Vicente de Paúl: Jesucristo Evangelizador de los pobres

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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La doctrina espiritual de Vicente de Paúl se vertebra sustancialmente en torno a la persona de Jesucristo. Jesús le inspira los mejores sentimientos y pensamientos, expuestos tanto en las conferencias como en las cartas. Cada uno de los términos que explican los lemas de sus Congregaciones: «El Se­ñor me ha enviado a evangelizar a los pobres» y «La caridad de Cristo nos apremia», reúnen las palabras más usadas por el Fundador de la Misión y de las Hijas de la Caridad, y forman juntas un sucinto tratado de vida espiritual y apostólica.

Si fuéramos a cuantificar todas las voces del vocabulario vicenciano, quedaríamos sorprendidos por la copiosidad de tér­minos empleados tanto de la teología espiritual como de otras ramas del saber humano. En lo posible, el Sr. Vicente rechaza­ba el uso de palabras nuevas que no fueran acomodadas al len­guaje popular o poco asequibles al auditorio, aunque ningún tema abordado por el conferenciante y escritor de cartas que­daba oscuro por falta de vocablos suficientes y claros.

El nombre de «Jesucristo» es, sin duda, el más utilizado por el Santo. No siempre que Vicente habla de Jesucristo, le llama así; también lo nombra como Hijo de Dios, Salvador, Reden­tor, Nuestro Señor, o simplemente Jesús o Cristo. Es a través del evangelio como Vicente descubre y se encuentra con Jesu­cristo. La liturgia diaria: Eucaristía y Oficio divino, favorece el encuentro con la persona viva de Jesucristo.

Jesucristo lo era todo para Vicente de Paúl, a partir de su «conversión» decidida de predicar la Palabra a los pobres y ha­cer del evangelio su regla de vida. Partiendo de la declaración de Jesucristo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), Vicente considera al Hijo de Dios como «el modelo verdadero y soberano» y como «el cuadro invisible y divino» en el que hay que fijar la vista para saber conducirse en la tierra. Con ra­zón L. Abelly afirma de su biografiado: «Nos ha dejado un compendio y un retrato de las perfecciones de su alma, algo así como su lema particular, en aquellas palabras que brotaron un día de la abundancia de su corazón: «Nada me agrada que no sea Jesucristo». Este ideal sienta las bases de lo que pode­mos llamar «cristocentrismo vicenciano». Pero el Cristo que se­duce a Vicente es el Cristo evangelizador de los pobres. Aun­que existen en su tiempo otras formas de contemplar y seguir a Jesús, Vicente las respeta todas, pero él o no las sigue o las adapta a su propósito misionero de evangelizar a los pueblos.

«La religión para con el Padre y la caridad para con los hombres»

Cada uno de los evangelistas juega un papel peculiar en la reflexión y asimilación vicencianas. El estudio y meditación de san Juan y de san Pablo llevan a Vicente a concluir que las dos grandes virtudes practicadas por Jesucristo en la tierra fueron: «la religión para con el Padre y la caridad para con los hom­bres». Ambas virtudes revelan a Jesús como enviado del cie­lo para cumplir una misión específica. En realidad, el ejercicio de estas virtudes explica la triple misión de Jesucristo en la tierra: misión glorificadora, creadora y salvífica.

La religión hacia el Padre comporta tres actitudes en Jesús: la estima, la dependencia y el amor, que se traducen en com­portamientos prácticos de adoración, de seguimiento de la vo­luntad divina y de caridad. Tales disposiciones interiores y ex­teriores de Jesús arrebatan a nuestro misionero. El ejercicio de la voluntad divina, a su vez, ajustaba la vida del Sr. Vicente al ritmo de la Providencia, sin adelantarse ni retrasarse. Respecto a las tres actitudes fundamentales de Jesucristo como ado­rador del Padre, decía Vicente: «Jesucristo tenía del Padre una estima tan alta que le ren­día homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía. Todo se lo atribuía a El. No quería decir que fuera suya la doctrina, sino que se le refería al Padre… ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual que al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salva­dor mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande que anonadarse por él?… ¿Podía testimoniar un amor mayor que murien­do por su amor de la forma en que lo hizo?» «Su nor­ma era cumplir la voluntad de su Padre en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la del Padre… ¡Cuánto brillo y esplendor das al ejer­cicio de tus virtudes! Tú eres el Rey de la gloria, pero vie­nes a este mundo con la única finalidad de cumplir la vo­luntad del que te ha enviado…».

Correr al paso de la Providencia, equivale en el lenguaje vicenciano, a esperar la hora de la voluntad divina para hacer lo que Dios quiere que hagamos sin precipitaciones ni perezas. Obrar de este modo es «honrar maravillosamente la conducta de Nuestro Señor», que hizo del cumplimiento de la voluntad del Padre su alimento, su deleite y su fuerza. Jesús honró la Pro­videncia esperando la plenitud de los tiempos para encarnarse y morir en la cruz, momentos cumbres del anonadamiento del Hijo de Dios y de su máxima expresión del amor al Padre y a los hombres, y lanzándose a la vida apostólica, después de treinta años de silencio y de trabajo en Nazaret. Estos y otros ejemplos del Salvador indujeron a Vicente de Paúl a «sentir una devoción especial en ir siguiendo paso a paso la adorable Providencia de Dios». Decía a este propósito:

«Las obras de Dios tienen su momento; es ‘entonces cuan­do su Providencia las lleva a cabo, y no antes ni después…

Aguardemos con paciencia y actuemos y, por decir, apre­surémonos lentamente».

«Revestirse del espíritu de Jesucristo»

Profundamente ligado a la práctica de la religión con el Pa­dre, san Vicente desarrolla el tema del espíritu de Jesucristo, que da unidad a toda su doctrina espiritual. Se pregunta el San­to: «¿Qué es el espíritu de Nuestro Señor?». Y contesta:

«Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de hon­rarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y enaltecerlas incesantemen­te».

La doctrina sobre el espíritu de Jesucristo era objeto pre­ferencial de las comunicaciones vicencianas. Rara vez encon­tramos una referencia a la persona de Jesús, sin que haya cons­tancia de su santo espíritu. Pero no siempre Vicente precisa el significado del vocablo; lo amplifica unas veces y lo simplifica otras, como ocurre en las cartas de san Pablo. Lo que está fue­ra de duda es el antagonismo y dualismo que establece con el Apóstol de las Gentes entre carne y espíritu, cuerpo y alma, hombre viejo y hombre nuevo.

Para Vicente de Paúl, de acuerdo con la doctrina de san Pa­blo, la posesión del espíritu de Jesucristo es señal de vida o muerte: su presencia en el cristianismo presagia vitalidad y san­tidad, pero su ausencia anuncia la muerte espiritual. El térmi­no «revestirse» —Vicente se sirve también de otros sinónimos como «entrar» y «armarse» del espíritu de Jesucristo—, prin­cipio de vida y acción. El espíritu no se confunde, por consi­guiente, con un ropaje externo, de simples apariencias, sino que se mezcla con la caridad de Dios «que inunda nuestros cora­zones por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Rom 5,5). El re­vestimiento del divino espíritu opera de tal suerte en el hom­bre que lleva a éste a realizar las mismas acciones del Hijo de Dios; de ahí su importancia para emprender cualquier trabajo personal o comunitario: «Hay que revestirse del espíritu de Jesucristo… ¡Qué ne­gocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Je­sucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfec­ción de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismo. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este es­píritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de sa­ber que su espíritu está extendido por todos los cristia­nos que viven según las reglas del cristianismo; sus accio­nes y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado esta Compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo».

Pero ¿de qué espíritu hemos de revestirnos? ¿Del mismo Es­píritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad? Sí, porque el Espíritu que cubrió con su sombra a la Virgen María para que concibiera por obra y gracia divina, y condujo luego a Jesús al desierto y a la sinagoga de Nazaret, le resucitó de en­tre los muertos, y fue enviado el día de Pentecostés, es el mis­mo Espíritu que habita y actúa en los cristianos para conver­tirlos en hijos de Dios y, «si hijos, también herederos; herede­ros de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8, 17). El Santo lo explica así: «El Espíritu Santo, en cuanto a su persona, se derrama so­bre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en él, le da las mis­mas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la mis­ma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu».

Se entiende, por lo tanto, que el espíritu de Jesucristo, como elementos sicológico y dinámico, configura al Misionero con el modo de ser del Evangelizador de los pobres, por antonoma­sia, y le impele a trabajar con sus mismas disposiciones inte­riores y exteriores. Entre el primero y el segundo espíritu no se da contradicción sino dependencia, y ambos llevan a la seme­janza con Jesucristo mismo, el «modelo soberano» de los ser­vidores del evangelio. Pero, si el Espíritu Santo actúa con sus gracias y dones para acrecentar en los cristianos la santidad de Jesús, el espíritu, como dinamismo espiritual y apostólico, ayu­da a adquirir las virtudes propias de quien profesa un estado permanente de caridad. Atendida la vocación específica del Mi­sionero, Vicente declara que las virtudes que expresa dicho es­píritu de Jesucristo-evangelizador son: «la sencillez, la humil­dad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por la salva­ción de las almas». La práctica sincera de estas virtudes conduce a los imitadores de Jesús a una reproducción parecida del Hijo de Dios en la tierra.

San Vicente compara dichas virtudes a las «cinco limpísi­mas piedras de David, con las que venceremos, en el nombre del Señor y de un solo golpe, al infernal Goliat y someteremos al servicio de Dios a los filisteos, es decir, a los pecadores». También dice de ellas que «son como las facultades del alma de toda la Congregación; es menester que así como el alma co­noce por el entendimiento, quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria, también un misionero obre por estas virtu­des». En suma, las virtudes que constituyen el espíritu de los Misioneros y, en general, de todos los que se entregan a la evangelización y servicio de los pobres compendian el espíritu del divino sembrador de la Palabra. Los Misioneros no tienen otro santo y seña, con que ser reconocidos, que las virtudes pro­pias que aparecen en Jesucristo, enviado para salvar al mundo.

«Hemos de tener siempre este divino cuadro ante los ojos»          ,

Sentada la doctrina sobre el espíritu de Jesucristo, resulta fácil deducir el sentido que Vicente daba a los distintos títulos con que es conocido el Hijo de Dios en la Sagrada Escritura y en Teología espiritual. Jesucristo es contemplado sobre todo en su santa humanidad, como «camino» para ir al Padre. Con las mismas palabras del evangelio de san Juan, podía decir al Sr. Vicente: «El que no honra al Hijo no honra al Padre que le ha enviado» (Jn 5,23) y «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). El amor e imitación de la vida humana de Jesús, encarnado en nuestra naturaleza, trabajador incansable en las obras del Padre, ajusticiado y muerto en la cruz por nuestros pecados, libró a Vicente de Paúl de falsos iluminismos espiri­tuales, apartándole de doctrinas abstractas que prescindían de la mediación de Cristo. Por otra parte, Jesús recorriendo los ca­minos de Palestina, sembrando y repartiendo el pan de la pa­labra y de la salud, atraía los pasos de nuestro misionero, cuya ambición era seguir e imitar al Salvador del mundo.

Según repitió muchas veces san Vicente, Jesucristo, como «verdad», no admite comparación con los doctores y maestros de este mundo. Mientras El da lo que promete, los entendidos de este mundo ofrecen doctrinas engañosas. Por tanto, afirma el Santo:

«Quien dice doctrina de Jesús, dice roca inquebrantable, dice verdades eternas que son seguidas infaliblemente de sus efectos, de modo que el cielo se derrumbaría antes de que fallase la doctrina de Jesucristo».

Sobre la roca de la fe apoyaba precisamente toda su argu­mentación doctrinal, «de suerte que puede decirse con verdad que la vida de Jesucristo y la doctrina de su evangelio consti­tuían la única regla de la vida y de las acciones de este servidor suyo; eran, en efecto, toda su moral y su política, a las que pro­curaba ajustarse a sí mismo y todas sus acciones».

Jesucristo, como «vida», resume y explica la actividad in­terior y exterior del gran místico de la caridad. Basándose en la doctrina paulina sobre el bautismo, Vicente concibe todo el desarrollo de la santidad cristiana y lo encuadra dentro de la participación de la muerte y resurrección del Señor. Al ya co­nocido P. Portail, le había escrito:

«Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que es­tar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucris­to».

La conclusión a que llega el Santo, tras las consideraciones anteriores, es lógica y convincente: «Hemos de tener siempre este divino cuadro ante los ojos». A fuerza de mirarse en él, el Misionero aprende a copiar sus rasgos y a representarle en la tierra con «las mismas líneas, proporciones, modales y forma de mirar», porque, «si nos hemos propuesto hacernos se­mejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazo­nes este deseo y esta santa afición, es menester conformar nues­tros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas».

«No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo»

La segunda gran virtud practicada por Jesucristo fue la ca­ridad con el prójimo. San Vicente la aprendió encontrándose con Jesús en el evangelio. El amor de Dios, principio y origen de toda caridad, fue cultivado por Jesús mediante la práctica de la religión; pero el mismo amor que le hizo fiel cumplidor de la voluntad divina y «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8), le convirtió en «fuente de amor humillado… dejándose arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el tro­no de su Padre, para venir a tomar un cuerpo sujeto a las de­bilidades… ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo».

Después del nombre de Jesucristo, ninguna palabra más usada por Vicente que el término «caridad». La caridad o el amor, referido a Dios o a los pobres, llena el segundo gran lote del vocabulario vicenciano. A Vicente de Paúl se le conoce so­bre todo por las obras que realizó, pero sería más elocuente y persuasivo reconocerle por las motivaciones cordiales con que se ejercitó en el amor.

El prójimo es visto, ante todo, por Vicente como imagen de Dios y objeto de su amor. No le faltan datos bíblicos y teoló­gicos que le ayudan a descubrir a Jesucristo en la persona de los pobres (Mt 25,31-46). La razón principal que urge a Vicen­te a evangelizar a los pobres es el mandato de Jesús y el ejem­plo de los apóstoles, además de la convicción plena de que el hombre, destinado a la bienaventuranza eterna, sufre en la tierra multitud de esclavitudes espirituales y materiales. Más en particular, su entrega a la caridad responde al deseo de pro­mocionar íntegramente al prójimo, como hijo de Dios y hechu­ra de su ser. Es muy posible que Vicente se compadeciera de los pobres, al verlos materialmente deteriorados; pero de lo que tenemos seguridad, por sus propias palabras, es que se entregó a la salvación de todos por ser criaturas redimidas por la san­gre de Jesucristo. De ahí nace la urgencia del amor o de la ca­ridad, compendio de toda la ley y de los profetas.

De ahí resulta también la primacía del amor de Dios, sobre el amor único al Señor con olvido de los hombres. De estos dos amores, el primero es más puro y desinteresado, razona el Santo, ante una cuestión de santo Tomás, acerca del merecimien­to del amor. El primero ama a Dios y al prójimo, mientras que el segundo ama sólo a Dios. Toda la fuerza de la argumen­tación de Vicente dimana del ejemplo y doctrina de Jesús, que nos llamó

«para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que él hizo, que vino a la tierra a traer fuego para in­flamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi pró­jimo. He de amar a mi prójimo, como a imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que con una ca­ridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios…

La alusión al fuego trae a la memoria la comparación usa­da por el mismo orador, que hace distinción entre la caridad y el celo por la salvación de las almas, virtud ésta que encum­bra a aquélla en su grado más alto:

«Si el amor de Dios es fuego, el celo es su llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios».

«He sido enviado a evangelizar a los pobres»

Como ya sabemos, hasta que Vicente descubrió a Jesucris­to como adorador del Padre, servidor de su designio de amor y evangelizador de los pobres, trascurrió un tiempo no dema­siado largo, durante el cual se operó en él una auténtica revolución interior o «conversión» hacia los valores evangélicos. Este plazo de tiempo pudo durar hasta el año 1623. Mientras tanto, se dieron desplazamientos importantes de intereses muy personales. Además de la crisis o purificación de la fe a la que se vio sometido, hubo de renunciar a comodidades y benefi­cios que le prometían un «honroso retiro», romper con algu­nos cariños familiares, adquirir experiencia de Dios y de la Igle­sia, y asegurarse por sí mismo que el pobre pueblo se conde­naba por falta de instrucción religiosa y por carencia de me­dios necesarios para vivir dignamente.

Entre otros medios arbitrados por la Providencia para ayu­dar al joven sacerdote a encontrarse consigo mismo y a discer­nir su vocación misionera, destacan la dirección de Bérulle y los consejos del Sr. Duval, pero más que nada la meditación de los evangelios de san Lucas y san Mateo. De ahora en ade­lante, será Jesús compasivo y misericordioso quien le revele a Vicente los secretos de la caridad con los pecadores, con los ni­ños y con toda clase de pobres, sobre todo con los más humil­des y necesitados, cualesquiera que sean sus condiciones de raza, lengua o nación.

El pasaje de Lucas 4,14-19: «El Espíritu del Señor está so­bre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres», encuentra eco decisivo en la vocación de Vicen­te. Decididamente también él se aplica el texto de Isaías, como lo hiciera Jesús, y actúa como «ungido» o marcado por el Es­píritu para evangelizar a los pobres. Su misión consiste en con­tinuar la misión misma de Cristo.

Si la evangelización de los pobres está en el corazón de Cris­to, poder enseñar las verdades de la salvación constituye la ma­yor dicha para los Misioneros, que han sido llamados para se­guir e imitar a Jesucristo y para hacer lo que conviene, a imi­tación suya. Es una felicidad «pertenecer a una Compañía que tiene como finalidad no sólo hacernos dignos de que El rei­ne en nosotros, sino de que sea amado y servido por todo el mundo y que todo el mundo se salve…». El entusiasmo que embarga a Vicente de Paúl, cuando habla de la evangeli­zación de los pobres, es tan contagioso que enternece a los oyentes. Decía a sus compañeros de Congregación:

«En esta vocación vivimos muy conforme a Nuestro Se­ñor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mun­do, escogió como principal quehacer el de asistir y cui­dar a los pobres: «Misit me evangelizare pauperibus». Y si se le preguntase a Nuestro Señor:« ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? A asistir a los pobres. ¿A algo más? A asistir a los pobres…» En su compañía no tenía más que a pobres y se detenía poco en las ciudades, con­versando siempre con los campesinos e instruyéndolos. ¿No nos sentiremos nosotros felices por estar en la Mi­sión con el mismo fin que comprometió a Dios al hacer­se hombre?».

El término «evangelización» es sinónimo, en el vocabula­rio vicenciano, de «servicio». El primero lo usaba el Sr. Vicen­te preferentemente delante de los Misioneros; el segundo, ha­blando a las Hijas de la Caridad y señoras de las Cofradías. Am­bos términos implican la doble acción espiritual y corporal de la caridad con los necesitados. Si los Misioneros han de dedi­carse a la predicación de la palabra, no por eso han de descui­dar la obra material de la caridad, ni las Hijas de la Caridad que atienden a los enfermos, niños y ancianos, han de olvidar su obligación principal de educadores de la fe. A los primeros les decía que su vocación consistía en «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres»; pero les exhortaba también a la práctica de toda obra de caridad:

«Si hay alguno entre nosotros que crea que está en la Mi­sión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no corpora­les o temporales, les diré que tenemos que asistirles y ha­cer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los de­más… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que Nuestro Señor practicó y tie­nen que practicar los que le representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes».

Y a las Hijas de la Caridad, «entregadas totalmente a Dios para el servicio de los pobres», les decía:

«Honráis también al Hijo de Dios procurando que todos los enfermos estén siempre en buen estado, es decir, en gracia de Dios. ¡Qué honor y consuelo podéis tener, hijas mías, al ver cómo Dios os ha concedido un medio tan fá­cil de servir a los cuerpos, a vosotras que, por vosotras mismas, jamás podríais esperar realizar grandes hechos caritativos… Es preciso que sepáis que el designio de Dios en vuestra fundación ha sido, desde toda la eternidad, que lo honréis contribuyendo con todas vuestras fuerzas al servicio de las almas, para hacerlas amigas de Dios, esto es, disponiéndolas con gran cuidado a recibir los sa­cramentos, y esto incluso antes de que os ocupéis del cuerpo».

Asimismo la evangelización o servicio de los pobres com­porta la idea de «misión» y de «envío». Estas palabras evocan constantemente el destino del Hijo de Dios al venir al mundo, la finalidad que se propuso al ser enviado por el Padre y el Es­píritu Santo, la misión que se le encomendó de evangelizar a los pobres. Por eso, los miembros de la Congregación serán «misioneros» o sacerdotes de la Misión, dispuestos a ir a cual­quier parte del mundo para anunciar la Buena Nueva, «ya que nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra». Si esta es la exigen­cia de la caridad, convertida en celo misionero, «es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, a inflamar con él a todas las naciones e ir a encender este fuego por toda la tierra».

De igual manera, las Hijas de la Caridad han de estar dis­puestas a llevar la caridad a cualquier rincón del mundo, por encima de fronteras geográficas, culturales y religiosas. El 18 de octubre de 1655, en la conferencia sobre el fin de la Com­pañía, decía el Santo a las Hermanas:

«Tenéis que estar dispuestas a servir a los pobres en to­dos los sitios adonde os envíen: a los soldados, como ha­béis hecho cuando os han llamado allá, a los pobres cri­minales y en cualquier otro lugar en donde podáis asistir a los pobres, ya que es ése vuestro fin».

El amor, que es ingenioso e «inventivo hasta el infinito», dio origen a la Misión para evangelizar a los pobres y fundó la Caridad para servirlos. Los pobres son siempre el objetivo de todas las obras vicencianas: ellos provocan el primer envío de Jesús desde el cielo; ellos son los que movilizan de un lugar a otro a los servidores, imitadores y seguidores de Jesús en la tierra. En el fondo de la evangelización están siempre presen­tes los pobres, ya que a ellos va dirigido el mensaje de salva­ción. Los pobres son, en consecuencia, el lote preferido de san Vicente, y a ellos dedica la tercera parte de su diccionario, que es la más importante.

«Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo»

Por la fe y por la caridad, Vicente llegó a comprender y a vivir el otro gran pasaje del evangelio de San Mateo 25, 31-46, en el que Jesucristo se identifica con el hambriento, desnudo, encarcelado y, en general, con el pobre. La opción por el pobre arrancó de esta visión sobrenatural, opción que le llevó a arriesgar la vida por ellos y a asumir un estilo humilde. La op­ción por los pobres no-era nueva en la Iglesia ni tampoco la doc­trina sobre la caridad; tanto el compromiso como la doctrina en torno a los pobres obedecían a la tradición auténtica de la comunidad cristiana. La voz de Vicente se levanta en el si­glo XVII como la de un profeta, que tiene por misión recordar a todos los cristianos las obligaciones ineludibles de la caridad. En esto consiste la novedad y originalidad de nuestro apóstol.

La primera y más destacada persuasión suya se apoya en la autoridad de Jesucristo, que se declaró «hermano nuestro», pre­sente en los «miembros afligidos» de su cuerpo: «Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hi­cisteis conmigo» (Mt 25,40). Ningún filósofo de la antigüedad habló así ni con tanta claridad. Al Sr. Vicente no le faltan ya más razones para entregarse, en cuerpo y alma, a la ayuda es­piritual y material de los pobres. En torno al texto evangélico desarrollará luego un-programa doctrinal de compromiso ver­dadero que no tiene que ver con la tentadora demagogia de los políticos ni con la superficialidad de los falsos redentores. Para Vicente, amar al Señor es amar al pobre y entrar en sus senti­mientos (en los sentimientos de Jesucristo y en los sentimien­tos de los pobres). Dirigiéndose a las damas de la caridad, les decía el Fundador de la Cofradía:

«Para Jesús es un honor entrar en sus sentimientos, se­guirlos, hacer lo que él hizo y realizar lo que él ha orde­nado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, so­correrlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia entre amarle a él a amar a los pobres de este modo; servirles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conduc­ta…».

«Dad la vuelta a la medalla»

Dios amor se nos revela en la persona de Jesucristo cuan­do, con obras y palabras, evangeliza a los pobres y espera que le sirvamos en la persona de los pobres. Pero ¡es tan difícil re­conocerle oculto en el misterio de los pobres! Sin embargo quie­re que avivemos la fe en el misterio. Como en todo «sacramen­to» «misterio» está traducido en la liturgia cristiana latina por «sacramento», también. Jesucristo se revela a través del signo de los pobres, en quienes ha querido ocultarse. Por eso, sólo es posible descubrirle mediante una mirada de fe:

«No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impre­sión de su espíritu, dado que, con frecuencia, no tienen ni la figura ni el espíritu de personas educadas, pues son vulgares y groseras. Pero dadle la vuelta a la medalla y ve­réis con las luces de la fe que son ellos los que represen­tan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre. El casi no tenía aspecto de hombre en su pasión, y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de sándalo entre los judíos, y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los po­bres: «He sido enviado para evangelizar a los pobres». ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio que los tuvo Jesucristo!».

No menos explícito era san Vicente, en este tema, hablan­do a las Hijas de la Caridad, tan habituadas al trato directo con los enfermos y con toda clase de pobres:

«Servir a los pobres es servir a Jesucristo. Servís a Jesu­cristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañar­se, pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos en­contraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encon­traréis a Dios».

Según esto, al pobre le viene una gran dignidad del mismo Jesucristo a quien representa en la tierra. No es extraño enton­ces que san Vicente se declare indigno del honor de evangeli­zarlos, aunque también ellos, los pobres, evangelizan a los mis­mos heraldos de la palabra. En varias ocasiones, siguiendo la aludida vocación de la Iglesia, Vicente llama a los pobres «nuestros amos y señores». El sentido de la expresión, en boca del Santo, tiene amplios alcances de orden ascético, espi­ritual y apostólico, como puede verse.

«Entre los pobres se conserva la verdadera religión»

Caeríamos en un error, si llegáramos a pensar de Vicente que conoció a los pobres principalmente de oídas, o que se en­tregó a ellos sin esperar nada en pago. Por el contrario, cuanto dice de los pobres obedece a un dato de experiencia, y se enri­quece espiritualmente a su lado más de lo que uno puede ima­ginarse. A medida en que se comprometía en el seguimiento de Jesucristo, para la salvación de los hombres, crecía su amor y estima hacia estos maestros privilegiados que, con el ejemplo más que con la palabra, no cesan de predicar la verdadera re­ligión. Apenado un día por las consecuencias de la guerra, que experimentaban principalmente los pobres decía:

«No les queda más que morir. Si existe una religión ver­dadera… ¿qué es lo que digo, miserable?  ¡si existe una religión verdadera! ¡Dios me lo perdone! Hablo material­mente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se con­serva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamen­te, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las mi­serias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres aviñadores que nos dan su trabajo, que es­peran que recemos por ellos, mientras que ellos se fati­gan para alimentarnos…».

Era de esperar esta reacción de Vicente, como la de cual­quier hombre evangélico que siente vergüenza de las propias comodidades que le rodean, de los alimentos que le nutren y sostienen y del olvido en que se tiene a los pobres, «patrimo­nio de Jesucristo», a los que ojalá «Dios quiera concederles la gracia de aprovechar debidamente sus sufrimientos». Y a las palabras añadía el compromiso de una vida pobre, austera, sacrificada, sin amarguras, ni odios contra los políticos o los ri­cos. La sensibilidad floreció en el corazón compasivo de Vicen­te al lado del evangelio viviente de los pobres.

El grado de compasión y misericordia alcanza cotas altísi­mas en Vicente de Paúl que, una vez más, persuadido de la doc­trina paulina sobre el cuerpo místico, proclama que todos so­mos miembros unos de otros y Cristo es nuestra cabeza (1 Cor 12, 12-27). Los cristianos tienen que padecer juntos; de lo con­trario, decía con expresión patética:

«¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de huma­nidad, es ser peor que las bestias».

La compasión puede llevar al extremo de querer morir como los pobres abandonados, ateridos de frío y de hambre.

¿Fue ésta la ilusión de Vicente, padre de los pobres? En todo caso, cuenta Abelly que, en una conferencia a la comunidad, el Sr. Vicente dijo que los Misioneros deberían sentirse felices de hacerse pobres, por haber ejercido la caridad con los demás, y que no temieran empobrecerse por ese cambio, a no ser que desconfiaran de la bondad de Nuestro Señor y de la verdad de su palabra. No obstante si Dios permitiese que se vieran redu­cidos a la necesidad de ir a servir como coadjutores a las al­deas para encontrar con qué vivir, o que algunos de ellos tu­vieran que ir a mendigar el pan, o acostarse al lado de una ta­pia, con los vestidos destrozados y muertos de frío, y en aquel estado le preguntasen a uno de ellos: «Pobre sacerdote de la Mi­sión, ¿quién te ha puesto en semejante estado?», ¡qué felicidad, hermanos míos, poder responder entonces: «Ha sido la cari­dad». ¡Cuánto apreciarían Dios y los ángeles a ese pobre sacer­dote!».

«Saber dejar a Dios por Dios»

La misma caridad que empuja a la evangelización de los po­bres lleva también a la oración. En la doctrina de san Vicente no podía faltar un capítulo importante sobre la oración, con tanto más motivo cuanto más estrecha es la vinculación entre ambas actividades. La necesidad de la oración viene dada, en efecto, por la exigencia misma del apostolado. Los pobres, nuestros amos y maestros, no sólo nos enseñan a vivir la ver­dadera religión, además nos recuerdan los distintos compromi­sos y obligaciones con ellos; ellos mandan en la vida de los evangelizadores, hasta el punto de que no permiten que este­mos con los «brazos cruzados» ni «ociosos», cuando hay tantos incendios que apagar: sus necesidades espirituales y materiales son fuegos a extinguir por la caridad pronta y activa.

En la oración el evangelizador descubre a los pobres en la persona de Jesucristo, paso necesario y seguro para descubrir luego a los pobres en la persona de Jesucristo, paso necesario y seguro para descubrir luego a Jesús en la persona de los po­bres. El primer descubrimiento se logra, como norma general, en el silencio prolongado y expreso de la oración; el segundo, en contacto inmediato con los miembros doloridos de Cristo. Este es el proceso, a grandes líneas, que se dio en Vicente, y a ello se debe que el Santo insista con tanta frecuencia y unción sobre el ejercicio expreso enraizamiento en Dios.

Al tema del apostolado y de la oración, Vicente liga el del establecimiento del Reino de Dios. Según una exégesis etimo­lógica y espiritual del verbo latino «quaerere» (Mt 6,33), la bús­queda del Reino de Dios pide una preocupación, una acción in­terior y exterior de la caridad, que asegure en uno mismo y en los demás la promesa evangélica. En efecto, comenta el aman­te de la Sagrada Escritura:

«Buscad, buscad, esto dice preocupación, esto dice acción. Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; buscadlo en vuestra alma, como en su mo­rada predilecta; es en el fondo donde sus servidores, que preocupan practicar todas las virtudes, las establecen. Se necesita la vida interior, hay que procurarla, falta todo, y los que se han quedado sin ella, tienen que llenarse de confusión, pedirle a Dios misericordia y enmendar­se».

Para San Vicente, la existencia orante, absolutamente vital, es una expresión de la vida interior animada por la caridad. Cierto que la caridad no se agota únicamente en la acción apos­tólica, ni sólo en la oración, sino que abarca ambas preocupa­ciones y acciones. Con otras palabras, la caridad practicada en el servicio y en la oración ha de ser efectiva, ha de llevar a los compromisos y obligaciones reales de la vocación misionera. En este sentido la caridad armoniza los ratos dedicados al apos­tolado y a la oración. Pero si un servicio urgente se presenta de forma imprevista, la oración, «conservación del alma con Dios o comunicación mutua en la que Dios dice al alma lo que quie­re que sepa o que haga…», cede gustosa su tiempo al ejerci­cio práctico del amor. Esto quiso decir con más claridad el Sr. Vicente a las Hijas de la Caridad, el 17 de noviembre de 1658:

«Hay algunas ocasiones en las que no es posible guardar el orden de la distribución del día; por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una herma­na vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con ur­gencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mi­rad, la caridad está por encima de todas las reglas y es pre­ciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en este caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a ha­cer oración y al mismo tiempo os llama para atender a aquel pobre enfermo. Eso se llama dejar a Dios por Dios».

«Todo lo que tenemos que hacer es trabajar»

Pasar del amor afectivo al efectivo, demostrar que amamos a Dios con la fuerza de nuestros brazos y el sudor de la frente, es la mejor prueba de que la caridad reina en nuestros corazo­nes, ya que todo nuestro trabajo apostólico y oracional consis­te en la acción. Sigue diciendo el Sr. Vicente:

«Algunos se muestran satisfechos de su imaginación ca­lenturienta, contentos de los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: Totum opus nostrum in operatione consistit (Todo lo que tenemos que hacer es trabajar)».

No quiere esto decir que, una vez terminado el acto de ca­ridad con el pobre, no haya que volver a la oración, no. El mis­mo Vicente recuerda que es necesario tornar a encontrarse con Dios en la oración, «donde el alma dice a su Dios lo que él mis­mo le ha dado a conocer que tiene que pedir». No todos los ser­vidores del evangelio han entendido ni entienden de la misma manera la expresión clásica «saber dejar a Dios por Dios», pero a Vicente se debe que, a partir del siglo XVII, haya adquirido más celebridad y popularidad.

En resumen, la doctrina espiritual del Sr. Vicente se mueve entre dos extremos; Jesucristo y los pobres; en medio se en­cuentra la caridad, animándolo todo: la evangelización, las vir­tudes del Hijo de Dios y de las Congregaciones misioneras, el espíritu de Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres, y la oración. Jesucristo es el principio, los pobres son el fin, y las virtudes, los medios necesarios para hacer efectiva la evange­lización. Cada uno de estos términos, bien por separado bien juntos, forman el vocabulario más selecto y abundante de Vi­cente de Paúl y revelan la principal riqueza de su corazón com­pasivo y misericordioso.

 

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