Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Cuál fue su relación (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Numerosas son las cartas cruzadas entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Los archivos poseen 400 cartas de Vicente a Luisa: de éstas el 75% es anterior a 1642; y 200 de Luisa a Vicente, de las que el 80% es posterior a 1645. Recorriéndolas se comprueba cuánto evolucionó, con el paso de los años, la rela­ción entre este hombre y esta mujer, y que antes de convertirse en verdadera amistad, atravesó sucesivas etapas. Ni en Luisa de Marillac ni en Vicente de Paúl fue innata la santidad: ésta hizo pie en la humanidad. Su relación con Dios y con los pobres, al igual que su relación mutua, transformaron poco a poco el ser de ambos, lo perfeccionaron y lo embellecieron. La amistad que tan hondamente les unirá va a nacer de una sucesión de situaciones en las que ambos tomarán conciencia cada vez mayor de la pro­pia identidad, descubrirán la complementariedad recíproca, y alternativamente se ayudarán a asumirse a sí mismos plenamen­te. Juntas vamos, pues, a entender cómo toda relación evolucio­na, que a lo largo de los días y de los años puede construirse una verdadera amistad. Vamos a descubrir también que el trabajo en común puede suscitar divergencias sobre la manera de orientar­lo, que pueden existir incomprensiones, pero que aun así es posi­ble edificar una amistad verdadera y profunda. Estos descubri­mientos pueden ayudarnos en la vida diaria, estemos en la actividad pastoral o profesional, o bien nos hayamos retirado a una residencia de mayores. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, estos dos santos tan distintos, que supieron llegar a una comunión tan honda, nos invitan a superar nuestros pequeños problemas personales, a ir más allá de nuestras diferencias, para abrirnos a una verdadera unidad, a imagen de la Trinidad.

Diferentes etapas señalan los 35 años de trabajo en común entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac:

1625-1626: aproximación difícil.

1627-1629: mutuo descubrimiento.

1629-1639: intensa colaboración.

1640-1642: tensión perceptible.

1642-1660: unidad fecunda, que describen tres palabras: libertad, participación, fuerza.

  1. APROXIMACIÓN DIFÍCIL (1625-1627)

Reticencia, vacilación, incertidumbre, he ahí lo que señala los primeros encuentros de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Se explica, pues son muy grandes las diferencias entre ellos. Duran­te el trance que ella designa Luz de Pentecostés, en 1623, Luisa ha entrevisto al que va a ser su director espiritual. Ha debido de cruzárselo muchas veces en la calle, pues la mansión de los Gondi, donde mora el señor Vicente, está próxima a la casa en que vive la familia Le Gras.

Y ha observado a este joven sacerdote de garbo campesino: no tiene ni la elegancia ni la distinción de Juan Pedro Camus, que provee guía espiritual a su alma desde hace años. Pero se acaba de nombrar a éste obispo de Belley, y ya sólo raramente estará en París. En la relación que hace de aquella Luz de Pente­costés, Luisa habla de su director:

Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi Director, y que Dios me daría otro, que me hizo ver (entonces), según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptar; sin embargo, consentí (SLM, 667).

Así pues, no es con un corazón alegre, como Luisa abordará al señor Vicente. Al parecer, la amistad con que trataba a Fran­cisco de Sales, fallecido tres años antes, había facilitado su acer­camiento al que fue célebre director de las Visitandinas. Por su parte, Vicente de Fatil duda en cuanto a asumir la dirección de esta joven viuda, triste, depresiva, que pasa por escrupulosa. Recuerda las exigencias de la señora de Gondi, quien rehusaba separarse de su consejero espiritual, ansiosa de tenerle siempre al lado. Juan Pedro Camus, gran amigo de Francisco de Sales, ha debido de ejercer presión sobre él. En una carta a Luisa de Marillac manifiesta Vicente de Paúl que se sometió humildemente a la voluntad de Dios:

Sépalo para siempre, señorita, que cuando Dios ha designa­do a una persona para ayudar a otra con su consejo, no puede sentirse tan sobrecargada ante las ilustraciones que ésta le pide, que no se porte con ella como un padre con su hijo (SVP, 1, 263).

Vicente de Paúl advierte, ya en los primeros meses, aquello que ha temido: cuando él falta, la señorita Le Gras es todo inquietud, angustia, y patentiza su impaciencia en cartas que no cesan de llegarle:

Espero me perdonará usted la libertad que me tomo de manifestarle la impaciencia de mi espíritu, tanto por su larga ausencia pasada como por el temor del porvenir, y por no saber el lugar a donde se dirigirá usted después de aquel en que se encuentra (SLM, 19).

Una carta de Mons. Juan Pedro Camus nos enseña asimismo lo mal que sobrelleva Luisa las reiteradas ausencias de su nuevo director, que da misiones en las aldeas de la Isla de Francia:

Perdóneme, mi querida hermana, si le digo que se apega usted un tanto demasiado a los que la guían y se apoya dema­siado en ellos. El señor Vicente de Paúl está ausente, y héte aquí a la señorita Le Gras fuera de sí y desconcertada… (Documen­tos, p. 844).

Tras la muerte de su esposo, la situación económica de Luisa de Marillac se ha hecho bastante precaria: no permite que siga habitando su antigua casa en la parroquia de San Nicolás de los Campos. Obligada a buscar nueva vivienda, Luisa va a alojarse en la calle San Víctor, a pocos pasos del Colegio de Buenos Hijos, cuyo superior es Vicente de Paúl. Luisa parece­rá asirse a su director, mas éste procura guardar las distancias. A una petición demasiado exigente de su dirigida, Vicente de Paúl responde:

Nuestro Señor… él mismo desempeñará el oficio de direc­tor; ciertamente que lo hará, y de forma que le hará ver que se trata de Él mismo (SVP, I, 96-97).

El tono de las cartas entre 1625 y 1627 es demasiado cortés, muy reverente al estilo del siglo XVII. Pese a las primeras difi­cultades que encuentra, Vicente de Paúl continúa recibiendo e iluminando a Luisa de Marillac. Quiere ser fiel a la voluntad de Dios.

Elisabeth Charpy

CEME 2010

 

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