Vida comunitaria fraterna

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juana Elizondo, H.C. · Año publicación original: 1993 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1993.
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comunidad_fratrernaDesde los orígenes de la Compañía, los Fundadores pensaron en que las jóvenes que mostraban su deseo de servir a los Pobres vivieran en Comunidad de vida fraterna. Desde la primera Conferencia del 31 de julio de 1634, San Vicente la propone como un elemento esencial:

«Las personas que han sido escogidas para un mismo ejercicio tienen que estar unidas en todas las cosas. Estas Hermanas han sido escogidas para el cumplimiento de un mismo fin, pero la obra no durará si vosotras no os amáis mutuamente y este vínculo impedirá que se deshaga» (San Vicente, Conf. Esp. 28).

Ambos Fundadores conceden una gran importancia a la vida comunitaria. Prueba de ello son las numerosas veces que hablan de ésta. San Vicente la cita, de una manera u otra, en muchas de sus Conferencias. Basta con mirar el índice de las mismas para darse cuenta de ello.

Asimismo Santa Luisa hace una animación y un acompañamiento modelo de la vida comunitaria, a través de su correspondencia. Gran parte de ella va orientada a la corrección de los fallos que se van introduciendo en el trato entre las Hermanas y a fomentar el amor que se deben entre sí.

Fundamento teológico

La unión en la vida comunitaria debe realizarse a imitación de la Santí­sima Trinidad. Dios es único pero no solitario. Produce en sí mismo tres Personas distintas en un solo Dios. Tres Personas en perfecta comunicación. San Vicente y Santa Luisa lo recuerdan en diversas ocasiones y nos lo ponen como modelo:

«El mismo Dios trabaja desde toda la eternidad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, al que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha producido eternamente el Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gracias a los hombres» (San Vicente, Conf. Esp. 805).

En la Conferencia del 26 de abril de 1643, San Vicente pregunta, como de costumbre, a las Hermanas y una de ellas responde brevemente comparando la unión en la Comunidad con la que existe en el seno de la Santísima Trinidad:

«La unión me parece que es la imagen de la Santísima Trinidad. Las tres Personas no son más que un solo y mismo Dios; están unidas desde toda la eternidad por el amor. De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas unidas con vistas a un mismo fin, por amor a Dios» (San Vicente, Conf. Esp. 161).

Santa Luisa, a su vez, recordará a las Hermanas en diversas circunstancias la importancia de tomar a la Santísima Trinidad como prototipo de la unión que debe reinar entre ellas:

«Me ha parecido que para ser fieles a Dios, debíamos vivir en gran unión unas con otras y que así como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, así también la vida que voluntariamente hemos emprendido debe transcurrir en esa unión de los corazones» (San­ta Luisa, Corr. y Escr., E. 53, 173).

Nuestras Constituciones han recogido este pensamiento en C. 2.17:

«La Comunidad local quiere reproducir la imagen de la Santísima Trinidad, según la expresión de los Fundadores que deseaban que las Hermanas fueran como un solo corazón y obraran con un mismo espíritu.»

El amor y la unión que deben reinar entre las Hermanas están también apoyados en el mandato de Cristo.

En la Conferencia del 1 de enero de 1644 sobre el Respeto cordial, lo expresa así una Hermana después de haber escuchado a San Vicente:

«Yo he pensado que cuando estamos dos juntas tenemos que sopor­tarnos la una a la otra, desechar toda sospecha y acordarnos muchas veces del mandamiento que Jesucristo nos dio de amarnos mutuamen­te» (S.V., Conf. Esp. 244).

«Nuestro Señor dijo a sus apóstoles: «Vosotros, si queréis permanecer en el plan que yo he tenido desde toda la eternidad, tened gran caridad entre vosotros» (Cf. Jn. 15, 12). Hijas mías, vosotras sois débiles, es cierto, pero soportaos mutuamente las unas a las otras» (S.V., Conf. Esp. 29).

La Comunidad vivida en fraternidad tiene un valor evangélico en sí. Nuestro Señor proclama constantemente el valor del amor mutuo:

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn. 13, 34-35).

«A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn. 4, 12).

Ventajas de la vida comunitaria

En la Conferencia del 26 de abril de 1643 «Sobre la unión entre los miembros de la Comunidad», San Vicente expone las excelencias de la vida comunitaria y las graves consecuencias que tendría para la Compañía su desaparición.

«Hijas mías, el tema que hoy tenemos es de grandísima importancia pues se relaciona nada menos que con la continuación o disolución de vuestra Compañía» (S.V., Conf. Esp. 154).

Como de costumbre, va preguntando a las Hermanas y después añade su propio comentario:

Continuación o disolución de la Compañía

«(La desunión) sería un obstáculo para la recepción de las gracias de Dios de las que tanta necesidad tiene (la Compañía) para perdurar; podría suceder que fallase…» (S.V., Conf. Esp. 163).

«Hijas mías, si hubiese desunión entre vosotras, podría ser que Dios, irritado, deshiciese vuestra Compañía» (S.V., Conf. Esp. 164).

Nuestro Santo Fundador no concibe la Compañía sin una vida fraterna plenamente vivida. Podríamos decir que ha hecho de la Vida Comunitaria fraterna un elemento constitutivo de la misma. Sin ella la Compañía, tanto ayer como hoy, corre el riesgo incluso de desaparición. Desgraciadamente, contamos con ejemplos de casas que ha sido preciso cerrar a consecuencia de una falta de vida fraterna entre las Hermanas, y ¡qué triste es constatar esta realidad!

La unión ayuda a conservar la vocación

«La unión conserva a las Hermanas en la vocación y la desunión la hace perder con frecuencia» (S.V., Conf. Esp. 157).

La vida fraterna es un apoyo fuerte para la vivencia de la vocación. El amor mutuo sostiene en los momentos difíciles de cualquier tipo. Creo que muchas vocaciones se hubieran podido salvar si en los momentos de crisis y de soledad hubieran encontrado en la Comunidad una mano fraterna que les hubiera ayudado a salir del hundimiento. Una Comunidad donde se ora, donde hay comprensión mutua, apoyo, una Comunidad donde se comparte, da apoyo y fuerza para vivir la vocación.

Es apoyo para la misión, para el servicio de los Pobres

«(La desunión) haría que Dios quedase sin ser glorificado por los servicios que su bondad quiere que se le hagan al prójimo por su amor» (S.V., Conf. Esp. 163).

«Tenemos que temer mucho la desunión, porque si dos Hermanas visitan mucho a los enfermos y tienen entre ellas alguna discordia, es muy difícil que no salga a relucir y con esto el prójimo quedaría escandalizado» (S.V., Conf. Esp. 165).

«Por sólo dos que estén desunidas, el cuerpo entero de las Hijas de la Caridad padece y sufre escándalo; pero si todas están unidas, entonces edifican al prójimo y se da gloria a Dios» (S.V., Conf. Esp. 165).

Este pensamiento ha quedado expresado en nuestras Constituciones, 2.17:

«Llamadas y reunidas por Dios, las Hijas de la Caridad llevan una vida fraterna en común, con miras a su misión específica de servicio.»

Es la razón por la cual las Hijas de la Caridad viven juntas, llamadas y reunidas por Dios para…».

La vida comunitaria en la Compañía se origina en torno al servicio y con miras a éste.

Esto no rebaja el valor evangélico de la vida comunitaria fraterna en sí. El Evangelio y el Nuevo Testamento en general no son más que la conmutación y la superación del legalismo anterior por el amor filial y fraterno.

La primera Comunidad cristiana de Jerusalén lo vivió en plenitud «No había pobres entre ellos». También nuestros Fundadores quisieron que las Hijas de la Caridad vivieran entre ellas ese amor con el que iban a servir a sus hermanos necesitados porque la Caridad es una. Sería ilusión pensar que se es caritativo con los pobres si no se es con las Hermanas con quienes se convive.

Las faltas de caridad en Comunidad tiene su gran repercusión en el servicio de los Pobres. Escuchemos de nuevo a San Vicente:

«No os quejéis nunca, mis queridas Hermanas, con las personas de fuera; jamás, hijas mías. Si os pusierais a exponer vuestras quejas a las personas del mundo, esto podría hacerles decir: «¡Cómo van a soportar estas mujeres con caridad a los Pobres si no pueden sopor­tarse ellas mismas! ¡Cómo van a poder alentar a los Pobres si no hay paz entre ellas!»» (S.V., Conf. Esp. 1526).

Santa Luisa, a su vez, habla constantemente de la vida fraterna; su preocu­pación por que reine ésta entre las Hermanas es continua, de manera que constituye una de las cláusulas de su testamento:

«Tengan gran cuidado… sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor» (S.L. Testamento Esp., Corr. y Escr. p. 835).

Por lo tanto, salvar la vida comunitaria fraterna y vivirla en plenitud, es tanto como salvar la existencia misma de la Compañía y asegurar el servicio de los Pobres al estilo vicenciano.

La vida comunitaria, condición importante para que otras jóvenes nos sigan

«Hemos de tener mucho cuidado de mantener siempre la unión entre nosotras, para servir de ejemplo a las que vengan después» (S.V., Conf. Esp. 168).

No cabe duda de que la vida fraterna y la unión entre las Hermanas es un polo de atracción para las jóvenes que se sienten llamadas a una vida de entrega a Dios en Comunidad. La vida fraterna es un compendio de virtudes que supone la fe y la unión con Dios. Lo que de verdad convence no son nuestras palabras, sino el testimonio de nuestra vida. Aquí también cabe repetir: «que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn. 17, 21).

Dios sigue llamando, no cabe duda. Para que haya respuesta es importante que ofrezcamos a los jóvenes el testimonio de unas Comunidades radicalmente entregadas al servicio de los pobres desde una auténtica vida fraterna.

Los jóvenes buscan y desean la vida fraterna. Prueba de ello son los muchos candidatos que tienen las «Nuevas Comunidades» y «las Sectas».

Santa Luisa, siempre preocupada por la escasez de obreras para la abun­dante mies de los Pobres a servir, no vacila en lanzar llamadas vocacionales mediante el testimonio de vida de las Hermanas:

«A ver si consiguen ustedes dar envidia a alguna joven de ese pueblo para que se decida a seguirles.»

Obstáculos de la vida comunitaria

A pesar de todo esto, ocurre que nuestra vida comunitaria presenta sus deficiencias y, a veces, deja de ser un apoyo para la misión. ¿Cuál puede ser la causa de ello?

Quizá nuestras convicciones no son suficientemente firmes y fácilmente, en lugar de trabajar cada día en la construcción de la Comunidad, en la «cons­trucción de la vida fraterna», como nos lo indican nuestras Constituciones (C. 2.17), dejamos que se abran fisuras que ponen en peligro el edificio.

En este sentido, es interesante estudiar las respuestas dadas, por las Hermanas de las diversas Provincias, a los Cuestionarios preparatorios de la Asamblea General de 1991. En estas respuestas encontramos los fallos más sentidos:

  • El individualismo, el culto al yo, la búsqueda de independencia

Sí, podemos crear comunidades que reúnan las condiciones requeridas por los cánones, podemos tener una residencia común bajo el mismo techo, pero seguir viviendo individualmente, yuxtapuestas y desligadas unas de otras. Comunidades donde no se comparte, donde no existe una ayuda mutua. Esta situación puede dar lugar a la peor de las soledades.

  • El activismo, la fatiga nerviosa, la sobrecarga de trabajo

Son otros de los factores que contribuyen a hacer deficiente nuestra comu­nidad fraterna, porque nos impiden tener tiempo para orar juntas con serenidad, lo mismo que para intercambiar vivencias y experiencias. Las expansiones comunitarias, tan importantes, también pueden padecer por falta de tiempo. En resumen, nuestra vida comunitaria fraterna pierde calidad y deja de ser un apoyo para la misión, deja de ser testimonio.

No podemos servir a todos los Pobres. Comprometámonos en la medida en que podemos guardar el equilibrio y la unidad de vida:

  • Oración.
  • Vida comunitaria.
  • Servicio. Otros de los fallos citados son:
  • Falta de confianza entre nosotras, relaciones superficiales.
  • Recelos, envidias.
  • La TV. Muchas Hermanas se quejan de los estragos que causa en las Comunidades, por falta de discernimiento en su utilización y porque ocupa el tiempo y la atención de las Hermanas.

«Sabemos cuánto nos ayudan a apreciar la riqueza de nuestras Hermanas los tiempos de expansión recreativa y los momentos de expansión juntas. Queremos subrayar que el abuso de la TV no facilita el diálogo… Estamos convencidas de que, al establecer un clima de alegría, de afecto, de entusiasmo, al conservar el sentido del humor fortalecemos nuestras comunidades y facilitamos la vida comunitaria, esto nos ayuda a relativizar las pequeñas imperfecciones de cada día» (Doc. As. Gen. 1991. Hnas. Jóvenes, pág. 8).

Irradiación de la vida comunitaria

Cómo conseguir que nuestras Comunidades sean fuente de dinamismo para nosotras y para los que nos rodean?

En la misma síntesis, las Hermanas dan las respuestas a esta pregunta. Desean que nuestras Comunidades sean:

  • Un testimonio de Fe

Comunidades bien cimentadas en convicciones profundas de Fe: «Hemos sido llamadas y reunidas por Cristo y nos encontramos juntas en su nombre». Aceptamos las Hermanas que el Señor nos da a través de la Compañía: no nos elegimos.

De ahí la necesidad de vivir una «vida de oración, fuente de afecto fraterno y de alegría, signo y fuerza para la evangelización».

  • Un testimonio de amor fraterno «… que sean uno… para que el mundo crea…» (Jn. 17, 21).

Esto supone luchar contra el individualismo, el espíritu de independencia, la indiferencia de las unas para con las otras. «Llamadas y reunidas por Dios», todas somos responsables de todas y cada una.

El amor fraterno hace posible la aceptación mutua en la Fe:

Acogiendo y compartiendo humildemente los dones que aporta cada una. Es más lo que nos une que lo que nos separa. Debemos buscar más lo positivo de cada una y aceptar a cada una tal como es, como un don de Dios a la Comunidad.

Tolerando los fallos y las deficiencias.

Practicando el perdón mutuo de las faltas que todas tenemos la debilidad de cometer.

El amor fraterno lleva a cada Hermana a llorar con las que lloran y a alegrarse con las que se alegran. Quizá sea más difícil lo segundo que lo primero. El amor fraterno permite a cada Hermana ser «profeta en su propia casa»potenciando sus éxitos y sus realizaciones.

  • Comunidades acogedoras y abiertas

La primera acogida queda reservada para nuestras Hermanas. Nos acepta­mos y vivimos esta acogida mutua a través de todas las circunstancias de nuestra vida, sean éstas felices o adversas. Desde el comienzo de nuestra vida comuni­taria, es decir, desde nuestra admisión en la Compañía, nos prometemos acogida, aceptación y ayuda, en salud o enfermedad, de jóvenes y de mayores, cuando somos útiles para el servicio y cuando dejamos de serlo.

Los momentos difíciles, las circunstancias adversas, son las más propicias para ejercer la caridad y dar testimonio de ella.

Quizá muchos seglares no comprenden el valor de ciertos aspectos de nuestra vida, pero tienen una sensibilidad y agudeza especiales para captar la calidad de nuestras relaciones fraternas.

Si creamos este clima de acogida y convivencia entre nosotras, nos será mucho más fácil ser acogedoras con los Pobres y con las personas que se acerquen a nuestras puertas. Es cierto que la acogida y la apertura a los externos no deben destruir la necesaria intimidad comunitaria, imprescindible para nuestro equilibrio, pero no olvidemos que «vivimos en Comunidad para el servicio de los Pobres», por eso nuestras instalaciones y nuestra manera de vivir han de ser tales que permitan a los Pobres acercarse con facilidad a nuestras casas y que nunca se retiren sin sentirse acogidos. Ojalá nos conceda Dios esta gracia.

«Quien acoge a uno de estos pequeños a mí me acoge» (Mt. 18,5).

La caridad es ingeniosa y una Comunidad bien unida para el servicio del hermano necesitado, encuentra soluciones para todo.

  • Comunidades donde sepamos compartir todo, donde se da la comunica­ción

Sigamos el ejemplo de los primeros cristianos: no tenían nada propio.

«La Comunidad viene a ser así una comunión en la que cada una da y recibe, poniendo al servicio de todas cuanto es y cuanto tiene» (C. 2.17).

Este artículo tan exigente de nuestras Constituciones es, sin embargo, la clave de la calidad de nuestra vida fraterna. No se puede concebir de otra manera.

En cuanto a la comunicación en comunidad, San Vicente ensalza el valor de la misma en el Consejo del 20 de junio de 1647:

«Dios mío, desde luego, dijo nuestro venerado Padre, sí que se necesita una gran comunicación entre unas y otras, decírselo todo mutuamente. Nada hay más necesario. Eso une los corazones y Dios bendice… Todos los días, durante el recreo, podéis decir: «Hermana ¿qué tal le ha ido? Hoy me ha sucedido esto ¿qué le parece?» Esto hace que la conversación resulte más grata de lo que se puede creer. Por el contrario, cuando cada uno va a lo suyo, sin decir nada a nadie, es algo que resulta insoportable… Así pues, hijas mías, que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener esa «mutualidad» (esa comunicación mutua)» (Síg. X. p. 773).

  • Comunidades donde se viva la alegría

Quizá no damos bastante importancia a este aspecto en nuestra vida personal y comunitaria. Se trata de la alegría fruto del Espíritu Santo, que procede de la convicción profunda de pertenecer al Señor, de ser llamado por El, de haber sido asociadas a su obra, de habernos confiado a los que Él más quiere, a los Pobres, y, en ellos, a Sí mismo: «Cuanto hiciéreis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacéis» (Mt. 25, 40).

No se trata de la alegría «publicitaria», de la utilizada con frecuencia en los medios de comunicación social como reclamo y que la mayor parte de las veces es una alegría vacía de fundamento y de contenido.

Nuestra alegría tiene un valor evangélico. No es fruto ni del tener, ni del poder, ni de los placeres de este mundo, sino todo lo contrario, deriva del gozo de pertenecer al Señor y de servirle junto con nuestras Hermanas.

Si vivimos la alegría verdadera, daremos testimonio de ella. El mundo de hoy lo necesita, es signo de esperanza.

* * *

Una Comunidad con estas características ofrece la garantía de ser testimonio evangélico en sí y apoyo imprescindible para nuestra misión.

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