Comunidad: lugar de crecimiento
«En la vida no hay sino un dolor: estar solo», dice Gabriel Marcel. Unas relaciones sanas, benevolentes, acogedoras, son la primera necesidad psicológica del hombre. Su carencia es el origen de la gran mayoría de las malformaciones de la personalidad. Sin nosotros no hay ni yo ni tú. Es propio de la persona madura la capacidad de convivir, de asociarse y colaborar con las personas del entorno, y viceversa: las sanas relaciones sociales son un camino hacia la madurez psicológica.
La vida social no es para el hombre una sobrecarga accidental, sino la forma de engrandecerle en sus cualidades a partir del trato con los demás, la reciprocidad de servicios, el diálogo… (GS 25) «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18). Si el hombre está solo no es hombre, es un «homínido».
Nosotros y nuestros contemporáneos tenemos las líneas de comunicación saturadas, estamos apretujados por el contacto físico, pero estamos terriblemente solos por dentro. Y es que no nos basta cualquier forma de asociación: ni la gran masa y la demasiado estrecha de la familia. Necesitamos un grupo intermedio donde las relaciones no sean funcionales, de intercambio de servicios, sino afectivas y en el ámbito de comunicación. Hegel decía «yo soy nosotros» y el que no conjugue con frecuencia los verbos con el pronombre nosotros es un «mediohombre».
Son incontables las personas que rumian la soledad amarga cerca de nosotros, incluso las personas casadas, con hijos, con ambientes cálidos humanamente hablando. Muchos viven náufragos en un mar de soledad alzando los brazos en busca de manos amigas.
Pero Jesús «vino a congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52). Y estaban dispersos por los malos pastores que tenían, «erais como ovejas sin pastor» (1 Pe 2, 25). Acudían al templo individualmente y Jesús constituyó una comunidad «que tendría una sola alma y un solo corazón» (He 4, 32). Pero tampoco invitó a todo el mundo a integrarse en esta forma de vida aunque sí la presentaba como ideal de lo que era el Reino que Dios quería para nosotros.
Jesús se relaciona con ellos como amigo, les sirve y les anima a ser los primeros en servir a los demás. Frente a una selva de mandamientos, normas y ritos rabínicos Jesús es simple y reduce todo a tener una actitud filial ante Dios y una actitud fraternal ante los hombres. Dice de sí mismo que es una cepa a la que se unen y de la que reciben savia los sarmientos y en el momento culminante de su vida, con la responsabilidad del hermano mayor al que se le han confiado los otros hermanos ora con gemidos al Padre y le pide: «que sean uno como tú, Padre, y yo somos uno» (Jn 7, 21-23). Y así, los discípulos vieron que la integración de los hombres en comunidad fraterna bajo la mirada de Dios era lo que constituía el proyecto del maestro; único templo verdadero, lugar de cita con el Señor, comunidad que ora en espíritu y en verdad.
De este modo la comunidad de Jerusalén en Pentecostés se convierte en la maqueta de la nueva humanidad. Babel, símbolo de la dispersión y el conflicto es la antítesis de esta nueva realidad. Por eso el pecado contra la unidad es tan grave como un tiro directo al corazón de la comunidad y así Pablo amonesta a los cismáticos de Corinto, a los que siembran cizaña, a los que hieren a la comunidad y que comen su condenación cuando participan de la Eucaristía entre divisiones.
Somos carta de Jesús a los hombres
Sólo a algunos invitó Jesús a dejar todo y a seguirle y a lo largo de la historia muchos han seguido con radicalidad su propuesta en diferentes caminos. Desde el comienzo, mucho antes de que surgiera la vida religiosa consagrada, muchos lo imitaron creando comunidades fraternas. La vida comunitaria es, desde siempre, un carisma necesario e imperecedero en la Iglesia. Pueden cambiar las formas pero no puede acabarse la comunitariedad. Nadie puede poner barreras al Espíritu si él quiere regalar a la Iglesia con comunidades libres, sin compromisos vitalicios, de dimensiones y dependencias diocesanas o de asociaciones laicas, como la nuestra.
Todo cristiano y, por ende, toda comunidad, tiene una doble faceta: su ser, que consiste en la fraternidad, la comunión y la comunidad; y su quehacer que es evangelizar, celebrar, servir. La comunidad es una encarnación carismática que debe revelar a todos el «ser» de la Iglesia más que quehacer. Tiene como destinatarios a la Iglesia y al mundo: hemos de ser «carta escrita, no con tinta, sino con Espíritu de dios vivo; no en tablas de piedra, sino de carne, en el corazón, carta abierta y leída por todo el mundo» (2 Cor 3, 2-3)
El ambiente que se vive en la Iglesia es, muchas veces, helado; muchos son los que se desvían por los caminos de las sectas, porque encuentran más calor, aceptación, comprensión, intimidad y fraternidad. Las comunidades que estamos creando han de ser terapia de shock en una Iglesia masificada y contagiada del individualismo y la indiferencia de la sociedad. Os corresponde alentar y liderar alternativas al cristianismo sociológico que también, dentro de JMV, se vive y promover comunidades vivas frente a una Iglesia-sociedad-anónima llena de cristianos que van por libre, espacios verdes frente a la aridez del asfalto.
Los cristianos de hoy necesitan que les enriquezcan con la experiencia comunitaria; cuando esta experiencia es gozosa y liberadora se siente la urgencia interior irresistible de gritarla en todos los rincones. Podéis ser maestros de pluralismo y diálogo, de comunión y reconciliación, de tolerancia, siempre que se hayáis vivido en comunidad.
De Karl Rahner es esta frase: «Yo diría que hay que trabajar tranquilamente en formar comunidades vivas, radicalmente coherentes y evocadoras de la Iglesia primitiva». Hoy es la gran tragedia de la Iglesia el no tener comunidades vivas y sin comunidades no hay cristianismo. ¿Qué es ser discípulo de Jesús sino vivir en fraternidad bajo la mirada del mismo Padre? ¿Cómo nos reconocen si no es porque nos amamos uno a los otros como él nos ama? No se puede crecer en la fe personal si no es a través de pequeñas comunidades eclesiales y este objetivo sería el desencadenante fundamental de la transformación eclesial y de la verdadera evangelización porque es el único camino que adultiza al creyente y le empuja al compromiso.
La tentación de una pastoral individualista siempre acecha, pues la pastoral comunitaria asusta porque compromete, exige, discierne, critica, supone responsabilidad, recorta el protagonismo clerical y sus facultades omnímodas, sitúa al ministro como servidor y no como señor ante sus hermanos, permite la unión de los seglares para opinar, proponer, participar…
Dicen los sociólogos que si el cristianismo tuvo tanta fuerza en el Imperio Romano entre los oprimidos fue por el mensaje de fraternidad que difundían las comunidades caldeadas de afecto. La fraternidad hace crecer el Reino y hay que promoverla lleguen o no lleguen los grupos y las personas a una fe explícita.
Tenéis que crear comunidades que denuncian la inhumanidad de un mundo que instrumentaliza a las personas y en el que éstas se relacionan desde el dominio y el poder; tenéis la misión de anunciar con vuestra vida la manera de relacionarse los hombres desde el respeto, la igualdad y la fraternidad. Sólo así se convierte en un signo de los tiempos. Todos necesitamos un hogar donde poder andar en bata y zapatillas, cantar aunque desafinemos, contar a alguien las perrerías de un compañero o de su jefe, contar un chiste y reír a carcajadas distendido, comunicar nuestros temores y compartir nuestras alegrías con unas cuatas personas que simpatizan con nosotros y siente con nosotros.
Hoy hay un misterioso florecimiento de pequeños grupos, de comunidades, que nos recuerdan a los de los apóstoles cuando creaban espacios donde cabían los paganos y los judíos de la diáspora. Jean Vanier afirma que «se prepara un renacer.
Pronto nacerá una multitud de comunidades fundadas sobre la adoración y la presencia de los pobres… Sí, una Iglesia nueva está naciendo…»
Conceptos raquíticos de la comunidad
1- La comunidad no es una organización:
La comunidad no es fundamentalmente una estructura externa, sino una realidad interior, una forma de relación de las personas. Podemos decir «yo pertenezco a tal comunidad» y estar mintiendo, primero porque no existe tal comunidad y segundo porque puede ser que nuestra presencia en ella sea meramente física.
La esencia de la comunidad no consiste en realidades exteriores: las mismas oraciones, la misma casa, la misma organización, el mismo trabajo… esto sólo no crea vínculos fraternales. Todo esto está al servicio de la comunión interpersonal, son medios de la expresión de fraternidad; si no es así, se convierten en formas de esclavitud.
Podemos formar una comunidad de miembros ensamblados como un mecano: nos movemos pero sin alma, porque podemos vivir individualmente una actividad misionera generosa, una oración personal intensa, un estilo de vida exigente, sin dimensión comunitaria. Tampoco seríais comunidad. por el hecho de tener cosas en común: no pasaríais de ser una sociedad anónima. O por tener los mismos horarios y leyes y ser uniformes en la comunidad: si sólo fuera así no habría mejor comunidad que una cárcel. Tampoco una misma tarea es lo que constituye una comunidad. Por que una fábrica donde todos hacen el mismo trabajo no es una comunidad. ¿Somos comunidad porque vivimos en una misma casa, comemos juntos, nos recreamos en la misma sala? También en los hoteles.
Todos estos aspectos son inválidos si no son expresión de algo interior. Ser comunidad es encontrarse las personas de un grupo, pero no de forma yuxtapuesta. Ser comunidad no es sólo estar los-unos-con-los-otros, sino los-unoscon-por-para-los-otros. A los miembros de la comunidad. no los atan lazos externos, sino lazos de comunión que atan libre y gozosamente desde dentro.
La regularidad, el funcionamiento exterior ordenado y fluido crean una falsa seguridad y la falsa tranquilidad de que «todo va bien». Si hay comunidades que se disgregan porque algunos ignoran las normas mínimas de la vida material, otras pueden asfixiarse porque no creen más que en el reglamento, en la economía eficaz y en la gestión y matan el corazón y el espíritu. Un mínimo de estructura en la comunidad es imprescindible siempre que no se convierta en fin de sí misma. El orden y la distribución del tiempo tienen que nacer de la comunión fraterna de las personas. Todo lo que sea estructura ha de ser humano, flexible y dinámico.
2- La comunidad no es un club de camaradas
No podemos adherirnos a una comunidad por afinidades externas como en un club social que está en función de relaciones agradables e interesantes, con una atmósfera de aceptación recíproca que dura mientras sirve a sus miembros. La comunidad. es un grupo donde se cohesionan las personas que buscan valores que las trascienden y buscan una interrelación gratuita.
Cuando queremos formar comunidades por afinidad ¿no hay una latente e inconfesada pretensión de crear un club social de camaradería? Cierto que son aptas para satisfacer las necesidades afectivas de sus miembros, las relaciones serían más espontáneas, menos formales, se sentirían solidarios entre sí… Un grupo de estas características tiende al exclusivismo, a cerrarse, a impedir la entrada a otros…
Con el Nuevo Testamento en la mano la comunidad hemos de definirla como un grupo heterogéneo: diferentes en edad, tendencias políticas, posición social, mentalidad… Entre ellos había rencillas y necesidad de perdón. Las cartas de Pablo nos presentan comunidades plurales integradas por judíos y prosélitos, cultos e ignorantes, ancianos y jóvenes. El milagro es que de toda esta pluralidad surja la unidad, un solo cuerpo, el templo de Dios.
La heterogeneidad enriquece a las personas y a la comunidad: es bueno que haya personas organizadas, eficaces y lentas, reflexivas; rigoristas y flexibles; tímidas y extrovertidas, sanos y enfermos,… la homogeneidad produce euforia que dura cierto tiempo, pero termina hastiando un poco. Lo heterogéneo nos hace entrar en un juego humanizador de dar y recibir. Si pretendemos convivir con los iguales, no hacemos más que lo que hacen los paganos (Mt 5, 46-48). La selectividad en la pertenencia comunitaria es una forma de elitismo. ¿Dónde está el amor gratuito si sólo se aceptan relaciones gratificantes y placenteras?
Hay una condición exigible a todo el que quiera vivir en comunidad: saber respetar el modo de pensar y de sentir de los demás. No tienen por qué asustarnos las diferencias y las divergencias si hay suficiente permeabilidad en las personas. La sana convivencia logra aproximar posturas e impulsa a amar, por encima de todo, a quien a pesar de todos los pesares y diferencias, es miembro de la misma comunidad, hermano entrañable. Querer vivir en una comunidad monocolor es síntoma grave de incapacidad para convivir evangélicamente. Este tipo de comunidad impide la aceptación de una parte de verdad que a todos nos falta y corre el riesgo de hacerse sectaria.
El Espíritu de Jesús impulsa a aceptar al hermano que Dios pone en mi camino y que no he elegido, sino que me ha sido dado. Esto es lo que da garantía de que amamos de verdad y somos signo de fraternidad en el mundo.
3- La comunidad no es un equipo:
Cuando aparentemente la cosa funciona en el trabajo en común, todo va a las mil maravillas, cada uno asume su responsabilidad, hay unidad de miras y métodos… ¿no podemos estar cayendo en relaciones laborales más que personales entre los miembros de la comunidad? Esta realidad nos desvela una empresa pastoral, educativa, sanitaria, evangelizadora… pero no una comunidad. Tendemos a funcionalizar la vida comunitaria en beneficio de la propia realización personal, en beneficio de la actividad apostólica, en beneficio de la institución…
Ciertamente el trabajo de unos cuantos liberados que proyectan juntos, trabajan en equipo, se distribuyen las tareas, no tienen familia que les robe tiempo y recursos económicos… es muy eficaz apostólicamente. Caemos en la trampa de la sociedad productivista y pedimos cuenta de la efectividad de nuestro trabajo y sólo nos tranquilizan los resultados palpables.
El fin principal de la comunidad es la comunión profunda de sus miembros. La tarea común es un elemento aglutinante, pero no es lo constitutivo. En un equipo de fútbol lo que importa es la función de cada persona para conseguir la victoria, en la comunidad importa cada persona, no su función. Por eso tenemos que construir una comunidad. de vida, no una asociación de trabajo. La comunidad se degrada si sólo la vemos como instrumento o medio. Lo que primero interesa en una comunidad es el ser, antes que el hacer. No es una estructura para conseguir funcionalidades, sino un misterio teologal, un modo de vivir en comunión con los hermanos y con Dios. No es un hogar para trabajar, sino un hogar que trabaja.
Si entendemos la comunidad como equipo de trabajo convertimos en medios a todos los miembros de la comunidad y tendrán valor sólo en la medida en que contribuyan a la consecución del fin. Así, la organización prima sobre las personas, el rendimiento suplantará al testimonio evangélico, el animador será un jefe de empresa y el resto serán piezas de ajedrez en la poderosa empresa de la Iglesia.
El mejor modo de entrar a formar parte de una comunidad es no tener ningún proyecto y vivir intensamente la vida cotidiana con todo lo que implica de trabajo, disponibilidad, escucha y acogida.
4- La comunidad no es una sociedad de socorros mutuos:
Últimamente se reconoce que a las comunidades cristianas están llegando muchas personas con una psicología afectivamente alterada por una infancia frustrada por ausencia de cariño, inseguridad afectiva que les lleva a buscar con avidez un cariño exclusivista. Viven atormentados y atormentan, son los eternos incomprendidos… buscan en el grupo lo que no pudieron encontrar en su propio hogar: convertirse en centro de atención en una comunidad a la que considera como un seno maternal donde recuperar las auténticas relaciones de confianza que no ha tenido con sus padres.
Muchos otros buscan la comunidad por miedo a la soledad y terminan defraudados porque ese problema continúa y ha de resolverlo la propia persona. Su relación con la comunidad está llena de egoísmo y sólo pretende encontrar beneficios sin aportar nada de su parte. A veces varias personas de este tipo se acoplan perfectamente: uno tiene necesidad de mandar y el otro de ser mandado; uno tiene necesidad de ser amado y valorado y otro la tiene de hacer de mamá, de proteger,… la oferta de unos coincide con la demanda de los otros.
Pensar que se ha construido una comunidad unida cuando lo que hay es una sociedad de socorros mutuos es una grave ilusión. No sólo no madura a las personas, sino que las hace más neuróticas y las bloquea con su narcisismo. Parecen comunidades modélicas porque se comunican mucho y dan muestras de caridad, pero esto no es más que la expresión de un amor captativo y no oblativo, sólo hay una intención de ser felices a costa de los demás. Cierto que la comunidad es un hogar, pero no una estufa para personas encogidas por la inclemencia del tiempo social o familiar. No es un grupo terapéutico, aunque cure, ni un grupo de apoyo, aunque apoye, ni es sólo un hogar, aunque proporcione calor humano. No es un refugio sino un trampolín desde el que se lanza uno por sanas motivaciones: porque se ama a los otros, se quiere vivir y caminar junto a ellos, se les quiere hacer felices.
Muchos jóvenes de hoy huyen como aves asustadas de la tormenta del mundo, tienen psicología de náufragos, traídos y llevados, envueltos por las olas de la inseguridad en el trabajo, la problemática del paro, en lo afectivo por la desintegración de la familia, bombardeados por ideas e ideologías… por eso buscan una institución, un grupo con el que identificarse… y pueden llamar a la puerta de la vida comunitaria para resolver todo esto. Porque la comunidad tiene la vida resuelta en el sentido económico, está libre de conflictos y responsabilidades que agobian en la vida corriente… Una comunidad con estas actitudes es más bien un club de solterones, un centro de la seguridad social.
Yo soy nosotros
Ser comunidad supone haber verificado el paso pascual del yo, del tú, al nosotros. Y esto nos es sencillo: implica muerte, inmolarse con los demás granos de trigo para hace el pan. Implica una vida compartida, construirse como personas que caminan por la vida unidas por el mismo «yugo». Ha ocurrido un milagro humano cuando en una comunidad sus miembros ya:
- no existen, sino co-existen;
- no viven, sino con-viven;
- no celebran, sino que con-celebran;
- no parten, sino que com-parten;
- no se gratulan, sino que con-gratulan:
- no sienten, sino que con-sienten;
- no se duelen, sino que con-duelen;
- no se acuerdan, sino que con-cuerdan;
- no se responsabilizan, sino que se co-responsabilizan.
Se trata de hacer propias las situaciones de los demás miembros del grupo: «Reíd con los que ríen, llorad con los que lloran» les dice Pablo a los romanos y tiene derecho a exigir ese meterse en la piel del otro para consentir los estremecimientos del miedo, la alegría, la tristeza, pues dice de sí mismo: «¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre?»(2 Cor 11, 2829). Así hago míos los proyectos y los trabajos de los otros miembros de la comunidad, sus éxitos y sus fracasos, esperanzas y desilusiones.
Pero también es cierto que la comunidad sólo es viable si las personas que la constituyen son fieles a sí mismas y respetan la identidad de los demás, si viven con equilibrio el principio de su individuación y el de su pertenencia al grupo; porque la comunidad no es una sociedad anónima que engulle al individuo, sino una comunión en la que cada uno aporta la riqueza de su personalidad. El que cada uno sea más él mismo favorece la marcha del nosotros y viceversa. Cada uno ha de ser aceptado en su peculiaridad, con sus rarezas y estridencias y con sus modalidades enriquecedoras. Una comunidad está bien ensamblada si el menos dotado se siente el más comprendido y el mejor acogido y no «por caridad cristiana», sino de una manera cordial.
Si uno de vosotros no posee el sentido de pertenencia, sólo seguirá sus deseos narcisistas; pero si no sabe quién es, se entregará de lleno a lo colectivo y renunciará a su inteligencia. Si estos dos aspectos no están resueltos se establecerá un pulso entre el individuo y la comunidad… y vencerá el más fuerte.
La pertenencia a la comunidad implica la renuncia a aspectos accidentales de la propia personalidad para salvar los valores que identifican a la comunidad. Leer 1 Cor 9, 19-23. Pablo vive el equilibrio entre la fidelidad a su identidad y la fidelidad a las comunidades.
– Guardianes mutuos:
Si no os sentís interdependientes en una comunidad lo único que estáis viviendo es una yuxtaposición de solterones/as.
Es nefasta la dependencia en la que una persona se somete a otra y renuncia a su autonomía de pensamiento, sentimiento y voluntad. Indica inmadurez y falta de seguridad y autoestima personal.
Tampoco es buena la antidependencia del que pregunta: «¿Qué dicen que me opongo?». Es la rebeldía propia del adolescente que necesita autoafirmarse para sentirse alguien. Ni es mejor la total independencia que delata falta de compromiso y prima el yo sobre el nosotros y sigue la dinámica de «el buey suelto bien se relame». Es insatisfactoria porque priva al sujeto de la seguridad y el gozo de la relación interpersonal comprometida.
Lo ideal es la interdependencia que da a todos el derecho de individualidad y autodeterminación para volcar lo mejor de sí a favor del proyecto común. Los otros miembros cuentan a la hora de tomar decisiones y programar la vida. La vida de comunidad. sólo puede comenzar con la confesión de las propias limitaciones, porque la autosuficiencia mata la vida de la comunidad.
Los demás han de entender que nosotros nos sentimos felices de depender de ellos y ellos han de darnos a entender que se sienten felices de depender de nosotros. Nunca podrán ser comunidad. los que sólo van con la mano extendida para recibir, ni los que sólo acuden para volcar riquezas sobre los demás. Se trata de responsabilizarse unos de otros, de ser guardianes de nuestros hermanos. Cada miembro de la comunidad se hace responsable de la felicidad, la fidelidad y el crecimiento de los demás. Se aceptan y se aman como son y se ayudan mutuamente a ser lo que Dios quiere de cada uno según las semillas que haya sembrado en su interior. Desde este presupuesto se puede decir a cada uno:
«Te apoyaré en todo lo que hagas;
te ayudaré en todo lo que necesites;
me uniré a ti en todo lo que sufras;
te animaré en todo lo que intentes;
te comprenderé en todo lo que hay en tu alma;
te amaré en todo lo que eres».
No podrá ser fiel el que no se esfuerza por ayudar a sus hermanos a serlo.
– Cada uno en su sitio:
Cada miembro debe tener conciencia de que tiene su papel dentro de la comunidad y debe participar activamente. No es bueno acumular funciones en una sola persona. Un grupo donde sólo unos pocos organizan y mandan y otros ejecutan ciegamente será una empresa, no una comunidad. El animador debe situarse en línea horizontal para unir a todos en la marcha hacia la meta. Tenemos que sentirnos menesterosos a veces para poder aceptar el don de la ayuda de los demás. Ni el sentimiento de nosotros ni el de interdependencia serán realidad si en el grupo no hay lugar para la participación de todos, si cada uno no tiene su propia misión.
– Confianza y confidencia:
Son el alma de toda comunidad y facilita relaciones diáfanas, espontáneas, cálidas y gratificantes; si no es así nos veremos obligados a establecer una rigurosa mesura y autocensura que hace indeseable la convivencia porque los unos ven a los otros como espías o cazadores al acecho.
La confianza es una paz serena que se experimenta cuando estás entre personas que te quieren de verdad; la desconfianza surge cuando te das cuenta de que estás entre pillos que te la pueden jugar en cualquier momento. Cuando hay confianza vemos en el otro una presencia benévola en el sentido original de querer el bien para los otros por encima de todo, de no querer instrumentalizarlos, manipularlos o traicionarlos, de que no los vamos a vender por un plato de lentejas, por trepar o por vivir un poco más cómodos. Confianza es saber que en los otros hay rectitud de intención a pesar de sus defectos, sus errores o estallidos ocasionales de egoísmo o mal genio, de que hay sintonía entre todos.
A veces tenemos la tendencia a proyectar nuestra maldad sobre los otros negándonos a creer que sean mejores que nosotros. Es constatable que cada uno es peor de lo que se cree y mejor de lo que piensan los demás. La confianza que los otros ponen en nosotros nos estimula, nos da seguridad, nos anima y compromete. No fiarse del otro es matarle psicológicamente; la falta de apoyo generará en él complejos, agresividad, revancha, envidia inhibición, amargura… y bloqueará la vida comunitaria. Tal vez se hagan mieles para los de fuera, pero serán hieles para los de dentro.
La confianza se gana a golpes de fidelidad, aunque tengamos que firmar en blanco porque alguien tiene que apostar primero, arriesgar primero. La plena confianza requiere un largo proceso que supone haberla ganado a pulso a lo largo de mucho tiempo de convivencia. La confianza mutua no nace en un día, pero hay que restañarla cada día con el perdón mutuo y el diálogo sincero. Sabemos que cuando la traición vulnera el corazón del amigo, éste difícilmente se recupera y ya nunca vuelve a ser el mismo. Desde el Evangelio hay que ofrecer siempre una nueva oportunidad y permitir al traidor que nazca de nuevo en nuestro corazón por la confianza que le ofrecemos.
La confianza es la llave con la que cada uno abre la clausura y los armarios de su interioridad. Como sé que los otros me aceptarán por encima de mis limitaciones, que me comprenderán y no me harán ascos, ni se llevarán las manos a la cabeza… sé que sabrán guardar mi secreto con la fidelidad del sigilo sacramental.
No olvidemos que la comunidad aceptará más fácilmente a una persona que se presenta humildemente defectuosa, que a una máscara de asombrosa belleza. No hay nada que acerque y una más que la confesión de las propias debilidades y la necesidad que se tiene de los demás.
Los convencionalismos, las diplomacias como forma de relación entre iguales, las cortesías vacías, la sagacidad que se apoda como prudencia,… lo llama San Pablo caridad fingida, disimulada. No se puede ser los unos para los otros ni interrogantes, ni puntos suspensivos, sino la frase llana e inteligible para lograr la comunión.
Sólo haremos viable la comunidad si cada uno descubre que es amado por sí mismo, que no necesita representar papeles, ni hacer proezas, ni ser supereficaz… Tenemos que desmitificarnos delante de los demás: ni somos tan admirables como piensan los de fuera, ni tan mediocres como piensan los de dentro. El trato cotidiano hace que se reduzca el tamaño natural de la fotografía. Seamos como niños que están convencidos de que están en crecimiento, porque los que se creen que ya han llegado, que no les queda nada por recorrer, de que lo hacen todo bien, de que no tienen nada que cambiar… no necesitan ni de comunidad ni de Dios.
Designó a doce para que fueran sus compañeros
Es incuestionable que cualquier comunidad inspira su vida en el estilo de vida del grupo de Jesús y a través de la versión verificada por la comunidad de Jerusalén. Es Jesús quien los convoca y los une, les enseña con su actitud y comprensión, su servicio y su palabra, les invita a evitar toda rivalidad y ambición para favorecer la convivencia. Les advierte que el afecto es lo que les mantendrá unidos y ellos mismos comprueban que cuando se alejan del maestro surgen las ambiciones y rivalidades.
Jesús es el pastor que mantiene unido el rebaño, la cepa donde se entroncan y unifican los sarmientos. Cuando en una comunidad Jesús no es el centro del amor que despliegan sus miembros entonces surgen los amores adulterinos: el activismo, la misión por la misión, el liderazgo personalizado, las rivalidades, las divisiones…
porque en una comunidad lo más importante que compartimos es la fe en Jesús y una comunidad comienza a serlo de verdad cuando todos se convierten a Jesús, se encuentran con él, dan testimonio de él, están fascinados por él. Sienten que él les ha con-vocado para que formen un grupo de los suyos y vivan en comunión con él para ser enviados a construir el Reino.
Tenemos que tener cuidado de algo muy importante y que se da con más frecuencia de la que creemos: puede haber comunidades que se dicen cristianas y que sólo están unidas por vínculos de ideales filantrópicos, morales, de justicia humana… pero no por la persona de Cristo. Cuando él dice que estará en medio de aquellos que se reúnan en su nombre es verdad, pero en un grupo que se autodenomina comunidad. y ha pervertido la motivación de lo que les une está claro que la presencia de Jesús sobra, porque hay otros fines y otros orígenes en la unión de sus miembros.
La clave del logro de la fraternidad estará en que se consiga vivir en común esa presencia que se nos ha dado en común y nos convoca: esa llamada especial; y se realiza, no principalmente en el proyecto de cara al exterior, sino también en la expresión y testimonio de la fe, en una oración realmente comunitaria, en la celebración, en la relación de amor mutuo y de servicio entre todos, la comprensión, la ayuda, la estima…
Siguiendo en la misma línea anterior: en la medida en que se prescinde de Jesús, se prescinde del Espíritu. Describe así un teólogo este tipo de comunidades: «Hoy tenemos mucho apostolado y poca profecía, mucha actividad y poca reflexión, demasiado trabaja y demasiado poco pensar; y aun en lo que pensamos, hay demasiada consideración puramente humana y demasiado poco de sabiduría divina. El resumen práctico de muchas de nuestras consultas y decisiones es: si tenemos dinero para hacerlo, lo hacemos. Nuestras reuniones de comunidad pueden tener mucho de eficaz gestión empresarial, con su escrutinio de votos y su toma de decisiones, y muy poco de búsqueda inspirada, de iniciativa creadora, de oración abierta, de profecía», sigue diciendo que las directrices de la acción deben proceder de la luz de la contemplación porque hay que «ver para actuar. Escuchar para hablar. Abrirse al Espíritu antes de abrirse a los hombres. Y eso no sólo como persona privada, sino como miembro del grupo activo apostólico que siente la necesidad y el gozo de recibir de Dios sus caminos y la fuerza para recorrerlos». Así, el aliento del grupo es el Espíritu que convierte a la comunidad en profeta y profecía.
De la comunidad ideal a la comunidad real
Es preciso liberarse de los mitos comunitarios que siempre actúan como freno de crecimiento. Existe el mito de la comunidad ideal, sin conflictos ni pecados donde la convivencia sería completamente gratificante. La comunidad perfecta, el llegar a ser un nosotros que sea «un solo corazón y una sola alma» es una utopía que no es plenamente realizable en este nuestro vivir cotidiano. Ni siquiera lo logró Jesús con su grupo de amigos. El mismo Lucas, que en Hechos canoniza la comunidad de Jerusalén, da fe en su mismo libro de los conflictos y sufrimientos que se causaban unos a otros en las primeras comunidades.
La comunidad perfecta y feliz, llena de aspiraciones románticas, no se da ni se puede dar, aunque sus miembros fueran santos de cuerpo entero. Hasta del matrimonio se dice que «hagan lo que hagan los esposos, no pueden fundirse el uno en el otro. Aun la intimidad mayor que un ser puede tener con otro no permite llegar hasta las supremas profundidades del otro «yo» ni abrirle las puertas más secretas del propio ser» (Rudolph Allers en El amor y el instinto). Saint-Exúpery decía que «Nadie ve al alma que vive detrás del alma que aparece a la vista».
Quienes creen en la comunidad ideal han roto con la felicidad posible por correr tras una quimera. El sentido de la soledad es la firma de Dios en el corazón del hombre; de que estamos hechos para una patria donde jamás estaremos solos. El desencanto en la vida comunitaria, como en la de matrimonio, es proporcional a las expectativas ilusorias. Dice un proverbio árabe que si buscas un amigo sin defectos te quedas sin amigos. El que busca una comunidad ideal, se queda sin comunidad.
Es cierto que la utopía tira de las personas y de los grupos hacia delante, y que no se trata de ser conformistas con la chata realidad de cada día. La comunidad es un organismo dinámico al que se le debe exigir, no haber llegado, sino estar siempre en camino. Hay sueños que impulsan, son los sueños aspiración; y hay sueños de evasión, fugas de la realidad, son los sueños barrera que disfrazan nuestras pobrezas psicológicas y espirituales. Lo peor de estos sueños barrera es el despertar, porque, desde la ilusión exaltada, se pasa al pesimismo escéptico, irónico y despectivo.
La única comunidad que existe es la de carne y hueso; la que está compuesta de Tomás, Vivi, Juan, Manolo, Silvia… Y esta es la comunidad que hay que amar; estas son las personas con las que hay que entrar en comunión fraterna y con las que hay que realizar la misión encomendada. Si condicionamos nuestro trabajo y nuestros esfuerzos a vivir en comunidades perfectas nos engañamos a nosotros mismos: dicen que protege más una choza real que un palacio ideal. Otro autor dice: «Quien ama a su sueño de la comunidad más que a la misma comunidad cristiana, la destruye». Quien ama su sueño de comunidad lo querrá imponer, se volverá agresivo con las personas que le defraudan, se convertirá en fiscal de Dios contra todos.
Quizás querríamos a nuestro lado personas diferentes, más abiertas, más serviciales, menos raras… pero las que tenemos al lado son las que Dios nos ha dado y con ellas es con las que tenemos que formar «un solo corazón y una sola alma». Posiblemente a ellos también les gustaría que tú fueras diferente. Por eso no hay que quererlos y aceptarlos porque sean los mejores, sino porque son los nuestros.
En la vida de todos nosotros se produce un proceso de tesis, antítesis y síntesis: la tesis es la utopía, la antítesis es el choque con la realidad de cad una de carne y hueso, y la síntesis es un poco de realismo que rebaja los ideales, un poco de comprensión que eleva las debilidades y subraya los valores… y entonces aparece la comunidad en el equilibrio de gracia y pecado. Aprendemos a permitir que los demás sean pecadores como nosotros. Así, amándoles como son, les ayudamos a que sean como Dios quiere que sean.
Actitudes que hace comunidad
– Vivir desde lo positivo:
Realmente es la falta de los pequeños detalles los que amargan la vida comunitaria, porque vivir en comunidad exige una cierta madurez psicológica y espiritual, un desarrollo armónico y una recta independencia en el pensar, en el actuar, en el amar. Para entregarse hay que poseerse, ser dueño de sí mismos, y el adolescente psicológico no se posee, está incapacitado para vivir en comunidad, que no es otra cosa que un intercambio de generosidad.
Vivir desde lo positivo es descubrir todas las semillas de bien que hay en la comunidad y en cada compañero/a y las posibilidades para potenciarlas. Es ser generadores y no sepultureros de esperanza. No seamos compañeros-plañideras que no saben rezar más que los misterios del dolor. El pesimista droga, desvigoriza a sus hermanos con su derrotismo y juicios funestos que paralizan todo esfuerzo e ilusión.
– Sé algo bueno de ti:
Descubrir lo bueno en los demás miembros de la comunidad, reconocerlo, alabarlo y agradecerlo es un medio infalible para crear comunidad. Si nuestra mirada es selectiva que lo sea por seleccionar sólo lo bueno de los demás. Saber comprender, disculpar y, sobre todo, valorar y agradecer las mil manifestaciones de bondad de quienes nos rodean.
– Díselo, por favor:
Las preguntas sin respuesta: ¿qué pensarán mis compañeros de mí? ¿qué juicio les merezco? ¿sabrán valorar los aspectos positivos de mi personalidad, de mi trabajo?, constituyen como la esperanza de una calificación benévola que no llega nunca. ¡Díselo, por favor! A veces damos la impresión de que nos duele reconocer ante el otro su valía, su éxito, su acierto, ¿es que el éxito de él es un fracaso nuestro?
Seguramente a Dios le agradaría más que sustituyéramos algunas alabanzas a él por alabanzas a nuestros hermanos; y aún más que sustituyéramos las autoexaltaciones por exaltaciones a los otros, que habláramos menos de nosotros y más de ellos.
-Prejuicios, ¡no!:
Porque son lentes deformantes, interferencias que se interponen y hacen difícil la comunicación. Los clichés, las etiquetas, los estereotipos, hacen que no nos comuniquemos con los hermanos, no desde lo que son, sino desde lo que pensamos que son. A veces un mismo pensamiento dicho por un inteligente nos parece una idea luminosa, dicho por alguien que creemos con poco talento, nos parece una idea vulgar.
Tenemos tendencia a valorar al otro desde nuestras impresiones afectivas; me guío de experiencias pasadas y recuerdos, de críticas que escuché en un momento dado… de este modo estoy hablando con alguien que murió hace tiempo. ¿Por qué mantenemos en nuestra mente una ficha personal invariable, por qué no incorporamos datos positivos que nos reflejen una imagen renovada de esa persona?
Mirar con ojos limpios al hermano es estar al acecho de los hechos de bondad en que fructifica; no ser espías de sus vicios y pecados, ni inventarle segundas intenciones.
– Comprensión y compasión, ¡sí!:
Cuando el juicio o la calificación sobre las actitudes o los hechos del hermano han de ser necesariamente negativos, entonces, ¡comprensión!: «Excusen la intención si no pueden excusar la obra». Al menos conceder la comprensión que reclamamos para nosotros mismos. Cuanto más reconozco mi culpa, más descubro la inocencia de los demás. Cuanto más descubro mis defectos, más valoro sus virtudes. Cuanto más valoro mis virtudes e ignoro mis defectos, más culpable y defectuoso encuentro a todo el mundo.
Con frecuencia colgamos nuestros trapos sucios en el balcón ajeno y así nos quedamos tranquilos, recreándonos en nuestra inocencia. Comprensión es permitir que los demás sean tan pecadores, al menos, como nosotros.
Muchas veces los hombres somos más víctimas que culpables de nuestros defectos, nuestros impulsos temperamentales, os condicionamientos de la educación y necesitamos de nuestro propio perdón: ¡ qué enfados contra sí mismos se desatan en el interior del que se ha dejado llevar por el enfado con los demás! ¡cuánto sufre el tímido con su propia timidez! Por eso, como decía Pablo a los Gálatas, «Arrimad el hombro a las cargas de los otros», que es como si dijera: «meteos en su pellejo».
– La comunidad lugar de perdón:
En Col 3, 13 dice Pablo: «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga queja contra otro; el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo». El pecado en comunidad es una experiencia de cada día: incomprensiones mutuas, egoísmos que chocan, conflictos en la misión, celos, prejuicios, omisiones. Unas veces son conscientes y otras son inconscientes. Todo esto es inevitable y no tiene por qué asustarnos; con una condición: que haya voluntad reconciliadora.. En realidad uno no sabe si ama al hermano hasta que le ha perdonado y ha sido perdonado por él.
El ánimo rencoroso que archiva cuidadosamente ofensas como facturas, el que es mal enemigo, el que se deja dominar por el resentimiento, «el que perdona pero no olvida», está cargado de agresividad y agredirá constantemente, haciendo imposible la paz y la reconciliación entre los hermanos.
Y no basta con reconciliarse con Dios en ausencia del hermano; hace falta un signo externo porque a Dios se le repara en el hermano. El perdón supone un cara a cara; dar el perdón y pedir el perdón nos corresponde a nosotros, a Dios es demasiado cómodo.
– Paciencia, tolerancia, alegría y buen humor:
Paciencia es un sinónimo de esperanza: respetar los ritmos de crecimiento y de cambio en uno mismo y en los demás; esperanza que significa caminar si prisa ni pausa. Para vivir en comunidad hay que aceptar el tiempo y quererlo como a un amigo.
Paciencia es también soportar los pequeños sacrificios que conlleva la vida comunitaria sin convertirlos en tragedias: las manías de los otros, la falta de puntualidad, las imprudencias… Supone también no perder los modales ni la paz interior.
Tolerancia es dar a cada acontecimiento la trascendencia que le corresponde, restar importancia a lo irrelevante y emplearse a fondo en lo que es trascendente.
¡Alegría y buen humor! Es un regalo valiosísimo para la comunidad el tener alguien que viva esto, pero debe ser una misión de todos.
– Delicadeza:
Son gestos que nacen de una opción inquebrantable por el amor al hermano, por la misión encomendada, por la vida de comunión. El descuido en estas cosas pequeñas es la causa más frecuente de las discusiones entre hermanos. Algunas de estas virtudes serían la indulgencia, la compasión, la alegría, la flexibilidad de ánimo, la solicitud, la educación, el interés por el bien común, el equilibrio afectivo…
La convivencia diaria, si no se cuida esmeradamente, resbala hacia la vulgaridad, la chabacanería, la ordinariez. La delicadeza va más allá de «Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti», realmente sería «Haz a los demás lo que ellos quieren que tú les hagas». Esto implica preocupación por averiguarlo, intuición para descubrirlo. La delicadeza trata de responder a la necesidad de recibir que mi hermano tiene, no a mi necesidad de dar.
Gestos de delicadeza en comunidad hay cientos: prontitud en felicitar al otro por el éxito, preguntar por un enfermo de la familia, por un problema, una dificultad de la misión, recordar y celebrar las fechas entrañables, adelantarse a colaborar en algo, dejar que todos opinen, cuenten su chiste, escuchar con interés… evitar los tonos ásperos, impositivos, despectivos… Es evitar todo lo que molesta a los hermanos.
Con pequeños gestos, nacidos del corazón, decimos a los hermanos de comunidad que son importantes para nosotros, expresamos que no queremos vivir para nosotros, que no buscamos «ser servidos, sino servir». Y esto, hace comunidad.







