Vicente de Paúl: Un clásico del arte epistolar y oratorio

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Aunque parezca sorprendente, Vicente de Paúl debie­ra figurar en la lista de autores clásicos del siglo xvii francés. Emilio Trollier fue el primero en incluirle en su Histoire de la langue…, por más que no le considere un modelo de clasicis­mo. Afirma sin embargo de él: «Escribe (a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad) cartas, rudas de lenguaje, pero subli­mes de proselitismo: frecuentemente incluso lo sublime pasa del fondo a la forma. Vicente de Paúl tiene logros y esponta­neidades emotivas que sobrepasan las descripciones rápidas y coloreadas de un Bossuet…» Veinte años más tarde, en 1918, Bremond escribía: «Las Obras Completas de Vicente de Paúl (…), ricas en doctrina, chispeantes de humor, y en las que no he encontrado una sola línea banal —cosa única en una co­lección de este género— estas Obras Completas no se encuen­tran en el comercio; (…) ¿Le vemos inferior a tantos escritores lamentables como abruman la librería católica?») Calvet emite el siguiente juicio: «Desvinculado, por la acción, de la cultura literaria, que poseía sin embargo en un grado muy alto, Vicente encontró para expresar su pensamiento una forma sen­cilla, directa, depurada, deliciosa, que no aspira a matizar como un Bérulle o un Olier, pero que permanece siempre al lado de las cosas, de manera que es un gran escritor, porque se dedica a no ser escritor (…). Quiso colocarse, aunque escribió mucho, al margen de la literatura. Pero su espíritu es tan vivo y su co­razón tan ardiente que la gracia del estilo le fue dada colma­damente y no hay en los catorce volúmenes que nos ha dejado una página que sea insípida e indiferente». Finalmente, para Chalumeau: «En el Sr. Vicente, ninguna afectación, nin­gún esnobismo de rusticidad. El permanece Clásico. Tomo aquí la palabra en sentido usual: califica a un escritor de gran talla, mesurado, equilibrado, digno de ser tenido como modelo en un género dado».

Los géneros cultivados por Vicente de Paúl ya los conoce­mos: la correspondencia y las conferencias, en menor grado las catequesis y los sermones. A diferencia de los aristócratas de la literatura que todo lo sacrifican en aras del arte, Vicente pone al servicio de la caridad cuanto le sugiere la imaginación, la ciencia y la experiencia. Jamás se advierte en sus obras el me­nor alarde de vanidad literaria. Si el lenguaje figurado no ad­quiere en él categoría relevante, no se le puede negar cierta creatividad, de modo que el uso de las elegancias del lenguaje y de los tropos de dicción le revelan como un dotado de un­ción, gracia y facilidad para transmitir el mensaje de la cari­dad. Vicente de Paúl es poeta, pero en el sentido genuino dél término: crea y recrea al filo de un acontecimiento que afecta a la vocación misionera. Un análisis de textos podrá compro­bar el grado de fiabilidad de nuestro aserto.

«Imite la sencillez de las palabras y las comparaciones de Nuestro Señor».

Los. lugares comunes de inspiración literaria y oratoria del Sr. Vicente no difieren de los de otros clérigos de su tiempo: no sólo dieron cuerpo a la doctrina espiritual sino que sirvie­ron de fuente a sus recursos; traídos éstos de manera espontá­nea, no forzada, dieron frescura a su propio estilo. Como siem­pre, la Sagrada Escritura, la Teología y Filosofía tradicionales, la Liturgia, el Derecho de la Iglesia, las Ciencias humanísticas y la sabiduría popular marcaron el lenguaje vicenciano acom­pañado de máximas evangélicas, principios morales y jurídi­cos, refranes y adagios populares, que él degustaba interiormen­te y comunicaba luego al público. Sus locuciones escritas o ha­bladas, en latín o en francés, le denunciaban como un entusias­ta de Jesucristo evangelizador.

La Sagrada Escritura se lleva la palma como lugar común de inspiración. Fruto, sin duda, de una lectura asidua y atenta son los textos aprendidos de memoria e intercalados en las car­tas y discursos. Más abundantes los del Nuevo Testamento que los del Antiguo, dan sabor y colorido bíblicos a la palabra .es­crita u oral. Algunos textos se repiten más frecuentemente, de­mostrando el gusto e inclinación del escritor y del orador: «Ie-sus coepit facere et docere» (Hch 1,1), «Misit me evangelizare pauperibus» (Lc 4,18), «Beati pauperes spiritu…» (Mt 5,3).

En menor rango que el vocabulario escriturístico se sitúa el filosófico, teológico dogmático, moral y el jurídico. Se da por supuesto que el auditorio que escucha al Sr. Vicente conoce las ciencias eclesiásticas, de ahí que no se traduzcan, como norma general, ciertos principios: «Actiones sunt suppositionum», «Prius est esse quam operari», «Propter quod unum tale et illud magis tale», «In dubiis tutior pars est tenenda»… Otros grupos de palabras latinas, de hondo sabor teológico, perfuman las car­tas y las confdencias: «in nomine Domini», «Deus virtutum», «propter verenda», «forres peccati…». Le son muy familiares algunos consejos reveladores de su experiencia cristiana y sa­cerdotal: «darse a Dios», «mantenerse firme», «si Dios pone la mano» o «si Dios no pone la mano». Cada una de estas frases indica el fondo común del lenguaje eclesiástico, pero también define el gusto y tendencia espirituales del Fundador de la Mi­sión.

Las dicciones latinas, puestas de moda por los humanistas del Renacimiento, encuentran también eco en la palabra vicen-ciana; su ámbito abarca manifestaciones varias del espíritu hu­mano y de la cultura histórica; «plus ultra», «dic nobis», «non nomine tenus», «in articulo mortis», «lautior», «in capite», «in spiritu», «caeli caelorum»…

Pero es sobre todo el lenguaje popular, sencillo y adaptado a las gentes, lo que más caracteriza el conjunto de la palabra del Sr. Vicente y lo que, en definitiva, le coloca entre las filas de los clásicos. El ejemplo de Jesús hablando a las pobres gen­tes es su supremo modelo y el que aconseja seguir en toda cla­se de predicaciones. Poco antes de ser enviado el Padre Du-rand al seminario de Agde, le dice su Superior:

«Entréguese a Dios, a fin de hablar con el espíritu humil­de de Jesucristo, confesando que su doctrina no es de us­ted, sino del evangelio. Imite sobre todo la sencillez de las palabras y de las comparaciones que nuestro Señor si­guió en la Sagrada Escritura, cuando hablaba al pueblo. ¡Qué maravilla podría él haber enseñado al pueblo… Pero ya ve usted cómo hablaba de forma inteligible y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador, el campo, la viña, el grano de mostaza. Así es cómo tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pueblo, al que anuncia la palabra de Dios.»

Hacerse entender del pueblo, he ahí el ideal literario y re­tórico de nuestro reformador del púlpito. Esto explica el uso constante de ejemplos y comparaciones tomados de la natura­leza y de todo el mundo creado.

«Tendrán por rejas el temor de Dios»

Entre los tropos de dicción empleados por el Sr. Vicente, ninguno destaca tanto como las comparaciones. Mediante este recurso literario, la doctrina se hace más inteligible al público y la narración gana en familiaridad. No encontramos un tema de vida espiritual en toda la obra vicenciana que no contenga multitud de comparaciones y metáforas. El contacto con la naturaleza y el fino sentido de la realidad humana aconse­jaba a Vicente y a cuantos le oían a no dejarse engañar por «es­pejismos», viendo «blanco como un cisne lo que es negro como un cuervo». Pero si hay comparaciones bellas en la obra del Fundador, ninguna iguala a la empleada para explicar la in­serción en el mundo de las Hijas de la Caridad:

«Considerarán (las Hijas de la Caridad) que no pertene­cen a una religión, ya que ese estado no va bien con las ocupaciones de su vocación. Sin embargo, como están más expuestas a las ocasiones de pecado que las religio­sas obligadas a la clausura, no teniendo más monasterio que las casas de los enfermos y aquella en que reside la superiora, ni más celda que un cuarto de alquiler, ni más capilla que la iglesia parroquial, ni más claustro que las calles de la ciudad, ni más encierro que la obediencia, no teniendo que ir más que a la casa de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, ni más rejas que el te­mor de Dios, ni más velo que la santa modestia, y como no han hecho ninguna otra profesión para asegurar su vo­cación más que una confianza continua en la divina Pro­videncia por la ofrenda que le han hecho de todo cuanto ellas son y por el servicio que le prestan en la persona de los pobres, por todas estas razones tienen que tener tanta o más virtud que si hubieran profesado en una orden reli­giosa».

Las elegancias de pensamiento son más frecuentes y pinto­rescas que los tropos de dicción. El mundo visible e invisible cobra vida por medio de la palabra de Vicente, alcanzando en ocasiones cotas de «sublimidad». Detengámonos sólo en algu­nas figuras más sobresalientes: descriptivas, patéticas e inten­cionales.

Entre las primeras destacan las «etopeyas», verdaderos re­tratos morales de Misioneros e Hijas de la Caridad, conocidos y tratados personalmente por el Fundador. Según costumbre introducida en sus Congregaciones, los compañeros difuntos eran objeto de una plática familiar, en la que se realzaban sus virtudes y compromisos vocacionales. El Sr. Vicente aprove­chaba la oportunidad para estampar sobre ellos y ellas el cari­ño que les había profesado durante la vida, presentándolos como modelos cercanos de imitación. Procuraba además en­carnar la doctrina en personajes históricos que sirvieran de es­tímulo y ejemplo a las generaciones presentes y futuras.

«Margarita Naseau, de Suresnes: Todo el mundo la quería»

Le bastaba a nuestro panegirista dar cuatro pinceladas para que el cuadro etopéyico de un personaje cualquiera quedara en­marcado en sus notas más sobresalientes. Hacía resaltar ante todo, en el retrato, las virtudes que definen el espíritu de la Compañía, sin olvidarse de trazar los contornos temperamen­tales y otros rasgos caracterológicos que habían acompañado al difunto. En líneas generales, las etopeyas vicencianas respon­den a una observación sicológica y espiritual. Un retrato ama­ble, atrayente y sugestivo se lo inspiró la vida de la primera Hija de la Caridad:

«Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tan­to para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los po­bres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que a Dios. No era más que una pobre va­quera sin instrucción… Cuanto más trabajaba en la for­mación de la juventud, más se reían de ella, y la calum­niaban los aldeanos. Su celo iba siendo cada vez más ar­diente… Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota… Tenía mucha paciencia y no murmuraba jamás.

Todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuese digno de amor en ella. Su caridad era tan grande que murió por haber hecho dormir en su casa a una po­bre muchacha enferma de peste. Contagiada de aquel mal, dijo adiós a la hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte, y se marchó a San Luis con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la vo­luntad de Dios».

Toda la conferencia sobre la imitación de las jóvenes cam­pesinas, del 25 de enero de 1643, es una estampa deliciosa de la vida frugal, humilde, trabajadora, sufrida y caritativa, encar­nada en las buenas hijas del campo. Los elogios a la her­mana Juana Dalmagne, a Luisa de Marillac y a otras muchas Hijas de la Caridad constituyen otras tantas etopeyas llenas de realismo psicológico.

No menos brillantes, a la vez que sinceros, resultaban los re­tratos dedicados a los Misioneros de la Congregación. En tor­no al «espíritu», Vicente de Paúl pone de relieve sus conoci­mientos de la moderna ciencia psicológica adobada con su ex­periencia en el trato de las gentes. Espíritu y humor se confun­den frecuentemente en el lenguaje, cuando describe las raíces temperamentales de sus compañeros de Misión. Espíritu atra­biliario, negro, melancólico, triste, colérico, bilioso, enfadado, mimado, tenaz, abierto, cerrado, testarudo, dispuesto… corresponde las más de las veces a humor negro, melancólico, etc. En efecto, basándose en la teoría de los humores del médico grie­go Hipócrates: la sangre, la linfa, la bilis y la pituita, corres­pondientes a los cuatro elementos fundamentales del cosmos: el fuego, el aire, la tierra y el agua, agrupaba a las personas se­gún la clasificación de los temperamentos, hecha por Galeno: sanguíneos, linfáticos, coléricos y melancólicos. Para Vicente, lo mismo que para sus contemporáneos, el humor indica, ade­más de disposición pasajera de ánimo, una sustancia fluida de los cuerpos animales con influencia en las operaciones del es­píritu. Según él se explica:

«Las operaciones del espíritu no se realizan ni mucho me­nos por medio del espíritu solamente; también ayudan a ello el estómago, el hígado, los pulmones, que sirven al entendimiento, a la recta razón y a las demás facultades intelectuales. Un cadáver no puede realizar las funciones de un hombre vivo, ya que está privado de esas partes que constituyen la sangre y la respiración, principios de vida…».

Relacionada con la teoría de los «humores» se halla unidad la de los «valores», que suben de las partes inferiores hasta el cerebro, ejerciendo un gran influjo en los trastornos fisiológi­cos, afectivos, volitivos e intelectuales; incluso en la vida espi­ritual y en los actos de piedad se advierte la influencia de los vapores.

Con esa advertencia por delante, Vicente ensaya curiosas descripciones etopéyicas de los Misioneros, como la que hace del primer Hermano coadjutor de la Congregación:

«Nuestro buen difunto, el hermano Jourdain, el más an­tiguo de la Compañía, era natural de un sitio que está a… «El hermano Juan Jourdain era un poco impulsivo y violento». Su primera ocupación consistió en ser maestro de su pueblo… Después, al cabo de un tiempo, vino a París. Estando en París, encontró la manera de entrar en casa de la difunta señora marquesa de Maignelay, donde tuvo dos oficios: el de caballerizo y el de mayordomo, encargado de cui­dar la casa. Eran tiempos de esplendor en casa de la se­ñora de Maignelay… Yo empecé a conocerle en casa de la mencionada señora marquesa, hace más de cuarenta años; me acuerdo de que éramos los dos de la misma edad… Era un poco impulsivo y violento; pero reparaba esta manera suya de ser pidiéndoles perdón a aquellos con los que se había portado bruscamente; los abrazaba, y esto lo hacía con mucho cariño de corazón, pues se en­ternecía fácilmente… Cuando fui a verle el mismo día en que murió, me dijo: «Ay, padre, voy a abrazarle por úl­tima vez»».

«Bendición… y maldición»

Al término de la conocida conferencia sobre la observancia de las Reglas, el orador, vivamente impresionado por la gra­cia, exclama:

«Padres y hermanos míos, hemos de esperar de la bon­dad de Dios toda clase de bienes y bendiciones para cuan­tos guarden fielmente las Reglas que El nos ha dado; ben­dición en sus entradas y salidas, bendición en sus perso­nas, bendición en sus proyectos y en todas sus tareas, ben­dición de Dios finalmente en todo cuanto les atañe. Pero también, lo mismo que Moisés amenazó con la venganza y la maldición de Dios a los que no guardasen sus santos mandamientos, hay motivos para temer, y temer mucho que los que no observen estas Reglas incurrirán en su maldición: maldición en sus cuerpos y en sus almas, mal­dición en todos sus proyectos y empresas, maldición fi­nalmente en todo lo que les rodea».

Las exclamaciones: «Salvador mío», «Dios mío», «Reden­tor nuestro», brotan de un corazón abrasado de amor hacia Dios y hacia sus semejantes los hombres. La caridad rompe en Vicente la rigidez de la argumentación para convertirse en eflu­vios de ternura. Las mismas oraciones elevadas al cielo, de ma­nera natural y espontánea, transportan al conferenciante a un diálogo con Dios, autor de todo bien:

«¡Oh, Señor, que eres la ley eterna y la razón inmutable, que gobiernas con tu sabiduría infinita todo el universo! De ti emanan todas las normas de las criaturas y todas las leyes del bien vivir, como de su propia fuente. ¡Ben­dice a aquellos a los que tú mismo has dado estas reglas y que las reciben como procedentes de ti! ¡Concédeles, Se­ñor, la gracia necesaria para observarlas siempre e invio­lablemente hasta la muerte! Con esta confianza y en tu nombre, yo, pecador y miserable, pronunciaré las pala­bras de la bendición: Benedictio Domini nostri Jesu Cris­ti…».

«Padre Bourdaise, ¿sigue usted todavía vivo, o no?»

En ocasiones, la palabra viva del orador traspasa las barre­ras del tiempo y del lugar y se dirige a los ausentes de la sala. La situación desconocida del hermano Barreau y del padre Bourdaise provocó esta inesperada y emocionada evocación:

«¿Qué pasará con esa pobre gente? ¿Qué harán? ¿Y qué hará nuestro pobre hermano, ese hombre que ha abando­nado su país, su patria, sus padres, el lugar de su naci­miento, donde podría vivir tranquilamente? Sin embar­go, lo ha dejado todo por Dios, para servir a Dios, para ayudar al prójimo, esto es, a los pobres esclavos? Rece­mos también por el padre Bourdaise, hermanos míos, por el padre Bourdaise que se encuentra tan lejos y tan solo y que, como sabéis, ha engendrado para Jesucristo, con tanto esfuerzo y fatiga, a un gran número de aquellas po­bres gentes del país en que se encuentra. Padre Bourdai-se, ¿sigue usted todavía vivo o no? Si está usted vivo, ¡qué quiera Dios conservarle la vida! ¡Si está ya en el cielo, rece por nosotros».

Bremond comenta a propósito de este texto: «Tal pasaje que yo habría tal vez revelado a más de un lector, ¿no debería ya sernos familiar a todos y desde nuestros años de colegio? ¿No es digno de ser comparado con otras tres maravillas del géne­ro: David llorando a Jonatán: Montes Gelboe; Virgilio: Heu si qua fata, y San Bernardo en la oración fúnebre de su herma­no?».

O aquella otra explosión de amor hacia los niños abando­nados que urgió a las Señoras de la Caridad a continuar con la obra comenzada:

«Bien, señoras, la compasión y la caridad les han hecho adoptar a estas pequeñas criaturas como hijos suyos; us­tedes han sido sus madres según la gracia desde que los abandonaron sus madres según la naturaleza. Dejen aho­ra de ser madres para convertirse en sus jueces; su vida y su muerte están en manos de ustedes. Voy a recoger ahora sus votos y sus opiniones; va siendo hora de que pronuncien su sentencia y de que todos sepamos si quie­ren tener misericordia con ellos. Si siguen ustedes ofre­ciéndoles sus caritativos cuidados, vivirán; por el contra­rio, si los abandonan, morirán y perecerán sin remedio; la experiencia no nos permite dudar de ello».

El patetismo vicenciano no está sometido a reglas oratorias: el corazón manda, y salta cuando menos se espera. Sucede esto en el empleo de cualquier recurso de la elocuencia. Las repeti­ciones, por ejemplo, de manera insistente señalan la fuerza per­suasiva con que trataba de convencer a los oyentes. El mismo Vicente pone este paradigma:

«Se quiere convencer a uno para que acepte una presi­dencia: ¿qué es lo que se hace para ello? No hay más que señalarle las ventajas y el gran honor que acompañan a ese cargo: «Un presidente, señor, es el primero de la ciu­dad; todo el mundo le cede el puesto y le deja la acera; no hay nadie que no le honre; su autoridad le da un gran crédito en el mundo, en la justicia; lo puede todo. ¡Un presidente, señor! Se codea con un obispo; los mismos so­beranos le respetan y le honran. ¡Un presidente! Puede obligar y hacer favores a quien quiera, adquirir muchos amigos, hacerse respetar por todos. ¡Señor! ¡Un presiden­te! ¡Vaya cosa tan importante!» Y así se le dicen las de­más ventajas que tiene el ser presidente».

Respecto a las elegancias oblicuas o intencionales, la obra vicenciana abunda en mil ejemplos. Además de las pretericiones, permisiones y personificaciones, en las que cobran vida hasta los seres inanimados; ríen las aguas y los prados, cantan los animales y las criaturas todas alaban al Señor, de los labios y pluma del Sr. Vicente, saltan sobre todo las hipérboles, y una fina ironía acompaña su palabra.

«Italia está llena de bandidos»

La tendencia a exagerar le viene a Vicente de muchos la­dos: del propio temperamento gascón, de la pasión de cargar de sentimiento el mensaje de la caridad, del afán de enaltecer la vocación misionera, del orgullo santo de ser elegido evange­lizador de los pobres, de la estima humilde de sí mismo. Un caso típico de hipérbole oratoria nos lo ofrece la narración de los trabajos realizados por los Misioneros en tierras de Italia:

«Los bandidos, como vosotros sabéis, son esos ladrones que hay en Italia; domina por toda la campiña, y roban y asaltan por todas partes; son criminales y asesinos; en aquel país hay muchos asesinos, por culpa de las vengan­zas, que allí llegan a los mayores extremos; se comen unos a otros, sin perdonarse jamás, por la rabia que se tienen. Esa clase de gentes, tras haberse deshecho de sus enemi­gos, para huir de la justicia y de otros tan malvados como ellos, se van a los caminos, viven en el bosque, robando y despojando a los pobres campesinos. Les llaman ban­didos. Son tantos que Italia está llena de ellos; casi no hay ninguna aldea donde no haya bandidos».

«¿Quiere usted hacer este viaje a pie o a caballo?»

El sentido del humor o de fina ironía salta a la vista en el hombre y santo Vicente de Paul. Aunque parezca un contra­sentido, el humor aparece en él como un arma seria e intencio­nada para desenmascarar falsas realidades. Desde las cartas de la cautividad hasta la última conferencia a los Misioneros, la chispa del humor es su apoyatura tan fina como insinuante. Ni la santidad ni la vejez lograron apagarla de su ser; se refleja en su mismo semblante y en los movimientos o gestos del cuerpo.

La fina ironía vicenciana adquiere muchas expresiones, pero nunca llega a ser sádica ni masoquista, aunque lo parez­ca. Desde nuevas perspectivas, Vicente hace ver y sentir la rea­lidad de la vida, excita la risa en unos y la compunción en otros, y a todos hace pensar. Se sirve del humor o de la fina ironía para ridiculizar los vicios o defectos y para alentar a la virtud. De ordinario, el humor adquiere carácter festivo y juguetón, pero en contadas ocasiones se acerca a lo burlesco, sin llegar a lo sarcástico. Por encima de todo hacía prevalecer la caridad. Renaudin piensa de Vicente que «si la caridad no le retuviera, hubiera sido fácilmente un satírico».

A los Misioneros de Polonia, preocupados por un eclipse de sol, les contesta riéndose de sus temores. Se cuenta de un misionero que fue a la habitación del Superior para manifes­tarle su decisión de abandonar la Congregación. El Sr. Vicente escucha sonriente y mirándole luego con bondad, le dice: «¿Cuándo piensa marchar, padre? ¿Quiere usted hacer este via­je a pie o a caballo?». En otra ocasión, ponderando la im­portancia de que los cargos eclesiásticos recayeran en personas responsables, Vicente dijo citando a un antiguo: «Más vale que cincuenta ciervos sean conducidos por un león, que no cincuen­ta leones por un ciervo». Y a un sacerdote que le descubre la tentación de aspirar al episcopado, Vicente le contesta cortesmente, pero con una pizca de ironía que ayuda a curar fanta­sías:

«Recibí su carta con todo el respeto que le debo y con todo el aprecio y reconocimiento que merece la gracia que Dios ha puesto en su amable corazón… Seguirá usted las reglas de la Iglesia, que no permite que busque uno por sí mismo las dignidades eclesiásticas, y especialmente el episcopado; así imitará también al Hijo de Dios que sien­do sacerdote desde toda la eternidad, no vino sin embar­go a ejercer este oficio por sí mismo, sino que esperó a que su Padre lo enviara, aunque fue durante mucho tiem­po el deseado de las naciones; así podrá dar además mu­cha edificación al siglo presente. en donde por desgracia hay pocas personas que no pasen por encima de esta re­gla y de este ejemplo… Ciertamente no puedo escribirle todo esto sin dar muchas gracias a Dios por haberle apar­tado de la búsqueda peligrosa de esa carga, dándole las disposiciones necesarias para no proseguir por ese cami­no. Es una gracia que no se puede comprender ni apre­ciar bastante».

«Hacía ciertos gestos con las manos y con la cabeza»

La ironía se hace punzante en el Superior de la Misión, cuando tiene que corregir a los reincidentes o fustigar la pere­za, la comodidad o el egoísmo, vicios incompatibles con el celo misionero. Entonces muestra todo su genio temperamental, ha­blando y accionando como un comediante dispuesto a impre­sionar. Lo que vive por dentro lo exterioriza en gestos y pala­bras. Valga un ejemplo muy conocido. Terminada la relación de ministerios propios, a los que la Congregación debe dedicarse, se pregunta:

«¿Y quiénes serán los que intenten disuadirnos de estos bienes que hemos comenzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, con tal que haya de comer, no se preocupan de nada más. ¿Quiénes más? Serán… Más vale que no lo diga. Serán gentes comodonas (y decía esto cruzando los brazos, imitando a los perezosos), personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus pro­yectos a una pequeña circunferencia, en la que se en­cierran como en un punto, sin querer salir de allí, y si les enseñan algo fuera de ella y se acercan para verla, en se­guida se vuelven a su centro, lo mismo que los caracoles a su concha».

El amanuense de la conferencia «nota que al decir esto, ha­cía ciertos gestos con las manos y con la cabeza, con cierta re­flexión de la voz un poco despreciativa, de manera que con esos movimientos expresaba mejor que con sus palabras lo que quería decir». La mímica constituía su segundo lenguaje y definía su personalidad oratoria; las manos y los ojos hablaban como la boca. Los gestos no revestían la solemnidad de los de un Bossuet o Fénelon, pero eran más naturales y espontáneos, más, familiares y expresivos, más adecuados a la dinámica de una charla catequética. El público entraba fácilmente en ac­ción, contactando con el movimiento verbal y simbólico del orador. Según las circunstancias, el tono de voz cambiaba, y la asamblea participaba de los mismos sentimientos del presidente. Así lo hace notar el secretario de la conferencia del 17 de mayo de 1658, sobre la observancia de las Reglas:

«Estas palabras del Sr. Vicente fueron pronunciadas en un tono de voz suave, humilde, dulce y devoto, y de tal forma que hacía resonar en el corazón de todos los que le escuchaban el afecto paternal del suyo. Todos los que le escuchaban creían es­tar con los apóstoles, oyendo hablar a Nuestro Señor… Muchos no pidieron contener las lágrimas, y todos sintieron en sus al­mas diversos movimientos de gozo al ver y escuchar todo lo que se decía… si se lo hubieran permitido, aquella tarde todos se hubieran dicho mutuamente aquellas palabras del evangelio de San Lucas y de San Mateo: Beati oculi qui vident quae vos videtis, et aures vestrae, quia audiun (Lc 10,23; Mt 13,16). Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y los oídos que lo oyen.»

«Las menores molestias me parecen insuperables»

En la humildad vicenciana existe un trasfondo de ironía hu­morística. No negamos con ello que Vicente no adquiriera la humildad evangélica, afirmamos únicamente que subyace en sus palabras cierto sentimiento sobre lo ridículo de su propia persona y de los demás. Vicente se mofa de sí mismo: de su ca­beza, de sus canas, de sus gestos, de su vida y de su sombra. En el propio desprecio llega a extremos pavorosos, como po­cos santos se han reído de sí mismos. Manda en su humildad no sólo el influjo agustiniano sobre la malignidad de la natu­raleza humana, sino la visión realista que tiene de la persona. El mismo tono humilde del humor le condujo por un camino más distendido y pacificador que suelen andar los amantes de falsedades y los portadores de disfraces.

No faltan muestras o indicios de ironía aun en las más pro­fundas y sinceras confesiones, donde él se declara el más ruin de los pecadores. Estos actos tienen lugar sobre todo cuando corrige a la comunidad o a algún miembro de la misma, como responsable de la marcha espiritual o apostólica de la Congre­gación. Antes o después del aviso o corrección, Vicente se hu­milla hasta el polvo de la. tierra, técnica que pertenece a su, po­lítica de animación comunitaria. Después de enumerar los ma­les que ocasiona el espíritu de «libertinaje» en la Congregación, exclama:

«¡Miserable de ti, que eres un viejo parecido a todos esos! (libertinos, comodones, perezosos…). Las cosas pequeñas te parecen grandes y las dificultades te encogen. Sí, pa­dres, hasta el levantarme por la mañana me parece inso­portable y las menores molestias me parecen insupera­bles. Serán espíritus raquíticos, gentes como yo, las que quieran separar a la Compañía de sus prácticas y ocupa­ciones».

Los frutos obtenidos mediante el arte del humor y de otros recursos oratorios, literarios y espirituales, redundaban en una

auténtica animación apostólica de las comunidades, pero tam­bién eran prueba de un alto nivel de clasicismo. No es necesa­rio advertir que Vicente de Paúl, ante un hecho sometido a la prueba del humor, tomara actitudes de desprecio o desamor, al contrario, seguía queriendo aún más a las personas y a las obras.

 

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