Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 03

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo III. Cautivan los Moros a Vicente, y llévanle a Berbería.

En el curso de sus estudios dio Vicente tantas pruebas de vir­tud y prudencia, que era aclamado aun de la misma envidia: ninguno le trató sin cobrarle grande afición, pues la excelencia y nobleza de costumbres es el más poderoso atractivo para los corazones. Todos los que conocían a Vicente celebraban tanto cuanto veneraban y respetaban su conducta, y el crédito que te­nía entre las personas principales hacía que le solicitasen para maestro de sus hijos, llegando a estimarlo hasta el punto que, como refiere el Sr. San Martín, canónigo de Acqs e íntimo amigo de Vicente, intentó el duque de Espernon que se le die­se un obispado.

Muy diversos son los pensamientos de los hombres de los eternos decretos del Altísimo, pues cuando este príncipe trata­ba de elevar a Vicente a tan alta dignidad, Dios lo encamina­ba a una penosa esclavitud, para que se labrase con los pesados hierros de una cadena la preciosa corona que hoy ciñe su cabeza. Volvía Vicente de Marsella a donde había ido para recoger una herencia que en su ausencia le había dejado un amigo suyo de Tolosa, y habiéndose embarcado para Narbona, cayó en manos de moros que le llevaron preso a Berbería. Este suceso lo refiere él mismo en una carta fecha en Aviñón a 24 de Julio de 1607, en que dice:

«Me embarqué para Narbona con objeto de llegar más presto y hacer menos gastos, o por mejor decir, para no llegar nunca y perderlo todo. El viento era favorable y bastante fuerte para llegar en aquel mismo día a Narbona, lo que hubiera sucedido si tres bergantines turcos no nos hubieran dado caza y asaltado con tal fuerza, que habiendo matado dos o tres de los nuestros y herido a todos los demás, en cuyo número entré yo mismo recibiendo una herida de saeta que me recordará el suceso toda mi vida, nos vimos obligados a rendirnos a aquellos bárbaros. Descargaron los primeros golpes de su rabia sobre nuestro piloto, al cual hicieron pedazos, porque en la refriega mató a uno de los principales de ellos, a más de cuatro o cinco forzados que perecieron a manos de los nuestros. Nos encadenaron en seguida a todos, y después de haber curado muy mal nuestras heridas, continuaron sus correrías haciendo otros mil ladronicios, aunque daban libertad a los que se rendían sin pelear. Al cabo de siete u ocho días, cargados de mercancías, volvieron a Berbería, cueva y habitación de ladrones. Luego que llegamos a Túnez, nos pusieron en venta, haciendo un proceso verbal de nuestra prisión, en que afirmaban que se había verificado en un navío español, pues sin esta estratagema nos hubiera puesto en libertad el cónsul que allí tiene el rey para mantener el comercio libre con los franceses. Lo que hicieron para ponernos en venta fue esto: después de habernos desnudado, nos dieron a cada uno un par de calzo­nes, una camisilla de lino y un birrete, y con este traje nos llevaron a la ciudad, donde nos hicieron dar cinco ó seis vueltas con la cadena al cuello; nos volvieron a la barca para que los mercaderes nos viesen comer y conociesen que no eran mortales nuestras heridas. Hecho esto, nos volvieron a llevar a la plaza, donde fueron los mercaderes para examinarnos del modo que se hace cuando se compra un caballo o un buey: hacíannos abrir la boca para vernos los dientes, nos tocaban los hijares y nos sondeaban las heridas; después nos hacían caminar, tro­tar, correr, levantar cosas pesadas y luchar, para probar las fuerzas de cada uno, y hacer otras mil bestialidades. Yo fui vendido a un pescador, el cual muy pronto se vio obligado a venderme, por no haber cosa más nociva para mí que el mar. Pasé a poder de un médico viejo, químico y destilador de quintaesencias, hombre muy humano y tratable, el cual había empleado cincuenta años en buscar la piedra filosofal. Mucho me amaba este hombre, y gustaba de conversar conmigo sobre su arte y sobre las cosas de su ley, esforzándose en atraerme a ella, prometiéndome grandes riquezas y descubrirme los secretos de su ciencia. Pero Dios nuestro Señor me dio siempre una firme esperanza de mi libertad por las continuas oraciones que diri­gía a su Divina Majestad y a la Santísima Virgen, por cuya intercesión creo ciertamente haber salido de mi cautiverio. Estuve, pues, con aquel viejo de Setiembre de 1605 hasta Agosto del año siguiente, época en que fueron a prenderlo para lle­varlo a servir al gran sultán; y fue tal la pesadumbre que recibió, que murió en el camino. Quedéme con un sobrino suyo, quien poco después de la muerte del tío me volvió a vender, porque había oído decir que el Sr. Breres, embajador del rey de Francia en Turquía, venía con patente del gran señor a dar libertad a todos los esclavos cristianos franceses. Vendióme, pues, a un renegado de Niza, hombre inhumano, quien me llevó a su temat, nombre que ellos dan al terreno que se cultiva por un arrendatario del príncipe, porque en aquellos lugares el pueblo nada posee en propio, pues todo es del gran sultán. Este temat estaba situado en la montaña de un país en extremo caliente y desierto.

Tenía este renegado tres mujeres, una de las cuales era turca, y ella sirvió de instrumento a la misericordia de Dios para sacar a su marido del estado de apostasía y librarme de la esclavitud, pues como ella tuviese mucho deseo de conocer nuestro modo de vivir, diariamente venía al campo en donde yo trabajaba, y una vez me mandó que cantase las alabanzas de mi Dios. El recuerdo de aquellas palabras: Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena? de los hijos de Israel esclavos en Babilonia, me hizo, con las lágrimas en los ojos, cantar Super flumina Babylonis, y después la Salve Regina y otras oraciones que escuchó con gran gusto. En la noche tuvo cuidado de decir a su marido que había hecho mal en dejar su re­ligión, de la que había formado muy buena idea por lo que yo le había dicho sobre la grandeza de nuestro Dios, y por algunas alabanzas que había cantado en su presencia: que ella había tenido tanto gusto de oírlas, que no creía tener otro mayor en el paraíso de sus padres adonde esperaba ir, y con­cluyó diciendo que conocía que en aquello había alguna cosa sobrehumana.

Tal efecto produjeron las razones de esta mujer, que al día siguiente me dijo el marido que estaba decidido a huir a Francia; que nada faltaba más que aprovechar la ocasión, que dentro de pocos días se le presentaría con la ayuda de Dios. Estos pocos días fueron diez meses en que me entretuvo dán­dome siempre esperanzas; pero en fin, al cabo de ellos nos embarcamos y huimos en un pequeño esquife, y abordamos al puerto de Aguas Muertas el día 28 de Junio. Pasamos de allí a Aviñón, en donde el renegado, con lágrimas en los ojos y mu­cha compunción, se presentó al vice-legado, quien públicamente lo recibió en la iglesia de S. Pedro para gloria de Dios y edificación de los asistentes. El dicho vice-legado nos ha detenido para llevarnos a Roma luego que venga su sucesor, y ha prome­tido al penitente facilitarle la entrada en el convento de los frailes de S. Juan de Dios, conforme a la promesa que este había hecho.»

Hasta aquí la carta de nuestro Vicente, que encontró cin­cuenta años después, y guardó con grande interés un compañero suyo, a pesar de las muchas diligencias que aquél hizo para que no llegase después a manos de ninguno: porque su extrema humildad ocultaba con empeño cuanto Dios obraba con él y cuan­to él hacía en servicio de su Divina Majestad.

Vemos en la esclavitud de Vicente la grandeza y libertad de su espíritu, y como cargado de cadenas, volaba su corazón a Dios y ardía en su amor, pues que sus palabras pudieron ablandar el pecho de una mujer bárbara, y atraerla a lo que no conocía con sola la melodía de los cantos divinos que entonaba su ardiente amor. Hizo más, pues consiguió que la misma mujer quedase tan penetrada de la excelencia de la religión, que tomó a su car­go quitar la venda que cegaba al apóstata marido, y obligarlo a que volviese al gremio de la Iglesia.

Incomprensibles son los caminos de Dios, y en este suceso se ve claramente la verdad de ello; pues llevó a Vicente a padecer un penoso cautiverio para dar libertad al que era esclavo del demonio. También se ven los medios de que se valió la Providen­cia para que Vicente viese y experimentase los trabajos que padecen los cristianos cautivos, suspirando entre cadenas, oprimidos de insoportables fatigas, privados de consuelo, y lo que es más lastimoso, en continuo peligro de perder la fe; y para que se animase a dar ayuda a aquellos infelices, como lo ejecutó después con el celo caritativo y buen éxito que veremos en el pro­greso de su vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.