó, según habían convenido de antemano, a la señora Le Gras, para tenerlas en su casa mantenidas a sus expensas el tiempo que fue necesario para adiestrarlas en el servicio de los enfermos.
Hízose esto como por Mayo de 1633; y de tal modo bendijo Dios estos primeros pasos, que muy en breve, aumentando el número de las doncellas, se formó una pequeña comunidad, que sirvió y sirve hasta el día de hoy de fecundo plantel de las Hermanas de la Caridad, para servir a los enfermos en las parroquias, hospitales y otros lugares a donde son llamadas.
Viendo la señora Le Gras las bendiciones que Dios derramaba sobre esta nueva comunidad, y movida por otra parte del afecto que tenía a los pobres, deseó consagrarse especialmente a la instrucción de las hermanas que tantos bienes podrían hacerles. Consultó este negocio con Vicente, y después de instarle repetidas ocasiones para que le dijese si convenía dar oídos a este deseo, recibió esta respuesta: «Respecto a los deseos que tenéis, os digo por último, que no penséis más en ello hasta que nuestro Señor se sirva manifestar lo que es de su agrado; pues sucede a veces desear cosas buenas con un deseo que parece conforme con la voluntad de Dios, y en realidad no lo es; pero Dios permite que así suceda, con el fin de preparar el espíritu para que cumpla lo que dispone su Providencia divina. Buscando Saúl una burra, encontró un reino; San Luis intentaba la conquista de la Tierra Santa, y obtuvo la de sí mismo y de la corona del cielo, En cuanto a vos, queréis ser sirvienta de esas pobres doncellas, y Dios quiere que seáis su sierva, y tal vez de muchas más personas de las que ahora servís. Procurad, señora, por amor de Dios, que vuestro corazón honre la tranquilidad del de nuestro Señor, para que se haga digna de servirlo. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo; reinará en vos, si estáis en paz. Permaneced en ella, os lo ruego, y honrad de este modo al Dios de paz y de amor«.
En otra carta le decía: «Aun no tengo suficientemente iluminado el corazón delante de Dios en este asunto; no sé qué dificultad me impide conocer cuál es su voluntad; por esto os ruego que en estos días le encomendéis este negocio, por si en ellos se digna comunicar con más abundancia los dones del Espíritu Santo«.
Bien se manifiesta por estas cartas y otras muchas que Vicente escribía sobre la misma materia, cuánta razón tenía para no decidir precipitadamente en la vocación de esta virtuosa señora para la dirección de las Hermanas; no solamente porque la creía destinada a desempeñar obras de mayor importancia que la que parecía tener entonces, sino también porque su profunda humildad le hacía considerarse incapaz de dar un consejo en los más insignificantes negocios. Estos motivos detuvieron su resolución por espacio de dos años, repitiéndole sin cesar que encomendase enteramente a Dios este negocio, y exhortándola a poner en él su confianza, asegurándole que no quedaría burlada. Por su parte deseaba que Dios no se sirviese de él, juzgándose incapaz de contribuir en nada a la ejecución de sus designios, y solo a propósito para poner obstáculos a todo. Pero el Señor parece que se complacía en tomar por instrumento a su fiel siervo para llevar al cabo las obras más importantes para su gloria.
Verificóse en fin, la palabra que muchas veces había dado Vicente a la señora Le Gras cuando le aseguraba que poniendo su confianza enteramente en Dios, no quedaría burlada, pues con el tiempo llenó de bendiciones este primer ensayo que había hecho por espíritu de obediencia. Puede decirse también respecto de Vicente, que se engañó felizmente en sus cálculos; pues no habiendo tenido por objeto más que el hacer educar un corto número de doncellas para el servicio solamente de las parroquias de París, se multiplicó de tal modo esta pequeña comunidad, que antes de su muerte se vio a la cabeza de más de treinta establecimientos en la dicha ciudad, y un número muy considerable en otras ciudades, villas y aldeas de diferentes provincias de Francia y del reino de Polonia. Mucha parte de esta fecunda propagación debe en verdad atribuirse al celo fervoroso de la señora Le Gras, digna cooperadora de Vicente.
Frutos han sido estos de la humildad de Vicente, quien nunca pensó en que llegaría a ser el fundador de una nueva Congregación de Doncellas, a la que Dios se ha servido colmar de tantas gracias y bendiciones, que por todas partes han solicitado después con ansia su establecimiento, sin siquiera dar el tiempo necesario a estas jóvenes para consolidar bien en su alma los principios de su religión, pues por decirlo así, han arrancado estas tiernas plantas de su seminario, cuando apenas habían entrado; y sin embargo, la misericordia de Dios, supliendo lo que les faltaba, las ha asistido de tal modo que su frugalidad, constancia en el trabajo, amor a la pobreza, paciencia, modestia y caridad, edifican en todos los lugares adonde van.
Tuvo su primer fundamento esta Congregación de Doncellas, en la casa de la señora Le Gras en la parroquia de San Nicolás, y después con anuencia de Vicente, pasó a otra casa en la villa llamada La Chapelle, a media legua de París, por ser este lugar más a propósito para instruirlas, alimentarlas y vestirlas al uso del campo, e inspirarles el espíritu de pobreza y humildad que les corresponde como criadas que son de los pobres enfermos. Por el año de 1643 volvieron a París, y se establecieron en una casa del arrabal de S. Lázaro. En fin, prescribióles Vicente reglas y constituciones, que aprobó el arzobispo de París, y con su autoridad las erigió en Congregación, bajo el nombre de Hijas de la Caridad sirvientas de los pobres, mandando que estuviesen bajo la dirección del Superior general de la Misión. Confirmó después el rey su establecimiento por real cédula registrada en el parlamento de París. Además de los servicios que prestan a los pobres enfermos, dedícanse en muchos lugares a la instrucción de las niñas, enseñándoles a conocer y servir a Dios, y a desempeñar los deberes de la vida cristiana.
Parecerá a los ojos del mundo esta obra de poco valor, pues generalmente solo aprecia las de mucho brillo y apariencia; mas para aquellos que saben cuán agradable es a Dios el ejercicio de las obras de misericordia y lo mucho que ha sido recomendado por nuestro Señor, fácilmente conocerá que este instituto pequeño a los ojos de los hombres, es grande ante Dios, y tanto más meritorio en sus obras, cuanto que Jesucristo declaró muy expresamente que le era tan agradable el servicio que se hace a los pobres, como si se hiciese a su misma persona. La caridad con que sirven a Jesucristo en persona de los pobres tiene tal quilate de pureza y es tan perfecta, que no tiene puesta la mira en ningún interés terreno, pues tan lejos de esperar aún la recompensa del reconocimiento, tienen muy a menudo que sufrir quejas, injurias y mal tratamiento de los mismos pobres.
Forzoso es mirar como obra de Dios, siendo el ejecutor de ella el humilde Vicente de Paúl, el nacimiento y multiplicación de esta pequeña comunidad, que ha producido y produce cada día tantos frutos de humildad, paciencia, caridad y otras virtudes que tanto apreció el Hijo de Dios, y tan particularmente recomendó en el Evangelio.
- En su origen se llamaron Hijas de la Caridad, para diferenciarlas de las damas o señoras de la Caridad que formaban la Cofradía de que se ha hablado en el capítulo anterior; en el día se conocen indistintamente con los nombres de Hijas o Hermanas ; pero este último título es más usual aun en Francia.







