Reguerín le llamaban, entre cariñosos y compasivos. Era tan poca cosa en cuanto al físico, en sus últimos años, sobre todo…
Pequeño de estatura siempre lo fue. Pero la pícara enfermedad le achicó más. No se podía mantener tieso sino mediante un aparato ortopédico.
¿Su enfermedad? Mejor, diríamos enfermedades. Estaba hecho lo que se dice una calamidad. Y acentuamos y recargamos el cuadro, mas no tanto como le cargaban los achaques, con todo y ser joven, para que se entienda cuánto debió de sufrir durante la revolución, y más en la cárcel.
Porque le cogió la .revolución en Madrid, y no por falta, sino por sobra de previsión. El Padre Visitador le propuso marcharse hacia el norte, cuando las cosas se ponían tan mal, y él argumentó:
«La revolución, si estalla, va a ser general y los que peor van a vérselas, para escapar de caer en manos criminales, van a ser los que vivan en poblaciones pequeñas; en las grandes hay más medios de hurtar el bulto.»
«Así, indudablemente, se discurre; mas ha sido esto tan gordo —añadía más tarde—, que nadie humanamente lo podía prever. En fin, sea lo que Dios quiera.»
Y Dios quiso que, después de haber salido con bien del Asilo de Convalecientes, donde estuvo refugiado del 25 al 29 de julio, y vivido en paz y compaña de otros cohermanos, con buena alimentación y buena cama e incluso celebrando casi a diario la Santa Misa, hasta el 7 de octubre, en el amanecer de este su día, quiso la Santísima Virgen del Rosario enviarle una visita milicianesca, que le llevó; en coche, sí, señor, a la Dirección General de la Inseguridad, y en los calabozos de la misma dio el pobre P. Reguero con su maltrecho cuerpo, que aquel día empezó a- sufrir su verdadero martirio.
El día 9 de octubre ingresó en la Cárcel Modelo, galería tercera. Y allí, so pena de dejarse morir de hambre, él no podía tomar más que puré, no tuvo más remedio que apechugar con los garbanzos y las píldoras de Negrín. ¡Pobre! Todo lo devolvía. A pesar de su fuerza de voluntad, no podía hacer que el estómago le obedeciera.
Hermanitas buenas (Sor María Martínez, Sor Consuelo Fernández, Sor María Mendicute, Sor Martina Huarte), pocas veces tan heroicas Hijas de la Caridad, exponiéndose siempre a ser detenidas por los rojos, y sabedoras del serio peligro que corría su vida en aquellos días terribilísimos de principios de noviembre, sin miedo a los «paseos» ni a las cárceles ni a las mismas bombas de la aviación nacional, que sembraban sus caminos de cascotes y metralla —Dios se lo pague—, llenas de santa ternura y de enorme compasión hacia sus hermanos en San Vicente, a quienes ellas miraban como verdaderos mártires, llevábanles cuanto podían de comer, hasta gallina y chocolate a las veces.
Y, claro, excepto algún huesecito que chupar, todo se lo comía el querido enfermo. Mas no era suficiente, no. Y se resignaba de grado.
¡Tarde fatal la del 7 de noviembre de 1936!
En la lista de los que «van evacuados a Chinchilla», el nombre del P. Reguero. No se llamó él a engaño; el corazón le decía que su fin estaba muy próximo y que los santos ángeles bajaban del Cielo con la palma del martirio para él.
No hacía ocho días que se había confesado, y, sin embargo, cuando oyó que le nombraban, rogó al P. Fuente, que a su lado estaba, le oyese en confesión.
Y la absolución sacramental cayó sobre él con aire de bendición: estaba ya en gracia su alma.
—Tome, la mejor manta y todo el chocolate (media libra) para el viaje; nosotros ya nos arreglaremos.
Y lo cogió casi automáticamente.
Un abrazo estrecho, intenso…
Se fué…
¡Los chacales le mataron!
Cuando el mar se revuelve entre furiosa tormenta, en su fondo se oye triste, muy triste, una endecha; cántanla ríos de sangre que de Paracuellos llegan…
Reponte, caro lector; que aunque mis ojos no cesan asimismo de llorar, mi pluma sigue escribiendo, para decirte que al P. Reguero’ Dios se lo llevó y bien llevado está, porque El todo lo hace bien; pero en verdad que había lugar a pedir a su infinita bondad que no se ofendiera con nosotros si pretendíamos que lo sanara, primero, y, después, nos lo dejara muchos años en la tierra.
Que el P. Reguero, gozando de salud, era de los que podían haber hecho mucho bien, en el mundo.
Lo demostró cumplidamente en Guadalajara, donde vivió los cuatro primeros años de sacerdocio. Con ser joven y menudito, se hizo lo que se dice dueño de la ciudad. La Asociación de la Milagrosa la llevaba admirablemente. La capellanía del Colegio de Huérfanas del Palacio del Infantado regíala con discreción poco común y a satisfacción de maestras y discípulas. En casa, como profesor y prefecto de disciplina, desempeñaba un, papel excelente y de no tan fácil sustitución.
Era inteligente, instruido, especialmente en achaques de literatura, piadoso, de fácil palabra, buen compañero, ejemplar misionero, en fin.
Pero enfermó, y poco más pudo hacer, al exterior que celebrar Misa y dar buen ejemplo. Y así, desde principios de 1933. En Teruel, Cuenca y Madrid se trató seriamente de mejorar su pésimo estado de salud, mas inútilmente.
Era natural de Valladolid. Sus padres, Zenún y Benita. Pronunció los santos votos el 10 de septiembre de 1919. Ordenóse de Menores el 13, 14 y 15 de noviembre de 1926; de Subdiácono, el 23 de enero de 1927; de Diácono, el 1 de mayo de 1929, y de Presbítero, el 15 de mayo del mismo año 1929.







