Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 11

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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CAPITULO XI: De las virtudes que más particularmente recomendó Vicente a los de su Congregación.

Conociendo Vicente que los misioneros habían sido llamados, como los discípulos del Señor, para predicar el Evangelio, quiso que al ejemplo de éstos procurasen los suyos imitar las virtudes que el mismo Cristo había practicado mientras enseñó la palabra divina, pues solo siguiendo este camino, confiaba en que produjese abundante fruto esta nueva planta. En consecuencia encargó Vicente a los de su Congregación una santa simplicidad, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por la salud de las almas; hizo que estas virtudes fuesen como el carácter natural de los suyos y el alma del instituto, Por eso decía: «La simplicidad es con respecto a Dios y con el único fin de agradarle: la humildad, con respecto a nosotros mismos para conocer nuestra nada y amar nuestra humillación: la mansedumbre, con respecto al prójimo, para sufrir sus defectos y malos tratamientos, y para atraerlo con más suavidad al conocimiento de Dios: la mortificación es necesaria para adquirir la mansedumbre y para superar las dificultades que se encuentran en el servicio de Dios: y el celo unido a la gracia y a la caridad, disipa la amargura de la mortificación, y da consuelo en los trabajos.»

Para el ejercicio de cada una de estas virtudes y de algunas otras que particularmente recomendaba a los suyos, les daba los consejos de que hablaremos en este capítulo y en el siguiente, añadiendo en el XIII las máximas que seguía el siervo de Dios y deseaba que siguiesen sus sucesores en la admisión de los miembros de la Congregación, para que de este modo se tenga una idea completa del espíritu del instituto.

Hablando, pues, Vicente de la simplicidad, a la que daba el primer lugar, decía que así como la prudencia de la carne y el disimulo reinan en el siglo como hijos de sus máximas engañosas, así era necesario vencerlas con el espíritu de Jesucristo que es enteramente opuesto a ellas, esto es, con la sencillez, sin usar ficciones ni artificios y sin escudarse con la falaz política de los hombres, cuyas miras principales son la vanidad o el interés personal. Reprobaba por esto que los de su Congregación sin urgente necesidad tratasen con personas calificadas de grandes sólo por su nobleza y no por su buena vida. Quería que huyesen de las conversaciones generalmente inútiles de semejantes personajes, en las que se suele tratar únicamente de cosas mundanas y ociosas, aun cuando su comunicación fuese con el fin de ganarles la voluntad, pues en esto habita bienes inciertos y males seguros. Recordábales también que, aunque por motivo de las funciones de su instituto tenían que tratar con toda clase de personas, ya discretas, ya necias, nunca dejasen de usar con todas de la misma sencillez en su trato.

Pero sobre todo les encargaba que practicasen esta virtud al explicar la palabra de Dios, y quería que los sermones, la doctrina cristiana y los discursos dirigidos a los que se habían de ordenar fuesen en estilo sencillo y familiar, «porque, decía, no es la pompa de las palabras la que dispone el corazón y lo abre para recibir la gracia de Dios, sino la simplicidad y la humildad.» Y en apoyo de esto les presentaba el ejemplo de Jesucristo, quien pudiendo explicar los misterios divinos en conceptos proporcionados a la alteza de su sabiduría, usaba de voces comunes para acomodarse a la capacidad de los pueblos, y dejarnos el ejemplo del modo de predicar su palabra. Presentábales también el ejemplo de S. Felipe Neri, elogiando el estilo llano que quiso el Santo que observasen los PP. de su Congregación en los sermones, y con el que han convertido muchísimas almas. Pedíales en fin, que desmenuzasen el pan de la doctrina evangélica, para que todos la entendiesen y sacasen fruto de ella, cosa tan necesaria, que sin ella, como la experiencia enseña cada día, ningún provecho sacan los oyentes.

Deseaba que a esta simplicidad de la paloma se hermanase la prudencia de la serpiente, virtud importantísima para que el predicador no toque dañosos extremos, y para que el ardor del celo se acomode al estado y disposición de cada uno; pero deseaba Vicente que esta prudencia, que mide las palabras y da circunspección a las obras, que se abstiene de todo lo que puede ofender al prójimo o ser contrario a la modestia eclesiástica, fuese enteramente religiosa, y no se mezclasen los falsos respetos del siglo con las máximas sencillas del Evangelio, procurando también con no menos cuidado inspirar a los suyos el amor de la humanidad. Solía decirles que ésta era la virtud de Jesucristo, la de su Santísima Madre y la de los santos más grandes, y que la Congregación de la Misión, como la más inferior a todas, no debía tener más fundamento que el de la humildad, pues sin él no podría sacar fruto alguno ni para sí ni para el prójimo; añadía después: «Debemos regocijarnos de que se diga que nuestra Congregación no es útil a la Iglesia: que en todo lo que emprende ningún bien consigue: que las misiones se hacen sin fruto: los ejercicios de los seminarios sin bendición; y los de las personas que se han de ordenar, sin regla. Y si tuviésemos el verdadero espíritu de Jesucristo, nos alegraríamos de ser reputados como gente inútil y perezosa. ¿No os parece cosa extraña y difícil de comprenderse el que por una parte cada uno de los que forman una Congregación, por ejemplo, Pedro, Juan y Francisco, se crea obligado a huir de la honra y amar el desprecio, y por otra se pretenda que la Congregación debe procurarse la honra del mundo? ¿Cómo es posible que Pedro, Juan y Francisco amen con verdad el desprecio y lo busquen, si la Congregación que se compone de estos particulares, hace profesión de amar y buscar la honra y reputación? Es preciso confesar que estas dos cosas son incompatibles, y por esto los misioneros deben alegrarse, no solo cuando se les presenta la ocasión de recibir desprecios, sino también cuando se vea humillada la misma Congregación. Sirva esta medida para conocer los progresos que hacen en la humildad.»

Deseaba también el humilde siervo de Dios que tuviesen todos los suyos un trato afable y sencillo con el prójimo, pues de este modo se encadena dulcemente el corazón humano. «Bien sé, decía, que tienen muchos sus razones para usar de modales graves y aun severos; pero no creo que esto sea lo que convenga a los misioneros, ni puedo persuadirme de que saquen fruto alguno empleando semejantes medios. Por lo cual continuamente ruego a su Divina Majestad que sobre todo dé la humildad a esta mínima Congregación, y que esta sea su suerte y su herencia, pues en ella se encuentran las virtudes que más convienen al instituto. ¡Oh, Salvador mío, danos esta virtud, dánosla como propiedad nuestra; esta virtud que tan bien enseñaste al mundo y que tanto amaste! ¡Oh, humildad santa, cuán bella eres! ¡Oh, pequeña Congregación, cuán amable serás, si Dios te concede la gracia de poseer hasta cierto grado esta excelente virtud!»

Querer referir todas las alabanzas que hacía Vicente de la humildad, sería nunca acabar, pues como deseaba tanto que echase profundas raíces en el corazón de los misioneros, ninguna ocasión dejaba pasar sin que manifestase sus excelencias; y como varón sabio que miraba no sólo el estado presente, sino también el futuro, para perpetuar el amor de esta virtud, conocía que era preciso plantarlo profundamente desde el nacimiento de la Congregación: quería que el primer cuidado de ésta fuese el estudio de la humillación, y que sus miembros tuviesen gusto particular en ser reputados por pobres de talento, de instrucción, de nacimiento: despreciados de todos y tenidos por hombres que ocupaban un lugar en el mundo sin provecho alguno, teniendo por cierto, que mientras reinase en sus almas este deseo, serían instrumentos a propósito para cumplir los designios de Dios.

Encargábales que practicasen la humildad en medio de los ejercicios que más alabase el pueblo, y que así lo hiciesen, sin manifestar estudio en hacerlo: que dejasen de improviso la práctica de las misiones, cuando así le pareciese al superior, para que viéndolos fallar a lo comenzado, las gentes se burlasen de la poca constancia de su celo, y ridiculizaran los trabajos que en otros lugares hubieran sido elogiados.

Y como solicitar el aplauso es lo mismo que dejar que el viento se lleve esta virtud que recomendaba, no solo declaró Vicente guerra a la ambición, sino que intentó destruir hasta los cimientos del edificio de la vanidad, y para esto decía: «Nosotros que queremos adquirir gloria, gustamos que se hable de nosotros y se diga que hacemos cosas grandes; pero ¡ay de mí! esta es una astucia infernal, que enmascarándose con bellos pretextos, envenena los corazones de los que le dan entrada en su pecho. ¡Oh, maldito deseo de brillar, cuántos bienes destruyes y cuántos males ocasionas! Tú haces que se predique y elogie a sí mismo el que no debía predicar más que a Cristo, y que de este modo en vez de edificar destruya.»

Después de recomendar tanto Vicente a sus hijos la humildad, les aconsejaba la observancia de la mansedumbre, y les exhortaba a tratar suavemente con el prójimo, sufriendo con paciencia los defectos de los flacos y los excesos de los atrevidos. Quería que alentasen a las almas para aborrecer las culpas, con aquella dulzura que nace de un corazón tierno y lleno de caridad cristiana: decía que muchas veces se valía el demonio de la condición áspera de algunos, para indisponer los ánimos al arrepentimiento, y hacerlas caer de un precipicio en otro. Deseaba principalmente que se tratase con afabilidad a la gente más pobre y vil de los pueblos, y no podía sufrir que se usase con ellos de modales imperiosos y severos: «Porque, solía decir, con este modo de proceder quedan las gentes disgustadas, y no se atreven a llegar a nosotros, creyendo que somos demasiado austeros o personas de un nacimiento muy superior a su humilde condición, y que para hablarnos han menester usar de cumplimientos y de ceremonias no practicadas entre ellos; pero si uno se muestra afable, ellos también, formando otro concepto de nosotros, se muestran más dispuestos a aprovecharse de nuestros consejos; por lo que ya que Dios nos ha destinado al servicio de los pobres, debemos consagrarnos a ellos del modo que les sea más provechoso, esto es, con mucha amabilidad y ternura, teniendo siempre en el corazón, como si a cada uno de nosotros se hubiese dicho, las palabras del Sabio: Congregationi pauperum affabilemte tacita.»

En todas ocasiones quería que usasen los misioneros de dulzura; pero más particularmente con los pecadores obstinados, y no podía tolerar que en los sermones se hiciese uso de palabras picantes, que más sirven para desalentar que para animar a los oyentes, y más mortifican que conmueven. Creía, y con razón, que la enmienda debía esperarse de la eficacia de la verdad evangélica, dicha con amor y ternura, y no con gritos y comparaciones espantosas que aturden la cabeza sin tocar el corazón, y así decía, que los que tal hacen «son semejantes a los torrentes, que sólo tienen fuerza en el momento de su impetuosa avenida, y poco después se secan; pero los ríos, símbolo de las personas benignas y mansas, siguen su curso tranquilo y nunca llegan a secarse.» La prudencia aconseja que al predicar se observe el lugar, la persona, el tiempo y la causa, y se procure persuadir, avasallando la razón para rendir después fácilmente la voluntad.

Exhortaba igualmente a los suyos a que huyesen de la adulación, y que siempre atendiesen a decir la verdad, sin hacer caso alguno a la grandeza ni al poder. «Dios nos guarde, decía, de adular a un hombre por adquirir su estimación. Sea pues nuestra máxima, hacer mucho por el amor de Dios, y nada por la estimación de los hombres: trabajar por su salud, sin hacer aprecio de sus palabras: ser afables, pero no aduladores, porque nada es más indigno de un corazón cristiano que la adulación.» Si observasen los predicadores con exactitud estas máximas, en todos tiempos sacarían mucho fruto de sus trabajos evangélicos.

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