Capítulo XVII: De los ejercicios de los ordenandos.
Los obispos celosos de la honra de Dios y con el deseo de satisfacer las obligaciones de su oficio pastoral, se afligían sobremanera considerando lo difícil que les era proveer los curatos con clérigos doctos y virtuosos, y no promover a los órdenes sacros más que a los que tuviesen las necesarias disposiciones para tan sublime ministerio; temían también con razón echarse sobre sí el peso de la insuficiencia de los ministros, y tener que dar cuenta de los pecados ajenos, si contra el precepto apostólico eran sobradamente fáciles en conceder tan suprema dignidad. El Ilmo. Agustín Potier, prelado de rara virtud, era el más cuidadoso; y sabiendo la ardiente caridad de Vicente y que la luz divina iluminaba su entendimiento, conferenciaba a menudo con él sobre estos asuntos y sobre los medíos que se pudieran tomar para remediar de algún modo la relajación del clero. En una de estas conferencias le dijo el siervo de Dios, que era cosa muy difícil reformar a los eclesiásticos cuando los vicios hablan echado profundas raíces en sus corazones, por lo que si pretendía con esperanzas de fruto la reforma en su obispado, debía aplicar el remedio al origen del mal, poniendo sumo cuidado en proveer en lo sucesivo las iglesias de buenos sacerdotes. Dióle para este efecto dos consejos prudentes: primero, no admitir a los órdenes sagrados más que a aquellos en quienes se reuniesen la suficiencia y la buena vida a la verdadera vocación. Segundo: que estando ya aprobados y admitidos, cuidase de instruirlos a fondo en las funciones eclesiásticas, y animarlos a la práctica de las virtudes propias de su estado.
Recibió con mucho agrado el prelado estos consejos, y habiendo hecho sobre ellos maduras reflexiones, dijo un día a Vicente que le parecía conveniente llamar y reunir en el palacio episcopal a los que deseaban ordenarse, e instruirlos allí durante algunos días en lo que estaban obligados a saber para la grandeza de su estado y en las virtudes que debían practicar para cumplir con su oficio. Aprobó Vicente este pensamiento que le pareció inspirado por Dios , y animó en la empresa al vigilante pastor, quien pidió al mismo Vicente que le auxiliase en ella yendo a acompañarlo quince o veinte días antes de los primeros órdenes que se habían de celebrar en Septiembre de 1628, y que se dedicase al estudio de las materias que se habían de tratar y del orden que se había de observar en aquella junta, y con esto se despidió el santo prelado, volviendo a su iglesia a disponer cuanto creyó necesario al buen éxito de tan importante empresa.
Convencido el siervo de Dios, como después lo afirmó, de que nuestro Señor le llamaba para cooperar a esta obra, hizo con diligencia cuanto se le había encargado, llevando en su ayuda dos sacerdotes, doctores de la Universidad de París. Llegó a Beauvais el día destinado para comenzar la obra, inspirando un vivo fervor a los que se iban a ordenar, e instruyéndolos en las obligaciones de su estado. Entre otras cosas les explicó el Decálogo, pero con tal devoción y claridad, que despertó en los oyentes el deseo de hacer con él una confesión general, y aun uno de los doctores que habían ido la hizo con el mismo Vicente, con gran edificación de los ordenandos.
Continuó después el prelado en los siguientes órdenes los ejercicios establecidos por Vicente, y habiendo venido después de algún tiempo a París, hablando un día con el arzobispo de esta ciudad, le contó la gran mudanza de costumbres que los ejercicios espirituales habían producido en el clero de su diócesis y el singular talento que Dios había concedido a Vicente para tan importante función. El arzobispo que ya conocía por experiencia las raras virtudes, y sobre todo, el infatigable celo de nuestro buen sacerdote, fácilmente se persuadió de cuanto le decía el obispo de Beauvais, y movido por su ejemplo, dispuso que en su arzobispado se introdujese el uso de tan provechosos ejercicios, encargando la dirección de ellos a Vicente y su Congregación.
En efecto, a principios de 1631 mandó por decreto, que diez días antes de la celebración de los órdenes, los que se hubiesen de ordenar en su diócesis, se retirasen en la casa de los padres de la misión, donde se les instruyese sobre las cualidades que exige la dignidad del sacerdocio, y pudiesen prepararse a recibirlo por medio de los ejercicios espirituales. Luego que llegó a noticia de Vicente lo que el arzobispo había mandado, tuvo gran regocijo al ver que se principiaba lo que tanto había deseado; y para dar cumplimiento a tan importante decreto, hizo preparar todo lo necesario para aquel retiro de los ordenandos, que comenzó en la cuaresma de aquel mismo año, en el colegio llamado de los Buenos Hijos, lugar en donde Vicente tenía entonces su Congregación.
El fruto de estos ejercicios que al principio disfrutaban solamente los eclesiásticos de la diócesis de París, por el cuidado de Vicente se extendió después a los que iban de otras diócesis a recibir los órdenes sagrados, de modo que muchas veces pasaba de ciento el número de los ordenandos que se recibían y alimentaban a expensas de la casa. Verdad es que los primeros años la reina de Francia y otras damas de singular piedad suministraron lo necesario para los gastos que se hacían, y aun dispusieron que se fabricase una casa particular para los ejercicios; mas con motivo de las calamidades públicas de aquel reino, cesaron los socorros, y gravitó todo el peso sobre el siempre robusto celo de Vicente, quien continuó en la empresa con gran detrimento de su casa; pero manifestando tanta alegría con estas pérdidas, como pudiera el más interesado con crecidas ganancias. Habiéndose, pues, divulgado por todo el reino el provecho que de estos ejercicios sacaban los que aspiraban a la dignidad sacerdotal, enviaron muchos obispos a pedir a Vicente sujetos que encaminasen tan santa obra en sus diócesis, escribiéndole repetidas cartas, en que le pintaban el estado de relajación en que se hallaba su clero.
No se limitó a Francia empresa tan saludable para la Religión, pues en otros reinos se vieron a poco tiempo establecidos estos ejercicios para los que debían ser ministros del Señor. Teniendo noticia Alejandro VII del fruto que se sacaba de ellos, mandó por un breve expedido en 1662, que los que deseasen ser promovidos a los órdenes sagrados, tanto en Roma como en sus seis obispados sufragáneos, tuviesen, bajo pena de suspensión, diez días de ejercicios espirituales; y tan importante pareció a su Santidad la observancia de esta constitución, que se reservó para sí y sus sucesores la autoridad de poder dispensar de ella. También estimó en mucho estos ejercicios Clemente IX, sucesor de Alejandro, concediéndoles varias gracias, y manifestando siempre un afecto particular a la Congregación de la Misión. Igualmente los han estimado mucho varios obispos y cardenales de la Iglesia, de los cuales algunos han asistido varias veces, y han hecho pláticas espirituales a los ordenandos, exhortándolos con la doctrina y animándolos con el ejemplo.
Pero para dar mejor a conocer la grande utilidad de estos ejercicios, me ha parecido conveniente referir lo que de ellos escribe el Ilmo. Sr. Antonio Godeau, obispo de Vence en Francia y varón célebre por su virtud y santidad. Dice este prelado en el tratado que publicó sobre los seminarios, al hablar de los primeros ejercicios que se hicieron en la casa de la Misión de París: «No puede explicarse el fruto que produjeron estos ejercicios espirituales, aunque fueron de corta duración. Los que jamás habían considerado la santidad del ministerio eclesiástico, conocieron algunas verdades que enteramente ignoraban; y convencidos de que se deben recibir los órdenes con una disposición pura y santa, muchos de ellos, o mudaron de pensamiento, o por lo menos se detuvieron para entrar con mejores disposiciones en un estado por tantos respectos formidable. La semilla de piedad que en dichos ejercicios recibieron, echó raíces en sus corazones, y produjo a su tiempo frutos de tal bendición, que esparciendo por el mundo el buen olor de la vida, quedó cada uno primeramente maravillado y después edificado. A su ejemplo abrieron los ojos muchos eclesiásticos que vivían fuera de camino y en grande olvido de sus obligaciones; mudaron estos de costumbres, y en lo de adelante su primer cuidado era atender a las obligaciones de su empleo, al adorno de las iglesias, a consolar y visitar los enfermos en los hospitales, los presos en las cárceles, y a enseñar la doctrina a los pobres, tanto en las ciudades como en las aldeas«.
La experiencia ha calificado la importancia de estos ejercicios. Sirviendo para conocer la grandeza del estado eclesiástico y el cargo de esta dignidad, tan pesado que lo rehusaran los hombros de los mismos ángeles, se llega a estimar en lo que es, y no se menosprecia por la falta de conocimiento de su alteza. Formando pues, una verdadera idea de lo que es ser sacerdote, y de la santidad que exige la excelencia de este estado, los que entran a él se resuelven a vivir con mayor perfección y a edificar con el ejemplo de santas costumbres. Obsérvase también que conmovidos muchos con el conocimiento de estas verdades, han desistido del empeño de recibir los órdenes hasta examinar bien su vocación y probarse a sí mismos; conducta tan importante, que si la observasen todos los que pretenden ser eclesiásticos, se verían en la Iglesia menos pero mejores sacerdotes.
De aquí nace el cuidado en la administración de los sacramentos, el procurar la limpieza y adorno de los ornamentos y cosas sagradas, el cumplir exactamente con las rúbricas de la misa. Todo esto se ve practicado por los sacerdotes que siguen estos santos ejercicios, y no pocos se han entregado muy de veras al camino de la perfección y al ejercicio de la oración mental.
Conocía bien Vicente los abundantes frutos que daban estos ejercicios, y solía decir que procurar a la Iglesia buenos ministros, era hacer el oficio de Jesucristo, cuyo cuidado principal fue dar al mundo doce santos sacerdotes en sus doce apóstoles; y añadía: «¿Quién podrá, pues, conocer perfectamente la dignidad de este santo empleo, cuya dedicación se contrae a formar buenos sacerdotes? La divina gracia no puede inspirar trabajo de mayor excelencia, porque no hay grado más sublime que el del sacerdote. Ahora entenderéis, pues, como sois llamados para realizar la obra más eminente, y como Dios os ha confiado la gracia de mayor precio«. De este modo exhortaba a los suyos a que se empleasen dignamente en tan provechosa ocupación.
Con el objeto de evitar el orgullo que esta pudiera inspirarles y para cimentarlos más en la humildad, al mismo tiempo inspiraba en sus corazones un bajo sentimiento de sí mismos y un desprecio de la honra, diciéndoles, que Dios se valía de los misioneros por su misma bajeza y poco talento, así como en los sacramentos se sirve de materias viles para la santificación de las almas. Con extraordinario sentimiento de humildad exclamaba algunas veces: «¡Ay de mí! ¿qué proporción hay entre nosotros miserables y un empleo tan santo? ¿cómo nos eligió Dios para tan noble empresa? La causa no puede ser otra, más que nuestra misma miseria; porque ordinariamente escoge el Señor las cosas más bajas para las obras más sublimes de su gracia; por lo cual debemos aniquilarnos, y reconocer que en este empleo nada podemos hacer si Dios no pone su santa mano«. Concluiremos este capítulo refiriendo algunos avisos que da Vicente a los suyos para la mejor dirección de estos ejercicios.
En primer lugar les encargaba la humildad, como fundamento del edificio de la perfección, queriendo que se considerasen enteramente indignos de esta ocupación, y que se portasen con el mayor respeto con los ordenandos, sin manifestar autoridad alguna sobre ellos; «porque, decía, nada ha contribuido hasta ahora para el buen éxito de esta obra, más que la humildad y la pura intención de agradar a Dios; por lo cual debemos preservarnos del maldito espíritu de la vanidad, que nos conduzca insensiblemente a decirles cosas elevadas, porque esto en vez de edificar destruiría lo edificado«.
Juzgaba también necesario que en esta función anduviese acompañada la humildad con la sencillez, y por esto decía que las verdades que se enseñan se reciben mejor cuando se enseñan en estilo sencillo, y van sólo vestidas con su adorno natural. Parecíale tan importante este aviso, que cuando alguno de los suyos al predicar a los ordenandos se dejaba llevar de la elocuencia, le pedía y le rogaba, muchas veces de rodillas, que se venciese y usase el estilo llano, valiéndose particularmente de aquellas voces que más mueven a la devoción; la sobrada elocuencia más divierte que aprovecha. De la misma manera encargaba la claridad en la explicación de las materias morales, en que se empleaban en estos ejercicios tres horas diarias, queriendo que los de poco ingenio e ignorantes de la teología moral, pudiesen sacar algún fruto.
También quería, que cuando asistiesen los ordenandos a los oficios divinos y a la misa cantada, que durante los ejercicios se celebraba cada día, asistiesen con la mayor reverencia, y les enseñasen con grave humildad las sagradas ceremonias de la Iglesia, para que no solo aprendiesen lo que debían saber, sino también el modo de hacerlo como buenos eclesiásticos. Recordaba a los suyos que para sacar provecho del trato de aquellos eclesiásticos, era necesaria la comunicación con Dios por medio de la oración, aprendiendo en ella lo que habían de hablar después: «Dios, decía, es una corriente viva de luz y de amor; de él hemos de recibir lo que tenemos que decir a los otros; debemos vaciarnos de nuestro propio espíritu y de nuestros sentimientos particulares, para llenarnos de la gracia del Espíritu Santo, el único que alumbra el entendimiento e inflama la voluntad«.
Exhortaba finalmente a los hermanos destinados a los servicios domésticos a que cooperasen en cuanto pudiesen a la santificación de los ordenandos: «Tal vez, decía, la misericordia de Dios hará algún bien a estos señores por las oraciones de un hermano; quien no teniendo ocasión de tratar con ellos por estar siempre ocupado en su trabajo, puede volverse a Dios muchas veces y rogarle que llene de bendiciones los ejercicios de las órdenes, y tal vez con motivo de la buena disposición de su corazón, nuestro Señor hará venturosos efectos por sus súplicas: Desiderium pauperum exaudivit Dominus, praeparationem cordis eorum audivit auris tua. Santa Teresa, viendo la necesidad que tenía la Iglesia de buenos sacerdotes, rogaba de continuo a su Divina Majestad por tan importante negocio, y hacía que a sus monjas pidiesen también en sus oraciones al Señor, que se dignase enviar buenos operarios a su viña; y tal vez las mejoras que ahora se notan en el estado eclesiástico, en parte son efecto de la devoción de esta gran santa«. Bien se deja ver el grande amor de Dios y el celo por el decoro de su Iglesia que tenía este corazón, tan glorioso en sus deseos como poderoso en sus obras.







