Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 02

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Capítulo II. De los estudios de Vicente y de su promoción a los órdenes sacerdotales.

LUEGO que Vicente llegó a la edad de doce años, lo envió su padre a la ciudad de Acqs para que pudiese dedicarse a los es­tudios. Deseaba el padre que fuese Vicente no menos virtuoso que estudiante, porque la virtud es compañera inseparable de la verdadera sabiduría ; y aunque conocia que estaba dotado su hi­jo de un juicio nada comun en su edad y de tan puras costum­bres que podian servir de ejemplo a todos sus compañeros, sin embargo, para que se conservase con tan buenas disposiciones y para evitarle daños de las malas compañías , lo encomendó al cuidado de los franciscanos, en cuyo convento se criaban y edu­caban muchos mancebos. Vicente no perdia tiempo ni daba instantes al ocio: la aplicación era su descanso y el estudio su en­tretenimiento, y así aprovechó tanto, que a los cuatro años llegó a ser maestro de sus compañeros. Los aplausos que todos hacían de Vicente, decidieron a un abogado de aquella ciudad a lle­varlo a su casa, señalándole una regular pensión para que en­señase la gramática a dos hijos suyos. En los cinco años que duró esta ocupación, continuó Vicente sus estudios adquirién­dose mucha estimación y descargando a su padre del gasto de su mantención, porque él mismo acudía a su sustento. Como Dios lo destinaba para que cumpliese sus altos designios, le despertó fuertemente el deseo de servirlo, y apartó su corazón de las co­sas mundanas. Por esto no anhelaba a más bien que al de agradar al que es el verdadero bien; le pareció que para esto el estado más conveniente era el del sacerdocio, y en el año de 1596, el mes de Septiembre recibió los órdenes menores: desde entonces se vio bien que el Señor obraba en el alma de su siervo, pues desde el primer paso en el estado sacerdotal no solo dejó cuantas espe­ranzas le ofrecía la tierra, sino que determinó buscar el cielo por el mayor desprecio del mundo. Así es que lo primero que hizo fue dejar su patria, con firme resolución de no volver más a ella: pidióle la bendición a su padre, y con su consentimiento partió para Tolosa, y de allí se fue a Zaragoza, en cuya Univer­sidad estudió la Teología por espacio de siete años, y luego se graduó de bachiller, con facultad de poder interpretar pública­mente el Maestro de las sentencias. Ocultó Vicente toda su vida esta honra adquirida por sus estudios, de suerte que hasta después de su muerte ninguno sabía que se hubiese graduado en tan ilustre Universidad. Por el privilegio que se halló entre sus papeles se supo esto que ignoraban aun los que le trataban muy familiarmente, pues tenía Vicente tal cuidado en hollar la esti­mación y despreciar hasta las sombras de la vanidad, que no solo ocultaba lo que sabía, sino que afectaba ignorancia, diciendo cuando la ocasión se presentaba, que él solo era un estudiante de gramática. ¡Ejemplo raro de humildad, ostentar ignorancia quien siempre estaba enseñando! Cuando la necesidad lo exigía, obligado por ella y por la defensa de la verdad, derramaba Vi­cente los rayos de su mucho saber, pero con tanta modestia, que apenas se manifestaban a los que pretendía ilustrar. Y si alguna vez la elevación de sus discursos y la viveza de sus pen­samientos descubrían su profundidad y sabiduría, era muy a su pesar, porque su mayor gusto consistía en ser despreciado de todos y tenido por hombre ignorante, haciéndose verdadero dis­cípulo del Apóstol, quien se gloriaba en no conocer más que a Cristo crucificado.

Como el fin que Vicente se había propuesto al abandonar su patria y parientes era desprenderse de todo lo terreno para seguir a Cristo, quiso recibir los órdenes del subdiaconado, y así lo hizo en el año de 1598, y luego en 23 de Setiembre de 1600 se ordenó de presbítero.

Para tan suprema dignidad fue grande disposición de Vi­cente desnudarse de los afectos de la carne, y ausentarse, como otro Abraham, del lugar de su nacimiento para buscar y seguir solo a Dios. Tanto cuidado tuvo siempre en tener oculto lo que no conduela al servicio de Dios, que se ignora lo que le aconte­ció en esta época de su vida, pues ni del lugar, ni del tiempo en que celebró su primera misa ha quedado noticia alguna. Lo más que se ha podido llegar a saber es que había tenido tanto temor de aquel tremendo misterio que por primera vez habla de cele­brar, que solo el pensamiento le hacía temblar. Refiriendo esto él mismo, dijo: Que por el asombro que le causaba una acción tan alta, que no ha sido concedida a la pureza de los ángeles, había buscado un lugar muy retirado para celebrar la primera misa, y que solo le habían asistido en ella un sacerdote y un ministro. Siendo el sacerdocio lo más grande que Dios puede dar sobre la tierra, deben mirar bien la conducta de Vicente los que quieran entrar con acierto en estado tan supremo.

Luego que fue ordenado de sacerdote, obtuvo un beneficio, cuya posesión no llegó a tomar, porque habiéndosele puesto plei­to, no quiso defenderse, sino antes bien cedió todo su derecho al contrario, dándole las gracias por haberlo librado de aquel car­go; que para él era grave obligación el instruir y cuidar a los feligreses. Los que conocen el peso de tales cargos, son única­mente los que saben rehusarlos. Vicente se juzgaba inepto para el oficio de párroco, y como verdadero discípulo de Cristo, no se negaba al trabajo, pero tampoco se gozaba en la dignidad.

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