Capítulo XIX: De los seminarios de los eclesiásticos.
El cardenal de Richelieu oía a Vicente con gran gusto en todas las materias pertenecientes al servicio de Dios y gobierno eclesiástico, y con el deseo que tenía de acertar, seguía el parecer de Vicente, como que estaba bien convencido de que anhelaba y trabajaba incesantemente por la reforma del clero. Hablando, pues, un día los dos sobre los seminarios, le manifestó Vicente, que si bien estos establecimientos eran de grande utilidad, porque en ellos se despierta la razón en la juventud, al paso que con los buenos ejemplos y la observancia de los reglamentos se le inspira una buena moral, creía sin embargo conveniente, que se erigiesen nuevos seminarios destinados exclusivamente a personas que se dedican a la carrera de la Iglesia, de edad mayor y próximas a recibir los órdenes. Manifestóle también que en estos nuevos seminarios los ya sacerdotes y los que pronto debieran serlo, aprovecharían mucho perfeccionándose, ya en el ejercicio de la oración, ya con las conferencias espirituales, estudiando los casos de conciencia y otras materias necesarias de la teología, la Sagrada Escritura, el canto y ceremonias de la Iglesia, el modo de predicar la palabra divina, de administrar los sacramentos y otras cosas que los hiciesen aptos para desempeñar las funciones de su ministerio, a fin que los obispos pudiesen con alguna confianza hallar en estos seminarios sacerdotes doctos y virtuosos en quienes recayese la elección de curas.
Celebró con grande aplauso el cardenal estas ideas de Vicente, y para comenzar una obra tan importante, le remitió mil ducados,1 en lo cual conociendo nuestro Santo la voluntad divina, determinó poner por obra esta nueva institución, y con aquel dinero comenzó a mantener los primeros eclesiásticos que en Febrero de 1642 entraron al colegio de los Buenos Hijos; permanecieron allí dos años, y al cabo de este tiempo salieron instruidos en todo lo perteneciente a las obligaciones de su estado, lo que era de esperarse de la actividad, prudencia y gran virtud del fundador. Este fue el principio de los seminarios de su Congregación, que luego han continuado dando al mundo ejemplares ministros de Jesucristo.
Pronto conoció Vicente la gran ventaja que iba a sacar la Iglesia del establecimiento de estos seminarios, y por eso desde el principio se dedicó a su conservación y progreso, y con tanta vehemencia encargaba a los de su Congregación que estaban empleados en ellos, que desempeñasen con mucha caridad y celo religioso sus nuevas obligaciones. Decíales que aunque sus tareas diesen por único resultado la enseñanza de pocas personas, sin embargo, tenían por objeto el beneficio de pueblos enteros, porque el bien del cristianismo dependía del celo y vida ejemplar de los sacerdotes; y con frecuencia repetía estas palabras: Un buen sacerdote es un gran tesoro. Encargábales también que se guardasen de la vanidad y del deseo de adquirir fama; que para gobernar a los seminaristas empleasen la humildad y dulzura, acompañada de fortaleza de ánimo para mantenerlos en la observancia de sus reglamentos; que no solo cuidasen de instruirlos en las sagradas letras, sino también de encaminarlos para formar el espíritu de su profesión, aprender a practicar las virtudes y el ejercicio de la oración, que es, decía, tan necesaria al sacerdote, como la espada al soldado. Finalmente, deseaba que antes de retirarse a su casa los seminaristas, asistiesen algún tiempo a las misiones, para que mejor viesen y practicasen el modo de confesar, enseñar la doctrina y predicar, según se les hubiese enseñado en el seminario; pues para aprovechar bien, convenía que no se limitase la enseñanza a la parte teórica.
También quería que para sacar mejor y más duradero provecho de los seminarios, permaneciesen en ellos algunos años, considerando que no en poco tiempo podrían desnudarse de los afectos mundanos, y particularmente del mas común a los sacerdotes y también más arraigado, que es el excesivo amor a sus parientes; al mismo tiempo que la larga permanencia en esos establecimientos, les imprimiese profundamente el amor divino y les hiciese conocer su propia miseria.
El mayor bien que estos seminarios han producido y producen cada día, lo ha palpado bien la Francia, y particularmente los obispos, quienes antes de su establecimiento miraban como cosa imposible encontrar sujetos idóneos para el servicio de la Iglesia, y creían irremediable esta falta; pero después de la fundación de los seminarios han logrado ver las iglesias asistidas por sacerdotes, curas de las parroquias, confesores y otros ministros todos dignos de su alto empleo. Puede añadirse con verdad que la reforma que se ha notado en todo el clero del reino, se ha debido en gran parte, por la misericordia divina, a la institución de los seminarios; lo que también ha sucedido en otras provincias y reinos en donde existen las casas de la misión. No se debe pasar en silencio otro bien que resulta de estos seminarios, y es que sirven de retiro espiritual a muchos sacerdotes que deseando apartarse del mundo y huir de los peligros que prepara en la copa de sus deleites a los que se entregan a sus vanos gustos, se resuelven a consagrarse a Dios, y encuentran en estos establecimientos mucha comodidad para adelantar en la virtud, y emplearse en los ministerios propios de su estado. Finalmente, algunos señores obispos se sirven de estos seminarios para corregir a algunos sacerdotes de vida relajada, que sin atender a la dignidad de su profesión, se hacen merecedores de otros castigos menos suaves.
Por todos estos bienes y otros que no referirnos, que hacen a la Iglesia los seminarios, han sido generalmente muy bien recibidos, y los aprecian tanto cuanto antes de su establecimiento los deseaban; en prueba de lo cual pondremos aquí algunas palabras del P. Fr. Gerónimo Mautini de Narni, capuchino, en uno de sus sermones, para que vea el lector el gran deseo que tenía de que gozase toda la Iglesia de este instituto. Dice así:
«Quiero, oyentes míos, detenerme un poco en haceros esta pregunta importante. ¿Sabéis acaso si en Roma o en alguna otra parte del mundo hay alguna escuela en donde se enseñe esta divina sabiduría, donde se lea este arte del gobierno de las almas? ¿Dónde están estas escuelas? ¿En dónde? ¡Oh cristianos, qué gran cosa es esta! Que ninguno se crea buen metafísico, ni buen lógico, ni buen filósofo, si no ha empleado muchos años en el estudio de estas ciencias; que nadie se tenga por maestro en el gobierno de las almas, en el que Cristo empleó toda su vida, si solo ha oído lecciones en las escuelas comunes, que son escuelas de ambición«. Hasta aquí son palabras del venerable padre, que con razón se admiraba de que el noble y dificultoso arte de gobernar las almas, y del que depende la salvación o condenación de muchas, se profesase por hombres que no han hecho profundo estudio de él. La escuela para aprenderlo se debe a Vicente; y si se atiende a su importancia, se conocerá todo el bien que con ella ha hecho a la Iglesia y a sus hijos.







