Vicente de Paúl: Conferencias a los Misioneros de la Congregación

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Se calculan en cerca de tres mil las intervenciones ora­les del Fundador de la Misión ante la comunidad misionera, desde 1625 a 1660. Durante 35 años seguidos, siempre que no se lo impidieran la enfermedad u otras obligaciones urgentes, que le obligaban a ausentarse de casa, dirigía la palabra varias veces por semana. Circunstancias y motivos distintos justifica­ban su presencia ante el grupo comunitario, bien para pronun­ciar una conferencia espiritual, bien para repetir los pensa­mientos tenidos en la oración, o para presidir el capítulo de fal­tas. Además de estos coloquios con toda la comunidad, el Su­perior de la casa mantuvo diálogos personales con algunos Mi­sioneros sobre cuestiones de formación, y asistió a moribundos en los últimos momentos de la vida. De tan rico tesoro vicenciano, se ha podido recuperar, hasta ahora, un total de 243 in­tervenciones, sin contar frases sueltas, máximas y consejos.

Respecto a las conferencias, el orador sagrado acostumbra­ba a pronunciar una todos los viernes de la semana, mientras no coincidiera el día con fiesta de segunda clase. Cálculos aproximados aseguran que Vicente de Paúl, entre los años 1625-1660, pudo dar a los Misioneros alrededor del millar, pero sólo ciento ochenta han llegado hasta nosotros. Su exten­sión es muy desigual: las más completas y mejor desarrolladas están fechadas entre el 6 de diciembre de 1658 y el 19 de diciembre de 1659. Suman, en total, treinta y una; las ciento cuarenta y nueve restantes se presentan muy fragmenta­das.

Nuestro conferenciante no adelantaba por escrito a los Mi­sioneros el esquema de la charla, mucho menos hacía entrega del desarrollo de la misma, y lo que es más lamentable, no per­mitía que nadie tomara notas durante sus alocuciones. Los co­pistas, gracias a los cuales contamos hoy con la palabra habla­da del Sr. Vicente, debían hacerlo a ocultas. Ignoramos los nombres de los amanuenses que tomaron sus notas durante los años 1625-1647. A partir de 1648 los Hermanos L. Robineau y B. Ducournau se encargaron de recoger las palabras del Su­perior General (21). En 1657, el Hermano Ducournau recibió órdenes del P. Almeras de conservar por escrito y con la ma­yor fidelidad posible todas las intervenciones del Fundador de la Misión.

La conferencia solía alargarse una hora o algo más. In­mediatamente la sala se caldeaba con el fuego creciente del dis­curso, que adquiría carácter de charla familiar al contacto di­recto con el auditorio. Si los amanuenses no copiaron al pie de la letra cada una de las frases y palabras del orador, al menos nos transmitieron fielmente el pensamiento, muchas expresio­nes y giros de auténtico cuño vicenciano. De ello no cabe duda, tratándose de los secretarios Robineau y Ducournau, que co­nocían directamente el lenguaje del Fundador, por el trato con­tinuo con él. Les resultaba fácil a estos dos secretarios recons­truir la conferencia espiritual a los Misioneros, lo mismo que hicieron las monjas de la Visitación con las conferencias de Francisco de Sales.

El tono familiar con que se desenvolvía toda la charla per­mitía preguntar a cualquiera de los oyentes sobre puntos concretos del tema; siempre que lo creía conveniente, el orador in­terrumpía su discurso para informarse sobre una cita de la Es­critura o sobre algún dicho de los antiguos filósofos. Nunca fal­taba alguien que sacara de dudas al conferenciante, apuntán­dole un texto o recordándole el autor de cualquier cita famosa. De esta forma, las distancias entre el orador y el público se acortaban, y la sala vibraba ante los distintos sentimientos del expositor de la palabra. Lejos de adoptar un tono enfático y altanero. Vicente conversaba amigablemente pero con auto­ridad, tratando de atraer a todos hacia el ideal de Jesucristo. La familiaridad y sencillez con que hablaba siempre nunca se transformaron en chabacanería ni en ordinariez, ni se rebaja­ron a expresiones de mal gusto. Bremond afirma «no haber encontrado una sola línea banal en las obras completas de Vicen­te de Paúl, ricas en doctrina y chispeantes de humor».

Los temas abordados en las conferencias están todos rela­cionados con la vida y vocación de los Misioneros. Pero, aun­que hable de un tema común, afirma Ducournau, «todos sabe­mos que lo hace con una fuerza poco común, pues su elocuen­cia y la gracia que lo animan le hacen tratar las materias más vulgares con tanta devoción que impresiona a todos sus oyen­tes e imprime en sus almas mucho aprecio y reverencia hacia Dios y gran afecto a las Reglas y prácticas de la Congregación. Por eso están todos muy atentos cuando habla y como arreba­tados al Oírle, mientras que los ausentes preguntan muchas ve­ces por lo que ha dicho y se sienten muy apenados de no haber podido asistir. Y. bata demostrar que no hay nada de común, cuando trata a fondo los temas de la oración, del conocimiento de nosotros mismos, de la renuncia a la propia voluntad, de la compasión con los afligidos, de la asistencia a los pobres, del celo por la salvación de las almas, que me digan si hay alguien que hable como él con tanto juicio, eficacia y amor, sin prepa­ración y sin grandilocuencia».

Más detalles sobre la práctica y expresión de los temas ex­plicados en las conferencias se verán en el análisis que haga­mos del «pequeño método» de predicar, puente de unión entre las catequesis al pueblo y las predicaciones a la comunidad.

«En ninguna parte se sigue este método»

Tras la lectura de las conferencias, llegamos al sorprenden­te descubrimiento de que Vicente de Paúl conocía perfecta­mente la retórica pagana y la oratoria sagrada, pero era muy li­bre en la aplicación de sus leyes. El pequeño método de predi­car se inspira, aunque remotamente, en las normas que regían la composición y pronunciación de los discursos, sermones y homilías. El pequeño método adquiere carta de ciudadanía en­tre los Misioneros a partir de la conferencia del 20 de agosto de 1655, si bien venía practicándose desde hacía muchos años en la Congregación. Lo que dicten las Reglas, impresas en 1658, será el marchamo que garantice el distintivo histórico de la pre­dicación misionera: «El estilo de nuestra predicación y cate­quesis ha de ser siempre simple y al alcance del pueblo, y, ade­más, según el método sencillo que hasta ahora ha estado en uso en la Congregación». En este número de las Reglas queda­ban plasmados el mandato del Concilio de Trento, así como la doctrina y experiencia de Vicente en torno a la predicación.

La importancia del tema pide ahora un estudio pormenori­zado de la citada conferencia, modelo en su género e índice re­velador de la palabra oral de san Vicente a los Misioneros y a cualquier otro auditorio, tanto de sacerdotes como de gente sencilla. El orador divide el tema de la conferencia en cuatro partes, según las reglas de la oratoria tradicional: exordio, pro­posición, argumentación y conclusión. Los cuatro tiempos del discurso están debidamente proporcionados. Si la conferencia pudo durar hora y media aproximadamente, el exordio y con­clusión se llevaron treinta minutos, repartidos a partes iguales; el resto del tiempo fue invertido en la narración o proposición y en la argumentación o pruebas.

La parte inicial de la conferencia, dedicada a cautivar la atención de los oyentes y a disponer sus ánimos hacia la bene­volencia, lo que resulta difícil sin altos exponentes de credibi­lidad, nuestro orador la llena con los siguientes pasos: presen­tación del texto evangélico «Id por el mundo entero y predicar el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15); aplicación del mismo texto a la Congregación de la Misión; situación de la predica­ción en el momento actual; orden que va a seguir e invocación al Espíritu Santo y a la Santísima Virgen. Cinco pasos que pue­den verificarse en otras conferencias del Santo, pero con algu­nas variantes, ya que no se sujeta a un esquema fijo. En Vicen­te juega mucho la inspiración del momento, aparte de que los amanuenses no fueron siempre igualmente fieles en recoger to­das sus palabras. Pero de los cinco pasos que componen el exor­dio, el tercero y el cuarto merecen por ahora especial atención.

El orador peinaba canas y no había oído que el pequeño mé­todo se usara en otras partes fuera de la Congregación. Lo or­dinario era que los predicadores eclesiásticos de entonces se apuntaran a escuelas de oratoria, donde «la prudencia de la car­ne, el humor, la moda y el capricho», campaban a sus anchas y sin escrúpulo. Nuestro fervoroso orador no puede disimular el disgusto que le proporcionan estos predicadores disfrazados y falsificadores del evangelio, del que «blasfeman delante de Dios, a su cara», haciendo ostentación de sabiduría humana y de orgullo. Estos tales son «falsos profetas», porque descuidan la gloria de Dios y la salvación de las almas. De un solo bro­chazo el Sr. Vicente describe el cuadro lamentable de la predi­cación entonces reinante:

«Hay que confesar que en ninguna parte se sigue este mé­todo; la gran perversidad del mundo ha obligado a los predicadores a tener que mezclar lo útil con lo agradable, sirviéndose de hermosas palabras y de conceptos sutiles, utilizando todo lo que puede sugerir la elocuencia, a fin de contentar de algún modo y de detener, en cuanto pue­dan, la malicia del mundo».

-Distintas crónicas de la época denunciaban ya el mal gusto de los clérigos, que se servían de una oratoria ribeteada de adornos y recargada de cultura barroca para «predicarse a sí mis­mos». Salvo honrosas excepciones, la predicación resultaba as­fixiante. La Bruyire, traductor de los Caracteres .de Teofrasto y buen catador de las costumbres del siglo xvii, nos presenta una situación similar a la descrita por Vicente de Paúl. Real­mente se necesitaba saber mucho para predicar tan mal. Del ca­pítulo dedicado al «púlpito», de J. de la Bruyire, espigamos este manojo de consideraciones moralistas: «El discurso cristiano se ha convertido en un espectáculo. La conciencia evangélica ha quedado sustituida por el gesto estudiado, por las inflexio­nes de la voz, por la regularidad en la expresión, por la elec­ción de las palabras y por las largas enumeraciones. Ya no se escucha en serio la palabra sagrada; es una especie de diver­sión, entre muchas otras; es un juego en el que hay emulación y gente que apuesta. Los torneos de elocuencia se celebran has­ta -el pie del altar y en presencia de los sagrados misterios. El que escucha se constituye en juez del que predica, para conde­nar b para aplaudir, y no queda más convertido por el discurso que él aprueba que por aquel al cual se muestra contrario. El orador agrada a los unos, disgusta a los otros, y coincide con todos en una cosa, y es que, como no trata de hacerlos mejo­res, ellos tampoco piensan en llegar a serlo».

«¡Vanos discursos, palabras perdidas! La generalidad de las personas gustan de las frases y los períodos, admiran lo que no entienden, se suponen instruidas, satisfechas de decidir entre un punto y un segundo punto, o entre el último y penúltimo ser­món… Lo sagrado y lo profano no quedaban separados entre sí; juntos se habían deslizado hasta el púlpito. San Cirilo, Ho­racio, Lucrecio, hablaban alternativamente; los poetas eran de la opinión de san Agustín y de todos los Padres; se hablaba en latín, y mucho rato, delante de las mujeres y de los sacristanes; también se ha hablado en griego».

«El orador busca con sus discursos un obispado… Vemos a algunos clérigos volver de provincias en las que no estuvieron mucho tiempo, vanagloriándose de conversiones que ya encon­traron hechas y de aquellas que no consiguieron hacer, compa­rándose con los Vicentes y con los Javieres, y considerarse a sí mismos como varones apostólicos; según ellos, tan grandes tra­bajos y tan felices misiones no serían bien pagados ni con una abadía… Un clérigo mundano e irreligioso, cuando sube al púl­pito, es un declamador».

No es extraño, según esto, que Vicente de Paúl reaccionara mofándose de «esos discursos de artificio y de comedia», de «esas formas rebuscadas, elocuencia ampulosa, pompas orato­rias», de las «predicaciones refinadas», de los «caeli caelorum», que aturdían los oídos, pero sin conseguir nada provechoso para la conversión. Pese a tales denuestos contra la elocuencia, tendremos cuidado de no caer en la tentación, imaginándonos a Vicente de Paúl como a un difamador de la oratoria sagrada o a un adversario de la auténtica elocuencia eclesiástica. Por el contrario, él está demostrando con sus discursos que domina el arte de la oratoria, cuyo fin es instruir, agradar y mover el auditorio.

«Mi predicación va a ser sobre el método de predicar bien»

Ganada la simpatía y atención del público, el orador se pro­pone, a continuación, explicar el pequeño método por las pro­pias leyes que le regulan. Así lo manifiesta, poco antes de con­cluir el exordio, mediante una breve «insinuación» retórica:

«Mi predicación va a ser sobre el método de predicar bien; y para que, tratando del método, pueda seguirlo yo mismo, dividiré mi sermón en tres puntos: en el primero veremos los motivos que tenemos para apreciar mucho este método; en el segundo diré en qué consiste…; y en el tercero señalaré algunos medios que podrán servir para la adquisición de este método».

Lo esencial del método es el orden. Todos los oyentes están ya advertidos del camino que se va a seguir en la argumenta­ción; nadie tendrá que hacer grandes esfuerzos para entender el lenguaje sencillo del orador ni su lógica demostrativa. En to­das las charlas familiares vicencianas se nota sustancialmente el mismo orden, aunque se alteren los puntos: motivos, natu­raleza y medios, instrumentos necesarios para enseñar y con­mover al auditorio. No faltarán tampoco otros recursos que, al filo de la predicación, hagan interesante y amena la palabra. Si al término de la disertación, el público ha experimentado la ne­cesidad de convertirse, la predicación ha logrado sus pro­pósitos.

«Este método es sumamente eficaz para iluminar el entendimiento y mover la voluntad»

El cuerpo del discurso contiene un canto a la excelencia y necesidad del pequeño método, ejecutado en tres tiempos. El acopio de datos o materiales para la recta y convincente argu­mentación son todos los factores integrantes de la palabra, es­tudiados en el capítulo primero. Según sean las circunstancias del discurso, así prevalecerán unos factores más que otros. Sin renunciar del todo a cualquier tipo de recursos oratorios que deleiten al público, Vicente de Paúl sabe complacer con la doc­trina y la experiencia, las ansiedades de los oyentes; no da pá­bulo a la oratoria literaria, pero es hábil para llevar al audito­rio a donde él quiere.

El primer tiempo de la argumentación, que consiste en la exposición de motivos, consta de cuatro largos compases. El primero está sostenido por la eficacia del método: ella avala su autenticidad. Dice el entusiasta orador a los Misioneros:

«La primera razón que tenemos para abrazar el método familiar de predicar es su eficacia. Es sumamente eficaz para iluminar el entendimiento y mover la voluntad, para hacer ver con claridad el esplendor y la belleza de las vir­tudes y la horrible fealdad de los vicios… No deja nada de cuanto se pueda aportar para convencer y ganarse las almas».

Este mismo era el fin que enseñaban las antiguas retóricas de los griegos y latinos, especialmente Cicerón. ¿Lo aprendió Vicente de Paúl en sus lejanos tiempos de estudiante en Tou-louse? Es probable, aunque las preceptivas retóricas de Aristó­teles, Cicerón y Quintiliano llegaron a él tamizadas por el ge­nio de san Agustín. Sea que leyera directamente el tratado agus­tiniano De doctrina christiana, sea que lo conociese a través de manuales de oratoria, o por otros intermediarios postridentinos, lo cierto es que el pequeño método está inspirado en las enseñanzas del obispo de Hipona. Durante el siglo XVII, san Agustín fue el doctor de la Iglesia latina más estudiado incluso en temas pastorales. Sobre el tratado De doctrina christiana se levantaron otras teorías de oratoria sagrada propugnadas por san Carlos Borromeo, quien se hizo rodear de famosos autores de retórica, como Valier, Botero y Panigarola. La base ciceroniana en que se apoyaba la argumentación de san Agustín no mermó mérito a la elocuencia sagrada, ni el Concilio de Trento repudió los recursos retóricos que el santo arzobispo de Mi­lán se encargó de ejecutar, impulsando la predicación sencilla, al alcance del pueblo. La finalidad de la oratoria quedó en evidencia ante la acción reformadora del púlpito italiano, pa­sando a España y luego a Francia. Con la ayuda de la elocuen­cia didáctica y exhortativa se consiguieron numerosas conver­siones siguiendo los ejemplos de san Agustín. En efecto, el san­to doctor había escrito: «Dijo un maestro de elocuencia, y dijo la verdad, que el orador de tal manera debe hablar que enseñe, deleite y mueva. Y añadió después: el enseñar es propio de la necesidad, el deleitar de la amenidad y el mover de la victoria. De estas tres cosas, la primera que se dijo, esto es, la necesidad de enseñar, se halla situada en las cosas que decimos; las otras dos en el modo de decirlas. Luego el que habla con intento de enseñar no juzgue haber dicho lo que quiso, mientras no sea en­tendido por aquel a quien quiso enseñar».

Esto último constituyó una de las preocupaciones de Vicen­te de Paúl: darse a entender, mediante la palabra y el corazón. Ello explica la claridad y sencillez con que habló a todos los pú­blicos, así como la lógica de lo real expuesta con lenguaje di­recto y vivo, acompañado de gestos muy expresivos.

«Ese método nos lo ha dado Dios»

La demostración del origen divino del pequeño método sos­tiene el segundo compás de la argumentación. Responde a una manera peculiar de hablar de Vicente de Paúl, para quien to­das las obras, de las que él ha sido instrumento, provienen de Dios: la Congregación de la Misión, la Compañía de las Hijas de la Caridad, las Cofradías de la Caridad, el ministerio de las misiones y de los seminarios y, por supuesto, el método de pre­dicar. Ninguna obra ministerial de la Congregación tiene otro origen que el de la manifestación de la voluntad de Dios, des­cubierta al paso de los años, pero lejos de Vicente de Paúl atri­buirse una inspiración que redunde en alabanza propia:

«Este método nos lo ha dado Dios, viene de Dios; él mis­mo lo practicó; los apóstoles lo siguieron; es el método de los apóstoles y del propio Hijo de Dios, el método de la eterna Sabiduría».

Cuando el orador tiene interés en recalcar una idea, macha­ca las palabras hasta dejarlas bien grabadas en las mentes y en los corazones. No es que desconfíe de la capacidad de los oyen­tes, pero desea imprimir claramente su pensamiento en el au­ditorio. La vuelta a Jesucristo y a los apóstoles es una justifi­cación clara de la práctica del pequeño método. Tras una exé­gesis espiritual de la doctrina del Evangelio, en el que aparece Jesús predicando a las turbas, se confirma solemnemente el ori­gen divino del método. La misma táctica había usado san Agus­tín para recomendar su oratoria. El ejemplo y la doctrina de Je­sús provocan siempre los discursos más significativos. De Je­sucristo evangelizador aprende Vicente el modo de adoctrinar a la gente sencilla, como también a los apóstoles, en especial de san Pablo, que «no tuvo nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que nuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres sino en el poder de Dios» (1 Cor 2, 4-5). La apelación a la Sagrada Escritura es el huerto común de todos los varones apostólicos, que esperan implantar en la Iglesia cierta tradición misionera.

Para exhortar a la estima del pequeño método, no faltan otras citas y ejemplos de santos y sabios predicadores, que ha­blaron sencillamente al pueblo cristiano. Además de san Agus­tín y san Carlos Borromeo, san Juan de Avila y Granada, re­sonaron en la sala de conferencias otros destacados evangeli­zadores. Atraídos éstos por el ejemplo de Jesucristo y de los apóstoles emprendieron la obra de salvar a los hombres, prac­ticando sustancialmente el mismo método:

«Después de los apóstoles todos los hombres apostólicos que le siguieron practicaron este mismo método, predi­cando familiarmente, sin esa, ostentación de elocuencia llena de vanidad».

En primer lugar, pesaba la doctrina y el ejemplo de san Vi­cente Ferrer, autor del Tratado de la vida espiritual. El tauma­turgo español había escrito: «En todos los sermones que en pú­blico tuvieres y en las pláticas y exhortaciones particulares, usa siempre del lenguaje sencillo, llano y casero, para dar a enten­der las obras particulares de cada uno, descendiendo a los ac­tos particulares…; semejante modo de predicar suele ser de pro­vecho a los oyentes. Porque tratar en general y en común de los vicios y virtudes, muy poco o nada les mueve». A estas palabras del dominico español apostilla Vicente de Paúl:

«Es menester bajar siempre a lo concreto, demostrar de­talladamente los actos, y entonces es cuando, de ordina­rio, se saca mucho fruto. Entonces el espíritu se propone tal acto para tal ocasión, y esta acción para esta otra, con­cretando siempre, todo lo que sea posible».

Otro precursor del pequeño método de predicar y reforma­dor del púlpito italiano, de parecidos ideales apostólicos que Vicente de Paúl, es san Felipe Neri. El ejemplo de los Padres del Oratorio de Roma excita en nuestro orador los mismos pro­pósitos de perpetuar en la Congregación de la Misión el méto­do de predicar con sencillez; es un deseo vivo que no puede ocultar:

«Conviene que nosotros hagamos lo mismo. Es allá a donde acuden todos los devotos de Roma. La mayor con­currencia es la de los Padres del Oratorio, que hacen esos pequeños sermones tan sencillos y familiares; si algún predicador habla de otra manera, le corrigen y amones­tan para que guarde el método de su padre, el beato Fe­lipe. Les corrigen cuando faltan, y así es como se mantie­nen en su método».

Finalmente, no podía faltar el recuerdo de san Francisco de Sales, muerto hacía treinta y tres años. La evocación del obis­po de Ginebra le trae a la memoria una conversación mante­nida por los dos sobre el modo de predicar llanamente la Pa­labra de Dios. Aunque es cierto que la fina y elegante elocuen­cia salesiana superaba en formas literarias a la natural oratoria vicenciana, un ideal común les unía: predicar a Jesucristo con sencillez y pureza de intención. El modelo salesiano, conocido de cerca por algunos Misioneros, completaba la imagen del per­fecto predicador que debía cuajar en la mente y en el corazón de los oyentes.

«Grandes frutos se han conseguido con este método»

El tercer compás del canto al pequeño método irrumpe con extraordinario fervor. Hablar de las misiones era probar direc­tamente la eficacia del método y sensibilizar la vocación mi­sionera de Vicente de Paúl; por eso, él remite a la historia de las misiones, para convencer al auditorio del poder del peque­ño método. Es tal su fuerza que consigue conversiones insos­pechadas, arreglos de matrimonios desavenidos, restituciones de robos, reconciliaciones entre rencorosos y enemistados. La lista de los frutos cosechados en las misiones es muy larga; al orador le faltaría tiempo para una simple enumeración sin comentarios:

«La tercera razón en favor del pequeño método es la con­sideración de los grandes frutos que se han seguido de las predicaciones hechas con este método. No acabaría nun­ca si tuviese que referir tan sólo una pequeña parte de lo que Dios ha querido realizar con este método. Tenemos tantos ejemplos que habría que estar aquí toda la noche».

Sin embargo, no puede silenciar dos ejemplos de misiones, cuyos testigos se encuentran en la sala. El P. Martín, a reque­rimiento del conferenciante, dice refiriéndose a las misiones del norte de Italia: «Sí, padre, así es. En las aldeas donde se ha tenido la misión, los bandidos han venido como todos los de­más a confesarse; sucede esto ordinariamente». Dos semi­naristas, al menos, son también testigos de otra misión que se dio en un pueblo de la costa, donde había naufragado un barco y sus habitantes corrieron al pillaje. Gracias al pequeño méto­do, «unos devolvieron los fardos, otros las telas, otros el dinero, otros firmaban un pagaré, al no poder ya devolver lo que habían robado».

Como recurso último para ponderar la eficacia del método —recurso por otra parte muy socorrido en las conferencias el orador confiesa humildemente su indignidad e ignorancia del método y apela al conocimiento y experiencia de los Mi­sioneros:

«Sí, padres, apelo a la experiencia, a vuestra propia ex­periencia. ¿No habéis conseguido grandes provechos don­de quiera que habéis predicado según este método? ¿Qué conversiones no se han visto? ¿No se han reconciliado gracias a la fuerza que Dios daba a vuestras predicacio­nes?».

«El método cuida de nuestra salvación»

El cuarto compás cierra la partitura de los motivos y revis­te un carácter más espiritual; lleva consigo una preocupación por la salvación propia y ajena. La naturaleza misma del mé­todo exige interés en asegurar la obra de la salvación, por la que Jesucristo vino a la tierra y los profetas se encargaron de anunciarla; y avisa al predicador sobre la fidelidad a las reglas del método.

El método no soporta el silencio cobarde los predicadores, pero tampoco la pérdida de tiempo en «arreglar hermosos con­ceptos y en emplear las palabras que inspira la moda». La autoridad de la Sagrada. Escritura alienta al orador y le pone en guardia contra los peligros de la elocuencia vigente:

«La última razón, añade Vicente de Paúl, está sacada de nuestra salvación, para lo que estamos aquí y en el mun­do».

Más breve que las tres anteriores, esta última razón com­pendia la argumentación en favor del pequeño método, si bien, como colofón de la primera parte del discurso, el orador sinte­tiza en frases cortas la teología que ha inspirado el pequeño mé­todo de predicar.

«¿En qué consiste el método de que hablamos?»

Sin más digresiones, el Sr. Vicente pasa rápidamente a ex­plicar la naturaleza y esencia del método. Tiene ahora prisa en despachar su definición. Nosotros quedamos algo decepciona­dos; nos parece que, en este caso, Vicente de Paúl no es tan pre­ciso ni claro como en otras ocasiones. Aporta, sin embargo, los elementos esenciales que componen la naturaleza del pequeño método. La circunstancia del tiempo, probablemente, le urgió a correr más de lo que nosotros hubiéramos deseado. Se pre­gunta en voz alta:

«¿En qué consiste el método de que hablamos? Se trata de una virtud que, en nuestras predicaciones, nos hace guardar cierta disposición y un estilo adecuado al alcan­ce y al mayor provecho de los oyentes; eso es; esa es su ausencia y su naturaleza».

Si el orador confiesa su dificultad para explicar la defini­ción del método de ‘predicar, nosotros no gozamos de mayor claridad. De todas formas, intentemos iluminar su doctrina por lo que él nos dejó ‘entrever. Comencemos diciendo que el ora­dor se limita a explicar el término «método», sin referirse ex­plícitamente al de «pequeño». Tal calificación del método ha dado origen a una cuestión intranscendente. ¿Qué quiere decir el Santo con el adjetivo «pequeño»? ¿Es un rasgo más de la hu­mildad vicenciana? ¿Tiene otro sentido más restringido que el meramente espiritual Román piensa que «la denominación «la petite méthode», el pequeño método según la traducción lite­ral, en rigor se debería llamar «el metodito»; era la manera a la vez cariñosa y humilde de designar Vicente todas sus crea­ciones». Sin embargo, no se descarga otra significación, según la cual se trata de un método sumamente fácil y elemental, cuyas leyes se reducen a tres, como ya sabemos. Este modo de proceder simplifica y evita muchas divisiones y subdivisiones de las normas retóricas.

Entremos en el examen de la definición del método. Por «definición», en retórica, se entiende la fijación de los límites del tema o caso de la defensa, que puede situarse en cualquier lugar de la argumentación; no así el estado de la cuestión lla­mada también técnicamente «status definitionis», parte inte­grante del exordio. Para explicar la naturaleza del método, el orador juega indistintamente con elementos etimológicos, rea­les y descriptivos de la definición. Por eso, dirá más adelante que «los efectos, las propiedades, la definición y la naturaleza» constituyen su esencia.

Se afirma, en primer lugar, que el método es una virtud, y se prueba por dos razones. La primera por ser un orden. Ahora bien, el método es un don divino que Dios ha concedido a la Congregación, y que habrá que pedirlo todos los días; si es don o gracia de Dios, es también virtud que capacita al sujeto para obrar con orden. Pero, ¿de qué orden se trata? ¿De un modo racional de distribuir los materiales de la predicación? Cierto, pero no sólo de este orden. Hay que confesar que el término «orden» es poco preciso —latius patet— porque no todo orden es virtud evangélica. Por definición etimológica, el método es orden o camino que hay que seguir en el desarrollo de un tema hasta llegar a su fin. En este sentido, cabe una distribución or­denada y lógica de los materiales sin que exista virtud sobre­natural. En el siglo XVII se publicaron el Discurso del método de Descartes, y la Lógica de Port-Royal, tratados filosóficos de nota, que carecen de virtud sobrenatural.

No basta, pues, predicar con orden lógico gramatical y retó­rico, se requiere además hacerlo con el orden de la caridad. Esta es la segunda razón que explica el método como virtud. Sabemos que el orden de la caridad es superior al de la lógica y no se somete implacablemente a las leyes de la retórica; su norma es anunciar a Jesucristo a los pobres y decirles que el Reino de Dios es para ellos. Pascal, contemporáneo de san Vicente, había escrito: «El corazón tiene su orden; el espíritu tie­ne el suyo, que es por principio y demostración; el corazón tie­ne otro. No se prueba que se debe ser amado exponiendo con orden las causas del amor; sería ridículo». «Jesucristo, san Pa­blo, tienen el orden de la caridad, no del espíritu, porque que­rían encender no instruir. Lo mismo san Agustín. Este orden consiste principalmente en la digresión sobre cada punto que se relaciona con el fin, para mostrarlo siempre».

El pensamiento de Pascal concuerda con el sentido de las palabras de Vicente, siempre que se entienda bien el «no ins­truir». No niega Pascal que Jesucristo, san Pablo y san Agustín instruyeran al pueblo, sino que afirma de ellos que se dejaban guiar por el orden del corazón o la caridad.

Si el orden es constitutivo del método, los efectos y propie­dades emergen de su propia naturaleza. Entre los efectos prin­cipales, «este método excita, instruye, calienta, aparta fácil­mente del vicio y convence del amor a la virtud, produciendo mejores efectos donde quiera que se emplea bien». Por otra parte, la sencillez es propiedad inherente al método y pro­cede de la caridad, según la cual, el predicador se adapta a la capacidad de los oyentes, renunciando al prurito de parecer sa­bio y entendido. El estilo de hablar, por consiguiente, compren­de a toda la persona tanto interior como exteriormente, pues no se rebaja a «utilizar un lenguaje corrompido, ni demasiado bajo, sino el lenguaje usual, limpio, puro y sencillo».

«Lo primero que se necesita es tener rectitud de intención»

En la tercera parte de la argumentación y de manera simé­trica y proporcional al estudio de los motivos, Vicente se pro­pone recordar los cuatro medios principales que ayudan a con­seguir y practicar el pequeño método. Todos ellos se inspiran en la finalidad de la predicación y en la esencia misma del mé­todo; el encadenamiento de sus partes da unidad no sólo al dis­curso total sino a cada uno de los miembros.

El primer medio enlaza directamente con las últimas pala­bras que dedica el conferenciante a explicar la esencia de la pre­dicación, a saber, dar a conocer a Jesucristo, buscar la gloria de Dios y asegurar la salvación de los hombres. Cuando se orienta, todo a esos fines, es fácil seguir el método; así lo revela el dato de experiencia:

«Lo primero que se necesita es tener rectitud de intención, no querer ni pretender nada en esta tarea más que lo que Dios pide de nosotros, buscar sólo la conversión de los oyentes y el aumento de la gloria de Dios. Después de haber purificado nuestra intención, nos será fácil utilizar el método más útil que tenemos para ello, tal como vemos y experimentamos cada día».

El orador repite hasta la saciedad que el capítulo de medios tiene su precio. El de la rectitud de intención exige ciertas re­nuncias, tales como «querer brillar»; «buscar la estima de los demás» «aparentar un gran retórico y un maravilloso teólogo». Pero no es este el mejor canino para adquirir la estima de los sensatos y entendidos en oratoria; a lo más, algún ignorante se dejará engañar de tales declamadores, que pasan por encima de todo lo que dicen.

«Ten cuidado de ti mismo»

En las lides de la oratoria sagrada el repartidor del Pan de la Palabra no debe olvidar el consejo de san Pablo a Timoteo: «Preocúpate de ti mismo y de la «enseñanza» (1 Tim 6,16). En el comentario acerca de los medios es el más destacado y reco­mendado por todos los maestros de la elocuencia cristiana. Vi­cente lo adapta así a la vocación específica de los misioneros:

«Attende tibi; ten cuidado de ti mismo, no vayas a desha­cer con tu conducta lo que edificaste con tu predicación; no destruyas’ por un lado lb que levantaste por otro; hay que predicar sobre todo con el buen ejemplo, siendo fiel al reglamento, viviendo como buen misionero, porque sin eso nada se consigue, nada se consigue».

¿Quiénes serán los que opongan resistencia a tan excelente medio? Los libertinos, sólo los indiferentes y libertinos. Estos son el prototipo del desorden, los enemigos del orden de la ca­ridad; mientras no cambien de vida y de actitud, estarán inca­pacitados para transparentar la bondad y sencillez de Dios. En la argumentación vicenciana está ahora y siempre enfrentado el libertinaje erudito y moral del siglo xvii. A propósito de este movimiento, escribe Tournand: «Gassendi, La Mothe, Le Va-yer, Naudé, tres filósofos cuyo pensamiento está resueltamente liberado de los dogmas y fundamentos de la fe; tres hombres, sin embargo, que protestan de su vinculación a la fe, y que ilus­tran bien tres tendencias que se verán frecuentamente mezclar­se bajo la tranquilizadora conciliación del escepticismo y del fideísmo… El equilibrio está, pues, roto: o bien la religión acuer­da con la sabiduría renunciando a sí misma, o bien religión y sabiduría no coexisten sino huyendo la una de la otra. De este divorcio entre la razón y la religión se da un signo decisivo: el asalto general contra la doctrina que hasta el Renacimiento ha­bía simbolizado su conciliación: el tomismo».

Vicente no renuncia ni a la fe ni a la formación escolástica recibida; de ahí, sus ataques manifiestos contra las conductas desgarradoras de la religión, y sus prevenciones contra las no­vedades de pensamiento teológico y moral. Siendo él tan res­petuoso con las personas, no soporta, sin embargo, que otros pisoteen la religión o impugnen la Iglesia en sus dogmas y mo­ral.

El comentario al refrán: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lc 4,23), completa el desarrollo de los medios a que obliga el uso del método. Es seguro que el que está hundido en el desorden, viviendo como libertino, no podrá sacar a los demás del abis­mo del pecado.

«Aficionarse a este santo método y pedírselo muchas veces a Dios»

Al testimonio de vida, hay que añadir otros dos medios para conseguir el método de predicar. En esta ocasión, el orador emplea un tiempo exiguo. De hecho, han sido ya tratados en los pasos anteriores, pero prometió razonarlos, y aquí los tenemos:

«Un tercer medio muy eficaz es aficionarse a este santo método, apreciarlo mucho… Y pedírselo a Dios, pedírse­lo muchas veces a Dios; se trata de un don de Dios, hay que pedírselo…».

Antes de llegar al final de la argumentación, convencida ya la sala de la necesidad y utilidad del pequeño método, Vicente lo declara abiertamente «santo». Santo, porque procede de Dios, fuente de toda santidad, y porque santifica al sujeto agen­te; éste, no puede practicarlo por largo tiempo sin experimen­tar los efectos anejos a su naturaleza santa y santificadora. Lo mismo ocurre con los oyentes que obedecen sus insinuaciones: quedan cambiados por su fuerza transformante. Según esto, el método se asemeja a la Palabra de Dios, que es poderosa y efi­caz para cambiar los corazones. Sin ambages ni falsos eufemis­mos, el orador califica al santo método de «poderoso».

A lo largo de la explicación, Vicente deja entrever un pro­blema de resistencia al método por parte de algunos misione­ros. Tal vez se trata de una atenuación o duda oratoria, pero la actitud de algunos Misioneros queda en entredicho. La falta de aceptación del método puede provenir de ciertas incomprensiones o de los propios gustos y fantasías, acaso de las ideas sembradas por los «profanos» en la materia. Junto a los libertinos, los profanos son enemigos peligrosos del pequeño méto­do.

Para el Santo son profanos quienes se quedan a las afueras del método, sin entrar en el santuario del don recibido, o quie­nes no han comprendido todavía su belleza y verdadero pres­tigio, o quienes no lo han practicado comprometidamente, por seguir otros modelos distintos de los propuestos: Jesucristo, los apóstoles y los varones apostólicos. Son profanos también quie­nes viven apegados a las realidades temporales de comodidad, influenciados por lo sensorial y despreocupados de la santidad de Dios.

El carácter profano de la vida cristiana quedó acentuado en el siglo xvii ante el predominio de la razón sobre la fe, campo en el que el cartesianismo jugó un importante papel. Sin entrar en lucha contra ningún nuevo sistema filosófico, Vicente se pone en guardia frente a los reales peligrosde la profanidad, que desestimaba lo sagrado, o rechazaba la invitación a recon­ciliarse con la fe.

«¿Es posible utilizar este método y observar sus tres puntos en toda clase de materias?»

Expuesto el capítulo de los medios, el orador sagrado inter­cala la solución a tres objeciones que pueden hacerse a la prác­tica del método. Corresponde este acto a la «refutación» de­mostrativa de los contrarios. No se advierten, en los argumen­tos refutativos, condenaciones apriorísticas de otros métodos de predicar, ni dilemas retóricos, sino aclaraciones de puntos poco precisos. Los métodos fabricados por el artificio de la moda son los únicos que sufren terribles diatribas condenato­rias. A la primera objeción, indicada en el epígrafe, responde el Sr. Vicente:

«Aparte de que esto sería muy aburrido y fastidioso, no es fácil, e incluso es imposible usarlo siempre sin exponer­se».

El pequeño método, en efecto, no es inflexible, sabe ajus­tarse a las circunstancias y cambiar el orden, si conviene, reti­rar algún punto, o adobarlo de mil maneras. Además, según la clase de predicación, el método ha de ser distinto, pues no es lo mismo predicar una catequesis que una homilía; explicar una parábola evangélica que una sentencia… El tema manda en el método y, por supuesto, el orden de la caridad impera sobre otro orden cualquiera. Más aún, sabemos que «a la larga aburre hablar siempre del mismo modo: el espíritu del hombre es tan tornadizo que pronto se cansa hasta de las mejores cosas».

«¿Los demás métodos no son tan buenos como éste?»

Ya hemos dicho que Vicente de Paúl siente pasión por el pequeño método: es hechura suya. Pero reconoce que otros mé­todos pueden ser útiles y santos, si Dios pone la mano en ellos. La nueva objeción viene planteada en estos términos:

«¿Es que los demás métodos no son tan buenos como éste? Vemos a muchos predicadores, muy doctos y excelentes, que no saben lo que es este método, y no por ello dejan de producir grandes frutos y de predicar bien».

Vicente no condena ningún método de predicar. Por el púl­pito han pasado muchos predicadores, que arrastran con su pa­labra. En la mente de todos los Misioneros están los nombres de Bérulle, Eudes, Olier, Bourdoise, Francisco de Sales y, so­bre todo, de Bossuet y Fénelon, lumbreras del momento actual, que saben armonizar la sabiduría con el talento oratorio. Lla­man también la atención por su piedad y ciencia oradores dis­tinguidos de las familias franciscana, capuchina, jesuítica y do­minica. Hacia todos éstos, Vicente guarda el mayor respeto, aun cuando no conozcan el pequeño método. Sin embargo, irrumpe contra aquellos otros que «resbalan por encima, ras­gan superficialmente, hacen un poco de ruido, y ¡allí acaba todo¡».

«Este método sirve sólo para el campo, para la gente menuda…»

Conocemos ya los factores socio-religiosos que dieron ori­gen a las obras vicencianas. Los pobres del campo pusieron en marcha alguna de estas obras; los pobres inspiraron de algún modo, con su ignorancia, el método de predicar con eficacia, pero la simplicidad de éste no le resta sabiduría teológica; más bien, al no permitir al predicador irse por las ramas, le obliga a estudiar y prepararse con esmero; atiende más al fondo de la doctrina que a los adornos retóricos. La presente objeción pide una respuesta más amplia que la supuesta por algunos de la sala, y así lo hace el orador, traspasando los límites de su ha­bitual modo de hablar humilde:

«Y no creáis, señores, que este método sirve sólo para el campo, para la gente menuda, para los aldeanos. Es ver­dad que es excelente para el pueblo, pero también es muy eficaz para los oyentes más capaces, para las ciudades, in­cluso para París, para el mismo París… Pero afirmo más todavía: el pequeño método es para la corte. En la corte ha aparecido ya por dos veces, y me atrevo a decirlo, ha sido bien recibido. Es verdad que la primera vez surgie­ron muchas contrariedades y oposiciones; sin embargo, se obtuvieron grandes frutos, grandes frutos… Se acaba­ron entonces, gracias a Dios, todas las objeciones contra el pequeño método… La conclusión es clara. Aceptemos todos, este pequeño, pero poderoso método».

Obispos de renombre predicaron en la corte según el peque­ño método: Nicolás Pavillón, obispo de Alet, y el P. Louistre, lo hicieron en la misión de san Germán en Laye, residencia de la corte; Francisco Perrochel, obispo de Boulogne, con otros sa­cerdotes de las conferencias de los martes, predicaron la mi­sión en el arrabal de san Germán de los Prados. Vistos los fru­tos obtenidos, se acabaron todas las objeciones contra el pe­queño método.

La argumentación ha concluido. Las pruebas han sido cla­ras y el estilo sencillamente fluido. Los tropos y figuras de dic­ción, abundantes y variados. En la sala no se advierte can­sancio; sólo falta para rematar el discurso una buena «perora­ción», que encienda aún más los ánimos de los oyentes. El ora­dor no se ha extendido demasiado, porque «sabemos por experiencia que la excesiva prolongación impide el fruto y sirve únicamente para ejercitar la paciencia de los oyentes, mientras que un discurso breve y patético produce con frecuencia bue­nos efectos».

«Predicar a lo misionero»

Las peroraciones del discurso vicenciano no responden a un molde único, como tampoco las argumentaciones. El esque­ma más común, seguido al final del discurso, presenta distin­tas modalidades. La conferencia que comentamos reúne todas a la vez.

Lo más corriente era terminar con un ramillete o antología de las razones antes empleadas. Las recapitulaciones muestran sobradamente la capacidad de síntesis que asiste a la mente or­ganizadora de Vicente y al dominio que poseía del arte retóri­co. La importancia del tema, el momento sicológico de los oyentes y la circunstancia de tiempo, hacían que las recapitu­laciones fueran más largas o más cortas.

A veces, la peroración consistía en una exhortación final a vivir la doctrina positiva expuesta. Dentro del conjunto de la palabra oral, las exhortaciones son más comunes en los mo­mentos de repetición de oración o de capítulo de faltas, donde el consejo, la advertencia y el aviso revisten carácter de exhor­tación espiritual.

No faltaba nunca en las peroraciones alguna forma de ora­ción, aunque a lo largo y ancho de la conferencia hubiera ele­vado al cielo otras muchas, abreviadas unas, más desarrolladas otras. Con frecuencia las mismas oraciones finales resultaban preciosos resúmenes de la conferencia. El recurso a la oración, «jaculatoria», exclamativa, laudatoria o de petición, en medio o al final del discurso, flexionaba la atención de los oyentes ha­cia el recuerdo de Dios, a la vez que suavizaba el rigor de la argumentación. Estas oraciones son efusiones espontáneas del corazón de Vicente, cuyo orden de la caridad guiaba su palabra:

«¡Divino Salvador, que viniste a la tierra para predicar­nos con toda sencillez y enseñarnos con tu ejemplo este santo método, te suplicamos humildemente que nos ha­gas entrar a todos en tu espíritu de sencillez, y que nos des, por tu gracia, este santo método, para que por este medio podamos anunciar con provecho tu santa palabra y llevarla por todo el mundo, lo mismo que tus discípu­los, a quienes se lo diste! ¡Oh dulce Salvador, derrama so­bre nosotros este espíritu del método».

Pocas insistencias encontramos en las exhortaciones de Vi­cente como las referentes a la oración. El enseñó que la ora­ción es «el mejor libro para el predicador»; «es la despensa de donde se sacan las instrucciones»; «cauce del conocimiento de la voluntad de Dios»; «medio para conservarse en su temor y en su amor»…. De acuerdo con el consejo agustiniano, Vi­cente oraba dentro del discurso y antes de pronunciarlo, ya que: «el orador no ha de dudar que, si lo puede, y en la medida que lo puede, más podrá por el fervor de sus oraciones que por la habilidad de la oratoria. Por tanto, orando por sí y por aque­llos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que pero­ración».

Pronunciada la oración, el orador remata la conferencia contraponiendo los efectos producidos por los sermones de la moda con los originados según el pequeño método; un elogio a la sencillez misionera, objetivo general de toda la conferen­cia, pone punto final al elocuente discurso:

«Todos esos hermosos discursos, tan estudiados, de ordi­nario no hacen más que conmover la parte inferior. Qui­zás logran asustar a fuerza de gritar en no sé qué tono; ca­lentarán la sangre, excitarán el deseo, pero todo esto en la parte inferior, no en la parte superior; ni la razón ni el espíritu quedarán convencidos… Por tanto, ¡viva la sen­cillez, el pequeño método, que es el más excelente y el que puede producir más honor sin todos esos gritos que no hacen más que molestar a los oyentes!… Y del que pre­dica sin afectación alguna, dice la gente: Este hombre hace maravillas, predica como un misionero, predica a lo misionero, como un apóstol».

Y mientras dice esto, la emoción le embarga, pero sin per­der el dominio de sí mismo; no se exalta, no levanta demasia­do la voz, no adopta una postura declamatoria, aunque otras veces le traicione su temperamento gascón, gesticulando como un comediante. Esto último no le impide suplicar a algunos mi­sioneros que moderen su voz y sus gestos. A aquel padre de la Congregación, que suprimía el Catecismo para sermonear a la gente, le advierte:

«Hace usted demasiados esfuerzos cuando le habla al pueblo y esto le fatiga mucho. En nombre de Dios, pa­dre, cuide de su salud y modere su palabra y sus senti­mientos. Ya le he dicho otras veces que nuestro Señor bendice los discursos que se hacen hablando en un tono común y familiar… ¿Me creería usted si le dijera que has­ta los actores de teatro, dándose cuenta de esto, han cam­biado su manera de hablar y no recitan ya sus versos en un tono elevado, como lo hacían antes? Ahora lo hacen con una voz media y como si hablaran familiarmente con quienes los escuchan».

Es bien sabido que Moliére, con la obra en un acto y en pro­sa: Las Preciosas ridículas (1659), representa una fuerza y una escuela de costumbres en Francia. Resulta interesante confron­tar los resultados de la comedia de Moliére con los obtenidos por la predicación sencilla. «La comedia de Moliére abandona la intriga complicada e inverosímil para abordar la observación de las costumbres y de las personas ridículas contemporáneas. Si Moliére no piensa en atacar a la marquesa de Rambouillet, cuyo papel ha terminado para estas fechas, hace alusiones pre­cisas a la señorita de Scudéry, en quien la «preciosidad» estaba comprometida por sus exageraciones… Pero la comedia de Moliére no es solamente una declaración de guerra a las ultran-zas preciosistas, que, habiendo degenerado, arrastraban al es­píritu y al corazón hacia peligrosos extravíos. Es también la pri­mera reivindicación del buen gusto y de lo natural tan frecuen­temente invocados por los grandes clásicos».

Tras el análisis de las conferencias a los Misioneros, noso­tros no dudamos en aplicar a Vicente de Paúl el calificativo de elocuente. Los Hermanos Eveillard y Ducournau, de la Con­gregación de la Misión, hacen notar al final de la conferencia del 17 de mayo de 1658, sobre la observancia de las reglas, que «muchos misioneros no pudieron contener las lágrimas». Bossuet solía decir a los Misioneros: «¡Qué felices sois al poder ver y escuchar todos los días a un hombre tan lleno de amor de Dios!». 0 la respuesta de aquel anciano obispo que, in­vitado por el Sr. Vicente a que hablara en la Conferencia de los martes, se excusó diciendo: «Una palabra de usted produ­cirá más efecto que todo lo que nosotros pudiéramos de­cir».

Consideramos elocuente a Vicente de Paúl según el criterio de san Agustín, que dice: «El que hablando intenta persuadir lo que es bueno, sin despreciar ninguna de estas tres cualida­des, a saber, que enseñe, que deleite y que mueva, ore y traba­je para que le oigan inteligente, agradable y obedientemente. Si hace esto de modo apto y conveniente, puede ser llamado con derecho elocuente».

El P. Almerás, inmediato sucesor de san Vicente en el go­bierno de la Congregación, compuso un Resumen del método de predicar, enviado a todas las casas en 1666. Dado el carác­ter puramente técnico y práctico del Resumen, se pregunta V. Kapp: «¿Habrá que concluir que Almerás traicionó el espí­ritu del Fundador, traduciendo las instrucciones del Santo en la terminología del arte oratorio? Ciertamente no, pues esa tra­ducción se impuso desde que se pasó del género literario del sermón al del consejo práctico».

 

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