26 de noviembre de 1650
Seguiré recomendando a la compañía que se interese delante de Dios por las necesidades de usted, ahora que tiene usted en brazos a tantos refugiados y a tantos pobres enfermos ¡Quiera su bondad darle fuerzas a medida que vaya aumentando su trabajo! Realmente es una bendición para la ciudad y para ustedes mismos el que redoblen su entusiasmo y su fidelidad para el buen uso de la aflicción común y para el consuelo de las almas que la providencia pone en sus manos. Así lo espero ciertamente de la parte tan grande que Nuestro Señor le ha dado de su caridad.
Si la ciudad le pone algún impuesto para los gastos que ha hecho, no se niegue a contribuir a ello; porque en estas ocasiones urgentes y necesarias las razones para dispensarse de ello son mal recibidas y no conviene que le obliguen a hacerlo a la fuerza.
Créame y tenga toda la condescendencia que pueda con los que quieran hacer algún entierro en los capuchinos, ya que hay más inconvenientes en negarlo que en permitirlo.







