Por el amor de Dios y de la santísima Virgen le ruego que me admita una vez más a hacer el retiro en su casa. No hago más que suspirar con este deseo; espero que, cuando haya usted reconocido cuál es la finalidad que busco expresamente con ello, obtendré esta gracia de la misericordia de Dios y de su bondad. Ciertamente, padre, cuando pienso en los buenos sentimientos que se experimentan en su casa, me siento como arrebatado de mí mismo y no puedo menos de anhelar que todos los sacerdotes pasen por esos santos ejercicios. Si así fuese, no tendríamos que ver esos malos ejemplos que muchos dan, con gran escándalo de la iglesia.
Vicente de Paúl, Carta 1340: Un Eclesiástico de Orleans a San Vicente







