Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 24

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo  XXIV: Concluye la materia del capítulo anterior.

Mucho gusto tuvo Vicente luego que supo la resolución que habían tomado estos señores, y como particularmente los conocía, alentábalos en tan buena empresa, ofreciéndoles los servicios que pudiera prestarles antes de su marcha y cuando estuviesen en Roma.

No es este el lugar de decir cuánto estos señores hicieron en servicio de la Iglesia y en defensa de la verdad durante su residencia en Roma; de tiempo en tiempo informaban a Vicente de cuanto pasaba, y éste les decía lo que debían hacer, según las circunstancias, por el bien de la Religión. En prueba de ello transcribiremos una carta que escribió al Sr. Hallier sobre este asunto en 20 de Diciembre de 1652.

«Doy gracias a Dios, le dice, por el buen éxito que se digna dar a vuestras tareas, y mucho agradezco que tengáis la bondad de consolarme en medio de mis inquietudes, porque os aseguro que mi mayor alegría es recibir vuestras cartas, y que por nada de este mundo pido a Dios con más fervor que por el buen éxito de vuestra empresa. Su Divina Majestad me hace concebir muchas esperanzas de que en breve volverá la paz a su Iglesia, que vuestros trabajos harán triunfar la verdad, y que vuestro celo será exaltado ante Dios y los hombres. Esto continuaremos pidiéndole con fervor. No dejéis de participarme vuestras apreciables noticias«.

Esta carta de Vicente manifiesta que en él había un presentimiento de dos cosas que debían acontecer: la primera, la condenación de la doctrina del Libro de Jansenio contenida en cinco proposiciones, remitida de Roma pocos meses después; la segunda, la promociona del Sr. Hallier a la dignidad episcopal, como antes se ha dicho.

Con respecto a la condenación de las cinco proposiciones, el católico lector verá con gusto las das cartas siguientes escritas de Roma, y cuyos originales se conservan en la casa de S. Lázaro de Paris; la primera del Sr. Hallier es como sigue:

«No pude el lunes pasado escribiros más que cuatro letras sobre lo ventajoso que había sido para la defensa de la Religión católica y la condenación del error, la constitución dada contra Jansenio. Hoy salen de aquí los señores jansenistas para ir a Loreto, aunque hace quince días que todo lo tenían dispuesto para la marcha; han prometido una puntual obediencia al papa. Tengo motivos para desconfiar de esta promesa, pues a todos sus adictos han dicho que no habían salido condenados, y que sus opiniones, que son las mismas de Jansenio, quedaban en pie. Bien creo que con esto se ponen en ridículo, pues Jansenio queda condenado y las proposiciones sacadas de su libro, y aun el sentido que los jansenistas han dado a la 5ª proposición, muy expresa y específicamente condenado, sus diferentes interpretaciones excluidas todas como impertinentes por una condenación absoluta. Sin embargo, todo esto prueba pertinacia en un error, que tendrá sectarios por allá tanto como por acá. Es preciso, pues, trabajar en desengañar a los ignorantes, y dar mucha publicidad a la bula, que se registre en los parlamentos, en la diócesis, en la Facultad, ante el rey, los cancilleres y guarda-sellos, obispos y doctores. Temo que el Sr. Saint Amour vaya muy de prisa a referir lo que ha pasado, de una manera distinta, alegando que no se les ha dado la audiencia necesaria. Puede decirse a esto, en primer lugar, que será culpa de ellos, pues han tenido libertad de informar verbalmente y por escrito a los cardenales de la Congregación y a los consultores por espacio de un año; en segundo lugar, porque se les han comunicado nuestros escritos, según ellos mismos confiesan en la arenga que dirigieron al papa; en tercero, que era inútil oírlos y también a nosotros, pues solo se trataba de una doctrina sacada del Libro de Jansenio, que con mucha escrupulosidad ha hecho examinar el papa, siendo por otra parte inútil el oírlos, porque nada alegaban en su defensa que no estuviese dicho ya por Jansenio; cuarto, porque no es costumbre, cuando se condena un libro, oír más aclaración que la naturalmente contenida en el libro, o dada por personas instruidas en la materia que trata; quinto, porque se ha ofrecido a los doctores jansenistas en presencia de los señores cardenales, dos, tres, cuatro o cinco audiencias y cuantas más hubieran sido necesarias, pero ellos las han rehusado; sexto, porque siempre que han presentado algún escrito, ha sido saliéndose de la cuestión, sin intentar más que retardar, y retardando, impedir que el papa se pronuncie contra sus herejías, para ganar ellos tiempo y sembrarlas a su satisfacción. En lo que respecta a los medios de que se han valido para querer eludir la bula, basta saberlos para condenarlos. Expresamente han venido a defender las proposiciones que se presentaron al papa, y a impedir su condenación; han querido libertarlas de la censura de la Facultad, a pesar de que ésta era más suave; han escrito tres apologías de Jansenio; han interpretado las proposiciones en un sentido distinto del que tienen, aunque no puedan tener otro más que el que les dio Jansenio, a menos que no se varíe la significación de las palabras en que están concebidas. Todas las condena el papa como herejía, y no admite ninguna interpretación de ellas, y quedan por lo mismo condenadas aun en el sentido que ellos le quisieron dar y que habían manifestado al papa Ubi lex non distinguit, nec nos distinguere debentus. Ya sabéis que el nuncio tiene un breve para S. M. y que el papa le suplica haga ejecutar la bula, cuya importancia conocéis; también tiene un breve para los obispos. Nos han dicho que permanezcamos aquí hasta que haya noticia de la recepción que tenga esta bula, pues se intenta condenar también las apologías de Jansenio, el libro de La Gracia triunfante, La Teología familiar y otros. Por la lectura de la bula veréis que se han suprimido todas las cláusulas ordinarias de estilo, con el fin de no perjudicar nuestras pretensiones. Procedimiento tan bondadoso nos obliga a corresponder con una respetuosa obediencia, y a que hagamos todo esfuerzo en este asunto; y como los jansenistas harán cuanto puedan para impedir la publicación, es necesario que trabajemos en destruir sus proyectos. Conviene dar parte a la reina del cuidado, diligencia, trabajo y bondad que ha tenido Su Santidad en esta causa, y hacerle presentes los deberes de su conciencia, su honor, la tranquilidad del estado y seguridad del rey su hijo, pues todo se interesa en estas circunstancias. Pensábamos escribirle, porque el embajador nos ha dicho que nada escribiría refiriéndose a lo que nosotros dijésemos; igualmente pensábamos escribir a Su Emma. pero al fin hemos resuelto no hacerlo por temor de que se crea que llevábamos un interés particular, que ciertamente no tenemos, y por esto hemos creído más conveniente que otros lo hagan, y creo que serán de la misma opinión.— Roma 15 de Junio de 1653. —Vuestro humilde y obediente servidor.—Hallier«.

La segunda carta es del Sr. Legault, fecha en Roma el 15 de Junio de 1653. Dice así:

«No tuve lugar en mi anterior de escribiros con extensión sobre la terminación del asunto contra los jansenistas, porque la bula se publicó en la noche del día que salió el correo. La mejor relación que puedo haceros es decir con S. Pablo: Regi saeculorum immortali, invisibili, soli Deo honor el gloria, pues tan visiblemente ha obrado Dios solo en este negocio, que a él únicamente debe atribuirse su feliz éxito. Bastante bien lo ha conocido el papa, quien varias veces ha dicho que nunca ha experimentado tanta satisfacción como la que tenía en estas congregaciones, en que ha permanecido hasta cinco horas sin sentir ninguna fatiga, y con gusto hubiera estado hasta ocho y nueve, si no hubiera tenido compasión por los teólogos que casi ya no podio estar en pie. Comprendía con tal facilidad lo que en ellas se trataba, que por las noches hablaba de todo con el cardenal Chisi, secretario de estado. Bien se ha manifestado la mano de Dios en que ha habido grandes dificultades que vencer, y el papa ha tenido grandes empeños para dejar la cuestión en pie, pretextando muchas personas que podría su salud recibir gran detrimento, y no sé si algunas otras cábalas nos venían de esos lugares; pero el tiempo lo descubrirá todo. Sin embargo, ha permanecido firme en su resolución, en términos de no haber vacilado un solo instante desde el principio hasta el fin de este negocio, y siempre ha manifestado que deseaba concluirlo por estar interesado en ello el bien de la Iglesia; y tanto se ha ocupado, que aun cuando sus parientes iban a visitarlo para distraerlo un poco, no hablaba más que del asunto. Nada ha querido omitir de cuanto creía necesario para alejar cualquier pretexto de queja; más de veinticinco congregaciones de los cardenales ha habido, y fuera de estas ha querido tener él diez de más de cuatro horas cada una; se ha dignado también oír a los señores jansenistas, solo porque ellos lo deseaban, pues que no tenía obligación de hacerlo, particularmente habiendo ellos rehusado hablar a los cardenales. Tan mal éxito tuvo la primera audiencia pública de estos señores con el papa, que les negó la segunda que pedían, y querían todavía pedir hasta veinticinco con el objeto de dilatar más la resolución. Nada dijeron del asunto principal, pues todo el tiempo lo emplearon en dirigir fuertes invectivas a los jesuitas, y en tratar de probar que eran autores de más de cincuenta herejías; conociendo entonces el papa cuál era su objeto, determinó que siguiese el negocio sus trámites. A pesar de esto no tienen motivo de queja, pues nosotros solo una vez hemos tenido una audiencia, mientras que ellos han tenido desde que están en Roma, ocho o nueve privadas, y después de la decisión han tenido otra de más de una hora, en la que han protestado obedecerla. Hablando con franqueza, dudo mucho que así lo hagan: se han vuelto a Francia a pesar del calor de la estación, y temo que este viaje tenga por objeto impedir el efecto de la bula. Nosotros permaneceremos aquí el verano por disposición de los cardenales, quienes nos han dicho que convenía esperar las noticias de Francia sobre la recepción que tenga la bula para suplir lo que haya faltado, aunque creo que nada hay más que decir. El Sr. Haltier me dice que os remite un ejemplar de la bula, por esto no la remito; pero quiero entrar en todos estos pormenores con el fin de que tengáis materia para desengañar a algunas personas que probablemente estaban prevenidas en contra, por las muchas invectivas que pueden divulgarse.

Se me pasaba deciros que aquí han querido sacar provecho de que la bula, a las dos horas y media de haberse fijado, se quitara de orden del papa. Es necesario que sepáis el objeto que en esto se llevó. El papa la hizo fijar manuscrita, y no quiso permitir que se distribuyese ningún ejemplar, porque queda enviar a las coronas y a los nuncios antes que lo hiciesen los particulares, de modo que mandó poner centinelas para que no la copiasen, y por la noche la hizo quitar, como es costumbre, para la prueba de que ha sido fijada; pero desde el mismo día se remitió a Francia acompañada de un breve para el rey y otro para los obispos. Ha enviado el papa a Polonia un correo extraordinario para que llegase más pronto por la larga distancia que hay; dentro de poco creo que podré hacer una relación más circunstanciada de todo lo que ha pasado.

Vuelvo a suplicaros que continuéis dando gracias a Dios por haber preservado a la Iglesia de Francia de este nuevo calvinismo, y que no olvidéis en el santo sacrificio al que de todo corazón se repite vuestro afectísimo servidor etc.—Legault.

Después de escrita esta, hemos ido hoy 16 a dar gracias a Su Santidad, quien nos ha concedido una audiencia de más de dos horas y media, y nos ha dicho que tal vez ya sabríamos todo lo que había hecho antes de dar su decisión: las rogaciones públicas y particulares que ha mandado hacer, las congregaciones que ha habido para la discusión, y además, lo que ya dije en la presente, el gran placer que ha tenido en las discusiones y la gracia particular que sensiblemente ha recibido del Espíritu Santo en todo el curso del negocio; que ninguna de las cuestiones de teología que se han tratado, ha dejado de entender con toda perfección; a más de esto nos ha expuesto los motivos de su bula punto por punto, y agrega, que habiéndose encomendado a Dios una mañana, llamó a su secretario, y toda se la dictó sin embarazo. Nos ha dicho también que esos señores, que ya no me atrevo a llamar jansenistas, porque creo que en adelante no los habrá, habían ido a darle las gracias por su declaración, y a prometerle, derramando lágrimas, que se someterían enteramente a todos sus mandatos; quiera Dios que así sea. Por fin nos dijo que la arenga de esos señores en la audiencia pública que tuvieron, no fue más que una terrible invectiva contra los jesuitas (son sus mismas palabras), y que nada de cuanto dijeron venia al caso«.

Luego que llegó a Francia la contestación de nuestro Santo Padre Inocencio X, deseando Vicente poner en práctica los medios para sacar el fruto que se esperaba de su publicación, que era reunir a los espíritus que se habían dejado seducir por el falso brillo de una nueva doctrina, pasó a visitar a los superiores de algunas comunidades religiosas, a algunos doctores y a otras personas respetables que hablan manifestado un vivo interés en este asunto, con el fin de suplicarles que contribuyesen en cuanto les fuese posible a la reducción del partido vencido. Decíales que creía conveniente refrenar las públicas manifestaciones de alegría, y no hablar una palabra en sus sermones ni en sus particulares conferencias que pudiera causar la confusión de los partidarios de la doctrina condenada, pues tal vez así se indispondrían en lugar de reconciliarse; que lo más conveniente era manifestarles honradez y amistad en esta circunstancia, pues aunque era vergonzosa para ellos, podría hacerlos reflexionar sobre sus errores, tratándolos con un espíritu de caridad y respeto, como él prometía hacerlo.

No se limitó Vicente a dar este paso: fue en seguida a Port-Royal a visitar a estos señores y a darles la enhorabuena porque había sabido que se sometían a la decisión del papa, lo que ellos le aseguraron al momento, aunque parece que solo fue en apariencia; estuvo con ellos algunas horas hablándoles con mucha familiaridad y dándoles testimonio de mucha estimación. Luego fue a visitar a otras personas de este partido, que también le aseguraron que estaban dispuestas a someterse a la decisión de la Santa Sede sobre la doctrina condenada.

Todos estos pasos caritativos que dio Vicente no produjeron el efecto que se esperaba, pues las obras de estos señores no correspondieron a las promesas que hicieron. Muchos sectarios de Jansenio se conmovieron al principio, y en efecto concibieron un deseo de someterse al juicio de la cabeza de la Iglesia; pero los sofismas que presentaron los principales partidarios para disfrazar su obstinación y sostener la doctrina condenada, sedujeron a muchos espíritus, y destruyeron la buena inclinación que tenían de reconocer y confesar la verdad.

A pesar de esto, cuando se publicó en fin de 1656 la nueva constitución de Alejandro VII, en que confirmaba y explicaba la de Inocencio X, volvió de nuevo Vicente a repetir sus visitas y súplicas a los principales partidarios; pero en esta vez rehusaron la reducción, lo mismo que la anterior; así es que cuando se convenció el siervo de Dios de lo poco que había que esperar de tan preocupadas cabezas, convirtió todos sus afanes en conservar la fe de los que hablan permanecido sin contagiarse de los nuevos errores. Su primer cuidado fue, como la caridad lo exigía, conservar en su Congregación la fe en toda su pureza y la sumisión a la doctrina de la Iglesia, hablándoles repetidas veces en las reuniones que tenían, de lo mucho que debían agradecer a Dios que los hubiese libertado de participar de los errores que podían corromper y aun disolver su Congregación; encargábales que rogasen a Dios por la paz de la Iglesia, la extirpación de esta nueva herejía y la conversión de los partidarios de ella; prohibióles la lectura de los libros de Jansenio, también que sostuviesen directa o indirectamente su doctrina ni aun las opiniones que pudieran serle favorables. Después de exhortarlos de este modo, tuvo gran cuidado en separar de su Congregación, como a miembro gangrenado, a cualquiera que se manifestaba partidario del jansenismo.

Luego que hubo trabajado en la conservación y seguridad de los suyos, dirigió su atención a las comunidades religiosas para preservarlas del contagio con sus consejos y prudentes medidas, cuidando particularmente de los monasterios de religiosas, que después de Dios al celo y caridad de Vicente debieron su conservación.

A todo lo dicho bastará agregar un ejemplo de esta misma caridad, que sabía aprovechar las ocasiones que se presentaban para procurar el mismo bien, no solo a las comunidades religiosas, sino a los particulares a quienes compasivo daba la mano, ya para mantenerlos en sus sentimientos ortodoxos, cuando los conservaban, ya para sacarlos del error en que por desgracia habían caído, cuando daban señas de querer salir de él.

Encontrábase en el partido del jansenismo un doctor de la Sorbona, no tanto por su afecto a la nueva doctrina, cuanto por las relaciones particulares que tenía con algunas personas notables de este partido. Se había conmovido fuertemente con la constitución de Inocencio X; y si con ella no se convirtió enteramente, por lo menos se sintió bastante indeciso. Con este motivo resolvió, para tranquilizar su espíritu, a hacer retiro espiritual en San Lázaro, en donde después de haber oído la voz de su conciencia, se decidió a declarar a Vicente que se hallaba dispuesto a abandonar las opiniones de Jansenio, con tal que quisiese el papa sacarlo de algunas dudas que le quedaban, y que exponía en una carta que dirigía a Su Santidad; le consiguió Vicente una respuesta favorable, con la que se sintió suavemente dispuesto a renunciar la doctrina condenada; mas en vez de seguir sin titubear la paternal amonestación y los movimientos interiores que Dios le inspiraba, quiso considerar más los respetos humanos, y prefirió la gloria de los hombres a la que debía tributar a Dios; y a pesar de esto, Vicente repitió sus instancias comprometiéndolo a que se declarase; pero a todo contestaba que no podía resolverse a renunciar una doctrina que Dios parecía aprobar, en vista de los milagros que se decía había hecho en Port-Royal. A esto contestó Vicente la carta siguiente, acompañando los papeles de que habla.1

«Os remito, le dice, la nueva constitución de nuestro Santo Padre, en que confirma la de Inocencio X, y las de otros papas que han condenado las doctrinas de Jansenio; paréceme, Sr., que con ella ninguna duda os quedará, después de la aceptación y publicación que de ella han hecho nuestros prelados, quienes tantas veces se han reunido para este asunto, y últimamente la asamblea del clero, que ha mandado imprimir la relación que también os remito, y en fin, después de la censura de la Sorbona y de la carta que por orden de Su Santidad se os dirigió.

Con esto espero, Señor, que a Dios daréis la gloria y a la Iglesia edificación que en estas circunstancias todos esperan de vos; porque en aguardar más hay el peligro de que emplee el espíritu maligno tanta astucia para eludir la verdad, que al fin insensiblemente os encontrareis en estado de no tener fuerzas para hacerlo, por no haber aprovechado la gracia que tanto tiempo ha os está solicitando por caminos tan suaves y poderosos, que nunca había oído decir emplease Dios semejantes en favor de quien quiera que sea.

Los que dicen que los milagros que hace la Santa Espina en Port-Royal sirven para aprobar la doctrina que allí se profesa, ignoran ésta de Santo Tomás; que jamás confirma Dios los errores con milagros, fundada en que la verdad no puede autorizar la mentira, ni la luz las tinieblas. Pero ¿quién ignora que las proposiciones que este partido sostiene son erróneas supuesto que están condenadas? Luego si Dios hace milagros, no es para autorizar estas opiniones, sino para manifestar su gloria con cualquier otro fin. No esperéis que os envíe Dios un ángel para iluminar más vuestro entendimiento: ciertamente no lo hará; quiere que recurráis a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento, os manda recurrir a la Santa Sede en la materia que se discute, según consta en el último capítulo de este concilio.

Tampoco esperéis que venga San Agustín a explicarse a sí mismo. Nos dice nuestro Señor, que si no creemos en las Escrituras, menos podremos creer lo que vengan a decirnos los muertos resucitados; y aun cuando fuese posible que este santo volviese al mundo, se sometería, como lo hizo en otro tiempo, a la decisión del Soberano Pontífice.

Tampoco esperéis el juicio de alguna famosa facultad de teología para que decida esta cuestión, porque ¿dónde está ésta? En toda la cristiandad no se conoce otra más sabia que la Sorbona, de la que sois digno miembro.

Por otra parte, no esperéis que un gran doctor y hombre honrado os señale el camino que debéis seguir; pues ¿en quién encontrareis reunidas estas dos cualidades mejor que en la persona a quien me dirijo?

Paréceme que os oigo decir, que si dilatáis vuestra declaración, es solo para atraer otras personas de alta condición; pero aunque esto es bueno, es de temerse que en vez de salvarlas del naufragio, perezcáis con ellas. Digo esto con bastante dolor, porque la salvación de ellas me es tan cara como la mía, y si mil vidas tuviera, las daría por su salud. Tal vez vuestro ejemplo podrá convencerlas más que cuanto les dijereis. Esto supuesto, en nombre de Dios no difiráis por más tiempo esta acción que tan agradable ha de ser a su divina bondad; se interesa en ello vuestra propia salud; más motivos tenéis de temer por vos que por la mayor parte de los que abrazan esos errores, pues ninguno de ellos ha recibido como vos una particular aclaración del Santo Padre. ¿Qué disgusto no tendréis si por dilatar más tiempo vuestra declaración se os obligase a hacerla conforme a la resolución que han tomado nuestros prelados? Por esto os suplico de nuevo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no dilatéis por más tiempo vuestra conversión, ni llevéis a mal que os hable el más ignorante y más despreciable de los hombres en tales términos, pues que cuanto dice no carece de razón. Si las bestias han hablado y los malvados han profetizado, también yo puedo decir la verdad, aunque sea bestia y malvado. Quiera Dios hablaros eficazmente, haciendo que conozcáis el bien que podéis hacer; pues a más de entrar en el estado que os exige Dios, hay muchos motivos para esperar que una gran parte de esos señores a vuestro ejemplo salgan de sus errores; y por el contrario, si retardáis esta resolución, podrá ser esto causa de que se mantengan en ellos; y aun dudo mucho que vos mismo lo hagáis pasando más tiempo, lo que me seria en extremo doloroso por el grande afecto que os profeso, y porque habiendo tenido el honor de haberos servido en los términos que lo he hecho, me será muy sensible veros salir del seno de la Iglesia. Espero que nuestro Señor no permitirá tal desgracia pues así se lo ruego con frecuencia, etc«.

En la respuesta que a esta carta dirigió el doctor, da nuevas esperanzas de su conversión, no dependiendo ya al parecer más que de encontrar una ocasión oportuna para hacerlo, y, como él decía, para llevar consigo a otros. Llegó Vicente hasta formar un proyecto de cuanto había de hacer y decir; pero este doctor tanto entretuvo y exigió, que al fin ningún efecto produjeron los pasos que dio, y permaneció siempre en sus primeros errores.

Concluiremos este capítulo con una respuesta digna del célebre Vicente, que dio a un hombre honrado y de gran mérito, que tenía mucha estimación, no tanto a los jansenistas, cuanto a las personas que los sostenían, viendo las cuantiosas limosnas que daban, porque esto suspendía su juicio, y no le permitía condenar de corazón a personas que él calificaba de muy caritativas y virtuosas. Este hombre tenía mucha amistad con Vicente, y yendo a visitarlo un día, le preguntó si no pudiera emplearse algún medio para moderar el calor con que se atacaba a estos señores de Port-Boyal. «¿Se intenta, le preguntaba, comprometerlos a que cometan un exceso? ¿No sería mejor proponerles un pacífico avenimiento? Ellos están bien dispuestos si se les trata con más moderación, y ninguno es mas a propósito que vos para calmar la exaltación de los dos partidos, y consumar una reconciliación«.

Contestó Vicente lo siguiente: «Señor: cuando se ha pronunciado un juicio, ya no puede haber más convenio que estarse a lo decidido; antes que se condenase a estos señores, hicieron cuantos esfuerzos estuvieron en su poder para que prevaleciese la mentira, y sostuvieron con tanto ardor su partido, que nadie se atrevía casi a resistirles, y desechaban toda propuesta de avenimiento. Todavía después que la Santa Sede decidió la cuestión en su contra, han interpretado de varios modos la constitución para eludir su efecto; y aunque han aparentado una sincera sumisión al padre común de los fieles y han prometido recibir las constituciones en su verdadero sentido, esto es, condenando las proposiciones de Jansenio, con todo esto, los que han escrito en favor de ellos sosteniendo estas opiniones, y haciendo apologías para defenderlos, no han escrito ni una sola palabra para retractar su contenido. Y pues que no tienen una sincera intención de someterse, ¿cómo podremos unirnos con ellos? ¿Cómo se puede usar de moderación en lo que la Iglesia ha decidido? Estas son materias de fe, en las que no es posible hacer alteración ni oír convenio alguno; en consecuencia, no podemos acomodarlas a los sentimientos de esos señores; a ellos toca por tanto someter sus luces y unirse a nosotros con una misma creencia y una sincera obediencia a la cabeza de la Iglesia. Si obran de otro modo, entonces, Señor, nada hay que hacer más que rogar a Dios por su conversión«.

Nótase bien en esto la firmeza con que siempre se ha opuesto Vicente a los que sostenían la doctrina de Jansenio; y desde que la Iglesia la condenó, declaró abiertamente sus sentimientos, y juzgó que todo católico debía hacer lo mismo, considerando como un gran mal el que disimulase, tergiversase, o lo que creía peor, se mantuviese en una especie de indiferencia o neutralidad, tratándose de asuntos de fe y de religión; pues aunque siempre opinó porque se tratasen con moderación y mucha caridad a los sectarios de la doctrina condenada, para ver si por este camino se lo graban algunas conversiones, sin embargo, quiso que este trato fuese acompañado de una gran firmeza, pues para él una nueva herejía era un mal que no debía lisonjearse ni encubrirse, fuese cual fuese la persona en quien se encontrara; y así como no era lícito hacer juicio temerario de nadie, también era un mal, quizá mayor, juzgar bien, por una caridad mal entendida o por cualquier otro motivo más culpable, de los que deben mirarse como heréticos o sospechosos de herejía; que no solamente había temeridad, sino injusticia e impiedad en no querer condenar a quien condena la Iglesia, y aun más en sostenerlo y querer juzgar a la misma Iglesia, o condenar el juicio que pronuncia por boca de su cabeza y de sus prelados.

Mas aunque Vicente se haya manejado con tanto celo contra el jansenismo, y haya hecho los mayores esfuerzos para destruirlo, con todo, sabía muy bien hacer distinción entre los errores condenados y la moral relajada, que de ningún modo aprobaba; así como en diversas ocasiones lo manifestó, recomendando a los suyos que ajustasen su vida a la verdadera moral cristiana que enseña el Evangelio y los libros de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y elogiando las decisiones de los prelados de la Sorbona, que igualmente condenaban esta relajación y los errores de Jansenio, y en fin, admitiendo con el mismo placer lo que disponía la Santa Sede Apostólica en una y en otra materia.

  1. Cuando escribió Vicente esta carta, por su consejo se publicó un escrito titulado: Defensa de la verdad católica en lo relativo a milagros, en que se respondía victoriosamente a las falsas consecuencias que se querían sacar de los pretendidos milagros de Port-Royal, y tan claramente se probaba que en nada favorecían los errores de los jansenistas, que nada pudieron estos responder.

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