27 de noviembre de 1650
Me alegra mucho el deseo que Dios le ha dado de contribuir con todas sus fuerzas a la unión y al buen ejemplo de la familia. Estaba seguro de que no cabía esperar otra cosa de usted, que ha recibido de su bondad tantas disposiciones para la cordialidad, la paciencia y la obediencia, y que está tan plenamente consagrado al servicio de Nuestro Señor, a quien le doy mil alabanzas por las gracias que comunica todos los días a su casa por medio de usted. Espero ciertamente que todo irá cada vez mejor, ya que, si es otro el jefe, usted sigue siendo el corazón. Siga, pues, padre, teniendo para con todos un corazón de hijo, lo mismo que de padre, por el respeto y la sumisión al superior y por la práctica de las demás virtudes que unen los corazones y que son propias de un verdadero misionero.







