Vicente de Paúl Conferencias a las Hijas de la Caridad

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Otra prueba más de la elocuencia natural de Vicente de Paúl son las conferencias a las Hijas de la Caridad. En estas charlas familiares, el pensamiento y el lenguaje del Fundador se transparentan como en el cristal. El tono adoptado, siempre cercano a los oyentes, permite al orador formar parte del audi­torio. Escucharle en cualquiera de las conferencias constituye una fiesta espiritual: la mente se ilumina y el corazón descan­sa. Habla de corazón a corazón, llevado más que nunca del or­den de la caridad.

Lo mismo que en las conferencias a los Misioneros, las le­yes del pequeño método regulan la marcha de la palabra en los coloquios con las Hermanas. El antiterrorismo barroco adquie­re su máxima expresión. En las notificaciones enviadas a las ca­sas para señalar el lugar, día y hora de la conferencia, se ade­lantaban los puntos que había de tratarse.

Luisa de Marillac era la cooperadora más fiel e inteligente en la formación de las primeras Hermanas. Satisfecha del mé­todo seguido por san Vicente de Paúl en su predicación a las jóvenes, sugería al director el tema que debía exponer. A partir del 29 de noviembre de 1633, fecha de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad, Vicente de Paúl se comprometió a dirigirles la palabra con relativa frecuencia, pero no siempre fue fiel en darles la charla prometida. Sin duda, las múltiples ocupaciones en que veía envuelto le impi­dieron acercarse con regularidad al sillón de conferencias. Mientras tanto, la señorita Le Gras se encargaba de inculcar en aquellas jóvenes las lecciones recibidas del Sr. Vicente.

Las ciento veinte conferencias espirituales de Vicente a las Hijas de Caridad, recogidas en la edición de P. Coste, repre­sentan sólo una parte de las intervenciones del Santo ante la co­munidad. La primera conferencia lleva fecha del 31 de julio de 1634, aunque antes habían sido ya pronunciadas al menos dos más. La última data del 27 de agosto de 1660, un mes exac­to antes de la muerte del Fundador, y cinco después del falle­cimiento de Luisa de Marillac (15 de marzo de 1660). Calcu­lando a una conferencia por mes, desde noviembre de 1633 hasta septiembre de 1660, san Vicente predicaría a las Hijas de la Caridad no menos de trescientas veinte conferencias espiri­tuales, habida cuenta de que algunos meses la comunidad re­cibía dos o tres charlas. Faltan de la edición de Coste las conferencias pronunciadas entre agosto de 1634 y junio de 1640. Esta laguna de seis años, aunque muy lamentablemente por tratarse de los primeros años de la Compañía, no impide seguir el pensamiento y la palabra misma de nuestro orador a lo largo de su carrera de animador espiritual de comunidades. Pese a los inevitables retoques de las copistas, el núcleo doctri­nal del conferenciante permanece intacto y gran parte, como hemos dicho, con sus mismas palabras. Las conferencias a las Hijas de la Caridad tienen la ventaja sobre las pronunciadas a los Misioneros, de que éstos recogían las notas del discurso a escondidas del orador, mientras que las Hermanas gozaron de una benevolencia especial del Sr. Vicente, que se dignaba no sólo a adelantar por escrito los puntos principales de la charla sino corregir y completar los resúmenes que ellas le entrega­ban. Según esto, las conferencias a las Hijas de la Caridad re­flejan más fielmente el movimiento oratorio y el lenguaje empleado por Vicente de Paúl. Buena muestra de lo dicho es la conferencia del 25 de enero de 1643, sobre la imitación de las jóvenes campesinas.

Antes de que se echara la noche de ese día, 25 de enero, la señorita Le Gras se apresura a escribir a su director y superior una carta, que entre otras cosas dice: «Espero que nuestras her­manas harán buen uso de la instrucción que nos ha dado usted hoy; su corazón está lleno del deseo de hacerlo así y de recor­darlo para siempre; esto me obliga a suplicarle muy humilde­mente que nos envíe la pequeña memoria de los puntos que us­ted tenía; me parece que así podré acordarme de una gran par­te de lo que nuestro buen Dios nos ha dicho por sus la­bios».

Luisa de Marillac, dotada de exquisita sensibilidad y talla intelectual, pudo reconstruir a las mil maravillas la citada con­ferencia, de la que J. Calvet afirma: «Estas páginas deberían fi­gurar en un florilegio en honor de la campesina, que se ha man­tenido tan próxima a la naturaleza, la gran educadora, quien las ha pronunciado, no escrito, las había paladeado bien en su corazón, que recordaba a la madre, a las hermanas, a las jóve­nes de Pouy, compañeras de su infancia de pastor».

A raíz de la conferencia del 19 de agosto de 1646, sobre la práctica del respeto mutuo y la mansedumbre, el Sr. Vicente es­cribe a Luisa de Marillac: «Le envío el resultado de la confe­rencia con nuestras queridas hermanas, redactado por la Her­mana Hellot. He leído una parte. Le confieso que he llorado un poco en dos o tres ocasiones. Si no regresa usted pronto, de­vuélvanoslo después de haberlo leído».

Los resúmenes de las conferencias eran primorosamente re­dactados y guardados. Gracias a los cuadernos manuscritos y a la identificación de los rasgos grafológicos, podemos conocer al autor del resumen. A Luisa de Marillac debemos veinte re­dacciones de conferencias; a Isabel Hellot dieciséis; a Maturina Guérin catorce; a Juliana Loret dos, y a Margarita Chéfif dos. Del resto, hasta completar las ciento veinte, no han sido identificadas por ahora las copistas redactoras. Luisa de Marillac goza de más garantía de fidelidad que las otras cuatro.

El lenguaje sencillo y popular de la conferencia obedecía a varias causas. Respondía, en primer lugar, al estilo ordinario de hablar del Sr. Vicente. Contaba, además, una razón de or­den práctico: el auditorio se componía en su mayoría de jóve­nes campesinas, de escasa formación cultural y religiosa, algu­nas de las cuales eran analfabetas. Un tono más elevado y aca­démico hubiera resultado ineficaz. Aunque muy entusiasma­das por el servicio de los pobres, aquellas primeras Hijas de la Caridad requerían una formación sólida que partiera de los ru­dimentos de la cultura humana y cristiana. Sólo mediante un trabajo lento y paciente, en el que la entrega incondicional de la señorita Le Gras, como educadora de la primera comunidad, jugó un papel insustituible, la palabra instructiva y práctica de Vicente consiguió hacer de las jóvenes aldeanas una escuela de piedad y de apostolado. El número reducido de Hermanas, so­bre todo al principio de la fundación de la Compañía, aconse­jaba igualmente un tono familiar y coloquial. A la conferencia del 31 de julio de 1634 asistieron doce hermanas, número equi­valente al del grupo apostólico de Jesús. Al final de la vida de los Fundadores, el auditorio superaba el número ochenta, compuesto por las que vivían habitualmente en la casa madre y en las aldeas cercanas a París. También a estas últimas les lle­gaba el aviso de la conferencia que se iba a celebrar, y a la que acudían por lo general.

El tema de la conferencia versaba sobre la vida y vocación de las Hijas de la Caridad: entrega total a Dios, servicio de los pobres, espíritu de la Compañía, oración, unión y cordialidad entre ellas, observancia de las Reglas, virtudes de las hermanas difuntas, consejos evangélicos. En realidad, son los mismos te­mas desarrollados ante los misioneros, pero debidamente adap­tados a la psicología y alcance de las Hermanas. El padre W. Slattery, vigésimo sucesor de San Vicente en el gobierno de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, al pre­sentar la edición de las conferencias de 1952, preparada por F. Combaluzier, escribía estas acertadas reflexiones: «En estas conferencias sumamente útiles a vuestras almas, recibís de la­bios de vuestro santo Fundador instrucciones claras y lumino­sas ‘respecto de la perfección cristiana y, muy en particular, acerca de vuestra vocación y del servicio que prestáis a los po­bres y a los enfermos. Cuando escucháis la explicación de vues­tros santos votos y de las santas reglas, ¡cuán sencillo, claro y comprensible aparece todo! Su lengua, su estilo, sus compara­ciones, los ejemplos que emplea, tienen la limpidez del cristal. Podemos comparar estas conferencias a un lago, cuyas aguas permiten ver su profundidad,—¡tan puras se transparentan!—o en un jardín, donde la mirada puede captar cada una de sus hermosas flores, porque los rayos de un sol luciente las hace lim­piamente levantar».

Por otra parte, su lectura no agosta la frescura con que fue­ron habladas ni la actualidad en que se pronunciaron. Cuanto más se escarba en ellas más filos de sabiduría aparecen, sabi­duría auténtica de Dios y de amor a los hombres. No sin ra­zón, el mismo P. Slattery las comparaba a las obras clásicas: «Estas conferencias han sido una fuente inagotable de bendi­ciones para las Hermanas que os han precedido, como lo son para vosotras actualmente, y lo serán para las que vengan des­pués. Son para todos los tiempos, como lo son los clásicos de las distintas lenguas o las obras maestras de la música, de la pin­tura, de la escultura y de la arquitectura; con esta diferencia, que estas últimas sólo procuran ventajas del orden puramente natural, mientras que las conferencias de san Vicente atraen bendiciones del orden sobrenatural a todas las generacio­nes».

Hoy, después de tres siglos largos, dejan estas conferencias de pertenecer al dominio exclusivo de las Hijas de la Caridad para convertirse en manjar de todo cristiano. Tanto laicos como religiosos, al contacto directo con las conferencias de san Vicente a las Hijas de la Caridad, comprueban el sello de Dios y se ven empujados a realizar la misión apostólica que les in­cumbe. La perennidad de las conferencias está garantizada, lo mismo que las de los misioneros, por responder a una necesi­dad espiritual y apostólica siempre presente. Despojadas de empaque intelectual y de apariencias retóricas, estas conferen­cias llevan al lector de hoy, como a las primeras Hermanas, a darse a Dios para evangelizar a los pobres.

«Os hablaré por medio de preguntas, como se hace en el catecismo»

El genio catequizador de Vicente ha quedado ya suficiente­mente probado. Su pasión por enseñar y exhortar, a la vez que mover y deleitar, cobra nuevas formas en las charlas familiares a las Hijas de la Caridad. El buen sentido le hizo cambiar de táctica delante del pequeño grupo, después de diez años de ex­periencia, aunque conservando sustancialmente el mismo or­den de exposición doctrinal. Tras una observación atenta de sus auditoras, Vicente cayó en la cuenta de que no todas las Hermanas seguían con facilidad el curso de sus razonamientos o encontraban dificultad para comprender la fuerza de los mo­tivos que las impulsaban a un nuevo estilo de vida en la Igle­sia. El 26 de abril de 1643, decide cambiar de estrategia ora­toria, introduciendo formalmente el diálogo en la charla:

«En las conferencias anteriores, he observado que teníais necesidad de alguna ayuda para encontrar los motivos, las razones de las cosas que se os proponían. Por eso he pensado que valía la pena cambiar de método, para daros mayor facilidad en comprender las cosas que se os en­señan, y esto os servirá mucho para hacer oración. Os ha­blaré por medio de preguntas, como se hace en el catecis­mo».

Un análisis estilístico y literario de las conferencias poste­riores a las del 26 de abril de 1643 nos lleva a concluir que Vi­cente permanece fiel al método de hablar a las Hijas de la Ca­ridad; mantiene siempre el mismo orden y claridad. Nunca sus discursos habían pecado de monólogos; teniendo en cuenta el público que le escucha, Vicente acorta distancias y aborda los problemas espirituales y apostólicos, tal como interesaban a las oyentes. La experiencia le enseñó, una vez más, que debía for­malizar el diálogo con las Hijas de la Caridad, si quería asegu­rar su enseñanza en aquellas sencillas muchachas. Esta moda­lidad de exponer el tema por medio de preguntas, arte que con­servará hasta el fin de su vida, tenía la doble ventaja de veri­ficar en cada momento el grado de conocimiento de las Her­manas y de conducir con más acierto pedagógico al pequeño grupo apostólico hacia el ideal o plan de Dios sobre la compa­ñía.

La postura tomada fue creando progresivamente un clima de confianza en la sala, donde las Hermanas se expresaban libremente, o a requerimiento del Sr. Vicente, que con bonda­dosa caridad llamaba a unas y a otras para que comunicaran sus ideas y sentimientos. Rara vez interrumpía a las interlocu­toras y animaba a todas con entusiasmo a vivir lo que ellas mis­mas habían protagonizado.

Por las mismas fechas en que Vicente introduce el diálogo en las conferencias, la Compañía de las Hijas de la Caridad atravesaba una crisis vocacional. Algunas aldeanas, atraídas por el brillo de la capital de París, pronto abandonaban el ser­vicio de los pobres. Su educadora principal, Luisa de Marillac, andaba preocupada por tantos fallos; acude a su director, en de­manda de un auxilio que ponga remedio, y ambos conciertan reforzar la vida espiritual del pequeño grupo. En tales circuns­tancias, importaba enseñar a orar y hacer ver la necesidad de la oración para perseverar en la vocación. Otro motivo que mo­vió a Vicente de Paúl a preguntar a las Hermanas fue el de fa­cilitarles el encuentro con Dios a través de la oración.

Podría sospecharse que nuestro gran maestro Vicente, al in­troducir el coloquio dentro de las conferencias, se inspiró en el método socrático; pero nada nos permite pensar que él arran­có de esa fuente del saber filosófico, pese a cierta similitud en­tre el diálogo del famoso maestro griego con las gentes de la ca­lle y el de Vicente con sus tímidas e ignorantes muchachas. Am­bos métodos no coinciden ni en cuanto al fin perseguido ni en los medios empleados.

La primera parte del método socrático o «ironía», que sir­vió para deshacer errores y afirmar la «nesciencia» filosófica, no encuentra eco en las conferencias vicencianas. La ironía de Vicente presenta otro cariz, como luego se verá. El segundo paso del método, o «mayéutica», tiene alguna semejanza con el arte didáctico y pedagógico de Vicente, que mediante pre­guntas graduadas y progresivas ayudaba a avanzar a las Her­manas en el conocimiento de Dios y de las exigencias de la vo­cación, como siervas de los pobres. En este sentido, Vicente fue un instrumento valiosísimo para que las Hermanas se encon­traran consigo mismas, reconociéndose como «Hijas de la Ca­ridad, es decir, hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él». Fue también instrumento poderoso para «alumbrar» el plan de Dios sobre la naciente Compañía.

Más bien, el método seguido en el catecismo con los niños y con los adultos, debidamente adaptado a la psicología, edad y formación de las Hijas de la Caridad, inspiró a Vicente el ca­mino a seguir en las explicaciones de los grandes temas de la religión y la comunidad apostólica. Sirviéndose de preguntas y respuestas, arte natural en él, Vicente se revela diestro y hábil para ganarse la confianza del auditorio y, al fin, declarar lo que piensa, siente y espera del pequeño grupo. Ante los buenos re­sultados del método coloquial, seguido con las Hijas de la Ca­ridad, el Sr. Vicente no puede por menos de exclamar lleno de satisfacción:

«Hijas mías, ¡bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios! Os ase­guro que esta manera de platicar me edifica mucho. No sería capaz de deciros el consuelo que siento, con la es­peranza de que esto os servirá para que aprendáis por este medio a descubrir las razones para obrar o decir las ra­zones que os propongan».

«Lo que se acaba de decir es todavía mejor»

La participación de las Hermanas en las conferencias era una gracia generalizada. Hasta las más retraídas exponían bre­ve y sencillamente, incluso leyendo sus notas, las razones y me­dios que encontraban para abrazar la virtud o rechazar el vi­cio. Nadie se ocultaba en el silencio, o se amparaba en la timi­dez. Todas avanzaban al ritmo acompasado que imprimía el orador. Pero las comunicaciones de la señorita Le Gras eran particularmente atendidas, y Vicente las escuchaba con espe­cial deferencia. Las palabras de Luisa remataban con broche de oro las intervenciones anteriores. El mismo Vicente las apro­vechaba, unas veces, para reforzar la estima y agradecimiento que las jóvenes debían a su formadora y, otras veces, para re­llenar el esquema de la charla o dar énfasis a algún pensamien­to.

Como sucede en los Diálogos de Platón, donde resulta di­fícil distinguir los pensamientos del maestro de los de su dis­cípulo, así en las conferencias a las Hijas de la Caridad: las ex­presiones de Luisa parecen un claro reflejo de las de Vicente, hasta el punto que no siempre es fácil averiguar el autor de la idea. La diferencia aparece acusada en el análisis comparativo de la estilística y doctrina de los documentos y corresponden­cia. El amor a Jesucristo y a sus representantes en la tierra, los pobres, son herencia común e inspiradores de las mismas pa­labras y sentimientos.

El Sr. Vicente pondera, delante de la comunidad, las pala­bras de su distinguida hija espiritual siempre que tiene opor­tunidad. En la conferencia del 25 de mayo de 1654, después de haber interrogado a varias Hermanas, se dirige a Luisa: «Seño­rita, haga el favor de indicarnos sus pensamientos». Ella expo­ne ordenada y lúcidamente las razones en pro de la conserva­ción de la Compañía. Al cabo de unos minutos, Vicente, con respeto y delicadeza, dando muestras de asentimiento a todo lo dicho, le corta el hilo de la comunicación, y dice:

«Señorita, le pido que se detenga un momento en ese pun­to; ese pensamiento necesita alguna explicación. Una cosa muy importante que ha dicho usted es que no hay que cambiar nada. Lo que antes se ha dicho era muy bue­no, pero lo que se acaba de decir es todavía mejor; es como la piedra de toque».

Ambos están de perfecto acuerdo en que la dirección de la Compañía depende de los juicios de Dios y no de la voluntad de los hombres. Por consiguiente, habrá que cuidarse de no cambiar nada que afecte al espíritu y a las sanas costumbres de la Compañía.

Ocurría también que las preguntas iban dirigidas a la colec­tividad. Entonces el grupo contestaba a una sola voz. No había sido ensayada la respuesta y, sin embargo, todas sentían lo mis­mo y hablaban de la misma manera, como si no tuvieran más que una boca y un corazón. Según el ritmo de la plática, el gru­po oraba, se pedía perdón, se humillaban unas delante de las otras o prometían ser más fieles en adelante. «Aquello era, co­menta Calvet, verdaderamente vivir la espiritualidad en equi­po».

«Hermanas, no faltéis nunca a ellas»

Sin despechar otras formas de predicación muy útiles y ne­cesarias en la Iglesia, el Sr. Vicente recomendaba a las Hijas de la Caridad que no faltaran, a ser posible, a las conferencias que se daban para ellas en la Casa madre. Las conferencias sumi­nistraban el alimento principal, después de los sacramentos y del evangelio. El propio Vicente se encargaba de presentarles el evangelio, acomodado a sus necesidades espirituales y apos­tólicas. El nuevo estilo de comunidad en la Iglesia aconsejaba mucha discreción y tino para orientar a sus aspirantes; de ahí, la voluntad expresa del Fundador de que asistieran regularmen­te a esta clase de formación, con preferencia a cualquier ser­món. Poco tardaron las Hermanas en comprender que el pan más sabroso y nutritivo lo recibían de su padre espiritual, fiel intérprete de los designios de Dios sobre la Compañía. En la conferencia sobre la obediencia, junio de 1642, el Santo exhor­ta a las Hijas de la Caridad:

«Y de venir a las reuniones, hermanas mías, nunca a ellas, ni siquiera para ir a un sermón, pues, aunque sea muy bueno oír sermones, sin embargo tenéis que preferir es­tas reuniones, que se celebran para enseñaros lo que es­táis obligadas a hacer; y todo lo que aquí se dice es para todas vosotras y para cada una en particular; no pasa así con los sermones. No digo que no los tengáis que oír cuando podáis, sino que el día de las reuniones, tenéis que preferir venir aquí».

En estos coloquios, los errores se disipaban y las verdades se asentaban. Por medio del diálogo se esclarecían las líneas que configuraban la vocación de las Hijas de la Caridad. El pro­pio Vicente se adelantaba a preparar las respuestas que ellas de­bían dar a quienes les preguntaran sobre su identidad. A unas Hermanas enviadas a provincias, les acuña esta contestación que han de dar al Obispo de la diócesis:

«Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no es­timéis a las religiosas, pero que, si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que, por consiguiente, tendríais que decir adiós al servicio de los pobres. Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios, para el servicio de los pobres, y que se os permite dejarlo y también que se os puede despedir. Si os pregun­ta además: «¿Hacéis votos religiosos?», decidle: «No, se­ñor, nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, casti­dad y obediencia, unas para siempre, otras por un año».

Las Hermanas quedaban bien catequizadas, de esta mane­ra, sobre su condición en la Iglesia. Con el transcurso de los años y a fuerza de machacar la misma doctrina, las Hijas de la Caridad asimilaron el pensamiento espiritual de los Fundado­res y aprendieron a expresarse verbalmente y delante de todos, dando razón de su carisma y de su situación jurídica. Tal com­portamiento emocionaba a Vicente de Paúl, hasta hacerle derramar lágrimas de emoción. Una respuesta atinada de las Hermanas servía para sugerirle una encendida plegaria de pe­tición o de acción de gracias.

En páginas anteriores hemos visto enternecerse y llorar a Vicente de Paúl. Sus lágrimas traducen el alto grado de sensibilidad, a flor de piel, ante un acontecimiento que redundaba en la gloria de Dios o le sumergía en las realidades dolorosas de los pobres y afligidos. La fuente de sus lágrimas brotaba na­tural y espontáneamente, y no obedecía a ningún recurso ora­torio. La compasión evangélica, tal como la descubrimos en Je­sús llorando ante la tumba de Lázaro o sobre la deicida Jeru­salén, ayudaba a sintonizar a Vicente con los sentimientos de los hombres. Las lágrimas de Vicente son además contagiosas. El público que le escucha llora con él, impresionado por este nuevo lenguaje del corazón. Vicente conmueve y convence sin afectación ni convencionalismos, sin mentira ni rutina; él obra naturalmente, aunque movido por la caridad compasiva.

«Benedictio Dei Patris…»

Concluida la charla, el orador se despedía de la comunidad, quedando ésta caldeada por las ascuas de la palabra. Poco an­tes, la bendición había descendido sobre todas y cada una de las Hermanas. Para ello, el Sr. Vicente, ante la comunidad de­votamente arrodillada, pronunciaba la fórmula en latín, implo­rando la gracia del Altísimo.

La bendición final era esperada como una parte más de la conferencia. Pero un buen día, el 30 de mayo de 1647, el santo Director se niega a impartir la bendición, porque es indigno y un quebrantador escandaloso de las Reglas; pide, por ello, pú­blicamente perdón, y suplica a Jesucristo que sea él mismo quien les dé su santa bendición. Besa luego la tierra, y se dis­pone a dejar la sala. Momento de intensa emoción. El grupo queda consternado; la señorita Le Gras y, con ella, todas las de­más, insisten para que no les prive del último don. Y Vicen­te… cede, humillándose de nuevo:

«Pedid a Dios que no mire mi indignidad ni los pecados de que soy culpable, sino que, concediéndome su miseri­cordia, derrame bendiciones sobre vosotras al mismo tiempo que pronuncio las palabras: Benedictio Dei Patris…».

La palabra oral del Sr. Vicente no termina con las confe­rencias a las Hijas de la Caridad. Tanto a los Misioneros como a otros grupos de sacerdotes, señoras de la Caridad, monjas de la Visitación, habló de distintas maneras y con mucha unción. Tales intervenciones, escasamente recogidas, confirman el gra­do de elocuencia natural con que la ciencia y la experiencia en­riquecieron al Sr. Vicente.

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