Capítulo XVI: De los ejercicios espirituales para toda clase de personas.
El amor tan desinteresado que tenía Vicente a todos los hombres, le hacía buscar medios adecuados para poderlos colocar en el camino de su salvación; y considerando que uno de ellos era el retiro en la soledad para que cada uno entrase en sí mismo y meditase las verdades eternas, abrió la puerta a toda clase de personas para los ejercicios espirituales. Sabía bien el venerable varón por experiencia, el provecho que se sacaba de estos ejercicios, y por noticia, lo recomendado de su práctica por muchos santos, particularmente por San Cárlos Borromeo, San Francisco de Sales y el insigne San Ignacio de Loyola, a quien principalmente se debió la primacía de obra tan gloriosa, pues por medio del libro que compuso de los ejercicios y la práctica que de ellos se ha seguido, muchas almas desprendidas de los lazos del mundo, se han encaminado libremente a la eterna bienaventuranza.
Con el fin de que por falta de comodidad y local a propósito, nadie dejase de disfrutar los beneficios de un retiro, dispuso que se encontrase en todas las casas de su Congregación. En todas ellas fueron recibidos cuantos quisieron hacer los ejercicios espirituales, tanto eclesiásticos como seglares, y se les trató con la caridad que se puede suponer del celo de tan venerables sacerdotes. Dio principio nuestro Vicente a esta buena obra en París, en el colegio que llamaban de los Buenos Hijos, y la continuó después, dándole mayor extensión en la casa de San Lázaro, y cuantos allí entraban, quedaban admirados de la diligencia, benignidad y amor con que eran atraídos para buscar a Dios y encontrar allí el remedio de sus males espirituales. Copiaremos un fragmento de una carta de un eclesiástico muy respetable, que varias ocasiones tomó los ejercicios en la casa de San Lázaro.
«Todos los miserables, dice, y afligidos de cualquiera condición que fuesen, estaban seguros de encontrar una casa de refugio y consuelo en San Lázaro, en donde Vicente y los suyos los acogían con la mayor dulzura; la portería, el refectorio y los aposentos se abrían para quien quiera que fuese. Me acuerdo haber visto en una ocasión a un mismo tiempo eclesiásticos seglares y regulares, caballeros, ministros principales, soldados, estudiantes, ermitaños y labradores, a quienes Vicente procuraba consolar y socorrer espiritualmente, a cada uno en particular, y quería que en su casa se hiciese una misión perpetua, y que fuese una especie de flujo y reflujo de pecadores de los que desean convertirse a Dios y mudar de vida, y generalmente para toda clase de personas, y que todas fuesen recibidas, alojadas y alimentadas con tal caridad, que las más endurecidas saliesen edificadas, teniendo gran parte en su conversión tanto la hospitalidad y amor con que se les admitía y trataba, cuanto los buenos ejemplos que en aquella casa recibían«.
Algunos obispos, luego que por experiencia supieron la utilidad de estos santos ejercicios, como buenos pastores, quisieron que sus ovejas participasen de este fruto provechoso, y con este fin convidaban a los vicarios foráneos y curas de sus diócesis, y aun con el ejemplo los estimulaban a que tomasen los ejercicios en las casas de la misión. Obedeciendo estos con prontitud, llegaban tal vez hasta treinta o cuarenta a un tiempo a las casas, y tanto los ejercicios como las conferencias espirituales despertaban gran fervor y daban no poca instrucción para la práctica de sus deberes, con lo que luego volvían a atender con suma vigilancia al estado de las almas que tenían a su cargo. Los pueblos admiraban tan pronta conversión de hombres que antes eran el escándalo y perdición de sus feligreses.
Gran parte de esta dicha tocó a la diócesis de Génova: en pocos días se vio renovado aquel arzobispado, señalándose mucho los curas de él por su gran fervor, animados, más que de las instancias, del poderoso ejemplo de su venerable arzobispo, el cardenal Esteban Durazzo, quien continuamente tomaba los ejercicios con singular fervor. Los curas salían instruidos y con gran deseo de aprovechar y dar pasto a sus ovejas; con la vida que observaban exhortaban a la práctica de lo que decían, y eran tan devotos, modestos y desprendidos de las humanas pasiones, que parecían hombres desnudos de la carne.
Armóse Satanás contra Vicente para alejarlo de la empresa que tantos bienes producía; dirigió sus tiros a estos ejercicios espirituales, haciendo que falleciesen las esperanzas de que nuestro Santo continuase con su proyecto, valiéndose para esto de algunos ánimos que con la capa de prudencia, procuraban obligar a Vicente a que no recibiese tan gran número de personas en la casa de San Lázaro. Decíanle que su Congregación no podía soportar tantos gastos, porque ningún fondo había para ellos; que no había aposentos ni capacidad en toda la casa, proporcionada al gran número de personas que allí entraban, y que la mayor parte de ellas eran pobres, que iban impelidas más por el hambre que por el deseo de su salvación. Pero Vicente contestaba a todo, y su caridad le hacía encontrar razones para todos los argumentos: a la falta de aposentos contestaba, que él sería el primero en dejar el suyo cuando ya no quedase otro en que hospedar a los que venían a los ejercicios, y que todo el gasto que se hacía le parecía muy poco, si una sola parte de los ejercitantes sacaba fruto. Decía también, que si algunos venían con sólo el fin de buscar el sustento en aquellos días, el recibirlos era obra de misericordia muy grata a Dios, y nada indigna de que la ejercitasen los que tenían por divisa la caridad; y añadía, que si por este recelo dejaba de admitirse a alguno, por el mismo se les debía negar la entrada a todos los pobres, entre los cuales muchos, viniendo deseosos de su salvación, se les privaría de los bienes que el Señor suele comunicar por medio de los ejercicios a estas almas bien intencionadas ; y con esto probaba que por un daño dudoso se impedía un bien positivo: peligro en que tropiezan los tibios de corazón, y por el que dejan de hacer grandes bienes.
Sin atender Vicente a tan flacas razones, prosiguió aquella obra de tanta importancia, recibiendo a cuantos querían hacer los ejercicios en su casa, aunque fuesen de tan humilde condición, que no supiesen leer y escribir; hacia que a estos los visitase alguno de los suyos a horas determinadas, que les leyese algún libro espiritual, y los instruyese en el modo de hacer la oración y el examen de conciencia, les enseñase a rezar el rosario de Nuestra Señora y a ofrecer a Dios sus obras, para que en todo tiempo se aprovechasen del fruto de aquellos días y creciesen más y más en virtud: de este modo, entrando rústicos en aquella casa, sanan doctos en las reglas de la verdadera sabiduría.
El aprecio que Vicente hacía del bien que causaban estos ejercicios, se los hizo considerar como el camino más seguro de cuantos ha dejado Dios para llegar a la felicidad de su gloria, y el medio más poderoso para detener a los hombres en la carrera de una vida estragada y para reformar los desórdenes de las malas costumbres, pues notaba que por medio de los ejercicios se producían conversiones más frecuentes y más prodigiosas, y por esto decía que era necesario un milagro para convertir a aquellos que no salían enmendados de los ejercicios. Oigamos sus palabras sobre este asunto.
«Demos mil y mil gracias a Dios, porque se ha dignado elegir la casa de San Lázaro para hacer un teatro de su misericordia. Vienen aquí muchos de muy grandes distancias, no sólo para hacer una buena confesión general, sino también para otros fines. Vienen algunos para resolverse a abrazar un estado en el siglo y para hallar el modo de salvarse en él; otros, teniendo inspiración de dejar el mundo, se retiran aquí para procurar conocer bien la divina voluntad; otros, recién convertidos a la fe católica, desean instruirse en las cosas pertenecientes a nuestra santa religión, y disponerse para la primera confesión y comunión. Aquí vienen muchos soldados para arreglar sus cosas y limpiar sus almas antes de entrar en los peligros de la guerra; concurren aquí muchos viejos para aparejarse a la muerte; y cuántos curas que tienen a su cargo las almas, y otros eclesiásticos, no vemos venir de todas partes para encaminarse al término de su perfección? ¡Oh señores, cuántos bienes se derivan de estos santos ejercicios, si procuramos hacer lo que nos toca con toda fidelidad! ¡De cuánto consuelo sirve saber que hay en París un lugar abierto siempre para todos los que se presenten con verdadero deseo de reconciliarse con su Creador! Sirvamos, pues, a todos, no mirándolos sólo como a hombres, sino como a hombres enviados del Señor. No hagamos distinción alguna de personas; estimemos tanto al pobre como al rico; o más al pobre que al rico, por ser el que más semejanza tiene con Jesucristo nuestro Señor mientras estuvo en la tierra. Era esta casa en otro tiempo lugar en donde se recibían a los leprosos para curarse de su enfermedad, y ninguno sanaba; ahora sirve para recibir a los pecadores cubiertos de la lepra espiritual, y se experimenta que, por la gracia del Señor, muchos recobran la salud; o digámoslo mejor, muchos vienen muertos y vuelven resucitados. ¡Cuán afortunados somos por ser la casa de San Lázaro el lugar de esta resurrección! Cuatro días estuvo muerto este santo, y salió del sepulcro con perfecta vida; y el mismo Cristo que lo resucitó, hace aquí a muchos la misma gracia, pues detenidos en los ejercicios como Lázaro en el sepulcro, salen con una nueva vida. ¿Quién no se regocija por tan señalada misericordia? ¿Quién no sentirá el corazón lleno de amor y agradecimiento a la bondad divina por un bien tan grande? Supliquemos al Señor que se digne conservar lo que con tanta liberalidad nos ha concedido; que nos dé fuerzas para resistir a la inconstancia y repugnancia naturales, y que no permita que por nuestro descuido nos hagamos indignos de un favor tan singular«.
Estas palabras de Vicente dan a conocer el grande aprecio que hacía de estos ejercicios y lo provechoso que generalmente son a toda clase de personas. No contento con que un bien tan particular lo disfrutasen solamente los hombres, dispuso que se comunicase también a las mujeres. Dio principio a esta obra en la casa de las hermanas de la Caridad, de la que se hablará después, donde eran recibidas por una piadosa mujer animada del mismo espíritu de Vicente y adoctrinada por él en todo lo que en dichos ejercicios debía practicarse con cada una, según su clase. Encomendóle entre otras cosas, que les hiciese tomar resoluciones particulares y ejercer determinados actos de virtud propios a su sexo y estado, para que después pudiesen fácilmente practicarlos y poseer de este modo una sólida virtud.







