Vida comunitaria para la misión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Femando QUINTANO · Source: Ecos 1998.
Estimated Reading Time:

Introducción

Cuando las Visitadoras y Responsables Regionales eligieron el tema de la última Asamblea General (en septiembre de 1994), a la hora de concretar los aspectos más necesarios en los que la Compañía debía tratar de inculturar el carisma, decidieron que fuese en un «estilo de vida cercano a los pobres» y en una «vida comunitaria para la misión». Lógicamente, después de haber escrito ya sobre el estilo de vida’, reflexionamos hoy sobre la vida comunitaria para la misión.

También este tema ha sido tratado frecuentemente por los Superiores Genera­les en los últimos años al dirigirse a las Hijas de la Caridad’. Y la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (CIVCS­VA) publicó un excelente documento titulado «La vida fraterna en comunidad» (2 de febrero de 1994). La Exhortación «Vita Consecrata» (25 de marzo de 1996) dedica a este tema todo el capítulo II («signo de fraternidad»), especialmente los números 41-51. Me consta que, oportunamente, en muchas Provincias y comuni­dades, estos documentos han sido tenidos en cuenta en los programas de forma­ción, en los retiros y en jornadas de estudio.

En el presente artículo nos limitaremos a comentar lo que sobre las comunida­des dice el documento de la Asamblea «Un fuego nuevo», introduciendo previa­mente algunas reflexiones sobre la comunidad para la misión.

 

La vida comunitaria en la Compañía

Los Fundadores quisieron que las Hijas de la Caridad viviesen la entrega a Dios sirviendo a los pobres en comunidad. Cuando san Vicente explicaba a las primeras Hermanas en qué consiste el espíritu de la Compañía, lo resumía dicien­do: «consiste en el amor a nuestro Señor, el amor a los pobres, vuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez»’.

Por lo tanto, la caridad, expresada en el afecto fraterno, es un rasgo integrante de la identidad de la Compañía. Esta está reconocida por la Iglesia como una Sociedad de vida apostólica. Y uno de los elementos que caracterizan a estas Sociedades es la vida fraterna en común.

Las Constituciones, al igual que los dos documentos de la Iglesia citados anteriormente, cuando enumeran y explican las cualidades de una comunidad fraterna, lo hacen señalando el ideal y apuntando hacia la meta alta a la que se debe aspirar.

Pero, con frecuencia, la realidad está aún distante del ideal. Hay bastantes Hermanas que expresan cierta insatisfacción en lo que se refiere a la vida comu­nitaria, lo cual no ocurre generalmente con respecto al servicio de los pobres.

Cuando las Visitadoras decidieron que el tema de la inculturación del carisma se concretase también en la vida fraterna en común, sin duda lo hicieron porque les preocupa el grado de calidad de la vida comunitaria.

A una Asamblea no se le puede pedir que solucione los problemas, y menos aún, aquéllos cuya solución depende de la colaboración de todas las Hermanas y comunidades. Pero sí se le podía pedir que indicase dónde poner el acento, hoy y en los próximos años, para mejorar la vida fraterna en común.

Eso es lo que ha pretendido la Asamblea al asumir en «Un fuego nuevo» el compromiso que se refiere a las comunidades.

 

Una Comunidad para la misión

Continuar la misión de Cristo; eso es lo que quisieron los Fundadores al instituir la Compañía y al enviar a las primeras Hermanas a servir a los pobres desde las distintas comunidades y obras.

«¿Para qué ha instituido Dios la Compañía? ¿Para qué nos ha llamado Dios aquí?: para honrar a nuestro Señor, para servirle en los pobres»’.

«¡Qué maravilla! Dios escoge y reúne a unas muchachas de diversos lugares y provincias para unirlas y juntarlas con el vínculo de su caridad, para demos­trar a los pobres de distintos sitios el amor que les tiene y el cuidado que de ellos tiene su Providencia, para socorrerlos en sus necesidades».

Las Constituciones reflejan fielmente esa misma finalidad:

«Reunidas en una vida común y fraterna con el fin de responder a una misma vocación: el servicio corporal y espiritual de los pobres.

«Llamadas y reunidas por Dios, las Hijas de la Caridad llevan una vida fraterna en común con miras a la misión específica de servicio».

«Ser una comunidad para la misión» significa que las Hijas de la Caridad comprenden y organizan su vida comunitaria para cumplir mejor las exigencias del servicio que se les ha confiado. «Junto al pozo de Jacob» decía: «Estamos en la comunidad «no para encontrarnos a gusto juntas», sino para sacar fuerzas con miras al servicio».

«Ser una comunidad para la misión» conlleva sentirse enviadas al mundo de los pobres como otros buenos samaritanos para socorrer a los heridos en el camino de la vida. Y, porque éste es el fin de la Compañía y la caridad la más excelente de las virtudes, no temen «dejar a Dios por Dios», salir de la oración o de la misa cuando la exigencia del servicio a los pobres se lo reclama, En la parábola del buen samaritano, Jesús se inclina por el que practicó el amor al prójimo, antes que por los hombres del templo, representados en el sacerdote y el levita.

«Ser comunidad para la misión» significa que es una comunidad «hacia afue­ra», es decir, que vive su entrega a Dios en el servicio a los pobres. Las Hijas de la Caridad se dan a Dios, y Dios las envía como «apóstoles de la caridad» para anunciar de palabra y de obra que los pobres son sus preferidos.

Ser comunidad «hacia afuera» es asumir que la vida personal y comunitaria no es ya para ellas sino para los pobres. Y de ahí brota la disponibilidad y movilidad requerida en todas las Hermanas. Porque no se han dado a Dios para servir en este lugar, con estas personas o a estos pobres… sino para hacerlo allí donde la necesidad les reclame y la obediencia les envíe.

«Ser una comunidad para la misión» significa que las dificultades en la vida comunitaria no deben hacer que se resienta la misión; más bien ésta tiene que ser un acicate que impulse a la superación de aquéllas. En la misión no cabe el desánimo ni el cansancio, porque por encima de todo está el fuego de la caridad de Cristo y la llama del celo apostólico que urge e impulsa a la comunidad.

Todo esto no es sino la traducción de una convicción de san Vicente respecto a la Compañía: «Hijas mías, el servicio a los pobres tiene que preferirse siempre a todo lo demás».

Pero la prioridad de la misión y el ser comunidades «hacia afuera» no conlleva descuido de lo que pudiéramos llamar comunidades «hacia adentro». Una comu­nidad para la misión es también una comunidad que ora, que comparte bienes materiales y espirituales, que rehace sus fuerzas…» Hay que integrar dos realidades inseparables: como los doce, hay que ser al mismo tiempo discípulos’ y apóstoles de Jesús. El mismo Señor que envía a sus, discípulos a predicar el evangelio, los llama a vivir unidos para que el mundo crea que El es el enviado del Padre, pues «en esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis los unos a los otros»’.

La vitalidad «hacia adentro» de una comunidad (la calidad de su vida espiritual, del amor mutuo, de la reconciliación…) hace más fecunda la misión y más sensible el mensaje que se anuncia: «La comunión y la misión están profundamen­te unidas, se compenetran y se implican mutuamente, hasta el punto de que la comunión representa la fuente y, al mismo tiempo, el fruto de la misión»’. Una comunidad será tanto más apostólica cuanto más profunda sea su entrega a Cristo, más fraterna su vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión que tiene confiada..

Los Fundadores, al mismo tiempo que insistieron en la prioridad de la misión, inculcaron a las Hermanas la necesidad del amor mutuo, de la cordialidad, de la tolerancia, de la reconciliación … Sin estas virtudes las Hijas de la Caridad no serían fieles ni a la misión confiada ni al nombre que Dios les ha dado.

 

La vida comunitaria en «Un fuego nuevo»

La Asamblea General no se convocó para tratar expresa y detalladamente de la vida fraterna en común. En coherencia con el tema general, la Asamblea trató de la vida comunitaria enfocándola desde el ángulo de la inculturación.

Por eso, el Documento «Un fuego nuevo» tampoco trata globalmente la vida comunitaria. Se fija, ante todo, y enumera brevemente algunas cualidades en las que la Compañía tendrá que poner el acento hoy y en los próximos años a la hora de vivir la fraternidad en común. Y se fija en esas cualidades porque son las que la Asamblea ha juzgado más necesarias para que, en cualquiera de las culturas, las comunidades de Hijas de la Caridad sean fieles a la dimensión comunitaria de su identidad.

Naturalmente que, bajo cada una de las expresiones del «compromiso» que se refiere directamente a la vida fraterna en común, subyacen unas urgencias que tratan de dar respuesta a unas carencias. Cada palabra responde a alguna insis­tencia de la Asamblea. Por eso vamos a transcribir el texto y a hacer algunos comentarios sobre lo que la Asamblea ha querido decir con cada una de las expresiones que utiliza.

Ante los desafíos que la cultura de hoy lanza a la vida comunitaria, y ante las realidades que están viviendo, ¿dónde tendrán que poner el acento las Hijas de la Caridad en los próximos años para crecer en la dimensión comunitaria? Esta es la respuesta que da «Un fuego nuevo»:

«Recrear unas comunidades enraizadas en Jesucristo que comparten la ex­periencia de Dios; que viven la comunión en el diálogo y el discernimiento, en mutua actitud de siervas; dinamizadas por proyectos comunitarios creativos, realistas, exigentes y evaluables».

a)      Recrear la comunidad

Con esta expresión se resalta, en primer lugar, la necesidad de una vida fraterna de calidad. Es una llamada a potenciar la vida comunitaria que ya existe sin duda, pero que frecuentemente está necesitando un fuego nuevo que caliente lo que está tibio, un soplo que ahuyente las cenizas que están cubriendo otros valores. La nueva evangelización reclama comunidades animadas de un nuevo ardor, testigos de lo que anuncian, porque «el hombre contemporáneo escucha mejor a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio»22. Y lo primero que hay que anunciar es que el amor infinito del Padre nos llama a todos a vivir como hermanos en Jesucristo. De esto quiere ser testigo y profeta la comunidad.

Juan Pablo II, en la carta a la IV Asamblea General, recordaba a toda la Compañía un pensamiento de Pablo VI: «Si bien el testimonio individual tiene su valor, la comunidad amplía extraordinariamente la extensión del testimonio evan­gélico, multiplica su poder de impacto»23. La Exhortación «Vita Consecrata» urge a las comunidades a ser signos de fraternidad en un mundo roto por luchas y divisiones.

 

b) «… comunidades enraizadas en Jesucristo…»

La comunidad es, ante todo, una realidad de fe, un modo de concretar el seguir radicalmente a Cristo. Sería un contrasentido haber tomado una opción de vida por Cristo y no vivir después cimentados en El.

El amor a Cristo (nuestro Señor) era para san Vicente la primera expresión y exigencia del espíritu de la Compañía’. Cada Hija de la Caridad tendría que hacer suyas estas palabras escritas por su Fundador: «Nuestro Señor Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo»‘. De Cristo, experimentado como fuente y modelo de amor, aprenden las Hijas de la Caridad a revelar a los pobres el amor que Dios les tiene.

El «nuevo ardor» que impulsará la misión evangelizadora de la Compañía será un amor apasionado por Cristo Evangelizador de los pobres, a condición de que ese amor la queme como un fuego interior. La primera «convicción» contenida en «Un fuego nuevo» afirma que Cristo y los pobres son los dos polos inseparables que deben orientar hoy y siempre el ser y la misión de la Compañía».

En la expresión «comunidades enraizadas en Jesucristo» resuenan las pala­bras de Vita Consecrata: «…no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que El vive». «…cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás».

 

c)    «… que sepan compartir la experiencia de Dios…»

También para san Vicente la comunidad de las Hijas de la Caridad está llama­da a ser un icono de la Trinidad. Y el misterio trinitario es misterio de personas en comunión, don de unas y acogida por parte de otras, unidad en la diversidad. Confesar la Trinidad conlleva la exigencia de vivir la fraternidad.

En la vida en común de las que Dios ha llamado y reunido se comparte también la fe y la experiencia de Dios, no sólo la casa, los bienes y el trabajo. A compartir esa experiencia de Dios se orientan algunos dinamismos de la vida comunitaria: intercambios de oración, reflexiones sobre el evangelio, revisión de vida y de la misión, corrección fraterna, etc. Realizados con autenticidad estos dinamismos comunitarios son una ayuda y un impulso para el crecimiento espiri­tual de la comunidad.

 

d)      «… que viven la comunión en el diálogo  V el discernimiento…»

Para amar hay que conocerse, y para conocerse se necesita el diálogo. El diálogo fomenta las relaciones interpersonales, impulsa la misión común, favorece la participación y la corresponsabilidad. Por el contrario, la falta de diálogo debilita la fraternidad, favorece la soledad y el aislamiento, enfría las relaciones interper­sonales, a la vez que impulsa a buscarlas fuera de la comunidad. Sin diálogo, la comunidad corre el riesgo de ser un conjunto de personas yuxtapuestas o paralelas .

Una constatación de la sociología y la psicología es precisamente la necesidad de diálogo que se percibe en la cultura actual, más acentuada aún en quienes estamos llamados a vivir en comunidad. Ante tal constatación todos los miembros de la comunidad son corresponsables de crear un ambiente que favorezca el diálogo comunitario, especialmente la Hermana Sirviente. Por eso la comunidad tendrá que preguntarse sobre lo que está dificultándolo y sobre lo que lo favore­cerá.

Algunas Hermanas me han confesado su insatisfacción no sólo por la falta de diálogo, sino por la escasa calidad del mismo. Con frecuencia, dicen, se reduce a comunicar noticias y comentar acontecimientos. Esto es bueno, pero insuficiente.

En una comunidad dialogante se comparte lo que se es, lo que se piensa, lo que se vive. Y ante hechos y situaciones concretas que afectan a la comunidad o a los pobres, el diálogo es necesario para discernir lo que Dios nos dice y nos pide mediante los acontecimientos. Es el discernimiento hecho a la luz del Evan­gelio y del carisma de la Compañía del que hablan las Constituciones y Estatutos: «Mediante el diálogo se comparten las experiencias, las diferencias quedan ate­nuadas, se preparan las decisiones» . «La reflexión apostólica les permite discer­nir mejor la acción de Dios en el corazón y la vida de los pobres»‘.

 

e) «… en mutua actitud de siervas…»

La Compañía tiene como fin servir a los pobres. Tal fin lo consigue prestándo­les los servicios que necesitan y, ante todo, haciéndose sierva de ellos.

El Documento «Junto al pozo de Jacob» decía: «Queremos intensificar nuestra actitud de SIERVAS con relación a nuestras Hermanas».

Es una consecuencia lógica: se trata simplemente de extender esa actitud de sierva hacia las que son siervas de los pobres.

En una comunidad evangélica no hay señores y siervos, porque todos somos hermanos, y por lo mismo, servidores unos de otros. Quienes han sido constituidos en autoridad deben ser los primeros en servir a los hermanos.

Las Constituciones señalan algunas expresiones de esa mutua actitud de sier­vas. Se concretan en una comunidad en la que cada una da y recibe, poniendo al servicio de todas cuanto es y cuanto tiene; donde se comparte y se cultiva el afecto y la amistad, la estima, el respeto, la igualdad, la colaboración, la acepta­ción de las diversidades, la reconciliación y el perdón.

 

f) «… dinamizadas por proyectos comunitarios creativos, realistas, exigentes y evaluables»

El Proyecto comunitario está llamado a ser un instrumento dinamizador de todo lo que constituye la vida de una comunidad local. El compromiso asumido por la Asamblea intenta revalorizar el «Proyecto de vida» cuya elaboración, realización y evaluación es tarea de cada comunidad.

Y señala también algunas cualidades que deben caracterizar un buen Proyecto comunitario:

  • creativos, porque la concreción de la vida de oración, de servicio, de comuni­dad, la formación, el estilo de vida … puede expresarse de distintas maneras, según la diversidad de obras y miembros. El Padre General ha invitado a que en la Compañía se elaboren proyectos creativos que impulsen nuevos modelos de vida comunitaria39;
  • realistas: partiendo de la realidad concreta de las Hermanas que forman la comunidad, del medio cultural que les rodea, de la obra que tienen confiada y de las posibilidades con las que cuentan;
  • exigentes: sin rebajar la meta y la altura del ideal, pero señalando pasos pro­gresivos;
  • evaluables: lo cual sólo es posible cuando el Proyecto comunitario es concreto en los objetivos que la comunidad se propone alcanzar, y, más aún, en los medios para conseguirlos; igualmente estableciendo los tiempos en los que se harán esas evaluaciones.

Un Documento que va dirigido a toda la Compañía no puede ser concreto, pues es imposible descender en él a las situaciones tan diversas de las comuni­dades, de las culturas y de los pobres. «Un fuego nuevo» confía en la correspon­sabilidad de todas las Hermanas a la hora de concretar en los Proyectos comu­nitarios, lo que no es posible lograr en un documento general.

El compromiso sobre la vida comunitaria está colocado bajo el epígrafe «la civilización del amor». Los dos compromisos siguientes también contienen expresiones que guardan relación con la vida fraterna: «Expresar la identidad… siendo testigos de la ternura de Dios»; «promover el amor y la amistad con todos». Si una de las «convicciones» en las que «Un fuego nuevo» pide profundizar es «crear verdaderas comunidades fraternas para la misión», dicha convicción puede concretarse en diferentes expresiones, por ejemplo, en las que asumen estos dos compromisos. En ambos, las Hijas de la Caridad se comprometen a dar testimonio de ternura y de amor.

 

Conclusión

La manera como «Un fuego nuevo» enfoca la vida comunitaria para la misión es desde el ángulo de la inculturación. En las diversas culturas y colectivos de pobres hay valores y contravalores. Las Hijas de la Caridad tendrán que descubrir y asumir aquellos valores que pueden enriquecer su vida comunitaria. E, igual­mente, discernir los contravalores, pues, por contraste, son también indicadores de aquellos valores en los que urge profundizar porque están amenazados.

En la cultura actual se valora la persona, la libertad, la igualdad, las relaciones interpersonales, el diálogo… A su vez, en esa misma cultura, crece el individua­lismo, la pérdida del sentido de Dios, la manipulación de las personas… En cada una de las palabras y expresiones del compromiso referente a la comunidad resuenan esos valores o son llamadas de atención ante los contravalores.

En el contexto de lo que significa la inculturación del carisma, el cumplimiento de este compromiso sobre la vida fraterna, sin duda que mejorará la manera de vivir la dimensión comunitaria del carisma en el conjunto de la Compañía. Y, al mismo tiempo, respetará una legítima diversidad de comunidades según las obras, el con­texto cultural, etc. Un Proyecto comunitario creativo, realista y exigente será el ins­trumento dinamizador de la dimensión comunitaria del carisma de la Compañía.

Encuestas recientes a jóvenes en período de discernimiento vocacional de­muestran que optarían por aquellas comunidades en las que se dé una fuerte experiencia de Dios, una cordial fraternidad evangélica y un estilo de vida en cercanía a los pobres. Todo el Documento «Un fuego nuevo» y, en concreto, el compromiso referente a la comunidad fraterna para la misión, intenta ser un im­pulso hacia ese tipo de comunidades.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *