Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 22

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XXII: Se ha opuesto siempre Vicente con mucha fuerza a los errores del Jansenismo.

Siempre  los santos han tenido por grande honor permanecer en una humilde dependencia, no solo a las órdenes de la voluntad de Dios, sino también a la conducta de su Iglesia, pues han hecho profesión de someter a ella su libertad, obedeciendo con exactitud las leyes que prescribe, y su razón creyendo completamente las verdades que enseña, cautivando de este modo su entendimiento para honrar a Jesucristo, que es el dueño soberano de todo.

Los que conocieron a Vicente han podido notar que entre sus virtudes mucho sobresalió la sumisión a la Iglesia, y que cuando ésta hablaba, ya para establecer alguna ley, ya para explicar alguna verdad o condenar el error, Vicente no tenía lengua para replicar ni entendimiento para discurrir en contra, sino solo oídos para oír y corazón para someterse sincera y perfectamente a todo lo que se le prescribía o le proponía la Iglesia.

Y esto practicaba santamente cuando aparecieron los nuevos errores del Jansenismo, y aún más cuando fueron condenados por las constituciones de los Sumos Pontífices.

Luego que se publicó el libro de Jansenio titulado Augustinus, y que la novedad de sus opiniones comenzó a suscitar muchas disputas entre los doctores, el fiel y prudente siervo de Dios trató de no alucinar su razón, recordando el consejo del Apóstol, de no creer a cualquier espíritu, sin examinar si es espíritu de Dios; y las íntimas relaciones que había tenido con uno de los principales autores de la secta del Jansenismo, lo autorizaban a juzgarlo sospechoso en asuntos de religión, como más particularmente veremos en el capítulo siguiente. Pero cuando las constituciones de Inocencio X y Alejandro VII que condenaban la nueva doctrina se publicaron con la autoridad de los prelados, no solo creyó Vicente que debía someterse enteramente al juicio de la Santa Sede, sino que hizo manifiesta profesión de esta sumisión, menospreciando consideraciones políticas y respetos humanos que pudieran separarlo de ella, y declarándose enteramente opuesto a las doctrinas y a los designios que pudieran tener sus autores.

Practicólo así con tanta energía como prudencia, pues no decía más que lo que convenía no callar, ya con el fin de que se confirmasen en sus ideas los que admitían la decisión de la Iglesia, ya para reducir a los que se declaraban contra la misma decisión, o ya para fijar la opinión de los que titubeaban en esta materia. Y aunque en todas ocasiones manifestó un gran celo en sostener las constituciones de los papas y en atacar los sofismas de los que capciosamente querían eludir la ejecución, tuvo sin embargo un gran cuidado en hacer distinción entre el error y las personas, atacando a aquél, y estimando sincera y cordialmente a éstas, de las que hablaba con mucha reserva , guiado siempre por el espíritu de caridad y nunca por el de indignación. Aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban, y hacía caritativos esfuerzos para reconciliarlos con la Iglesia, a tal punto, que después de la publicación de la bula de Inocencio X, fue a Port-Boyal a invitar a algunos jansenistas que allí estaban, para proponerles con la mayor dulzura y delicadeza que se redujesen a la sana doctrina; pero sus esfuerzos no produjeron fruto alguno.

Particularmente cuidaba de que todos los clérigos de su Congregación, no sólo profesasen una entera obediencia a las decisiones de la Iglesia, sino también de que estuviesen libres hasta de la sospecha de contagiados con las doctrinas condenadas; y si alguno habla que no se sometiese a aquellas decisiones, le obligaba a separarse de la Congregación.

Extendióse la vigilancia y caridad de Vicente a todas las partes de la Iglesia que necesitaban un auxilio para impedir la entrada de la nueva y falsa doctrina; y como notaba que los defensores de ella se empeñaban en introducirla con diversos artificios en los monasterios y comunidades de mujeres, considerándolas más fáciles para abrazar el engaño, pintado con el colorido que siempre dan a sus perniciosas máximas los falsos profetas, echó mano de cuantos recursos estuvieron a su alcance para que estos lobos vestidos con piel de oveja no destrozaran esa preciosa porción del rebaño de Jesucristo, y ni aun pisasen los umbrales de los monasterios que estaban bajo su dirección.

De iguales precauciones y prudentes medidas hacía uso en el Consejo de negocios eclesiásticos, para impedir que los cargos y dignidades de la Iglesia se confiriesen a los sectarios de la doctrina condenada o a los que fundadamente se sospechase que podrían serlo.

Condújolo, en fin, su celo por la unidad de la Iglesia y la defensa de la doctrina ortodoxa, a escribir varias veces a muchos obispos del reino, ya para exhortarlos y animarlos a que se opusiesen a los tiros de los enemigos de la verdad, ya para darles varias noticias a fin de que estuviesen alerta contra sus sorpresas. En el siguiente capítulo copiaremos algunas cartas que escribió este gran siervo de Dios a varios obispos, y en ellas se verá como supo conciliar el respeto debido a su dignidad con las caritativas advertencias que les hacía en obsequio de sus personas; siempre sus palabras y sus acciones llevaban por compañeras la humildad, la discreción, la prudencia y la caridad.

Mas como poco valen los esfuerzos y la industria de los hombres si no les ayuda el poder del cielo, quiso Vicente, poniendo toda su confianza en Dios, recurrir y que cada uno recurriese a la oración, para que se dignase el Señor mirar con ojos de misericordia a su Iglesia, y no permitir que el espíritu de error y de mentira se extendiese más entre los fieles. Decía que las armas más poderosas para combatir los errores que se divulgaban eran la oración y la práctica fiel de las virtudes opuestas a los vicios de los que se empeñaban en sostenerlos; que al orgullo y alto concepto que tenían de sí mismos, era necesario oponer una profunda humildad; a los elogios que mendigaban y que mutuamente se hacían, un amor a la abyección y al menosprecio; la rectitud y sencillez de corazón, a los artificios, disfraces, falsedades e imposturas de que se valían para encubrir sus errores y disminuir su deformidad; en fin, una ardiente caridad que no pudieran apagar las corrompidas aguas de las contradicciones, murmuraciones y calumnias que el espíritu de la mentira emplea siempre para oprimir y sofocar la verdad.

Frecuentemente se le oía decir y repetir lamentándose, que temía mucho que la causa del golpe que había recibido la Religión con la nueva herejía, fuese la corrupción de costumbres y los desarreglos que se notaban en la vida de los habitantes de aquel reino, quienes siendo cristianos, vivían según las máximas más opuestas al Evangelio de Jesucristo; y que si no trataba cada uno de corregirse y apaciguar la justa ira de Dios, debía con fundamento temerse el efecto de una amenaza semejante a la que hizo a los judíos, de quitarles el reino de Dios y colocarlo en otras naciones que mejor lo apreciaran; que a la vista está el triste ejemplo de otros reinos en que floreció tanto la religión y la piedad, como Inglaterra, Dinamarca, Suecia y una gran parte de Alemania, los cuales por un justo juicio de Dios habían caído en la herejía; que la desgracia de los reinos vecinos, debía hacer que fuese aquel circunspecto; y en fin, que como la fe era un don de Dios que había concedido al género humano por los méritos de la sangre y muerte de Jesucristo, debía apreciarse sobremanera y conservarse con exquisito cuidado.

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