Capítulo XXVIII: Establece Vicente la Cofradía de la Caridad.
Pasamos ahora a hablar de otra clase de obras que emprendió y consumó Vicente, no menos admirables ni menos útiles a la Religión y a la humanidad que las referidas hasta aquí; y si bien se considera, por ser encomendadas al sexo débil, han producido efectos más asombrosos y no menos duraderos; influyendo en la reforma de las costumbres, en la salud temporal y eterna de muchos millares de almas, y no poco en el respeto que tributan a la religión de Cristo muchos impóos.
Ya desde 1617, cuando Vicente estaba en Chantillon, había comenzado a reunir en asociación a varias señoras piadosas para que se encargasen del cuidado de los pobres enfermos de aquel lugar, buscándoles el alimento y las medicinas para alivio del cuerpo, y los socorros espirituales para su eterna salud, sin que saliesen de sus casas ni se viese obligado el marido a separarse de la mujer, ni la madre de los hijos. El gran siervo de Dios nunca había oído hablar de semejante manera de socorrer a los enfermos, y la idea se le presentó con motivo de haber visto la extrema miseria en que se encontraban algunos, faltos de toda clase de auxilios, y en gran peligro de perder el cuerpo y el alma. Su caridad tan tierna como ingeniosa, le sugirió el proyecto de establecer una Cofradía para remediar las desgracias de los enfermos, y solo hizo al principio un ligero ensayo; pero el buen éxito que tuvo, le dio a entender que era del agrado del cielo, y así continuó trabajando en tan buena obra con tal bendición del Señor, que logró dejar establecida antes de su muerte esta Cofradía en muchos pueblos, tanto de Francia, como de Italia y otros reinos, y hasta el día continúan sus hijos fundándola en los diferentes lugares en donde hacen las misiones, con la aprobación de la Santa Sede y el agrado de los prelados y pastores de los mismos lugares.
Los fondos con que cuentan estas Cofradías para socorrer las necesidades de los pobres enfermos de las parroquias, son todos de la Providencia Divina; no habiéndose notado hasta ahora que hayan faltado a ninguna Cofradía, sujetándose a los reglamentos que les dejó su fundador, y de que hablaremos después. Reúnese generalmente algún dinero pidiendo limosna en las iglesias, y es más o menos considerable, según la riqueza de la población; y además del dinero, se pide también ropa, muebles y otras cosas que las cofradías emplean en beneficio de los enfermos, siendo por lo común bastante abundante esta limosna, cuando los curas contribuyen con sus exhortaciones al pueblo para mover su piedad.
Pero como en todas las cosas el orden contribuye eficazmente a conservarlas en buen estado, Vicente quiso establecerlo en estas Cofradías, y con este intento formó un reglamento, que insertaremos al fin de este capítulo, para que lo observasen con permiso y aprobación de las autoridades. Compónese de pocos artículos, está escrito en términos muy sencillos y de fácil inteligencia, y se nota la prudencia verdaderamente cristiana de su autor.
A los principios Vicente no tuvo más objeto en establecer las Cofradías de la Caridad, que el de socorrer a los enfermos pobres y abandonados que encontraba en las pequeñas poblaciones; pero después varias señoras principales que poseían heredades en el campo y en lugares donde, con motivo de haberse hecho misiones, se habían establecido las Cofradías de la Caridad, viendo el gran socorro que estas proporcionaban a los enfermos para remediar sus necesidades, tanto temporales como espirituales, y considerando también que no menos que en el campo, en la ciudad de París había abundante cosecha para la caridad, pues muchas familias de artesanos y otros jornaleros que viven de su trabajo diario, se velan en la mayor miseria cuando caían enfermos, entendieron que el establecimiento de estas Cofradías no era menos útil en las diversas parroquias de Paris. Animadas de tan buenos deseos, dispusieron tratar este asunto con los curas de las dichas parroquias, y estos hablaron con Vicente para que cooperase a esta buena obra ; lo que se puso en práctica con grande bendición del cielo. Luego se formaron tantas Cofradías cuantas eran las parroquias, y las piadosas señoras que las componían, ejercían las mismas obras de beneficencia que se practicaban en el campo, y aun mas, disponían en sus casas por turnos los alimentos y algunas bebidas y otras medicinas simples, que luego distribuían a los enfermos, con grande alivio de ellos y agrado del padre de todos los pobres.
El ejemplo de lo que se había hecho en las parroquias de París, fue imitado después en otras muchas ciudades y villas del reino, y aún en los países extranjeros, siendo tan considerable el número de estos establecimientos que hoy existen, que no sería fácil cosa el contarlos; de lo cual puede inferirse cuántos millares de pobres han sido socorridos diariamente, tanto en lo corporal como en lo espiritual, y todos son deudores de estos socorros, y lo que es más, la mayor parte de ellos deben la salvación de su alma, después de Dios, a la caridad vigilante de Vicente, quien por sola esta obra, no es dudoso que reciba en el cielo mayor aumento de gloria, y adquiera en la tierra el título glorioso de padre de los pobres, derramando el cielo gracias y bendiciones infinitas sobre las obras de su espiritual sucesión.
REGLAMENTO DE LA COFRADIA DE LA CARIDAD.
«Se ha instituido la Cofradía de la Caridad para honra de nuestro Señor Jesucristo, su patrón, y la de su Santísima Madre, y con el fin de socorrer a los pobres enfermos de los lugares donde se establece, corporal y espiritualmente; corporalmente, suministrándoles la comida y bebida, y los medicamentos que necesiten durante sus enfermedades; espiritualmente, haciendo que se les administren los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Extrema Unción, cuidando de que los que mueran salgan de esta vida en buen estado, y los que sanen hagan propósito firme de vivir bien en adelante.
Compónese la Cofradía de un cierto y limitado número de señoras y doncellas, éstas, con consentimiento de sus padres, y aquéllas, con el de sus maridos; cada dos años, al día siguiente de pascua de Pentecostés, elegirán en presencia del cura tres de entre ellas: una, para superiora, otra, para tesorera o primera asistenta, y la tercera para ropera o segunda asistenta. Estas tres tendrán la dirección de la Cofradía, y con anuencia del cura elegirán un hombre de la parroquia, de conocida piedad y caridad, para el empleo de procurador.
Cuidará la superiora de que se observe el presente reglamento, y que desempeñen sus respectivas obligaciones todas las señoras de la Cofradía; también estará a su cargo recibir a los enfermos de la parroquia, y despedirlos con anuencia de las otras oficialas.
La tesorera servirá de consejera a la superiora, guardará el dinero de la Cofradía en una arca de dos llaves, de las cuales una tendrá ella y otra la superiora, aunque podrá tener a su disposición un escudo para los gastos pequeños; al fin de los dos años de su empleo, dará cuenta a las nuevas oficialas y demás personas de la Cofradía, en presencia del cura y habitantes de la parroquia que quieran asistir.
La ropera será también consejera de la superiora; tendrá a su cuidado hacer lavar y coser la ropa de la Cofradía, y guardarla para distribuirla entre los pobres enfermos cuando fuere necesario, y con orden de la superiora; al fin de los dos años dará sus cuentas como la tesorera.
El procurador tiene a su cargo la cuenta de las limosnas que se reúnen en las iglesias y casas particulares, y demás donaciones que se hagan a la Cofradía; dará los recibos; cuidará de la conservación y aumento de los bienes de ella; llevará las cuentas de la tesorera, si fuere necesario; tendrá un libro en que copiará el presente reglamento y las actas de las sesiones de la Cofradía; en el mismo apuntará los nombres de las personas que hayan entrado en la Cofradía, el día en que han sido recibidas y el de su muerte; las elecciones de las oficialas, el saldo de las cuentas, el nombre de los enfermos que haya asistido la Cofradía, el día de su admisión y el de su muerte o curación, y generalmente todo lo que pareciere más notable.
Las señoras de la Cofradía irán sirviendo por turno a los pobres enfermos que haya admitido la superiora; les llevarán a sus casas sus alimentos; pedirán limosna también por turno en las casas particulares, y los días de fiesta en las iglesias; darán lo colectado a la tesorera, y al procurador noticia de lo que hayan reunido; mandarán decir una misa en el altar de la Cofradía los domingos primero y tercero de cada mes, asistiendo a ella; y si no tuvieren inconveniente, se confesarán y comulgarán esos días. En la tarde de los mismos asistirán a la procesión, y cantarán la letanía de nuestro Señor y de la Virgen; esto mismo harán cada año el 14 de Enero, día del Nombre de Jesús, patrón de ellas.
Se amarán mutuamente como personas unidas por Cristo con su amor; en sus enfermedades y desgracias se visitarán y consolarán mutuamente; asistirán al entierro de las que mueran, comulgarán por su intención y mandarán decir una misa cantada por el alma de la difunta; esto mismo harán si muriere el cura o el procurador de ellas. También asistirán al entierro de los pobres enfermos que hayan socorrido, y mandarán decir una misa rezada por su alma; pero esto se entiende sin que estén obligadas a ello bajo pecado mortal o venial. A cada enfermo se le dará para comida la cantidad de pan correspondiente, cinco onzas de ternera o de carnero, una sopa y medio cuartillo de vino.
En los días de vigilia se les dará además del pan, el vino y la sopa, un par de huevos o una poca de mantequilla. A los que no puedan comer carne, se les dará caldo y huevos frescos cuatro veces al día; a los que no tengan quien los vele en la gravedad de su enfermedad, les pondrán una cuidadora.







