Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Cuál fue su relación (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:
  1. COLABORACIÓN INTENSA (1629-1639)

En medio de una actividad desbordante, cuaja poco a poco una colaboración intensa, eficaz, entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Uno y otra están en la edad de la plena madurez: Luisa tiene 40 años, Vicente 50. Dos acontecimientos fundacio­nales dan una sólida base a esta colaboración, y señalan esta etapa. El primer acontecimiento tiene lugar el 6 de mayo de 1629: es el primer envío a misión de Luisa de Marillac. El señor Vicente ha establecido en las tierras de la familia Gondi varias Cofradías de la Caridad. Yendo a visitar la de Montmirail, pide a Luisa de Marillac que se reúna con él:

El R. P de Gondy me ordena que vaya a verle a Montmirail… ¿Le dice su corazón que venga, señorita? Si así es…tendremos la dicha de vernos en Montmirail (SVP, I, 135)

A seguida de la respuesta positiva de Luisa, Vicente de Paúl le hace llegar su envío a misión, redactado en un tono solemne, que recoge en parte la liturgia del «Itinerario de los clérigos». ¿Tiene Vicente en realidad conciencia de que es un aconteci­miento importante, o más bien se deja llevar por el Espíritu? Le envió las cartas y la memoria que serán menester para su viaje.

Vaya, pues, señorita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consue­lo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas (SVP, I, 135-136).

Tras este primer viaje, durante el cual ha visto a Luisa en acción, Vicente va apoyarse en ella cada vez más para todo lo concerniente a las Cofradías de la Caridad. Luisa de Marillac responde a las demandas de su director y se involucra más y más en el trabajo de las Cofradías. Según va haciendo las diferentes visitas, Luisa informa al señor Vicente de lo que comprueba, tanto en el plano de la organización de socorros, como en la manera de su distribución. Nada olvida Luisa de todo el aspecto espiritual de esta acción. Expone los problemas que encuentra, y Vicente, en sus respuestas, deja a ella plena libertad de acción:

Desea usted saber si tiene que hablar a la Caridad perso­nalmente. Así me gustaría, ciertamente; pero no sé si será fácil y oportuno. Eso les haría bien. Hable usted con la seño­rita Champlin y haga lo que Nuestro Señor le inspire (SVP, I, 155-156).

Día a día Vicente de Paúl va descubriendo toda la rica perso­nalidad de su colaboradora. Comprueba que Luisa de Marillac está muy a su gusto entre las Damas de la Caridad, que sabe hablarles, que no teme hacerles las observaciones que precisan. Y le pide que vaya y devuelva la vida a antiguas Cofradías de la Caridad que periclitan:

Tienen necesidad de usted en la Caridad de san Sulpicio, en donde se ha dado ya algún comienzo; pero esto va tan mal, según me han dicho, que es una lástima. Quizás Dios le resen’a la ocasión de trabajar allí (SVP, I, 171).

Algunos meses más tarde es una Dama de la Caridad quien le ruega:

La señorita Tranchot desearía verla en Villeneuve-Saint-Georges, donde va mal la Caridad, y creo que Nuestro Señor reserva a usted el éxito de esta buena obra (SVP, I, 189).

Vicente ha comprendido pronto que Luisa tiene un gran sen­tido de la organización, que es precisa. Y emplea su competencia en la redacción de los reglamentos. El trabajo es verdaderamen­te común: ella redacta, él corrige.

Le enviaré, por medio del señor párroco o algún otro, el reglamento de la Caridad, que he modificado en lo que convie­ne para Montreuil. Ya lo verá; y si hay algo que quitar o que añadir, dígamelo, por favor (SVP, I, 167).

En 1631 Luisa de Marillac pone en marcha una Cofradía en su parroquia de San Nicolás de Chardonnet. Redacta el regla­mento y lo presenta a Vicente de Paúl:

Es usted una mujer valiente por haber acomodado de esta forma el reglamento de la Caridad, y me parece bien (SVP, 178).

Luisa es mujer intuitiva, rápida, siempre presta a ir por delan­te. En 1632, la Torre San Bernardo, próxima a la calle San Víc­tor, es habilitada para recibir a los galeotes enfermos. Luisa va de inmediato a visitarles. Vicente está admirado:

La caridad con esos pobres forzados es de un mérito incom­parable delante de Dios. Ha hecho bien en asistirles y hará bien si lo sigue haciendo en la forma que pueda (SVP, I, 222).

El señor Vicente sabe que una acción individual corre el peli­gro de no proseguirse. Interroga, pues, a Luisa sobre una posible acción colectiva:

Piense un poco si podría encargarse de ellos la Caridad de san Nicolás, al menos por algún tiempo; usted les ayudará con el dinero que queda. Pero ¡qué se le va a hacer! Esto es difícil, y es lo que me hace poner este pensamiento en su gusto por la aventura (SVP, I, 222).

La abundante correspondencia de este período (al menos una carta semanal) desborda con toda naturalidad el trabajo misionero. Vicente y Luisa comparten las mínimas noticias dia­rias: así cuando Vicente cae del caballo, la falta de agua en San Lázaro, el viaje de la señora Goussault (una Dama de la Cari­dad) a Angers, la preocupación en materia de dinero, las refle­xiones sobre los acontecimientos:

Estoy como usted, señorita; no hay nada que me apene tanto como la incertidumbre; pero deseo ciertamente que Dios quiera concederme la gracia de hacerme totalmente indiferen­te, y a usted también. Según eso, nos esforzaremos por conse­guir, con la ayuda de Dios, esta santa virtud (SVP, I, 283).

A veces la participación se ahonda hasta la revisión de vida. El señor Vicente recapacita sobre su manera de actuar, demasia­do egoísta:

Acuérdese especialmente de pedir a Dios por mí, que, encontrándome ayer entre la ocasión de realizar una promesa que había hecho o un acto de caridad para con una persona que nos puede hacer bien o mal, dejé el acto de caridad para cum­plir con mi promesa, con lo que dejé muy descontenta a aquella persona; esto no me preocupa tanto como el haber seguido mi inclinación al obrar como he obrado (SVP, I, 165).

Un día cree descubrir la importancia de una colaboración total con los seglares. Escribe a Luisa de Marillac:

Señorita, será conveniente que trate con la señora Goussault y con la señorita Poulallion lo referente a Germana, para sa­ber su opinión. Solo hace dos días que se me ha ocurrido esta manera de obrar, que me parece que es de cordialidad y defe­rencia; y quizás les haya podido molestar que las haya hecho tomar la última resolución acerca de su empleo sin habérselo dicho (SVP, I, 221).

Luisa, por su parte, descubre todo el valor de Vicente de Paúl. Puede dirigirse con seguridad plena a este consejero espiritual: le refiere los goces que halla en su trabajo misionero, sus temores a dejarse captar por los elogios. Él responde el 7 de diciembre de 1630:

Continúe, entre tanto, tranquila y una su espíritu a las bur­las, los desprecios y malos tratos que sufrió el Hijo de Dios, cuando se vea usted honrada y estimada. Ciertamente, señori­ta, un espíritu verdaderamente humilde se humilla tanto en los honores como en los desprecios y hace como la abeja que fabri­ca su miel tanto con el rocío que cae sobre el ajenjo como con el que cae sobre la rosa (SVP, I, 160).

No teme ella hablarle de la relación con el hijo, y acepta los sabios reproches del sacerdote educador:

Por lo que se refiere a su hijo, ya lo veré; pero tranquilíce­se, por favor, ya que puede confiar en que está bajo la especial protección de Nuestro Señor y de su santa Madre… ¿Y qué dire­mos de esa excesiva ternura? Ciertamente, señorita, me parece que debe usted trabajar delante de Dios por tranquilizarse, ya que esa ternura sólo sirve para confundir su espíritu y le priva de la tranquilidad que Nuestro Señor desea en su corazón (SVP, 1137).

Las palabras de Vicente de Paúl están a veces repletas de humor. Luisa las acepta con toda sencillez:

Ciertamente, Nuestro Señor ha hecho bien al no tomar a usted como madre suya, ya que usted no piensa encontrar la voluntad de Dios en la preocupación maternal que Él requiere de usted para su hijo; quizás es que piensa usted que esto le impedirá cumplir la voluntad de Dios en otra cosa; esto es imposible ya que la voluntad de Dios no se opondrá jamás a la voluntad de Dios. Honre, pues, la tranquilidad de la santa Vir­gen en un caso parecido (SVP, I, 173).

Luisa reconoce y estima toda la complementariedad que Vicente de Paúl aporta, el sacerdote de origen campesino que sabe de la necesidad de largas maduraciones, cuando quisiera ella recoger ya la cosecha. Un cambio de estilo en las cartas demuestra que la relación entre Vicente de Paúl y Luisa de MariIlac ha variado realmente. Mientras que todos aquellos primeros años el señor Vicente escribía a su dirigida dándole el tratamien­to de «hija mía», desde 1629 la llama «Señorita». Ambos dejan la relación de dependencia de la hija para con el padre.

Se reconocen mutuamente como responsables, siempre com­partiendo las orientaciones de sus compromisos.

El segundo acontecimiento fundacional de esta época es la puesta en marcha de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Esta fundación permite ver en Vicente de Paúl y Luisa de Marillac una comprensión diferente de cada realidad, una concepción algo divergente en distintos puntos.

El impulso de caridad que se ha desarrollado por los cam­pos de la Isla de Francia gana poco a poco la capital. Se esta­blecen las Cofradías de la Caridad en muchas parroquias de París. Son numerosas las damas de la nobleza que desean tomar parte en ellas. Pero rápidamente surgen dificultades. Esas seño­ras no están habituadas a los simples quehaceres, que los pobres necesitan en sus tugurios: para servirles tienen ellas muchas criadas. Ellas mismas ¿cómo podrían subir a los pisos de esos tugurios, llevando una gran marmita con potaje, o asear la habi­tación del enfermo? No, sino que todas estas humildes tareas, se las encargan a sus sirvientas. Las Damas de la Caridad están animadas de la preocupación por el pobre, se avienen a echar mano de los propios bienes para ir en su socorro, pero las cria­das actúan más bien como quien cumple órdenes. Vicente de Paúl y Luisa se interrogan sobre el porvenir de las Cofradías en la capital.

Es entonces cuando, en el transcurso de una Misión en Suresnes, aldehuela al noroeste de París, encuentra Vicente de Paúl a una joven, Margarita Naseau, una pastora llena de iniciativas. Ha aprendido a leer mientras guardaba las vacas: se ha hecho con un abecedario, acude con regularidad al párroco quien va enseñán­dole las letras, lección que ella se recita en el campo y, cuando no sabe más, pregunta a viandantes «con aspecto de que saben leer». Comprende luego la importancia de la instrucción y reúne en torno a sí niñas a las que enseña, lo mismo que en las aldeas vecinas. Asimismo ayuda a niños deseosos de ser sacerdotes. Y escucha la predicación del señor Vicente y se propone entonces ir a París para servir a los pobres enfermos.

Margarita se encuentra con Luisa de Marillac, quien le expli­ca lo que se espera de ella. Muy pronto su ardor se hace comu­nicativo. Otras campesinas se presentan para servir en las Cofra­días. La Caridad de París tendrá vida. Luisa acoge a todas estas campesinas y las distribuye por las diferentes parroquias; ella regula los pequeños conflictos que se declaran entre las «servi­doras de las caridades» y las Damas. Una profunda intuición se despierta en el corazón de Luisa: bajo la «Luz» de su Pentecos­tés, piensa en la pequeña comunidad al servicio de los pobres, en su «ir y venir». Reunir en comunidad a todas estas jóvenes, ¿no sería una idea eficaz? El servicio es duro, a veces los enfermos son exigentes, puede presentarse el desánimo.

Habla de su proyecto a Vicente de Paúl. Éste no lo ve en abso­luto como necesario, y lo hace todo por disuadir a su colaboradora:

Usted se debe a Nuestro Señor y a su santa Madre; entrégue­se a ellos y al estado en que la han puesto, esperando que ellos indiquen que desean alguna otra cosa de usted (SVP, 1, 141).

Cortés, pero firmemente, Luisa interviene de nuevo. La res­puesta de su director sigue siendo la misma: no ve la necesidad de agrupar a las jóvenes que sirven en las Cofradías:

En cuanto a lo otro, le ruego una vez para siempre que no piense en ello, hasta que Nuestro Señor haga ver lo que Él quie­re, ya que ahora da sentimientos contrarios… Usted busca con­vertirse en sierva de esas pobres muchachas y Dios quiere que sea sierva de Él y quizás de otras muchas personas a las que no serviría de esa otra forma. Y aunque sólo fuera sierva de Dios, ¿no es bastante para Dios el que su corazón honre la tranquili­dad del de Nuestro Señor? (SVP, 1, 175).

Dios habla por los acontecimientos: en febrero Margarita Naseau muere de la peste, contagiada por una enferma a la que había acostado en su lecho. Tan temprana muerte interpela con fuerza a Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. La caridad no puede desdeñar de la prudencia. El proyecto de Luisa es recogi­do por Vicente de Paúl:

Y en relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una difi­cultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su divina Majestad. Le pido, señorita, que le encomiende este asunto durante estos días en que Él comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo. Insistamos, pues, en nuestras oraciones y manténgase muy alegre (SVP, I, 251-252).

¿Cuál es, entonces, la dificultad que crea un problema a Vicente de Paúl? Su carta no lo explica, mas se adivina fácilmen­te. Constituir un grupo, una comunidad con las sirvientas de las Cofradías, bajo la responsabilidad de Luisa de Marillac, ¿no amenaza con dañar a las mismas Cofradías? ¿Es en verdad nece­sario que haya dos grupos distintos? Y otra cuestión debe aún acosar al señor Vicente de Paúl: ¿puede pedirse a unas campesi­nas vivir en comunidad una vida totalmente consagrada a Dios? En el siglo XVII la vida religiosa, que requería dote, estaba reservada a las familias nobles o burguesas. ¿Era razonable la propuesta de una comunidad de nuevo estilo?

A mi juicio, será Luisa de Marillac, gran señora de París, quien va a ejercer su influencia en el campesino gascón. Ella conoce bien a las jóvenes, su ansia de vivir entregadas a Dios, la seriedad de su vida espiritual. Ha conversado además largamen­te con Margarita Naseau, durante los tres años de su servicio a los enfermos en las parroquias de París. Según Luisa, esta nueva comunidad o cofradía dará apoyo a sus jóvenes: apoyo no menor en el trabajo que en la vida espiritual.

Más aún, el agrupar a las jóvenes permitirá asegurarles una formación mejor, mejor conocimiento de esas jóvenes, antes de enviarlas adonde se las pide. Luisa, pues, insiste. En agosto de 1633, Vicente de Paúl hace su retiro anual: ruega, reflexiona y el día final hace llegar a Luisa un breve mensaje:

Creo que su ángel bueno ha hecho lo que me indicaba en la que me escribió. Hace cuatro o cinco días que ha comunicado con el mío a propósito de la Caridad de sus hijas; pues es cier­to que me ha sugerido con frecuencia el recuerdo y que he pen­sado seriamente en esa buena obra; ya hablaremos de ella, con la ayuda de Dios, el viernes o el sábado, si no me indica antes otra cosa (SVP, I, 266).

Este encuentro es decisivo. Luisa puede proponer a las jóve­nes el intento de la aventura. Algunas aceptan, otras rehusan. El 29 de noviembre de 1633, Luisa recibe en su casa a 4 ó 5 (no se sabe exactamente) «para hacer que vivan en comunidad», escri­be su primer biógrafo.

Curiosamente, nunca hablará Vicente de Paúl de aquel 29 de noviembre.

Cuando evoca los comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad, los hace remontarse a 1630, año en que se presentó a él Margarita Naseau. ¿Por qué ese silencio, mientras que refiere largamente el acontecimiento de Folleville, que señala el origen de la Congregación de la Misión, o bien el acontecimiento de Chátillon, que suscitó la creación de las Cofradías de la Caridad? Si, para interpretar estos hechos, recurro a los datos de la psico­logía moderna, diría que Vicente olvidó del todo un suceso que no fue de su iniciativa, del que no fue autor ni actor. Puede aña­dirse que el olvido se hizo tal vez más pleno, en cuanto que lo acontecido fue obra de una mujer, ¡a la cual siempre se conside­ra superior el varón! Por su parte, Luisa se complacerá en con­memorar la jornada que conmocionó su vida. Un 28 de noviem­bre escribe:

Tal día como mañana, hará unos cinco o siete años, empe­zaron las primeras a vivir en Comunidad, aunque fue muy pobremente. Y esta tarde he tenido un pensamiento que me da mucha alegría, y es que así, por la gracia de Dios, son mejores que al principio (SLM, p. 52).

Vicente y Luisa captarán diversamente el acontecimiento del 29 de noviembre, pero una y otro son conscientes de sus respon­sabilidades para con este grupo de jóvenes. Es por ello que asu­men conjuntamente la formación de las Hermanas que llegan en un número cada vez mayor; y conjuntamente reflexionan sobre las llamadas que les provienen de numerosas aldeas. Luisa redacta los reglamentos, Vicente los examina y corrige; Luisa asegura toda la formación que yo llamaría «profesional» —apren­dizaje de la lectura y escritura, cuidados a los enfermos… , Vicente da conferencias que miran a lo espiritual.

La mutua ayuda es evidente. El optimismo de Vicente devuel­ve la serenidad a Luisa de Marillac, que está más envuelta en las pequeñas dificultades diarias: así cuando, habiéndola herido la actitud de cierta joven, da a ella nuevos ánimos:

No se extrañe de ver la rebeldía de esa pobre criatura. Otras muchas veremos, si vivimos; no sufriremos tanto por ellas como Nuestro Señor sufrió por las nuestras. Sometámonos a su volun­tad en el caso presente (SVP, I, 493).

Cuando fallece una Hermana, Vicente, admirado del trabajo de todas estas Hijas de la Caridad, exalta la belleza y grandeza de su vocación:

Murió en el ejercicio del divino amor, ya que murió en el de la caridad (SVP, I, 284).

La total colaboración no borra las diferencias. Se las percibe siempre subyacentes. Así Luisa desea que reciban una buena formación pedagógica las Hermanas que salen hacia las aldeas para instruir a las niñas pobres. Le parece que las religiosas ursulinas se adaptan bien a la preparación de las Hijas de la Caridad para su nueva función. Habla de ello al señor Vicente, y he aquí lo que contesta él:

No espero mucho de esa manera de comunicarse las Ursulinas con sus hijas. Sin embargo, envíelas, si le parece bien (I, 447).

A través de las cartas se percibe que el señor Vicente empu­ja poco a poco a Luisa de Marillac a asumir la plena dirección de las Hijas de la Caridad. «Gobierne», le dice repetidas veces. Ante las Damas de la Caridad presenta a Luisa como la Supe­riora de las Hijas de la Caridad. Escribe, tras una reunión que versó sobre los niños expósitos:

Toda la compañía considera necesario que esa casa depen­da de la Superiora de las Hijas de la Caridad, como le escribí, y que vaya a pasar allí siete u ocho días, si su salud lo permite (SVP, I, 447).

Todas las veces que escribe a Luisa de Marillac, Vicente insiste: «Son sus hijas». Luisa no está muy de acuerdo. Respon­de a Vicente: «Lo son también de usted». He aquí como conclu­ye la carta:

Padre, todas sus hijas se toman la libertad de [encomendar]se a su Caridad (SVP, I, 390; SLM, p. 27)

Las epidemias de peste, frecuentes en el siglo XVII, causan la muerte de numerosos colaboradores y amigos. Vicente se inquieta por Luisa y no cesa de hacerle recomendaciones:

No puedo decirle cuánta necesidad tiene el pobre pueblo de que viva usted largo tiempo, y no lo he visto nunca con tanta claridad como al presente (SVP, I, 344).

En nombre de Dios, consérvese bien. Vea la necesidad que tenemos de su pequeñez y lo que esa obra llegaría a ser sin usted (SVP, I, 392).

Aunque no se han conservado sus cartas, Luisa tiene las mis­mas atenciones para con el señor Vicente, cuyas respuestas prue­ban lo inquieta que está:

Esto me obliga a terminar agradeciendo el cuidado que tiene de mi salud (SVP, I, 267). Todavía no han desaparecido mis fiebrecillas, ya sabe que suelen durar un poco (SVP, I, 344).

Durante todo este período, tan desbordante de actividad, se ahonda el conocimiento mutuo de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac: cada uno de ellos ve mejor las cualidades, las riquezas del otro, pero también los pequeños defectos.

Hacen la experiencia de la complementariedad. Vicente de Paúl, acaparado por sus múltiples funciones, fácilmente olvida sus promesas, sus citas; lo reconoce con humildad:

Siempre me olvido de encargar que compren las estampas de sus hijas (SVP, I, 305). Le ruego que me excuse por no haber podido ir a ver a sus hijas (SVP, I, 407).

Luisa no duda en hacerle ver que se ha olvidado de acudir:

Me ha olvidado usted en relación con la necesidad que le manifesté tenía de hablarle (SLM, p. 28, c. 10).

Es en la verdad como Vicente y Luisa se esfuerzan por vivir a una, por progresar juntos:

Con mucho gusto le advertiré de sus faltas y no dejaré pasar ni una., escribe Vicente en respuesta a una petición de Luisa (SVP, 1, 431).

Muy sencillamente, con mucha delicadeza, Vicente hace obser­var a Luisa que es a veces demasiado seria:

Le ruego esté siempre alegre, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza (SVP, I, 499).

Aunque comprueba que Luisa va a menudo rápida, con pri­sas, Vicente le reconoce que compensa su lenta prudencia:

Esta pequeña molestia me ofrece la ocasión de pensar un poco más en nuestros pequeños asuntos de la Caridad; después de eso, si Nuestro Señor nos da vida, trabajaremos más expre­samente en ellos. Su carta me hizo ver anteayer que había en su espíritu cierto pesar por ello. ¡Dios mío! ¡Cuán feliz es, señori­ta, al tener el correctivo de las prisas! Las obras que hace el mismo Dios no se estropean jamás por el no-hacer de los hom­bres. Le ruego que confíe en Él (SVP, I 578).

Elisabeth Charpy

CEME 2010

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.