Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo 02

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Ibáñez, C.M. · Año publicación original: 1977.
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1. Francia en tiempo de Vicente de Paúl

El marco temporal de Francia, durante el tiempo de actuación de Vicente de Paúl, que vamos a describir, intenta relatar el aspecto demográfico, económico y social de este pueblo, en el cual vivió, trabajó y evolucionó, socorriendo la miseria de los hombres abru­mados por la guerra, la peste, el hambre y los impuestos.

El teólogo, que intenta analizar un personaje histórico en una perspectiva teológico-espiritual, tiene que conocer los datos sumi­nistrados por los historiadores y ha de utilizarlos para conocer su comportamiento, comprender su influencia, profundizar su acción y su pensamiento. Vicente de Paúl, como cualquier personaje his­tórico, depende del mundo que le rodea, de este mundo que lleva su marca: «El ha cambiado el rostro de la iglesia casi totalmen­te»1.

1. Aspecto demográfico, económico y social

1. Aspecto demográfico

La población varía entre 16 y 20 millones de habitantes2. Entre 1610 y 1660 la edad media de vida es de 35 años. Sin em­bargo esta población no resulta joven, porque envejece demasiado de prisa.

En algunos años, y sobre todo en algunas épocas de los mis­mos, la población rural se transforma, al verse sometida a oscila­ciones abruptas, a veces brutales. Las recolecciones insuficientés, seguidas de epidemias, acompañadas de la guerra, diezman, con sus víctimas, la población. La muerte aparece entonces con tres rostros apocalípticos, a veces distintos, con ‘frecuencia entremezclados. Es­tas tres calamidades, temidas por los hombres desde el comienzo de los siglos, se lanzan sobre los súbditos del rey de Francia.

La guerra

La guerra, que es siempre atroz y reviste la forma de atrocidad de su época, causa cantidad de víctimas, especialmente en las re­giones de Lorena, Picardía, Champaña y en los alrededores de Pa­rís. Los desastres de la guerra desconciertan y arruinan al pueblo al impedir el trabajo, el comercio y el mercado. Hablaremos de ello más adelante. Los ejércitos dejan con frecuencia a su paso contagio, devastación y miseria. Una soldadesca violenta y desen­frenada no tiene límites en sus excesos. No se puede esperar de ellos otra cosa. El soldado, en esta época, está para destruir o ser destruido, para herir o ser herido, para matar o ser matado.

La peste

Hasta 1650 la geografía de Francia se ve cubierta por «el mal que esparce el terror». La peste bubónica o pulmonar, que los médicos conocen, aparece y camina frecuentemente con fuerza de­vastadora. Algunos veranos, en cortas sacudidas aterradoras, llega a diezmar la tercera o cuarta parte, a veces la mitad, de los habi­tantes de una región, de una provincia. Inmediatamente que una epidemia grave aparece, se provoca el pánico entre los habitantes. A pesar de las precauciones y conjuros contra ella, el mal invade los cuerpos y se propaga por el espacio.

El hambre

El hambre, la «carestía», se presenta en escena con frecuencia y regularidad. Su origen se debe a fenómenos atmosféricos y es la consecuencia de una economía demasiado cereal, de un conjunto de costumbres económico-sociales que imponen una estructura mental.

La gran mayoría de los franceses se alimenta principalmente, a veces casi únicamente, de gachas, de sopa y de pan. En la alimen­tación de los pobres dominan los cereales.

La cosecha de trigo, al menos en una parte del reino, no es su­ficiente para satisfacer las necesidades inmediatas. La tierra des­provista de abonos, mal arada, produce muy poco. La lentitud de la información y de los transportes, impide socorrer rápidamente. Cuando se propagan rumores de carestía, agravando la amenaza, los precios se doblan, a veces se triplican. Imposible poder comprar. La mitad de los franceses busca otros alimentos, generalmente in­fectos, envía a los niños a pedir, roba, se encoleriza violentamente contra los acaparadores, llegándolos a amenazar y a golpear. El hambre de los años 30 provoca enfermedades. Las calamidades de 1649-1653 causadas por cuatro malas recolecciones, por cuatro hambres acumuladas, se ven agravadas por las tropas vagabundas del tiempo de la Fronda, por la inseguridad de los caminos. La co­rrespondencia, dirigida a Vicente de Paúl, relata escenas de antro­pofagia y otras miserias. En realidad la mayoría de la población se alimenta muy deficiente e insuficientemente. Sin duda la «carestía» es la causa principal de la crisis demográfica del tiempo de Vicente de Paúl.

Sin embargo esta población, sometida a estos contragolpes mor­tales, trata de afrontar la obsesión de la muerte con una fuerza especial del impulso vital: la reproducción humana se desarrolla a un ritmo suficiente para dar pábulo a la muerte y para defender la raza. Es muy posible que la Francia de 1640 haya alcanzado una excepcional densidad de población3.

Los gobiernos piensan que es conveniente el aumento de los habitantes. Estos proporcionan al estado potencial humano para la guerra y potencial económico para las empresas nacionales, que constituyen el poder y la gloria del rey. A pesar de constituir una fuente inagotable de riqueza, los dirigentes del reino no se intere­san por las preocupaciones demográficas. La vida material de sus súbditos no provoca en ellos la menor inquietud.

2. Aspecto económico

A la mirada del hombre de hoy, es decir a distancia, la Francia del siglo xvn se le puede presentar como un terreno agrícola rico, pero con gran retraso técnico, una industria o «manufactura», se­gún el término de la época, textil mediocre, pero interesante por proporcionar a los campesinos una ayuda económica, una fortuna nacional importante, pero inmóvil y, en consecuencia, infructífera.

Inconscientes o agresivos, los adoradores franceses del «gran siglo» no podrían cubrir con sus murmullos e inciensos una reali­dad: el predominio económico-comercial se encuentra entre las manos de los holandeses. «La opulencia de los holandeses —es­cribe Richelieu en su Testamento político— es un ejemplo y una prueba de la utilidad del comercio, que no admite ninguna discu­sión. Excepto en el reino de China, cuya entrada no se permite a nadie, no hay lugar donde esta nación no haya establecido su co­mercio»4. La banca de Amsterdam, de una solidez incomparable, sostiene y controla, incluso en los peores momentos, toda la eco­nomía de las Provincias Unidas. La flota holandesa y sus marineros se encuentran en todos los puertos franceses y en todos los ríos navegables, supliendo a la marina francesa, excesivamente medio­cre. Amsterdam es el centro mercantil del depósito del mundo. Los comerciantes y los políticos franceses encuentran allí el trigo báltico en los momentos de carestía, la artillería sueca y la pólvora liejesa en tiempo de guerra, incluso los arenques de cuaresma y la lana española. Y por supuesto los prestamistas a grandes intereses.

La libra turnesa (moneda francesa en uso en el siglo xvir) no tiene ninguna consistencia monetaria. Prohibidas en principio, pero toleradas en la práctica, circulan en Francia diferentes monedas ex­tranjeras, especialmente la moneda de cobre español. Las monedas de oro y de plata, fundamento de la riqueza de un reino, no abun­dan en Francia, debido a que apenas posee estos metales preciosos.

Francia no tiene banca de estado, ni siquiera una banca privada sólida y estable; se da el título de banqueros a algunos comercian­tes importantes que realizan el cambio, prestan a grandes intereses, participan en negocios complicados y oscuros, cuyo objeto prin­cipal consiste en aprovecharse del infantilismo financiero de un es­tado que no tiene ni presupuesto ni finanzas reguladas. Nada en absoluto se asemejaba en Francia a una bolsa.

Los transportes, una de las fuentes de movilización de bienes en la economía de los países, son difíciles de realizar en la geogra­fía francesa. Los ríos son innavegables la mitad del año, a causa de las sequías o de las crecidas. Por añadidura los agentes controlan todas las estaciones fluviales y exigen en ellas cantidad de derechos e impuestos, especialmente a través del Loira. Tan numerosos y complicados son que los mejores especialistas de hoy no pueden llegar a precisarlos.

El transporte realizado por las grandes calzadas es menos se­guro y más caro. El polvo o el barro, según las diversas épocas del año, la falta de arreglo, al no ocuparse apenas de ellas, alargan los viajes interminablemente. Los abundantes impuestos de «peage» encarecen los gastos del transporte5. Unicamente los comerciantes y los organismos oficiales envían las mercancías por este medio y solamente las personas acomodadas viajan en los coches de caba­llos. En estas condiciones se explica la explotación por personas atentas a los negocios del monopolio del transporte del correo y del personal por tierra desde el tiempo de Luis mi’.

Richelieu, informado y preocupado por el desarrollo del co­mercio marítimo de Inglaterra, de España y, principalmente, de Holanda, va a tratar de impulsar una política de acción comercial y marítima. En 1624 se da cuenta del desprestigio de Francia en el extranjero, cuyo origen se encuentra en razones de orden diplo­mático y en el rápido retroceso del comercio marítimo en el país.

La insuficiencia de la flota comercial se convierte en una preo­cupación para Richelieu: «La preocupación por la marina era entonces tan mínima, que Vuestra Majestad no tenía siquiera un solo barco»6. Su interés por la potencia marítima se manifiesta en su Testamento político: «El rey debe ser fuerte en tierra, pero tiene que ser también poderoso en el mar»7. «Para mantener la reputación y dignidad de su corona entre las naciones extranjeras, el rey debiera tener en sus puertos cuarenta galeras preparadas para ser utilizadas en invierno y en verano»8.

La primera preocupación de Richelieu será el comercio maríti­mo por razones ventajosas de orden económico y político para Francia. Toda una parte de su Testamento político la consagra a definir el programa mercantil9. Richelieu se interesa por la riqueza no feudal del país, por la capitalización burguesa, por la creación de beneficios distintos de los de la renta señorial. La única salida posible a la situación embarazosa económica y política de la nación, consiste en orientar principalmente el fisco sobre los bienes bur­gueses y no sobre las masas populares. De ahí la utilidad del co­mercio10. Richelieu se preocupa especialmente del comercio exterior. Sin embargo no puede conseguir atraer a él a los elementos más activos de la burguesía, ni transferir su usura al comercio y a la industria. Mientras la burguesía tenga la posibilidad de aso­ciarse por el crédito a los privilegios, no se la puede forzar a em­plear su capital en el comercio, sin concederle otros privilegios.

Richelieu termina el informe de su plan de comercio exterior, primordial para enriquecer a Francia, con esta súplica al rey: «Si después de lo expuesto, le parece bien a Vuestra Majestad conce­der al comercio alguna prerrogativa de rango social —como vues­tros súbditos lo consiguen ordinariamente de diversas funciones, que no sirven más que para entretener su pereza y •halagar a sus esposas— logrará establecer el comercio en tal grado, que la socie­dad y el individuo sacarán gran provecho»11.

Este programa de acción jamás se realizó. Por el contrario, se puede afirmar que el estado negoció con los acreedores y usureros, con los compradores de funciones públicas y con los arrendatarios de impuestos. El gobierno explotó a la burguesía, al mismo tiempo que la parte más rica y más activa de esta burguesía explotó a su vez al gobierno. Apartar a la burguesía de esta posición, supri­miendo la venta de funciones públicas y el arrendamiento de im­puestos, hubiese sido peligroso para las finanzas e incluso para la política.

Richelieu afirma en varias ocasiones que la unión de la monar­quía con la burguesía es un mal. Incluso juzga que el «derecho anual» y la venta de funciones públicas son un mal; no obstante no ve la posibilidad de anularlo12. Si en el siglo xvii la unión con la burguesía fue un mal para la monarquía, es cierto que sin ella la balanza de fuerzas materiales hubiese sido desfavorable, en mo­mentos críticos, a la monarquía. Este mal fue especialmente des­favorable en la expansión del comercio. Es cierto que Richelieu orientó a Francia hacia el comercio exterior y marítimo. No hay duda que el cardenal cambió poderosamente la orientación eco­nómica francesa subvencionando el comercio y la industria; sin em­bargo, los grandes capitales paralizados de la burguesía no afluye­ron a las empresas coloniales o industriales13.

Es necesario afirmar que en la vida económica francesa no hubo transformación esencial durante los años subordinados a la guerra contra España. Richelieu concibió y deseó un reino bien adminis­trado, pero su política exterior le apartó del programa político que él mismo había juzgado indispensable al comienzo de su ministerio. En definitiva, es preciso reconocer que Richelieu, como todo hom­bre político, se vio obligado a sufrir y soportar acciones y reac­ciones, sin poderlas dominar.

El drama social de la política de los cardenales-ministros con­sistió en que el programa económico-social realizado no fue gene­ralmente beneficioso en el momento que se realizó. Las grandes for­tunas que se formaron no hicieron más que reflejar cruelmente la distancia entre los acreedores del rey, beneficiarios inmediatos del sistema político, y la masa de la nación. Sin embargo hay que re­conocer que si la Francia de los cardenales-ministros fue desdichada y la mayoría de los franceses vivieron en la penuria y en la inquie­tud, el reino de Francia se había abierto a nuevas y mayores pers­pectivas.

4. Aspecto social

En el siglo xvii el «estamento» de la sociedad permanece el mismo de la tradición. En el reino se hace la distinción entre los que oran, los que luchan y los que trabajan, «estos últimos inno­bles, por ser útiles»14.

El fundamento de estas distinciones se arraiga en la dignidad, estima y calidad de servicios, de acuerdo con las estructuras menta­les de la época, encarna una concepción religiosa y militar de la sociedad y refleja una economía primitiva. Correlativas a funciones sociales, tales distinciones no corresponden ni a rendimientos eco­nómicos ni a competencias personales. Se requiere señalar, sin em­bargo, que la realidad social concreta no concuerda con esta es­tructura jerárquica y hierática. El favor del rey y la economía producen en la práctica otro estilo de vida social menos inamovible y diferentemente estructurado y dignificado 15.

Los campesinos

La sociedad, lo mismo que la economía o que el estado, se apoya en la masa más numerosa, más eminentemente productiva, más dependiente: la masa de los campesinos. «Un año de interrup­ción en el cultivo de la tierra, hubiese sido la muerte para todos» 16. Ellos proporcionan con su trabajo los bienes al país, cultivando un terreno del que poseen bastante menos de la mitad, y esta pro­piedad al ser de tipo señorial, no es jamás completa. Por añadidura un tercio de las tierras francesas, pertenecientes al ochenta por ciento de sus habitantes, está repartido muy desigualmente 17.

Como toda sociedad humana, la sociedad campesina deja apa­recer oposiciones brutales y tonalidades infinitas. Se conoce mejor a los ricos y medianos labradores, que a los obreros del campo o a los propietarios de pequeñas parcelas y arrendadores. El campe­sino pobre del siglo xvii es, aún hoy, muy mal conocido.

La fortuna de los campesinos depende del valor de los produc­tos en el mercado, de la intemperancia de la naturaleza y del paso de los soldados. Interesados, sin saberlo, en las fluctuaciones de los precios, tienen que soportar las consecuencias. Las condiciones de trabajo son difíciles, sobre todo si se tiene en cuenta que no tienen ninguna perspectiva de mejorar la manera de realizar los trabajos del campo: sorprende la carencia de escritos sobre el cultivo del campo y el estancamiento de las técnicas agrícolas 18.

Dada la organización constitutiva del mundo rural, cuatro cate­gorías se precipitan sobre el trabajo y el producto de los campesi­nos: la comunidad rural, la iglesia, el señor y el rey, este último con los más fuertes y variados impuestos. Las exigencias fiscales

15 Cf. R. Mousnier, 119, 13-41: «Las estructuras sociales del reino de Francia». «Problemas de estratificación social»: 126, 25-49.

16 G. Hanotaux, 90, 398.

17 Cf. Ibid., 392-410; P. Goubert, 86, 177-252, especialmente 177-208; E. le Roy Ladurie, 104, I, 455-461, 489, 490-491; P. Deyon, 45, 323-338: la conquista de la tierra y la promoción burguesa. M. Venard, 151, 21-29, 31-37, 39-49, 51-62.

18 «Ningún cambio en los procedimientos de la agricultura», escribe L. Tapié, 148, 407.

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del estado y de los señores —eclesiásticos o laicos— absorben la mayor parte de las ganancias, y reducen la población campesina, si la venta de los productos ha sido baja, a una miseria extrema, y, con frecuencia, a la desesperación y a la rebelión.

Las rentas estipuladas en especie pueden pagarse más fácilmen­te. Para las demás es necesario hacerlo en metálico. Para conseguir­lo, los modestos labradores se endeudan siempre con los mismos acreedores. A la deuda constantemente consignada, se añaden los intereses desde el primer momento. El deudor procura reembolsar su deuda con el trabajo. En el momento de pagar a los recaudado­res de la contribución rural y abonar los arrendamientos, los cam­pesinos se ven presa de una multitud de acreedores.

En resumen, se puede decir que la existencia cotidiana de los campesinos entre los años 1600 y 1660, es penosa. Disponiendo de muy poco dinero, inhábiles para organizar sus gastos, los labra­dores viven medianamente, incluso difícilmente, reducidos a veces a no tener qué comer, ni con qué vestirse.

La burguesía

El término burguesía en el siglo xvii francés envuelve y revela diversas categorías dentro de la misma «estratificación social»: bur­guesía de funcionarios, ansiando constantemente llegar a la noble­za; burguesía rentista del estado, especialmente en París; burguesía rentista del pueblo; burguesía manufacturera y comerciante; todas ellas absorben la mayor parte de la renta del reino.

Desde 1631 existen ya en Francia grandes fortunas. Es cierto que no son muy numerosas. Su origen se debe, en general, a las mercancías. Es el comerciante, en sus diversas escalas, quien se be­neficia de las ganancias. La riqueza y su crecimiento están asegu­rados, generalmente, por el gran negocio del «comercio y del prés­tamo».

En una sociedad donde cada uno busca constantemente encon­trar alimentos, poseer una propiedad agrícola es el medio de ase­gurarse los productos necesarios para la subsistencia. La posesión de tierras no sólo asegura en todo momento un presupuesto, sino además, de acuerdo con las estructuras mentales de la época, tiene significación de nobleza, de señorío. Nobleza y señorío garantizan, en general, los privilegios, satisfacen la vanidad. social y, en la

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práctica, las fortunas allí empleadas producen y están exentas, con frecuencia, de impuestos.

Lo mismo que los nobles, los burgueses son propietarios y se­ñores. La diferencia consiste en que poseen menos tierras y menos señoríos. Por el contrario, se sabe que su administración fue or­dinariamente más inteligente, más contenciosa, en definitiva, más fraudulenta que la de la mayoría de los nobles. Reteniendo, a veces por miles, letras de cambio, recibos, créditos, es decir hipotecas, tienen la posibilidad de aumentar su hacienda, haciendo disminuir, a veces, las propiedades de los nobles, y con frecuencia, las tierras de los campesinos 19. Anticipando semillas, grano, herramientas, telas, salarios, los obreros de la ciudad y los pequeños agricultores dependen totalmente de ellos. Por añadidura, se hacen nombrar, con frecuencia, administradores de las propiedades de la nobleza y del clero, e instalados en estas funciones lucrativas, se benefician de nuevos réditos de la tierra 2°.

Otra fuente de riqueza, difícilmente comprensible para la men­talidad del mundo de hoy, se encuentra entre las manos de la bur­guesía del siglo xvii: toda función pública, jurídica o administra­tiva, es vitalicia. El funcionario la hereda o la compra. Sometidos al sistema de compra-venta, los cargos públicos se convierten en inversión, en negocio. Roland Mousnier ha estudiado con detalle y profundidad el aumento de su cotización 21.

19 Cf. nota 17 y los artículos 32 y 62 del Cahier des remontrances du bailliage de Troyes, 126, 143 y 150. Artículo 17 del Cahier de la noblesse d’Angoumois, 88.

20 Cf. nota 17; P. Goubert, 86, 355-357, 371-386.

21 Cf. R. Mousnier, 118. Artículos 9 y 10 del Cahier des remontrances de la noblesse d’Angoumois, 126, 83-84. Según las advertencias de la no­bleza de la circunscripción de Troyes, el dinero es el único medio de alcan­zar «los grados de honor. El rey hace comercio de todo lo que antes era a la vez recompensa de servicios y medio para conseguir fortuna y considera­ción»: artículo 21. «El dinero, afirman, permite hoy el acceso a la casa del rey y a los cargos del parlamento»: artículos 19, 22, 29, 33, 45.

Richelieu escribe en su Testament politique: «Si mi intención fuera ga­narme la simpatía del pueblo en lugar de merecer su benevolencia siendo útil al estado, sostendría que es necesario suprimir la venta de las funciones públicas y el derecho anual; todo el mundo está de tal manera persuadido de que son las dos fuentes de los desórdenes del reino, que la voz pública me otorgaría coronas sin examinar si las había merecido… Me guardaré mucho de obrar de esta manera, hay demasiados inconvenientes en suprimir estos dos edictos (venta de funciones públicas y herencia de oficios) para concluir que es conveniente hacerlo»: 143, 136. Después de haber afirmado: «Hay dos abusos que es necesario soportar, por miedo a caer en consecuencias más

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Por asociaciones, compañías, los burgueses se convierten en arrendatarios de los impuestos y derechos del rey. El negocio con­siste en anticipar la suma prefijada de sus rentas y recuperarla des­pués ampliamente a expensas de los contribuyentes habituales. Es­te sistema permite vegetar a ciertas personas. Al mismo tiempo reduce a la miseria a jornaleros y campesinos y aumenta automá­ticamente, en relación con los comienzos de siglo, la fortuna de los medios parlamentarios. Así se puede comprender la potencia de al­gunas familias burguesas y la posibilidad que tienen de aprovechar todas las ocasiones para invertir ventajosamente su capital. Quie­nes pueden disponer de capital están casi seguros de hacerlo fruc­tificar, puesto que el dinero escasea y todas las clases sociales lo necesitan. Es cierto que algunos pueden ser tratados de ladrones y de sanguijuelas que chupan la sangre del pueblo y del estado. Sin embargo es necesario recurrir continuamente a sus servicios 22.

peligrosas…» (Ibid., 137), concluye: «Es preferible conservar la venta de las funciones públicas y el derecho anual, que abolir estas dos instituciones difíciles de cambiar bruscamente sin perturbar al estado… Pero añado que es absolutamente necesario moderar el precio de las funciones públicas, que ha subido a tal punto, que es imposible soportar su exceso»: Ibid., 138-139.

Para comprender la mentalidad de Richelieu acerca de la venta de las funciones públicas, es necesario tener en cuenta lo que él llama la «Cons­titución actual del estado»: cf. Ibid., 138-139. El mismo confiesa: «Un mal habitual es con frecuencia más soportable que un bien cuya novedad es enojosa»: Ibid., 116. Más aún, afirma: la venta de funciones públicas «sería un crimen en la institución de una nueva república… Pero la pru­dencia no permite obrar de la misma manera en una antigua monarquía cuyas imperfecciones han pasado a ser costumbres, y cuyo desorden es (no sin utilidad) un elemento de las categorías del estado»: Ibid., 130.

Dos pasajes de su Testament politique pueden ayudarnos aún a com­prender el pensamiento de Richelieu acerca de este asunto: «Los desórde­nes que han sido establecidos por necesidades públicas, y que se han for­talecido por razones de estado, no se pueden reformar más que con el tiem­po. Es necesario orientar poco a poco los espíritus y de ninguna manera pasar de un extremo al otro… Difícilmente se podrá cambiar el orden esta­blecido por la disposición de las funciones públicas, sin alterar el corazón de quienes las poseen, en este caso habría que temer que, en lugar, como lo han hecho en el pasado, de haber servido mucho a mantener a los pueblos en su deber, contribuyan en el futuro más que nadie a sus desenfrenos…»: Ibid., 132, cf. 143.

22 «Los financieros y los arrendadores de contribuciones reales son una clase separada, perjudicial al estado, y sin embargo necesaria», constata Ri-chelieu 143, 146. Y añade: «Sería sumamente conveniente en momentos de una gran paz suprimir muchos de los oficiales de esta clase (oficiales de fi­nanzas), y por este medio liberar al estado de todos los que, sin prestarle ningún servicio, le roban toda su subsistencia en poco tiempo. Es absoluta-

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La nobleza

La nobleza, menos numerosa que la burguesía, encubre situa­ciones muy diversas. Respecto a sus orígenes puede ser antigua, nueva, falsificada. Con relación a sus funciones existe la nobleza de la corte, rural y parlamentaria o administrativa. Como los de­más grupos sociales, la nobleza se ve confrontada en el siglo xvii a la realidad socio-económica, que provoca en ella una disgregación, a pesar de mantener la unidad de nombre.

La nobleza vive principalmente, a veces casi únicamente, de sus bienes raíces, de la renta de la tierra, que recibe a través de diver­sos canales. Algunos nobles gozan de pensiones, que el rey les concede por medio de beneficios, funciones, dignidades.

«Ninguna tierra sin dueño» decía el adagio. A estos vínculos entre el señor y la tierra se añaden, según la diversidad de regiones, innumerables derechos «feudales» y le conceden ser juez en las jurisdicciones ordinarias. En toda la extensión del «señorío» —en el que hay tierras que no le pertenecen— exige sus derechos y percibe una suma cada vez que se pasa una herencia o una compra­venta de rentas o de inmuebles entre campesinos. En la iglesia, donde por derecho de patrocinio nombra al párroco, el noble es tratado con distinción, signo de su condición. La exención de pagar los impuestos reales, especialmente la «talla», le distingue clara­mente de los plebeyos.

La nobleza intenta por todos los medios ser una clase «domi­nante» y «privilegiada», quiere distinguirse de los demás grupos sociales por el manejo de las armas y por un estilo de vida fastuoso, incluso si sus recursos no corresponden a semejante despilfarro.

Todo ello explica el mito que se crea en torno a la nobleza y la conciencia que ella tiene de su distinción. Esta conciencia de «raza» le hace replegarse en sí misma y rechazar a la nueva nobleza y la invasión de la burguesía de oficios y comerciante. Si la no-

mente necesario remediar los desórdenes de los financieros, de otra manera causarían finalmente la ruina del reino, quien cambia tanto de rostro por sus robos que, si no se para su ascenso, no será ya reconocido dentro cde poco tiempo»: Ibid., 47.

Hablando de los perceptores de la contribución, escribe Richelieu: «Es­tos oficiales son la verdadera fuente de la miseria del pueblo»: Ibid., 349. Y refiriéndose a los notarios declara: «Son las sanguijuelas del pueblo»: Ibid., 354. Se sabe que semejante política costó cara al pueblo francés.

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bleza no es amada en el siglo xvii, no deja sin embargo de ser envidiada. La prueba está en que la burguesía aspira a ser noble y para conseguirlo no duda en pagar grandes sumas de dinero al rey. Los títulos de nobleza predisponen para conseguir ciertas funciones y dignidades, especialmente eclesiásticas. De ahí la «herencia» de obispados, de beneficios eclesiásticos, de nombramientos de abades y abadesas. Los nombramientos reales para estos cargos manifies­tan claramente que los titulares pertenecen con muchísima fre­cuencia a la nobleza.

En realidad los nobles son «clientes». Clientes, clientela, es­tas palabras evocan un sistema social, en el que el favoritismo, la fidelidad, la dependencia, tienen preeminencia 23. La nobleza en Francia no se salva más que por el favor del rey. Al mismo tiem­po el aumento de clientes acrecienta el poder de quien utiliza el favoritismo. Así piensan los «grandes», que lo son, sin duda, por el favor del rey, pero más todavía porque le fuerzan a otorgarles estos privilegios en razón del temor que le inspiran. Richelieu, cliente del rey, y él mismo señor de otra clientela, hará todo lo posible por reducir la nobleza a la sumisión y a la dependencia. Dependencia económica y sumisión política se unen para humillar y disgregar a la nobleza.

El clero

La iglesia de Francia había sido sometida, durante el siglo xvi, a una agitación político-religiosa febril y con frecuencia dramática. Las guerras de religión habían provocado destrozos materiales y mantenido violencias físicas y morales terribles, apasionadas. Di­gamos utilizando una expresión de Tapié, que «la Francia de las catedrales góticas y de las iglesias románicas, había sido terrible­mente probada por la lucha» 24.

A finales del siglo xvi la iglesia se encontraba, excepto en el aspecto económico, en una situación grave de dependencia. Según el concordato de Boloña (1516), el rey presentaba los candidatos a arzobispados, obispados, beneficios mayores y el papa accedía en el plazo de seis meses a conceder la investidura canónica. El rey

23 Cf. O. Ranum, 136.

24 L. Tapié, 148, 29.

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pedía a los obispos nombrados juramento de fidelidad y el gobierno de estado exigía a la asamblea del clero contribuir a las finanzas reales. Acto político, el concordato sometía a la iglesia al poder del rey y le permitía, al mismo tiempo, disponer de los bienes eclesiásticos.

No se puede dudar que la situación moral de la iglesia en Francia mejoró durante el reinado de Enrique iv. El edicto de Nantes (1598), cuyo objetivo fue suprimir las guerras de religión, no inspiró confianza a ninguno de los dos partidos. La hostilidad permaneció en los espíritus de ambos campos y el resentimiento proporcionó a los adversarios el arma del insulto a través de escri­tos y discusiones. Para ellos no creó, como hoy nos podría parecer a nosotros, un clima de abertura y de confianza sin reticencias, sino una agitación profunda y una lucha verbal sin tregua 25.

La obra a emprender era gigantesca y requería constancia y empeño. Esta reforma exigía elevar la formación intelectual y el nivel moral en el clero, en los religiosos, en los monasterios. Al mismo tiempo los reyes debían convencerse, dada la misión espiri­tual de la iglesia, de evitar acumular en las mismas manos varios beneficios y de conceder los obispados, los cargos eclesiásticos, abaciales o monacales, a cléricos y religiosos competentes y virtuo­sos, y no a favoritos, ajenos al estado eclesiástico y religioso, ni a

25 Bajo el punto de vista político y religioso las lagunas de lo realizado por Enrique iv aparecen inmediatamente después de su muerte. En su deseo de arreglar una causa, que había sido la suya, deja a sus sucesores una «so­lución bastarda» que les obliga a romper el equívoco. La cuestión religiosa permanece pendiente para la política francesa hasta el asedio de La Rochelle, 1628, y pana la conciencia real hasta la revocación del edicto de Nantes, 1658.

Después del edicto de Nantes, católicos y protestantes se trataron recí­procamente de herejes. Es un hecho que no se puede dudar. Para compren­der los sentimientos de las comunidades protestantes contra los católicos después del edicto de Nantes hasta la revocación, no hay que olvidar en qué términos los católicos hablan de los protestantes y éstos de los católicos. Para darse cuenta de estos sentimientos se puede consultar: F. Veron, 152 y 153; J. Amiont, 2; E. Benoíst, 8; E. G. Léonard, 102; J. Pannier, 128 y 129; J. Vienot, 154; S. Mours, 117.

La mentalidad de Vicente de Baúl, respecto al comportamiento con los protestantes, es muy distinta de la de sus contemporáneos: prohibe a sus misioneros lanzarse en controversias con los pastores protestantes: cf. S. V. I, 295 y XIV, 148 donde se pueden encontrar numerosas referencias. Cf. R. Chalumeau, 30, 322-323; Ch. Berthelot du Chesnay, 10, 9-11.

42 Francia en tiempo de Vicente de Pon

súbditos fieles «. «Es necesario evitar conceder un obispado… a los que se ven obligados a hacer la corte para obtener, por medio de su importunidad, lo que no pueden esperar por su propio mé­rito» 27. Excelente idea, buen pensamiento, pero nos vemos obli­gados a declarar que, como otros muchos excelentes deseos, han sido desmentidos por los hechos.

La reforma espiritual, comenzada en el reino de Enrique DT, se continúa a través de la regencia de María de Médicis y del rei­nado de Luis xiii. Es cierto que a principios de siglo la mayoría del episcopado son hombres de guerra, diplomáticos, financieros, a quienes apenas preocupan los problemas pastorales. Algunos son totalmente indignos. Incapaces de gobernar sus diócesis e ignoran­tes de la significación de los principales misterios de la fe, del sentido del mensaje evangélico, que deben enseñar a sus diocesa­nos, se ven obligados a demisionar en las manos de clérigos in­competentes las funciones episcopales 28. No obstante es preciso también señalar la obra de los obispos llamados reformadores, al­gunos de ellos nombrados por Enrique iv, quienes, ocupándose pastoralmente de sus diócesis, tratan de hacer descubrir a los fieles las exigencias de la vida cristiana.

Las parroquias, especialmente las rurales, están dirigidas por un clero, cuya entrada en el sacerdocio está motivada por ambi­ciones económicas y pretensiones excesivamente humanas. Para muchos es «el más fácil de los oficios» 29. La formación intelectual de la mayoría de los sacerdotes es mínima, en muchos casos, nula. Algunos, parece que ni siquiera saben leer ni escribir. Otros igno­ran, incluso, las palabras de la fórmula de la absolución 30. Muchos no comprenden el significado de las verdades de la fe, el sentido de los sacramentos, ni el valor de la liturgia. Incluso, son abun­dantes quienes no saben administrar los sacramentos ni celebrar la eucaristía 31. Su nivel moral se encuentra a la misma altura. En

26 El rey utiliza los ricos beneficios de la iglesia para recompensar los servicios, a veces detestables, de sus súbditos. No hay por qué extrañarse de que muchos de estos beneficios se encuentren en manos de laicos, niños, protestantes, cf. J. Orcibal, 167, 4.

27 Richelieu, 143, 52.

28 Cf. J. Orcibal, 167, 5, 11-12.

29 P. Coste, 38, I, 284.

3° S.V. XI, 170.

31 Cf. •S.V. XII, 258, 289; P. Coste, 38, I, 287-288.

Aspecto demográfico, económico y social 43

las zonas rurales, sobre todo, la gran mayoría de los sacerdotes, vive en el vicio y apenas se distingue en su género de vida y cos­tumbres de los campesinos. El alcoholismo y la impureza abundan entre ellos 32. En este contexto es normal que la dignidad sacerdo­tal sea «deshonrada» y que el nombre de «sacerdote» equivalga a «ignorante y vicioso» entre las personas honradas «. Los reforma­dores del clero no dudan afirmar que la iglesia encuentra en los sacerdotes a sus «peores enemigos» 34.

Esta abundancia de sacerdotes ignorantes y mediocres 35 no puede, sin embargo, hacer olvidar la existencia, incluso en las parro­quias rurales, de otros pequeños grupos de sacerdotes instruidos y perfectamente capacitados para ejercer dignamente el ministerio. Es menester, pues, formar lentamente un clero, capaz de ejercer con dignidad y competencia las funciones sacerdotales. El objetivo de los reformadores se centra en inspirar un «espíritu nuevo» y en hacer cobrar conciencia del celo apostólico. De esta manera los sacerdotes podrán organizar las parroquias, impulsar a los fieles a la práctica religiosa e impregnarles de la doctrina adaptada a sus necesidades. Sólo así se podrá ejercer en las parroquias una acción más profunda y, en definitiva, más duradera.

obstante esta situación, el clero de Francia, corporación tradicional como la nobleza y la burguesía, goza de una gran in-

32 Cf. S.V. XII, 9; L. Abelly, 1, 1. II, 213, 214; P. Coste, 38, 1, 285­286.

33 Cf. L. Abelly, 1, intr., 3.

34 Cf. J. Orcibal, 167, 9.

35 Es necesario «instruir a los sacerdotes en las cosas relacionadas con su ministerio, lo cual es un bien indecible en Francia dado el número de sacerdotes que hay», declara Bérulle en 1611, cuando funda el Oratorio. El cardenal de Retz escribe en sus Mémoires: «Comencé a examinar la ca­pacidad de todos los sacerdotes de la diócesis, lo cual era, en realidad, de una utilidad inconcebible. Para eso creé tres tribunales, compuestos de ca­nónigos, de párrocos y de religiosos, quienes debían clasificar a todos los sacerdotes en tres categorías, en la primera se encontraban los que estaban capacitados, a quienes se les dejaba en el ejercicio de sus funciones; en la segunda, los que no lo estaban, pero que podían llegar a estarlo; en la ter­cera, los que ni lo estaban ni jamás podían estarlo. A los clasificados en estas dos últimas categorías se les retiraba: se les prohibía el ejercicio de sus funciones; se les colocaba en distintas casas, y a unos se les instruía y a otros se contentaba simplemente con enseñarles las normas de piedad…»: Cardenal de Retz, 141, 50. Cf. L. Cognet, 35, III, 234; J. Ferté, 71, 145­195; J. Delumeau, 42, 233, 234, 270-271, 272, 228, 231, 262, 263-265; S. V. VII, 462; XI, 308-309; XII, 85-86; V, 568.

44 Francia en tiempo de Vicente de Paul

fluencia en la sociedad del siglo xvii. Esta influencia se origina en las riquezas que posee y en los recursos financieros que utiliza. Los bienes constituidos por las propiedades eclesiásticas y religio­sas, a las que hay que añadir las rentas e impuestos por el personal de la iglesia, constituyen un tercio de la riqueza total de la na­ción «. Si la economía del reino no se resiente demasiado, se debe a que el sistema de la colación de beneficios, la comanda, pone en circulación la mayoría de esta riqueza. En el grado superior de la jerarquía, los obispos son personajes importantes, cuya influencia se hace sentir en la política del rey y en la sociedad. El párroco es un «señor» y somete a sus parroquianos al «diezmo».

Dejando aparte su función religiosa, el alto clero reúne entre sus miembros a personas de origen noble o burgués. Con el favor del rey y la confirmación del papa, las diversas noblezas y bur­guesías instalan a sus segundones en el episcopado y en los mejores conventos, en los que viven de las rentas señoriales y de la tierra, unidas a sus funciones. A estas rentas se añaden los beneficios pro­pios de la iglesia, como el diezmo universal, aunque con frecuencia es inferior al diez por ciento. La burguesía comerciante y adminis­trativa instala a sus hijos en los numerosos canonicatos urbanos, generalmente muy ricos y muy atentos a sus beneficios temporales. Exceptuado el bajo clero de los vicarios y de los sacerdotes «ha­bituales», es decir, sin beneficio y sin ministerio pastoral preciso, los párrocos urbanos y rurales gozan de una buena situación, en comparación con la mayoría de los campesinos y de los obreros de la ciudad 37. Las diferencias entre el «bajo» y «alto clero» mani­fiestan que este grupo social se ve sometido, tanto o más que los otros grupos sociales, a la disgregación tradicional del estamento jurídico de la sociedad.

La gran cantidad de sacerdotes, religiosos, religiosas, es otro aspecto de la posición, fuerza e influencia de la iglesia. Una en-

36 Cf. J. Orcibal, 167, 2.

37 El reglamento de Richelieu para todos los asuntos del reino señala que la pensión de los párrocos sea de 300 libras al año: Avenel, 7, II, 174. El artículo 10 del Cahier de la noblesse du bailliage de Troyes, 1651, su­plica al rey tenga a bien ordenar que la pensión de cada párroco sea «al menos de 300 libras por ario, sin comprender los pequeños diezmos y los ofi­cios de la iglesia»: 126, 137. Los estudios recientes de Goubert sobre Beau-vais, de Deyon sobre Amiens, de Le Roy Ladurie sobre Languedoc, nos ma­nifiestan que incluso el bajo clero no era totalmente miserable. Cf. M. J. Meuvret, 165, 47-68.

Aspecto demográfico, económico y social 45

cuesta, realizada con minuciosidad alrededor de 1660, constata 136 arzobispos y obispos, 40.000 párrocos, 40.000 entre vicarios, capellanes, confesores de religiosas, sacerdotes «habituales», 5.000 abades o priores seculares, 16.000 canónigos. Todos ellos suman 101.000 eclesiásticos del clero secular. El número de religiosos es de 82.600, de los cuales 35.600 pertenecen a comunidades, que viven de sus rentas y trabajos, y 47.000 a las órdenes mendicantes antiguas o reformadas, que subsisten y prosperan por la «mendici­dad». Las religiosas alcanzan la cifra de 80.000 y en la encuesta no están incluidas las comunidades fundadas en fecha posterior a la fundación de las ursulinas y salesas 38.

Desgraciadamente muchos sacerdotes, obispos, abades, priores, titulares de beneficios, religiosos, entran en el estado eclesiástico y religioso sin vocación. El ingreso en el rango eclesial o religioso es una promoción social, especialmente en el «alto clero», que les permite acceder a las más altas dignidades sin ser tratados de in­trusos o allegados por la nobleza. El fenómeno llamado del «be­neficio» establece y crea una ruptura entre la función y el estado, .­el oficio y el beneficio, la virtud requerida y la santidad del titular. Esto explica por qué a pesar del gran número de sacerdotes y re­ligiosos el pueblo está muy frecuentemente abandonado. «La li­cencia era tan grande en los monasterios de hombres y de muje­res que no se encontraba, en este tiempo, más que escándalos y malos ejemplos en la mayoría de las personas en quienes se debía buscar la edificación» 39.

Para vitalizar la vida religiosa y cristiana y hacer salir a la igle­sia de su situación de vencida y herida, obispos reformadores, es­pirituales, fundadores, descubren al mismo tiempo una doctrina más coherente y una pastoral más multiforme.

Francisco de Sales —dotado de una «dulzura incomparable, absolutamente necesaria para suavizar la acritud de la herejía y para convencer los espíritus, llegando al corazón» 40— desea «ins­truir a los que viven en las ciudades, en los campos, en la corte». Su intención es comunicar una espiritualidad «intramundana» ca­paz de impulsar a la perfección y de transformar toda existencia humana que vive en el mundo. El califica a este ideal con el nom-

38 Cf. Le nombre des ecclésiatiques de France, 163, 46, 50, 51.

39 Richelieu, 143, 52.
4° A. Arnauld, 6, 590.

46 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

bre de «devoción». El amor a Dios y la vida espiritual deben im­pregnar todas las condiciones sociales, todas las acciones de la vida humana 41. Después de Francisco de Sales, Vicente de Paúl animará a los católicos a ser personas de vida interior y a asistir a los pobres y a quienes se encuentran en dificultad. Al mismo tiem­po hará circular de una condición social a otra la caridad verdade­ramente cristiana.

El clero regular entra, aunque con resistencia, en este nuevo espíritu. Gregorio xv confía al cardenal de la Rochefoucauld la reforma. La empresa es sumamente difícil 42. El objetivo se centra en cambiar un «espíritu feudal y particularista», celoso de sus pri­vilegios, en una actitud de abertura y de adhesión a la iglesia. Al mismo tiempo se requiere evitar las «intrigas» tramadas por las fa­milias nobles y burguesas en el momento de elecciones de abades y priores. A pesar del deseo y del esfuerzo de reforma, las facili­dades y costumbres del pasado impiden que los resultados sean notorios.

Las religiosas acceden más fácilmente a la reforma. La victoria, que se intenta alcanzar, es hacer prevalecer la regla sobre las ex­cepciones, las exigencias del espíritu de la comunidad sobre los usos confortables, la vivencia de la fe sobre la rutina de las cos­tumbres «.

Con la reforma de las órdenes antiguas y a través del desarrollo e institución de las nuevas congregaciones, Francia encuentra el espíritu cristiano, enriquecido con las exigencias del concilio de Trento. Las grandes abadías comienzan a ejercer su influencia espi­ritual y reformadora. Los capuchinos oran, mendigan, pero también predican, misionan, orientan las conciencias de personas importan­tes y esclarecen los espíritus con su misticismo. La Compañía de Je­sús es tan alabada como discutida. Sus miembros forman en sus colegios a los hijos de la nobleza y de la burguesía. Los confeso­res del rey son jesuitas y no faltan en la Compañía teólogos, es­critores, humanistas con gran influencia en el mundo de la cultura.

Entre las comunidades religiosas femeninas circulan un movi­miento de impulso renovador, que no es exclusivo de Port-Royal.

41 Cf. L. Cognet, 35, 234-237, 275-277.

42 Oír hablar de reforma «ha hecho remover más a los frailes que el primer toque de maitines»: Le nombre des ecolésiatiques de France, 163, 12.

43 Cf. H. Bremond, 23, II, 395-536.

Aspecto demográfico, económico y social 47

Las carmelitas, ayudadas por la señora Acarie, Bérulle, Duval, se establecen en Francia y se propagan rápidamente. En 1660 son 3.000 y tienen 40 conventos 44. Las ursulinas, dedicadas a la ense­ñanza de las hijas de la nobleza y de la burguesía, crecen a un ritmo rápido. En 1660 suman 9.000 distribuidas en 300 casas 45. Las calesas, fundadas por Francisco de Sales, reciben en sus con­ventos a jóvenes y señoras provenientes de la burguesía. En 1660 alcanzan la cifra de 7.000 46.

De 1600 a 1630 se restauran las abadías y se multiplican los monasterios y los conventos en el reino. Solamente en la capital el número se triplica 47. El decoro material de las capillas monásticas y conventuales y el espíritu religioso-litúrgico que las anima, atraen a los fieles. Las iglesias parroquiales son, en consecuencia, menos frecuentadas.

El clero secular avanza más lentamente en este esfuerzo de renovación. Bérulle, Bourdoise, Vicente de Paúl, Olier, tratan de impulsar este movimiento de reforma. Este trabajo largo y lento lo comienza Bourdoise en 1627. Para impedir el acceso en el rango clerical, a quienes no tienen otra motivación que la consecución de beneficios eclesiásticos, este reformador recuerda que la tonsura es el primer paso hacia el compromiso sacerdotal 48.

Vicente de Paúl, por su parte, organiza los ejercicios para los ordenandos. La primera experiencia la realiza en Beauvais el mes de septiembre de 1628 49. El objetivo de dichos ejercicios, de quin­ce días de duración, es hacer cobrar conciencia a los ejercitantes de las exigencias del espíritu sacerdotal y de las responsabilidades del ministerio sacerdotal 50. En dos semanas no se puede formar a un sacerdote. La eficacia de los ejercicios es apreciable, pero limitada. Para continuar la formación de los sacerdotes, Vicente crea el año 1633 «la conferencia de los martes» para los sacerdotes de París. El fin es «honrar la vida de Nuestro Señor Jesucristo, su sacerdocio

44 Cf. Le nombre des ecclésiastiques de France, 163, 50; J. Orcibal, 167,17 .

45 Cf. Le nombre des ecclésiastiques de France, 163, 50; J. Orcibal, 167, 18.

46 Cf. Le nombre des ecclésiastiques de France, 163, 50.

47 Cf. J. Orcibal, 167, 21.

48 Cf. J. Ferté, 71, 148-149.

49 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 177.

50 Cf. Ibid., 1. II, 212-237; P. Coste, 38, I, 297-350.

48 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

eterno… su amor a los pobres». El deseo de esta imitación es «pro­curar la gloria de Dios en el estado eclesiástico, en su familia y en­tre los pobres, incluso los del campo» 51.

Habrá que esperar hacia 1642 para que la formación de los clérigos sea más intensa, sistemática y duradera. Para conseguirlo se establecen en París varios seminarios. El arzobispo de París co­noce su existencia y el cardenal de Richelieu los ayuda económica­mente 52. El oratorio, Olier, Vicente de Paúl, Bourdoise, son los artífices de la obra. Todos ellos tratan de formar a los clérigos, pero cada una guarda su estilo propio. La unidad de acción no suprime la diversidad de orientación. La variedad de ministerios, la pluralidad de lugares donde se ejerce, la complejidad de los candi­datos al sacerdocio, exigen una formación distinta. Los formadores del clero utilizan, cada uno según su espíritu, los medios más apropiados para conseguir su objetivo 52.

A pesar de las dificultades, inherentes a la obra de reforma, el movimiento reformador se continúa durante el reinado de Luis my. Si no se pueden extender en exceso los resultados de este im­pulso transformador, tampoco se pueden olvidar sus progresos. Si muchas esperanzas no son colmadas, si la vida moral y espiritual de la nación no mejora al ritmo deseado, no se puede negar el alcan­ce y la significación de esta reforma de la iglesia en tiempo de Vi­cente de Paúl. Si este «siglo de las almas», si este «siglo de san­tos», no reúne en la santidad a toda una sociedad, no se puede ig­norar que la perfección cristiana es exigente. Místicos, espirituales, fundadores, descubren, a través de los acontecimientos, los signos de la gracia exigente y conmovedora. Ellos tratan de formar al clero para hacerle más capaz de cumplir su misión pastoral y caritativa y de concientizar a los fieles para invitarles a vivir en profundidad las exigencias del cristianismo.

51 S.V. XIII, 128; cf. L. Abelly, 1, 1. I, 123-126; 1. II, 245-255; P. Coste, 38, II, 298-344.

52 a. J. Ferté, 71, 151.

53 Cf. S.V. XIII, 185.

Las finanzas reales 49

  1. LAS FINANZAS REALES

El territorio francés de 1600 sugiere fronteras sensiblemente diferentes de las de Francia en la actualidad. La diferencia se si­túa sobre todo en el norte’. El simple enunciado de fronteras evo­ca los problemas de política exterior, que se hicieron sentir du­rante el reinado de Luis mil.

Esta Francia de 1610 no constituye una nación coherente y uni­da como la actual. Las diferencias, particularidades y particularis-mos dañan mucho su unidad. La masa es inculta, hoy diríamos anal­fabeta, de donde surge la dificultad de comprender una política. La élite social, la que puede interesarse por los grandes aconteci­mientos y por las razones generales de la política, es sin duda im­portante y diversa. Ella reúne, a pesar de las virulencias y de los prejuicios de una «estratificación social», al clero, a la nobleza, y a la burguesía de funcionarios y de negociantes.

La historia política debe interesarse tanto por los grandes acon­tecimientos, adornados de anécdotas, como por las realidades, sin las cuales no es posible política alguna: las condiciones económicas del país donde se ejerce, la mentalidad de una opinión que le opo­ne resistencia, o la soporta, o que la aprueba y la ayuda.

Es necesario preguntarse: ¿por qué, a pesar de la riqueza re­lativa del país 2, las finanzas reales se encuentran siempre en défi­cit? En las respuestas obtenidas, suministradas por los aconteci­mientos y las necesidades, podemos encontrar, quizás, la causa más importante de la miseria sufrida por un pueblo. La situación fi­nanciera del estado durante la regencia de María de Médicis, el reinado de Luis XIII, los gobiernos de Richelieu y de Mazarino, ¿pueden explicar la carga fiscal y las sumas crecientes de los im­puestos, los levantamientos y rebeliones de un pueblo, más o me­nos fiel a su rey sagrado, delegado del poder de Dios, para el go­bierno temporal de sus súbditos? Tratando de cristalizar la res­puesta, se puede afirmar que esta penuria financiera del estado pro­viene de la crisis general de las finanzas, provocada por las crisis

1 Cf. G. Hanotaux, 90, 18-19.

2 «Francia sería excesivamente rica y el pueblo estaría en la abundancia si no soportara la disipación de los bienes públicos que los demás estados gastan con moderación»: Richelieu, 143, 327; cf. 146-149, 327-329, 347.

50 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

cíclicas y por el gobierno real, instalado desde 1610 a 1660 en la «guerra y en el despilfarro», sin olvidar la influencia de los hombres de dinero. Las necesidades de la diplomacia de la monarquía y la guerra obligan al gobierno a doblar o triplicar los impuestos. Esta situación crea una contradicción entre la economía y la política, que suscita el descontento en el reino y multiplica las rebeliones populares.

Si hablamos de esta cuestión, lo hacemos especialmente para llegar a comprender un poco mejor la enorme miseria sufrida por un pueblo, en medio del cual, Vicente de Paúl iba a ejercer el servicio continuo de los pobres. La realidad socio-económica tiene una influencia capital en las opiniones y en el espíritu de algunos hombres espirituales.

Como muchos estados europeos, el reino de Francia sufre la casi imposibilidad de prever sus recursos financieros y de regulari­zar sobre ellos sus gastos futuros: la unidad de presupuesto no existe. Pero, el mayor mal de la economía francesa de 1610 a 1660 consiste en su desorden y el remedio no puede depender de una sola voluntad humana.

Las dos fuentes del tesoro son las rentas del patrimonio real y los impuestos. Pero la mayor parte de los bienes del patrimonio están arrendados, es decir, vendidos a los particulares, bajo reser­va de retroventa posible, y la suma total de impuestos no llega jamás al tesoro real 3. De los impuestos directos, el principal es la «talla», excesivamente gravosa en sí misma y todavía más opresiva dada la manera de recaudarla 4.

3 Cf. Avenel, 7, II, 160, 179, 207-211, 301, 302, 330…; Cimber y Danjou, 33, 2.a serie, IV, 58-65: «Memoria de la situación de las finanzas desde 1616-1644». Para conocer el funcionamiento de las finanzas reales cf. R. Mousnier, 118, 433-453, 400-415.

4 Cf. Avenel, 7, II, 176, 323, 326; Richelieu, 143, 143, 146, 147, 148, 349. Por todas partes del reino se encuentra que la contribución aplasta a los contribuyentes, lo mismo que las quejas de éstos contra los acreedores de las contribuciones, que realizan la percepción; cf. R. Mousnier, 120, I, 248, 255, 352, 381, 412, 495, 525, 615, 640; II, 703, 778, 807, 828. Hacia 1630, Angulema debe pagar 4.500 libras en dos años, lo cual parece ya excesivo a los habitantes en comparación con lo que acostumbran a pagar, pero desde 1632, la contribución de la ciudad alcanza 69.000 libras por seis años; cf. P. Boissonnade, 13, 27-29. «En tres años, 1637-1639, el rey ob­tiene más de siete millones de sus súbditos de Normandía, pero las cargas de asuntos extraordinarios se habían añadido a•la fuente regular de impues­tos»: M. Foisil, 78, 67; cf. 62-114, 152-160.

Las finanzas reales 51

El consejo fija cada año su importe teniendo en cuenta las in­dicaciones de los años anteriores y los gastos previstos. Los teso­reros de Francia y los recaudadores se encargan de la asignación y de la recaudación. Desgraciadamente, el cálculo de la contabili­dad de las entradas en beneficio del rey y se hace lentamente y sus complicadas operaciones exigen bastante tiempo antes que el im­porte llegue al servicio central, al tesoro público. Con frecuencia el rey se ve obligado a pedir un préstamo a la caja personal del tesorero. Pero, muchas veces, este préstamo no lo hace de su fortu-

La renta general es una calamidad por su cotización muy elevada, por su distribución, por la «persecución solidaria» de los contribuyentes, que obliga a los que cotizan a pagar el impuesto de los insolventes. Los agentes del fisco arrebatan todos los bienes de estos últimos. Libres de todo es­crúpulo, los empleados de los arrendatarios de las rentas reales organizan el terror con ayuda de los soldados, imponen el más siniestro bandidaje con la peor voluntad. Se les ve apropiarse de las rebajas impuestas por el rey a los contribuyentes y declarar insolventes a las comunidades rurales que han pagado: cf. P. Boissonnande, 13, 30-31.

El Cahier des remontrances de la noblesse d’Angoumois señala: someti­dos a impuestos excesivamente gravosos, los campesinos no pueden pagar lo que deben a los nobles. Lo más grave no es la cotización de la renta general, sino la manera como se percibe: el estado ha dejado esta función a los arrendadores de rentas quienes obran de acuerdo con los intendentes, la fuerza pública (fusileros y sargentos) y los comerciantes. Bajo pretexto de los gastos que originan el cobro del impuesto, los codiciosos arrendadores de rentas aumentan a su gusto la cantidad que deben pagar los contribuyen­tes. Todas las astucias sirven para arruinar a los desdichados campesinos. No se les comunica hasta el mes de julio lo que tienen que pagar, lo que les obliga a pagar tres trimestres al mismo tiempo. Al no poderlo hacer, por falta de previsión, se les obliga a vender inmediatamente el trigo y el vino a los comerciantes, quienes, precisamente, actúan de acuerdo con los recaudadores de impuestos: 126, 80-81 y 81-82, artículos 5 y 6.

Las mismas quejas se encuentran en el Cahier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyes: «Es necesario liberar a todos los campesinos de la miseria y opresión en la que les han metido los desórdenes introducidos por el estado», se escribe en el preámbulo. Al mismo tiempo señala la can­tidad desenfrenada de sargentos, que no viven más que de la sangre del pobre pueblo, y que debiera ser suprimida: art. 54. Todas las invenciones de los recaudadores de impuestos desaparecerían de esta manera y las rentas generales y el impuesto de la sal volverían a ser los de antes: art. 77. Los enemigos de la nobleza (art. 22), del rey (art. 74) y del pueblo (art. 77) son, especialmente, los arrendadores de las rentas, quienes pueden comprar toda clase de funciones públicas para sus hijos (art. 23). Los oficiales de justicia y de finanzas, cuyo número no cesa de aumentar, contribuyen tam­bién a la ruina del país (arts. 23 y 45): cf. 126, 134, 149, 153-154, 139, 152, 157, 140, 146. Para ver cómo aumenta la renta general entre 1610 y 1651, cf. (art. 72) 152: esta «suma es tan excesiva que el pueblo ya no puede pagarla».

52 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

na privada, sino de los fondos del estado 5. Excelente sistema em­pleado por los servidores juzgados como los más honrados de la mo­narquía, y que es capaz de crear una fortuna privada considerable, empobreciendo los fondos del rey. Evidentemente, estos servido­res se creen virtuosos, piensan tener razón. En ocasiones se hacen las víctimas y con frecuencia son verdugos que se congratulan de serlo.

A esta administración desordenada se añade la dificultad de per­cibir la contribución. En todo el reino se organiza una verdadera deserción ante el impuesto. Los medios de eximirse no faltan y se llega a conseguirlo. En definitiva no la pagan más que los pobres y los inhábiles que no han podido encontrar ningún medio de li­berarse.

No se puede admitir que haya mayor honradez o claridad en el sistema de impuestos indirectos, cuya lista completa sería tan larga que, incluso los mejores especialistas, tienen dificultad en es­tablecerla 6. Estos impuestos no son recaudados por los funciona­rios del estado, sino por financieros o arrendatarios que han reali­zado un contrato con el rey. El negocio puede ser ventajoso para el tesoro y el arrendatario de impuestos. A veces resulta ser perju­dicial para los dos. Con frecuencia el perjudicado en el contrato es el tesoro.

Los recursos del estado son mediocres y difícilmente asegu­rados. Por el contrario las cargas son grandes y diversas, a veces aplastantes: gastos militares —siempre inmensos, en ocasiones abrumadores para el conjunto del país—, despilfarro de la corte, entrega de pensiones a la nobleza de la corte, a los clientes en el extranjero y a los informadores secretos, sin olvidar que el rey firma, con frecuencia, órdenes al tesorero del estado para que pa­gue una suma, sin justificación del gasto. El tesorero debe estar siempre preparado para realizar estas operaciones. Para él, lo peor

5 Cf. Avenel, 7, II, 177-178, 207-211, 302; Richelieu, 143, 146-149, donde habla de los oficiales de finanzas, y 328.

6 «En el año 1644, solamente en lo que se refiere a la ciudad de Limo-ges, he contado en los documentos 432 tasas» sobre productos y objetos, es­cribe R. Mousnier, 124, 10. Cf. Cahier des remontrances de la noblesse d’Angoumois, 126, 85-87, arts. 12-14. En una carta de D’Orgeval (Aurillac, 23 de octubre de 1636) enviada al canciller Séguier, se constata: «La per­cepción de los pequeños derechos es superior a la de la renta general»: R. Mousnier, 120, I, 335.

Las finanzas reales 53

no es tanto el precio elevado de estas obligaciones, sino la imposi­bilidad de prever la cuantía.

Situación de las finanzas a la llegada de Richelieu

Cuando Richelieu reaparece en el consejo del rey el 29 de abril de 1624 (lo había abandonado siete años antes), la situación financiera del estado es desastrosa. El tesoro, demasiado empo­brecido después de la «alegre regencia» de María de Médicis, tie­ne que hacer frente a las exigencias, continuamente crecientes, del estado.

Proclamada regente del reino, María de Médicis se convirtió en instrumento dócil entre las manos de Concini. Lo más urgente fue comprar la tolerancia de los príncipes y de los grandes señores de la corte. Jeannin evalúa el conjunto de dones concedidos en­tonces a este pequeño grupo de príncipes (Condé, Epernon, Boui-llon, Bellegarde) en nueve millones de libras 7.

Sully, mantenido en la dirección de los asuntos económicos, no contaba ya para nada. En las sesiones del consejo se comenzó a conceder rebajas a los arrendatarios de impuestos y a aumentar el importe y el número de pensiones. Al mismo tiempo se crearon nuevos oficios en serie, para venderlos inmediatamente al que más pagara, y exenciones de impuestos, llamadas derechos fiscales, cuyo tráfico se reveló especialmente fructuoso.

Al cabo de ocho meses, Sully decidió retirarse. Desde entonces, el despilfarro de los fondos del estado no conoció límites. María de Médicis, de 1610 a 1614, agotó las reservas de oro controladas por el tesorero del estado.

En 1614, Luis XIII, cumplidos los trece años, es declarado mayor de edad. El momento fue propicio para apoderarse del go­bierno del reino. Príncipes y grandes abandonaron bruscamente la corte. Unos meses más tarde comenzaron las negociaciones con la regente. El precio de un mes de regateos fue el dinero ofrecido a los grandes y el compromiso de la reina de reunir los estados generales en el transcurso del año. De hecho, se reunieron el 27 de octubre del mismo año.

7 Jeannin, 94, 2.a serie, IV, 679. Cf. Avenel, 7, I, 230-234; R. Mousnier, 118, 436.

54 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

A principios de diciembre, los diputados del tercer estado qui­sieron conocer la situación de las finanzas públicas. Una comisión formada por representantes de los tres «estamentos» fue infor­mada de los gastos e ingresos. Sumando las cantidades, la comisión comprobó que la suma de los gastos en 1614 superaba en más de cuatro millones, con relación al último año del reinado de Enrique ‘v. Paralelamente, los ingresos habían disminuido alrededor de cinco millones. El resultado era un déficit anual de nueve millones, es decir, treinta y seis millones durante los cuatro años que acaba­ban de transcurrir 8.

Desaparecidos los diputados, nadie pensó más en ellos ni en sus pliegos de condiciones. Los desórdenes y los abusos continua­ron como en el pasado. El asesinato de Concini no aportó apenas ningún cambio. El desorden acaecido en las finanzas, se continuó con el duque de Luynes. Los superintendentes de finanzas, que se sucedieron entre Jeannin y Marillac, continuaron la misma política de presupuestos. De ella resultó el mismo vacío en las cajas del te­soro y los mismos desesperados esfuerzos para procurarse dinero. Cuando Luis xin parte para Bretaña, no hay «ni siquiera una mo­neda» que se pueda llevar. Los fondos del año en curso están to­talmente agotados y gastada una cantidad importante de los de 1627. Los arrendamientos no producen nada, puesto que han sido concedidos a los arrendatarios para permitirles reembolsarse los anticipos hechos por ellos al tesoro el año anterior. Se debe la soldada de dos años o dos años y medio a las tropas del interior. Las que se encuentran en el campo de batalla no han recibido nada desde hace ocho meses. La suma que se debe al ejército y a la nobleza de la corte asciende a más de veinte millones de libras °.

Richelieu, al subir al poder, aporta una experiencia muy valio­sa: las dificultades de su juventud, sus comienzos en LuQon, le habían dado el sentido de la realidad; su Poitou enlodado fue una buena escuela para él: allí aprendió a conocer a los pobres cam­pesinos. Y en cuanto a la otra extremidad del mundo social, nadie mejor que él conoce la corte. Una de sus frases resume este mun­do: «Cada uno medía su mérito por su audacia» 10. Buen estra-

Utilizamos las cifras dadas por Clamageran en Histoire de l’impót en France II y reproducidas por G. Walter en la introducción de La journée des Dupes, de G. Mongredien, 114, XV.

9 Cf. Avenel, 7, III, 499-500.

10 Richelieu, 143, 6.

Las finanzas reales 55

tega, no se le escapa ningún detalle, ni del reclutamiento de tropas, ni de la dirección de los regimientos. Excelente diplomático, juzga que la opinión extranjera tiene gran valor, y en consecuencia, pien­sa se debe tener en cuenta la acción de Francia en el exterior.

Los proyectos de reforma de Richelieu:

La rectificación de las finanzas, una buena idea (1625-1626)

En 1624 Richelieu proclamó el objetivo de su política: «Real­zar el nombre del rey en las naciones extranjeras», pero a la vez intenta realizar una política nacional y real, por consiguiente, de malas consecuencias para los protestantes. Al mismo tiempo debe iluminar y orientar la mentalidad indecisa con respecto a ciertas opiniones entre los católicos.

En 1625 proyecta un reglamento casi revolucionario para todos los asuntos del reino. En el consejo, reunido en Fontainebleau (29 de septiembre de 1625), el cardenal declara que prefiere la paz a la guerra, pero que, dadas las circunstancias del momento, el rey perdería su prestigio interrumpiendo ¡las acciones militares comenzadas. En este reglamento busca la grandeza del reino y el servicio al rey 11.

A finales de 1626 Richelieu llega a convencer a Luis xiii para que convoque en París una Asamblea de Notables para realizar la reforma del reino. Es necesario realzar la autoridad del rey, ha­cerla efectiva, terminar con los abusos que la han comprometido. En realidad la gran preocupación de Richelieu consiste en corregir los abusos del reino, a fin de procurar al rey mayores recursos fi­nancieros e introducir en las mentalidades ideas conformes al in­terés del estado y, a la vez, beneficiosas para los intereses particu­lares. Richelieu, en esta sesión de apertura, dice: «Esta asamblea debe ser corta, en cuanto al tiempo, pero perpetua en cuanto a la duración de los frutos que producirá» 12. Intenta, por una refor­ma interior, permitir al país adoptar una política de independencia, cuya fuerza le permita, quizás, elegir el momento de la guerra con­tra España. El mismo afirma én esta sesión: «cuando se trate de resistir a alguna empresa extranjera… cuando se presente la oca­sión de ejecutar algún designio útil y glorioso para el estado, de

11 Cf. Avenel, 7, II, 120-121, 168-183.

12 Cf. Ibid., 203.

56 Francia en tiempo de Vicente de Pata’

ninguna manera se perderá la ocasión, por falta de dinero» 13. La reforma interior, en el pensamiento de Richelieu, debe ser una fuer­za para la guerra del mañana.

La idea de Richelieu acerca de la rectificación de las finanzas contiene a la vez: la corrección de los antiguos abusos, la prepa­ración de una nueva economía, que asegure la independencia del país frente al extranjero y una mejor utilización de la riqueza na­tural 14. También habla de elevar el nivel de las finanzas revisando las deudas y volviendo a comprar la parte del patrimonio real ena­jenada 15. La primera necesidad fiscal, según su opinión, es reducir los gastos, allí donde fuese posible 16. El rey da ejemplo suprimien­do los altos servicios de la casa real 17.

Richelieu hubiese querido que la empresa de reforma fuese re­volucionaria por sus resultados, pero prudente en su aplicación: «Para establecer el estado en su primitivo esplendor, no se necesi­tan muchas ordenanzas, sino ejecuciones concretas» 18. Anterior­mente había dicho: «Es necesario, a todo precio, o dejar este reino expuesto a los atentados y malos designios de quienes meditan to­dos los días su abatimiento y su ruina, o encontrar los medios segu­ros de garantizarlo» 12. Y añade esta frase que expresa perfecta­mente la gran intención renovadora: «La intención del rey es organizarlo de tal manera que su reino iguale y supere a los mejores del tiempo pasado y sirva de ejemplo a los del futuro» 20. Hablando de la retroventa del patrimonio real, el cardenal asegura una doc­trina de honradez por parte del estado, fundamento de la confianza que los particulares pueden tener en él: «No se trata de retirar, con el poder de la autoridad, lo que los particulares poseen de buena fe. La mayor ganancia que pueden obtener los reyes y los estados es conservar la confianza pública, que contiene en sí un fondo ina­gotable, puesto que siempre es necesario recurrir a ella» 21.

13 Cf. Ibid., 302.

14 Cf. Ibid., 208-211.

15 Cf. Ibid., 301-302.

16 Cf. Ibid., 300-301.

17 Cf. Ibid., 300.

18 Ibid., 303.

19 Ibid., 299.

20 Ibid., 299.

21 Ibid., 301; cf. Richelieu, 143, 333 y 122-123.

Las finanzas reales 57

De la idea de 1625 a la realidad de 1627, sobre la rectificación de las finanzas

El 11 de enero de 1627 22, Richelieu presenta una memoria de 14 artículos, en la que propone las reformas a realizar «. En estas proposiciones no se dice nada acerca de la compraventa de las funciones públicas ni del impuesto anual exigido por el estado, para que el funcionario conserve su cargo público. Sin embargo, si alguna reforma parece esencial para el futuro del reino, es pre­cisamente ésta. Riohelieu lo había reconocido en 1625. ¿Por qué no habla de ella en 1627? Quizás a causa de la guerra, que se piensa próxima, pero, sobre todo, porque las mentalidades parecen poco preparadas para aceptarla y porque él mismo se da cuenta de que las finanzas no tienen la posibilidad de efectuar la compraventa ne­cesaria. Para elevar el nivel de las finanzas es necesario llegar al equilibrio del presupuesto de gastos e ingresos. Pero, según el re­glamento de 1624, los gastos superaban en diez millones a las en tradas ordinarias y, por añadidura, el rey había contraído una deuda de cincuenta y dos millones de libras 24.

En el conjunto del programa presentado por Richelieu, una idea aparece clara y es, sin duda, definitiva: la marina y el co­mercio 25 y, por consiguiente, la guerra. Al desear una transfor­mación de las ideas y de las costumbres, intenta un cambio en la orientación de la enseñanza y, para la juventud, una formación técnica y comercial. Dos principios fundamentales deben orientar la enseñanza: la fidelidad a la iglesia y la obediencia al rey. En 1625 había afirmado: la guerra y el comercio «engrandecen los estados», sin olvidar añadir: «La experiencia nos hace conocer cuánto interesa tener en todas partes personas capaces de instruir al pueblo en las verdades de fe y en resistir a la herejía» 26. En su Testamento político afirma: «La juventud debe destinar su vida al ejército o emplearla en el comercio» 27.

22 Cf. Avenel, 7, II, 317 en la nota, acerca de la fecha en la que se presentaron estas proposiciones.

23 Ibid., 315-334.

24 Cf. Ibid., 318, nota 3; Richelieu, 143, 344.

25 Cf. Avenel, 7, II, 163-164, 290-292, 561-562; III, 177-178, 178-179; Richelieu, 143, 299-312, 312-325.

26 Avenel, 7, II, 181.

27 Cf. Richelieu, 143, 105-107.

58 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

Los recursos del estado durante el ministerio de Richelieu

Ridhelieu se había atrevido a decir en presencia del rey (2 de diciembre de 1626): «Se pueden encontrar recursos mediante los cuales, en seis años, se verá el resultado y la perfección del pro­grama de las grandes reformas» 28. ¿Obtuvo el resultado de esta gran política? ¿Encontró malas intenciones y funestos designios a su plan de reforma? La organización del país, el sistema admi­nistrativo ¿respondieron de cerca a su programa? ¿consintió en ver caer en la extrema miseria a un pueblo, por realzar la gloria de un estado?

Hay que afirmar que los seis años previstos no consiguen rea­lizar el programa proyectado por Richelieu. Estos años no produ­cen, tampoco, los resultados ansiados. Es cierto que el deseo de realizar una obra completa no desaparece jamás de su espíritu, pero no es menos exacto que Richelieu no logrará ver el fin y la perfec­ción de esta obra. Las circunstancias le apartan de ello, por tener que afrontar problemas más urgentes, relativos a todos los asuntos del reino. Quizás él mismo tuvo que confesarse la realidad de la queja dirigida al rey el 16 de septiembre de 1635, incluida en el Testamento político: «La experiencia es demasiado grande para no considerar que jamás, en los grandes negocios, los efectos respon­den con exactitud a todas las órdenes que se han dado» 29.

Después de «La Journée des Dupes» (10 de noviembre de 1630), el cardenal decide la elección de su política. Luis xm con­sentirá, sostendrá la decisión de esta elección. Semejante política de gastos diplomáticos, de guerra y de grandeza costará cara y será dura de llevar. No se negocia con las naciones extranjeras sin dinero, no se hace la guerra sin mucho dinero y sin poseer el cora­zón de los súbditos. Richelieu está, seguramente, convencido de ello, pero pasa por encima de esta convicción, porque el dinero para ganar la guerra, no depende únicamente del superintendente de finanzas y la población no siempre consiente en pagar los im­puestos, o no siempre puede hacerlo. Por añadidura, la falta de fidelidad de los príncipes, de los gobernadores, de los oficiales, pue­de impedir que las cosas se desarrollen con orden. El pueblo, si no siempre tiene la capacidad de juzgar y menos todavía de discutir

28 Avenel, 7, II, 303.

29 Ibid., V, 231; Richelieu, 143, 163.

Las finanzas reales 59

los sacrificios que se le exigen 3D, puede sublevarse. Los negocios comerciales, más soñados que realizados, no siempre manifiestan una mayor circulación de riquezas.

Como todo hombre político, Richelieu estuvo condicionado por las circunstancias que le rodeaban. Se vio obligado a componer su plan con muchas más fuerzas de las que poseía. Decepcionante o admirable, la política de Richelieu, «asombrosamente audaz», ten­drá un precio: la extrema miseria de un pueblo.

A partir de 1630, los bienes del estado y del país deben con­tribuir a pagar los gastos diplomáticos y, a partir de 1635, tienen que afrontar el presupuesto de la guerra 31. Esto quiere decir que el programa de reforma, examinado en 1625-1626, debe permane­cer subordinado a las necesidades fiscales, que enriquecerán excesi­vamente a algunas personas, empobreciendo al mismo tiempo al estado y al pueblo.

Richelieu confía la tarea dura y molesta de buscar dinero al superintendente de finanzas, Bullion. Este tendrá toda la confianza del ministro 32. El precio de esta firma en blanco será la de propor­cionar, en todo momento, el dinero requerido para cubrir los gas­tos. Si éstos llegan a ser superiores a las entradas ordinarias del tesoro (cosa que sucede siempre), Bullion tendrá que aumentar su imaginación para crear nuevos impuestos y nuevas funciones, man­tener la sucesión de los cargos públicos, asimilar los llamados países de estado a los países de elección, pedir préstamos a los arrenda­tarios del patrimonio real. Lo que tiene que hacer es encontrar dinero contante, incluso si esta búsqueda ha de multiplicar los abusos existentes, que padece Francia. Esta determinación de Ri-chelieu de someterse al superintendente en los asuntos económi­cos, no le impide estimular enérgicamente a los comisionados para perseguir a los contribuyentes y alentar todos los esfuerzos desple­gados en orden a aumentar el efectivo de los impuestos.

La primera preocupación de Richelieu es salir de una situa-

3° Richelieu, 143, 149-151.

31 En la instrucción de Estrades enviada al príncipe de Orange (Ho­landa) el 22 de noviembre de 1639 se lee: «Los gastos excesivos que el rey se ve obligado a hacer, a causa de la guerra… no bajan de cincuenta millo­nes, y unidos a los veinte que cuestan los otros gastos del estado, obligan a buscar todos los años setenta millones, por el contrario, la renta ordina­ria del reino no es más que la mitad»: Avenel, 7, VI, 614.

32 Cf. ‘bid., IV, 728.

60 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

ción precaria y llegar a una paz general y segura, pero no piensa poder conseguirlo sin pasar por la guerra. Estableciendo una je­rarquía de valores en sus acciones, el cardenal entra en una política de guerra. Pero, esta guerra, declarada para asegurar una paz de larga duración, durante la cual el estado se enriquecería por la potencia del comercio as, reduce cada día a los campesinos al ma­lestar, incluso a la miseria, endeuda sin cesar al tesoro, enrique­ciendo demasiado a los funcionarios, comerciantes y arrendatarios que poseen cantidades disponibles 34.

A la muerte de Richelieu, la guerra continúa. Se está aún lejos de conseguir la paz. El drama social de esta política va a conti­nuarse todavía mediante diecisiete años de guerra (1642-1659): recaerían sobre el pueblo nuevas miserias y nuevas exigencias de la fiscalía real. ¿Las circunstancias desengañaron de una manera cruel a Richelieu de su programa de acción examinado en 1625­1626? Cualquiera que sea la respuesta, debemos hacer constar que su política no llegó a solucionar el drama social de la grandeza de un estado y de la miseria de un pueblo.

¿Olvidó Riohelieu durante su ministerio lo que conocía per­fectamente en 1626? Nadie lo sabe, pero muy bien se puede dudar de que así fuera. Sin embargo, «las nuevas imposiciones que el pueblo no podría soportar más» 35, él las aumentó. «Las bolsas de los arrendatarios del patrimonio real» «con frecuencia llenas del dinero del rey», fue él mismo quien contribuyó a llenarlas de­masiado con el dinero del rey, y también fue él quien «cortejó» y obligó a «cortejar a los financieros» 35.

Situación de las finanzas durante el ministerio de Mazarino

A la muerte de Luis x111(14 de mayo de 1643), las rentas del patrimonio real de 1643 a 1646 ya están contratadas, es decir, empeñadas 37. El lunes, 29 de febrero de 1644, d’Emery parece

33 «Es un dicho común, pero exacto, que de la misma manera que los estados aumentan con frecuencia su extensión por la guerra, se enriquecen ordinariamente durante la paz por el comercio»: Richelieu, 143, 313.

34 En los últimos días del año 1640, Bullion declara su penuria finan­ciera. El tesoro público «necesitaba 32 millones de francos para hacer frente a los gastos del año 1641»: cf. Avenel, 7, VI, 744, en la nota.

35 Ibid., II, 301.

36 Ibid., 302.

37 Cf. Lavisse, 100, VII, 27; Lorris, 107, 25.

Las finanzas reales 61

descontento y comienza a quejarse de los grandes gastos. Necesita «ochenta millones» de libras y no ha encontrado más que «cincuen­ta y seis millones». «No ve cómo poder subsistir durante el año 1645». «Todo está perdido, añade, si Dios no pone la mano» 38. D’Emery va a ejercer su cargo en una época en la que nadie puede escapar a este dilema: hacer bancarrota o crear nuevos impuestos. La bancarrota supone, en poco tiempo, la deserción de los merce­narios y la derrota militar. Se requiere, pues, determinarse a pro­clamar nuevos impuestos. Para lograrlo el superintendente de fi­nanzas ¡tuvo que dar pruebas de su gran imaginación!

Mazarino, agotado por las guerras y perseguido por las rebe­liones, se encuentra ante un tesoro en déficit. Las cajas están va­cías. Se requiere a todo precio, e inmediatamente, encontrar al­gunos cientos de miles de libras para continuar la guerra, alimentar y conservar las guarniciones, pagar a los aliados, doblar las pensio­nes, pagar las rentas, comprar hombres y víveres, distraer a la corte… ¿Cómo conseguir el dinero? ¿Dónde poder encontrarlo? Porque el ministro tiene necesidad de cantidades enormes paró salvar al estado.

Para salir de esta eterna tormenta financiera, Mazarino se diri­ge especialmente a los superintendentes de finanzas, cuya situación es excepcional y preponderante, sin dejar de hablar o de escribir a los tesoreros o a los inspectores generales. En su correspondencia, que no es poca, se encuentran, con frecuencia, fórmulas de peticio­nes semejantes a éstas: «Necesito tanto para tal fecha». «Me es ne­cesario tanto para tal otra fecha». En el momento de la bancarrota de 1648 —que provoca la guerra civil y arrebata el crédito al rey 39– las personas que tienen crédito y dinero reciben títulos de nobleza para hacerles adelantar el dinero y las ayudas necesa­rias. El 11 de julio de 1648, Chéruel relata: «Se dice en el consejo que el rey está con una deuda de 154 millones y que no hay ni un céntimo en la caja» 40. En noviembre de 1655, Mazarino pide a Fouquet 300.000 libras para comprar al mariscal d’Hocquincourt, que amenaza con entregar las ciudades de Péronne y Ham a Es­paña, en lugar de entregárselas al rey «. En julio de 1656, des-

38 M. Chéruel, 31, I, 156.

39 Ibid., 559, 562.

49 Ibid., 542.

41 Cf. M. Boulenger, 20, 58, n. 54.

62 Francia en tiempo de Vicente de Poli

pués de la derrota de Valenciennes, existe la misma penuria fi­nanciera: «No hay ni un céntimo en la caja». Parece que todo está perdido. Mazarino se dirige a todos, pero, con gran dificultad, con­sigue 100.000 libras, 200.000 libras prestadas. Fouquet empeña su firma y la de sus allegados y en cuatro días encuentra 900.000 libras en monedas de plata 42. En 1658, Mazarino necesita diez millones de libras en el acto. El tesoro está vacío y se trata de continuar la guerra contra España. Fouquet llega a encontrar la suma pedida. El ministro puede pagar a las tropas y hacerlas acan­tonar durante el invierno 43.

El cometido del ministro es no hacer perder la partida al rey. La función de los superintendentes de finanzas, de los tesoreros y de los inspectores generales, es defenderse como pueden… Super­intendentes, tesoreros, inspectores ¡no pueden dar su consentimien­to a un fin tan lamentable!

«Felizmente», en el reino hay muchos jugadores y no faltan procedimientos, ilegales naturalmente, para poder ganar. Trabajo de hormiga y astucia de lobo se necesitan para conseguirlo: cada uno trata de aprovecharse de la necesidad y de la falta de habilidad de los otros. El estado consiente en ello. Es un juego, pero un juego despiadado para quienes pierden.

Para encontrar el dinero pedido por Mazarino, los superinten­dentes de finanzas alteran el valor de la moneda, crean nuevos cargos públicos, incluso si poco tiempo después llegan a ser per­judiciales al rey y al pueblo; los tesoreros aumentan las sumas de los impuestos directos y alargan la lista de los impuestos indirectos… Sin duda ninguna, para los superintendentes el medio mejor y más seguro de encontrar dinero consiste en dirigirse a los financieros, a los arrendatarios del dominio real. El empréstito lo hacen en nombre del rey o en su nombre personal, según el crédito de que gozan.

Financieros y arrendatarios prestan a gusto, no tienen dificultad en avanzar dinero al rey o a sus representantes, porque el interés es escandalosamente alto, especialmente cuando la necesidad del estado es urgente. El rey se aprovecha también del crédito de los comerciantes de oro y de los arrendatarios, y éstos se convierten

42 Cf. Ibid., 26.
4s Cf. Ibid., 117.

Las finanzas reales 63

en poderosos personajes políticos, teniendo una influencia poco aparente, raramente confesada, pero inmensa y continua, incluso vital, en el organismo del reino 44.

En esta rueda de la fortuna, hay otro jugador: los campesinos, las masas populares. Cualesquiera que sean las normas del juego o los procedimientos empleados, ellos pierden siempre, no ganan nunca. Pero tampoco pueden perecer lastimosamente. Siempre son útiles, ni siquiera pueden irse. Despreciados de todos, en realidad son víctimas de las circunstancias. «Los campesinos gemían en todas las provincias bajo la mano de los cobradores de impuestos, es­cribe el presidente Guillaume de Lamoignon, y parece que todo su ser y su propia sangre no podían apagar la sed ardiente de los arrendatarios del patrimonio real» «. La reina Ana de Austria, pre­sidiendo un día una sesión solemne del parlamento, tiene que oír del abogado general Talon: «Estos desgraciados (los campesinos) no poseen otras propiedades que sus almas, porque no han podido ser vendidas en la almoneda» 46.

Durante todo el tiempo de su ministerio, Mazarino encontró el tesoro en déficit; sin embargo, siempre llegó a encontrar di­nero 47. El cardenal-ministro tiene un inteligente, audaz y pode­roso superintendente de finanzas, Fouquet. Este llega siempre a encontrar dinero líquido. Tiene el mérito del financiero y la con­fianza de los financieros. Sabe negociar, y a ¡qué precio! De acuer­do con el estado y para el estado, conoce todas las fórmulas de combinaciones. Lo logra, porque el estado solo, y no el bien, regu­la los gastos y entradas ordinarios del tesoro. Mazarino no conoció jamás otras finanzas. Pero fueron suficientes para no hacer perder la partida al rey, para evitar los desastres, enriquecer la casa del ministro, así como a los financieros y arrendatarios del patrimonio real, y aplastar al pueblo.

44 Cf. J. La Bruyére, 97, 208-236.

45 Citado según M. Boulenger, 20, 59.

46 M. Chéruel, 31, I, 418.

47 El mariscal de La Meilleraye, superintendente de finanzas en 1648, después de haber declarado la penuria de dinero y la dificultad de encon­trarlo, escribe: «Francia ha estado en otras ocasiones más enferma y no ha muerto. Nunca hay dinero en el tesoro público y sin embargo siempre se encuentra en el momento de la necesidad, que es madre de la invención»: M. Chéruel, 31, I, 562.

64 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

III. MISERIA Y POBREZA EN EL SIGLO XVII (1600-1660)

Para saber quiénes son los pobres en el siglo xvii y lo que son; para llegar a conocer la miseria de los desdichados y poder caracterizar el estado de ánimo de los miserables, vamos a refe­rirnos a sus contemporáneos. Son ellos, con frecuencia, quienes pueden proporcionarnos las informaciones menos incompletas, a veces, las más exactas.

Ante todo nos es necesario confesar, que, a pesar de nuestro esfuerzo de imaginación, es difícil, incluso imposible, llegar a co­nocer, a hacer revivir la situación material de Francia en tiempos de Vicente de Paúl. No tenemos más que la posibilidad de descu­brir algunos puntos dolorosos.

Para conocer con exactitud la miseria y la pobreza de esta épo­ca, no se podría alegar solamente la baja e incierta producción agrícola, que hacía que Francia frisara con frecuencia la penuria. El problema se plantearía mejor si se pudiese determinar con pre­cisión la relación entre la población y las subsistencias. Desgraciada­mente esta precisión todavía no se ha conseguido.

No obstante, se sabe que la mayoría de los campesinos y de los obreros de las ciudades sufre hambre y miseria en algunos años, sobre todo en ciertas épocas de los mismos. Se requiere aña­dir que la documentación utilizada conduce a descartar del análisis a los mendigos, a los campesinos más pobres y a los obreros de la ciudad. Y sin embargo son ellos quienes, con mayor frecuencia, mueren de frío, de hambre y de enfermedades. Esto prueba una vez más que los miserables no tienen historia, sobre todo entre las gentes del campo; y, sin embargo, han existido.

Es cierto que muchas condiciones aparecen en realidad con­tradictorias, incluso inexecrables, cuando se les arranca de una his­toria vivida en la oscuridad y en el tumulto. Si se trata de situar­las en su contexto vivido, quizás se esclarecen. Las palabras pobre­za, miseria, adquieren realmente sentido cuando un pueblo realiza su historia.

El estudio semántico, partiendo de los diccionarios de la épo­ca, de los términos: pobre, indigente, mendigo, desdichado, vaga­bundo, pordiosero… muestra claramente que el término pobre no tiene en el siglo xvii el mismo sentido. El análisis de los docu-

Miseria y pobreza en el siglo XVII 65

mentos o de los textos legislativos concernientes al pauperismo per­miten comprobar que el vocabulario de la miseria es muy variado.

Furetilre, en su Dictionnaire universel, da esta definición de pobre: «El que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida, para mantener su condición» 1. Esta segunda parte de la definición aumenta la confusión para saber, ayer como hoy, a quién llamar pobre. Ella puede hacer cambiar toda nuestra actitud en la inves­tigación y en el criterio. Llamar pobre a quien no tiene el mínimo vital biológico y a quien no puede mantener su rango, su posición en la sociedad, puede hacernos jugar con las palabras, crear la confusión y la inexactitud, provocar la sonrisa.

Por rigor de precisión y tratando de encontrar la claridad de­seada, nos limitaremos a la primera parte de la definición de Fu-retilre. Llamamos, pues, pobres a aquellos cuyo nivel de vida es, periódicamente, muy bajo, a quienes no tienen las cosas necesarias para sustentar su vida, o están expuestos todos los días a no con­seguir lo estrictamente necesario para poder vivir.

Para llegar a restituir el rostro de la pobreza, descubrir las di­ferentes categorías de pobres, es necesario encuadrar nuestra mi­rada en el ángulo de visión que puede proporcionarnos el espec­táculo de esta realidad humana. Para conseguirlo debemos preci­sar los elementos concretos e invariables del siglo xvii:

  • En primer lugar, se requiere saber dónde están las riquezas y bajo qué forma, quiénes son los poseedores, determinar las di­versas formas de pobreza en razón de dos elementos: lo que se aspira a tener y lo que se posee, para saber si ello es suficiente para vivir y si se juzga conveniente, conocer los medios de comuni­cación entre ricos y pobres.
  • En segundo lugar, es necesario esforzarse en comprender el motor del dinamismo de estos intercambios. Para conseguirlo, es preciso conocer los principios y la mentalidad de esta época acerca de la noción natural del derecho de propiedad y sus límites, la vi­sión humana y cristiana d’el hombre y de la sociedad. Esta visión de­be inscribirse en la solidaridad concreta de los individuos, las exi­gencias de la jerarquía que dirige el reino, el aspecto religioso y social de la sociedad.

Lo que nos interesa, en el fondo, es la visión del hombre, por-

1 A. Furetiére, 80, cf. la palabra pauvre.

66 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

que es el hombre del siglo xvii quien está en juego y en proceso.

¿Cómo estudiar la miseria de los pobres? Para caminar en compañía de esta miseria ambulante, es necesario entrar en la reali­dad de una guerra larga y dura, que provoca la peste y el hambre, acordarse de las crisis económico-sociales que determinan paro obrero y sub-empleo con la consiguiente preocupación de poder comprar el pan diario, no olvidarse de la existencia de los galeotes, eternizados en sus cadenas por el poder central, pensar en los cau­tivos y, sobre todo, no olvidar las enfermedades, los expósitos y el fenómeno grave de la mendicidad y del vagabundeo.

Si después de este inventario reflexionamos sobre los medios de comunicación y admitimos la dificultad de los transportes, ten­dremos alguna posibilidad de descubrir ciertos puntos dolorosos de una realidad que se nos escapa.

— Finalmente, a través de los organismos, de los hombres ex­cepcionales y de los impulsos de los mecanismos del dinamismo de la comunicación del siglo xvii, podremos aclarar, al menos en parte, la sombra errante de los seres disminuidos ante la mirada de la sociedad, reconocerles bajo sus «harapos» y descubrir al­gunos rasgos de su rostro.

La imaginación y la intuición de Callot, a quien el siglo XVII inspiró las eternas pesadillas de la guerra, pueden ayudarnos a ima­ginar la «cruel verdad», sensibilizamos ante esta realidad, que no podemos llegar a precisar.

Ciertamente sería exagerado querer resumir la historia de la antigua monarquía, como lo hace Carlos Louandre, en tres pala­bras: «la guerra, la peste y el hambre» 2, incluso si nos vemos obligados a comprobar la existencia y los estragos de esta triple calamidad. También sería demasiado simple repetir una vez más el triste refrán: «Vergüenza y miseria ante el exterior, crueldad y miseria en el interior». Sin embargo hay que confesar que la miseria abunda, a veces llega a ser extrema, las desgracias, en al­gunas épocas, son horribles y el número» de hombres desdichados aumenta cada día. El hambre o la «carestía» aparecen con extraor­dinaria regularidad y se deja caer sobre las espaldas de los súbdi­tos del rey Luis. De 1610 a 1660, obreros y campesinos están tan faltos de recursos que se encuentran en el límite de poder subsistir,

2 Citado según A. Feillet, 68, 52.

Miseria y pobreza en el siglo XVII 67

especialmente en ciertos períodos del año. Las grandes subidas de precios y las malas cosechas disminuyen con frecuencia el trozo de pan indispensable para comer en la ciudad y en el campo. No se puede olvidar el poder enorme que contiene, en esta época, un trozo de pan repartido. La enfermedad contagiosa golpea fuerte­mente a la puerta de estos hogares de hambre y de miseria.

Para comprender la Francia del tiempo de Vicente de Paúl, se requiere no olvidar que es un país agrícola en un 80 %. Este país rural, donde predomina una agricultura no industrializada, ¿puede alimentar el gran número relativo de sus habitantes? Se puede du­dar mucho que así fuera. Las grandes «mortandades» de 1629 a 1631, de 1648 a 1653, provocadas por el hambre y la enfermedad, son signos que indican con precisión que la población tiende siem­pre a sobrepasar sus propios medios de subsistencia.

Las grandes crisis demográficas de 1630 y las de 1648-1653 coinciden con las grandes crisis económicas, desencadenadas por un aumento cíclico considerable de los precios del trigo. Por consi­guiente no es exagerado pretender que el precio del trigo constituyó un verdadero «barómetro» demográfico, y que de la crisis econó­mica de tipo antiguo surgió la crisis demográfica de tipo antiguo. Si la vida y la muerte de los hombres depende de los precios del trigo, es porque los cereales dominan la economía y la sociedad. Es­to supone que la mayoría de los hombres no puede recolectar sufi­ciente trigo para vivir, o bien no posee suficientes recursos para comprarlo cuando su precio aumenta considerablemente. Como consecuencia del hecho de la organización económica y de la es­tructura social, los pobres —en el sentido de la época— es decir, los que no tienen pan suficiente para vivir, son diezmados de ma­nera especial por las grandes mortandades correspondientes a las grandes crisis económicas. La crisis agrícola, agravándose casi siem­pre con una crisis manufacturera, provoca la falta de trabajo, y en consecuencia, la falta de salario. Esta crisis agrícola produce en­tonces una crisis económica y ésta desencadena al mismo tiempo los daños del pan caro, del hambre, del paro obrero, de la miseria y de la muerte. Esta crisis agrícola, en definitiva, provoca siempre una crisis social. Para los pobres esta crisis significa pan más caro, pero también contrata más difícil. El mundo de los pobres es el de la necesidad, donde la ausencia de reservas, y especialmente de reservas alimenticias, condena a la obsesión del pan diario.

68 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

En los períodos de relativa prosperidad, antes de las grandes crisis del siglo xvii, se puede decir de manera general que los cam­pesinos y los obreros viven con gran dificultad. Ellos ofrecen el cuadro de una semi-miseria, con algunas pinceladas de bienestar y con fuertes sombras de penuria y de miseria. En las condiciones técnicas de la época, la inmensa mayoría de los campesinos no re­colectaba lo necesario para alimentar a su familia y demasiados obreros, en la ciudad, recibían un salario insuficiente para resolver, en sus casas, el angustioso problema del pan diario.

Razones de la pobreza y de la miseria en el siglo XVII

La miseria que pone a prueba, que tortura a la mayoría de los contemporáneos de Vicente de Paúl, proviene de distintas causas. Querer describirlas con detalle sería demasiado extenso. Tratare­mos de hacer el inventario de las más constantes y más decisivas.

  1. Estructura económica: baja productividad

La economía francesa del siglo xvii, lo hemos señalado, sigue siendo, ante todo, agrícola y la técnica no industrializada de esta agricultura no permite producir lo suficiente para sobrepasar el ni­vel máximo ni, de manera general, es lo bastante regular, para evi­tar los golpes brutales. Como es necesario alimentar a un gran número relativo de habitantes, la agricultura permanece encerrada en el exclusivo cultivo de cereales. Pero hay que decir que el pan de trigo es un lujo, el de centeno es patrimonio de los consumido­res acomodados. Sobre todo se consume comuña, mezcla de cerea­les y, a veces, de castañas y de habas.

Los cereales extenúan rápidamente la tierra y, el estiércol, casi el único abono utilizado, escasea. Los agricultores, para permitir a la tierra reposarse, la dejan en barbecho un año cada dos o cada tres. Dos quintas partes, al menos, de tierras cultivables permane­cen improductivas cada año y, por añadidura, una semilla demasia­do mala produce muy mediocremente.

Mal alimentado y poco numeroso, el ganado es pequeño, se agota rápidamente y rinde poco en el trabajo. Los arados utilizados, arados sin ruedas, no llegan a labrar profundamente la tierra.

La falta de mano de obra, en el momento de las cosechas, es

Miseria y pobreza en el siglo XVII 69

otro obstáculo para aumentar el cultivo de tierras. La población, con un número considerable de personas errantes y de vagabundos, es difícilmente sedentaria.

El resultado es que el margen de la recolección y de produc­ción es reducido y poco elástico, por el contrario la población fran­cesa es muy elástica, porque la gente se casa en los años de buena cosecha y los hijos vienen pronto, sin que esto quiera decir que los hombres en esta sociedad se reprodujesen «como los ratones en un granero». De esta manera la población, tendiendo siempre a sobrepasar las subsistencias, está mal alimentada, su estado de salud es mediocre, su vida corta y de número limitado.

  1. Movimientos de corta duración: fenómenos atmosféricos

El siglo xvII se inscribe en una serie de años fríos y lluviosos. Los resultados son desastrosos porque las heladas destruyen la co­secha y la lluvia la pudre.

De 1629 a 1631, los súbditos del rey Luis se encuentran en una situación catastrófica a causa de los fenómenos atmosféricos. La primera gran helada (1629-1630) destruye la cosecha y produce la carestía, ésta provoca la peste y esta última engendra la muerte. Entre 1639 y 1643 y de nuevo entre 1646 y 1650, Francia conoce una serie de veranos fríos y húmedos que se manifiestan perju­diciales para la producción de grano 3.

En los períodos de grandes hambres y de peste, 1629-1631, 1648-1653, 1660, casi todo todo el reino se encuentra afectado. Se puede decir que no hay casi ningún año sin que una provincia del reino pase por esta situación.

La escasez produce la subida de precios de los cereales inferio­res más que la de los superiores, y las clases populares son las más afectadas. La peste, por miedo del contagio, obliga a cerrar las puertas, disminuye muy sensiblemente la circulación, paraliza la industria y determina la supresión de mercados y ferias. En rea­lidad paraliza la vida en el campo y en la ciudad.

Durante estos períodos, las defunciones aumentan, en conse­cuencia, bruscamente. Los muertos alcanzan el cuádruple y aun el

3 E. le Roy Ladurie, 105. 52.

70 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

quíntuple de los años normales. Los pueblos son más afectados que las ciudades: se muere a la vez de hambre, de frío y de peste. En las ciudades, los obreros artesanos se encuentran más afectados que los ricos y los acomodados. En el campo y en la ciudad, los niños son brutalmente diezmados.

Estas oscilaciones de la población y la de los precios re deben, en parte, a un fenómeno exterior, a las variaciones de las subsisten­cias ocasionadas por el estado de la atmósfera. Ellas traducen la escasez de subsistencias e indican las crisis por efectos acumula­dos de falta de pan y escasez de obreros en la ciudad y en el cam-

po 4.

Una vez desencadenada la crisis de subsistencias, no es fácil encontrar los medios para remediarla. La distribución de bienes, de riquezas a los pobres, se realiza, en su mayor parte, por la ca­ridad. Es cierto que el fenómeno de la limosna intenta establecer un equilibrio económico, pero en los momentos de grandes crisis este proyecto no va demasiado lejos. Sin duda hubiese sido inútil y peligroso, incluso imposible, repartir entre los pobres las rentas de los ricos, en aquel estado social y político. Lo que falta son los víveres y las rentas son poca cosa en relación con las necesidades de la población. El resultado de una redistribución total de bienes hubiese sido la sumisión de todos a la miseria, el aumento del desorden y de la anarquía, un descenso de nivel de vida para to­dos, un retroceso de civilización. Importar cereales del extranjero no es siempre posible, dada la dificultad de los transportes terres­tres. A veces se hace, pero en pequeñas cantidades, lentamente y a gran precio.

  1. Movimientos de larga duración: la fiscalización

El siglo XVII es un siglo de guerras. Desde los alrededores de 1630, la monarquía francesa decide detener los avances de Es-

«Es plausible admitir… que en una sociedad en estado de crisis la­tente desde el año 1630, 1635, 1637, las dificultades agrícolas, hijas de la adversidad climatológica, hayan podido tener una influencia provocadora; las malas cosechas han podido, parcialmente, desencadenar los ‘extraordina­rios puntos cíclicos’ de los precios de 1647-1650. Ellas no han sido la causa en el sentido estricto de la palabra, pero han contribuido a catalizar, como factor secundario, el inmenso ‘trastorno económico, social y sobre todo demográfico’ que se ha manifestado de una manera incompleta y desagrada­ble en las rebeliones de la Fronda…»: E. le Roy Ladurie, 105, 53.

Miseria y pobreza en el siglo XVII 71

paria y de sus aliados del otro lado del Rin. Pero esta serie de guerras no debe hacer olvidar la expedición a la región bearnesa, el sitio de La Rochelle y las rebeliones protestantes de Cevenal y Languedoc. Dos series de guerras se establecen, en consecuencia, y la monarquía se convierte en un gobierno de guerra más que despótico.

No se puede olvidar que, después del gobierno de Concini y de Luynes, Riohelieu, con la energía que le caracteriza, va a tratar de poner orden casi por todas partes y a organizar la Francia comer­cial y artesana; por el contrario desconoce toda organización ban­caria y hasta la más mínima revolución agrícola. Este programa de acción provoca en el pueblo crisis terribles.

Finalmente, Richelieu intenta a todo precio «realzar el nom­bre del rey» allí donde se le había olvidado excesivamente, des­pués del asesinato de Enrique iv. Esta política, que entrañaba gra­ves riesgos, no recibe una acogida entusiasta del conjunto de per­sonajes que constituían entonces «la opinión».

Elegir la guerra es abandonar toda idea de tranquilidad y to­da voluntad de reforma en el interior del reino; es aceptar las instituciones, las costumbres, los comportamientos del país y aco­modarse a ellos, incluso si son inadaptados a la voluntad de la gue­rra. Elegir la guerra contra los monarcas más católicos de Europa, es aceptar de antemano la alianza de sus enemigos obligados. Hacer la guerra es también constituir un ejército, y quizás una marina, par­tiendo casi de cero…

Encontrar soldados, caballos, armas, barcos, comboyes de abas­tecimiento, aliados, equivale a encontrar dinero, mucho dinero. Esta búsqueda continua, improvisada y casi desesperada de dinero para hacer la guerra 5 obliga a recurrir al inverosímil sistema de im­puestos heredado del fondo de los siglos. Desgraciadamente, esta red de impuestos está llena de privilegios y de excepciones, cuya jurisdicción y jurisprudencia pertenecen a centenares de tribunales que se querellan entre sí.

La guerra obliga al gobierno real a recurrir casi constantemente al crédito. Este recurso al crédito y la necesidad de dinero engen-

5 Cf. Avenel, 7, V, 231, 16 de septiembre de 1635, 243, 403, 579, 8 de septiembre de 1636, 593, 28 de septiembre de 1636, 723-727, 762-763, 28 de marzo de 1637, 764, 30 de marzo de 1637, 773-774, 9 de marzo de 1637, 782, 4 de junio de 1637, 799, 1 de julio de 1637.

72 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

dran una política fiscal sin precedentes. El tesoro real, siempre en gran déficit, se ve obligado a utilizar todos los procedimientos de crédito. Estos acreedores —no se atreve a llamarles usureros—como muchas malas hierbas prestan sus servicios. Este recurso a los acreedores es el único medio que tiene el gobierno para salir de su penuria financiera.

Tales procedimientos del gobierno orientan los capitales hacia las operaciones financieras del estado e impulsan el ascenso de los financieros y de los oficiales. Los oficiales de finanzas, especialmen­te los omnipotentes tesoreros de Francia, son grandes acreedores del rey. La venta de funciones públicas, la «venalidad» de los cargos públicos, se convierte en sistema y alcanza su apogeo. Toda la clase de funcionarios es consolidada de esta manera. Por el con­trario, las operaciones comerciales e industriales, menos fructuosas y más aleatorias, tienen una influencia muy relativa 6. Los financie­ros, los arrendatarios del patrimonio real y de los impuestos reales sienten cada día más repugnancia a invertir su capital en el co­mercio y en la industria. Prefieren hacer contratos con el rey.

El estado, para atraer el dinero líquido al tesoro, contrata tam­bién sus rentas ordinarias y arrienda la inmensa gama de los im­puestos indirectos. Desde 1642 y hasta después de la Fronda, los impuestos directos son arrendados a los financieros, que se encar­gan de cobrarlos y obtienen grandes beneficios. Pero los impuestos directos de 1610 a 1640 se cuadruplican y los impuestos indirectos aumentan. Sin embargo la cosecha no es mayor. Lo que alivia un poco el impuesto, son las discusiones de los agentes fiscales con los contribuyentes, y al final, estos últimos pagan algo menos de lo que se les pide, pero cuando el contribuyente no puede pagar se rebela. El gobierno y los contribuyentes deben soportar entonces las consecuencias de estas rebeliones producidas, con mucha fre­cuencia, por el aplastamiento del impuesto.

Se puede decir que esta política de guerra, que había de crear la grandeza de Francia, proporciona fructuosas ganancias y ocasiona operaciones fraudulentas para una minoría del reino, y por el con­trario, irrita, hiere, golpea excesivamente fuerte a la gran mayo­ría del pueblo francés.

Richelieu, 143, 324. G. R. Mousnier, 118, 433, 437, 438, 439, 445, 447.

Miseria y pobreza en el siglo XVII 73

  1. Los hombres de guerra

A las cargas demasiado pesadas de la contribución y a las veja­ciones de los reczudadores de impuestos, se debe añadir la acción de este «rudo utensilio» que domina todo, el soldado: los cam­pesinos son saqueados y exterminados, sus pueblos devastados e incendiados por una soldadesca saqueadora y viciosa 7.

Durante la guerra de Francia contra España (1635-1659), el gobierno real necesita encontrar dinero a todo precio. Desde el oto­ño de 1635 hasta julio de 1637, la necesidad de dinero es una preo­cupación para Richelieu 8. Teme que este «gran asunto» de la gue­rra se convierta en un fracaso a causa de la falta de dinero. Le es necesario evitar esta derrota a cualquier precio. Este precio será hasta los últimos días de su ministerio —es necesario añadir para ser exacto, hasta 1660— el reclutamiento de hombres y la recogida de dinero.

Richelíeu escribe a Luis xiii el 16 de septiembre de 1635: «El rey sabe perfectamente que me he lamentado siempre del retraso de los tesoreros y de los municionarios, y que he dicho públicamen­te varias veces en sus consejos, que de nada servía levantar ejércitos si no se da la orden de hacerlos pagar a tiempo, y si no se los provee esmeradamente de víveres» 9. El mismo declara en su Testa­mento político: «En la historia se encuentran más ejércitos que han perecido por falta de pan y de vigilancia, que por la fuerza de los ejércitos enemigos, y yo soy fiel testigo de que todas las empresas que se han realizado en mi tiempo no han fracasado más que por esta carencia» 1°.

Alinear un ejército de un total de 100.000 hombres, al que se añaden las tropas extranjeras, requiere un presupuesto de cuarenta

7 Durante el reinado de Luis xm y durante la guerra franco-española fueron frecuentes los desórdenes y las vejaciones causadas por las tropas, incluso en tiempo de paz: cf. la carta de Luis xm al canciller Séguier, 1 de mayo de 1636, en Avenel, 7, V, 455; R. Mousnier, 120, 234 295, 351, 352, 361, 381, 411, 497, 514, 525, 605, 731, 807, 922, 990-991, 1030; A. Feillet, 68; G. Walter, 156, 267-280; T. Boutiot, 22, IV, 384, 385-386; Cahier des remontrances de la noblesse d’Angownois, art. 15; Cahier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyers, art. 35 y 36, 126, 87 y 144-145.

8 Cf nota 5.

9 Avenel, 7, V, 231.

10 Richelieu, 143, 296.

74 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

a cincuenta millones 11. El número excesivamente elevado de tro­pas impide al gobierno central y a los capitanes gobernarlo direc­tamente. No pueden dominar ni controlar a su gusto a estos «sol-dadotes». Casi nunca dominados, y con frecuencia mal pagados, los soldados no disponen casi nunca de otros recursos para subsistir que los del pillaje y la rapiña. Dispersados, después de haber de­sertado en masa, los soldados se lanzan sobre los campesinos, mul­tiplicando los robos, los incendios, la destrucción y las torturas.

De 1648 a 1653, la Fronda parlamentaria y la de los príncipes, desencadenan sobre los campesinos nuevas miserias y nuevos mo­tivos de descontento. Obligados a entrar en el juego de los «gran­des», atraídos por el cebo de las promesas de mejorar su situación, la miseria de los campesinos llega a ser el precio de un juego de­masiado doloroso y terminan por pagar, una vez más, los gastos de una revolución fracasada; la miseria de los campesinos llega a ser demasiado cruel.

Es cierto que esta política de guerra impide al gobierno real poder obrar de otra manera, pero no es menos cierto que el pueblo agobiado se siente impelido, periódicamente, a rebelarse.

  1. Revueltas y rebeliones

La verdadera ráfaga de rebelión popular comienza en 1624 y se prolonga un cuarto de siglo. Durante este período apenas exis­te año que no haya conocido, en una u otra parte del reino, distur­bios de este género 12.

Para llegar a comprender las razones y el clima de estas revuel­tas populares, se requiere no olvidar que esta época se distingue por una indomable reacción de «centralización», de «uniformidad», de «desarrollo del Estado Moderno» y por aumento enorme de cargas fiscales.

De 1624 a 1640, la política de guerra adoptada y los gastos in­mensos, que implica, desencadenan en Francia una crisis general de finanzas. Si aparece una mala cosecha, o una mala venta, la situa-

11 Cf. nota 31 del capítulo 2.

12 Cf. B. Porchnev, 134, 661-676: tabla cronológica y mapas de locali­zación de los levantamientos y rebeliones. R. Mousnier, 119, 43-121; G. Wal-ter, 156, 227-266; E. le Roy Ladurie, 104, I, 493-508, especialmente 493­498.

Miseria y pobreza en el siglo XVII 75

ción se agrava. Las masas se revelan y la sangre corre por todas par­tes. Las sublevaciones irreflexivas o salvajes reflejan el desajuste entre el ideal político, que se intenta conseguir, y la realidad econó­mica de la vida diaria. Richelieu, para sostener económicamente la guerra e instaurar el centralismo monárquico, refuerza todo el arti­ficio fiscal. El campesino, «burro de carga» del estado 13 y el mayor pagador de contribuciones e impuestos, siente, más que nadie, las consecuencias de esta política fiscal. El cardenal tuvo necesidad de encontrar otros contribuyentes además de los campesinos. Para con­seguirlo, multiplica la creación de funciones públicas, lo cual hace reaccionar a los antiguos funcionarios; intenta introducir los funcio­narios encargados de la contribución e impuestos en todas las pro­vincias, lo cual produce el descontento de todas ellas; finalmente multiplica los medios de coerción utilizables por los arrendatarios de impuestos, los delegados reales de la inspección de las provin­cias y los funcionarios, lo cual hace gritar a todo el mundo.

El objetivo del sistema administrativo utilizado por Richelieu es claro: movilizar la abundancia de capitales parados en el país y sin embargo necesarios para la política en la que se ha comprometi­do. A pesar de las complicidades del desorden, de la falta de hon­radez, de la diversidad de rebeliones y de sublevaciones, el cardenal consigue hacer pagar a los contribuyentes el abastecimiento de los soldados y los gastos de guerra. Es cierto que el país suministra una contribución a la guerra, proporcionando dinero, riquezas, trabajo y hombres. Pero en esta Francia de los cardenales-ministros, envuelta en la rebelión, en el desorden, en la guerra, en éxitos y fracasos, en riqueza y miseria, los campesinos pagan el coste de la crisis, y las clases dominantes se benefician de su prosperidad. La guerra cuesta cara y la nación, periódicamente, no puede alimentar a todos sus habitantes: el hambre es frecuente. Los impuestos son aplastantes, sobre todo si se tiene en cuenta que su distribución excluye a los más ricos y que la incoherencia de su percepción enriquece dema­siado a algunos particulares, empobreciendo al mismo tiempo al es­tado. Por todas partes, acorralados por una miseria excesiva, los

13 Cf. Richelieu, 143, 149-151, 332-333, 326, 329, 344, 48-49; R. Mous-
nier, 120, 226, 237, 239, 241, 248, 255, 257, 340, 341, 343, 295, 298, 345,
347, 349, 351, 352, 307, 374, 381, 411, 390, 412, 495, 514, 525, 615, 640,
703, 731, 778, 807, 828, 990-991; Cahier des remontrances de la noblesse

d’Angoumois, art. 5 y 7; Cahier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyes, art. 72: 126, 80, 81, 152.

76 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

contribuyentes se sublevan. Sublevados, se les aplasta pronto, a ve­ces rápidamente. Vencidos, pagan de nuevo el coste de este «desor­den» y se les castiga despiadadamente por su «desobediencia» 14. Una vez más son ellos quienes pagan los costes de este duelo.

No se puede dudar que la prosecución de la guerra era una ca­tástrofe para todos. Las miserias públicas aumentaban y el abismo de sufrimiento parecía no encontrar fondo… Sin embargo no se puede permanecer insensible a esta empresa llevada a cabo con un rigor que tiene algo de heroico. Y es difícil no dejarse convencer por esta inquebrantable pertinacia. El mismo Riehelieu parece en­cerrarse en una contradiccción que el Testamento político declara, o al menos permite reconocer: «Es necesario que exista, como ya lo he señalado, una proporción entre lo que el príncipe exige a sus súbditos y lo que ellos le pueden dar, no solamente sin arruinar­los, sino incluso sin proporcinarles una gran incomodidad» 15.

Uno se puede preguntar si la moral política de los cardenales-ministros, especialmente la de Richelieu, estuvo orientada por la lucidez y la claridad, pero lo que sí se puede afirmar es que la serenidad y la alegría estuvieron ausentes.

Esta ausencia de serenidad provoca fácilmente la rebelión y es­ta rebelión desarrolla una energía frenética, violenta, intensificando así la miseria y determinando extorsiones graves: el paro se mul­tiplica, los campesinos abandonan la tierra y el vagabundeo crece.

  1. Formas de propiedad

En tiempo de Vicente de Paúl la principal riqueza de Francia proviene de la tierra. Sin embargo los privilegiados del campo no

14 Para Richelieu toda desobediencia constituye «crimen de estado» y su opinión es que «en materia de crimen de estado, es necesario cerrar la puerta a la piedad», «ser implacable»: 143, 232, 255, cf. 186. Acerca del castigo infligido a los «nu-pieds» de Normandía, cf. B. Porchnev, 134, 475­502; M. Foisil, 78, 287-337. Para conocer la actitud de Richelieu con la Lorena sublevada, cf. Avenel, 7, V, 39, 140, 213, 214, 215, 216, 217, 275, 277, 318: las palabras más frecuentes empleadas son: «arrasar», «incendiar», «barrer la Lorena», «encadenar a los soldados rebeldes y enviarlos a gale­ras». Para conocer el comportamiento del gobierno central con los bordole­ses: cf. R. Mousnier, 120, II, 992, 930-936.

15 Riahelieu, 143, 326, cf. 333, 151. Para darse cuenta de la miseria de este pueblo, se requiere recordar las palabras de Luis xin: «¡Ah, mi pobre pueblo! No puedo por ahora prestarle ningún alivio, ya que estoy compro­metido en una guerra»: G. Hanotaux, 91, V, 250-251.

Miseria y pobreza en el siglo XVII 77

son los campesinos, sino el clero, los nobles, los burgueses exen­tos todos ellos de pagar la contribución. Poseyendo esta gran ri­queza de bienes raíces, tienen una influencia predominante en la ex­plotación económica y social del campo y gozan de los grandes réditos de estos bienes.

Las dos formas de propiedad de la tierra —feudal o de feudo—son sumamente desfavorables para los campesinos. Los arrenda­mientos de los señoríos son más ventajosos, pero los arrendatarios sienten la incomodidad y la vejación, incluso siendo prácticamente dueños de su trabajo y teniendo derecho a utilizar los frutos.

En otras formas distintas de propiedad, la tierra se concede por un período de nueve años y el pago del arrendamiento durante este tiempo se determina en una cifra invariable, que han de pagar en dinero o en especie, o en las dos formas a la vez. Si la cosecha es mala o mediocre, los arrendamientos son perjudiciales y llegan in­cluso a devorar la recolección propia, ya que el pago al propieta­rio puede alcanzar proporciones considerables; si la cosecha es buena, lo que les queda, una vez pagado todo, les permite solamente vivir. No se puede olvidar que el campesino, en esta forma de propiedad, no posee más que la superficie de las tie­rras, y no tiene ningún interés’ en mejorarlas, porque corre el riesgo de perder las mejoras realizadas: el propietario puede despedir siempre al campesino una vez terminado el contrato. Para poder permanecer nueve años consecutivos, se requiere que el arrendata­rio acepte el aumento de las rentas.

El arrendamiento, en el siglo xvii, se convierte en un extenso comercio donde la ley de la oferta y de la demanda tiende a ajustar la coyuntura de alzas y bajas de los arriendos. A partir de Luis mit se asiste a un despliegue característico de los bienes raíces y a punciones de todas clases efectuadas por los grandes propietarios. La renta de los bienes raíces, percibida por el propietario, aumenta: este impulso es estimulado claramente por el aumento demográ­fico, que multiplica los candidatos al arrendamiento y agrava la de­manda de tierras, sin que, por otra parte, aumente la oferta de tierras disponibles.

Los mismos hechos conducen a distinguir por todas partes, va­rios períodos en esta subida del arrendamiento: la primera mitad de siglo, la crisis de la Fronda y el tiempo de reconstrucción y de prosperidad que le sucede. En estos períodos, el propietario se

78 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

aprovecha y los explotadores agrícolas se ven obligados a soportar el peso de su arrendamiento.

De 1620 a 1649, existe un aumento febril de la propiedad bur­guesa, al que corresponde una subida del precio de la tierra y espe­cialmente un aumento considerable de los arriendos. Durante este tiempo los burgueses se aprovechan para comprar tierras a los campesinos. Para un negociante o financiero, y con mayor razón para .un funcionario de justicia, la compra de tierras es el mejor medio de hacer fructificar su dinero. Esta inversión se convierte en la fuente más segura y más honorable de sus réditos y el medio de halagar su vanidad social.

  1. Los acreedores de los campesinos

Además de los impuestos reales, de la dima y de la renta pa­tronal, otra categoría de gravamen pesa sobre la renta bruta de la mayoría de los campesinos: el pago de intereses y el reembolso a los prestamistas de dinero. Los créditos, las rentas constituidas, consentidas por los acreedores, aumentan con la política empren­dida por Richelieu. Las inflaciones del siglo xvII, que benefician un poco la economía de la nobleza, no sirven para mejorar a los campesinos acribillados de deudas, quienes, en lo sucesivo, son ahogados más fuertemente por los prestamistas. El siglo xvii es la edad de oro de los poseedores de fortunas líquidas y de los gran­des mercaderes.

Cuando la carestía amenaza, cuando las cosedhas de la explota­ción no permiten alimentar a la familia, la reacción natural de los pequeños campesinos, para poder subsistir, es pedir prestada la fu­tura semilla, y endeudarse; la reacción de los campesinos arrenda­tarios es negarse a pagar su arriendo.

Las deudas de los pequeños y medianos campesinos termina por ser el medio de constituir y de aumentar la riqueza, en bienes raíces, de los burgueses parlamentarios y financieros. Acaparando y reuniendo parcelas de tierra, preparan las condiciones de su bri­llante éxito social. Los pobres campesinos, obligados a vender una parte de su herencia, para poder pagar sus deudas y encontrar con qué alimentar a sus familias, en los períodos de carestía y de in­digencia, terminan por perder su herencia inmediatamente después de la crisis demográfica. El hambre y la miseria arrancan a estos

Los pobres en el siglo XVII 79

pobres campesinos sus tierras y les obligan, a veces, a trabajar como arrendatarios las parcelas recibidas en otro tiempo en herencia. Esta conquista urbana y burguesa progresa al mismo tiempo que crecen las deudas de los campesinos 16. Durante el siglo xvii, la bur­guesía prosigue su ofensiva contra la propiedad campesina.

  1. LOS POBRES EN EL SIGLO XVII

El pobre varía a través del espacio y del tiempo. Cada época produce sus pobres. La referencia a la misma enseñanza evangé­lica induce, incluso, a tomar actitudes y opciones muy diversas en la manera de comprender y de vivir la pobreza o de luchar contra ella. La educación y la ideología, las instituciones sociales y religio­sas, las intuiciones y la estrategia dinámica de seres excepcionales se entremezclan y se sobreponen para proyectar estas representa­ciones colectivas o individuales. Ellas permiten conocer el fenóme­no de la pobreza a través de la mirada de sus contemporáneos. En la imaginación de los hombres del siglo xvii la pobreza evoca diversas imágenes: atracción o repulsión, tara que hay que reducir o virtud que se desea conseguir, según se la aborde bajo el aspecto sociológico o sagrado.

El estudio de la historia social del siglo xvII revela una doble realidad: la pobreza aparece con diversos rostros y los pobres están clasificados en categorías diferentes. El mundo de los pobres es diverso. Sin embargo esta diversidad no hace desaparecer su uni­dad. Por esta razón se requiere precisar las semejanzas y diferencias fundamentales que unen y separan a los pobres que viven en la sociedad o que permanecen al margen de esta misma sociedad, es decir, al pobre, al mendigo, al vagabundo. Para conseguirlo es menester descubrir el sentido exacto que los franceses del siglo )(vi’ daban a estas palabras.

El significado de la palabra pobre, en el siglo xvii, no se reduce al sentido económico. En sentido amplío del término, pobre es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el humilde. En sen-

16 Cf P. Goubert, 86, 177-208, 212-213; M. Venard, 151, 38-100; P. Deyon, 45, 323-325; E. le Roy Ladurie, 104, I, 485-491.

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tido más estricto, pobre es el que se encuentra viviendo continua­mente en la «penuria», en la «necesidad».

  1. P. Camus, obispo de Belley, escribe: «¿Qué es, pues, la po­breza? Unos dicen, es la escasez o necesidad de las cosas reque­ridas para vivir cómodamente, es decir, sin trabajar. Otros, la pri­vación de cosas, derechos y acciones temporales necesarios para el mantenimiento de la vida humana. En consecuencia podemos admitir que solamente es pobre quien no tiene otro medio para vivir más que su trabajo o su capacidad moral o corporal» 1. El intendente de Poitiers escribe, en 1684, al inspector general: «Los artesanos son tan pobres que, desde el momento que no trabajan, hay que meterlos en el hospital» 2.

Para comprender el significado de la definición dada del pobre, se requiere relacionarla con la realidad de la vida diaria de los obre­ros de la ciudad y de los pequeños propietarios y jornaleros del campo. Si el pobre, según la definición, no tiene más que su tra­bajo para vivir, no lo será el pequeño agricultor, que puede poseer algún bien, aunque pequeño, en utensilios de trabajo, en provisio­nes, en pequeñas propiedades, explotadas directamente. Entender la definición en sentido estricto, sería excluir del mundo de los po­bres a muchos campesinos, quienes a causa de una mala cosecha, de una mala venta, de deudas acumuladas, se ven obligados a entrar en las filas de pobres para poder subsistir. Por otra parte la defi­nición puede parecer demasiado amplia, ya que muchos obreros de la ciudad, que trabajan, no serán, estrictamente hablando, pobres, aunque no tengan otros recursos de vida, ni ninguna reserva eco­nómica o alimenticia. Sin embargo los incidentes de la coyuntura histórica —aumento del precio del pan, baja nominal o real de sa­lario, paro obrero, introducen frecuente y fácilmente a multitud de obreros en el mundo de los pobres.

En realidad el siglo xvii considera pobres a quienes están cons­tantemente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, dada la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder conse­guir los medios necesarios para poder vivir. Esta preocupación cons­tante es sumamente reveladora de la inestabilidad de las masas po­pulares. Ella indica, y en definitiva explica, que el siglo XVII llama

1 J. P. Camus, 159, 5.

2 A. M. de Boislisle, 158, I, 17.

Los pobres en el siglo XVII 81

pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica, se ven envuel­tos en ella. Los inventarios realizados en Beauvais, Amiens, Lyon, París, confirman que muchos pequeños campesinos, obreros de la ciudad y del campo, pequeños artesanos, son asistidos por la cari­dad pública o privada. Los pobres, en consecuencia, se reclutan sobre todo entre el mundo del trabajo, entre quienes no poseen ningún bien. Por eso muchos campesinos, a causa de diversos in­cidentes, se enrolan en el pauperismo, y muchos artesanos, que no pueden alimentar con su salario a su familia, tienen que ser soco­rridos. No hay que extrañarse, pues, del sentido tan amplio del término pobre.

Si es difícil y sutil determinar las variaciones del umbral de la pobreza, y de esta manera poder catalogar a los pobres, sus conse­cuencias son, por el contrario, muy claras. La más inmediata con­siste en forzar a la mendicidad a la mayoría de la clase humilde. La prueba está en que por todas partes los pobres, incluso si ellos no mendigan, envían o permiten fácilmente vagabundear o mendigar a sus hijos.

Entre los adultos, la tipología de mendigos se parece demasiado a la de los pobres. En sus filas existen ancianos y viudas, pero tam­bién se encuentran enfermos, jóvenes obreros sin trabajo. Infortu­nados que no tenían más que su trabajo para vivir y que ya no pueden trabajar, o que su trabajo no les da ya para vivir. Pobres y mendigos son con relativa frecuencia los mismos en los períodos de crisis sociales.

La gran inestabilidad, el desarraigo que caracterizan a los me­dios pobres, es otra amenaza. Esta inestabilidad se manifiesta entre los pobres ambulantes que ejercen multitud de pequeños trabajos y de escaso rendimiento. En esta categoría se encuentran leñadores y acarreadores de leña, obreros que trabajan en ríos navegables. Una vez terminado su contrato de temporada, se encuentran sin trabajo y la vuelta a sus casas o la búsqueda de otro contrato po­drán hacer de ellos vagabundos. También existen los sastres, per­sonajes que permanecerán largo tiempo errantes por las campiñas francesas, y los criados en busca de amo. Este desplazamiento, este vagabundeo, se encuentra en todos los trabajadores en busca de trabajo.

La gran miseria del mundo obrero, continuamente acechado por

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la enfermedad o la carestía, la inestabilidad de los campesinos, arro­jados a las grandes rutas por la guerra, el hambre o las crisis eco­nómico-sociales, el mundo pintoresco de vagabundos con sus falsos peregrinos, sus antiguos soldados, sus charlatanes, sus músicos atm bulantes y sobre todo, quizás, la mendicidad, concebida como re­curso casi ordinario de la clase modesta, humilde, son rasgos de la estructura de la sociedad francesa del siglo xvii.

Los obreros asalariados de la ciudad

Este mundo de la miseria y de los pobres se conoce aún hoy muy mal. No obstante todos los documentos, imperfectos o seduc­tores, que nos describen a los pobres y nos narran sus miserias y desequilibrios, nos imponen la idea de que los pobres son quienes no tienen más que su trabajo para vivir, con mayor razón quienes, teniendo únicamente su trabajo como recurso, no pueden trabajar.

Si de los documentos se pasa a la realidad, se ve la compleji­dad de presentar la significación de los infortunios colectivos en la explicación del pauperismo. «Carestías», «paro obrero», azares de la coyuntura, son otros tantos factores, que hacen variar el um­bral de la pobreza.

En primer lugar se requiere determinar los oficios y situaciones más vulnerables, precisar cuáles son las condiciones de existencia de quienes ejercen estas profesiones, incluso, cuando el infortunio no es excesivamente grande. De esta manera se puede llegar a dis­cernir los contornos del mundo de los pobres, o, al menos, de quie­nes están continuamente en peligro de entrar en él. Sólo entonces se puede señalar cómo éstos se convierten en pobres. En los mo­mentos de grandes catástrofes económico-sociales muere cierto nú­mero de pobres. Pero quienes sobreviven, se encuentran en condi­ciones lamentables de vida. Lo interesante es preguntarse cómo atraviesan estas situaciones y si las caídas y hundimientos constan­tes son irreversibles.

Las listas de repartos de limosnas y de distribuciones de ali­mentos dan a veces la profesión de los asistidos. Las personas que figuran en las listas son obreros no especializados y modestos ar­tesanos. Las inventarios realizados, después de su muerte, de los bienes poseídos, manifiestan la penuria en que han vivido. Y ¿de cuántos no se hacen tales inventarias por no tener nada, o por

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no poseer ni siquiera lo suficiente para pagar el coste de dichos in­ventarios?

El conocimiento de los patronos —fabricantes urbanos— re­vela tres tipos de empresa, que corresponden a tres tipos sociales, a pesar de la aparente unidad de la profesión: el fabricante ven­dedor, de cuya independencia económica no se puede dudar; el simple fabricante, pequeño patrón, que intenta guardar su auto­nomía, pero que en realidad depende de los grandes comerciantes; el patrono, que no posee más que un telar, asalariado de un géne­ro apenas privilegiado.

En la base de la escala de esta sociedad urbana, la masa de asalariados (más de la mitad de la ciudad en Amiens, más de un tercio en Beauvais, numerosos en otras partes, especialmente en Lyon y París 3) amontonada y hambrienta, agobiada por la domina­ción económico-social de la burguesía comerciante, se aloja en los arrabales y en los barrios miserables. Sin tierras, sin ser propieta­rios de sus casas, sin mobiliario apenas, sin lencería, su salario constituye el único medio de vida. Pero este salario es siempre in­cierto, lo mismo que el empleo 4. Además, todo un sistema de an­ticipas, proporcionados por los patronos, convierte a estos obreros en una especie de perpetuos deudores, sometidos totalmente al po­der de dichos jefes. Deudas y analfabetismo hacen de los trabaja­dores manuales no especializados un mundo dominado y depen­diente. Los más pobres de estos obreros, excluidos de un contrato de trabajo a causa de su edad o de su enfermedad, permanecen al margen de toda organización y corporación.

3 Cf. P. Deyon, 45, 241-243, 349; P. Goubert, 86, 279. Los habitantes de París, en 1648, «eran más de 400.000 de los cuales 13 6 14.000 patronos y alrededor de 45.000 obreros y aprendices. El número de barqueros, costa­leros y sin oficio específico, no se conoce»: R. Mousnier, 123, n.° 2 y 3, p. 72.

4 Todo este mundo estaba «mal alojado, mediocremente vestido, poco alimentado, sin instrucción y sin ánimo»: G. Hanotaux, 90, 380. «Las com­pañías reunidas en la cámara de San Luis proponen, el 17 de julio de 1648, medidas de prohibición; prohibición de importar piezas de lana o de seda fabricadas en Inglaterra, los tejidos de España, Roma, Venecia, porque la importación reduce al paro a infinidad de obreros»: R. Mousnier, 123, n.° 2-3, p. 62-63; cf. M. N. Grand-Mesnil, 88, 76-77; P. Deyon, 45, 251-252, 72-77. Acerca de las condiciones de vida y de trabajo en Beauvais, cf. P. Goubert, 86, 330-344, 163 y en Amiens, cf. P. Deyon, 45, 202, 218-220, 340­345, 437, 439.

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Para ser «oficial artesano», se necesita pasar tres o cuatro años de aprendizaje del oficio en casa del patrón. Por añadidura, los aprendices, para entrar en el cuerpo de «oficiales artesanos» se ven sometidos, con mucha frecuencia, a soportar una serie de condicio­nes difíciles, a veces draconianas. En Amiens, en Beauvais, más de una cuarta parte de aprendices no terminan «su tiempo» de apren­dizaje. Las razones de esta interrupción son diversas: falta de salud física, incapacidad de aprender el oficio, pobreza de los padres, que no pueden pagar al patrón las pocas libras exigidas —previstas en el momento del contrato de aprendizaje—, malos tratos de los pa­tronos y obligadas prolongaciones del aprendizaje 5. Terminado el tiempo de aprendizaje, el aprendiz, para entrar en el cuerpo de los «oficiales» debe a veces pedir prestadas algunas libras: esta prime­ra deuda, lo más corriente, es el anuncio de otras. Llegar a la maes­tría, es verdaderamente difícil. Solamente los hijos de los patronos son los favorecidos y, poco a poco, las maestrías llegan a ser prác­ticamente hereditarias.

Los obreros más favorecidos, los que no conocen ni un solo día de paro, reciben su salario entre 260 y 290 días al año, dado el número excesivo de días de fiesta, y este salario es de diez soles en Beauvais y en Amiens, de doce soles en las mejores ciudades como París, Lyon, Rouen. Pero estas cifras deben relacionarse con el coste de la vida, sin olvidar que, con mucha frecuencia, los pre­supuestos obreros no reciben siempre el precio de su trabajo en monedas buenas.

Con su salario, los obreros más favorecidos, difícilmente pue­den alimentar con pan a su familia. Sin embargo estas condicio­nes de vida son las mejores para los obreros de Beauvais. Si surge algún imprevisto: enfermedad del padre, tener cuatro o cinco hi­jos, este modesto presupuesto familiar se desequilibra y la familia tiene que recurrir, para poder subsistir, a las instituciones carita­tivas, incluso los años de equilibrio económico y de buenas cose­chas.

Los obreros menos favorecidos, cuyo salario es de cinco a ocho soles por día —las viudas y muchachas cobran dos o tres soles—no tienen la posibilidad de comprar el pan necesario para alimen­tarse.

5 Cf. P. Goubert, 86, 305-306, 331-332; P. Deyon, 45, 200-202, 218-219, 343.

Los pobres en el siglo XVII 85

Cuando la cosecha del año es mala y sobre todo si el mismo fenómeno se repite al año siguiente, con las consiguientes subidas del precio del trigo y sobre todo del pan, los salarios de los obre­ros registran por este hecho una devaluación, aun cuando el valor nominal sea el mismo. Desgraciadamente, la baja de este salario disminuye en períodos de crisis. Estas bajas de diez a veinte por ciento constituyen un beneficio apreciable para los fabricantes y negociantes. Los obreros no tienen más remedio que aceptar esta disminución de salario. En realidad era preferible un salario no­minal y realmente disminuido que el no tener ninguno. Si la crisis alimenticia se agrava, provocando una crisis textil y manufacturera, se desencadena la crisis económico-social. Los obreros tienen en­tonces que someterse al paro obrero parcial y después al total y a veces prolongado. La falta de salario los entrega al hambre, a la miseria, y a las instituciones caritativas. Durante estos períodos, la «mortalidad» popular intensa diezma a los obreros: las institucio­nes caritativas poseen recursos muy pequeños para luchar contra un mal que tiene sus raíces en la estructura económica y social de la época. En realidad millares de hogares obreros llegan al extremo de la aflicción, cuando el torbellino de la muerte no arrebata su vida, sumergida en una miseria terrible.

En la sociedad urbana los privilegiados de la ciudad son los comerciantes. Dominando la manufactura se constituyen en due­ños de la actividad manufacturera e imponen sus normas. Su for­tuna inmensa aumenta a expensas de los pobres artesanos. La do­minación de la fabricación y del comercio, ejercida por un grupo restringido de grandes negociantes, establece las ventajas de este grupo, con el daño consiguiente para la multitud de artesanos —fabricantes y obreros— reducidos a la mediocridad, a la indi­gencia, y los más pobres, al hambre, a la miseria y a la mendicidad. Toda fortuna proviene de luchas, de conquistas, que suponen unos vencidos. Lo que hacía morir a unos enriquecía a otros, disimular­lo no sería honrado.

Los campesinos pobres

La frecuente miseria de los obreros urbanos en el siglo xvii es menos grave que la indigencia de los campesinos. Veinte veces más numerosos que los obreros urbanos, los campesinos, convertidos en víctimas del sistema socio-político-económico de la época, deben

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soportar las intemperies de la naturaleza y comprueban siempre que su suerte está unida a la variación de precio de la mercancía en el mercado.

Hoy tendemos fácilmente a juzgar superficial y literario el tema del «buen pobre». No obstante, la idea de que el lujo y la civiliza­ción corrompen al hombre, de que la inocencia no se encuentra más que en la gente sencilla, es una idea más extendida de lo que se cree, en el siglo XVII. Incluso Vicente de Paúl, espíritu realista, que no se alimenta de quimeras, pudo decir, interrogándose a sí mismo: «Si existe una verdadera religión… Es entre ellos, es en los pobres en quienes se conserva la verdadera religión, una fe vi­va; creen sencillamente, sin examinar minuciosamente; sumisos a las órdenes, pacientes hasta el exceso en las miserias que tienen que sufrir…» 6.

A Bossuet se le ve enternecido de la misma manera contem­plando a los pastores de Belén en el sermón de los misterios de la santa infancia 7. Los mismos textos evangélicos inspiran a Bos-suet en las Elevaciones sobre los misterios, reflexiones análogas acerca de la «tropa más inocente y más sencilla que existiera en el mundo» 8 y le invitan a idealizar el encanto de una vida sencilla y natural: «Jamás nos lamentaremos de nuestras miserias; preferi­mos nuestras caballas al palacio de los reyes; viviremos felices bajo nuestros techos de paja… Todos estaban admirados de oír este agradable testimonio de bocas tan inocentes como rústicas… ¿Quién piensa en contradecir a estos sencillos pastores en su re­lato ingenuo y sincero? La plenitud de su alegría brota natural-

6 S. V. XI, 200-201.

7 «No hay que extrañarse si el inocente se instala con preferencia donde encuentra menos corrupción, y donde la naturaleza está menos dañada. Su condición lo defiende más fácilmente de las ofuscaciones de la presunción, de las locuras y extravagancias de la vanidad. El no encuentra allí este fasto afectado, este aire soberbio y desdeñoso; pero si queda algún vestigio de justicia e inocencia, eso es lo que él busca allí. No importa que se ocupen de guardar animales: hay más inocencia en estos empleos bajos que en los que el mundo admira… No conozco nada más inocente que las criaturas que han permanecido en la pureza de su ser, sin haber alterado en nada la obra del Creador. Son espíritus toscos, pero no se disipan en vanas sutilezas…»: Bossuet, 15, IV, 517. Las carmelitas de la calle du Bouloi, ante quienes Bos-suet pronuncia este sermón, son más capaces que nadie de apreciarlo: la de­voción a la santa infancia en los carmelos franceses del siglo xvit es un dato bien conocido: cf. D. S. IV, col. 652-682.

Bossuet, 16, 339.

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mente y su discurso es sin artificio» 9. Bossuet ve en los pastores el mundo de los pobres y de quienes viven de acuerdo con la sencillez de la naturaleza.

Varios elementos contribuyen a la elaboración de este tema del «buen pobre», particularmente la manera de representarse la persona de Jesucristo: la iconografía y las asociaciones imaginati­vas que ella ocasiona, son muy importantes en la formación de la sensibilidad de una época. El siglo XVII muestra siempre a Jesu­cristo con gran sencillez y dignidad, con equilibrio y grandeza, con cordialidad y candor. Estos rasgos, que la imagen de aquel tiempo hace populares, son los que, espontáneamente, se atribuirán al buen pobre, modelo de pobres. Cuando Vicente de Paúl presenta a los misioneros y a las Hijas de la Caridad las humillaciones, el trabajo, los sufrimientos, la conformidad a la voluntad del Padre… de Jesús, este Cristo salvador, tiene el rostro y los gestos de un campesino que no cesa de trabajar, que se somete siempre, que sufre hasta que su Padre lo desee «.

Otra asociación, que gozará de una gran preponderancia en el pensamiento tradicionalista del siglo xIx y xx: la relación entre la «buena pobreza» y la vida campesina, el trabajo manual, tuvo un atractivo real en el siglo XVII. Es necesario leer las páginas en las que, a propósito del retiro de la Magdalena, Bossuet canta las de­licias de la vida campestre y los «rebaños que pacen entre las flo­res y la hierba» 11, y aquellas otras en las que, a propósito de las pznitencias de cuaresma, exalta el encanto del desierto: «Allí ve­remos la naturaleza en su pureza: quizás nos parezca al principio horrorosa, a causa de la costumbre que tenemos de ver las cosas tan extrañamente falsificadas por el artificio fascinante de la seduc­ción, pero esta impresión producida en nuestros sentidos se disipará pronto en la calma de la soledad, y la naturaleza nos agradará allí tanto más cuanto que no está de ninguna manera dañada por el lujo, lo que nos la hará mucho más agradable» 1.2.

Ibid., 344.

lo Cf. S. V. XII, 108-109, 155, 84-85; VII, 489.

11 Bossuet, 15, VI, 635.

12 Ibid., 166; cf. el comentario al Cantar de los cantares y la inter­pretación pastoral que hace de él Bossuet, al mismo tiempo que exalta las cos­tumbres sencillas y primitivas: 17, I, 583s., 571, 605; XXIV, 199; S. V. XI, 201-202.

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Lo que al principio no es sino tendencia y movimiento de la sensibilidad, termina en consideraciones políticas y sociales, con el elogio de la agricultura —fuente de riqueza para el estado y prenda de una vida sencilla y natural—, con el elogio del trabajo 13.

Vicente de Paúl, que conoce a los campesinos por nacimiento y por experiencia, nos ofrece otro rostro de los pobres y de su po-

13 La alegoría de las dos ciudades, la de los ricos ociosos e incapaces de subsistir por sí mismos y la de los pobres activos e ingeniosos: Bossuet, 15, III, 122, es un tema común, utilizado con frecuencia en el siglo xvii. Su origen se encuentra en san Juan Crisóstomo (Hom. 34 sobre la 1.0 carta a los Corintios: PG 61, 292-296). Admitiendo que el primitivismo de Bossuet es muy •literario, el parentesco de su espíritu es evidente: a pesar de la diferen­cia de sensibilidad, se escuchan las mismas resonancias en el Télémaque de Fénélon, en la Institution d’un prince de Duguet y sobre todo en Moeurs des israélites y Moeurs des chrétiens del amigo y colaborador de Bossuet, el sa­cerdote Fleury. Este desarrolla con frecuencia las ideas que hemos resaltado en las obras de Bossuet. «Los patriarcas vivían noblemente y en gran abun­dancia, y no obstante su vida era sencilla y laboriosa»: 75, 5.

«Vida sencilla y laboriosa», tesis central y lección de las obras de Fleury: primitivismo, pero no retorno a la barbarie: «Es sin duda lo que más choca a los que desconocen la antigüedad y que sólo estiman nuestras cos­tumbres. Cuando se les habla de labradores y pastores, se figuran unos cam­pesinos toscos llevando una vida penosa y triste en la pobreza y la miseria, sin sentimiento, sin apertura, sin educación; sólo consideran lo que reduce a nuestros campesinos a ser comúnmente miserables, es decir, a ser los ser­vidores de los demás hombres, trabajando no solamente para su subsistencia, sino para proporcionar las cosas necesarias a todos los que se encuentran en condiciones que estimamos más elevadas. Porque el campesino es quien ali­menta a los burgueses, a los funcionarios de justicia y de finanzas, a los no­bles, a los eclesiásticos… Sin embargo, cuando comparamos en conjunto todos los diferentes niveles de educación, colocamos en el último puesto a los que trabajan en el campo…»: 75, 16. Las intenciones de reforma social de Fleury surgen —como más tarde en los tradicionalistas— de este cuadro idílico. Cf. en Moeurs des chrétiens, 76, 157 s, 243 s, la descripción de la vida laboriosa de los cristianos, «vida libre y honrada, pero seria y ocupada» y la manera que tenían los cristianos de asistir a los pobres: «La iglesia se ocupaba de todos los pobres de cualquier edad y sexo, pero no se consideraban pobres a quienes podían trabajar, ya que estaban en situación de no servir de carga a los demás, o incluso de asistir a los demás pobres; porque se pensaba que un buen cristiano no debía contentarse con trabajar para alimentarse, sino que además debía contribuir a la subsistencia de quienes no podían trabajar. Por otra parte la ley civil había previsto la su­presión de mendigos que pudieran trabajar…»: Ibid., 195.

En cada página, se siente implícita la distinción que hace Bossuet, con los escritores de su tiempo, entre la pobreza y la miseria, «esta extrema pobreza que es un mal en sí», escribe Fleury en Huitiéme discours sur l’histoire ecclésiastique, 74, 325. Hablando de la «extrema pobreza, escribe, es un mal y no un bien, es obstáculo a la virtud y origen de muchas tentaciones, in­justicias, corrupción, imprudencia, cobardía, desaliento, desesperación…»: Ibid., 325.

Los pobres en el siglo XVII 89

breza. Parte de un hecho doloroso y perfectamente comprobado: los campesinos mueren de hambre. Sabe perfectamente que «en muchos lugares raramente se come pan…» 14 y no olvida que los cultivadores del campo aguantan el sufrimiento, soportan la mise­ria de la guerra, no siempre cosechan lo que han sembrado y se ven obligados a abandonar su casa y sus tierras 15. Conoce dema­siado la miseria de los campesinos para poder imaginar la vida ru­ral a través de los idilios y de las pastorelas. Prefiere estar bien in­formado de su situación y ayudar a los más necesitados a salir de ella.

El conocimiento del ambiente campesino revela, al menos, tres tipos sociales diferentes, a pesar de la aparente unidad de nombre.

Las tres cuartas partes de los campesinos —obreros y propieta­rios de algunas pequeñas parcelas— apenas poseen una décima par­te de las tierras cultivables y su situación material oscila entre la penuria y la indigencia. Muchos de ellos deben encontrar otras ocu­paciones para poder vivir. Su condición de vida no es fácil; su ni­vel social es bajo.

Los obreros del campo —«jornaleros»— son frecuentemente muy pobres y de «los más miserables, se ignora casi todo». A veces se les llama «mendigos», aunque tengan residencia. Lo que se sabe con toda certeza por los registros parroquiales, es su muerte en masa cuando una epidemia pasajera o el «hambre cíclica» aparecen. Ellos constituyen, con los mendigos, el estrato inferior de la socie­dad rural y el grupo más numeroso. Tributarios de empleos irre­gulares forman el mayor número de pobres.

Continuamente endeudados, estos obreros del campo trabajan en ciertas épocas del año de manera intermitente en las casas de sus acreedores. Los trabajos realizados son banales, pero les sirven para pagar sus deudas y ganar algo de dinero. Pero si la cosecha es mediocre, el precio del pan aumenta y el trabajo disminuye. Los

14 En 1643, Vicente de Paúl dice a las Hijas de la Caridad para exhor­tarlas a la frugalidad: «En muchos sitios, raramente se come pan. En Limou-sin y en otros lugares, casi siempre se ve el pan hecho de castañas. En la región de donde yo soy, las personas se alimentan de pequeños granos, lla­mados mijos, que se cuecen en un puchero: a la hora de la comida, se vierte en una fuente y todos los de casa se sientan alrededor para comer y después se van al trabajo»: S. V. IX, 83.

15 S. V. XII, 200-202, Cf. la carta de Vicente de Paúl al padre Alme-rás, 8 de octubre de 1649: P. Collet, 36, I, 479.

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menos desdichados no quedan totalmente desprovistos. Viviendo en una habitación, no siempre de su propiedad, ninguno de ellos es capaz de alimentar a su familia con el producto de las pocas áreas de tierra que poseen. Para salir de la miseria permanente, a la que sus reducidos bienes parecen condenarlos, algunos se hacen obre­ros-granjeros. Estos mantienen alguna oveja y una vaca, cultivan algunas parcelas dispersas de los burgueses o pequeños trozos de un campesino ausente. Otros, intentando salir de su miseria, bus­can su independencia social y económica convirtiéndose en peque­ños fabricantes de sargas o haciéndose cardadores. Esta persecu­ción de independencia arriesga ser más aparente que real. En rea­lidad permanecen siempre obreros, reducidos prácticamente a la condición de asalariados con todas las servidumbres del paro obre­ro, que esta situación lleva consigo en la época. La estructura cam­pesina y social impide a los obreros todo esfuerzo eficaz para salir de su miseria económica y social 15.

La clásica clasificación del mundo campesino en obrero rural y labrador, olvida a todo un grupo de campesinos bastante nume­roso en algunas regiones de Francia. Estos poseen pequeñas par­celas de tierra y trabajan otras que arriendan, al mismo tiempo que crían un pequeño número de animales. De esta manera pueden vivir, aunque bastante pobremente. Estos campesinos ¿son inde­pendientes? Se puede dudar mucho que así fuera. Los más favo­recidos pueden muy difícilmente —incluso los mejores años— ali­mentar de pan a cinco o seis personas. Si la cosecha del año resulta

16 La descripción de «jornalero» que da Vauban en Projet d’une dixme royale, publicado en 1707, es clásica. «Entre la clase humilde, especialmente en el campo, hay muchísimas personas que, sin tener un oficio concreto, no por eso dejan de hacer muchos trabajos muy necesarios… Son los llama­dos jornaleros, cuya mayoría no teniendo más que sus brazos, o muy pocas cosas más, trabajan a jornal, o en la ejecución de algún trabajo por cuenta de quien los quiere emplear. Ejecutan todos los trabajos pesados, como cor­tar heno, hacer la cosecha, meter el grano, cortar leña, labrar la tierra y cul­tivar las viñas… y además ayudar a los albañiles, y realizar otros trabajos duros y penosos. Estas personas pueden encontrar fácilmente en qué trabajar una parte del año, y es cierto que durante el corte del heno, la cosecha y la vendimia ganan, ordinariamente, un sueldo bastante bueno; pero no es lo mismo en el resto del año»: Vauban, Projet d’une dixme royale, París 1933, 77-81. Goubert llega a hacer la misma descripción del jornalero de la pro­vincia de Beauvais, pero señala que sólo sirve para los menos desdichados. Porque «de los más miserables ignoramos todo… El infortunio rural escapa a la investigación. Sólo su existencia es atestiguada, lo mismo que el número, con frecuencia espantoso, golpeado mortalmente»: P. Goubert, 86, 185.

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mediocre, estos campesinos no pueden alimentar a su familia. Su apariencia de independencia se limita estrictamente a los años muy buenos. En los años malos no pueden vivir a no ser pidiendo un préstamo y firmando obligaciones, de las cuales difícilmente pue­den liberarse. En realidad no pueden vivir de sus tierras, de su explotación, de su trabajo, si no es contrayendo deudas.

Los labradores poseen, por lo menos, dos caballos, que, engan­chados a un arado, les permiten labrar la tierra. Pero en esta socie­dad tan formalista, tan sensible a las denominaciones y a las dig­nidades, la aparente unidad de denominación oculta con mucha frecuencia niveles económicos muy distintos. Hablando de los labradores, es necesario distinguir el mediano y el rico labrador.

Un labrador mediano raramente posee más de una decena de hectáreas. Con su par de caballos, acompañado con frecuencia de una yegua, labra sus tierras, ara para sus vecinos más pobres y ex­plota algún arrendamiento que puede igualar en extensión a su propiedad. Interesantes los años buenos, estos arrendamientos cons­tituyen, por el contrario, cargas pesadas los años difíciles, puesto que el aumento del arriendo es constante. El conjunto de su ga­nado, por término medio, no alcanza proporciones importantes. Mediocres propietarios, medianos arrendatarios, apenas fueron otra cosa que modestos campesinos con un par de caballos.

Otros labradores, que tampoco poseen tierras suficientes para estar ocupados y alimentar a sus familias, buscan un segundo ofi­cio. Gracias a este segundo oficio, algunos alcanzan el nivel de los labradores ricos y de los grandes arrendatarios y recaudadores de señorías.

Los estratos superiores de la sociedad rural están constituidos por los labradores ricos, que poseen de veinte a treinta hectáreas, grandes colonos, recaudadores de las señorías. Su estudio, sobre todo su existencia, contribuyen a explicar la incomodidad, la mi­seria de los campesinos pobres, reducidos, casi, a ser sus deudores y sus asalariados. Ellos nos hacen conocer también las relaciones con los grandes propietarios.

Los privilegiados en el campo son los burgueses, exentos de pagar contribución, los clérigos, los nobles. Ellos poseen ordina­riamente grandes terrenos y derechos rurales. Estos grupos de la sociedad urbana y campesina obtienen importantes réditos de la renta de la tierra y del interés del dinero. La percepción de sus

92 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

rentas agota la mayor parte del producto de la tierra y reduce a la indigencia y a la miseria a los pequeños y medianos campesinos.

Su pobreza y su miseria

Con anterioridad a la política de guerra emprendida por Riche-lieu y continuada por Mazarino, antes de las grandes crisis del si­glo XVII, incluso durante los períodos de relativa prosperidad, la mayoría de los campesinos franceses viven muy pobremente.

Jorge Crew, embajador de Inglaterra en la corte de Francia de 1605 a 1609, escribe en su relato sobre la situación económica y social del reino de Francia: «Los habitantes de Francia forman tres categorías de personas… los de la tercera están de tal manera oprimidos que su boca está llena de imprecaciones y de quejas amargas y no cesan de gritar que su rey parece ser, no el rey de los franceses, sino el de los mendigos». El mismo da la explicación: «Es una máxima del estado en Francia, que el pueblo debe estar abatido y desalentado por las exacciones y la opresión, ya que de otra manera estaría dispuesto a la rebelión. Por eso, actualmente se encuentra abrumado con tan grandes cargas que le impiden toda posibilidad, no digo ya solamente de caminar o de correr, pero ni siquiera de andar y de moverse bajo ellas… Bajo la administración de Sully, añade, cuando los oficiales del rey encargados de cobrar los impuestos no encuentran nada en casa del contribuyente, que no ha comparecido, venden las puertas, las ventanas y el tejado de las casas» 17.

Roberto Miron, magistrado de los comerciantes, presidente del «tercer estado», presentando el «cuaderno» del tercer estado el 23 de febrero de 1615, dice: «Los pobres campesinos trabajan sin descanso, gastando… su vida para alimentar a todo el reino… Y de su trabajo no les queda más que el sudor y la miseria… El ali­mento de vuestra majestad, de todo el estado eclesiástico, de la nobleza y del tercer estado, está cargado sobre sus brazos. Sin el trabajo penoso de los campesinos, ¿qué valen los diezmos y las grandes propiedades de la iglesia? ¿qué valor tienen para la nobleza sus grandes propiedades y sus grandes feudos, lo mismo que las casas, rentas y herencias del tercer estado? ¿quién proporciona los medios para formar los ejércitos de guerra?… Y apenas los sol-

17 Relación de Crew, 139, 427-461; Cf. Richelieu, 143, 149.

Los pobres en el siglo XVII 93

dados se ponen en marcha, ¡cuando ya desuellan a los pobres cam­pesinos que les han pagado!… A este pobre pueblo, que no tiene por suerte más que el trabajo penoso de la tierra, el esfuerzo de sus brazos y el sudor de su frente, oprimido por la contribución, el impuesto de la sal, obligado a soportar el comportamiento des­piadado y bárbaro de mil agentes que le buscan para hacerle pagar sus impuestos, se le ha visto comer hierba, en medio de los prados, con los animales… »18.

En 1622, un sabio especialista en cuestiones financieras, el pre­sidente La Barre, una autoridad en la época, escribe en su Formu-laire des élus: «Si el labrador pensara seriamente cuando labra su tierra, para quién siembra, no volvería a sembrar» 19. El autor ha­bla de un labrador que posee una explotación bastante importante, disponiendo de una herramienta agrícola y de personal asalariado que trabaja bajo sus órdenes. Pero sabemos que la mayoría de los campesinos franceses no poseen más que dos o tres hectáreas y la mayor parte de los obreros del campo no poseen más que unas pequeñísimas parcelas de tierra.

En el «Cuaderno» de 1620 de los estados de Normandía se lee: «A pesar de que el tercer estado sea el primer peldaño, la piedra que soporta todo el peso, el padre alimentador de todos los demás, no obstante está considerado como anatema y cosa execra­ble, abandonado de todos, es decir oprimido por todos; la iglesia le exige los diezmos; todos saben cuán indignamente es tratado por los nobles; el impío soldado lo golpea, lo viola, le roba, dejándole únicamente lo que no se puede llevar; de los hombres de justicia, ¡ni siquiera se atrevería a quejarse!» 20.

El mismo Ric’nelieu en sus proyectos de reforma de 1625 y 1626 habla de «aliviar a la gente del campo» «sobrecargada» y «arruinada» 21.

Aun cuando haya que tener en cuenta el tono exagerado de su carta, Gaston d’Orléans escribe desde Nancy el 30 de mayo de 1631 a Luis mi: «…E1 derroche de vuestras finanzas ha reducido a vuestro pueblo a una necesidad extrema… Os diré solamente

18 Cf. G. Walter, en la introducción al libro La journée des Dupes, 114, XVI-XVII.

19 La Barre, 95, 396.

20 Cf. Ch. Robillard de Beaurepaire, 144, II, 4.

21 Avenel, 7, II, 161, 178, 179, 318, 326.

94 Francia en tiempo de Vicente de Poli

lo que he visto. En el campo, un tercio de vuestros súbditos ape­nas come pan ordinario, otro tercio no vive más que de pan de avena y el tercio restante, no solamente está reducido a la mendi­cidad, sino que languidece en una necesidad tan lamentable que, una parte muere realmente de hambre, la otra no se sustenta más que de bellotas, hierbas y cosas parecidas, a semejanza de los ani­males. Los menos desdichados no comen más que salvado y sangre que recogen en los regatos de los mataderos. Yo mismo he visto con mis propios ojos esta miseria en diferentes lugares, desde mi salida de París» 22.

El 26 de junio de 1633, J. Luis de La Valette escribe desde Burdeos al canciller Séguier: «…Se puede temer que la necesidad extrema en que viven los pueblos suscite algunos malos consejos… la miseria es tan general en todas partes que será imposible, si no hay algún alivio momentáneo, que el agotamiento no conduzca al pueblo a tomar alguna decisión peligrosa…» 23. Los autores de los «Cuadernos» de los estados de Normandía se quejan del rigor in­humano de los «agentes de contribución… llegando, dicen ellos en 1634, a haber arrancado la camisa que cubría la desnudez de los cuerpos e impedido a las mujeres en varios lugares, por vergüenza de su propia desnudez, el asistir a las iglesias». Se puede pensar que esta queja, como todo reproche, es excesiva, sin embargo el mismo lamento se encuentra en la antigua provincia de Angulema: «Los agentes de contribuciones usurpan todos los bienes de los insolverites, quienes, privados incluso de sus vestidos, no se atreven a asistir a los oficios religiosos» 24.

Durante la guerra de Francia contra España la correspondencia enviada al canciller Séguier desde todas las provincias de Francia, nos presenta un pueblo demasiado cargado de impuestos y excesi­vamente arruinado por la brutalidad de los arrendadores de con­tribuciones y por las atrocidades de los soldados «. Si el pueblo francés tiene necesidad de pan y de esperanza, los campesinos, du-

22 Cf. G. Mongredien, 114, apéndices, 216, 217-218.

23 Cf. B. Porchnev, 134, 584; R. Mousnier, 120, I, 226.

24 Cf. P. Boissonnade, 13, 27-29, 30-31.

25 Cf. R. Mousnier, 120, donde se pueden encontrar en la corresponden­cia enviada al canciller Séguier, innumerables citas que hablan de esta doble vejación soportada por los campesinos: G. Walter, 156, 249-280; P. Deyon, 45, 210-211, 313-315, 329-330, 332-334, 433-436, 445, 446, 455; P. Goubert, 86, 162-164, 177-221; E. le Roy Ladurie, 105, I, 485-489, 499-503.

Los pobres en el siglo XVII 95

rante todo el tiempo de la guerra franco-española y especialmente durante la Fronda, ven su indigencia convertida en miseria, sus vestidos reducidos a harapos y su esperanza decepcionada. Inme­diatamente después de la Fronda La Bruyére escribe estas líneas a la vez desdeñosas y compasivas: «Se ve a ciertos animales fero­ces, machos y hembras, extendidos por la campiña, negros, dema­crados y completamente quemados del sol, agarrados a la tierra que cavan y remueven con una invencible obstinación; tienen una especie de voz articulada, y cuando se enderezan, muestran un ros­tro humano. En efecto, son seres humanos. Al atardecer se reti­ran a sus chozas donde viven de pan negro, de agua y de raíces; ahorran a otros hombres la fatiga de sembrar, labrar y recoger pa­ra poder vivir, y de esta manera merecen el pan que ellos han sembrado» 25.

Esta descripción corresponde al espectáculo de la campiña de los alrededores de París después de los horrores de la Fronda, pero sabemos que semejante espectáculo se extiende por otras muchas provincias de Francia.

Mendigos y vagabundos

La valoración de la pobreza y del «buen pobre» 27, que descri­ben los «espirituales» del siglo XVII, surge de la imagen de la vida laboriosa de Jesús y del comportamiento de los primeros cristianos en la asistencia a los pobres.

Por el contrario el «mal pobre» es el que no quiere trabajar, es decir, el mendigo en estado normal de salud. Categoría pura­mente sociológica o incluso política, la mendicidad está despro­vista, en el siglo xvII, de la aureola moral y poética, casi ritual, de la pobreza. La ociosidad produce la mendicidad 25, porque el

26 J. la Bruyére, 97, 389.

27 La distinción entre «buenos» y «malos» pobres comienza a esbozarse al final de la edad media: cf. M. Mollat, 166, 5-23, especialmente 14-19. En el siglo xvi esta distinción es decisiva. El «buen pobre» es quien acepta con humildad y resignación su situación. El «mal pobre» es quien «men­diga con insolencia», es decir, pide limosna amenazando y no quiere trabajar.

28 Cf. nota 13.

96 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

trabajo es siempre bendecido «. La única cosa necesaria es aban­donar a Dios el éxito del trabajo .

El vocabulario empleado, para definir a mendigos y vagabundos, no sólo es revelador de la estructura mental de la sociedad, sino sumamente significativo en la historia social. El mendigo es el que no puede ganarse la vida y se ve obligado a recurrir a la ayuda de los demás para poder subsistir. Ello significa que ha caído en el mundo de la pobreza y que no puede salir de ella. Por eso no sólo se encuentra en la privación de recursos, sino que el único recurso normal de su existencia es dedicarse a la mendicidad. J. P. Camus es, quizás, quien nos da la definición más precisa del término men­digo en la primera mitad del siglo xvii: al pobre, «que no tiene otro recurso más que su trabajo para mantener su vida», opone el mendigo, «que no sólo se encuentra privado de todo recurso, sino reducido a tal grado de miseria, que no puede ganarse la vida por su trabajo, incluso aunque lo desee, bien porque está impedido por dolencia o enfermedad, bien por falta de empleo, aun cuando esté en perfecta salud y tenga capacidad suficiente, si se le empleara en el trabajo» 31.

El término vagabundo tiene un sentido más restringido y varía de significado a través del siglo xvii. Su sentido se precisa lentamente, a medida que el vagabundo se convierte en delito. Sólo entonces los juristas lo definen con mayor precisión y el tér­mino adquiere su significado preciso. Hasta 1660, el vagabundo es el errante, el que no tiene domicilio fijo. El jurista F. Simon de Mereville escribe en 1624: el «vagabundo es el que ha abandonado su domicilio y el lugar de su residencia ordinaria para robar y vivir del bandidaje, y como se dice, vagar de un lugar a otro, perezoso y más inclinado a hacer el mal que el bien, lo que va contra las buenas costumbres y por eso la ley le persigue y le hace perder el privilegio de su residencia» 32. Un edicto de 1666, referente a la seguridad de la ciudad de París, define con mayor precisión al va­gabundo: «Serán declarados vagabundos y desalmados (gens sans

29 Bossuet, 17, IV, 44: «Dios no niega lo necesario para vivir a quienes le temen»; cf. S. V. IX, 483-498; C. Fleury, 76, 195.

30 Cf. Bossuet, 17, IV, 49-50: «Meditación sobre la parábola de los li­rios del campo»; S. V. IV, 283; III, 465; VII, 348; XII, 139; A. Dodin, E. D. 598.

31 J. P. Camus, 159, 5.

32 F. Simon de Mereville, 169, 35.

Los pobres en el siglo XVII 97

aveu) quienes no tengan ninguna profesión ni oficio, ni bienes para subsistir; quienes no puedan hacer certificar su vida honrada y sus buenas costumbres por personas honradas, conocidas y dignas de fe y que sean de condición honorable» 33.

En esta sociedad estratificada en diversos órdenes jerarquizados en estados, Loyseau, al principio de siglo, coloca el estrato de los mendigos en lo más bajo de la escala social 34. Entre ellos los cojos y ciegos, sin duda a causa de las palabras del evangelio, tienen el derecho exclusivo —según los reglamentos publicados en forma de edictos de la magistratura— de pedir bajo los pórticos de las igle­sias.

Los mendigos dependen y viven del resto de la sociedad. Loy-seau escribe: «Viven en la ociosidad y sin ninguna preocupación, a expensas de los demás» » y según la expresión utilizada por Feí-llet: gozan «de la limosna como de las rentas de una prebenda» 36. En realidad, los mendigos del siglo xvii no inspiran ninguna con­sideración a sus contemporáneos. Es preciso darles de comer, por­que jamás tienen con qué alimentar su existencia, y es indispensa­ble que coman.

Mendigos y vagabundos se presentan al historiador como ele­mentos peligrosos de un determinado orden social. Se sospecha constantemente de ellos que vienen de lugares contaminados y que propagan contagios y pestes. De hecho se los margina de la socie­dad. Estos desarraigados, cuyo número aumenta considerablemen­te en períodos de crisis, viven la vida sin pararse, en continuos des­plazamientos. Sin embargo los documentos, que el historiador pue­de consultar, sólo los abordan cuando son detenidos por el poder judicial o cuando ingresan en los hospitales u hospicios, es decir, al margen de sus situaciones habituales de vida.

33 Edicto que confirma el reglamento sobre la limpieza de basuras, la seguridad de París y de otras ciudades, 1666: cf. Isambert, 92, XVIII, 93. Estas fórmulas, que definen al vagabundo como a alguien que no posee oficio, ni nadie que responda con garantía por él se repetirán apenas sin modi­ficación, hasta el final del antiguo régimen.

34 Cf. cap. 1, nota 15.

36 Ch. Loyseau, Livre des ordres, cap. VIII, citado según R. Mousnier, 126, 27.

36 A. Feillet, 68, 56. Muchos «viven en la pereza, en la ociosidad cri­minal», llevan una «vida disoluta», a costa de la mendicidad: cf. J. B. Thiers, 170, 344, 352, 357; A. Godeau, 162, 73, 87.

98 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

Los documentos que nos informan de vagabundos y mendigos ayudan a precisar su silueta. Sin poderlos clasificar, hay en la época, el «hombre de la copa de madera», mendigo inoportuno y de as­pecto molesto. Los que llevan una vida sospechosa, sin recursos regulares, como era el caso de Vicente de Paúl a su llegada a París, cuando se alojaba en casa de uno de sus «paisanos» y escribe a su madre: «El infortunio presente presagia la fortuna futura» 37. El número de hombres es superior al de mujeres y niños. A este cor­tejo se unen timadores, que mendigan en las campiñas, exhibiendo enfermedades y úlceras perfectamente imitadas, maestros de es­cuela, de escritura, músicos de paso, sastres, que vagabundean de una región a otra en busca de trabajo, falsos peregrinos que, bajo pretexto de piedad, adquieren libertad total para mendigar impu­nemente de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia.

Dado el sistema de reclutamiento y de formación de ejércitos, no faltan vagabundos y ladrones que se alistan voluntariamente. Incluso, si no provienen del medio de vagabundos, este mundo los acecha y puede seducirlos. Los antiguos soldados, sobre todo si son inválidos, tienen mayor inclinación a convertirse en vagabun­dos. Los soldados en actividad, libres durante la temporada de invierno, a quienes amenaza la tentación del vagabundeo, caen fá­cilmente en ella.

El mayor número de vagabundos lo forman jornaleros agríco­las. La guerra puede ser decisiva para provocar la huida de los cam­pesinos más pobres, sin tierras, y atraerlos al vagabundeo. Sobre todo cuando se incendian pueblos, se saquean las casas, se lleva el grano y se destrozan las cosechas. La falta de pan los arroja a los caminos, y si llegan a sobrevivir, el unirse a las bandas de errantes, de mendigos, de soldados licenciados, constituye para ellos una razón de existencia y de vida. En un siglo de presión fiscal, en un país en el que el impuesto es de repartición, la miseria y la huida de unos pueden tener efecto acumulativo. Quienes han resistido durante un tiempo, cargados de impuestos, abandonan a su vez el campo. En la Francia del siglo xvii, crisis económico-sociales y fuertes cargas fiscales tienen una influencia indirecta, que estimula la redistribución de la propiedad y explica los vagabundeas. La

37 S. V. I, 19; cf. E. Magne, 109, 33-49.

Los pobres en el siglo XVII 99

concentración de tierras en beneficio de algunos «acaparadores» burgueses, lo hemos señalado, se realiza en muchas provincias, lo que obliga a muchos pequeños campesinos a perder sus tierras y como a muchos jornaleros a la huida, al no encontrar trabajo, dada la concentración de propiedades.

Si por pauperismo es necesario entender, como lo han hecho la mayoría de los economistas hasta el siglo xx, la situación de una clase de ciudadanos que no susbisten más que de las limosnas re­cibidas, ¿cuándo el pauperismo ha sido más evidente que ante es­tas multitudes de mendigos, que vienen a saciarse a las puertas de los conventos, de los hospitales, y en frente de estos vagabundos que constituyen una seria amenaza contra la sociedad?

Las actitudes mentales y sociales de los hombres en relación con la pobreza, los pobres y el pauperismo han evolucionado con las generaciones. Ellos han olvidado a veces y otras han percibido parcialmente los elementos paradójicos del problema permanente: la conciliación paradójica del escándalo de la miseria vivida —po­breza real— y la estima espiritual de la pobreza —virtud que in­troduce en la vida cristiana—. Nada nuevo hay en todo esto: la cuestión de fondo es el problema del mal. En estas actitudes se requiere llegar a descubrir los comportamientos colectivos de la iglesia y de la sociedad civil con los pobres.

Actitudes y comportamientos obligan a no disociar la pobreza —como noción espiritual y realidad psicológica— del contexto económico-social. En esta evolución histórica se podrá intentar de­ducir la coyuntura de la pobreza, de los pobres y del pauperismo.

La manera de enfocar el problema del pauperismo en el siglo xvii ¿constituye un dinamismo o un obstáculo para remediarlo? La respuesta merece ser estudiada con detalle y supone muchos matices para lograr que sea lo menos inexacta posible.

No se puede olvidar que la miseria en el siglo xvii es conside­rada como un castigo del pecado original o de los pecados perso­nales 38; el remedio debe encontrarse en la caridad de los ricos y

38 Bossuet, 17, IV, 49 afirma que la pobreza, la miseria, es en esencia consecuencia y fruto del pecado. «Quién no admirará las riquezas de la pro­videncia, que hace encontrar a cada animal, incluso a una mosca y a un gu­sano, su alimento conveniente, de manera que la indigencia no se encuentra en ninguna parte de su familia, sino que, por el contrario, la abundancia reina por todas partes, exceptuado ahora entre los hombres, después que el pecado ha introducido la codicia y la avaricia»: 16, 157-158; «toda calamidad

100 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

en la resignación de los pobres 39. Pero esta resignación predicada por unos y casi aceptada por otros, y la costumbre de repartir la limosna a las puertas de los conventos y en la calle, impiden el tra­bajo y crea en la ciudad y en el campo un pueblo de mendigos.

Por otra parte, la idea, aparecida al final del siglo xvI, de que los pobres deben ser «separados» de la sociedad, se extiende en el siglo xvii. Las medidas aplicadas en el siglo xvi no habían hecho desaparecer a los pobres y mendigos. A lo sumo habían disimulado el número, pero no lo habían reducido. Se puede decir que durante todo el siglo xvii la mendicidad aparece como un problema angus­tioso. Si no se puede calcular la amplitud del fenómeno, tampoco se puede discutir su realidad.

El carácter obsesivo de la miseria, los mendigos inoportunos, que la caridad parece multiplicar, las bandas de vagabundos, ter-

tiene por origen nuestros pecados»: 15, V, 512. En una ocasión el mismo Bossuet afirma que los ricos tienen una responsabilidad directa en las faltas de los pobres, idea atrevida, rarísimamente expresada en el púlpito. Bossuet lanza esta idea ante los privilegiados que le escuchan. Ninguna demagogia, pues, en su sermón: «Todos los teólogos nos enseñan de común acuerdo, que si no se ayuda al prójimo según las propias posibilidades, se es culpable de su muerte, y se dará cuenta a Dios de su sangre, de su alma, de todos los excesos donde el furor del hambre y la desesperación le precipitan»: 15, IV, 214. Para Vicente de Paúl la miseria se arraiga en el pecado y se alimenta de él; el pecado provoca la miseria y se opone a todo bien. El no teme nada más que sus pecados. El jesuita A. Bonnefons, 14, 27, escribe: «El origen de to­das las desgracias (enfermedades, pobreza…) es el pecado».

39 En el siglo xvii hay una corriente de pensamiento que afirma que la limosna es una restitución, una satisfacción, la mejor penitencia, prudencia para el futuro. La obligación de dar limosna es un deber de caridad fra­terna. La limosna trata de realizar el equilibrio económico en la sociedad: Cf. Bossuet, Sermón de la eminente dignidad de los pobres, 15; III, 121 s; VI, 525. Vicente de Paúl hablando de la limosna afirma: «He oído decir que lo que ayudaba a los obispos a hacerse santos, era la limosna»: S. V. XII, 88. J. H. Quarre, señala claramente el equilibrio en el siguiente principio: «Que los ricos auxilien la indigencia de los pobres por la abundancia de los bienes temporales, y que la plenitud espiritual de los pobres colme la indi­gencia espiritual de los ricos…»: 135, 30-31. El mismo autor recuerda la teo­ría de la armonía del mundo, unión de los contrarios: 32; cf. p. 11. A. Bonnefons, bajo una fórmula menos filosófica, hace aparecer la misma idea: «se debe respetar a los pobres, es decir, no se debe manifestar el desprecio que se hace de su persona» y aduce la cita del libro de los Proverbios, 14, 20-21. «Rescataos (de la esclavitud perpetua de los pecados) por las li­mosnas y por una verdadera misericordia con los pobres»: 14, 28-29; cf. 31-32, 33, 34.

Acerca de los múltiples problemas psicológicos y morales que supone la limosna en el siglo xvu, cf. J. Truchet, 150, I, 299-308; H. Buisson, 25, 95, 103; Bossuet, 17, VI, 276-278.

Los pobres en el siglo XVII 101

minan por inquietar. Se distribuyen limosnas, pero ya no se cree demasiado en la predisposición evangélica de los pobres. Más bien se sospecha de ellos, se horroriza uno de sus vicios, de su ignorancia, de su probable condenación. Las iniciativas de la caridad no pare­cen poder solucionar la situación de miseria. Se sueña entonces sustituirlas por el «encerramiento» de los pobres en los hospitales generales, medio-manufacturas, medio-prisiones. No faltan teori-zantes que sostienen semejante solución. Los argumentos utilizados para justificar el proyecto son diversos. Unos se inscriben en la obra del mercantilismo para crear una economía nacional «. Otros adu­cen argumentos morales y religiosos. La vida que llevan los vaga­bundos y mendigos es una vida de paganos: no bautizan a sus hijos y sus uniones se realizan a la manera de concubinatos 41. Los publi­cistas escriben con agrado •que los pobres son «libertinos», es decir, que viven al margen de toda regla social y religiosa. El encerra­miento permitirá «reglar» y «gobernar» su vida.

En las definiciones del vagabundo aparece la expresión de «des­almados» (gens sans aveu). El término es sumamente significativo en la semántica del vocabulario de la pobreza. Si el pobre y, con frecuencia, el mendigo forman parte de la sociedad, al vagabundo, por el contrario, se le define esencialmente por la ausencia de víncu­los que le unen a la sociedad. La carencia de domicilio es algo que muchas compañías de la caridad, en el siglo XVII, no perdonan: sólo asisten a los que tienen domicilio 42. La reprobación, que lle-

40 Richelieu resume perfectamente esta teoría en una nota escrita en 1625, titulada Pauvres enfermés: «Puesto que muchos vagabundos y ociosos, en vez de trabajar para ganarse la vida, dado que pueden hacerlo y además es su deber, se dedican a pedirla y a mendigarla, quitando de esta manera el pan debido a los pobres necesitados e inválidos, incomodan a los ciudadanos y privan al público del servicio que podrían recibir de su trabajo queremos que en todas las ciudades del reino se establezca un estatuto y reglamento para los pobres, de manera que no solamente todos los de la ciudad, sino también los de los alrededores, sean encerrados y alimentados, y los sanos sean empleados en obras públicas»: Avenel, 7, II, 180-181.

41 Cf. Mémoire concernant les pauvres qu’on appelle enfermés: L. Cimbert – F. Danjou, 33, ta serie, XV, 243-244, publicada en 1612. Mé-moire concernant les pauvres aue ron appelle enfermés, publicada en 1618: Ibid., 251-252. Edit du Roy, portant établissement de l’Hópital-Général, abril de 1656: Code de l’Hópital Général, 34, 262.

42 Cf. L. Cahen, 26, 13 donde se encuentran datos interesantes en este aspecto. No se puede olvidar que vagabundear es un delito: cf. F. Simon de Mereville, 169, 35.

102 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

va consigo la ausencia de domicilio, irá aumentando hasta el siglo xviii, que hace «vagabundo» igual a «desalmado».

La expresión gens sans aveu es muy fuerte. En la época moder­na significa: alguien a quien nadie quiere reconocer como allegado suyo y de quien ninguna persona digna de fe quiere dar garantía 43. No tener la garantía de nadie, equivale a permanecer al margen de la sociedad y a no pertenecer a ninguna corporación. Lo que es grave en una sociedad, donde «clientela» y «corporación» constitu­yen las estructuras de las relaciones y de los vínculos sociales. Si se añade que vagabundos y, a veces algunos mendigos, viven volun­tariamente al margen de la sociedad, en el «libertinaje», es decir, rechazando toda imposición social «sin someterse a las reglas de la religión y de la razón» 44, se puede suponer su «estatuto» social.

Por eso no hay por qué extrañarse de que la misma sociedad los margine y adopte contra ellos medidas rigurosas, sobre todo en el campo judicial, por motivos de orden y de seguridad social.

La aportación del lenguaje en el estudio de la pobreza es suma­mente reveladora. Al llamar pobre a quien ordinariamente tiene un nivel de vida muy bajo y está expuesto todos los días a no con­seguir lo indispensable para vivir, mendigo a quien tiene que pedir limosna para poder subsistir, el vocabulario francés del siglo xvii nos revela la vulnerabilidad y la gran dificultad a las que se ve so­metida la clase humilde. Al definir y condenar al vagabundo y al «desalmado», este mismo vocabulario nos informa cómo la sociedad rechaza y margina de ella a una gran parte de las clases más bajas.

43 Cf. Furetiére, 80, la expresión gens sans aveu; Dictionnaire de la langue franlwise du XVI siécle, ed. Huguet. En el lenguaje feudal, persona sans aveu era quien no dependía de ningún señor y no podía invocar ninguna protección: cf. las definiciones dadas en los diccionarios de la Academia Francesa de Littré y Robert.

44 A partir de 1585 la palabra «libertino» designa a quien intenta vivir fuera de toda religión, para dar a la existencia humana un sentido exclusiva­mente terrestre. En la segunda mitad del siglo xvn, la palabra es sinónima de desenfreno en las costumbres: cf. Dictionnaire de Robert, la palabra «liberti­no». Cuando se aplica a los vagabundos, a partir de 1600, tiene con fre­cuencia un sentido más amplio: quien rechaza toda imposición social, «quien no quiere someterse a las leyes, a las normas de una vida honrada tal y como se prescriben a cada uno según la situación en que se encuentra»: Furetiére, 80, la palabra «libertino». «Vivir en el libertinaje» (en este sentido la palabra data de 1623: cf. Dictionnaire alphabétique et analogique de la langue frau-qaise, de Robert), es vivir según su fantasía, sin someterse a las reglas de la moral y de la religión y de la razón.

Los pobres en el siglo XVII 103

Si del vocabulario se pasa a la realidad a través del siglo xvII, se observa que estas diversas categorías de pobres se entremezclan, se confunden y el número de participantes aumenta a causa de los azares de la vida y de las crisis económico-sociales. Y esto es esen­cial, porque vocabulario y realidad significan que la historia de la pobreza, de los pobres, en la época clásica es, sin duda, el estudio de los medios pobres, pero también la historia de una segregación, de una separación.

Los pobres en el siglo xvii se encuentran en los niveles más bajos de la sociedad, pero entre ellos hay quienes se encuentran marginados de y por esta sociedad. El problema de la mendicidad y del vagabundeo preocupa a la opinión pública y al gobierno real. Las diferentes medidas aplicadas por el gobierno desde 1611 hasta 1687 para poner remedio a este mal y la actitud de la sociedad con los mendigos pueden ayudarnos a aclarar la respuesta.

Nos parece que para tratar de buscar una respuesta, se requiere determinar las causas del pauperismo y del vagabundeo, y precisar exactamente las fechas en que mendigos y vagabundos aparecen en grandes grupos. Desde principios de siglo, cuando Loyseau afirma: los mendigos viven «en la ociosidad y sin ninguna preocu­pación, a expensas de los demás», hasta 1656, fecha en la que el gobierno real publica el edicto referente al hospital general, los tiempos han cambiado, las causas de la mendicidad y del vagabun­deo son completamente distintas y el número ha aumentado mu­cho.

Las causas del pauperismo son múltiples y cada una aporta su tanto por ciento: la sucesión de carestías y epidemias, las crisis manufactureras y textiles contribuyen a aumentar las bandas de vagabundos, que llevan una existencia al margen de la sociedad. Los pobres, agobiados por repetidos golpes, no llegan a rehacerse durante los intervalos de la escasez. Al no encontrar un trabajo re­gular, ni siquiera pueden retirar sus ropas, empeñadas a un precio usurario. Las operaciones militares y los destrozos de los soldados durante la guerra civil y extranjera extenúan la provincia y reducen a la población urbana y campesina al vagabundeo y a la mendici­dad. La concentración de propiedad rural y los desastres monetarios multiplican los desdichados y los encaminan hacia las ciudades.

¿Quiénes son estos mendigos y vagabundos? En Amiens de 1625 a 1633, más de la mitad de la población, quizás las 3/5 par-

104 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

tes, no pagan la tasa de los pobres impuesta a los ciudadanos. Estas abstenciones pertenecen a las categorías más desheredadas. Sin embargo las cotizaciones mínimas son de tres denarios por semana, es decir 1/4 de sol. ¡Estas 3/5 partes de la población no pueden pagar los tres denarios por encontrarse en una gran pobreza! 45.

En el momento de la carestía del invierno de 1621-1622, la encuesta realizada por los concejales nos permite conocer el nú­mero de necesitados: «1.300 hombres y mujeres y 2.050 niños» 46. Estas personas necesitadas deben ser alimentadas por la munici­palidad. Desgraciadamente el efectivo de recursos de la «Oficina de los pobres» no puede proporcionar más que el equivalente de ¡quince a veinte kilos de pan por persona y por año! Cuando la carestía persiste y la crisis comercial aumenta el paro obrero, los administradores de la «Oficina» no pueden hacer frente a la mi­seria y declaran su imposibilidad. La municipalidad abandona en­tonces a estos pobres 47.

La posibilidad de encontrar un trozo de pan en la ciudad alienta a los vagabundos y a los jornaleros sin trabajo a trasladarse del campo a la ciudad. Las autoridades municipales, que ni siquiera pueden alimentar a los necesitados de la ciudad, declaran la expul­sión de los vagabundos y mendigos venidos de fuera y descubiertos por la policía. De 1630 a 1640 esta policía se vuelve cruel expul­sando de la ciudad a todos estos errantes que propagan el robo y la sedición.

En marzo de 1652, la «Oficina de los pobres» de Amiens de­clara su incapacidad: la ciudad no puede de nuevo socorrer a sus propios indigentes 48. Los burgueses, que se resienten en la pros­peridad de su comercio, cotizan con dificultad la limosna semanal, y las finanzas municipales, disminuidas por las exigencias del fisco, privadas por los arrendadores de las contribuciones reales del pro­ducto de arbitrios, no pueden socorrer ya esta miseria. La caridad privada, cuyas iniciativas se habían prolongado desde 1624, confie-

45 P. Deyon, 45, 241.

46 Ibid., 349 en la nota 18.

47 Cf. R. Mousnier, 120, 1, 340.

48 «Es tan grande el número de personas miserables de toda edad y sexo, huérfanos, niños de pecho, ancianos incapaces de ganar su vida, matrimonios pobres con un número grande de hijos, que lo recibido de la Oficina para los Pobres no puede ser suficiente»: P. Deyon, 45, 31.

Los pobres en el siglo XVII 105

sa la misma incapacidad: la amplitud del mal priva de toda eficacia a los remedios particulares.

Entre los componentes de esta población de mendigos y vaga­bundos de Amiens se encuentran hombres y mujeres, matrimonios con hijos, muchachas y adolescentes, aprendices que abandonan el taller patronal antes de terminar su contrato, hiladores y tejedores de los pueblos vecinos, obreros forasteros, oficiales artesanos sin trabajo 49.

En Beauvais, Pedro Goubert describe el mismo fenómeno, comprueba las mismas causas de estos rasgos horribles de la miseria y señala la misma incapacidad de la caridad privada para luchar con­tra el mal. Por el contrario, no declara la existencia de masas de vagabundos 50.

Con ocasión de cada una de las grandes crisis de la economía del siglo XVII, los obreros y menesterosos de Beauvais reaccionan según el mismo esquema y sufren los mismos males: carestía, paro obrero, comienzos de rebelión obrera, medidas de caridad, conta­gio.

En octubre de 1630, comienza la carestía. El 24 de diciembre se establece una «tasa de los pobres» para socorrerlos y se movili­zan las compañías burguesas contra la sedición, que amenaza. En febrero de 1631, los concejales de la municipalidad terminan la encuesta sobre el número de pobres: el resultado da la cifra de 2500. El 6 de abril de 1631, la ciudad pide dinero prestado para alimentar a los pobres y envía a los más fuertes a «trabajar en las fortificaciones». El 10 de abril, la regiduría ofrece dinero a los «fabricantes de sábanas que quieran emplear mayor número de po­bres de los que tienen». En junio, el contagio de la peste se declara y la nueva cosecha se anuncia mala 51.

En 1648, al comienzo de la Fronda, la única preocupación de la burguesía de Beauvais es impedir toda «sedición» de los obreros de la lana, exasperados por la subida de precios y por la disminu­ción de empleo. Durante toda la Fronda persiste esta misma preo­cupación. Solamente cuando los pobres comienzan a morir de ham­bre y de enfermedad, esta preocupación pasa a segundo plano. En esta fecha se crea la «Oficina de los pobres». Sin embargo son ra-

49 P. Deyon, 45, 350.

50 Cf. P. Goubert, 86, 333.

51 Ibid., 342.

106 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

ras las personas acomodadas que manifiestan por los pobres de la ciudad (jamás se hace mención de los pobres del campo) senti­mientos de piedad. Ante todo es un asunto de conservación, de orden, de defensa, de policía social.

La preocupación de la burguesía de Beauvais durante los años de carestía se orienta hacia el acrecentamiento de su dominación sobre las clases populares urbanas y rurales. En estos mismos años, los burgueses obtienen sus ventajas de los campesinos pobres. Care­ciendo de semilla y con frecuencia de alimentos, los campesinos se ven obligados a pedir anticipos. Los prestadores urbanos pueden entonces lanzarse sobre las aldeas y liquidar los créditos: las par­celas rurales entran por centenares en las propiedades burguesas. Los pobres campesinos se ven entonces obligados a trabajar sus antiguas propiedades como arrendatarios o marcharse a la ciudad para convertirse en obreros sin oficio o para mendigar un trozo de pan.

El éxodo de los campesinos a la ciudad

Las ciudades, polos de atracción de todos los desdichados, atraen a los vagabundos. Los documentos que lo atestiguan son abundantes. El fenómeno se explica: en épocas normales los pobres del campo piensan poder encontrar en la ciudad trabajo y en conse­cuencia un salario para poder vivir. En períodos de crisis socio-eco­nómicas, la posibilidad de ser asistidos en la ciudad, inexistente en el campo, los atrae. La historia del vagabundeo está relacionada con el éxodo rural.

En Normandía los campesinos, obligados a mendigar para po­der subsistir, se convierten en vagabundos sin hogar ni residencia fija 52. En Borgoña, la encuesta realizada, desde el 16 de septiem-ize de 1644 al 7 de abril de 1645, por la cámara permanente de los

52 El sacerdote De la Rue, párroco de una parroquia de Rouen, escribe en su diario, 1636: «Es un horror y una miseria oír a los pobres campesinos, que abandonan sus casas y se retiran a los bosques, por no poder pagar las cargas que el Rey les impone», citado según Floquet, 77, V, 592. Los autores de los Cahiers des états de Normandie se lamentan en 1638: «…Majestad, es ahora o nunca cuando debéis tener piedad de vuestro pueblo, ya que su miseria ha llegado a tal punto que el socorro llegará siempre demasiado tarde; la desesperación ha precipitado a algunos a la muerte y obligado a otros a marcharse a países extranjeros…»: Cf. Ch. Robillard de Beaurepaire, 144, III, 72.

Los pobres en el siglo XVII 107

representantes del rey nos muestra las aldeas desiertas o casi in­habitadas 53. En Champaña, los habitantes abandonan algunos pue­blos y se van a vivir a los bosques de las montañas de Reims o a las ciudades «. En Picardía el desfile de mendigos y de vagabundos au­menta durante la guerra 55. El despueble de la Lorena es un fenó­meno bien conocido 56. Numerosas bandas de estos infortunados intentan refugiarse en las ciudades. El fenómeno nos lleva a com­probar que la población de la ciudad de Troyes cuenta en 1649 con un tercio de mendigos. Las ciudades, para reaccionar contra esta invasión de vagabundos y mendigos, a quienes no pueden alimen­tar, nombran los llamados «expulsadores-de-mendigos» 57. El único medio que tienen para liberarse de esta miseria ambulante y emba­razosa, a veces contagiosa, es utilizar la crueldad de la policía.

La mendicidad en París

En París, lo mismo que en otras provincias de Francia, el pro­blema de la mendicidad preocupaba desde el siglo xvi. El mal era grande, pero el remedio no era fácil de encontrar. Razones de he­cho y corriente ideológica llevan a la transformación de ideas con respecto al pobre, la pobreza y el pauperismo.

El siglo xvI no sólo desconfió de los pobres, sino que se separó de la idea que consideraba a los pobres como representantes de Jesucristo. La transformación de las ideas respecto a la pobreza pasó por una crítica seria de la ociosidad y por el elogio del tra­bajo. La idealización franciscana de la pobreza y de la mendicidad sufrió una decantación. Este cambio de actitud con respecto a la pobreza, a los pobres, se origina en las ideas de una corriente mer­cantilista. Por eso se afirma que un estado bien organizado debe proscribir la ociosidad, por ser la madre de todos los vicios. Esta condenación de la ociosidad, y por consiguiente de la mendicidad y de los mendigos, se apoya en las nuevas ideas acerca del trabajo. Trabajar es cumplir el precepto de Dios y el medio de favorecer el

53 Cf. G. Walter, 156, 272-274.

54 Cf. A. Féillet, 68, 135, 143, 198, 465; Th. Boutiot, 22, IV, 498.

55 Cf. A. Feillet, 68, 133, 143, 194…; R. Mousnier, 120, II, 1030.

56 Cf. A. Digot, 47, V; R. Mousnier, 120, I, 514. Acerca del despueble del campo en la provincia de Burdeos, cf. Ibid., II, 397.

57 Cf. T. Boutiot, 22, IV, 498.

108 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

desarrollo de la sociedad y de los ciudadanos. El trabajo, en con­secuencia, es una forma de adorar a Dios y un medio de santifi­cación.

El libro de J. L. Vives, De subventione pauperum, publicado en Brujas en 1526, reeditado en París y Lyon en 1530 y 1532, ejerce una gran influencia en la reforma de la asistencia a los pobres. En el libro i, al describir el mundo de los pobres y de los ricos, Luis Vives ataca violentamente a unos y a otros. Los pobres viven en el vicio y cometen atrocidades y delitos. Piden muy inoportuna­mente en la calle y en las iglesias, molestan con sus llagas y apes­tan con su hediondez. No se preocupan si propagan enfermedades a los demás con su contagio. No sólo se abren y aumentan llagas para dar más lástima a quienes los miran, y así aumentar la «ava­ricia de la ganancia», sino que deforman los cuerpos de sus hijos y de los niños, que a veces roban o piden prestados para llevarlos por todas partes. Muchos, que gozan de buena salud, simulan en­fermedades. Otros ociosos «convierten en oficio sus propios males» y defienden con impertinencia y ardor su mendicidad. Se sirven del nombre de Dios y de los santos para pedir limosna, pero tan lejos está Dios de su espíritu que lanzan contra él «todo género de blasfemias». Su amor al dinero provoca entre ellos maldiciones, riñas, golpes, muertes, crueldades y ferocidades de toda especie. Si no se les da lo que quieren, protestan y se enfadan, y cuando han conseguido la limosna deseada, se ríen y se burlan de quienes se la han dado. Gastan con suma facilidad en cenas el dinero que adquieren durante el día y piensan que mañana conseguirán otro tanto. La vida licenciosa los impulsa a ser «desvergonzados, la­drones e inhumanos». Si alguien se lo hace observar e intenta aconsejarlos, replican con violencia: «somos los pobres de Jesu­cristo. Como si Jesucristo reconociese por suyos a unos pobres tan alejados de las costumbres y de la santidad de vida que nos en­señó». Con el pretexto de su pobreza piensan que todo les es lícito. Desprecian las leyes y a los magistrados y toda ocasión, que se les presenta, es buena para robar. «Quieren vengar su ira no sólo con palabras y puños, sino con armas y muertes». «Participan en sedi­ciones y tumultos e instigan a otros a hacer lo mismo». Finalmen­te exhorta a los pobres a trabajar y a soportar con paciencia su si­tuación para seguir a «Cristo despojado» y ser los «elegidos de Dios».

Los pobres en el siglo XVII 109

Al hablar de los vicios de los ricos, que los impiden ayudar a los pobres, afirma: Los ricos prefieren por amor propio inmoderado, fruto de la soberbia y de la avaricia, vivir en el lujo antes que dar limosnas. La veneración excesiva al dinero los impulsa a pensar que «dar una moneda a los pobres es darles la sangre y no un poco de metal». Su ambición, soberbia y codicia los lleva a hacerse «edi­ficar tumbas suntuosas en lugar de dar dinero al pobre». Aun des­pués de muertos «de los robos y despojos que han hecho a los pobres y de las riquezas mal adquiridas, que ya no son suyas», mandan que se les «canten salmos y se les digan misas sin restituir lo ajeno». Sin embargo ellos no han recibido de Dios las riquezas más que para repartirlas. El «reparto de limosnas a los pobres es más una restitución que una liberalidad». Desgraciadamente los ricos olvidan que cuando se da limosna, el «Señor sale por fiador del pobre» y recibe lo que se da a los miserables. Para Luis Vives el sentido evangélico revela que no hay verdadera piedad y cristia­nismo si no es en el reparto y en la ayuda mutua. Al «rico Dios le ha constituido tutor y defensor del necesitado». Desgraciada­mente el ansia de riquezas hace «ridícula» la doctrina y precep­tos de Cristo y precipita a los ricos a la «servidumbre de los ído­los». En resumen, afirma Luis Vives, no tengo a nadie por verda­dero cristiano si no socorre, en cuanto puede, al necesitado.

En el libro II expone la reforma de la asistencia caritativa, re­querida por el interés de ricos y de pobres, e impuesta por el bien de la sociedad. Los magistrados de la ciudad deben ser los res­ponsables de la asistencia y los administradores de rentas y bene­ficios existentes y fundados para este fin. Su primera obligación es hacer el censo de pobres y desdichados, enviar fuera de la ciudad a mendigos y vagabundos forasteros, después de haberles dado la «limosna de paso». Su esfuerzo se concentrará en buscar trabajo a todos los pobres. Podrán «encerrar a los mendigos incorregibles» y socorrerán a todos los pobres que no pueden trabajar. Los cen­sores, empleados por los magistrados, se informarán de los vicios y costumbres de los pobres y mendigos. Esta encuesta se hará todos los años. De esta manera, concluye, se suprimirá la mendicidad.

Luis Vives preconiza la centralización y organización de las ayudas caritativas y benéficas, la reforma moral en las costumbres de ricos y pobres, el esclarecimiento de las ideas en las mentali­dades y la necesidad del trabajo para la construcción de una ciudad,

110 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

de una sociedad, organizadas de acuerdo con las exigencias del des­arrollo al que aspira la edad moderna.

Estas ideas tienen sus repercusiones en Francia, donde se in­tenta controlar a los pobres, separarlos de la sociedad, centralizar las limosnas y organizar las colectas. Para conseguirlo se crean, a partir de 1525-1530 las «Oficinas de los pobres» en varias ciuda­des de Francia: Dijon, Troyes, Amiens, Poitiers, Lyon, Paris. El funcionamiento de estas «Oficinas de los pobres» se realiza y se asegura principalmente por una tasa impuesta a los habitantes de la ciudad. Esta decisión es sumamente significativa respecto a la asistencia caritativa en Francia durante el siglo xvI 58. Se prohíbe dar limosna, pero se instituye una tasa, con frecuencia obligatoria, para asistir a los pobres. Sin embargo las resistencias a pagarlas son numerosas, especialmente en París.

El objetivo de la fundación de la «gran Oficina de los pobres» en París (1544), fue, en efecto, luchar contra la terrible plaga de la mendicidad 59. Desde 1544 esta «Oficina de los pobres» co­mienza a encerrar en el hospital Saint-Germain «a ancianos, enfer­mos, pobres incorregibles, inválidos e imposibilitados». Esta pri­mera tentativa fue muy efímera 60.

El proyecto fracasó por falta de dinero, lo mismo que en Lyon. Pero si las realizaciones fracasan, la idea de encerrar a los pobres está en germen en Francia. Generalmente hablando, el siglo xvI decidió ver en el pauperismo un problema de orden público. Pero sus tentativas de organizar la asistencia no tuvieron éxito. Al ter­minar el siglo la mendicidad permanece. El siglo xvii afrontará a su vez pobreza, mendicidad, vagabundeo, con tradiciones, super­vivencias, prolongaciones en la realidad y en las ideas.

Al comienzo del reinado de Luis XIII, la idea de «encerrar a los pobres» preocupa todavía a los espíritus. De 1611 a 1656, los re­glamentos de policía y los edictos del parlamento se multiplican. Esta multiplicación prueba claramente su ineficacia.

En 1611, aparece la redacción de los Statuts pour les hópitaux

58 Cf. Ch. Paultre, 131, 67-68, 55-105. Dar trabajo a quienes puedan tra­bajar, distribuir limosna a los inválidos, no son más ‘-ue los dos términos de un mismo principio y tienen la misma significación penal: cf. edicto del 9 de julio de 1547: Isambert, 92, XIII, 23

59 Cf. Ch. Paultre, 131, 68. J. Martin, 164, 14.
89 Cf. J. Martin, 164, 15-17.

Los pobres en el siglo XVII 111

des pauvres enfermés 61. Los poderes públicos buscan soluciones para evitar la plaga de mendigos. Para combatir esta epidemia, se intenta recurrir a los medios utilizados contra la peste: internar y aislar enfermos y mendigos. Se piensa que esta reclusión con una organización dura de trabajo en los centros de mendicidad daría buenos resultados. La jornada de trabajo, se escribe en estos esta­tutos, debe durar, en verano, desde las 5 de la mañana hasta las 7 de la tarde 62. El domingo se reserva a la asistencia a los oficios religiosos y a la predicación. Se espera que el mantenimiento de estos hospitales será asegurado por la «tasa de los pobres» y las colectas en las iglesias. Estas decisiones intentan instituir una for­ma de servicio público y centralizar la caridad. Se exalta el valor de la limosna, aunque se desea un cambio en la manera de hacerla, pero no la pobreza, que se oculta en esta especie de prisiones. In­tentando dar a los recluidos unas reglas de vida religiosa y una acti­vidad profesional, se pretende retirarles de su mala vida, aliviar al pueblo de sus importunidades y evitar los desórdenes provoca­dos por ellos. De los 9.000 ó 10.000 pobres que se encuentran por las calles de París, solamente se presentan 91 para ser internados 63. Los demás abandonan la ciudad o se esconden. París se siente de­sembarazado de su molesta presencia durante cuatro años. El te­mor del castigo retiene escondidos a los mendigos o les fuerza a presentarse a los edificios destinados a encerrar a los pobres 64. En 1617 invaden de nuevo las calles de París. Un folleto publicado este mismo año habla del gran número de mendigos, de sus grandes importunidades y de su comportamiento 65.

Un nuevo edicto del parlamento, fechado el 29 de noviembre de 1619, intenta poner remedio, ordenando la reclusión de los po­bres en el edificio llamado el «Petit-Bourbon», situado en el arra­bal Saint-Jacques. En 1622, un nuevo edificio es destinado a los mendigos por decreto del parlamento. Sin embargo el número de «pobres encerrados» había descendido de 2.200 a 1.300 ó 1.400 66. En 1629, 1630, 1632, el parlamento recuerda inútilmente los

si Cf. L. Cimbert – F. Danjou, 33, La serie, XV, 273-282.

62 Cf. Ibid., 275.

az Cf. Mémoire des pauvres que l’on apelle enfermés: Ibid., 254.

64 Ibid.

65 Ibid., 256.

66 M. Felibien, 69, III, 596; L. Lallemanci. 99, IV, 249.

112 Francia en tiempo de Vicente de Paúl

edictos de 1611 y 1612. El objetivo de estas disposiciones es siem­pre el mismo: librarse de los «mendigos» que «constituyen un peligro social». Es necesario, en consecuencia, «encerrarlos». Los mendigos, que lo saben, prefieren su libertad y su ociosidad 67. La insuficiencia de medios financieros y la resistencia de los intere­sados hacen fracasar estas primeras tentativas 68.

Hacia 1640, París tiene alrededor de 450.000 habitantes, pero entre ellos se encuentra una masa flotante numerosa de pobres: ¿son 40.000 69? Los profesionales de la mendicidad se reúnen to­das las tardes, al anochecer, en lugares especiales llamados por iro­nía Cour des miracles, donde piernas y brazos retorcidos se ende­rezan, las llagas desaparecen y los moribundos gozan de perfecta salud 7°. Estos Cour des miracles gobernados por el rey de los mendigos se convierten en lugares temibles y la policía no se atreve a entrar en ellos.

En 1653 es necesario socorrer las horribles miserias producidas por la guerra y la Fronda. París ve multiplicarse los mendigos: ¿son más de 100.000 71? Durante la guerra franco-española y so-

67 Cf. Felibien, 69, III, 85; L. Cahen, 26, 15; Ch. Paultre, 131, 147­155.

68 Cf. decreto del parlamento del 3 de abril de 1618: Recueil Thoisy, 318 (B. N.), fol. 67-70. En este decreto se escribe: «Sin embargo por su mali­cia y corrupción han forzado las puertas de dichos hospitales, para conti­nuar mendigando por la ciudad, han participado en muchas rebeliones, gol­peado y maltratado a los sargentos que han intentado detenerlos para en­cerrarlos». La Mémoire concernant les pauvres que ron apelle enfermés, publicada en 1618, explica en parte el fracaso del efímero encerramiento parisino de 1612 por el comportamiento de «muchas personas sin juicio ni razón, como pajes, lacayos, palafreneros, cocineros, pobres obreros, que gol­pean y ultrajan a los sargentos que ejecutan las ordenanzas de la policía, y dicen que es ofender a Dios el encerrar a los pobres…»: L. Cimbert, – F. Danjou, 33, L a serie, XV, 249.

68 Ch. Paultre, 131, 154.

70 Cf. Ibid., 40-46; L. Lallemand, 99, IV„ 157; J. Loret, en la Muse his-torique canta:

«Vemos cantidad de lisiados / de piernas, brazos y pies / que sin usar de ungüentos ni bálsamo / serían del reino lo más sano»: citado según R. P. Bessilre, 12, 164.

71 «Pero, ¡por desgracia!, la guerra y los saqueos / Han hecho desertar a tantos pueblos / Que, en París, los campesinos / Sobrepasan el número de ciudadanos / Y, tanto al sol como a la sombra, / Los pobres son tan numerosos / Que sin contar dominicos / carmelitas, capuchinos, agusti­nos, / Se ve en esta gran ciudad / Más de cien mil mendigos, / Quienes, faltos de dinero y de pan, / Mueren casi todos de hambre»: J. Loret, 106, I, 241-242.

Los pobres en el siglo XVII 113

bre todo durante y después de la Fronda, es difícil distinguir a los profesionales de la mendicidad y del vagabundeo de los pobres obreros y campesinos, obligados a abandonar su trabajo y a men­digar su vida para poder subsistir. El vagabundeo aumenta y los campesinos se unen en grandes grupos para defender su existencia. Reaccionando instintivamente contra una sociedad y un poder in­tentan subsistir por el robo y el crimen. Muchos de ellos se unen a los truhanes del «Valle de la miseria», quienes por una reacción de sana vitalidad intentan vivir a expensas de dicha sociedad y en consecuencia se organizan en grupos con sus jefes 72.

Vicente de Paúl, conmovido ante el espectáculo de una mul­titud de pobres campesinos convertidos en mendigos, escribe estas palabras el 8 de octubre de 1649: «Los pobres que no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor» 73.

La intervención del poder central intentará afrontar el pro­blema de la miseria, de la mendicidad y del vagabundeo decretando por edicto real, en abril de 1656, la creación del Hospital General de París, donde pobres y mendigos serán encerrados.

72 Cf. Sauval, 168, I, 510-515.

73 P. Collet, 36, I, 479.

2

La llamada de la miseria. Acción de Vicente de Paúl

  1. «EL GRAN ENCERRAMIENTO DE LOS POBRES»

A partir del año 1617, después de la constatación de Gannes-Folleville y de la experiencia de Chátillon, Vicente de Paúl, cons­ciente o no de ello, evoluciona y se transforma. Al mismo tiempo se siente interrogado por los acontecimientos, que le llevan a cam­biar totalmente las perspectivas de su vida.

La primera constatación de Gannes y la reflexión de la señora de Gonclí: «¡Cuántas almas se pierden, señor Vicente! ¿Cuál puede ser el remedio?» 1, le introducen en un camino penoso, entrecorta­do, que recorrerá a lo largo de toda su existencia. Puesto que se ha comprometido en su interior con Dios, para servir a los pobres, de­be realizar este compromiso de servicio. Pero es necesario amar a] prójimo como Dios le ama, es decir, «con la fuerza de nuestros bra­zos, con el sudor de nuestra frente» 2. Trabajo y amor movilizarán constante y progresivamente el dinamismo de Vicente. Ellos le ayudarán a realizar su misión y a forjar las instituciones, que per­mitirán a otras personas prolongar la misión de Jesús.

1 L. Abelly, 1, I. I, 33.

2 s. V. XI, 40.

116 La llamada de la miseria

El párroco de Chátillon (1617), después de haber contem­plado el maravilloso espectáculo de la generosidad de sus parro­quianos con una familia abandonada, se interroga sobre la ma­nera de poder socorrer a esta familia. Sin embargo era necesario tener en cuenta «no solamente a éstos, sino a quienes vendrían des­pués». Esta experiencia y esta reflexión inspiran el primer regla­mento de las Cofradías de la caridad. Unos años más tarde, al ver la rápida extensión y la eficacia de este nuevo estilo de ejercitar la caridad, Vicente «estará maravillado» 3.

Los reglamentos de las Cofradías de la caridad tienen por fin hacer tomar conciencia a sus miembros del espíritu de la caridad. Su opción es comprometerse a servir a los pobres con lo mejor de sí mismos. Tiempo y dinero empleados en este servicio deben ser la manifestación externa del don de sí mismo hecho a los demás. Vicente sabe que la caridad es una en el objeto, múltiple en sus rostros. Esta multiplicidad de rostros obliga a re-inspirar una vida de caridad, inspiradora para quien la ejerce, liberadora y transfor­madora para toda vida que carece de pan para ser hombre. Por esta razón él y sus sacerdotes establecen en las zonas misionadas por ellos una Cofradía de caridad bien organizada, es decir, unas líneas de fuerza capaces de orientar la generosidad y la creatividad de las personas y de abrirlas a las miserias y desequilibrios de los pobres. El organizador de estas «Caridades» quiere, porque la necesidad es urgente, dar a los necesitados la verdad que salva y el pan para vivir. No obstante, prefiere suprimir la mendicidad por la organización de la caridad y del trabajo, en lugar de ejercitar la limosna. El año 1621 hace una experiencia eficaz en Mácon (una ciudad que tenía más de 300 mendigos), donde prácticamente llega a suprimir la mendicidad’. Luisa de Marillac, orientada por Vi­cente de Paúl durante su visita a las Caridades, libera un momento la ciudad de Beauvais de la mendicidad 5.

Desgraciadamente los disturbios del reino no favorecen la reali­zación del programa de acción caritativa de Vicente. Sin embargo

3 S. V. I, 253; cf. IV, 85.

4 Cf. S. V. XIII, 491-495, 498; L. Abelly, 1, 1. I, 61-63. Para conocer el pensamiento de Vicente de Paúl sobre la organización de las «Caridades», cf. Reglamento de una caridad mixta: S. V. XIII, 504-510.

5 Cf. L. Abelly, 1,1. I, 62; S. V. I, 95-98; 244, 245, 239; XIII, 833-834.

«El gran encerramiento de los pobres» 117

esta situación no le impiden buscar una nueva solución al problema de los mendigos ancianos.

En 1653, este anciano de 73 años va a ajustar, una vez más, su esfuerzo, intentando verificar un nuevo método. Es necesario escuchar a Dios y obedecerle diligentemente: la experiencia y la fe de Vicente saben que Dios habla de muy distintas maneras. Como siempre, él «va a seguir paso a paso la adorable providencia de Dios» 6, manifestada a través de la necesidad y de los aconteci­mientos.

Un día un burgués de París, deseoso de servir a Dios en los pobres, le entrega 100.000 libras para realizar una buena obra, dejándole a él la determinación de la elección. Vicente se lo agrade­ce, ora, reflexiona. Pensando en los ancianos mendigos, sin pan y sin alojamiento, decide la creación de un hospicio, donde algunos de estos infortunados, confiados a las Hijas de la Caridad, podrían vivir humana y cristianamente. El organizador de la Caridad pien­sa en la casa del «Nombre de Jesús» 7. Adapta la casa a las nece­sidades de los nuevos inquilinos. Siendo modestos los réditos, no permiten alojar más de cuarenta pobres. Le era necesario tener éxito (el problema de la mendicidad era una plaga para la socie­dad, incluso para los expósitos). Para conseguirlo reflexiona y pide consejo. Interroga a Luisa de Marillac. Sus reflexiones, consignadas en los archivos de la casa madre de las Hijas de la Caridad, son realistas y demuestran su sentido de organización 8. El mes de marzo de 1653 los ancianos son convocados 6. Después de un en­sayo de algunos meses, cuyo resultado fue maravilloso, se pasa a formalizar el contrato para regularizar la nueva fundación».

El hospicio del «Nombre de Jesús», según el deseo del funda­dor 11, debía ocuparse de las necesidades materiales de los ancianos,

6 S V. II, 208. Esta fórmula es una constante del pensamiento de Vi­cente de Paúl: cf. S. V. I, 68, 241; II, 208, 226, 276, 466, 473, 419, IV, 247-248.

7 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 211-214.

8 Cf. Pensées de Louise de Marillac, damoiselle Le Gras, fondatrice et premiare supérieure des Filies de la Charité, servantes des pauvres malades. Escritos autógrafos, citado según copia de 1718. Archivos de la casa-madre de las Hijas de la Caridad, París, pp. 265-267, n.° 327. Cf. Apéndices, pp. 359 s.

9 S. V. IV, 552.

10 Archivos Nacionales de París, S. 6.601; cf. P. Coste, 38, II, 490; L. Abelly, 1, 1. I, 213.

11 Cf. S. V. XIII, 157; L. Abelly, 1, 1. I, 212.

118 La llamada de la miseria

instruirlos en las verdades necesarias para salvarse. El anciano sa­cerdote, que durante toda su vida había tenido la pasión de cate.-quizar, les da la primera lección de catecismo. Les pregunta si sa­ben hacer la señal de la cruz, después les habla de Dios, de los prin­cipales misterios de la fe y de la obligación que tienen de trabajar manualmente. Les habla con sinceridad, sencillez y dulzura. Dios me ha elegido, les confiesa, aunque sea un miserable pecador, para serviros. Sí, les servirá instruyéndolos en las verdades de fe, preo­cupándose de la buena organización de la casa, proporcionándoles alimento y vestido. Les exigirá el trabajo, para suprimir en ellos la pereza y para que imiten a «tantos pobres campesinos que trabajan desde la mañana hasta la noche, sin estar tan bien alimentados co­mo lo están ellos» 12. La fundación del hospicio del Nombre de Jesús es modelo de administración y de instalación 13. Luisa de Marillac es la administradora de esta nueva empresa caritativa. Precisión y realismo son las notas características de esta administra­ción. Las Hijas de la Caridad cuidan a los «pensionistas», los sa­cerdotes de la Congregación de la misión se encargan de la pastoral de los ancianos. Vicente de Paúl encuentra que aquí todo marcha bien. El trabajo bien organizado, a la medida de sus fuerzas y re­munerado, permite a estos ancianos, incapaces de ganar su vida, poder vivir.

Proyecto de un hospital general

Terminada la Fronda, hay en las calles de París demasiados mendigos para que se pueda pensar internarlos a todos. París con­centra la mayor parte de oro y de plata del reino, pero también atrae a los pobres de las provincias saqueadas y arruinadas por la guerra 14. La capital está llena de mendigos inoportunos, de va­gabundos, de «pobres vergonzantes», de sacerdotes mendigos, de soldados mutilados, de enfermos… La miseria llama a la miseria

12 S. V. XIII, 162.

13 Para conocer la administración y los gastos realizados en el «Hos­picio del Nombre de Jesús», d. Pensées de Louise de Marillac… Archivos de la casa-madre de las Hijas de la Caridad, París, p. 277-281; L. Abelly, 1,1. I, 213.

14 La cifra dada por los administradores-directores del hospital gene­ral en una carta a Mazarino es de 40.000: cf. Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, Francia, vol. 902, f.° 296.

«El gran encerramiento de los pobres» 119

y los mendigos atraen a los vagabundos y necesitados. La miseria y el vagabundeo hacen aparecer bandas de errantes, de maleantes, quienes realizan toda serie de extravagancias 15.

Las Damas de la Caridad y Vicente de Paúl, la Compañía del Santo Sacramento, los oficiales de la corte y del parlamento se ocupan del problema de la mendicidad. Todos están preocupados por resolverlo. Sin embargo, cada uno ve la situación bajo un punto de vista y con una óptica diferente.

El éxito y la organización del hospicio del Nombre de Jesús convencen a las Damas de la Caridad de que Vicente de Paúl sería capaz de solucionar este problema de la mendicidad creando un hospital general. Previniendo toda objeción de orden financiero, ellas mismas fijan de antemano las sumas que se comprometen a dar 16. En dos de sus asambleas, las Damas, tratando de presionar­le a decidirse, confirman a Vicente que el dinero no faltará 17.

Vicente de Paúl, bien informado, considera las dificultades de la obra. Sabe perfectamente que establecer un hospital general no es solamente una cuestión de dinero, incluso admitiendo que es una de las condiciones necesarias.

Un escrito de Luisa de Marillac 18 nos manifiesta que las Da­mas no son las únicas que se interesan por este proyecto del hos­pital general. La colaboradora de Vicente de Paúl sabe que la obra podría ser considerada como un asunto de policía o como un ser­vicio de caridad. Enumerando las condiciones a las que las Damas deben someterse, intenta que su acción sea útil y eficaz. Su pers­picacia y su finura femeninas se manifiestan en este escrito, al mis­mo tiempo que su tacto y su cortesía. Sin querer y sin poderse evadir del asunto, manifiesta sus preferencias.

Apresuradas por llegar al fin de este asunto, las Damas solici-

15 Cada año se abandonan en París de 300 a 400 niños. En París se cometen todas las noches seis o siete asesinatos. Los mendigos organizados en corporaciones forman «en la capital un verdadero reino del crimen»: cf. R. Allier, 3, 63-64; Ch. Paultre, 131, 40-46; E. Magne, 109, 33-49. En la página 44 escribe: «No hay barrio en París donde no se corneta, cada noche, algún crimen, se asalte alguna tienda y se saquee alguna casa».

16 La duquesa de Aiguillon promete 50.000 libras; otra Dama de la Caridad 3.000 libras de renta anual, todas intentan inscribir su nombre en la lista de suscriptoras: P. Coste, 38, II, 496; L. Abelly, 1, 1. I, 214.

17 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 215-216.

18 Cf. Note touchant le dessein du Grand 1-16pital Général; Pensées de Louise de Marillac…, 286-288, cf. Apéndices, p. 358.

120 La llamada de la miseria

tan a la reina el hospital de la Salpetrilre y comienzan las obras para acomodar el edificio. De nuevo insisten para que Vicente se decida a encargarse del hospital general. Más realista y mejor in­formado que las Damas, no acepta la proposición. Vicente no des­conoce la oposición de muchas personas a la iniciativa de las Da­mas. Conoce perfectamente a estos opositores, todos ellos influ­yentes en la corte y en el parlamento. No es difícil prever, que, en definitiva, serán ellos los vencedores. En efecto, de las críticas pa­san a los actos»).

Vicente de Paúl tiene razones para adoptar su posición, distinta a la de las Damas. ¿Sus perspectivas del hospital general concuer­dan con el plan d eal Compañía del santo sacramento y con la so­lución querida por el parlamento? Suprimir la mendicidad supri­miendo los mendigos, recluirlos por la fuerza en un hospital, donde estarían obligados a trabajar para ganar su subsistencia, era una empresa difícil. En definitiva se trataba de recibir, alojar, discipli­nar, hacer trabajar a más de 40.000 personas. La obra sobrepasaba con mucho todo lo que las Damas podrían hacer 20. En estas con­diciones ¿por qué obstinarse? Vicente de Paúl después de haber estudiado el pro y contra y solicitado la opinión de los demás sin precipitarse, aconseja ceder a las Damas. Entonces aparece otro as­pecto de la influencia de Vicente de Paúl: conciliar a todos los que legítimamente pueden unirse para ayudar a los necesitados: en es­to es incansable e inimitable. Ansioso y dócil escucha e interroga sobre el asunto. Después de haber tenido en cuenta las aspiracio­nes de todos, coordinará tranquilamente y permitirá el sacrificio de las Damas, procurando al mismo tiempo que sean útiles en la obra y en la perspectiva que se juzgará conveniente emplearlas.

Las Damas, llamadas por los administradores, las «primeras promotoras» del hospital, tendrán la dirección del personal que se ocupa de las mujeres y jóvenes internadas 21. Vicente enviará a las Hijas de la Caridad, solicitadas para realizar ciertos servicios. Uni-camente los misioneros, nombrados por decreto real y del parla­mento, capellanes del hospital general, estarán ausentes 22. Y esto

19 Cf. S. V. V, 47-48.

20 Cf. S. V. VI, 110; L. Abelly, 1, 1. I, 216-217.

21 Cf. S. V. VI, 376-377; Hópital Général Charitable, Paris 1657, 9, 11, 4: Apéndice, p. 437 ss.

22 Los derechos y funciones de los sacerdotes de la Congregación de

«El gran encerramiento de los pobres» 121

no sólo porque «excede nuestras fuerzas», sino «por no conocer suficientemente si lo quiere el buen Dios», confiesa Vicente de Paúl después de largas dudas y consejos tenidos en Saint-Lazare 23.

Vicente de Paúl no puede permitir que la caridad se convierta en un asunto de policía, ni dejar atropellar los derechos humanos para conseguir un orden y una seguridad social. No puede tolerar que los pobres paguen las consecuencias de una guerra alimentada por las intrigas de los príncipes de sangre y de la nobleza, por la oposición del parlamento y explotada por la avaricia burguesa. No puede aceptar que la pobreza, evangélica, santa, se convierta en

la misión están determinados en los artículos 23-26 del edicto real del hos­pital general:

Art. XXIII. Dado que nos preocupamos de la salvación de los pobres, que deben ser encerrados, como de su subsistencia y establecimiento, y ha­biendo reconocido desde hace tiempo la bendición que Dios ha dado al traba­jo de los sacerdotes-misioneros de Saint-Lázare, los grandes frutos que han producido hasta el presente en el servicio de los pobres, y teniendo la espe­ranza de que lo continuarán y aumentarán en el futuro, queremos que se ocu­pen de la instrucción espiritual, para ayuda y consuelo de los pobres del hos­pital general y establecimientos dependientes del mismo, y se encarguen de la administración de los sacramentos, bajo la autoridad y jurisdicción espiritual del señor arzobispo de París, a quien serán presentados por el general de dichos misioneros y aprobados por él y se les concederán todos los privilegios y exenciones ordinarios concedidos en casos semejantes.

Art. XXIV. Los sacerdotes nombrados para el hospital •general podrán recibir en él y en los establecimientos dependientes del mismo, los testa­mentos, tanto de los oficiales como del personal de servicio o de los pobres y de otras personas que se encuentran en él, y tales testamentos serán vá­lidos, como si fuesen ológrafos, o presentados ante notarios, párrocos o vi­carios, derogando, en este aspecto, las ordenanzas y costumbres contrarias.

Art. XXV. En cuanto a las normas de policía y a la disciplina temporal, los dichos sacerdotes-misioneros y los demás estarán bajo la dirección de los directores, en calidad de superiores, en cuya oficina de dirección serán pre­sentados, aprobados, recibidos, y empleados ‘or ellos en el establecimiento, sin que puedan antes inmiscuirse en ninguna función de dicho hospital ge­neral, ni recibir después ninguna retribución.

Art. XXVI. Cuando el superior de dichos misioneros, o en su ausencia, el delegado por él, venga al comité de dirección para tratar asuntos refe­rentes a lo espiritual, o que dependen de ello, tendrá voz deliberativa en lo que sea propuesto por él, y en la sesión será colocado inmediatamente des­pués del más antiguo de los directores perpetuos, que estén presentes en élla: Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 266.

23 Cf. S. VI, 239 (23 de febrero de 1657); VI, 245 (marzo de 1657); VI, 251 (carta escrita a la duquesa de Aiguillon, marzo de 1657); VI, 256 (carta escrita al señor de Mauroy, intendente de finanzas, 23 de marzo de 1657); VI, 257 (carta escrita a la duquesa de Aiguillon, 23 de marzo de 1657); XI, 368 (repetición de oración del 11 de noviembre de 1656); XIII, 179-180 (5 de junio de 1660); A. Dodin, 48, 38.

122 La llamada de la miseria

culpable y viciosa, que los pobres sean tratados como apestados a quienes hay que recluir para que no infecten a los demás ni los molesten. Para Vicente la oposición, la rebelión, la pobreza, de estos desdichados desvelan el rechazo del plan de Dios, manifesta­do en la creación, y el desprecio del amor, inscrito en la redención realizada por y en Jesucristo.

Si Vicente no acepta que sus misioneros sean los capellanes del hospital general, no por eso deja de organizar una gran misión pa­ra los mendigos de la capital (febrero de 1657) en la que cuarenta sacerdotes, todos ellos miembros de la Congregación de la misión o de las Conferencias de los martes, predican «a lo misionero» 24.

El hospital general

Luis my, por edicto del 27 de abril de 1656, crea un organis­mo designado con el nombre de «hospital general». Los principa­les establecimientos de dicho organismo son la Salpetriére, la Pitié y Bicétre. La Compañía del santo sacramento, cuya acción se en­cuentra en todas las obras caritativas de envergadura, había inten­tado crear una obra de este género desde el principio del año 1631 25. No es exagerado afirmar que había participado considera­blemente en la realización de este proyecto 26. Sea cual sea su in-

24 Cf. Hópital Général Charitable, 10: Apéndice, p. 437 ss.; L. Abelly, 1, 1. I, 218.

25 «Bajo el superiorato del señor duque de Ventadour y mientras se tra­baja en establecer sólidamente la Compañía, comenzó a ocuparse, con gran interés en procurar alivio espiritual y corporal a los pobres mendigos de París. Se hicieron las primeras proposiciones al comienzo del año 1631. Se continuaron en el mes de abril, y fue ésta la primera intención que Dios dio a la Compañía referente a establecer el hospital general de París. En el mes de abril de 1636, se renovó el proyecto, pero como llevaba con­sigo grandes y prolongadas dificultades, se encomendó el proyecto a ocho personas de la Compañía, quienes contaban todo lo que sucedía en las reu­niones… La Compañía lo juzgó uno de los objetivos más importantes de su acción caritativa…»: R. Voyer d’Argenson, 155, 26.

26 El 5 de junio de 1633 «la asamblea rogó al señor Du Plessis-Mont-bard… que se encargara única y exclusivamente de la obra del gran hospital, para encerrar en él a los mendigos, y que se llamó después de su estableci­miento hospital general. El señor Du Plessis recibió esta orden con gran respeto y la cumplió con gran fidelidad y con la ayuda de los miembros de la Compañía, quienes se unieron a él para este asunto. Después la llevó a buen término. Algunos de estos miembros fueron los primeros en tener esta intención…»: R. Voyer d’Argenson, 155, 136-137; cf. 164, 168, 169, 170. Acerca de las dificultades relativas a la creación del hospital general y los problemas surgidos, cf. Hópital Général Charitable, 1-2, Apéndice, p. 437 ss.

«El gran encerramiento de los pobres» 123

fluencia, el hospital general es, oficialmente, una creación real, cu­yo fin es internar a los pobres y mendigos. Al fin de beneficencia se añade otro: suprimir la mendicidad y hacer desaparecer de las calles de la capital a una canalla perezosa e inquietante. El edicto real, fijando la organización temporal, determina también la orga­nización espiritual del hospital «.

La ejecución de este edicto, que prohíbe la mendicidad, ordena hospitalizar a los enfermos, encerrar a los mendigos y expulsar fue­ra de París a los vagabundos, es asegurado con celo por la creación de una compañía de arqueros 28. Los agentes de esta compañía de arqueros no ahorran ninguna violencia para encerrar a los mendi­gos. Se sabe perfectamente que el procedimiento es poco aprecia­do por Vicente de Paúl 2°. El hospicio del Nombre de Jesús, esta­blecido por él en 1653, había servido de modelo al hospital gene­ral, pero en el hospicio del Nombre de Jesús sólo se recibía a los voluntarios; ahí está toda la diferencia.

Luis my ordena, por edicto, a las municipalidades de provincia establecer un hospital general según el modelo del de París 30. Va­rias ciudades ejecutan la voluntad del rey. Las filiales provinciales de la Compañía del santo sacramento se emplean en la realización. Se puede observar que las fundaciones de provincia se preocupan más de los enfermos pobres que de los mendigos y que el funcio­namiento está mejor asegurado.

27 Cf. edicto real, que establece el hospital general para encerrar a los pobres mendigos de la ciudad y de los arrabales de París, fechado en París en el mes de abril de 1656. Dicho documento está publicado en Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 261-274. Consúltese también el Réglement que le roi veut étre observé pour l’Hópital-Général, fechado en París el 27 de abril de 1656, publicado en Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 274-277.

28 Cf. artículos XIV, XV, XVII, XVIII, XX, XXI del edicto real referente al establecimiento del hospital general en Code de l’Hópital-Géné-ral de Paris, 34, 264-265. «Decreto del Parlamento, referente al establecimien­to del ¡hospital general de los pobres mendigos del 18 de abril de 1657», ar­tículos: III, IV, VIII, IX, en Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 280, 281, 283.

29 Perplejidad de Vicente de Paúl ante el proyecto del hospital gene­ral: Cf. Robineau, Remarques sur les actions et paroles de feu monsieur Vincent, 151-153: Manuscrito que se encuentra en los archivos de la Con­gregación de la misión en París, Apéndices, pp. 359 s.

30 «Declaración del rey referente a establecer un hospital general en todas las ciudades y grandes pueblos del reino, continuando las ordenanzas de los reyes Carlos ix y Enrique m», fechado el mes de junio de 1662: cf. Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 423-424.

124 La llamada de la miseria

La organización oficial del hospital general de París y la de los de la provincia, donde autoridades civiles y personal eclesiástico y religioso colaboran, trata de procurar una verdadera asistencia pú­blica, incluso si el fin primario es más una operación policíaca que una obra de caridad, o de asistencia social.

En realidad el hospital general es una prisión y constituye un lugar inhumano, al ser un mundo aparte, un mundo cerrado 31. Se interna a los pobres para apartarlos, segregarlos, de la sociedad. Es­ta separación significa que los pobres son considerados como ele­mentos asociales. Y como a tales se les encierra con otros asociales: prostitutas, dementes, hijos pródigos. Todos los que rechazan un cierto orden —religioso, familiar, moral— forman una población de marginados, a quienes hay que encerrar. Los pobres pertenecen a esta categoría. Aislar a los pobres, mendigos y vagabundos, es, en consecuencia, alejar de las calles, de las iglesias, los elementos hediondos, viciosos, libertinos, que propagan en la sociedad la pes­te, la corrupción, el escándalo.

Pretender afirmar que mendigos y vagabundos, a quienes se pretende encerrar en el hospital general, constituyen un medio edi­ficante, sería desconocer la realidad impuesta por los hechos. Sin embargo intentar convencer de que encerrar a los pobres es una obra no sólo «lícita», sino «santa», útil y absolutamente necesaria para la gloria de Dios, el bien de los pobres y de la sociedad 32, sería olvidar el sentido punitivo de esta decisión. La vida perezosa, viciosa, que llevan vagabundos y mendigos ¿puede justificar el ca­rácter represivo de esta legislación, que se refiere tanto a vagabun­dos y mendigos como a pobres y necesitados? Los textos legislati­vos, lo mismo que las afirmaciones de los partidarios del encerra­miento de los pobres, olvidan analizar las causas del pauperismo. Semejante olvido impide poder distinguir a los unos de los otros. La consecuencia de esta falta de análisis es grave: la condenación al mismo tiempo y sin ninguna distinción del campesino, del obrero, del artesano, empobrecidos por las crisis económico-sociales, y del mendigo y vagabundo, que hacen de la mendicidad y del robo un oficio, un medio de vida. El estado centralista olvida que a efectos

31 «El lugar donde están encerrados los pobres… es sano, el alojamien­to cómodo, comen parcamente; todas estas cosas ¿no son aptas para hacer su prisión tolerable si no totalmente agradable?»: A. Godeau, 162, 52.

32 Cf. Ibid., 3, 76.

«El gran encerramiento de los pobres» 125

económico-sociales hay que responder con causas del mismo géne­ro y no con reformas morales opresivas. No se trata de mantener la buena conciencia de parlamentarios y burgueses, sino de solucio­nar la situación económica de la parte más inferior de la sociedad. La abstracción de la cultura y el rigorismo moral de la época clásica tienen su influencia y significación en la decisión del encerramiento de los pobres.

La aplicación de esta legislación rigurosa suscita oposiciones y resistencias en una parte de la opinión pública 33. Objeciones y respuestas ayudan a descubrir los motivos aducidos para encerrar a los pobres y el objetivo que se pretende conseguir. Al mismo tiempo nos informan de la mentalidad de la sociedad con respecto a los pobres y a la pobreza.

En los textos relativos al pauperismo y a la aplicación del edicto real de 1656, aparece una representación pesimista del pobre. Esta representación no sólo se apoya en la idea de que muchos mendigos son disimuladores, perezosos, «falsos pobres», a quienes hay que desenmascarar y controlar, sino que brota de una ideología que no reconoce valor espiritual a la mendicidad y a la pobreza, al pobre y al mendigo. No hay por qué extrañarse que en estos textos se entremezclen constantemente las mismas afirmaciones, se utilicen los mismos argumentos, aparezcan las mismas obsesiones: el pe­cado, la abominación, el desenfreno, el libertinaje, la ignorancia, la situación de condenación, la instrucción religiosa, los sacramentos, el camino de la salvación 34. La severidad utilizada contra los po­bres, refleja el pesimismo que invade a la teología católica francesa del siglo XVII. El esfuerzo por reprimir la naturaleza conduce al ascetismo. Ascetismo y represión tienen sus repercusiones en la

» Toda la segunda parte del Discours sur l’établissement de l’Hópital Général de A. Godeau se centra en responder a las objeciones que provoca la obra del hospital general, d. Ibid., 27-77.

34 Cf. Edit du roi, portant établissement de l’Hópital-Général, en Code de l’Hópital Général de Paris, 34, 262. Algunos textos insisten en la depra­vación moral de los pobres y mendigos, en la ignorancia que tienen de la religión: «Nada era tan profano, ni tan abominable como la mayoría de los pobres en la ciudad de París, era como una ciudad monstruosa en la iglesia. Muchos no estaban bautizados… no salían de las iglesias, pero jamás reza­ban en ellas, no frecuentaban en absoluto los sacramentos… y vivían en toda clase de abominaciones, tenían muchos hijos y contraían pocos matrimonios». Encerrar a los pobres, no es quitarles la libertad, «es apartarlos del libertina­je, del ateísmo y de la ocasión de condenarse»: A. Godeau, 162, 18-19, 51.

126 La llamada de la miseria

concepción de la caridad y del pobre. La caridad se aborda entonces bajo el aspecto de conveniencia social 35. Aunque se continúa afir­mando que Dios es el propietario de los bienes, que los ricos no son más que depositarios y dispensadores de sus riquezas 38, que dar limosna es una obligación de precepto 37, un medio de salva­ción y de purificación 38, sin embargo aparece un cambio profundo de mentalidad y de actitud referente a la voluntad de controlar a los pobres 39, a la decisión de separarlos violenta y rigurosamente de la sociedad 40, al interés por controlar las limosnas y al deseo

35 Godeau, obispo de Vence, explicita casi brutalmente y a la perfección esta caridad de conveniencia social: «no os pido que os incomodéis para hacer vivir a los pobres del hospital general en la abundancia y en la ocio­sidad, pero os conjuro a que consideréis que en esto debe haber alguna pro­porción entre vosotros y ellos… Los pobres, tanto los que lo son por na­cimiento, como los que han sido reducidos a esta situación por permisión de la providencia, no deben pensar en vivir en la abundancia ni deliciosa­mente… el mal rico del evangelio va al infierno, no porque no hizo comer con él al pobre, sino porque no le dio las migajas, que caían de su mesa»: A. Godeau, 162, 73 y 83. ¡Qué diferencia de pensamiento y de actitud respecto a los pobres y al sentido de la limosna entre Godeau y Vicente de Paúl! Y sin embargo ¡son contemporáneos! Vicente declara: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres»: S. V. XI, 201 (24 de julio de 1655). «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos, para sacar a los pobres de su miseria»: S.V. IX, 497 (28 de noviembre de 1649). «Dios nos conceda la gracia, de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pensar que socorriéndolos ¡practicamos la justicia y no la misericordia! (8 de marzo de 1658)»: S.V. VII, 98. En cuanto al sentido de los pobres: «son nuestros señores y maestros»: S.V. XI, 393 (enero de 1657).

38 «Dios ha depositado en las manos de los ricos la parte del pobre». «¿No tenéis ningún escrúpulo de negar a los pobres el depósito que su Dios y el vuestro ha puesto en vuestras manos?»: A. Godeau, 162, 83, 85.

31 Quienes poseen «están obligados, digo obligados, a socorrer a éstos (a quienes no tienen) por una obligación fundada en precepto». «Si dar limosna fuese una obra de consejo y de liberalidad, el pobre no podría que­jarse de haber cometido un fraude contra él… de negarle lo que le pertene­ce… No se trata, ricos…, de practicar una virtud, sino de no cometer un pecado de hurto y de homicidio»: Ibid., 84, 85-86.

38 «Si creéis en las palabras de vuestro Maestro, si esperáis de él los bienes celestiales, sí tenéis manchas que purificar en vuestro corazón ¿por qué no dais vuestros bienes temporales a quienes los necesitan?»: Ibid., 80.

39 «Muchos que daban limosna lo hacían por lástima… Pero… esta lástima ¿no era provocada ordinariamente por enfermedades y llagas simu­ladas?… ¿Se debe soportar que hombres, que podrían trabajar… hagan un oficio de la mendicidad, bajo pretexto de estar inválidos, cuando gozan de perfecta salud?… ¿No son ladrones que quitan la limosna, que pertenece a los verdaderos enfermos?»: Ibid., 41-42.

40 «Es mejor tener a los pobres entre nosotros, tenerlos en una misma casa que venlos… en las calles o en las puertas de las iglesias, donde nos atormentan con sus gritos y… nos horrorizan con sus llagas insoportables… Ahora se puede instruirlos, asistirlos y corregirlos»: Ibid., 72.

«El gran encerramiento de los pobres» 127

de organizar administrativamente las colectas 41. En realidad se utiliza a los pobres y se sirve de su miseria para intentar conse­guir el cielo para los ricos 42. Los pobres se convierten en víctimas de un proceso de purificación de la sociedad absolutista y de la teología abstracta, desencarnada, que domina en la iglesia 43. Esta sociedad olvida que, al abrir la cárcel para introducir en ella a los pobres, se encierra ella misma en la prisión de sus obsesiones y rechaza querer descubrir el verdadero rostro del pobre, de Jesu­cristo, que solicita una ayuda y arranca del placer egoísta. Los po­bres de «carne y hueso» horrorizan a una parte de esta sociedad, es decir, le descubren una parte de sus angustias, de sus temores. Para encontrar de nuevo sus seguridades encierra a los pobres. Una vez desaparecida su presencia molesta, la sociedad proyectará mejor en el recuerdo la imagen de los pobres que no existen, pero que se desearía tener, es decir, la imagen anhelada de sí misma: ricos efectivos que quisieran poseer por añadidura y plácidamente «la pobreza de espíritu».

Severidad y pesimismo ¿explican la caridad como pedagogía del siglo? Es muy probable, dada la semejanza de terapéutica protec­cionista empleada en el trato reservado al demente, al mendigo, al niño. En ellos la naturaleza manifiesta un desequilibrio, una deficiencia. Por eso se interna al pobre para corregirle, domesti­carle y se le separa de la sociedad para reintegrarle por fuerza al

41 «Se me podrá objetar que… al no aparecer ya los pobres en la calle, ni en las iglesias, se puede temer que al cesar los objetos de la caridad, la caridad no se apague poco a poco». «Se ha previsto, incluso, a este enfria­miento de la caridad por las colectas que las damas hacen en las parroquias… Se han colocado cepillos en todas las iglesias, que recuerdan, a quienes en­tran en ellas, a estos pobres, a quienes ya no ven, y que sin hablar les piden limosna por ellos»: Ibid., 40, 43.

42 «Qué podrán responder (los ricos) al Juez, cuando les diga: tuve hambre y no me disteis de comer… ¿Ignorabais, les dirá, que había a las puertas de París un hospital donde sufría todas estas incomodidades en mis pobres?… Lamentarán (entonces) no haber sacrificado algún mueble lujoso para el mantenimiento de los pobres de Jesucristo, quienes les hubieran re­cibido en los tabernáculos eternos y calmado la cólera de su Juez, a quien su dureza ha ofendido injuriosamente»: Ibid., 93, 94, 95.

43 «Por el establecimiento del hospital general se restaura el estado muy santo de la pobreza en su primer esplendor y… se hacen cesar los crí­menes horribles que los pobres cometían impunemente». «El salmista habla de los pobres, no de éstos, sin duda… sino de quienes tienen el espíritu de pobreza y que son pobres humildes, pobres obedientes, pobres revestidos del temor del Señor. Así serán a quienes se encierren en el hospital general»: Ibid., 34, 36 cf. 50.

128 La llamada de la miseria

trabajo, al orden social, al cumplimiento de las normas eclesia-les 44. Esta visión pesimista del mundo, esta obsesión del pecado y de la naturaleza corrompida, explican la aparente insensibilidad de los partidarios del «encerramiento de los pobres».

La aplicación de las decisiones contenidas en los decretos reales de 1656 y 1657 relativos al encerramiento de los pobres resulta difícil y se manifiesta poco eficaz. La resistencia y la opo­sición de los interesados multiplican los incidentes. Pobres y pa­seantes, con frecuencia pertenecientes a la clase modesta, a veces también a la burguesía, reaccionan espontáneamente para liberar a mendigos, interpelados por los arqueros del hospital general 46 Estas reacciones revelan, sin duda, la pervivencia de ideas y sen­timientos respecto a los pobres y a la pobreza heredados de la tradición medieval. La mendicidad y la limosna, dada personalmen­te al pobre, no pierden el matiz más o menos religioso, sagrado, evangélico. Intentar encerrar a los pobres mendigos, es despreciar estos valores. Quienes se oponen al hospital general, reaccionan de esta manera para manifestar sus actitudes y opciones referentes al sentido del pobre y de la pobreza. Si la imagen medieval del pobre se empaña, no por eso se borra. Esto prueba que las nuevas for­mas de asistencia no han eliminado las formas antiguas.

Incapaz de solucionar el problema del pauperismo, el gobierno centralista acentuará el carácter represivo de la legislación. Las ordenanzas de 1666, 1685, 1700 constituirán la mendicidad, el

44 Se objeta «ordinariamente contra el encerramiento de los pobres, como si se violase en ello las primeras leyes de la naturaleza y de la huma­nidad, al quitar la libertad de ir a donde se quiere, al hacer trabajar por fuerza a quienes se encierran y tratarlos como esclavos, a quienes son libres por nacimiento y… por el evangelio. Esta cautividad, se dice… hace murmu­rar a los pobres. Les hace odiar a quienes los tratan de esta manera. Los irrita y hace de ellos hipócritas, sacrilegos, al inducirlos a recibir los sacra­mentos sin disposiciones y sin devoción… solamente para cumplir los regla­mentos o para ser mejor tratados». «¿En qué empleaban los pobres su liber­tad? En no observar ningún precepto del evangelio, en no cumplir nada de lo que la iglesia prescribe a sus hijos, en cometer toda especie de engaños, robos, crímenes. ¿Qué libertad es ésa que los hacía esclavos de sus pasiones y de todos los vicios…?»: Ibid., 45-46, 49.

45 La ordenanza del 10 de octubre de 1669 atribuye el fracaso parcial a la dificultad de detener a los mendigos y a la reacción del pueblo contra los arqueros del hospital general: cf. Code de l’Hópital Général de Paris, 34, 427-428.

«El gran encerramiento de los pobres» 129

vagabundeo, en delito, en crimen, llegando, incluso, en caso de reincidencia, a condenar a vagabundos y mendigos a galeras «.

Esta decisión de encerrar a los pobres ¿no expresa una nueva concepción de la pobreza, una evolución considerable en las rela­ciones sociales en la ciudad? ¿La vocación especial de los dismi­nuidos económicamente, que había ayudado a los ricos a despren­derse de este mundo, a acercarse a Dios, a abandonarse a la mise­ricordia divina, ayudando y respetando a los pobres, ha desapare­cido? Quizás el parlamento, los burgueses, aspiran ahora dema­siado al orden y a la seguridad. Quizás también los pobres, los men­digos, les dan miedo y quieren imputar las turbulencias pasadas a estos vagabundos, a estas turbas de miserables. ¿Se puede sospe­char que el parlamento y la burguesía, deseosos de conciliarse con la ciudad y con el rey, puedan hacerlo una vez más a expensas de los pobres contribuyentes? En definitiva, no les faltan razones pa­ra tranquilizar su conciencia: ¿no vienen los mendigos en bandas amenazando, saqueando, despojando? ¿Su suciedad no propaga enfermedades y todo género de pestes? ¿No atormentan con sus gritos y horrorizan con sus aspecto deforme y con sus heridas inso­portables? ¿No importunan a las puertas de las casas y en las plazas públicas? ¿No son ladrones, amigos y cómplices de otros ladrones? ¿No participan en las sediciones e instigan a otros a par­ticipar en ellas? 47.

La miseria ya no es santa; ¿no se convierte en culpable? La tentación puede ser fuerte al pretender que la pobreza tiene su origen en el vicio y en la imprevisión 48, sobre todo cuando la li-

46 Cf. Ibid., 494-496 (23 de marzo de 1680); 429-430 (15 de abril de 1685); 432 (28 de enero de 1687).

47 «Con frecuencia servían de intermediarios a los ladrones, para entrar en las casas de quienes les daban limosna, ellos mismos eran ladrones… en las últimas rebeliones que han agitado París, estaban totalmente dispuestos a participar en la sedición y a saquear las casas de los ricos»: A. Godeau, 162, 20, 21; cf. 71, 51, 73. J. B. Thiers autor de Avocat des pauvres, les lanza las mismas acusaciones: «Todavía se encuentran vagos… que gritan somos los pobres de Jesucristo, corno si Jesucristo reconociera como sus po­bres, a personas que están tan lejos de su santidad, de su vida y de sus cos­tumbres… Querrían que se vengase su resentimiento (el de los pobres) no con palabras, sino con espada y sangre. Lo que parece realizarse dada la cantidad de crímenes que cometen todos los días a escondidas. Si hay alguna rebelión popular, no hay nadie que corneta tantos desórdenes como ellos».

48 «Eran unos vagos que, en lugar de servir a su país trabajando o yendo a la guerra, permanecían en una ociosidad vergonzosa, o ejercían un oficio de bribonería»: A. Godeau, 162, 19.

130 La llamada de la miseria

mosna es incapaz para atenuar la miseria y ya no es suficiente para mantener la buena conciencia.

Es necesario encerrar a los pobres para socorrerlos, para guar­darlos de las tentaciones funestas, para darles una formación reli­giosa y una actividad profesional, pero ante todo, quizás, para liberarse de su presencia molesta, para castigarlos. ¿La caridad pierde con ello sus virtudes conciliadoras? No estamos lejos de afirmarlo. El necesitado considera el traslado al hospital general como una condena, como una segregación, quizás, como un castigo colectivo «.

La voluntad centralizadora de los partidarios del «encerramien­to» no hacen desaparecer en Francia la acción de grupos y socie­dades caritativas antiguos o de creación reciente. Sus estatutos pre­vén la asistencia a pobres y enfermos. La distribución de limosnas colectivas permanece en vigor, especialmente con ocasión de en­tierros, cuarentenas, final de año. Moralistas y predicadores afir­man que dar limosna es una «obligación de precepto» y no de con­sejo. Los ricos no son más que depositarios y distribuidores de los bienes que Dios les ha confiado. Lo superfluo, que poseen, perte­nece en toda justicia a los pobres. Dar limosna a los pobres, es imitar la misericordia divina con los «miembros dolientes de Cris­to».

La tentativa del «gran encerramiento» de los pobres marca el siglo XVII, pero dista mucho de resumir todas las actitudes en el campo de la asistencia. Que en la sociedad del siglo xvii haya ha­bido dureza en el trato con los desheredados, que a veces se haya sentido asco, rencor y miedo de ellos, es indiscutible. Sin embargo la aureola ritual y casi sagrada del pobre no ha desaparecido de muchos espíritus del «siglo de las almas», según la expresión de Daniel Rops. Si una teología severa, el compromiso social, la su­misión al poder central conducen a la reclusión de los pobres, la humildad y pobreza de Jesucristo incitan a la mortificación, al des­prendimiento y a la práctica de la limosna 50. Los pobres siguen

49 Cf. R. Chlil, 32, 400-425, especialmente 420-423.

50 Las dos representaciones contradictorias de la pobreza coexisten en el siglo XVII: lo pobreza evangélica y la pobreza delictiva. El Diccionario de Fureiáére (1690) y el de Trévoux (1705), editado por los jesuitas, traslucen la actitud de los contemporáneos en la explicación de las palabras pobre y mendigo. La redacción de los artículos de estas dos palabras mezcla la tra-

«El gran encerramiento de los pobres» 131

siendo la «imagen al natural de Cristo», como dice Vicente de Paúl, y la virtud de la pobreza, es fruto de un amor, que lleva al despren­dimiento y manifiesta el criterio de la caridad. Por eso Bossuet puede pronunciar en 1662 en el púlpito del Louvre: «Quienes subsistían por su trabajo se ven reducidos a la vergüenza de men­digar para conservar la vida; o, no encontrando ya ayuda en las limosnas de los particulares, buscan en vano refugio en los asilos públicos de la pobreza, quiero decir en los hospicios, donde, por la dureza de nuestros corazones, encuentran también el hambre y la desesperación» 51

dición cristiana y las consideraciones de la policía, pero dando cada vez más importancia a estas últimas.

En el artículo: pobre del Diccionario de Furetiére, se puede leer: «el que no tiene bienes, el que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida. El sabio ha dicho que no encontraba nada más insoportable que un pobre soberbio». Después vienen alusiones a la Oficina de los pobres y al hospital general; finalmente estas dos frases: «antes se estaba molestado por los pobres, que pedían limosna. Los mendigos, los pobres, son llamados miembros de Jesucristo». El artículo mendigo es todavía más lacónico: «Bri­bón que pide limosna, se •ha creado un hospital general para encerrar en él a todos los pobres».

El Diccionario de Trévoux recoge esta redacción y añade dos citas ca­racterísticas de Fléchier: «Se veía a tropas errantes de mendigos, pedir con más obstinación que humildad, e importunar a todos con el relato indis­creto de sus necesidades… cuánta dificultad en retener a estos mendigos encerrados que consideran su asilo como una prisión y piensan que no tie­nen que preocuparse de nada, porque no tienen nada que perder».

51 Bossuet, 15, IV, 352-353, 214. El elogio estético y afectivo de la pobreza, estado de equilibrio entre la indigencia y la riqueza, se ve rectifi­cado continuamente en Bossuet por el descubrimiento concreto de la po­breza real, que no tiene nada de literario. Después de haber conocido a Vi­cente de Paúl, haber sido miembro de la Compañía del santo sacramento y haber luchado efectivamente en su diócesis contra la miseria de los pobres, su juicio se encuentra dominado por la urgencia de la acción contra «este abismo de todos los males y conjunto de todas las miserias que afligen a la humanidad»: Bossuet, 15, I, 195. Lo que entonces le parece definir la con­dición de la pobreza, la situación del pobre, es la vergüenza: «La pobreza tiene de común con el vicio que nos sonroja, de la misma manera que si el ser pobre, fuese excesivamente criminal»: 15, I, 196. En una profesión religiosa Bossuet afirma: «la pobreza hace a los hombres ridículos… y llegan a serlo por temor de parecerlo»: 15, VI, 156-157. La pobreza, dice, hace al hombre despreciable, débil, incapaz…, 17, IV, 4. «Una de las causas princi­pales de las tentaciones es la necesidad: de ahí nacen los fraudes, las in­justicias, la violación de las leyes divinas y eclesiásticas»: 15, VI, 169.

132 La llamada de la miseria

  1. LOS POBRES ENFERMOS

Después de haber constatado la terrible miseria, a veces cruel, para una gran masa de la población activa, vamos a describir bre­vemente la situación de los pobres enfermos.

Los desastres del hambre, de la guerra, de las epidemias, mul­tiplican en el siglo xvii el número de enfermos y de enfermedades. La gama de fiebres, la variedad de enfermedades de pecho, la mul­tiplicidad de dolencias estomacales, intestinales, renales, cardíacas, afectan a multitud de personas. La tisis, mal conocida en la época, consume a muchos jóvenes, y la apendicitis produce numerosas víctimas, ya que el único remedio ante ella es «invocar la piedad del buen Dios». Si añadimos la peste, que se propaga por todas partes, la diabetes, las enfermedades venéreas, los males produci­dos por los accidentes de trabajo, obtendremos la lista de las do­lencias que aquejan a los súbditos del rey Luis.

La falta de medios para detectar y auscultar el mal, obliga a los médicos a recorrer el cuerpo del enfermo con las manos para po­der estudiar sus reacciones. Los remedios utilizados nos parecen hoy extravagantes y poco eficaces. Los productos farmacéuticos se obtienen de la combinación y mezcla de plantas, de órganos ani­males y de partes y productos del cuerpo humano. La grasa hu­mana es muy apreciada y cuesta cara. La falta de higiene no sólo no favorece la curación, sino que aumenta y propaga enfermeda­des. El régimen alimenticio, a pesar de utilizarse como auxiliar de la medicina en varias enfermedades, no favorece en nada para conservar la buena salud. Los remedios proporcionados al enfermo no son ordenados, con frecuencia, por el médico, sino aplicados por familiares y vecinos. El matiz casero y el cariz de entremez­clarlos con fórmulas de brujería prueban muy frecuentemente su ineficacia. La necesidad y urgencia de combatir las dolencias no se ven socorridas por estos esfuerzos. El enfermo sufre con tales re­medios y su mal se agrava con frecuencia, cuando no le hace des­aparecer de esta vida.

Otros aspectos, que no ayudan en nada a aliviar al paciente, merecen señalarse. El sentido fatalista ante la enfermedad domina al enfermo, a quienes le rodean y a quienes le visitan. La enferme­dad es uno de tantos males, que acontecen al hombre. Hay, pues,

Los pobres enfermos 133

que resignarse y convertirla en ocasión de mérito ante la mirada de Dios. Si se tiene en cuenta la soledad en que se encuentran los en­fermos pobres en sus casas, se puede imaginar su estado de ánimo: las personas adultas, hombres y mujeres, se van a trabajar, lo que quiere decir que los enfermos son atendidos por niños inhábiles o por ancianos incapaces. El cultivo de un escepticismo referente a los médicos y a las medicinas aumenta en ellos el sentimiento de abandono. Estas indicaciones, reflejo de una estructura mental, nos manifiestan que los esfuerzos organizados en orden a aliviar a los pobres enfermos son casi nulos.

Al principio del siglo xvii no faltan grupos y comunidades que visitan a los pobres, más para consolarlos y sugerirles sentimientos de piedad y de resignación que para curar sus dolencias. Los hos­pitales existen, pero el número es escaso, la instalación inconforta-ble y el funcionamiento deficiente: la carencia de higiene los con­vierte en agentes propagadores de contagios. Su origen se debe, casi siempre, a iniciativas particulares, a fundaciones caritativas, pero los administradores, clérigos o laicos, están más atentos a percibir y gestionar los réditos en su favor que a admitir y a ocu­parse de los enfermos pobres. Durante la primera mitad del siglo xvii se siente la urgencia de combatir la enfermedad y de acogerla. La necesidad de organizar los hospitales y de crear otros nuevos se impone, lo mismo que la especialización del personal que cuida a los enfermos.

Acción de Vicente de Paúl

El primero que ha pensado en organizar’ esta asistencia de los pobres en sus casas es Vicente de Paúl. Nos encontramos en el año 1617 y Vicente es párroco de una parroquia de la diócesis de Lyon, Ghátillon-les-Dombes. Tratemos de contar la génesis de esta obra dejándole a él la palabra: un día, «cuando me revestía para decir la santa misa, alguien vino a decirme que en una casa apartada de las demás, como un cuarto de legua, todo el mundo estaba enfer­mo, sin que quedara uno para asistir a los demás, y todos estaban en una necesidad extrema. Esto me enterneció sensiblemente el co­razón. No olvidé el recomendarlos en el sermón con afecto, y Dios,

1 Cf. S.V. IX, 246.

134 La llamada de la miseria

enterneciendo el corazón de los que me escuchaban, hizo que todos se encontraran movidos de compasión hacia estos pobres afligidos. Después de comer, se hizo una reunión en casa de una buena se­ñora de la ciudad, para ver qué ayuda se les podría proporcionar, y todos se encontraron dispuestos a hacerles una visita y a conso­larlos de palabra y con los medios que podían. Después de víspe­ras, acompañado de un buen hombre, burgués de la ciudad, nos encaminamos hacia el lugar. En el camino encontramos mujeres que iban delante de nosotros y, un poco más adelante, otras que ya venían… Cuando llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el santo sacramento… Después de haberles confesado y dado la comunión, se trató de ver cómo se podría socorrer sus necesidades. Propuse a todas estas buenas personas, a quienes la caridad había animado a trasladarse allí, a ofrecerse, cada día una, para hacer la comida, no solamente para la familia enferma, sino para todos los que cayeran enfermos después: es el primer lugar donde la Cofra­día de la caridad ha sido establecida» 2.

La experiencia de una caridad mal organizada 3 va a originar un movimiento caritativo de misericordia, de ternura y de amor femenino. Inmediatamente Vicente se pone a organizarla. Reúne a estas buenas personas para escoger los medios prácticos en orden a organizar la asistencia a los enfermos pobres de la parroquia. Se acuerda formar una asociación, una cofradía llamada «de la ca­ridad» compuesta de veinte señoras y señoritas con el compromiso, cada una por su turno, de «cuidar el cuerpo y el alma de quienes ellas juzguen en conjunto, que requieren dicha asistencia; el cuer­po alimentándole y medicamentándole y el alma de quienes van a morir preparándola para una buena muerte y para una vida buena a quienes se prevé que se curarán» 4. El 23 de agosto de 1617, Vicente de Paúl entrega el primer reglamento de la asociación. Tres meses más tarde, podrá darles un nuevo reglamento profun­damente humano y espiritual: «…La que esté de turno, después de haber recibido de la tesorera todo lo necesario para la alimen­tación de los pobres, preparará la comida, la llevará a los enfer­mos y al entrar les saludará alegre y caritativamente; acomodorá

2 S.V. IX, 243-244.

3 «He aquí, dice Vicente, que ellos ejercitan una gran caridad, pero está mal organizada»: L. Abelly, 1, 1. I, 46.

4 Cf. S.V. XIV, 125-126. P. Coste, 38, 1, 103-105.

Los pobres enfermos 135

la mesita encima de la cama, pondrá encima una servilleta, una taza, una cuchara y pan, hará lavar las manos a los enfermos y dirá el Benedicite; verterá la sopa en una escudilla y colocará la carne en un plato, colocando todo en dicha mesita; después invita­rá caritativamente al enfermo a comer, por el amor de Jesús y de su santa •madre, todo ello con amor, como si se tratara de su hijo, o mejor aún, de Dios que considera como hecho a él mismo el bien que se hace a los pobres. Le dirá alguna palabra de nuestro Señor, en este sentimiento tratará de alegrarle, si está muy desconsolado, le cortará a veces la carne, le servirá de beber, y habiéndole así pre­parado para comer, si hubiera alguien con él, le dejará e irá a casa de otro para tratarle de la misma manera, acordándose de comen­zar siempre por quien tiene compañía y de terminar por quienes están solos, con el fin de poder estar con ellos más tiempo; des­pués volverá por la tarde a llevarles la cena haciendo lo mismo que ha sido dicho anteriormente…» 5.

Vicente de Paúl se va de la parroquia a finales de diciembre de 1617, no obstante la cofradía continúa realizando su obra benéfica después de la ausencia de su fundador.

Llegado a París, para ser capellán de Gondi, hermano del ar­zobispo de París, Vicente de Paúl comienza a establecer Cofradías de la caridad con el mismo fin que en Ohátillon 6.

Los pobres enfermos de las parroquias, misionadas por Vicen­te y sus misioneros, encontrarán siempre un grupo de señoras (a veces también de hombres) virtuosas, caritativas, animosas, lla­madas a darse a Dios y a los demás en una expansión sobrenatural de instinto maternal. Vicente de Paúl constata pronto que la varie­dad de la miseria impide a las «Caridades» encerrarse en el ser­vicio de los enfermos, sin embargo esta categoría de pobres per­manecerá siempre como la primera preocupación de los reglamen-

5 S.V. XIII, 427-428; cf. 423-437.

6 Vicente de Paúl establece Cofradías de la caridad: en Villepreux (diócesis de Paris), en Joigny y en Montmirail en 1618; en Folleville, Paillert y Sérévilliers (diócesis de Amiens) en 1620. La primera Cofradía establecida en París data de 1629 en la parroquia Saint-Sauveur. A la muerte de Vicente de Paúl, se encuentran fundaciones de «Caridades» por toda Francia: una quincena en París y más o menos el mismo número en los alrededores de París. En las provincias se encuentran en las ciudades de Amiens, Arras, Beauvais, Sedan… Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 47, 107-109.

136 La llamada de la miseria

tos de las Cofradías de la caridad 7 o de las «Caridades» como más comúnmente se decía. Inútil dar a conocer cuánto beneficio sacaron de ellas los pobres.

De 1617 a 1650, las Caridades de París y de provincia no ce­san de desarrollarse y de evolucionar. Flexibles y acogedoras se abren a toda miseria. Por medio de Luisa de Marillac 8 y de sus misioneros, Vicente trata de mantener el dinamismo de las Cofra­días de caridad y de hacer cumplir los reglamentos. Es necesario descubrir los abusos introducidos y corregirlos para que ellas lo­gren realizar perfectamente su cometido. Vicente de Paúl está sa­tisfecho cuando escribe al padre Du Coudray a Roma el 25 de julio de 1634: las Caridades «hacen maravillas» 9.

Las Caridades, nacidas de la generosidad y del entusiasmo, arriesgan con frecuencia y fácilmente desvían el espíritu de la Ca­ridad. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac se convencen pronto de este peligro. Comprueban que las Damas, pertenecientes a la alta burguesía, tienen dificultad en ejecutar los trabajos humildes, re­queridos para poder asistir a los pobres enfermos. Para remediar esta dificultad, no dudan en demisionar en manos de sus sirvientas los servicios caritativos. Semejante actitud puede ser un obstáculo al espíritu de las «Caridades», que requieren siervas de los pobres de nuestro Señor y no servicios recomendados y pagados. Unos diez años después de la primera Caridad de Chatillon, Vicente de Paúl juzga necesario que «acompañen» a las Damas de la Caridad jóvenes sencillas, venidas del campo. Libres de todo otro com­promiso, podrían entregarse totalmente a los pobres enfermos, para cuidarlos y ayudarlos en todas sus necesidades. Luisa de Ma-rillac, el 29 de noviembre de 1633, reúne en su casa algunas de estas buenas muchachas del campo, deseosas a la vez de servir a los pobres y de darse a Dios. El instituto de las Hijas de la Cari­dad acaba de nacer. Ellas las primeras «siervas de los pobres en­fermos» instituidas como Compañía 1°.

7 Cf. Reglamentos de las Cofradías de la caridad: S.V. XIII, 417-537 y los documentos relativos a las Damas de la Caridad del I-18tel-Dieu de París: S.V. XIII, 761-767, 825-826.

8 Cf. S.V. I, 73, 75, 96, 108, 241, 280, 289. Pensées de Louise de Marillac…, 123, 126, 127.

9 S.V. I, 253.

10 Cf. P. Coste, 38, I, 265; S.V. IX, 113, 244-245.

Los pobres enfermos 137

Sin duda, la gran obra caritativa del siglo XVII —especialmente en su segunda mitad— es, si no la institución, al menos la refor­ma y la nueva organización de los hospitales en favor de los pobres.

La situación de la mayoría de los hospitales al comienzo del siglo xvii es lamentable: ausencia de cuidados o cuidados míni­mos, falta de higiene, carencia de sitio, lo que obliga ordinaria­mente a colocar dos, tres, cuatro, a veces seis enfermos en la mis­ma cama. Se requiere reformar los hospitales y crear otros nuevos. En esta actividad, la iglesia desarrolla una acción importante: la preocupación por la obra hospitalaria, en el siglo xvii, es una nota característica del obispo reformador, que pone todo su celo en aplicar los decretos del concilio de Trento 11. Poderes públicos 12, comunidades religiosas, personas caritativas ayudan y sostienen es­te movimiento de reforma.

Vicente de Paúl, que conoce la situación deplorable de los hos­pitales (exceptuado el hospital de la caridad, de fundación reciente y bien organizado), se pone a trabajar en este campo. Con las Hijas de la Caridad y las Damas del Hótel-Dieu, participa en la reforma

11 El concilio de Trento en la sesión xxii (17 de septiembre de 1562) había publicado un decreto de reforma concerniente a los hospitales: «Los obispos se preocuparán para que todos los hospitales en general estén bien y fielmente dirigidos por los administradores». El decreto n.° 8 publicado en la sesión xxv del concilio, el 3 de diciembre de 1562, obliga a los obispos a visitar los hospitales: «Deberán hacerse rendir cuentas por los adminis­tradores, si éstos han prevaricado, deberán restituir los réditos percibidos indebidamente y podrán ser castigados con censuras canónicas».

Entre los obispos que se ocupan de la reforma de los hospitales al prin­cipio del siglo, se pueden citar, al cardenal Sourdis en Burdeos, más tarde a Alain de Solminach en Cahors, al final de siglo, Bossuet en Maux, Mas­caron en Agen, Luis Fouquet en Agde.

12 Enrique iv había establecido en 1606 la «Cámara de la caridad cris­tiana» que, bajo la dirección de un capellán mayor, debía proceder a la «reforma general» de los hospitales y sobre todo a controlar los gastos. Los resultados fueron parciales, momentáneos, no obstante esta iniciativa se in­serta en la corriente, que hace aparecer al siglo xvii, como el gran siglo de la asistencia pública. Con la aprobación, ayuda y apoyo de las finanzas pú­blicas, se instituyeron, durante la primera mitad del siglo XVII, numerosos hospitales. Hablando de París, se deben citar, bajo el reinado de Enrique iv, el hospital de la caridad (1601) y el hospital de San Luis, durante la re­gencia de María de Médicis, en 1612, el hospital de la Pitié, bajo Luis

en 1631, el hospital de Convalecientes, en la calle del Bac, en 1634, el hos­pital de los incurables (el actual Hópital Laénnec), bajo Luis xIv el hos­pital general del cual se aprovecharon los enfermos pobres, incluso si no intenta directamente ocuparse de ellos. Acerca de las diversas congregaciones hospitalarias en el siglo xvn, cf. L. Lallemand, 99, IV, 46-52.

138 La llamada de la miseria

y en la organización de estos establecimientos de enfermedad y de miseria.

Desde el principio de su estancia en París, hacia 1609, Vicente de Paúl visita a los enfermos del hospital de la caridad. De tal manera debía ser conocido allí, que se le elige como intermediario en 1611 en un asunto de restitución de una suma de 15.000 li­bras 13.

A partir de 1639, las Hijas de la Caridad, que Vicente de Paúl y Luísa de Marillac habían orientado en su origen a la visita de los enfermos a domicilio, se adaptan además al cuidado de los enfer­mos en los hospitales 14. Los dos fundadores intentan conseguir de los administradores un nuevo reglamento, que permita un mejor servicio de los pobres enfermos. Luisa de Marillac enseña a las hermanas los remedios que se deben aplicar. Ambos quieren que las Hijas de la Caridad sean el personal cualificado de los hospi­tales.

Después de haber modificado varias veces las directrices de las Cofradías de la caridad y haber esbozado pequeños reglamentos, Vicente recibe el año 1634 15 la visita de la señora de Goussault. Al comunicarle la experiencia y las reflexiones, que le habían su­gerido sus visitas al Hótel-Dieu de París, le habla de hechos com­probados: la mayoría de los enfermos de este gran hospital ignoran todo lo referente a su fe y a sus obligaciones religiosas; por añadi­dura, los capellanes no les dan ninguna formación en este senti­do 16.

En 1632, la Compañía del santo sacramento, informada del la­mentable estado espiritual de los enfermos de este hospital, había resuelto enviar allí cada lunes o sábado a dos de sus miembros. Al año siguiente, obtiene la ayuda de siete comunidades religiosas de París. Estas aceptan enviar a los miembros de su comunidad un día por semana 11.

13 Cf. S.V. XIII, 14-16; L. Abelly, 1,1. I, 21.

14 Las Hijas de la Caridad comienzan a ocuparse de los enfermos en los hospitales a partir del año 1639 en Angers, en 1641 trabajan también en Mans y en Nantes…

15 L. Abelly, 1, 1. I, 131.

16 Para conocer la situación de los enfermos del Henel-Dieu de París y la acción de los capellanes y de las religiosas agustinas con los hospitaliza­dos, cf. Fosseyeux, 79, 8, 23-26; L. Abelly, 1, 1. I, 132, 133, 134, 139.

17 Cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 32 y 33. Las siete órdenes religiosas que envían sacerdotes al Hótel-Dieu son: franciscanos, jesuitas, sacerdotes

Los pobres enfermos 139

La señora de Goussault juzga que, en esta obra de caridad para con los pobres enfermos del 118tel-Dieu, las mujeres tendrían una función que realizar. Dirigiéndose a Vicente de Paúl, para comu­nicarle su intención de reunir algunas señoras, le ruega que las or­ganice y estimule para que sus servicios sean más eficaces. Vicente le ruega le dé tiempo para reflexionar. Después de madura refle­xión le parece que intervenir en este asunto, sería «meter la hoz en mies ajena» 18. Su decisión parece irrevocable: la asistencia es­piritual de los enfermos depende del capítulo de París. A él perte­nece tomar sus responsabilidades en este campo.

Ante esta decisión de Vicente de Paúl, la señora de Goussault va a exponer la idea a Juan Francisco de Gondi, arzobispo de Pa­rís; le desarrolla su plan y termina por convencerle. El arzobispo comunica a Vicente de Paúl que le agradaría mucho acogiese favo­rablemente la proposición de esta señora… y que él (el arzobispo) pensaba en los medios de realizar este proyecto 19. Ante la volun­tad del arzobispo, el humilde sacerdote se inclina. Es necesario bus­car y reconocer a Jesús en todos sus estados para •prolongar la mi­sión del Cristo místico: «La segunda máxima de este fiel servidor de Dios, afirma Abelly, era ver siempre a nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar más eficazmente su corazón a cumplir con ellos sus obligaciones de caridad. Contemplaba a este divino salvador como obispo y príncipe de los pastores en los obis­pos…» 20. Pero era igualmente necesario tener un juicio exacto para conseguir el fin: servir eficazmente a los enfermos y con­tribuir a su salvación.

Reunir un grupo de señoras de buena voluntad y de la alta burguesía no era difícil en un siglo donde la piedad y la ternura femeninas ante la miseria constituían una de las dos facetas de un juego de emulación. En un siglo donde ser coqueta y devota al mismo tiempo constituía un juego de sociedad, visitar a los en­fermos del H6tel-Dieu y mimarlos era, al mismo tiempo que un acta de caridad y de abnegación, •un signo de la grandeza que exi­gía el alto rango que se ocupaba.

de la doctrina cristiana, carmelitas descalzos, jacobinos reformados (domi­nicos) feuillanos (reforma de la orden del Císter), oratorianos: cf. R. Voyer d’Argensos, 155, 46-47; L. Abelly, 1,1. I, 139.

18 L. Abelly, 1, 1. I, 132.

19 Ibid., 132.

20 Ibid., 83.

140 La llamada de la miseria

Vicente de Paúl se aprovecha de este movimiento de la alta sociedad y lo orienta al servicio de los enfermos. Paso a paso es­clarece las actitudes de estas grandes damas, purifica sus intencio­nes, dinamiza sus opciones y les presenta las miserias urgentes 21. Una vez establecido el fin —ocuparse de la asistencia es­piritual de los pobres enfermos, utilizando la «colación» como me­dio de llegar al alma— 22, Vicente de Paúl crea la Compañía de las Damas del Hótel-Dieu de París. Nombrado director perpetuo, orienta este movimiento espiritual-caritativo. Como conoce la si­tuación del Hótel-Dieu, sabe que el cuidado de los enfermos está muy abandonado. No les disimula en lo más mínimo las dificulta­des de la obra, pero les manifiesta que estas dificultades se desva­necerán, si las Damas permanecen en su puesto y realizan su come­tido. Es necesario actuar «suavemente», con «bondad», pero fir­memente, para poder imitar la manera de obrar, propia del Espí­ritu de Dios 23 y asegurar los medios más eficaces para lograr lo que se pretende.

Todos los días cuatro o cinco de estas Damas llegan a las dos de la tarde al Hótel-Dieu. Adorando a Cristo en la eucaristía, le piden la gracia de encontrarle para aliviarle y servirle en el último de estos enfermos, roído por la miseria y quizás por el vicio. Des­pués de haberse puesto un delantal, ellas mismas sirven la comida, permitiendo a los enfermos elegir su alimento. Al mismo tiempo les dicen unas palabras de consuelo y de aliento. Si los enfermos no tienen ganas de comer, o fuerzas para ello, les ayudan y les animan a hacerlo. La ternura será siempre, para Vicente de Paúl, el gesto que enseña a los grandes cómo se debe hablar a los hu­mildes y cómo se les debe servir cuando se les ama 24. Está con­tento de la acción de las Damas. La carta escrita el 20 de septiem­bre de 1650 a Guillermo Cornaire, sacerdote de la misión, nos lo manifiesta: «¿Cuántas personas de gran condición de uno y otro sexo piensa usted que hay en París, que visitan, instruyen y ex­hortan todos los días a los enfermos del Hótel-Dieu, y que se en­tregan a ello con una devoción admirable, incluso con perseveran-

21 Ibid., 132-133; cf. S.V. I, 253; XIII, 827-828, 861-862.

22 S.V. I, 253; XIII, 780.

23 Cf. S.V. I, 96, 361; VII, 621, VIII, 197; L. Abelly, 1, 1. I, 134-135.

24 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 134-136; S.V. XIII, 861-862; A. Bonnefons, 14, 154-157.

Los pobres enfermos 141

cia? Cierto, quienes no lo han visto tienen dificultad en creerlo, y quienes lo ven están totalmente edificados; en efecto, esta vida es la vida de santos y de grandes santos, que sirven a nuestro Señor en sus miembros de la mejor manera que les es posible…» 25.

La prudencia de Vicente de Paúl y su gracia peculiar, admira­ble alianza de finura y de bondad profunda, descuellan entre las Damas de la alta sociedad parisina. Les enseña a descubrir el fun­damento de la caridad, en su sentido más agudo de la solidaridad humana, que tiene su origen en el descubrimiento de la eminente dignidad de los pobres.

Este movimiento de caridad, agrupado alrededor de la idea de ocuparse de los enfermos del Heytel-Dieu, se reúne regularmente todas las semanas. Vicente de Paúl, flexible y firme a la vez, presi­de estas reuniones. En ellas escucha, rectifica, exhorta, ordena. Las resoluciones, decididas por mayoría de votos, se consignan en un registro. Para ayudar a las Damas a hacer su revisión de vida, les interroga en público acerca de la fidelidad en las prácticas de la compañía «. Hablándoles de la continuación de la misión de Cristo por el testimonio de su caridad, no olvida nada de lo que puede hacer perseverar a las Damas en su exigente vocación: «La divina providencia se dirige hoy a algunas de vosotras para suplir lo que falta a los pobres enfermos del Hótel-Dieu… Vuestra Compañír es una joya para la iglesia y un asilo para los desdichados. Si… por vuestra culpa llega a desaparecer, quitaríais al público un motivo de gran edificación y a los pobres un gran alivio…» 27.

Durante toda su vida, Vicente de Paúl se acordará de la expe­riencia de Chatillon. A través de ella participa en el desarrollo de las obras de asistencia en favor de los pobres enfermos en el siglo xvii.

25 S.V. IV, 85.

26 S.V. X, 565.

27 S.V. XIII, 810 y 811; cf. XIII, 761-774, 779-780, 781-782, 791-797.

142 La llamada de la miseria

  1. LOS NIÑOS EXPÓSITOS

Olvidados de sus padres, abandonados por sus madres, mirados con desprecio por la sociedad, los niños nacidos en la miseria y en la vergüenza son entregados al abandono al principio del siglo XVII. Los historiadores concuerdan en describirnos la suerte desdi­chada de estos niños 1 abandonados diariamente a la puerta de las iglesias o en la calle. Muchos mueren allí mismo de hambre y de miseria a la vista de los transeúntes; otros son recogidos por el comisario del barrio y llevados a «La Couche» 2. De este modo se recogen en París cada año, por lo menos, «tantos cuantos días tiene el año» 3. A pesar de los edictos del parlamento y de la bue­na voluntad de los altos comisarios de justicia de la capital 4, encar­gados de la obra de los expósitos, la suerte de estos abandonados, trasladados a La Coliche, es lamentable 5.

Vicente de Paúl conoce perfectamente la triste y desoladora situación de estos expósitos, cuando afirma: «Desde hace cincuen­ta años, no vive ninguno de estos niños» 6. Esta frase lapidaria estremece el corazón y hace abrir los ojos. ¿Por qué mueren? Vi­cente nos da una respuesta que subleva nuestra sensibilidad: «Se había informado que estos pobres pequeños estaban mal asistidos: ¡una nodriza para cuatro o cinco niños! Los vendían a mendigos por ocho soles la pieza, quienes les rompían brazos y piernas para excitar la piedad del público y lograr que les dieran limosna, luego

1 Cf. L. Lallemand, 98; J. F. Terme – J. B. Lonfalcon, 149; G. Renoux, 140; J. Dehausse, 41; P. Coste, 38, II, 453-480.

2 A continuación del decreto del parlamento de París (11 de agosto de 1552) que obligaba a los altos jueces de la capital a contribuir en la obra de los expósitos, éstos determinaron instalarlos en las casas del puerto Saint-Landry, «junto a la casa episcopal»: d. J. du Breuil, 65, 40. En 1570 el parlamento aprobó el proyecto de los Canónigos de Notre-Dame de instalar a los niños de Saint-Landry, recomendando al mismo tiempo que los altos jueces de la ciudad tuvieran reuniones de vez en cuando para que pudieran hablar y dictar memorias y artículos de policía… para el gobierno y admi­nistración de la obra: cf. L. Lallemand, 98, 8.

3 S.V. XIII, 807 (11 de julio de 1657); cf. L. Abelly, 1, 1. I, 142.

4 Los altos jueces de la capital eran dieciséis.

5 Cf. J. F. Terme – J. B. Lonfalcon, 149, 97.

6 S.V. XIII, 798 (entre 1640 y 1650).

Los niños expósitos 143

les dejaban morir de hambre…» 7. Por añadidura, estos niños mo­rían sin bautismo 8.

Vicente de Paúl, deplorando este abuso, busca los medios de reducirlo. En 1638, a pesar de las dificultades y reticencias, se ocupa de esta nueva obra. Comienza por invitar a algunas Da­mas de la Caridad de París a visitar La Couche 9. Al principio les habla tímidamente, tratando de hacer desaparecer los sentimientos de repugnancia y de aclarar las soluciones que podrían proponer­se 1°. Como siempre comienza «a modo de prueba». El método em­pleado, a pesar de revelarse más bien ineficaz, es al menos, un de­seo de intentarlo «. Vicente se obstina, trabaja apasionadamente e incluso genialmente, a partir de esta realidad que se impone. La obra de los niños expósitos, como todas sus fundaciones, no es la realización de un programa previsto. Pero como siempre, el buen sentido de Vicente de Paúl ajustará su esfuerzo y verificará sus métodos. El impulso de su sensibilidad hará desarrollar esta obra.

De 1638 a 1640 el modesto ensayo triunfa. Por el contrario los niños llevados a La Couche permanecen en la misma extrema ne­cesidad: las rentas faltan a la casa y la preocupación a las nodrizas. El capítulo de París apremia a las Damas para que se encarguen de los niños expósitos 12

Vicente de Paúl convoca en 1640 una asamblea de Damas. La princesa de Condé y la duquesa de Aiguillon, la honran con su pre­sencia 13. El guión del discurso, revela su estado de espíritu»; com­prueba la «necesidad extrema» en la que se encuentran los niños

7 S.V. XIII, 798; cf. S.V. XIII, 775 (12 de enero de 1640); Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 307.

8 S.V. XIII, 798; cf. IX, 138; L. Abelly, 1, 1. I, 142.

9 En 1638, por falta de nodrizas, las Damas de la Caridad se vieron obligadas a recurrir a la lactancia artificial y ofrecieron «al Flótel-Dieu va­rias cabras»: cf. G. Renoux, 140, 39; S.V. I, 417 (1 de enero de 1638); L. Abelly, 1, 1. I, 142-143; P. Coste, 38, II, 457.

19 Proponer este asunto a las Damas de la nobleza y de la alta burgue­sía era delicado. Vicente de Paúl conoce perfectamente el peso de los pre­juicios de •su tiempo, que excluían a los bastardos: cf. J. Dehausse, 41, 18; S.V. I, 433 (febrero de 1638).

11 Cf. S.V. I, 417, 421-423, 433, 437, 440-445.
12 Cf. S.V. XIII, 807, 798.
13 S.V. II, 6: Vicente de Paúl escribe en esta carta dirigida a Luisa de

Marillac el 17 de enero de 1640: «Jamás he visto tantas Damas en las reu­niones ni tanta modestia al mismo tiempo». Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 143.

14 Cf. S.V. XIII, 774-775 (12 de enero de 1640).

144 La llamada de la miseria

y habla claramente a las Damas: «El mismo oprobio que critica­mos a los turcos, que es vender a los hombres como si fueran bes­tias», existe en París, «porque se venden estos niños a cualquie­ra…». Después combate las objeciones que existen en los espíritus: elevándose por encima de los prejuicios, obliga a las Damas a ver en estos pequeños a criaturas de Dios. Inmediatamente trata de los medios de asistirlos: es necesario crear una compañía de Damas para los niños expósitos, la cual se unirá a la de las Damas del Hótel-Dieu, o se separará de ella, ya se verá qué es lo mejor. En­trando en lo concreto, determina la tarea diaria de cada una, tarea sencilla, limitada, esperando que las circunstancias obliguen a ir más lejos. En el momento actual el remedio es comenzar ha­ciendo lo que se pueda 15.

La emoción de Vicente y la firmeza de sus disposiciones pre­cisas obligan a la acción: las Damas se encargan —el 30 de marzo de 1640-16 de los niños que permanecen en La Couche. A los más pequeños se les lleva a las nodrizas. Cediendo a la vez a los impulsos de su corazón, a la emoción de la oratoria de Vicente y a la miseria de estos pequeños abandonados, las Damas compren­den que solamente su generosidad puede aliviar y suprimir esta miseria.

Es necesario continuar la obra comenzada. Vicente de Paúl ali­mentará la corriente de caridad de esta obra y su sentido organiza­dor la hará desarrollar. Su cometido en esta obra de caridad es muy distinto del que la leyenda le ha querido prestar: debe organizar el servicio efectivo de los niños expósitos 17, es decir, consolidar las voluntades, cuando siente cualquier vacilación entre las Hijas de la Caridad, solicitar la generosidad de las Damas, cuando llega la tentación de olvidar a los niños. Para conseguirlo intentará ha-

15 S.V. XIII, 776; cf. S.V. XIII 774-778, 782-784.

113 Cf. S.V. XIII, 780; L. Abelly, 1, 1. I, 143; P. Coste, 38, II, 459.

17 Vicente de Paúl comienza la obra de los niños expósitos por un pequeño ensayo en enero de 1638: S.V. I, 417. Inmediatamente después se encarga de doce, que los aloja en una casa de la calle des Boulangers: S.V. I, 437; XIII, 780, y consagra una docena de Hijas de la Caridad al servicio de estos niños: S.V. II, 550, III, 55. Manda construir trece casas muy cer­ca de Saint-Lazare para recibir a los niños: S.V. XIII, 305, empleando en esta construcción 64.000 libras. En 1647 puede disponer del castillo de Bidtre: S.V. III, 210. En 1649, Vicente pide asilo para ellos en el hos­pital llamado de los «Encerrados» al procurador general quien le promete toda protección para los niños…: S.V. IV, 21.

Los niños expósitos 145

cer pasar a ellas toda su solicitud. Pretende conservar la vida del cuerpo de estos pequeños y darles una buena educación. Lo conse­guirá a través de las cartas escritas a Luisa de Marillac, de las con­ferencias a las Damas y a las Hijas de la Caridad… ¿Qué no hará él para comunicarse y darse a los demás?

Cuando encargó a las Hijas de la Caridad que trabajasen con las Damas en la obra de los expósitos, Vicente de Paúl descubrió en ellas cierta vacilación. La conferencia del 7 de diciembre de 1643 a las hermanas está dedicada a la obra que le es tan querida. En qué tono exalta «su ejercicio de caridad», que es una «misión de caridad». Sabe que las dificultades para ocuparse de estos pe­queños «no les faltan» y se lo declara. Pero su genio de caridad encontrará las fórmulas de su secreto de alquimia, que convertirán, la escoria de los sentimientos demasiado humanos, en esfuerzo de disponibilidad a la voluntad de Dios. «Es un trabajo duro, cierto, hijas mías», les dice, pero «este trabajo es motivo de agradar mu­cho a Dios». A pesar de la repugnancia «es necesario tener gran cuidado» de estos pequeños «de madres tan malas…». Lo intere­sante es quebrar su sentimiento y cambiar el penoso esfuerzo de este servicio en facilidad y dulzura. «Solamente el amor de Dios, añade, impulsa a las Hijas de la Caridad a ocuparse de estos ni­ños» 18,

Las Hijas de la Caridad «deberán orientar a estos niños en la piedad y en la rectitud, de manera que lleguen a ser hombres hon­rados y buenos cristianos» 19. Para cumplir lo mejor posible este trabajo duro y delicado deberán persuadirse de que los cuidados proporcionados a estos niños «nacidos en el pecado», serán «servi­cios hechos en sus personas a la santa infancia de nuestro Señor» 20. Además ellas tendrán el gran honor de educar «a los hijos de Dios» y de «estimarse sus madres» 21.

Vicente de Paúl pide a las Hijas de la Caridad una caridad que purifique el instinto del amor maternal. Este amor se construye y se prolonga en la abertura, en el descubrimiento, en el don. Esta

18 Cf. S.V. IX, 133, 134, 135, 136, 137-138, 140.

19 Cf. Reglamentos particulares que deben observar las hermanas en­cargadas de los niños expósitos (1640), n.° 1, 26 y 28 y las Reglas del oficio de la hermana sirviente de los niños expósitos: Apéndice, pp. 347 SS.

29 Cf. Reglamentos particulares que deben observar las hermanas en­cargadas de los niños expósitos, n.° 2: Apéndice, p. 348; S.V. IX, 134.

21 Cf. S.V. IX, 132, 133, 137.

146 La llamada de la miseria

entrega maternal les ayudará a orientar su afectividad femenina a través de la rectitud y de la flexibilidad de su espíritu y a sublimar lo mejor que hay en ellas: el amor benéfico y creador. Para estas «jornaleras» que trabajan en el campo del «Padre de familia», la «fidelidad» a su voluntad debe ser cumplida hasta en el detalle más minucioso, «porque no es razonable que se perciba el precio de un trabajo que no se ha hecho» «.

Vicente de Paúl necesita la colaboración de la fina sensibilidad y de la ternura maternal de Luisa de Marillac para terminar los detalles de esta obra. Si para Vicente de Paúl, reformar es cons­truir, no debe solamente mandar construir trece pabellones » para acoger el número cada vez más creciente de niños abandona­dos; debe también redactar los reglamentos para las Hijas de la Caridad que se ocupan de este servicio.

Desde el comienzo de la obra de los expósitos, Luisa de Mari-llac recibe información 24; se solicita su presencia 25, se la pide su opinión 26 y se tienen en cuenta sus observaciones 27. En realidad colabora en la organización de la obra con tacto y perspicacia. Pero, es especialmente a la entrega maternal, cultivada y purificada, de Luisa de Marillac —«apenas es usted mujer en otra cosa» le es­cribe 28– a quien Vicente de Paúl recurre cuando comienza a ela­borar las directrices para las Hijas de la Caridad, encargadas de edu­car a los expósitos. Luisa de Marillac está al corriente de lo que pasa y quiere. Vicente, ansioso y dócil, le escucha y la interroga para poder, al final, coordinar las opiniones, las observaciones. En­tonces da a sus Hijas un reglamento preciso y eficaz 29.

Si Vicente de Paúl se dirige a las Hijas de la Caridad y soli­cita la opinión de Luisa de Marillac, también se siente obligado a suplicar a las Damas, que hagan todo lo posible para evitar que la obra se hunda. Esta empresa de caridad, que Vicente de Paúl había

22 S.V. IX, 141.

23 Cf. S.V. XIII, 305.

24 Cf. S.V. I, 410 (a finales de 1637); I, 419 (enero de 1638); I, 433, 436-437, 440, 443, 445, 572; II, 581.

25 Cf. S.V. I, 437, 459.

26 Cf. S.V. IV, 188.

27 Cf. S.V. I, 419, 436-437.

28 S.V. I, 584.

29 Cf. Reglamentos particulares que deben observar las Hermanas en­cargadas de los niños expósitos y S.V. I, 113, 114; III, 253, 254; IV, 188; VIII, 206.

Los niños expósitos 147

comenzado al confiar algunos de estos pequeños a Luisa de Mari-llac, se desarrolla de una manera imprevista. La afluencia aumenta y los organizadores están materialmente desbordados. Se requiere ocuparse del alojamiento, de la educación de estos niños y de todas las cargas financieras de la obra, que son de grandes proporciones: en 1640 cuesta ya 40.000 libras 30. La renta fija de que goza la obra está lejos de ser suficiente, incluso, si a ella se añaden los grandes sacrificios pecuniarios que la casa de Saint-Lazare se impo­ne 31. Las Damas cotizan entre sí y piden por todas partes 32. Co­mo siempre, la duquesa de Aiguillon da copiosamente «. La reina, en nombre de su hijo, aumenta la renta fija de 4.000 libras a 12.000 «. Pero en 1647, la miseria aumenta, el celo de las Damas disminuye. Su generosidad, solicitada por otras miserias más ur­gentes, está a punto de olvidar a los pequeños. Vicente de Paúl tiene que emplear su incansable tenacidad para llegar cada año a equilibrar el presupuesto. Convoca Una asamblea plenaria de Da­mas y les dirige un discurso que brota con fuerza de su cora­zón 35. El padre Vicente es elocuente. A continuación de esta asam­blea, dice Abelly «, la reina concede el castillo de Bicétre para alo­jar a los niños. Luisa de Marillac, que difícilmente se deja arrastrar por el entusiasmo, al contrario de las Damas, comprueba las difi­cultades para instalar y cuidar allí a los pequeños. En una de sus

3° L. Abelly, 1, 1. I, 143.

31 «Un día alguien contó a Vicente, escribe Abelly, que un sacerdote de su Compañía había dicho que el cuidado que tenía de estos niños era la causa de la gran pobreza de Saint-Lazare, que se encontraba económica­mente en situación difícil y estaba a punto de arruinarse totalmente…»: L. Abelly, 1, 1. III, 127.

32 Cf. S.V. III, 253 (19 de octubre de 1647).

33 En 1643 la duquesa de Aiguillon había dado 5.000 libras en moneda: L. Lallemand, 98, 108.

34 Luis xm concede a la obra de los niños expósitos, «a título de feu­do y limosna» una renta anual de 4.000 libras. Ana de Austria declara en nombre de su hijo: «que imitando la piedad y caridad del Rey difunto, vir­tudes verdaderamente reales, el Rey añade a este primer don, otro de 8.000 libras». Los documentos se encuentran publicados en Code de l’Hópital-Général de Paris, 34, 307-309; cf. L. Lallemand, 98, 9; J. F. Terme, – J. B. Lonfalcon, 149, 100; S.V. I, 418 en la nota que proviene de la p. 417.

35 Cf. S.V. XIII, 801 (1647).

36 L. Abelly, 1, 1. I, 144.

148 La llamada de la miseria

cartas expone sus objeciones a Vicente 37. Prevé las dificultades y éstas no tardan en llegar 38.

La Fronda tiene también sus repercusiones en la obra de los expósitos: las Damas, al no recibir las rentas de los arrendatarios de su hacienda, se desentienden de ayudar a la obra. Sin embargo no se puede dejar a los niños en situación de morir 33. Una vez más se piensa en el fin de la obra: falta el pan y la ropa, y las no­drizas, a quienes no se paga, devuelven a los niños.

Luisa de Marillac, que está con frecuencia en Bicétre, conoce los más mínimos detalles de la administración; puede juzgar mejor que nadie las necesidades de la obra. Sus cartas de esta época son desoladoras. El edificio no reúne las condiciones para alojar y edu­car a los niños, las limosnas no llegan y las Damas dan la impre­sión de desinteresarse de los pequeños. En diversas cartas a Vi­cente de Paúl, Luisa de Marillac se resigna a abandonar todo, «aun­que si la obra continúa, nos veremos obligados a consumir­nos…» «.

El padre Vicente no se resigna. Como respuesta a estos lamen­tos, escribe: «La obra de los expósitos está en manos de nuestro Señor» y añade: «El viernes veremos el resultado de la proposi­ción de la señora De Herse» «. Convoca una asamblea plenaria a la que ciertas Damas no asisten, porque la presidenta De Herse había susurrado que era necesario aportar dinero 42. Vicente, en un discurso que se ha hecho célebre, habla enérgicamente: «Estáis obligadas a asistirles», porque «se encuentran en extrema necesi­dad» y porque la «providencia os ha convertido en madres adop­tivas de estos niños». «Querer abandonarlos, siendo sus madres adoptivas… sería matarlos». Si los abandonáis, «¿qué dirá Dios que os los ha encomendado?… ¿Qué dirá el público que os ha elo­giado y bendecido al ver la preocupación que habéis demostra­do?… ¿Qué dirán el rey y los magistrados que os los han con-

37 Cf. S.V. III, 211 (julio de 1647), en esta carta Luisa de Marillac escribe a Vicente de Paúl: «Temo que tengamos que abandonar el servicio de los niños expósitos».

38 Cf. S.V. III, 226 (agosto de 1647).

39 Cf. S.V. III, 508-509, 523.

49 S.V. III, 596 (febrero de 1650); cf. III, 508-509; III, 511-512, 595-

596, 522.

41 S.V. III, 524-525 (diciembre de 1649).

42 Cf. S.V. III, 523.

Los galeotes 149

fiado?… ¿qué dirán estas criaturas? ¡Ay! que vosotras, queridas madres, ¡nos abandonéis! Que nos hayan abandonado nuestras pro­pias madres, ¡qué importa! son malas; pero que vosotras hagáis lo mismo, vosotras que sois buenas, es lo mismo que decir que Dios nos ha abandonado y que no es nuestro Dios. Finalmente, ¿qué di­réis vosotras mismas a la hora de la muerte, cuando Dios os pre­gunte por qué habéis abandonado a estas criaturas? Todo esto, señoras, parece exigir que debéis esforzaras en continuar».

Vicente de Paúl conoce las objeciones y trata de refutarlas: «La situación actual, que empobrece a todas y cada una…». «Vos­otras sois cien» si cada una hace el esfuerzo de dar algo… todo se salvará. Hay quienes saben dar, añade: una señora ha dado «to­das sus joyas». Algunas dicen: «No tengo dinero» —«¡Ay! cuántos adornos tienen en casa que no sirven para nada! Desgraciadamente, señoras, estamos muy alejados de los sentimientos de piedad que tenían los hijos de Israel, cuyas mujeres dieron sus joyas para cons­truir un becerro de oro…» 43.

Después de esta asamblea, las Damas terminan por pagar las deudas, retribuir a las nodrizas y encontrar pan para los niños. Se continúa la obra. Los pequeños son trasladados de Bicétre a Pa­rís 44. Vicente de Paúl pide que sean alojados en el hospital de los «internados» 45.

La acción de Vicente de Paúl en esta obra, que requería un re­medio urgente en el siglo xvii, marca un progreso social. Su inte­ligencia y su corazón consiguen quebrantar la fuerza de los pre• juicios de su tiempo respecto a los expósitos. Así puede enseñar a los demás lo que se debe hacer para que la obra sea eficaz.

  1. Los GALEOTES

La marina real, en el siglo xvii, reclama constantemente brazos para remar. Para responder a esta necesidad, los tribunales conde­nan a criminales y delincuentes de derecho común a servir en las

43 Cf. S.V. XIII, 797-800.

44 S.V. IV, 4; cf. III, 437.

45 Cf. S.V. IV, 21.

150 La llamada de la miseria

galeras. El tiempo de la condena puede durar varios años, a veces se prolonga durante toda la vida del condenado.

Creando galeotes por sentencia condenatoria, los jueces no so­lamente intentan defender una región o una provincia —no siempre amenazadas— sino también ejercer la función de sargentos recluta­dores. De esta manera participan, en cuanto les es posible, en la gloria de las armas del rey. Cualquier pretexto es bueno, a juicio de estos señores del parlamento, para hacer crecer la chusma de los galeotes, diezmada continuamente por la enfermedad, el agotamien­to v la muerte. Siempre encuentran pretextos para condenar a ga­leras a asesinos, salteadores de caminos, vagabundos y mendigos, contrabandistas de sal, campesinos sublevados o incapaces de pagar la renta al estado y desertores de las tropas.

Antes de comenzar sus servicios en las galeras del rey, los for­zados esperan en las prisiones el momento de trasladarse en masa a los puertos. En París, antes de 1618, se encuentran encarcelados en la «Conciergerie» y en otras prisiones, amontonados en sus cala­bozos estrechos, sucios, mal vestidos y sin luz. Tratados duramente, como bestias de carga, se les somete a la tortura de la cadena cor­ta que les impide casi todo movimiento’.

En 1618, Vicente de Paúl, para mejorar la situación de estos condenados, obtiene su traslado a un edificio del arrabal Saint-Honoré, cercano a la iglesia de Saint-Rooh 2. Allí permanecen hasta 1632. Se puede suponer que su situación mejoró un poco. Sin embargo según la expresión de René de Voyer d’Argenson, «se pudren vivos en las mazmorras por falta de aire» 3. De nuevo Vi-

1 Antes del año 1618 «los criminales condenados a galeras, escribe Abelly, estaban encarcelados en las mazmorras de la Conciergerie y en otras prisiones, donde se pudrían en la miseria, se encontraban extenuados por la debilidad y totalmente abandonados en todo lo referente al cuerpo y al alma»: L. Abelly, 1, 1. I, 59; cf. P. Collet, 36, I, 95 nota; P. Coste, 38, I, un. nota 1; Bourdaloue, 21, VIII, 53.

2 L. Abelly, 1, 1. I, 59; cf. P. Collet, 36, I, 95 nota.

a –.Después de la sentencia de condenación, escribe el conde de Argen-son, ellos (los condenados a galeras) no salían nunca de las mazmorras… de tal manera que, por falta de tomar el aire, se pudrían vivos en las fosas. La Compañía se sintió afectada por esta miseria que con frecuencia era la causa de la muerte de los condenados y privaba al rey del servicio que podrían hacerle. Por esto, se decidió a pagar un sueldo a cuatro hombres que los inspeccionaban mientras estaban en el patio, y en razón de esta se­guridad se concedió este alivio a los desdichados condenados»: R. Voyer d’Argenson, 155, 18.

Los galeotes 151

dente de Paúl 4 solicita un cambio de prisión para estos desdicha­dos. A petición suya son trasladados a la Tournelle, a la orilla iz­quierda del Sena, frente a la isla de Saint-Louis, una de las fortale­zas del rey de Francia, convertida desde 1630 en depósito de ga­leotes. Al solicitar esta nueva morada, el capellán general de ga­leras intenta asegurarles la ayuda necesaria en los aspectos ma­terial, moral y religioso y, de esta manera, mejorar su situación.

En enero de 1617, la señora de Gondi hizo que Vicente de Paúl descubriera la miseria moral de los campesinos. El 8 de enero de 1619, el señor de Gondi, general de las galeras del rey, ha­ciéndole nombrar, por decreto real, capellán general de galeras 5, le va a hacer descubrir la deformidad horrible de un nuevo mal, más desolador que la pobreza de los campesinos.

En la prisión y en las galeras existe una llaga vergonzosa que hay que curar. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo obrar? Como en Cháti-non, Vicente de Paúl buscará los medios para ser eficaz, aun cuando su nombramiento de capellán general no le imponga la carga ni le conceda el derecho de asistir espiritualmente a los forzados de la capital s.

Vicente estudia cómo asegurar metódicamente la ayuda material y espiritual a los forzados de París. Preocupado y atento, escucha­rá e investigará para poder perfeccionar su acción. Como siempre se servirá de intermediarios —reconoce su valor— a fin de com­partir ideas y permitir que las inspiraciones se consoliden.

Si la Compañía del santo sacramento se compromete vigorosa y eficazmente en la ludha contra la conducta deplorable de los guar­dianes 7, Vicente, perspicaz y personal, trabaja también con igual perseverancia, pero con una preocupación más fraternal. En esta obra común, cada uno actúa con sus medios propios.

Si Vicente de Paúl realizó esta obra con espíritu de fraternidad, podemos imaginar sus sentimientos para con estos pobres, a quie-

4 L. Abelly, 1, 1. I, 127.
Cf. S.V. XIII, 55.

6 Si a los prisioneros condenados a galeras les faltaba todo, principal­mente los «auxilios espirituales», incluso en 1634, según el relato de René de Voyer d’Argenson, hay que decir, que como todas las prisiones de París, la prisión de la Tournelle dependía del procurador general no de la admi­nistración de las galeras. Esta asistencia pertenecía en derecho al párroco de la parroquia, quien, por otra parte, la reivindicaba. Cf. R. Voyer d’Ar-genson, 155, 55-56; L. Abelly, 1, 1. I, 129, 127, 60.

7 Cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 54-56.

152 La llamada de la miseria

nes «vio tratados como bestias» 5. Nombrado capellán real de las galeras se prodiga «para proporcionar toda clase de servicios a estos desdichados» ‘9 y «para darse totalmente a ellos», se expone in­cluso al contagio «. Ausente de París, recomienda a dos virtuosos eclesiásticos, Almerás (que llegará a ser su hombre de confianza) y Bodin, capellán de la casa de los Gondi en Villepreux, que se ocupen de ellos 11.

A partir del 17 de abril de 1625, una de las obligaciones im­puestas a los sacerdotes de la Congregación de la misión, por con­trato de fundación 12, es la asistencia espiritual de los galeotes. Comprometido en la obra de los forzados, Vicente solicita la ayuda de las Damas de la Caridad de la parroquia de Saint-Nicolas. En 1632, alaba el «mérito incomparable delante de Dios» de su «caridad para con los pobres forzados» «. Una vez establecidas las Damas de la Caridad del H6tel-Dieu, su director orienta la caridad de las mismas hacia la miseria que aflige a estos condenados. A partir de 1640 son las Hijas de la Caridad quienes se hacen sus siervas 14.

Después que la experiencia ha mostrado las necesidades y los detalles 15 significativos, Vicente de Paúl da a las Hijas de la Ca­ridad, que trabajan entre los forzados, un reglamento que demues­tra al mismo tiempo su preocupación por ellas y su compasión ha­cia ellos. Su arte consiste en crear reglamentos para los pobres y no ajustar los pobres a sus reglamentos. El conoce perfectamente la vocación de las Hijas de la Caridad». El cometido que les asigna, haciéndolas pasar del claustro a los calabozos, es reducir uno de los cánceres de la antigua marina. La asistencia corporal realizada por las Hijas de la Caridad, cuya vocación es la ofrenda a Dios de todo lo que son y de todo lo que hacen para el serivicio de los po­bres» 17, se ofrece a los forzados con una delicadeza extrema.

8 S.V. X, 125.

9 L. Abelly, 1,1. I, 59.

10 Ibid., 60.

11 Ibid., 60.

12 Cf. S.V. XIII, 201.

13 Cf. S.V. I, 166; L. Abelly, 1,1. I, 128.

14 Cf. S.V. II, 20; II, 26.

15 Cf. Ibid., 114.

la Cf. Ibid., IX, 533-534; IX, 662; X, 658, 661; VII, 49.

17 Cf. Ibid., X, 661.

Los galeotes 153

Esta asistencia corporal se extiende a todo cuanto respecta a la comida, al lavado de ropa y al cuidado de los enfermos 18. Ellas compran los víveres 19 y si el dinero falta van a pedirlo a las per­sonas caritativas 20. Ellas mismas llevan todos los días «su ración de comida» a cada uno de los que antes no recibían más que pan y agua. Todos los sábados estos prisioneros, que antes estaban «comidos por la miseria», reciben su paquete de ropa limpia. An­tes de salir para las galeras se les proporciona la ropa necesaria para la duración del viaje. Cuando los forzados se van, las herma­nas garantizan la salubridad de esta mazmorra de miseria y de des­orden, vaciando y acomodando «los jergones y limpiando la sa­la» 21. Los enfermos son objeto de cuidados especiales. No se des­cuida nada para curarlos, consolarlos o prepararlos para comparecer delante de Dios 22.

Si Vicente quiere que las Hijas de la Caridad alivien el cuer­po de los forzados, intenta al mismo tiempo arrancar la amargura de sus almas. Deben ser en estos calabozos sucios y corrompidos «como la luz del sol, que pasa continuamente sobre el estiércol sin mancharse lo más mínimo» 23. En sus reglas particulares en­cuentran lecciones de «dulzura», «paciencia» y «compasión» 24. El servicio de esta categoría de pobres debe polarizar su psicología de siervas. Estos pobres, a pesar «del lamentable estado en que se encuentran, tanto en su alma como en su cuerpo», no dejan de set «los miembros de quien se hizo esclavo para rescatamos a todos de la servidumbre del demonio» 25. Imágenes, a su manera, de quien se hizo pobre, estos desdichados reclaman la comprensión de los demás. Ellos sensibilizan a las Hijas de la Caridad estas gracias humillantes e inspiradoras; les ofrecen la posibilidad de rogar a Dios por algunos de los que «cometen excesos de insolencia contra

18 Reglamentos particulares que deben observar las hermanas encarga­das de los galeotes, artículos 3, 4, 5, Apéndice, p. 345.

19 Cf. Los mismos reglamentos, artículos 3 y 14, Apéndice, pp. 345, 347.

20 Cf. carta de Luisa de l4arillac a Vicente de Paúl: S.V. IV, 426.

21 Reglamentos particulares que deben observar las hermanas encar­gadas de los galeotes, artículos 4 y 6, Apéndice, p. 345.

22 Cf. los mismos reglamentos, artículo 5, Apéndice, p. 345.

23 Cf. los mismos reglamentos, artículo 18, Apéndice, p. 347.

24 Cf. los mismos reglamentos, artículo 8.

25 Cf. Ibid.

154 La llamada de la miseria

ellas» «. Estos pobres les permiten continuar la misión de com­pasión de quien fue enviado para consolar a «la muchedumbre». Como «esta muchedumbre», «estos pobres forzados están abando­nados en manos de personas que no tienen ninguna piedad» 27. «¡Oh! hermanas, dirá Vicente, qué felicidad servir a estos pobres forzados» 28. Por encima del trabajo y del cansancio deben «ser­vir con excesivo placer» 29 a estos pobres que han emocionado al buen padre .Vicente. «Dios quiere, dice él, que estos rostros hu­manos, hijos como todos los hombres, del ‘Padre de mise­ricordia’, sean servidos por sus propias hijas, puesto que decir una Hija de la Caridad, es lo mismo que decir hija de Dios» .

En 1622, Vicente hace su primera visita a sus parroquianos de Marsella 31. En 1632, va a Burdeos a predicarles una misión en las galeras 32. En Marsella y en Burdeos no puede ofrecerles más que paliativos a sus sufrimientos, o ayuda espiritual. El espectáculo que encuentra allí le parece vergonzoso: unos hombres atados a sus cadenas, aplastados por un trabajo agotador, mal alimentados, an­drajosamente vestidos, injuriados y golpeados. Condenados a veces hasta el fin de sus vidas, retenidos con frecuencia mucho más tiem­po de lo decidido por la sentencia judicial, se convierten en seres sublevados o resignados. Según Abelly, las galeras ce Marsella son una verdadera imagen del infierno, donde no se oye tablar de Dios si no es para renegar de él y deshonrarle «.

En esta cárcel de miserias, la Compañía del santo sacramento de Marsella intenta asegurar metódicamente ayudas materiales y espirituales. Sobre todo, realiza una acción eficaz contra los capri­chos de los administradores, que quieren eternizar la condena a los que ya la han cumplido. Incluso piensa en establecer un hospital para alojar en él a los enfermos 34.

Juan Bautista Gault, oratoriano, obispo de Marsella, y el caba­llero de la Coste, Gaspar de Síminiane, miembro de la Compañía

26 Cf. Ibid.

27 Cf. S.V. X, 125 y los reglamentos citados, artículo 1, Apéndice,

  1. 344.

28 S.V. X, 125.

29 Cf. S.V. X, 645; IX, 684.

30 S.V. X, 125.

31 Cf. L. Abelly, 1,1. I, 58.

32 Cf. Ibid., 60.

33 Ibid., 58.

34 Cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 56, 90.

Los galeotes 155

del santo sacramento, son los dos grandes protectores de los ga­leotes en Marsella. En París, Vicente de Paúl y la duquesa de Aiguillon, tía de Aramando-Juan du Plessis, duque de Richelieu, por el momento general de las galeras, se interesan por su situa­ción. Se establecen relaciones entre Marsella y París. El obispo, Vicente de Paúl y la duquesa de Aiguillon conversan acerca de la gran misión que se piensa dar y también de los forzados enfer­mos 35.

En marzo de 1643, llegan a Marsella cinco misioneros de Saint-Lazare, a las órdenes del padre Du Coudray, para evangelizar a los galeotes de la ciudad. Es necesario encontrar más misioneros. Los enviados por Vicente no son suficientes. El fundador de los Sa­cerdotes del santísimo sacramento, de Authier, presta ocho, los oratorianos se ofrecen y los jesuitas se encargan de las galeras en las cuales ejercen su ministerio como capellanes. Comenzada la mi­sión, el obispo trabaja como un «verdadero misionero»: catequiza, predica, confiesa, promete su apoyo a quienes se quejan de injusti­cias. Los misioneros, arrastrados por su ejemplo, llegan a ser admi­rables en su celo y bondad. La misión tiene un éxito maravilloso 36.

Después de dos meses de misión, el ambiente de las galeras se renueva. Los galeotes, en lugar de renegar del nombre de Dios, los domingos y días de fiesta cantan vísperas y algunos leen vidas de santos. Los sacerdotes de Vicente de Paúl catequizan a los tur­cos que piden el bautismo. El obispo se siente feliz de haber «contraído su enfermedad en las galeras» y «de morir por el servi­cio de su maestro en el verdadero lecho de honor» 37.

El proyecto de un hospital, comenzado en 1618 por Felipe Ma­nuel de Gondi, antiguo general de galeras, se vuelve a emprender en 1643. El 24 de abril de 1645, el hospital está terminado gra­cias, escribe René de Voyer d’Argenson, a la acción de la duquesa de Aiguillon y de Vicente de Paúl 38.

35 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 129-131; R. Allier, 3, 53-54; P. Coste, 38, II, 532.

36 Marohetty, 111, 247; cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 91.

37 Marchetty, 111, 292; cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 91.

38 Cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 91. Para conocer cómo se hacía sub­sistir el Hospital, cf. S. V. VII, 249; VII, 378: «Hay alguna esperanza de hacer subsistir el hospital. Varias personas influyentes trabajan y se ocupan de este asunto. Acabo de enviar una carta a la duquesa de Aiguillon, para que vea que la cosa es urgente y renueve sus solicitaciones para mantener esta obra, que está a punto de perecer y que es la obra de sus manos…». «Nico-

156 La llamada de la miseria

Los misioneros de Vicente de Paúl permanecen en Marsella después de la misión. El caballero de la Coste, «este gran servidor de Dios», como dice Vicente 39, solicita la presencia de estos «va­lerosos campeones» suplicando al Señor «poder tener allí tres o cuatro para hacer la guerra al diablo e impedirle apoderarse de estos pobres forzados, a quienes Jesucristo ha rescatado con el pre­cio de su sangre» 40. Este deseo se hace realidad. El 25 de julio de 1643 41 la generosidad de la duquesa de Aiguillon permite el esta­blecimiento de la Congregación de la misión en Marsella. Los mi­sioneros se establecen allí en 1644 bajo la dirección del padre. Francisco Dufestel. La presencia requerida del capellán general de galeras se prolonga por la acción y el espíritu de sus misioneros 42.

Si Vicente de Paúl desarrolla y organiza un movimiento de ca­ridad y de humanidad en favor de los forzados, sus misioneros con­tinuarán este mismo movimiento acompañando a los galeotes, in­cluso en el mar.

  1. AYUDA A LA PROVINCIA DE LORENA

A partir de 1639, Vicente de Paúl entra insensiblemente en la vida del país. A través de sus grandes fundaciones (la Congrega­ción de la misión, las Hijas de la Caridad, las «Caridades») la iglesia de Francia se preocupa de las zonas devastadas.

En 1636, el ejército de los imperiales avanza hacia París y llega a apoderarse de Corbie. Ante la amenaza del enemigo, el gobierno real decide utilizar la propiedad de Saint-Lazare para organizar compañías militares, distribuir armas y albergar a soldados 1. El mismo año, en respuesta a la demanda del canciller Séguier, los sacerdotes de Vicente de Paúl, son nombrados capellanes de los

lás Fouquet, en ese momento procurador general, da 2.000 libras de limosna para el hospital de los forzados, e impedir que los administradores aban­donen a los enfermos»: S.V. VII, 503; cf. S.V. VIII, 388, 395, 420, 438, 451. El rey envía 12.000 libras de renta anual, cf. S.V. VIII, 470; L. Abelly, 1, 1. I, 130.

39 S.V. III, 474.

40 R. Allier, 4, 156: carta del caballero de la Coste al padre Du Coudray, sacerdote de la Congregación de la misión.

41 Cf. S.V. XIII, 298-301.

42 Cf. S.V. XIII, 302; L. Abelly, 1, 1. I, 130.
1 Cf. S.V. I, 340; L. Abelly, 1, 1. I, 153-154.

Ayuda a la provincia de Lorena 157

ejércitos 2. Las Hijas de la Caridad, por voluntad de la reina, serán enviadas, más tarde, a los campos de batalla.

De 1635 a 1660, las campiñas francesas sirven de teatro a la guerra extranjera y civil. Sucesivamente son campos de batalla, zo­nas de paso y acantonamiento de las tropas. Durante la guerra franco-española y los cuatro años de la Fronda, Vicente de Paúl organiza e instala un nuevo ejército para «construir» y «plantar» donde las tropas se establecen para «arrancar» y «destruir».

Cierto, y es necesario repetirlo una vez más, Vicente de Paúl no está solo para aliviar esta miseria. Las Damas de la Caridad, los miembros de la Compañía del santo sacramento y el movimien­to caritativo de Port-Royal participan en esta empresa caritativa, realizando cada uno una función distinta.

La desolada provincia de Lorena, recinto secular de grandes batallas, es arrasada e incendiada de 1635 a 1645 3. En esta pro­vincia angosta se reúnen todos los esfuerzos y las tropas luchan y viven en 1635 4. Sublevados contra Luis xiii, los loreneses son de­rrotados y castigados cruelmente 5.

2 Cf. S.V. I, 347; L. Abelly, 1, I, 154-156.

3 Cf. A. Digot, 47, V; R. Mousnier, 120: carta de Barrillon, fechada en Bar, el 16 de junio de 1635: I, 257-258. Para conocer la situación de la ocu­pación de Lorena en 1635, d. I, 280-282. Alimentar a las tropas arruina a la provincia: carta de Villarceaux, fechada en Nancy, el 24 de agosto de 1636: I, 295. Las marchas continuas de las tropas reducen la provincia «a un estado lamentable»: carta de Vignier, fechada en Nancy, el 29 de mayo de 1643: I, 514. El paso y acampamento de las tropas disminuyen las rentas de Lorena. Por esta razón no puede pagar «el aumento de gastos que subirá cada mes a 5 6 6.000 libras»; carta de Vignier, fechada en Nancy, el 20 de diciembre de 1643: I, 571-573; cf. I, 605-607. «Se suprime» el comercio en la provincia. La «ruina de los grandes burgueses de la provincia aumenta cada día»: carta de Vignier, fechada en Nancy, el 11 de noviembre de 1644: I, 658. Respecto a la situación financiera de Lorena en 1644, Vignier escribe el 16 de enero de ese mismo ario: «No hay dinero en estas provincias»: I, 669.

Vignier no cesa de denunciar la miseria de Lorena y de buscar los medios suficientes para cubrir los gastos sin imponer nuevas cargas a la provincia, cf. cartas escritas al secretario de estado Brienne el 10 y 29 de noviembre de 1644: I, 676-677. El 26 de agosto de 1645 le escribe: «Nuestras miserias cre­cen todos los días»: II, 757. Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 164-170, 374-391.

4 Cf. R. Mousnier, 120, I, 280-282; A. Digot, 47, V, 163-166, 179-180, 193-194, 222-224; A. Feillet, 68, 17, 24.

5 Richelieu escribe a Chavigny el 6 de octubre de 1635: «Le he escrito tantas veces hablándole del rigor que es preciso tener… que temo hacerme inonortuno. Supuesto que se observe puntualmente, según le he comunicado, lo que el rey ha decidido, todo irá bien, a saber, que se castigue ejemplar­mente a algunos habitantes que el rey se ha reservado, como el presidente, si está ahí, y que los otros rescaten su vida por cien mil escudos, que se guarden

158 La llamada de la miseria

El ducado de Lorena necesita la paz, sin embargo no cesa la guerra. Luohando a veces en favor del rey de Francia, otras veces contra él, este territorio se convierte en campo de batalla. Robos, asesinatos, incendios, cometidos por las tropas se suceden conti­nuamente arruinando la provincia y engendrando la miseria 6. La indigencia, el hambre y la peste devastan el país y lo despueblan ‘. Madres hambrientas se comen a sus hijos 8. La miseria se extiende y se hace común: campesinos, obreros urbanos, ricos de suntuosos castillos, sacerdotes, religiosos y religiosas, viven en la indigencia y en la privación.

En 1635, los sacerdotes de la Congregación de la misión llegan al hospital del Espíritu santo de Toul g. A través de su informa­ción y por los mismos loreneses emigrados a París para encontrar con qué vivir, Vicente de Paúl conoce la situación lamentable de esta población.

¿Qué hacer, se pregunta él mismo, para atajar estas calamida­des o, al menos, para atenuar sus enojosas consecuencias? Pide la paz a Richelieu, pero el cardenal, aun compartiendo la opinión de sus buenos deseos, le manifiesta sus sentimientos en una fórmula política que no arregla absolutamente nada L situación 16. El año 1639 Vicente intenta por todos los medios lanzar una gran acción caritativa para ayudar a esta provincia devastada h». Sin titubeos empieza a organizar la caridad en París y en Lorena 12.

prisioneros a los jefes de Metz y Verdun; que se envíe a todos los soldados a galeras, y la jurisdicción del parlamento se atribuya al consejo soberano y se derriben las murallas. En cuanto a los soldados, si usted no tiene ca­denas más que para 150, ate a los demás con cuerdas y llévelos a un sitio seguro, vigilados por una buena escolta y dos capitanes que no se dejen comprar por dinero…»: Avenel, 7, V, 277. Referente a las ciudades de las que se puede temer que prosigan la rebelión, o que puedan servir de base a una nueva, Richelieu manda arrasarlas: cf. Avenel, 7, V, 39, 140, 213-217, 267, 273-274, 275, 286, 318.

6 Cf. A. Digot, 47, V, 193-195, 207-210, 259-262, 268-272, 279-281, 283, 303-305, 311, 323-325, 327-330.

7 Cf. Ibid., 172, 179, 288-293, 309-311; A. Feillet, 68, 40-41. Acerca del despueble de Lorena, cf. A. Digot, 47, 265, 266, 275-277, 288, 289.

8 «Se encuentran madres, que de rabia, provocada por el hambre, se comen a sus hijos»: L. Abelly, 1, 1. I, 165.

9 Cf. S.V. I, 426 (nota 1), 555 (nota 13).
lo Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 169-170.

11 S.V. I, 551; cf. L. Abelly, 1, 1. I, 164.

12 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 165-166; 1. II, 373.

Ayuda a la provincia de Lorena 159

Pasados algunos meses, la generosidad disminuye en París y Vicente se pregunta con ansiedad el 28 de febrero de 1640 13 cómo estimularla, dado que la miseria allí es apremiante y que se re­quiere aliviarla de una manera permanente y práctica.

Para solicitar la caridad de las Damas y de los ricos Vicente ex­perimenta una nueva fórmula. Lanza una campaña de información. Las cartas de los misioneros narran hechos demasiado duros e in­humanos, capaces de poder provocar un interés por la miseria de los loreneses. Además estos desdichados están agradecidos a la ayuda recibida de los parisinos «. Encontrada la fórmula, la ex­plota humanamente y espiritualmente la transforma.

La campaña contra toda la miseria de Lorena, perfectamente preparada, atrae la generosidad de las personas ricas. Las Damas de la Caridad, que, poco a poco, se hacen cargo y financian todas las obras de Vicente, están advertidas para combatir la miseria de Lorena. Es su función. Vicente es el jefe que orienta. Las in­forma con precisión en sus reuniones mensuales sobre el progreso o retroceso de la miseria y sobre la actividad de los misioneros 13.

Las Damas de la Caridad proporcionan y recogen los fondos que se envían. La Compañía del santo sacramento da generosa­mente 16, Saint-Lazare se transforma en depósito de la caridad. Para hacer llegar estas ayudas a Lorena Vicente se sirve del hermano Mateo Regnard, quien disfrazándose, consigue pasar entre las tro­pas enemigas. Este efectúa 53 viajes transportando cada vez de 25.000 a 30.000 libras ‘T.

Desde Saint-Lazare Vicente orienta la acción de sus misioneros. Estos, a través de sus giras caritativas, llegan a conocer el número de pobres y sus necesidades. Instalan en diferentes sitios centros de ayuda e intentan evitar que los necesitados mueran de ham­bre 18. Señalamos algunos balances de miserias aliviadas, entresaca­das de las cartas escritas por los misioneros a Vicente de Paúl:

Los padres Du Coudray y Boucher llegan a Toul en 1635. Los

13 S.V. II, 32.

14 Cf. Ibid., II, 37, 61; L. Abelly, 1, 1. I, 164-165; 1. II, 378.

15 Cf. S.V. II, 6 1.

16 Cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 82, 83, 127, 135.

17 L. Abelly, /, 1. I, 165.

18 Cf. S.V. II, 257-258: carta de los concejales de Lunéville a Vi­cente de Paúl.

160 La llamada de la miseria

dos trabajan sin descanso. Vicente está contento de ellos 19. Este, que ama la precisión, escribe al padre Du Coudray: la caridad no se puede ejercer con menosprecio de la justicia. Los disturbios y las miserias del momento exigen y requieren guardar un orden nunca visto. Le pide el número de pobres retirados en la ciudad y las sumas distribuidas por él o por sus intermediarios 2°.

A pesar del silencio del padre Du Coudray, se conocen algunas cifras de las miserias aliviadas en Toul. Estas cifras se encuentran en un certificado de las dominicas del gran convento y en la ates­tación escrita al vicario general de la diócesis y enviadas a Vicente de Paúl 21.

En Bar-le-Duc, los pobres sufren hambre, frío, enfermedades. Los padres Montevit y Boucher asisten continuamente a 800 ham­brientos y cuidan 25 enfermos. Además reciben «innumerables pobres» que vienen a Francia para evitar morirse de hambre en su país 22. Los misioneros les proporcionan pan y algo de dinero para el viaje.

En Nancy, el padre Jean Bécu recibe todos los días un grupo de 400 a 500 mendigos. Se ocupa de 180 pobres vergonzantes, de los cuales unos 30 son eclesiásticos o personas de condición, y re­cibe en su casa a los enfermos que no pueden ser alojados en el hospital, por falta de sitio».

En Metz, el termómetro de la miseria señala la máxima. Cada mañana aparecen en las calles diez o doce cadáveres, más o menos devorados por los lobos. Los conventos están «desprovistos de todo socorro humano». Además hay que alimentar entre 4.000 y 5.000 pobres 24.

En Verdun, desde 1639 a 1649, son socorridos entre 400 y 600

19 Cf. S.V. I, 538.

20 Cf. Ibid., II, 54, 60-61.

21 Cf. L. Abelly, 1, 1. II, 375; P. Collet, 36, II, 291.

22 Cf. S.V. II, 21, 23, 32, 59; L. Abelly, 1, 1. II, 383-385.

23 Cf. L. Abelly, 1, 1. II, 377-378.

24 Cf. Ibid., 376 S.V. IX, 84. Richelieu escribe al superintendente de finanzas: «No conozco en detalle •lo que se le pide para los religiosos y re­ligiosas de Lorena. Mientras Lorena ha dependido del rey, parece que era justo y obligado hacerlos subsistir. Ahora que depende del duque de Lorena, lo que antes era obligación, no puede ser más que caridad y por algún tiem­po. Hable de ello, le ruego, a la señora de Aiguillon, que sabe más que yo de este asunto»: Avenel, 7, VI, 806.

Ayuda a la provincia de Lorena 161

pobres, se cuida a 50 ó 60 enfermos y se ayuda a unos 30 pobres vergonzantes 25.

En Pont-á-Mousson la situación de algunos pobres es más de. soladora: «muchos mueren mientras comen un trozo de pan». No faltan escenas de canibalismo. La miseria es total. En la lista de hambrientos, que hay que alimentar todos los días, se encuentran 400 ó 500 mendigos y 60 pobres vergonzantes, los enfermos a cuidar llegan al centenar. Además hay que ocuparse de los pobres que vienen del campo.

Los misioneros tratan de aliviar estas miserias, proporcionan­do, según las necesidades, pan, carne, calzado, ropa, dinero, uten­silios. Su acción pastoral se ejerce principalmente enseñando el catecismo, distribuyendo los sacramentos y asistiendo a los mori­bundos 26.

En Saint-Mihiel «la mayoría de los habitantes de la ciudad y especialmente la nobleza, pasan tanta hambre, que apenas se pue­de llegar a expresar y a imaginar» 27. Literalmente: «Todos los días hay personas que mueren de hambre». El espectáculo es la­mentable; no es fruto de la imaginación: «Más de 300 pobres se encuentran en una gran necesidad, más de otros 300 en una situa­ción extrema. Hay más de 100 que parecen esqueletos cubiertos de piel…». Aquí, todo es bueno para matar el hambre, incluso «la carne infecta de un caballo muerto». Los cultivadores e incluso los sacerdotes «se enganchan al arado, por falta de caballos, para arar la tierra». El padre Guérin alimenta a 1.132 hambrientos 28.

El superior de Saint-Lazare no se contenta con las informacio­nes y envía a Lorena a su asistente, el padre Dehorgny «, para ani­mar a los misioneros y realizar una encuesta exacta. Este comprue­ba la exactitud de las noticias enviadas por los misioneros.

Vicente, que tiene el arte de multiplicar su pequeño ejército, llama a sus misioneros que están en Lorena. Los necesita para ins­talarlos al lado de otros que están abandonados. El hermano Ma-

25 Cf. L. Abelly, 1, 1. II, 377.

26 Cf. Ibid., 378-380.

27 Cf. S.V. II, 58.

28 Cf. S.V. II, 58-59, 24, 35; L. Abelly, 1, 1. II, 380-381. Carta enviada por las autoridades locales a Vicente de Paúl: L. Abelly, 1, 1. II, 382-383.

29 Cf. S.V. II, 55.

162 La llamada de la miseria

teo proseguirá sus viajes para ayudar y aliviar estas miserias hu­manas hasta 1649. Desde este año, comienzan a ser más afligidas otras provincias del reino.

En París, Vicente de Paúl, ayudado por las Damas de la Cari­dad y los miembros de la Compañía del santo sacramento, orga­niza misiones para los refugiados y ayuda para la nobleza lorenesa, se ocupa del albergar a las muchachas que no tienen alojamiento y ayuda a la madre Catalina de Bar y a las benedictinas del santo sacramento so

  1. AYUDA A LAS PROVINCIAS DE CHAMPAÑA Y PICARDÍA La guerra en las provincias de Champaña y Picardía

Pocas provincias sufren tanto a causa de la guerra como estas regiones fronterizas de Champaña y de Picardía. Durante 25 años, de 1635 a 1660, las tropas francesas, españolas, alemanas y lore-nesas, recorren el país en todas direcciones, sembrando muerte y destrucción. De acuerdo con los resultados de los combates, las tropas adversas van y vienen por las ciudades. Al ir saquean y al volver incendian y devastan. Todos cometen los mismos destrozos y se comportan de la misma manera salvaje. En realidad los des­dichados campesinos no ven ninguna diferencia en el trato que les dan sus ocupantes. Son igualmente «mordidos» y «estrangula­dos» por unos y otros. Los soldados franceses del mariscal du Plessis-Praslin y del mariscal de la Ferté se hacen odiar tanto co­mo las tropas del duque de Lorena, y las bandas de alemanes, de polacos y suecos conducidas por Juan Luis, barón d’Erlach, suizo al servicio de Francia, y las tropas de Rosen j.

Todas las invasiones y todas las contra-ofensivas se desarrollan en este terreno cien veces saqueado. La nobleza rural es despojada de sus bienes, golpeada y tratada sin ninguna dignidad 2. Los cam-

3° Cf. S.V. II, 68, 80; L. Abelly, 1, 1. I, 166-169; 1. II, pp. 386-387; R. Voyer d’Argenson, 155, 82, 84. 127, 128, 129.

1 Feillet, 68, 19, 360, 137, 138, 151, 145, 356-358, 460; Cahier des re-montrances de la noblesse du bailliage de Troyes, 126, art. 33, 35, 36, 37, p. 143, 144-145.

2 Cf. L. Moral, 116, 121-157; A. Feillet, 68, 284-295, 358.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 163

pesinos no pueden pagarles las rentas 3. Los soldados despojan a los campesinos y los torturan para obligarles a confesar dónde han es­condido el grano y los rebaños. A los lamentos y quejas de los no­bles y de los campesinos, Carlos de Lorena y su adversario el ma­riscal de la Ferté responden de la misma manera: «Es necesario que los soldados vivan a costa de los habitantes» 4. En efecto, se paga muy irregularmente a las tropas 5.

Liberados de los soldados, no por eso viven tranquilos los desdichados campesinos. Los recaudadores de contribución recorren las provincias exigiendo los impuestos reales. Hay oposición a pa­garlos. En realidad se puede uno preguntar ¿cómo podían hacerlo los contribuyentes 8? Por añadidura en 1652, cuando la cosecha se anuncia abundante y nada deja prever un próximo paso de tro­pas, los acreedores exigen despiadadamente a los campesinos la liquidación de los empréstitos realizados para poder vivir los años de carestía 7.

A finales de 1652, la Fronda de los Príncipes devasta otra vez la Picardía y, sobre todo, la Champaña. La estancia de las tropas de Condé y de los españoles en Rethel, Sainte-Ménehould o Rocroy acarrean expediciones y persecuciones que terminan por arruinar el país.

Extensión de la miseria

Los súbditos del rey Luis son ricos en guerras, en desdichas, en variedad de enfermedades. El hambre hace aparecer escenas de

3 Cf. Cahier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyes, 126, art. 32, 77, 143, 152.

4 Cf. A. Feillet, 68, 356-358, 375.

5 Cf. Cahier des remontrances de la noblesse de Troyes, 126, art. 75, 153; Cahier des remontrances de la noblesse d’Angoumois, 126, art. 15, 87.

6 Cf. R. Mousnier, 120, I, 306-307 (carta del alcalde, de los concejales y jueces de Saint-Quentin, 17 de septiembre de 1636), 365 (carta de Le-maistre-Bellejamme, fechada en Guise el 9 de mayo de 1637), 374 (carta de Luillier d’Orgeval, fechada en la Ferté el 28 de mayo de 1637), 384 (carta de Orgeval, fechada en Laon, el 10 de junio de 1637), 441 (carta de Orgeval, fechada el 28 de julio de 1637), 396 (carta de Orgeval, fechada en Soissons, el 28 de junio de 1637), II, 731 (carta de Caulnes, fechada el 3 de junio de 1645), 1030 (cartas de Du Bosc a Séguier, fechadas 7, 16, 18 de junio y 27 de julio de 1649). Cahier des remontrances de bailliage de Troyes, 126, art. 46, 65, 72, 147-148, 151, 152. Carta de los concejales de Rethel a Vicente de Paúl, 17 de julio de 1651: S.V. IV, 227.

7 Cf. A. Feillet, 68, 363.

164 La llamada de la miseria

canibalismo: «Se ha encontrado a dos niños alimentándose con los cadáveres de su padre y de su madre»8. «El hambre llega a tal ex­tremo que los misioneros han visto a los hombres comiendo tie­rra, paciendo hierba, arrancando la corteza de los árboles, rom­piendo los harapos que cubren sus cuerpos, para tragárselos» 9.

Siguiendo los documentos de la época, vamos a enumerar al­gunos balances de esta miseria.

El manuscrito de Lehault, notario de Marle, nos indica los desastres de los alrededores de esta ciudad 10. La estancia y paso de las tropas desde julio de 1648 a abril de 1649 cuestan a la ciudad 199.100 libras. «Los colonos y labradores de los alrededores de Marle se ven obligados a abandonar la tierra para mendigar un trozo de pan» 11. Del 28 de julio al 6 de agosto de 1649, el ejér­cito de Du Plessis-Praslin, compuesto de 15 a 16.000 hombres, arruina la ciudad y sus alrededores. Después de él, los españoles arrebatan rebaños y grano. La ciudad debe pagar 1.600 libras para salvar su iglesia del saqueo y el gobernador tiene que pagar 3.000 libras por su rescate. El 9 de septiembre, los españoles invaden de nuevo la ciudad. El traslado de las mujeres y el transporte de muebles, cuestan más de 8.000 libras 12.

La encuesta realizada en la provincia de Picardía en 1650 re­vela los mismos sufrimientos. Carlos Bertrand, párroco de Mont-cornet, escribe: «Las calamidades y miserias han reducido a los ha­bitantes a tal extremo y las enfermedades han sido tan generales, que dos tercios han muerto… y de los que viven todavía, más de la mitad están en peligro de muerte. Desde que el enemigo ha entrado en Francia, las ferias y el comercio han quedado suprimidos… Tampoco se encuentran hombres para labrar la tierra, ni caballos u otros animales para hacer la labranza. Resultado: el hambre ame­naza a toda la región» 13.

Declaraciones análogas se encuentran en los alrededores de la Fére: «En Saint-Gobain, los habitantes se han escondido en el bosque, el enemigo los persigue, los encuentra y los despoja. Con

8 Cf. S.V. IV, 300; L. Abelly, 1, 1. II, 395; A. Feillet, 68, 361.

9 S.V. IV, 300.

10 A. Feillet, 68, 132.

11 Ibid., 133.

12 Ibid., 193.

13 Ibid., 193-194.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 165

lo poco que les queda: muebles, animales y víveres, se meten en cuevas, donde permanecen tres meses viviendo en gran necesi­dad…». «En Mayot, los soldados incendian setenta casas, de las cien qu- existen, y derriban las que quedan para hacerse chozas; los habitantes que se han quedado, unos veinte, no pueden vivir. La mayoría de los habitantes de Versigny han muerto de hambre en el bosque de Montceau-les-Loups al no atreverse a salir, te­miendo caer en las manos de los perseguidores que asesinan a to­dos los que encuentran. Todo el pueblo de Juvincourt es incendia­do: ni siquiera una casa se salva del desastre. El grano recogido en los graneros y la cosecha de los campos, ha sido robado y es­tropeado, comenta el caballero de Bezannes, Señor de Prouvais. En toda la extesión del país, las tropas viven licenciosamente, los soldados de infantería y de caballería venden el grano públicamente en las ciudades y en los grandes almacenes…» 14.

La Champaña es más desdichada que la Picardía. El 6 de marzo de 1649, el archiduque Leopoldo se establece en Crécy. Condé, para luchar contra él, destaca del cerco de París unos 4.000 solda­dos, que se establecen desde Fimes hasta Pont-á-Vert, a las órde­nes del mariscal Du Plessis-Praslin. Al mismo tiempo, Erlach, con sus tropas de alemanes, suecos y polacos, se establece desde Sainte-Ménehould a Suippe: aquí todo es saqueado e incendiado 15. La permanencia de los soldados obliga a huir a los habitantes. De Reims a Rethel y a Attigny los caminos están llenos de estos fu­gitivos 16. El ejército español termina de saquear la región 17.

Todas estas invasiones y contra-ofensivas obligan a los labrado­res a trabajar en el campo en grupos. Se envían exploradores para advertir a los campesinos el paso de los soldados 18. Algunos pue­blos son abandonados porque los habitantes se van a vivir a los bosques de la montaña de Reims. El 25 de marzo de 1650, el ejército real obliga a pagar cincuenta francos por día, para su sub­sistencia, a los pueblos situados entre la montaña de Reims y Saint-Thierry. Solamente se permite cultivar los campos a los que han pagado; los demás son perseguidos y sus campos devastados. Du-

14 Ibid., 194.

15 Ibid., 135.

te Ibid., 135-136.

17 Ibid., 190, 192; L. Abelly, 1, 1. II, 391-392.

18 Cf. A. Feillet, 68, 136.

166 La llamada de la miseria

rante la segunda quincena de mayo los destacamentos de tropas recorren estos pueblos. Cormici, que no quiere recibirlos, es «ase­diado», «forzado». El pequeño número de habitantes no puede alimentar a los soldados. Al no poder subsistir, salen del pueblo, pero al mismo tiempo varios escuadrones de quince o veinte sol­dados pisotean las viñas y los sembrados, destruyendo la futura cosecha 19.

Las casas señoriales y los castillos son igualmente atacados. Tan­to más cuanto que los campesinos transportan allí el grano y los animales con la esperanza de tenerlos seguros. El 13 de mayo de 1652, en Saint-Léger-sous-Margerie, 200 soldados de caballería se lanzan sobre la casa señorial de Saint-Utin y la saquean. La pro­pietaria, que había acogido un grupo de habitantes, es despojada de todos sus bienes. En Braux-le-Comte, los soldados matan al señor, Pedro la Motte, lo mismo que a varios de sus colonos. En Trouant-le-Grand, el 18 de junio de 1641, un regimiento de infan­tería y de caballería del conde de Roussillon, compuesto de 1.200 hombres, sorprende al pueblo. Algunos habitantes se refugian en la iglesia y los soldados la incendian. Otros intentan salvaguardarse en casa del señor de Franchecourt, capitán del regimiento de Nan-teuil, pero su propiedad es saqueada 20.

El peor período es el que sigue a la rendición de Burdeos por el duque de Epernon, cuando 25.000 hombres de las tropas del mariscal Plessis-Praslin vienen a acampar en la. Mame.

En el norte de la provincia, los nobles soportan las mismas ve­jaciones que los campesinos. Fabert, Noirmoutiers, Bussy-Lamet y Mantaigut escriben desde Charleville, el 3 de enero de 1651, a Mazarino para protestar de las bandas de Rosen que ultrajan a los nobles, despojan a los campesinos y amenazan quemarlo todo 21.

El paso de las tropas y las granizadas de 1651 hacen que esca­see el grano en los mercados de Troyes entre 1649 y 1652. En mayo y junio de 1649, la población se amotina a causa de la mala cosecha prevista y en agosto se comprueba que los graneros no poseen ni el tercio del grano necesario para el año. En 1651 el con­sejo municipal tasa el celemín a cuarenta soles y autoriza la cocción

19 Cf. Ibid., 195.

20 L. Morel, 116, 121-157.

21 Cf. A. Feillet, 68, 294-295.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 167

y la venta de pan en casa de los habitantes. Durante todo el año, se teme la rebelión. Esta termina por explotar en mayo de 1652. La población hambrienta se reúne y grita ante la casa del alcalde, Mar ceau, pidiendo pan 22.

El mundo inmenso de las tropas impide al gobierno central y a los capitanes, gobernarlo directamente. En realidad no pueden controlarlo a su gusto. Los soldados casi nunca dominados, muy frecuentemente mal pagados, se hacen pagar abundantemente a costa de los habitantes 23.

Acción de Vicente de Paúl

Ante la situación de las provincias de Champaña y de Picardía Vicente se pregunta ¿qué hacer? Según su táctica observa a las personas, estudia las fórmulas, comprueba los mecanismos. Orga­niza, orienta, colabora en París y dirige la actividad de sus misione­ros y de las Hijas de la Caridad enviados a trabajar en estas regio­nes.

  1. Campaña de información y de exhortación

Instruido por la experiencia de Lorena, Vicente de Paúl em­prende lo que se llama hoy una campaña de prensa para concienti-zar a la capital y a la provincia. Con las cartas de los misio­neros y de los «corresponsales», que transmiten sus informaciones a Maignart de Bernilres, éste redacta unas Relations, inicialmente mensuales, cuya tirada es de 4.000 ejemplares. Estas ¡hojas volantes, enviadas mensualmente a toda Francia y distribuidas también por las Damas «en las grandes casas», hablan con palabras incisivas y duras de los que mueren de hambre y de miseria 24. El arzobispo

22 Th. Boutiot, 22, IV, 529-530.

23 Cf. Cahier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyes, 126, art. 35-37, 144-145; Cahier des remontrances de la noblesse d’Angou• mois, 126, art. 15, 87; A. Feillet, 68, 196-201.

24 Recueil des relations contenant ce qui s’est fait pour l’assistence des pauvres entre autres ceux de Paris et des environs et des provinces de Picardie et de Champagne pendant les années 1650, 1651, 1652, 1653, 1654, Paris 1655 (Bibl. Nac. de París, r. 8370 y Recueil Thoysi, T. 318), Apén­dice, p. 372 ss.

168 La llamada de la miseria

de París escribe una carta pastoral para hacer cobrar conciencia a sus diocesanos de la miseria y de la obligación que tienen de so­correrla. Antonio Lemaltre, sobrino del gran Arnauld, publica L’aumóne chrétienne, donde recuerda la tradición de la iglesia re­ferente a la caridad que hay que tener con los pobres 25. Antonio Godeau, obispo de Grasse y de Vence, hace imprimir su Exhorta-tion aux parisiens. El autor trata de probar con varios pasajes de la Escritura, por medio de la autoridad de los padres de la iglesia y por «razones invencibles», que la limosna, en las circunstancias actuales, es de precepto y no de consejo 26. En 1653, J. H. Quarré publica Le chrétien charitable. Se organizan predicaciones sobre el tema. Todas las semanas, las Damas de la Caridad se reúnen con Vicente de Paúl, y se organizan metódicamente las visitas 27.

  1. Campaña de organización

En esta obra colectiva y benéfica de la sociedad francesa, Vi­cente de Paúl, que no hace todo, está, sin embargo, en todo: es

En total se publicaron 52 «Relations». Aparecen en septiembre de 1650 y la última aparece en el mes de diciembre de 1655. Cada «Relation» tiene cuatro páginas en 8.°. Para conocer de quién surgió la idea de publicarlas, cf. «Relation» de septiembre de 1650; S.V. IV, 88, en •la nota 1; S.V. VI, 52: carta de Vicente de Paúl al padre Juan Martin, superior de Turín, fechada el 28 de julio de 1652; R. Allier, 3, 80-81; A. Feillet, 68, 231, 226-228.

» Este ilustre abogado escribe: «Quien se hace insensible a las súplicas, a los gemidos, a las lágrimas y a la sangre de tantos pobres, que gritan ven­ganza contra el lujo de los ricos y la inhumanidad de los avaros, merece encontrar al soberano juez inexorable en su juicio». En el volumen II re­cuerda a los eclesiásticos la obligación que tienen de ejercer la caridad con los pobres. Ellos, afirma, son «los dispensadores y no los propietarios de las riquezas, que son la herencia de Dios… el patrimonio de los pobres, el pre­cio y el rescate de los pecados». La gran multitud de pobres y sus miserias «deben inducir a sacerdotes y religiosos a vender los cálices, los ricos orna­mentos» para asistirlos. «El ejercicio necesario de la misericordia es más agradable a Dios que la magnificencia y la pompa… en la celebración del sacrificio… En vano Jesucristo es rico en las iglesias… si muere de hambre, si tiembla de frío, si se sonroja de su desnudez en la persona de los pobres, que son sus propias imágenes, otros Cristo, según su palabra»: A. Lemaitre, 101, intr. I, 26, intr. II, 513, 515, 517-518, 519.

26 Exhortation aux parisiens, 84.

27 «Las Damas… hacen la colecta y, uniendo a lo que recogen, lo que ellas dan, tratan de remediar las necesidades. Se hace una asamblea todas las semanas en la que se entrega el dinero a la tesorera; después de haber considerado las necesidades más urgentes, se delibera sobre los remedios que se pueden proporcionar»: S.V. VI, 52-53.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 169

miembro del Consejo de conciencia y es prudente. En consecuen­cia puede hacerlo 28.

Desde el comienzo, Vicente de Paúl trabaja con los sacerdo­tes de la Congregación de la misión, las Hijas de la Caridad 23 y las Damas de la Caridad. Estas, centralizando las limosnas buscadas por todas partes, tratan continuamente de remediar las necesidades de estas provincias .

La función de Vicente de Paúl en esta cruzada de caridad consiste en suscitar la abnegación de las Damas de la Caridad y de las personas caritativas, canalizarla, administrarla. Al mismo tiem­po colabora con la Compañía del santo sacramento, de la cual es miembro, envía a sus sacerdotes y a las Hijas de la Caridad y utili­za sacerdotes y religiosos como auxiliares, sin olvidar el hacer ins­tituir nuevas Cofradías de la caridad. Su cometido es organizar la caridad, no acapararla, es decir, calmar los ánimos, mitigar los cho­ques, unir las fuerzas dispersas, hacer eficaces los esfuerzos, con el fin de aliviar a los desdichados; en esto es incansable e inimitable. Por esta razón asume las responsabilidades más graves. Vicente de Paúl se lamenta de las vejaciones de los soldados que destrozan y roban lo que se destina a los pobres 31. Expone la idea de que si los misioneros no tienen el apoyo de su majestad, les será imposible continuar esta empresa caritativa, «tan importante para la gloria de Dios y para alivio de su majestad». Pide que se protejan los convoyes de víveres contra los soldados ladrones a fin de «que la última esperanza de salvación llegue a las provincias devastadas». Desearía exigir que los soldados «no arrebatasen nada a los sa­cerdotes de la Congregación de la misión ni a las personas que trabajan o colaboran con ellos». Para conseguir esto, es necesario que la reina «los tome bajo su protección y ejerza una salvaguar­dia especial». La reina, que conoce la ‘miseria de la mayoría de los

28 No se puede reducir al mínimo la acción caritativa de Port-Royal y de sus amigos, como la de los miembros de la Compañía del santo sacra­mento, cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 67, 68, 125, 126, 136: R. Allier, 3, 80, 88; A. Feillet, 68, 226-229, 231, 243-244; P. G. Lorris, 107, 390; A. Re-belliau, 137; A. Feron, 70; C. Baloche, 157, I, 302.

29 Cf. S.V. IV, 127, 156-157, 150.

30 Cf. Ibid., VI, 52.

31 Cf. Ibid., V, 200-201.

170 La llamada de la miseria

habitantes de los pueblos fronterizos de Champaña y Picardía, «re­ducidos a la mendicidad y a una miseria total, da órdenes severas 32.

El superior de Saint-Lazare, continuamente preocupado por re­cibir informaciones exactas, cuida, desde lejos, de la distribución de limosnas. Ayudado por la Compañía del santo sacramento, nombra un intendente general de la caridad: el padre Berthe 33. Este recorre los lugares para conocer con precisión las necesidades tras­mitidas por los misioneros. Transcribimos los partes de miseria en­viados por los misioneros, desde septiembre de 1650 a octubre de 1652:

En Soissons: «Hemos visitado a los pobres de esta ciudad y de las aldeas de este valle, donde hemos visto que la aflicción es mayor de lo que habían contado. Comenzando por las iglesias, hay que decir que han sido profanadas, y el santísimo sacramento pisotea­do, han robado los cálices y copones, las pilas bautismales han sido destruidas y los ornamentos saqueados. Resultado: en más de 25 iglesias de esta pequeña comarca no se puede celebrar la santa misa. La mayoría de los habitantes han muerto en los bosques, mientras el enemigo ocupaba sus casas: los restantes han vuelto para terminar allí sus días, ya que sólo vemos enfermos por todas partes. Tenemos 1.200 además de los 600 moribundos. Están re­partidos en más de 30 pueblos, acostados en el suelo o viviendo en casas medio demolidas y sin ninguna asistencia. Encontramos a personas vivas mezcladas con los muertos y a niños pequeños junto a sus madres fallecidas» 34.

En Saint-Quentin: se encuentran de 7.000 a 8.000 pobres, 1.200 refugiados, 350 enfermos, 300 familias de pobres vergon­zantes en la miseria, 50 sacerdotes en la indigencia 35.

En Laon: la palidez del rostro de los habitantes nos hace ver cuán grande es su necesidad. Los campesinos no tienen ni pan, ni

32 Cf. Ordonnance royale en faveur de Vincent de Paul et de sa Com-pagnie: sauf-conduit pour les Prétres de la Mission envoyés en Champagne et Picardie, 14 de febrero de 1651: Bibl. Nac. de París, F. Fran. 4182, T. XV, 45, f.° 52, publicado por Coste: S.V. XIII, 324-325.

33 Cf. S.V. IV, 183-184, 499; L. Abelly, 1, 1. II, 397.

» S.V. IV, 106; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 394-395.

35 S.V. IV, 106-107; cf. IV, 300; L. Abelly, 1, 1. II, 395; «Relations» de octubre de 1650, de septiembre de 1650, de noviembre de 1650, de diciem-bred e 1650, de enero de 1651: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 122-129, Apén­dice, p. 372 ss.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 171

leña, ni ropa, ni mantas; se encuentran sin pastor y sin ayuda es­piritual. La mayoría de los párrocos han muerto o están enfermos y 100 iglesias han sido devastadas. «Varios monasterios de religio­sas se encuentran en una gran pobreza; sufren hambre y frío y se verán obligadas a morir en su clausura o a salir de ella para vagar por el mundo, buscando con qué vivir» 38.

En Guise, La Fére: 35 pueblos devastados, 600 pobres, «cuya miseria es tan grande, que se lanzan sobre los perros y los caballos después que los lobos han comido su porción». Solamente en la ciudad de Guise hay más de 500 enfermos «viviendo en cuevas y cavernas más aptas para alojar a animales que a hombres» 37.

En Reims, Rethel: casi todas las iglesias han sido devastadas. Los sacerdotes se han dispersado. Han matado a algunos, a otros los han herido. «Las casas han sido destruidas, la cosecha robada, las tierras están sin arar y sin sembrar. El hambre y la mortandad son casi universales. Los muertos permanecen sin enterrar y ex­puestos, la mayoría, a servir de pasto a los lobos. Los pobres que permanecen en estas ruinas, se ven reducidos a recoger por los campos algunos granos de trigo o de avena todavía verdes y medio podridos, con los que hacen un pan, que parece barro, y tan indi­gesto, que casi todos están enfermos por ello. Se retiran a cuevas y cabañas, donde duermen en el suelo, sin ropa ni vestidos, cu­biertos con algunos pingajos; sus rostros están negros y desfigu­rados. Hay cantones completamente desiertos, porque los habi­tantes, que se han salvado de la muerte, se han ido a buscar con qué poder vivir, de tal manera que los únicos que quedan son en­fermos, huérfanos y pobres viudas cargadas de hijos, quienes per­manecen expuestos al rigor del hambre, del frío y de toda clase de miserias e incomodidades» 38.

Por todas partes se oyen los mismos gritos de indigencia y de compasión provocados por el hambre, la enfermedad y la crueldad de los soldados: «La mano de Dios, escribe un misionero, ha gol-

36 S.V. IV, 107; cf. IV, 131, 132; L. Abelly, 1,1. II, 393. «Relations» de noviembre de 1650, de diciembre de 1650, de enero de 1651: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 126-127, 128, 130, Apéndice, pp. 379 ss., 380 ss., 383 ss.

37 S.V. IV, 136; cf. IV, 131, 132; L. Abelly, 1, 1. II, 393; «Relations» de septiembre, octubre, noviembre, diciembre de 1650 y de enero de 1651: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 122-131, Apéndice, p. 372 ss.

33 S.V. IV, 144-145; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 395-396; «Relations» de enero de 1651: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 130. Apéndice, p. 383 ss.

172 La llamada de la miseria

peado a esta provincia: su abundancia se ha transformado en es­terilidad y su alegría, en lágrimas. Los pueblos, en otro tiempo poblados, no son ahora más que chamizos desiertos» 3 9 . Los mi­sioneros no encuentran términos apropiados para expresar el col­mo de miserias: «Todo cuanto se pueda decir se queda corto com­parado con la realidad», escriben ellos mismos». «Fiebres y disen-terías agotan los cuerpos»; «sarna, tumores, postillas, hinchan los cuerpos» deformándolos. «El origen de todos estos males proviene de que durante todo el año no han comido más que raíces de plan­tas, frutas malas y algunos un pan de salvado, que ni los mismos perros podrían comer» 41.

Ricos y pobres, católicos y protestantes, sacerdotes, religiosos y religiosas, nobles y campesinos, se encuentran sumergidos en la misma indigencia y miseria. La armada de la caridad hace frente a esta miseria, que aumenta cada día: los misioneros asisten y ha­cen asistir espiritual y corporalmente a 130 pueblos 42.

  1. Organización de la actividad

Vicente de Paúl organiza la misión de caridad, que la virtud de la misericordia ramifica y concreta 43, para atender a las nece­sidades que se presentan: sepultar a los muertos, evacuar a los refugiados, ocuparse de los enfermos, de las religiosas, de los huér­fanos, de las jóvenes 44, hospitalizar a los enfermos «, pagar men­sualidades a los sacerdotes «, distribuir dinero, víveres, telas, ves­tidos y crear establecimientos para repartir comida 47. Los misione­ros tienen que organizar allí la vida económica y religiosa 48.

Vicente de Paúl supervisa toda esta actividad de la caridad. Sus órdenes son precisas, claras, flexibles y realistas. Su flexibili-

S.V. IV, 132; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 399.

4° S.V. V, 385; cf. IV, 144, 195, 226, 257; A. Feillet, 68, 361.

41 S.V. IV, 97; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 393.

S.V. IV, 181; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 396.

43 S.V. VIII, 238.

44 S.V. IV, 143-144, 88, 106-107, 132-135, 171, 300; cf. L. Abelly, 1, 1. II, 402.

45 S.V. IV, 106-107, 257.
46 Ibid., IV, 106-107, 132, 133, 181.
47 Ibid., IV, 188, 97, 106, 107, 131-132, 133.
48 Ibid., IV, 131-132, 133, 181.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 173

dad se manifiesta capaz de afrontar lo imprevisto, que la miseria puede hacer brotar siempre y por todas partes. Al mismo tiempo que dirige la estrategia dinámica de la caridad, se preocupa de mantener encendido el fuego de la caridad en París, fuego que fá­cilmente y con frecuencia se consume «.

Una de sus cartas, escrita al padre Marcos Conglé, superior de Sedan (26 de abril de 1651) nos informa y nos aclara el sentido de su misión de caridad: «Esperaba poder comunicar sus cartas a las Damas de la Caridad que ayudan a los habitantes de las fron­teras arruinadas, para saber si les parece bien que usted pueda ha­cer extensiva la distribución de socorros a los protestantes lo mis­mo que a los católicos, y a los pobres que pueden trabajar en las fortificaciones, lo mismo que a los enfermos e inválidos. Acerca de ello le diré que la primera intención ha sido asistir solamente a quienes no puedan trabajar, ni ganarse la vida y que estén en pe­ligro de morir de hambre, si no se los asiste. En efecto, desde el momento que algunos tienen fuerzas suficientes para trabajar, se les deben comprar algunos utensilios de acuerdo con su profesión y no se les da nada más. Según esto, las limosnas no son para quie­nes puedan trabajar en las fortificaciones o hacer otro trabajo, sino para los enfermos pobres, huérfanos o ancianos. Pienso que el pa­dre Berthe (superior-intendente de los misioneros enviados a Cham­paña y Picardía) le habrá informado exactamente de esto, especial­mente de la manera de hacer la distribución. Sin embargo me ale­graría que las Damas se decidieran por lo que usted propone, para satisfacción del señor gobernador, hacia quien tengo una gran es­tima y reverencia…» 50.

Vicente de Paúl piensa (el 5 de julio de 1652) que sus dieciséis o dieciocho misioneros, «que han trabajado durante dos años en esta santa obra lo mismo en Champaña que en Picardía», podrán abandonar su puesto al final de mes 51. Por el momento las fron­teras no serán recorridas por los soldados y la cosecha se presenta buena; por añadidura la miseria en París y en sus alrededores re­clama su presencia. Llama a sus sacerdotes y espera que su inten­dente, el padre Berthe (19 de octubre de 1652) recupere las fuer­zas suficientes para poder volver a París. Las Damas de la Caridad

49 Ibid., IV, 197.

Ibid., IV, 182-183.

51 Ibid., IV, 419, 451.

174 La llamada de la miseria

continuarán ayudando a los párrocos pobres y el hermano Juan Parre continuará sus encuestas.

Este «ministro de la caridad» había intentado por todos los medios arrojar sobre estas calamidades públicas el fuego de su co­razón, la claridad de su inteligencia. Había deseado imitar el prin­cipio de la beneficencia de Dios, porque una ley de generosidad es como constitutiva de su ser, y como dice san Ireneo: «En la vida del hombre Dios encuentra su gloria» 52. Tratando de solucionar el paro obrero, Vicente de Paúl aborda el sentido del desarrollo humano, que lleva siempre consigo un juicio económico. La ley universal del don de sí mismo y de la generosidad, le habían con­ducido a ello.

Una vez más abruma la miseria

Condé, durante la Fronda de los Príncipes, va a permitir que los hombres se maten en el campo de batalla, sin saber exacta­mente ni por qué ni por quién mueren. Los soldados destruyen, masacran, roban, incendian de nuevo la región de Champaña. Esta vuelve a caer en la alarma y en la inquietud: «el comercio se in­terrumpe totalmente y nada entra sino por convoyes y con gastos excesivos» 53.

En dos meses (diciembre de 1652-enero de 1653), Bar, Ligny, Cháteau-Porcien. y otras plazas pequeñas son de nuevo tomadas por el ejército de Turenne, que ahora combate en favor del rey, reforzado por la tropa de Mazarino, reclutada en la región de Lieja por la acción de Fabert. Sainte-Ménehould y Rethel permanecen bajo las tropas de Condé, reforzadas por los españoles: ambas son sitiadas e invadidas por las correrías de los comandantes de las dos ciudades. La devastación y el saqueo se instalan en ellas. Mazarino, que no puede pagar a los ejércitos reales, consiente que los sol­dados vivan a costa de los habitantes 54.

Los habitantes de Marie sienten «el horror de ver representa­da en el circuito de la ciudad la tragedia más cruel que los más inhumanos tiranos podrían imaginar». La violencia y el saqueo de las tropas francesas y extranjeras terminan por abrumarlos 55.

52 San Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7 (PG 7, 1037). » Cf. A. Feillet, 68, 452, 294-295.

54 Cf. Ibid., 456-458.

55 Cf. Ibid., 458.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 175

Mazarino, queriendo liberar Vervins del acantonamiento de las tropas españolas, manda avanzar al mariscal de la Ferté-Sonneterre con 3.000 soldados de caballería. El ministro le entrega los barrios de Marle y de los pueblos vecinos. A su llegada a Marie le hacen ver que la ciudad, compuesta de unos 100 vecinos, no puede alo­jar su tropa. Hacerlo «sería arruinar a las 60 familias que quedan». Estas advertencias dejan indiferente al mariscal. Los 3.000 solda­dos se apoderan de las 60 casas y se hacen servir a su antojo. Du­rante cuatro días (del 20 al 24 de enero de 1653), saquean las ca­sas y despojan a los habitantes en la calle y en pleno día, violan a jóvenes y mujeres, queman cinco o seis casas y otros edificios, hacen que paguen algunos habitantes abusivamente para devolver­les sus esposas… El mariscal de la Ferté autoriza estos estragos sin hacer caso de las quejas de los habitantes. Al marcharse, oficiales y soldados se llevan el grano 56. Todo el departamento de Aisne so­porta los mismos estragos de las tropas del mariscal de la Ferté. Durante este tiempo, el cardenal Mazarino está en Laon, es decir, a unas leguas de estas devastaciones.

En octubre de 1653, el ejército de Turenne se implanta en estas comarcas. Las marchas diarias de los soldados impiden a los campesinos sembrar el trigo. Al mismo tiempo Condé se encuen­tra en Rocroy 57 (VIII sus guarniciones de infantería y de caballería. Decreta órdenes y °clip 9 las ciudades a pagar una suma impor­tante por su rescate 58. A los pueblos que no quieren someterse, se les impone una especie de «entredicho»: toda comunicación con ellos debe suprimirse bajo penas graves.

Laon, Soissons, Chateau-Porcien, se encuentran en la misma situación. En la deposición de Carlos De Vau, regidor de Laon, se encuentran estas palabras: «Ellos (los soldados franceses) iban matando, robando, haciendo prisioneros y arrebatando todo lo que encontraban». Uno de los corresponsales de las Relations escribe: «En Picardía, en Vermandois, no nos quedan más que ojos para llorar» 56.

La suerte de los habitantes de la provincia de Champaña no es mejor. El 18 de octubre de 1653 escriben desde Rethel: «Los pa-

56 Cf. Ibid., 459-460.
Cf. Ibid., 461.

58 Cf. Ibid., 461-462.

59 Cf. Ibid., 462,463, 464.

176 La llamada de la miseria

dres de la misión, que no han abandonado esta región, vuelven a comenzar sus trabajos con más generosidad que en tiempos pasa­dos, dadas las nuevas miserias. Estos caritativos padres van a vi­sitar y confortar a los pobres párrocos. Además de estos trabajos se ocupan de los soldados enfermos, que mueren en los dos mer­cados de la ciudad, y de los habitantes de Rocroy que se han re­fugiado en estos lugares, después de haber perdido todo lo qu, tenían. Han evacuado gran número hacia Reims ayudados de u; auxilio en carretera, pero el hospital no puede recibir a más, a no ser que reciba una fuerte indemnización mensual» .

En Rethel «la desolación supera la de los años precedentes. Los campesinos, sacerdotes y religiosas están en la mayor miseria» 61. En Sainte-Ménehould la situación es intolerable: algunos habitan­tes utilizan todos los medios posibles para huir disfrazados, otros prefieren arrojarse de lo alto de las murallas, antes que vivir más tiempo bajo la tiranía de Montal. La ciudad queda reducida en un momento a 53 habitantes 62.

Los labradores de los alrededores de Chálons, Vitry y Saint-Dizier no son propietarios de sus bienes. Los habitantes «están desesperados». Escriben el 19 de agosto: «La guarnición recorre constantemente el territorio de Chálons… los habitantes están arruinados y no se atreven a salir para percibir las rentas, ni para ocuparse de sus negocios… Los campesinos, e incluso los habi­tantes de las ciudades, piden misericordia, alegando que están aban­donados…» 62. Durante todo este tiempo, los oficiales de Condé, aprovechando la autorización que les da su jefe, siguen el merodeo de hombres para procurarse dinero 64.

Acción de Vicente de Paúl y de sus misioneros

Vicente de Paúl, informado el 3 de enero de 1653 de esta si­tuación, es requerido por la duquesa de Aiguillon y por la presi­denta Herse «para ir a casa de una de ellas» y buscar los medios

6° Cf. L. Abelly, 1, 1. II, 401-402; A. Feillet, 68, 464. 81 S.V. V, 8.

62 Cf. A. Feillet, 68, 465.

63 Cf. Ibid., 465.

° Cf. Ibid., 466.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 177

de socorrer a la «pobre Champaña reducida… a un estado lamen­table» 65.

Este buen estadista de las posibilidades de acción sabe «que Francia se encuentra en una aflicción extrema» «. No olvida que «París acaba de salir de una enojosa tempestad, capaz de haber po­dido destruir la capital del reino» 67. La indigencia de la capital es tan exigente que impide poder enviar ninguna ayuda a la provin­cia. Esta situación «le proporciona una gran ocupación de obre­ros» 68. No obstante puede escribir el 3 de enero de 1653 al pa­dre Lamberto aux Couteaux: «Temo que no podamos ayudarle mucho, puesto que los gastos son grandes para asistir a esta dió­cesis (París), esta asistencia cuesta cada semana de 6 a 7.000 li­bras…» 69. El 11 de enero Vicente escribe al padre Marcos Con-glé, superior de Sedan: «Estoy afligido por las miserias de su frontera y por la cantidad de pobres que le abruman. Desgraciada­mente no puedo hacer otra cosa sino rogar a Dios para que les alivie… porque pensar añadir algo a las 100 libras que se le en­vían para ellos (los pobres) al mes, no es posible. Sedan es el único sitio de la frontera que continúa recibiendo algo de la Caridad de París. Esta ciudad se ha visto obligada a retirar sus donativos a los otros lugares para atender a las necesidades extremas de esta dió­cesis, donde las tropas han permanecido largo tiempo… ¿Tiene suficiente con los cinco misioneros durante este tiempo de tantas desgracias?…» 70.

Aun cuando la miseria de París sea grande, sin embargo para Vicente de Paúl es necesario movilizar los sentimientos de piedad, enfervorizar la Caridad de París, consumirse en la casa de Saint-Lazare 71 a fin de que esta miseria no permanezca sin ayuda y abandonada. Si los recursos disminuyen en París, no se puede du­dar que hay dinero suficiente para aliviar, al menos, las necesida­des más urgentes de Champaña y de Picardía. Vicente de Paúl está convencido de que, en relación a las miserias humanas que los pri­vilegiados pueden socorrer, toda ayuda es obligatoria. Lo que es

65 S.V. IV, 539.

66 Cf. Ibid., 339.

67 Cf. Ibid., 421.

68 Cf. Ibid., 488.

69 Ibid., 539.

70 Ibid., 542-543, 629; V, 23, 41.

71 Cf. Ibid., VI, 614.

178 La llamada de la miseria

caridad en el corazón de quien da, es justicia al considerar el or­den objetivo de las cosas. Es indispensable, en consecuencia, in­teresar a todos los que pueden ayudar «a las fronteras continua­mente desoladas» a fin de que «se envíen muchas limosnas» 72.

Informado exactamente de estas devastaciones, Vicente de Paúl escribe el 6 de marzo de 1654: «La guerra no ha dejado nada a estas pobres gentes; los ha despojado de todo» 78.

Los misioneros que «visitan más de 100 pueblos», encuentran en ellos «ancianos y niños casi totalmente desnudos y completa­mente helados, mujeres desesperadas y transidas de frío» 74, las iglesias reducidas «a un estado tan lamentable que no se le puede describir sin estremecerse de horror» 75. «Se han encontrado a va­rias jóvenes de condición en diversos lugares de las fronteras… algunas de ellas han pasado varios días escondidas en cuevas para evitar las insolencias de los soldados» «. «Los pobres de los alre­dedores de Rethel asaltan en todas partes» al infatigable hermano Juan Parre, para recibir alguna subsistencia en medio de su gran pobreza 77. Se encuentran enfermos por todas partes, «abandona­dos de todos, acostados en el suelo, expuestos al rigor del frío y reducidos a una extrema miseria a causa de los soldados y de la carestía de grano» 78. «La desolación se instala» un poco por todas partes y «los habitantes, que quedan, morirán de hambre» si la caridad no lo evita, enviando muchas limosnas 79.

Ante tales informaciones Vicente de Paúl piensa que París tie­ne que ayudar a las provincias devastadas. Así se lo comunica a las Damas de la Caridad y habla de ello a las personas caritativas . No hay más remedio que obrar y organizar para estar presentes y ser eficaces donde la desnudez avergüenza «, el hambre multiplica las víctimas 82 y la enfermedad se instala 83.

72 Cf. Ibid., V, 70 (6 de febrero de 1654).
78 Cf. Ibid., 92, 94.

74 Ibid., 87-88.

75 Ibid., 87-88; XIII, 804.

76 Ibid., 95.

77 Cf. Ibid., VI, 616.

78 Cf. Ibid., XIII, 805.

79 Cf. Ibid., V, 8 (carta de los concejales de Rethel a Vicente de Paúl, fechada el 8 de septiembre de 1653).

80 Ibid., 54 (29 de noviembre de 1653).

81 Cf. Ibid., V, 87; VI, 376; XIII, 805.

82 Cf. Ibid., V, 41, 385; 95.

83 Cf. Ibid., IV, 629; V, 243; VI, 616-617.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 179

La caridad exige para ser eficaz, conocer exactamente las ne­cesidades de cada lugar y de cada persona 84. En consecuencia «si los fondos faltan» 85, es preciso orientar su distribución. Vicente tiene alerta a sus misioneros y les recuerda los principios que de­ben orientar su acción. No debe distribuirse la limosna a quienes puedan trabajar, sino a los enfermos, ancianos, niños y a quienes «les es imposible encontrar trabajo» 86. Por el contrario, cuando un obrero pueda trabajar, es necesario proporcionarle instrumen­tos de trabajo 87. Desde el momento en que las tierras se puedan cultivar y se encuentren campesinos que puedan hacerlo, se les debe dar arados y semillas para que realicen el cultivo 88. Se debe proporcionar ruecas y estopa o lana para hilar a las mujeres y jó­venes. La falta de dinero » reduce necesariamente la ayuda. Que se active por lo tanto el trabajo de la tierra y la actividad de las personas. Así es este organizador, llamado Vicente de Paúl. El su­pervisa todo, dirige todo, se ocupa hasta de los menores detalles: «Podemos destinar algo para ayudar a los pobres campesinos y así puedan sembrar una pequeña parcela; digo: a los más pobres, quienes, sin esta ayuda, no podrían hacerlo. No hay nada preparado, pero se hará un esfuerzo para reunir al menos 100 pistolas pa­ra este fin, mientras llega el tiempo de la siembra. Le ruego ob­serve en qué lugares de Champaña y Picardía se encuentran los más pobres, los que tengan necesidad de esta ayuda; digo: la mayor necesidad. Puede decirles, de paso, que preparen alguna pequeña

84 Cf. Ibid., VI, 367; VIII, 72-74.

85 Cf. Ibid., VII, 333-334, 381, 545; VIII, 72, 117.

86 Cf. Ibid., IV, 182-183; VI, 367, 402; VIII, 72-74, 339-340. Para conocer la ayuda proporcionada a los sacerdotes: cf. Ibid., V, 72, 92, 94, 115, 119, 144; VI, 485, 546; XIII, 804.

81 Cf. Ibid., IV, 182-183; VIII, 72-74: «Se desearía también que los pobres tanto hombres como mujeres, que no poseen tierras, se ganasen la vida, dando a los hombres utensilios de trabajo y a las mujeres y muchachas ruecas y esparto o lana para tejer; se entiende que me refiero a los más pobres solamente. En este tiempo que se espera la paz, cada uno encontra­rá en qué trabajar, además no estando expuestos a que los soldados les ro­ben lo que poseen, podrán ahorrar algo y volver a comenzar. Por esta razón la asamblea ha pensado que es necesario ayudarlos en este comienzo y co­municarles que es preciso que piensen que ya no podrán esperar ninguna ayuda más de París».

88 Cf. Ibid., VI, 402; VII, 72-73, 324-325; VIII, 94.

89 Cf. Ibid., IV, 542, 629; V, 23, 54; VI, 402, 448, 472-473, 486, 614; VII, 333-334, 381, 545; VIII, 72, 177, 387, 519, 599.

180 La llamada de la miseria

parcela, la aren y la estercolen y que rueguen a Dios que les envíe alguna simiente para sembrarla, y sin prometerles nada, darles es­peranza que Dios proveerá…» 90.

Para socorrer a las provincias devastadas, Vicente se sirve, como siempre, de intermediarios: los miembros de la Congregación de la misión, las Caridades y las personas caritativas y prudentes «que van directas a la acción» 91. Nombra un nuevo intendente general, el padre Almerás, «para visitar a los pobres párrocos y a otros sacerdotes… que tienen necesidad de ser asistidos. Este quiere reunirlos… para tratar con ellos de los medios para organi­zar las cosas de tal manera que no permanezca sin asistencia espi­ritual ninguna de las parroquias abandonadas». Este intendente de la caridad les distribuye hábitos, ornamentos, objetos de culto y determina lo que es necesario darles por mes 92. Se interesa tam­bién por la «situación de los pobres», especialmente, de los del campo, con el fin de que el hermano Juan Parre continúe ayudándo­les según sus indicaciones.

París quiere conocer con precisión el número de pobres y sus necesidades para socorrerlos lo más pronto y lo más eficazmente posible 93. Para realizar esta encuesta, Vicente de Paúl elige al hermano Juan Parre. Hombre sencillo, metódico, tiene la gracia de verlo todo y a fondo 94. Vicente y las Damas de la Caridad pueden fiarse de las informaciones de este viajero incansable. «La

99 Ibid., VIII, 72.

91 Ibid., VI, 367; cf. V, 70, 333-334.

92 Cf. Ibid., V, 72, 92.

93 «Las Damas desean… que se informe exactamente en cada pueblo del número de pobres que necesitan ser vestidos total o parcialmente el in­vierno próximo, con el fin de que se pueda prever a cuánto subirá la can­tidad de dinero necesaria para ello, y para que usted pueda preparar los vestidos para el momento preciso… Sería necesario que usted escribiera los nombres de estos pobres para que en el momento de la distribución, la limosna sea para ellos y no para quienes no tienen necesidad de recibir esta ayuda. Para llegar a conocerlos, sería necesario que los vea en sus casas y de esta manera ver quiénes son los más necesitados y quiénes lo son menos. Pero como es imposible que usted solo pueda hacer todas estas visitas, pue­de emplear para ello a personas piadosas y prudentes, que realicen perfecta. mente el trabajo y que le informen con toda sinceridad de la situación de cada uno. Es preciso que esta información se realice sin que los pobres se­pan el motivo, de otra manera, quienes poseen alguna prenda la ocultarán para presentarse desnudos»: S.V. VI, 367 (21 de julio de 1657); cf. VIII, 73 (9 de agosto de 1659).

94 Cf. Ibid., VI, 367.

Ayuda a las provincias de Champaña y Picardía 181

caridad de Cristo le apremia» constantemente 95. Por esta razón el organizador de la caridad le escribe el 16 de noviembre de 1658: «Si usted puede dar poco a los pobres, por incapacidad, sin em­bargo les da mucho en Dios, ya que en realidad les da sus propias comodidades, sus grandes trabajos y su vida; y no solamente esto, usted querría que todos los hombres le hiciesen el sacrificio de sus bienes y de sus personas, de tal manera que todos los pobres que existen en la tierra fuesen aliviados y todas las almas salvadas por Jesucristo… ¿Qué más puede hacer, mi querido hermano?» 96.

Juan Parre es un buen colaborador de Vicente de Paúl. Confía en que la ingeniosidad del buen hermano ejecutará sus órdenes precisas. Este llega incluso a fundar nuevas Cofradías de la cari­dad «para aligerar las cargas de la Caridad de París» y poder rea­lizar la fórmula de las relaciones cristianas dictadas por san Pe­dro: «El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» 97.

Este trabajo obtiene sus resultados: los habitantes de Champaña y Picardía son salvados del hambre y se les ayuda a encontrar el dinamismo de vivir. Las personas caritativas y las Damas de la Caridad reciben, a cambio, «la gracia de abrigar a nuestro Señor en sus pobres miembros». «La providencia, dice Vicente de Paúl, se ha dirigido a algunas señoras de París para asistir a estas dos provincias desoladas; ¿no les parece esto singular y nuevo?» 98.

Vicente crea una atmósfera de solidaridad que envuelve a es­tos pobres en su existencia diaria. Los reintegra a la vida y, al mis­mo tiempo al trabajo. Esta nueva forma de concebir la ayuda a los demás revela el origen de una caridad lúcida e inventiva.

Los pobres de Picardía y de Champaña, que conservan una ac­titud de esperanza y aceptan confiar incesantemente en Dios «, se dirigen a Vicente de Paúl «sin temor». Están seguros de ser aco­gidos «favorablemente» por este contra-maestre de la providencia. Saben que su «bondad natural» y el «celo de su piedad» le hacen

95 Cf. Ibid., VIII, 319.

96 Ibid., VIII, 365-366.

97 La Pe., IV, 10.

98 S.V., XIII, 805, 806, 817.

99 Cf. Ibid., IV, 196, 200, 201; VI, 617 (carta de los concejales de Rethel); IV, 195-196 (8 de octubre de 1651).

182 La llamada de la miseria

sentirse siempre totalmente solidario con ellos 100. No desconocen que este buen sacerdote, influyente con «las más altas personali­dades» del reino 101 es, ante todo, el hombre de la misericordia 102. Confían en él 1°3. Han comprobado que este arquitecto 104 y sus empresarios 105 comparten sus esperanzas, sus preocupaciones, su miseria. Para los pobres es el «perfecto imitador del Maestro y Salvador» 106. Por todas estas razones acuden a él. Por su pobreza y en razón de su pobreza envían a Vicente de Paúl, a las Damas de la Caridad 1°7 la única palabra que les es propia: «Gracias por ha­ber tenido compasión de nuestras miserias». Y a Vicente le dicen:

100 «Hasta el momento nadie, exceptuado vuestra reverencia y los en­viados por usted, ha tenido compasión de nuestras desgracias» (carta de los concejales de Rethel a Vicente de Paúl, fechada el 22 de mayo de 1651): S.V. IV, 200-201; cf. IV, 196, 227.

101 «Le rogamos con todo corazón y afecto… exponga nuestra gran miseria a fin de que, llegando a los oídos de las supremas autoridades ante las cuales, dada vuestra vida ejemplar, usted tiene crédito, podamos set aliviados»: S.V. IV, 201.

102 El presidente de Rethel, Simonnet, escribe a Vicente de Paúl: «Po­demos, sin temor a ser contradecidos, encontrar en la caridad que usted ejerce la primera forma de la devoción cristiana, puesto que en la primitiva iglesia los cristianos no tenían más que un corazón y no soportaban que hu­biese ningún pobre entre ellos, sin que fuese asistido y socorrido… Usted tampoco lo soporta, Señor, pero usted provee a sus necesidades con tanto orden y celo por medio de los sacerdotes de su congregación, a quienes em­plea en todos estos lugares circunvecinos, donde los pobres están reducidos a comer los alimentos de los animales, incluso a comer perros, como yo mis­mo he visto hacerlo a los pobres. Ellos han salvado la vida a un número ilimitado de personas y han consolado y asistido a otros hasta el momento de la muerte. Estos son los efectos de su caridad»: S.V. IV, 233.

103 «La previsión infalible de la muerte de numerosos pobres, sin la continuación de su asistencia, nos fuerza y nos obliga a acudir a usted, tanto más que la necesidad nos da la posibilidad de servirnos del precepto que Dios nos ha prescrito por su santa boca, cuando dice estas palabras: ‘Buscad y encontraréis, pedid y se os dará’. Hemos practicado este divino manda­miento, que ha sido confirmado con los frutos correspondientes a nuestra es­peranza, para el alivio de un pueblo, el más digno de compasión, de todos los que pueden existir en tierras cristianas…»: S.V. IV, 227; cf. IV, 201.

104 «Se dice que para un excelente obrero es una forma de fidelidad encontrar un elemento donde pueda ejercer su arte. Es una gran felicidad para quienes tienen necesidad de esto, encontrar alguien con esta calidad. Usted ha encontrado… esta parte en nosotros, y nosotros hemos hallado en usted una acogida tan favorable en nuestras necesidades, que nos sentiríamos culpables de una gran ingratitud, si difiriéramos por más tiempo agrade­cérselo…»: S.V. IV, 227.

105 Cf. S.V. IV, 200-201, 233; V, 385.

106 Cf. Ibid., 260.

107 Cf. Ibid., IX, 227; XIII, 829-831.

Ayuda a París y a sus alrededores 183

«Usted es el padre de la patria» 108, es decir, el padre de una cau­sa que interesa a todos los franceses.

VII. AYUDA A PARÍS Y A SUS ALREDEDORES Situación política

Cuando Luis xm muere (14 de mayo de 1643) está en germen la Fronda con todas sus intrigas y miserias. El nuevo rey tiene cinco años. Comienza una nueva regencia. Luis xm, la víspera de su muerte, constituye un consejo de regencia en una declaración, firmada por los príncipes, los pares, los ministros y registrada por el parlamento. Su fin es permitir la continuación de la obra de Richelieu, por medio de los ministros que forman parte del con­sejo del reino, y limitar la autoridad de la reina y del duque de Orléans.

La primera preocupación de Ana de Austria es hacer anular esta declaración por el parlamento. El mismo día de esta anula­ción la reina nombra jefe del consejo al antiguo favorito de Ri-chelieu: Mazarino. Este nombramiento provoca una estupefacción general.

Para hacer aceptar el nombramiento de su ministro, la reina se ve obligada a comprar a la nobleza, concediendo a su alrededor dinero y gracias’.

La nobleza «humillada» por Richelieu, reacciona después de la muerte del cardenal y de su rey. Los «grandes» intentan usurpar el poder y satisfacer sus ambiciones. El parlamento quiere realizar su misión de intercesor entre el pueblo y el rey.

Ante las usurpaciones del parlamento y las ambiciones de los grandes, Mazarino va a continuar la obra de Richelieu: mantener la nobleza en la obediencia, retirar al parlamento el derecho, que se arroga, de controlar el presupuesto del estado.

108 Ibid., V, 378; cf. IV, 200-201, 233; V, 385.

1 «Pueden juzgar, escribe el cardenal de Retz, que no me fue difícil encontrar mi puesto en estos momentos, cuando no se rechazaba nada; y La Feuillade… decía que no había más que cuatro palabras en la lengua fran­cesa: ¡`La reina es tan buena’!»: Cardenal de Retz, 141, 40.

184 La llamada de la miseria

En 1648, la actitud del parlamento se vuelve revolucionaria. En su deseo, quizás sincero, de disminuir las cargas fiscales im­puestas al pueblo, rechaza registrar los nuevos impuestos necesa­rios para pagar los gastos de guerra: excelente medio de hacerse popular y de someter al gobierno real a su disposición. Al mismo tiempo intenta proteger las situaciones adquiridas por los poseedo­res de cargos públicos y defender a los poderes provinciales y lo­cales contra la centralización del gobierno real.

Pasando rápidamente de la oposición a la rebelión y de la rebe­lión a la guerra civil, el parlamento no hará en definitiva más que aumentar la miseria y el sufrimiento del pueblo. Practicando la demagogia, se gana la opinión pública en la lucha llevada contra el gobierno, en razón de sus propios intereses. Persuade a los habi­tantes de París y a los demás franceses, de que las cargas fiscales son excesivas, injustas, inútiles, sirviendo únicamente para la gloria del rey y para el lujo de la corte. En realidad el rey se ve obli­gado a pedir créditos a los financieros y la corte está en la indi­gencia.

Los habitantes de París terminan por sentir afecto y venera­ción por el parlamento. Por uno de sus miembros, Broussel, que hace las proposiciones más ventajosas para el pueblo, este senti­miento se convierte en veneración.

El 26 de agosto, la reina manda encarcelar a Broussel. La ma­sa popular de París se rebela contra esta detención de su «feti­che». Comienzan los días de las barricadas de París (26, 27, 28 de agosto de 1648) 2. Días que hacen aparecer, en crisis general, una guerra civil latente, continuada por el parlamento hasta la paz de Rueil (1 de enero de 1649) y prolongada por los príncipes y no­bles hasta 1653.

Esta rebelión del parlamento obliga a la reina (‘la nadie del 5 al 6 de enero de 1649) a huir de París con el rey, su ministro y toda la casa real a Saint-Germain-en Laye. Para hacer cesar la opo­sición del parlamento y hacer capitular a los parisinos, Ana de Aus­tria, Mazarino y Condé proyectan reducir por el hambre a la capital.

El sitio de París comienza. Los combates entre las tropas rea­les y las tropas de los jefes de la Fronda se convierten en luchas sangrientas. El bloqueo rígido de la capital, impide asegurar el abastecimiento de los parisinos y enrarece los víveres en el merca-

2 Cf. R. Mousnier, 123, núms. 2-3, pp. 33-78.

Ayuda a París y a sus alrededores 185

  1. El precio del pan no cesa de subir y los campesinos pasan du­rante la noche, a escondidas, para ir a vender su trigo a precios desorbitantes.

En París, después de la salida de la corte, cesa todo trabajo 3. Para colmo de males, el Sena se desborda, destruye puentes y ca­sas, inunda las calles y los habitantes más pobres se ahogan. La miseria aumenta y el parlamento se ve obligado a suprimir el pago de la renta del tiempo de pascua a todos los inquilinos parisinos 4. Los ricos pagan también las consecuencias, y si pueden conseguir un poco de pan, a precio de oro, están expuestos a otros peligros, especialmente, los sospechosos de ser partidarios de Mazarino 5.

El bloqueo aumenta el furor de los parisinos contra la reina y Mazarino. En los alrededores de París los sufrimientos de los ha­bitantes son aún mayores, al tener que soportar las atrocidades y el saqueo de los mercenarios del rey, dirigidos por el conde de Er-lach y acantonados en los pueblos 6.

Después de dos meses de sitio, Condé reconoce que no puede, con 12.000 hombres, apoderarse de París, ni siquiera bloquearlo to­talmente, ni reducirlo por el hambre. Por añadidura las dificultades que provienen de la falta de abastecimiento de víveres, no hacen sino exasperar a los parisinos contra la corte y justificar su posi­ción de resistencia.

El parlamento, consternado 7 por el drama que provoca, desea

3 «Después de este día fatal de la salida de la corte, todo orden pú­blico fue invertido, escribe Molé en sus Memorias. El ejercicio de la justicia se suprimió… El trabajo cesó entre los obreros, el tráfico y el comercio en­tre los comerciantes…»: A. Feillet, 68, 103.

4 Cf. A. Feillet, 68, 131 nota 1.

5 Cf. P. G. Lorris, 107, 78-83.

6 «Los desórdenes de las tropas en los alrededores (de París), escribe Molé en sus Memorias, producían horror»: A. Feillet, 68, 103. Cf. cartas de la madre Angélica Arnauld, fechadas el 7 de enero, el mes de abril y el mes de mayo: A. Feillet, 68, 127-128; cartas de Vicente de Paúl: S.V. III, 403 (22 de enero de 1649); III, 412 (25 de febrero de 1649); III, 416-417 (4 de marzo de 1649). La Harangue á la Reine par MM. les curés de Paris, pre­senta a los soldados en Meudon, en Sévres… saqueando iglesias, violando niñas de nueve y diez años, incendiando, destruyendo casas, matando, hi­riendo hombres y mujeres, robando, arrebatando todo lo que les interesa y destruyendo lo que no podían llevarse», citado según P. G. Lorris, 107, 84.

7 «El parlamento, escribe el cardenal de Retz, que constituía, en un sentido, nuestra fuerza principal, provocaba de dos o tres maneras nuestra gran debilidad; a pesar del ardor y del arrebato que existía con frecuencia en este grupo, siempre permanecía en ellos un fondo de espíritu de regre­sión, que aparecía en toda ocasión»: Cardenal de Retz, 141, 112.

186 La llamada de la miseria

firmar la paz. La corte, que teme una guerra civil, provocada por los parlamentos de las provincias, aguarda la ocasión favorable pa­ra entrar en conversaciones con el parlamento de París.

Desde el 26 de febrero, la corte y el parlamento negocian acer­ca de las condiciones de la paz. Los dirigentes de la Fronda inten­tan, por todos los medios, interrumpir estas conversaciones. El 11 de marzo llegan incluso a prohibir a Molé reanudar las negocia­ciones. Sin embargo, este mismo día, Mateo Molé, primer presi­dente del parlamento de París, firma la paz.

El tratado de paz se registra solemnemente en el parlamento el 1 de abril de 1649. Los grandes de los dos partidos obtienen de la corte el precio de las reivindicaciones exigidas para llegar a la paz. Excelente comercio para todos ellos. Una vez más el pueblo no obtiene nada después de haber luchado y pasado hambre. En realidad es el único que paga los gastos de esta rebelión fracasada.

Acción de Vicente de Paúl

Vicente de Paúl, que no piensa más que en servir a los pobres, decide ir a encontrar a la reina. Acompañado del hermano Du-courneau, su secretario, sale de París el 14 por la mañana. Se va de París «con el deseo de prestar algún pequeño servicio a Dios» 8. Por la mañana, se entrevista con la reina y Mazarino en Saint-Germain-en Laye. ¿Les habla duramente? Se puede sospechar que fue así, puesto que él mismo se acusa de haber fracasado en su embajada por su falta de serenidad 9.

El servicio que Vicente de Paúl quiere prestar a los parisinos es mal interpretado por los dos partidos. Los partidarios de la Fronda, con el pretexto de inspeccionar la casa de Saint-Lazare, la requisan y saquean: excelente botín bajo pretexto de motín 1°. Al no poder entrar en París, Vicente decide pasar la visita a las casas de la Congregación de la misión «.

8 S.V. III, 403.

9 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 180-186; P. Collet, 36, I, 467-470; P. Coste, 38, II, 675.

S.V. III, 403 nota 2: «600 soldados alojados en Saint-Lazare saquea­ron y devastaron la casa, se llevaron las puertas, vendieron una parte del trigo y quemaron las provisiones de leña». Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 182; P. Collet, 36, I, 471.

11 «Después de tres o cuatro días de estancia en Saint-Germain, escribe Vicente de Paúl, he venido aquí (Villepreux) de donde saldré mañana para

Ayuda a París y a sus alrededores 187

«Si la providencia» le aleja de la capital 12, quiere estar pre­sente en ella por los consejos dados a los misioneros y a las Da­mas de la Caridad en orden a organizar la caridad. El «pequeño servicio» que Vicente había querido «prestar a Dios» yendo a Saint-Germain, se lo quiere ofrecer ahora al pueblo, hambriento, desconcertado, víctima de la violencia 13. Para suscitar el impulso caritativo de las Damas de la Caridad, no teme escribirles y pre­guntarles sí han «resistido hasta verter sangre, o al menos, si han vendido una parte de sus joyas» 14.

Vicente de Paúl no tiene necesidad de soñar, como la mayoría de los hombres, para obrar. Le es suficiente comprobar la necesi­dad y la miseria de los pobres para despojarse de lo que pose. En el momento en que «los disturbios inquietan los espíritus y dis­minuyen el fervor de la caridad» 15 él toma decisiones claras, com­prometidas. Quiere mostrar a todos que lo importante, es salvar a quienes se encuentran en peligro de muerte a causa del ham­bre 18. Puesta su esperanza en Dios, encuentra la alegría de com­partir, todos los días, lo que posee con 2 ó 3.000 pobres. Des­pojado de lo que tiene, encuentra en este despojo el buen agrado de Jesucristo 17.

Vicente continúa su camino a través de varios incidentes y no falta, incluso, quien le amenaza con la muerte. Mientras visita las casas de sus misioneros y de las Hijas de ala Caridad, piensa «en las miserias públicas y privadas de París». Desea y «ruega a nues­tro Señor Jesucristo» que sea él mismo la fuerza y el consuelo» de los que sufren 18. Este hombre de Dios y este amigo de los hom­bres, llega a la ciudad de Richelieu. París se resiente de su ausen­cia. Luisa de Marillac, que quizás tiene más necesidad de él que los

visitar nuestras casas»: S.V. III, 402. «Ustedes han podido saber Señoras, cómo Dios me ha proporcionado la ocasión de ir a visitar las casas de nues­tra Compañía, a donde voy, con deseo, de volver, cuando lo permita un nuevo estado de cosas»: S.V. III, 408. «Usted ha sabido mi salida de París y una de sus causas, la cual no habiendo tenido éxito a causa de mis peca­dos, trato de ejecutar la segunda, que consiste en visitar nuestras casas», escribe al padre Portail: S.V. III, 416.

12 S.V. III, 408.

13 Ibid., 403-404.

14 Ibid., 409.

15 Ibid., 410.

16 Cf. Ibid., 401, 410-411.

17 Cf. Ibid., 413, 414, 417.

18 Ibid., 420; cf. 422.

188 La llamada de la miseria

demás, le escribe el 6 de abril de 1649: «Tenemos una gran preo­cupación por saber dónde está y cuál es su situación. Suplico a la bondad de Dios que su estado de ánimo y sus asuntos, relativos a su comunidad, le permitan venir pronto. Se requiere su presencia en París para las obras de caridad. La señora presidenta de Lamoig-non, especialmente, le suplica que venga pronto» 1°.

Durante su estancia en la ciudad de Richelieu recibe órdenes de la reina. Concluida la paz, Ana de Austria le «manda varias veces venir a París» 2°. Vicente «ruega a su majestad que le permita con­tinuar su viaje» para terminar la visita proyectada de sus comu­nidades. Sin embargo, «se somete a la opinión del padre Lamben, de ala duquesa de Aiguillon, de Luisa de Marillac… que ven las ne­cesidades de París» 21. Una vez más la necesidad de los otros de­cide el ritmo de su vida y de sus proyectos.

El sacerdote, que se había comprometido a buscar la paz la mañana del 14 de enero, vuelve a París el 13 de junio de 1649 22. Vicente de Paúl entra en Saint-Lazare que se encuentra saqueado, desorganizado. La miseria, producida por la confusión de estos meses de guerra, y la indigencia presente le impiden ayudar, como quisiera, a estas miserias ambulantes «.

En medio de estas desgracias, Vicente trata de «preocuparse más de extender el imperio de Jesucristo» que de hacer fructificar sus posesiones. «Preocupémonos de sus asuntos, él hará los nues­tros —escribe el 7 de enero de 1650 al padre Santiago Chiroyer, su­perior de Lucon—, y honremos su pobreza, al menos por nuestra moderación, ya que no lo hagamos por medio de una completa imi­tación» 24.

Situación política: la Fronda de los Príncipes (1650-1653)

Firmada la paz de Rueil, Condé y los generales de la Fronda se reconcilian rápidamente. Condé espera ser indispensable a la reina y suplantar la influencia que Mazarino tiene sobre ella. Los

19 Ibid., 462.

20 Ibid., 434.

21 Ibid., 436.

22 Ibid., 452, nota 2; cf. 454.

23 Cf. Ibid., 502-503 (23 de octubre de 1649).

24 Ibid., 532.

Ayuda a París y a sus alrededores 189

jefes de la Fronda esperan, con la ayuda de Condé, aumentar bienes y privilegios.

La arrogancia e insubordinación de Condé comprometen el pres­tigio y el porvenir de la corona. Rechazando a Mazarino, toma par­tido contra la reina. Ana de Austria decide encarcelarle después de haber negociado con el duque de Orléans, Gondi y los jefes de la antigua Fronda.

La mañana del 18 de enero de 1650, la reina hace detener a Condé, Conti y Longueville. La noticia del arresto se extiende rápidamente y la alegría es general. Estos permanecerán encar­celados durante trece meses. Al mismo tiempo se estrecha la alianza con los jefes de la Fronda colmando de favores al parlamento y al duque de Orléans.

Mazarino, vencedor y feliz, hace trasladar de Vincennes al Havre a los príncipes, prisioneros. Liberado de su principal enemi­go, Condé, el ministro olvida pagar el precio de la complicidad de los jefes de la Fronda. Llega a declarar abiertamente a Gondi, que jamás le concederá el birrete prometido de cardenal. El futuro cardenal de Retz, que no quiere pasar por víctima de un engaño de Mazarino, arriesga perder su popularidad y arruinar su prestigio. Se decide a hundir a Mazarino a cualquier precio. Por este rechazo inhábil de no querer concederle el birrete, Mazarino acaba de arro­jar a Gondi al partido de los príncipes. Este atrae consigo a todos los jefes de la antigua Fronda. Descontentos también éstos del cardenal, se reconcilian con Condé y proyectan obtener ellos mis­mos su liberación. Quieren asegurar sus intereses y liberarse de la venganza de Condé, si éste llega a ser liberado por Mazarino.

Las dos Frondas se unen ahora contra Mazarino a través de ne­gociaciones secretas y de una red complicada de intrigas 25. Esta unión de ¡las dos Frondas libera a los príncipes, destierra a Ma-zarino y tiene cautiva a la reina en París.

La entrada de los príncipes en París (6 de febrero de 1651) es triunfal. La misma alegría, que había acompañado su arresto, aco­ge ahora su liberación 26. La casa de Condé está en estos momentos en el auge de su potencia.

25 Cf. P. G. Lorris, 107, 197-201, 207-228, 244.

26 «El 16 de febrero de 1651 los príncipes llegaron (a París)… El 17, el duque de Orléans condujo a los príncipes al parlamento, y lo admirable es que, este mismo pueblo, que trece meses antes se había alegrado de su

190 La llamada de la miseria

La coalición, que había sacado a Condé de la prisión, se des­hace rápidamente. Quienes se habían unido para la lucha, se con­vierten en enemigos, al repartirse el poder. Ana de Austria estable­ce a Condé en el poder. Naturalmente el príncipe está muy satis­fecho de sus negociaciones y promete ayuda a la reina. Por el contrario olvida cumplir las promesas hechas a la señora de Che-vreuse y a Gondi en el momento de la negociación de su liberación. El obispo-coadjutor de París presiente su desgracia. Reconoce que ha perdido el prestigio y la influencia. Por el momento se encuentra en guerra personal contra Condé.

Ana de Austria consigue dividir y vencer a sus enemigos. Para conseguirlo promete el gobierno de Guyenne a Condé, aplaca al duque de Orléans destituyendo a Molé, da satisfacción al parla­mento y al pueblo desterrando a Mazarino y decapita la facción por la retirada de Gondi. Una era de paz parecía abrirse para Fran­cia, agotada después de tres años de guerra civil. En realidad, una nueva alianza entre Mazarino y Gondi, negociada por mediación de la reina, hace reaccionar a Condé con una última insurrección, más sangrienta que todas las anteriores.

El 7 de septiembre de 1651, día de la mayoría de edad del rey, Condé no asiste a la ceremonia. Al día siguiente, el rey forma el nuevo ministerio, prometido por su madre a Gondi y a Cháteau-neuf. A la misma hora, en el castillo de Trie, Condé se esfuerza en hacer participar el duque de Longueville en la rebelión. Antes había enviado a Lanet a Madrid para pedir al rey de España ayuda de hombres y de dinero y remitido a Tavannes el mando de sus tropas.

Comenzada de nuevo la guerra civil, Mazarino, llamado por el rey, entra en Francia. A pesar de los decretos violentos del parla­mento contra el cardenal, éste continúa su ruta tranquilamente ha­cia Poitiers, donde se encuentra la corte. Llega allí el 28 de enero de 1652. Condé ofrece al parlamento su persona y su ejército para combatir al enemigo común. El duque de Orleáns firma un tratado de alianza con Condé el 24 de enero de 1652 para expulsar a Maza-rino del reino. Este cambio del duque de Orléans invierte el equi­librio de fuerzas y cambia la orientación de la guerra, favorable hasta entonces al rey. La presencia de sus tropas en la región pa-

arresto, celebró con la misma alegría su liberación»: Cardenal de Retz, 141, 184.

Ayuda a París y a sus alrededores 191

risina extiende el dominio de la guerra y los estragos de los solda­dos. La guerra civil estalla en las provincias de Francia.

Para restablecer el equilibrio con las tropas de los príncipes, Mazarino ofrece a Turenne el mando de las tropas reales. La guerra civil asola ahora a la capital y a sus alrededores.

Extensión de la miseria

Los acontecimientos políticos del año 1652 devastan y des­pueblan la región parisina, especialmente al sur y al este de la ca­pital, donde las tropas de los diversos partidos se suceden desde el mes de abril hasta octubre, sembrando miseria, enfermedades, muertes, saqueos, robos y profanaciones 2‘. Como escribe Vicente de Paúl al papa Inocencio x el 16 de agosto de 1652, son cosas «horribles para contar y más todavía para ver» 28.

Desde el mes de marzo, las tropas, que llegan de Picardía para reforzar el ejército establecido a lo largo del Loira, comienzan a saquear y a devastar. Las tropas de Nemours, al servicio de los par­tidarios de la Fronda, saquean Houdan e imponen una contribución de guerra de 4.000 libras a la pequeña ciudad de Monfort-l’Amau-ry. Las tropas del rey, pasando al este, saquean la región de Brie. La señora feudal de Courcelles en Mormant valora sus pérdidas y las de sus colonos en más de 25.000 libras 29. Cuando el ejército de Turerine llega el 24 de abril a Ferté-Alais, una vanguardia de croatas y de alemanes saquea la abadía de Cernay. En siete horas de saqueo los daños ascienden a 37.000 libras «. Unos días más tarde, las mismas tropas devastan la región de Arpajon «. Después, es Palaiseau el teatro donde se realizan las mismas escenas durante tres semanas 32. Según la información dada a Vicente de Paúl «la mitad de los habitantes de Palaiseau está enferma y todos los días mueren de diez a doce personas» «. En el mes de julio «los sol-

27 Cf. A. Feillet, 68, 420-423; J. Jacquart, 93, 257-290. «Relations» de marzo-abril, mayo, septiembre-octubre de 1652: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 140-149, Apéndice, pp. 387 ss., 391 ss.

28 S.V. IV, 458.

28 Dubuisson-Aubenay, 64, II, 180; G. Leroy, 103, 5.a serie, III, 670-

676.

so B. Flereau, 73, XI, 1-125, especialmente 80-83.

31 A. E. Genty, 82; Bertrandy-Lacabane, 9, I, 388; II, 301, 306.

32 F. Conssonnet, 37, 355.

33 S.V. XIII, 362 (5 de junio de 1652).

192 La llamada de la miseria

dados cortan los trigos» y los campesinos se quedan sin cosecha «. A finales de julio, la «enfermedad y la pobreza son extremas allí» 35.

Durante este tiempo, el ejército de los príncipes saquea los al­rededores de Etampes. Después de dos meses de estancia y un mes de sitio, casi todos los habitantes que sobreviven están «enfermos y en gran pobreza» 36. Tienen la «piel pegada a los huesos y no hay nada para aliviarlos». «Los cementerios resultan pequeños para sepultar a los muertos, que se encuentran esparcidos por la ciu­dad». Los estercoleros, «donde hombres y mujeres fallecidos están mezclados con excrementos de caballos y otros animales», infectan la ciudad.

Las campiñas de los alrededores participan de las mismas cala­midades «ofreciendo un espectáculo de duelo y desolación» 37. En Corbeil y en Lagny, existe la misma miseria que en Etampes y en Palaiseau: «Los pueblos están desiertos y los pobres moribundos no tienen como alimento más que un poco de agua y uva. ¿Quién pue­de expresar la situación de Lagny de Corbeil y de los alrededores?» se pregunta el redactor de las Relations 38. En Etioles «no hay ni una casa que esté entera y los enfermos están expuestos a la intem­perie y desprovistos de todo auxilio temporal y espiritual». En los departamentos de Linas, Etréchy, Villeleuve-Saint-Georges, La-my: «sólo se oye hablar de asesinatos, saqueos, robos, violencias y sacrilegios». En Etréchy, «los vivos están mezclados con los muer­tos, que abundan en la región». En estas zonas no hay ni camas, ni vestidos, ni pan…» «.

Acampadas en los alrededores de París, las tropas formadas por el duque de Orléans y por el parlamento se comportan de la misma

34 Ibid., IV, 424.

35 Ibid., 435; cf. A. Feillet, 68, 410.

33 S.V. IV, 435; cf. «Relations» de septiembre-octubre de 1652: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 148-149; Magasin charitable (enero de 1653), 11-12: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 174, Apéndice, pp. 392-393; 424.

37 M. Lontrond, 115, I, 124; B. Flereau, 72; L. Abelly, 1, 1. I, 192.

33 «Relations» de septiembre-octubre de 1652: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 148-149, Apéndice, p. 391 ss.

39 Cf. Abrégé véritable contenant le particulier de ce qui s’est fait pour le soulagement des pauvres des villages du diocése de Paris, la nécessité de soutenir cette entreprise par des aumónes extraordinaires, et pareillement de les employer é la continuation de l’assistance du grand nombre des malades des fauxbourgs (4 págs.): Recueil Thoisy, T. 318, f.° 156-158, Apéndice, p. 407 ss. S.V. 438, 488, nota 1; A. Feillet, 68, 411.

Ayuda a París y a sus alrededores 193

manera. Juvisy y Athis son saqueadas en los últimos días de abril y desde el 8 de mayo se evoca en el parlamento la desolación de estas regiones «.

Las tropas del duque de Lorena saquean a su llegada el pueblo de Choisy y los alrededores, roban en las casas y cortan el heno y los trigos 41. Su paso por la región de Brie está marcado por nu­merosas exacciones: en Liverdy, el párroco certifica bajo juramento «que los soldados del ejército del duque de Lorena no han dejado ninguna vaca, ni ternero, ni oveja, ni cordero, lo mismo han hecho con el trigo, pan, harina y con todo que puede servir de alimen­to» 42. Las casas de Thiais son incendiadas. Al otro lado del Sena, la granja Saint-Placide le sirve de cuartel general 43. Al abandonarla los soldados se llevan las puertas y las tarimas del suelo de las habitaciones. El priorato de la Saussaye es saqueado 44.

Las tropas de Condé siguen en la invasión de los alrededores de París al ejército de Carlos de Lorena. Acampadas en Ivry, «sa­quean en dos días todos los pueblos de tres leguas a la redonda», devastan la parte de Saint-Cloud para volver, a principios de julio, a saquear Vitry. A finales de mes, van hacia Juvisy, a causa de las protestas de los parisinos, dejando a su paso «gran suciedad y he­diondez» 45.

Las tropas de Turenne ocupan el norte de la capital. La vís­pera de san Pedro, el pueblo de Saint-Leu es saqueado. Los solda­dos rompen las puertas de la iglesia, donde los habitantes habían amontonado todo lo que poseaín. En Saint-Prix, el párroco es azo­tado por los soldados a fin de hacerle declarar dónde se encuentran escondidos los bienes de los campesinos «. Se podría continuar enumerando la larga serie de violencias cometidas.

A estas exacciones se añade, para los campesinos, la difícil ne­cesidad de abastecer a los ejércitos, cuyos efectivos, para la época,

40 Dubuisson-Aubernay, 64, II, 209, 214, 219.

41 0. Talon, Mémoires, col. Michaud-Poujoulat, 3.a serie, IV, 488.

42 Atestación del 23 de junio, publicada en Bulletin et compte-rendu des travaux de la Société d’Histoire et d’Archéologie de Brie-Comte-Robert,

I, 1898, 58.

43 Dom Bouillart, 19, 247. Archiv. Nacionales, S. 3191, f.° 127, 154, 163; S. 2999, f.’ 199 (Terriers).

44 Archiv. Nac. de París, ZZ1 552, Acta del 31 de marzo de 1659.

45 Dom Felibien – Dom Lobinau, 69, II, 1430; Dubuisson-Aubenay, 64,

II, 263.

46 A. Rey, 142, 8-9, 12.

194 La llamada de la miseria

no son despreciables. ¿Cómo alimentar estos miles de bocas su­plementarias, cuando la cosecha de 1651 había sido mediocre? Durante el verano los soldados recolectan para su provecho y los campesinos pierden la cosecha.

Al abastecimiento de tropas, el campo debe añadir el abasteci­miento de la capital, para evitar los graves disturbios: se sacrifica el campo a la ciudad y la miseria de los campesinos, en ocho o diez leguas alrededor de París, es total.

Ante las violencias y los saqueos repetidos de las tropas, la pri­mera reacción de los habitantes de la llanura es huir. Para los más cercanos, París es el refugio tradicional. Los granjeros de las comu­nidades parisinas vienen a pedir asilo a casa de sus propietarios. Las comunidades religiosas imitan este movimiento. Los campe­sinos que se encuentran más lejos de la capital, se refugian en los castillos cercaños, donde la solidez de las murallas o la calidad de sus propietarios son para ellos asilos seguros, o al menos juzgados como tales. Por esto, Port-Royal y el castillo de Vaumier, pertene­ciente al duque de Luynes, hijo de la duquesa de Chevreuse, se convierten en campo atrincherado. Con los habitantes de los al­rededores, que transportan sus bienes y muebles a las dependencias del castillo, el duque forma cuatro o cinco compañías que los «soli­tarios de las granjas» dirigen. Durante el día, los obreros trabajan en la construcción de torres de defensa en el cerco del recinto del monasterio: en tres meses se edifican once 47.

Saqueos, asesinatos, destrucción de cosechas, desorden general, todo esto permite comprender la horrible miseria de toda la región parisina. De mayo a diciembre se puede seguir la progresión del desastre. Durante el otoño, para muchos centenares de parroquias y para miles de pobres campesinos, el problema se pone en térmi­nos de no poder sobrevivir.

La vida de la región se paraliza poco a poco. Los campesinos, que no se atreven a salir de casa, abandonan los trabajos del campo. Hacia mediados de julio, se intenta hacer salir de París a los labradores para cosechar el grano, o lo que queda, pero los soldados lo roban a medida que se siega 48. En los alrededores de

47 Referente a Port-Royal, cf. Madre Angélica Arnauld, 5, II, 110, 112, 139, 144; T. du Fosse, 66, I, 217-239.

48 Madre Angélica Arnauld, 5, II, 161; S.V. IV, 430.

Ayuda a París y a sus alrededores 195

París, no hay cosecha que hacer, ni grano que sembrar. El mercado se suprime y no se encuentran caballos para arar la tierra. El ritmo de los trabajos agrícolas se trastorna y la paz llega demasiado tarde para poder recuperar el tiempo perdido.

Cuando termina esta lucha, en octubre, se puede hacer un pri­mer balance. La Relation de septiembre y octubre completa la en­cuesta orientada bajo las órdenes del vicario general del arzobispado de París, Féret 49.

La indigencia y la enfermedad, provocadas por la guerra, multi­plican las víctimas en el campo. Los contemporáneos están impre­sionados por la amplitud de la mortandad durante este año te­rrible. La madre Angélica Arnauld escribe: «La mayoría de los hombres han muerto y no quedan más que niños huérfanos… la tercera parte de la población ha muerto…» 50. El anciano Andrés de Ormesson escribe en 1653: «Los dos tercios de los habitantes de los pueblos de los alrededores de París habían muerto a causa de la enfermedad, la necesidad, el hambre y la miseria» 51. «El estudio de los documentos parece confirmar, en conjunto, esta impresión de catástrofe excepcional», afirma Jacquart 52.

París sufre naturalmente de la miseria de sus alrededores: el pan de Gonesse no llega o es insuficiente 53 y cuesta muy caro «. Las refugiados ¡que afluyen de Picardía, de Champaña y de la cam­piña parisina 55 hacen aumentar la escasez de víveres. Los mendi­gos, que se multiplican todos los días, invaden la ciudad y los arra-

49 Etat sommaire des miséres de la campagne et besoins des pauvres aux environs de Paris, des 20, 22, 24 et 25 octobre 1652 (12 págs.): Bibl. Nac. de París, Lb. 373176, Apéndice, p. 393 ss. Mémoire des besoins de la campagne aux environs de Paris du vingtiéme novembre 1652 (8 págs.): Bibl. Nac. de París, Lb. 373181, Apéndice, p. 402 ss. Abrégé véritable contenant le particulier de ce qui s’est fait…: Recueil Thoisy, f.° 156-158, Apéndice, p. 407 ss.

Madre Angélica Arnauld, 5, II, 263, 431.

51 Andrés d’Ormesson, Journal, II, 673.

52 J. Jacquart, 93, 279, nota 5; cf. 279-288.

53 Vicente de Paúl escribe el 1 de marzo de 1652: «Hay gran dificultad en encontrar pan»: S.V. IV, 327. El 5 de julio de 1652 la madre An­gélica Arnauld escribe: «La necesidad de harina es tan grande en París, que el precio del pan negro es de diez soles la libra… Se teme que en el futuro cueste más»: Madre Angélica Arnauld, 5, II, 153.

54 Loret en la Muse Historique confirma la subida de precios de todos los productos alimenticios en París: J. Loret, 106, I, 241-242 (carta del 12 de mayo de 1652); cf. A. Feillet, 68, 407.

55 f. J. Jacquart, 93, 271, 272-273, 275; Dubuisson-Aubenay, 64, II,
279, 288-289; R. Voyer d’Argenson, 155, 127.

196 La llamada de la miseria

bales 56. Entre ellos se encuentran sacerdotes vagabundos, religiosas expulsadas de sus conventos, muchachas que «arriesgan perderlo to­do» 57. Los pobres vergonzantes, cuyo número es considerable, aumentan las filas de esta tropa de indigentes: 1.800 familias de ar­tesanos en el barrio Saint-Médard; 12.000 en los arrabales Saint-Marcel, Saint-Jacques, Saint-Laurent de Villeneuve-sur-Gravois 58. El paro obrero aumenta las bandas de mercenarios y de amotinado-res. La miseria aumenta y el 6 de septiembre de 1652, el parlamen­to se ve obligado a conceder la supresión del próximo pago de los inquilinos, a petición colectiva de los principales burgueses de cada barrio 19.

La enfermedad multiplica los desastres del hambre. Cada mes, durante el verano y solamente en París, el número de muertos, se dice, es de 10.000 1°. El 1-16tel-Dieu suministra «un centenar por día». Este gran hospital, a pesar de las transformaciones, no puede ni siquiera remotamente hacer frente a las necesidades de la época, incluso si se amontonan «siete personas en cada cama» 61.

Acción de Vicente de Paúl

Ante estas horribles desgracias, el pueblo quiere conseguir la paz. Pero París está dispuesto a todo, antes que recibir a Mazarino. En estas circunstancias Vicente de Paúl se decide a lanzarse una segunda vez en la lucha política. Va a Saint-Denis, donde se en­cuentra el cardenal y la corte. El día de su llegada no ve a Mazarino y se excusa por ello en su carta. Durante la conversión en Saint-

58 J. Loret, 106, I, 241-242. El 20 de junio de 1652 Mascarini señala: «Ellos (los pobres) eran más de 60.000 en la ciudad y más de 15.000 sola­mente en la parroquia de Saint-Nicolas»,

en Mémoires inédites, f.° 196, citado según P. G. Lorris, 107, 346. El 22 de mayo de 1652 Vicente de Paúl escribe: «París es un hormiguero de pobres dado que las tropas han obligado a los campesinos a venir aquí a refugiarse»: S.V. IV, 392; cf. «Relations» de marzo-abril de 1652, 2-3: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 140-141, Apéndice, p. 387 ss.

57 Cf. S.V. IV, 402, 406-407; R. Voyer d’Argenson, 155, 127-128, 129, 130, 131, 133.

58 Cf. «Relations» de marzo-abril, de mayo de 1652: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 140-141, 144-145, Apéndice, pp. 387, 389. A. Feillet, 68, 344; P. Coste, 38, II, 702; R. Allier, 3, 94; R. Voyer d’Argenson, 155, 129.

59 Cf. A. Feillet, 68, 408-409.

99 Cf. S.V. IV, 463; carta de la madre Angélica Arnauld del 12 de

julio de 1652 y la del 28 de junio: A. Feillet, 68, 405, 406.

61 Carta de la madre Angélica Arnauld del 28 de junio, ya citada.

Ayuda a París y a sus alrededores 197

Denis, Vicente de Paúl habla de establecer al rey en su autoridad y de dar un decreto de justificación al cardenal, si éste acepta salir del reino 62. Luis xiv destierra al ministro por medio de un res­cripto elogioso. A pesar del destierro, Mazarino permanece en sus funciones y la paz no llega.

En este deseo de llegar a la paz, Vicente de Paúl escribe al papa Inocencio x el 16 de agosto de 1652 suplicándole intervenga, a fin de conseguir la paz 63. Finalmente el 11 de septiembre de 1652, se decide a escribir a Mazarino para tratar el asunto de la paz abier­tamente y a fondo 14. Toda su prudencia, su perspicacia y sutileza se reflejan admirablemente en esta carta. Ellas traducen su «sentido práctico» y el deseo de poder ofrecer al pueblo, que sufre dema­siado, la seguridad de una paz. En este momento se siente obligado a dirigirse a todos, a utilizar a todos aquellos a quienes la diver­sidad de opiniones, de condición y de pretensiones, mantienen en oposición. Y Mazarino, el hombre que tergiversa, el hombre que anda con rodeos 65 debe recibir esta carta. Puesto que oficialmente estaba desterrado, Mazarino se aleja y deja al rey entrar solo en París. El pueblo cansado de las consecuencias de esta Fronda, quie­re el perdón y la vuelta del rey.

Organización de la caridad

A pesar de sus 72 años, Vicente de Paúl llega a ser el educador y el organizador del movimiento caritativo parisino de 1652. Para este educador de la caridad, lo que está en juego es la respuesta a las exigencias de Dios en medio del drama de esta sociedad.

62 Vicente de Paúl escribe al cardenal Mazarino: e… Ayer conté a la reina la conversación que tuve el honor de compartir con los dos (el duque de Orléans y el señor de Ormano) por separado, que fue muy respetuosa y agraciada. He comunicado a su Alteza Real que, si se estableciera al rey en su autoridad y se concediera un edicto de justificación, vuestra eminencia daría la satisfacción que se desea…»: S.V. IV, 423 (entre el 29 de junio y el 17 de julio de 1652).

63 S.V. IV, 455-457.

64 S.V. IV, 473-478.

65 «El punto fuerte del cardenal Mazarino, escribe el cardenal de Retz, era, sin duda, componer, dar a entender, hacer esperar; prometer maravillas y retirar la promesa; dar su opinión y alterarla. He aquí un genio muy propio para servirse de las ilusiones que la autoridad real posee abundantemente en sus manos para entablar negociaciones…»: Cardenal de Retz, 141, 241.

198 La llamada de la miseria

Vicente de Paúl no es ni un «prestidigitador», ni un gigante solitario. El solo no puede hacer todo en esta acción caritativo-asistencial. Con mayor precisión que los polemistas monoculares y los creadores de gigantes solitarios, los documentos históricos nos informan de la variedad de obras realizadas y de la diversidad de personas que intervienen en ellas. Para reducir la miseria, que invade París y sus alrededores, se requiere llegar a obtener una asociación tácita de todos, a crear una conciencia común. Pre­tender afirmar lo contrario, no sería objetivo. Sin embargo sería igualmente falso no admitir la diferencia de participación y de funciones en esta empresa caritativa. Vicente de Paúl ama a Dios en los pobres. En la exigencia de este amor hace cobrar conciencia a los demás de las necesidades más urgentes y lanza una llamada a los seglares y a los religiosos 66. Al hablar de la situación en que se encuentran los necesitados, presenta la inspiración de Dios y solicita la colaboración de todos. Su objetivo no es monopolizar la caridad, ni gobernar a los demás, sino hacer eficaz el evangelio. Su abertura a todos: ricos y pobres, jesuitas port-royalistas y miem­bros de la Compañía del santo sacramento, le inducen a guardar su independencia y a no entrar en ningún partido. Su cometido es aliviar la miseria de los pobres. Por eso, al tratar de comunicar una estrategia dinámica y una mística de la caridad, impide que las divergencias se endurezcan, se conviertan en oposiciones, en divisiones 67 y que las mezquindades se propaguen y destruyan el espíritu de la caridad 68. El escucha —es su arte—, mira —es su

66 «Vicente de Paúl (cuando las tropas permitieron el paso) convenció al arzobispo (de París) de que realizara un reclutamiento en masa de todas las órdenes religiosas y comunidades de eclesiásticos»: R. Allier, 3, 90. «El mes de enero de 1653 apareció el primer número de la gaceta dedicado a la beneficiencia organizada. Era el Magasin charitable… En él se describía el plan de la movilización eclesiástica que Vicente de Paúl había promovi­do…»: R. Alier, 3, 90, 92; cf. Le Magasin charitable, enero de 1653, 13: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 169-177, Apéndice, p. 417 ss.

417 Referente a la lucha del padre Anjou, jesuita, y los Port-royalistas acerca de las limosnas recibidas y de su buen empleo, cf. De Saint-Gilles, Journal, 14-17; J. Racine, Abrégé de l’Histoire de Port-Royal, Paris 1908, 64-65; R. Allier, 3, 87, 88, Apéndice, p. 410 ss. Vicente de Paúl no quiere «desacreditar» a nadie y su celo no es un «celo ignorante» según la expre­sión de la madre Angélica Arnauld, 5, II, 573-574. Al mismo tiempo Vicente de Paúl hace todo lo que puede para conseguir la paz haciendo de interme­diario entre los Príncipes y la Corte.

68 Cf. la carta de Vicente de Paúl a la señora de Lamoignon referente a las 12.000 libras enviadas por la Reina de Polonia a la madre Angélica

Ayuda a París y a sus alrededores 199

gracia— pero con simpatía y lucidez, lo que le permite reconocer a los demás, dejarse interrogar por sus interpelaciones y responder a las inspiraciones de Dios, transmitidas a través de la realidad.

París desolado acude a Dios, pidiendo su auxilio. El arzobispo de París organiza procesiones para pedir la paz mil veces prometida y jamás otorgada. Este espectáculo de miserias, desfilando ante el relicario de santa Genoveva, refleja un deseo de paz. Las personas caritativas de París socorren a los pobres vergonzantes y a los refu­giados venidos de las provincias para evitar que mueran de ham-

bre 69.

Vicente de Paúl intenta sensibilizar a los miembros de su co­munidad, a las Hijas de la Caridad, a las Damas de la Caridad, a estas miserias «humillantes e inspiradoras». En Saint-Lazare, duran­te el año 1562, se habla de las miserias públicas y de la paz en las conferencias 70; por turno se celebra la misa para pedir la paz y cada día ayunan seis personas y comulgan por esta intención 71. En los momentos mas álgidos reúne todos los días a las Damas de la Caridad y estudia con ellas las necesidades del día y los medios de aliviar «las necesidades extremas de la diócesis» 72.

A pesar de la generosidad de las Damas de la Caridad, de la ayuda de la Compañía del santo sacramento y de Port-Royal «, la miseria de los indigentes aumenta cada día. Es un drama. Utilizando las experiencias anteriores, Vicente de Paúl «perfecciona y ajusta su técnica caritativa». No solamente se contenta con informar a todos, sino que organiza metódicamente una colecta.

La campaña de información se continúa por medio de la pu­blicación de las Relations y a través de nuevos escritos difundidos

Arnauld para socorrer a los pobres de París y de los alrededores: S.V. IV, 445-446, en la nota 1 se encuentra la opinión del padre Coste; R. Allier, 3, 83-85; A. Feillet, 68, 243.

6°Cf. S.V. IV, 401-402 (21 de junio de 1652); R. Voyer d’Argenson, 155, 127; L. Abelly, 1, 1. I, 196; «Relations» de marzo-abril, mayo, sep­tiembre-octubre de 1652: Recueil Thoisy, T. 318, f.° 140-141, 144-145, 148­149, Apéndice, pp. 387-393.

7° Cf. S.V. XII, 456, 459; L. Abelly, 1, 1. I, 199-205.

71 Cf. S.V. XII, 456, 459.

72 S.V. IV, 392 (22 de mayo de 1652), IV, 542 (11 de enero de 1653).

73 Para conocer la acción caritativa de la parroquia Saint-Merri de París, de matiz jansenista, cf. A. Feron, 70; C. Baloche, 157, I, 302; R. Allier, 3, 77-78. Para conocer la acción caritativa de la Compañía del santo sacramento, cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 127-129; R. Allier, 3, 77-78, 89; E. Chill, 32, 400-425, especialmente 413.

200 La llamada de la miseria

entre el público. Se invita a predicadores y confesores a recordar los principios teológicos referentes a la obligación de dar limosna y se recomienda la ayuda a los hambrientos. La organización metó­dica de la colecta permite pedir en las iglesias, en las casas de los particulares y en los edificios de las corporaciones.

Cada semana se necesitan de 6 a 7.000 libras. Todo París contri­buye y con ello se suministran alimentos y vestidos, medicinas pa­ra los enfermos y utensilios de trabajo. Se establecen algunos depó­sitos caritativos en la ciudad, «donde cada uno aporta lo que quiere dar» 74. Hay en estas palabras de Vicente de Paúl una alegría, que expresa el impulso y el movimiento de una vida de caridad.

«Una de las maravillas» de esta caridad es la creación de los depósitos caritativos de la isla de Saint-Louis 75. Los primeros al­macenes, donde la generosidad popular deposita esta variada e im­portante mercancía, son los presbiterios. Los dones, que se reco­gen en ellos, son trasladados inmediatamente al hotel de la señora Bretonvilliers y al hotel de Mandose. Situados a las proximidades de la isla del sena, estos dos grandes inmuebles se convierten en depósitos de las embarcaciones que parten hacia las «estaciones» de Corbeil, Villeneuve-Saint-Georges, Lagny, Etampes, Juvisy, Go-nesse. Vicente de Paúl está contento del espíritu de organización y de orden que reinan en estos depósitos 75.

Acción caritativa de Vicente de Paúl a través de las

Hijas de la Caridad y de los sacerdotes de la Congregación

de la misión

La enorme miseria de París reclama la presencia de las Hijas de la Caridad en los barrios para asistir, alimentar y cuidar a los enfermos y refugiados. A pesar de sus esfuerzos y a pesar del arte de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac de multiplicar este ejér­cito de la caridad, las Hijas de la Caridad no tienen la posibilidad

74 S.V. IV, 539; L. Abelly, 1, 1. I, 194-195.

75 Cf. S.V. IV, 539-540; P. Coste, 58, II, 716-717; A. Feillet, 68, 445-446; R. Voyer d’Argenson, 155, 132, 158; R. Allier, 3, 90-91, 92-93; A. Dodin, E. D., 946-947.

78 El 3 de enero de 1653, Vicente de Paúl escribe al padre Lamberto aux Coutaux, superior de Varsovia: «Si estuviese en Saint-Lazare le enviaría la organización que existe en esta santa economía, que ha sido publicada»: S.V. IV, 540. Se trata del Magasin charitable.

Ayuda a París y a sus alrededores 201

de instalarse en todos los centros donde la miseria las solicita 77. En junio de 1652, alimentan en su casa-madre a 1.300 pobres y se ocupan de 800 refugiados en el arrabal Saint-Denis. En la parro­quia de Saint-Paul, cuatro o cinco Hijas de la Caridad dan de co­mer a unos 8.000 pobres y cuidan de sesenta a ochenta enfermos. «Hay otras que hacen lo mismo en otros sitios» 78. Vicente de Paúl, que «no puede impedirse alabar el bien» 79, escribe lleno de alegría y de admiración a las hermanas de Palaiseau: «Jamás vues­tra Compañía ha trabajado tanto como lo hace ahora, ni más útil­mente» .

Vicente de Paúl, por su parte, hace distribuir, dos veces al día, la comida a 700 u 800 pobres 81. Recoge a los eclesiásticos, que han abandonado sus parroquias y se encuentran dispersos en París, para alimentarlos y orientarlos en las cosas que deben saber y prac­ticar en el ejercicio de su ministerio 82. Con la colaboración de la Compañía del santo sacramento reúne en un monasterio, dirigido por las salesas, a las religiosas de la provincia, abandonadas y erran­tes por todos los rincones de París 83. Al mismo tiempo se ocupa de alojar, en una casa situada en el arrabal Saint-Denis, a un cen­tenar de muchachas del campo 84. El 21 de junio de 1652 organiza una misión en Saint-Lazare y otra en la parroquia de Saint-Nicolas-

77 «La miseria es tan grande en París, escribe Vicente de Paúl el 23 de junio de 1652 a las Hijas de la Caridad de Palaiseau, que Luisa de Marillac no tiene suficietnes (Hijas de la Caridad), dado que se las piden por todas partes, para que vayan a asistir a los enfermos y a los pobres re­fugiados…»: S.V. IV, 409.

78 S.V. IV, 407, 409.

79 «Dos cosas hay en mí, dice Vicente de Paúl, el agradecimiento y el no poderme impedir alabar el bien»: L. Abelly, 1, 1. 111, 268.

S.V. IV, 409; L. Abelly, 1, 1. 1, 196. La Compañía del santo sa­cramento socorre a los campesinos refugiados en el arrabal Saint-Marceau: cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 127.

81 Cf. P. Coste, 38, II, 713; L. Abelly, 1, 1. I, 197.

82 Cf. S.V. IV, 407; R. Voyer d’Argenson, 155, 128.

83 «Se va a hacer entrar a todas las religiosas refugiadas, que se alo­jan en la ciudad, y algunas, según se dice, en lugares sospechosos, en un monasterio preparado expresamente, donde estarán dirigidas por las salesas»: S.V. IV, 406: cf. IV, 402; R. Voyer d’Argenson, 155, 127, 128, 129, 133.

84 «Se han recogido unas 800 6 900 jóvenes en casas particulares»: S.V. IV, 402. «Además de estas 800, tenemos 100 en una casa situada en el arra­bal Saint-Denis»: S.V. IV, 406; Cf. P. Coste, 38, II, 715; R. Allier, 3, 73 75.

202 La llamada de la miseria

du Chardonnet para los refugiados, que se alojan en los arrabales de los alrededores.

Los alrededores de París, «completamente arruinados por la guerra», reducidos a una «extrema desolación», tienen necesidad de la generosidad de los parisinos y de la abnegación de los misio­neros. «Todos los días, según las necesidades más urgentes, parten de la isla de Saint-Louis provisiones, ropas y utensilios hacia estos lugares de miseria» 85.

«Si los miembros de la Compañía del santo sacramento hacen maravillas en la ciudad de París, proporcionando a los necesitados lo requerido para alimentarse y vestirse… y utensilios de trabajo», «los religiosos hacen» lo mismo «en los campos por medio de la distribución y ayuda proporcionadas a los pobres del campo» 86. Médicos y cirujanos trabajan con ellos en estas «tumbas infectas» cobrando solamente quince soles al día.

Los alrededores de París se dividen en sectores donde trabajan diversas órdenes religiosas 87. Los religiosos enviados deben cons­tituirse en organizadores de la caridad. Todo recae sobre ellos: la distribución de socorros enviados de París, el reparto de comidas, la asistencia a los huérfanos, la readaptación de los hospitales, el entierro de los muertos 88. Estos religiosos pertenecen a diversas órdenes, sin embargo les dirige el mismo jefe: este hombre es siempre Vicente de Paúl 86.

Los sacerdotes de la Congregación de la emisión, cuya «expe­riencia» y «estrategia» sirven de modelo a los otros religiosos, son enviados por Vicente de Paúl a Palaiseau y a Etampes.

85 S.V. IV, 439; L. Abelly, 1, 1. I, 194; A. Feiller, 68, 499-500; Le Ma-

gasin charitable, 15, Apéndice, p. 417 ss.

S.V. IV, 540.

87 Para conocer la distribución de estos sectores a las diferentes comu­nidades religiosas, cf. Le Magasin charitate, 3-13, Apéndice, pp. 417-424.

88 Le Magasin charitable habla de 193 pueblos socorridos

89 «La manera de obrar de los misioneros de Vicente de Paúl, que po­seen una gran experiencia, ha servido de modelo en casi todos los centros»: Le Magasin charitable, 13, Apéndice, p. 425; cf. R. Allier, 3, 90, 92. Vicente está bien informado de toda la organización y de la acción: S.V. IV, 540 (3 de enero de 1653). En esta misma carta Vicente escribe: «Además de los que trabajan en Etampes, solamente tenemos empleados en esta obra a tres per­sonas, porque los sacerdotes que se nos han muerto nos han impedido enviar más, y por esto se ha recurrido a los religiosos»: S.V. IV, 540; cf. S.V. IV, 530-531; A. Feillet, 68, 251; S.V. XIII, 362.

Ayuda a París y a sus alrededores 203

Informado por las Damas de la Caridad (mayo de 1652) de la miseria y enfermedad de los habitantes de Palaiseau, Vicente en­vía rápidamente a cuatro misioneros, un cirujano y víveres. El 29 de mayo parte, bajo sus órdenes, «la primera carreta» 90. La ayuda se continúa los días siguientes: se envía lo que se puede y se hace lo posible para enviar lo que los misioneros, que trabajan allí, juz­gan ser más necesario. La casa de Saint-Lazare sucumbe pronto al peso de este gasto. En el mes de julio, Vicente se ve obligado a declarar su indigencia a la duquesa de Aiguillon presidenta en ese momento de las Damas de la Caridad 91.

Los recursos faltan, pero la «enfermedad continúa» y la miseria se instala. La «enfermedad es tan maligna» que diezma, incluso, a los ocho misioneros enviados. No obstante sugiere a Vicente de Paúl la imagen de una «gran recolección que hay que hacer para el cielo». Se requiere conmover el sentimiento de las Damas de la Caridad, a fin que «esta guerra» sea el medio del cual «Dios se sirva para efectuar la gracia, la justificación y la gloria de muchas personas» 92.

El pequeño ejército de Vicente de Paúl trabaja también en Etampes, donde «todos los habitantes están enfermos o se encuen­tran en gran necesidad» 93. Su debilidad les impide enterrar a los cadáveres, amontonados en diversas partes de la ciudad. Para re­tirar de las calles estos restos «de matanza y destrucción» y ente­rrarlos, los misioneros hacen venir de fuera hombres más fuertes

99 S.V. XIII, 362.

91 Vicente escribe (entre el 5 y el 24 de julio) a la duquesa de Aigui-llon: «La enfermedad continúa en Palaiseau. Los primeros enfermos, que no han muerto, se encuentran ahora en la convalecencia y los que estaban sanos, se encuentran ahora enfermos… Sin embargo no podemos continuar por más tiempo este gasto. Hasta el momento hemos suministrado 663 libras en dinero además de víveres y otras cosas enviadas en especie… Le suplico humilde­mente, señora, reunir una asamblea en su casa y determinar lo que podemos hacer…»: S.V. IV, 424.

92 S.V. IV, 425. Vicente de Paúl escribe el 13 de julio de 1652: «Ha­biendo acampado el ejército de los príncipes bastante tiempo ha dejado a casi todos los habitantes enfermos, de tal manera que la mayoría hubiesen muerto sin la ayuda enviada desde París, distribuida por este buen misio­nero (el padre David), y por algunos otros que se encuentran todavía en estos lugares»: S.V. IV, 442; cf. IV, 435, 487-490. La Compañía del santo sacra­mento contribuye en la ayuda enviada a Palaiseau: R. Voyer d’Argenson, 155, 128.

93 S.V. IV, 435. Le Magasin charitable, p. 12, Apéndice, p. 424. L. Abe-lly, 1, 1. I, 192-193. P. Coste, 38, II, 721.

204 La llamada de la miseria

que «estos cadáveres ambulantes de Etampes». Sirviendo «a las parroquias abandonadas por sus párrocos», organizan la distribu­ción de alimentos y se ocupan especialmente de los enfermos, que no tienen quienes les administren los sacramentos, ni quienes los entierren después de su muerte «. Los misioneros establecen en Etampes una «marmita» para alimentar a 200 personas. Con las «marmitas» establecidas en Etréchy, Villeseneux, Guillevart y Saint-Arnoult llegan a socorrer a 15 pueblos.

Las Hijas de la Caridad se ocupan de los enfermos de la región y, especialmente, de los huérfanos 95. Una de estas buenas Hijas de la Caridad, desafiando peligros y cansancio, sucumbe bajo el peso del trabajo, que no termina 96. Vicente de Paúl, comentando el trabajo ‘realizado por las hermanas de París afirma que a «esta

buena hermana se la puede llamar mártir la caridad» 97.

El trabajo y el cansancio agotan y diezman a los misioneros. Vicente de Paúl siente su pérdida 98. Sin embargo hay una alegría nueva en su carta del 2 de octubre de 1652: «Las miserias del tiempo nos proporcionan gran trabajo, que arrebata a todos nues­tros obreros. En dos o tres meses el número de enfermos es de dieciséis o diecisiete y más» 99.

Nicolás Sené y el hermano Lamirois ejercen su acción caritativa en Lagny. El clérigo Nicolás Sené recibe órdenes precisas de su superior. En esta carta todo está previsto para el misionero que debe «escribir todas las semanas al vicario general» y al superior de la Congregación de la misión, para un hombre de acción que debe organizar y ejercer la caridad en «veintidós pueblos», para un empleado que recibirá la visita de «personas de condición» que ins­peccionarán su trabajo. La consigna es clara: «No ahorrar nada… para salvar la vida del alma y del cuerpo de estas buenas personas». El cirujano debe visitar y cuidar a los enfermos que tienen necesh dad de sus servicios. Por eso, si no está contento con los «quince soles» que se le pagan al día, se le debe aumentar el salario. El mi-

94 S.V. IV, 489-490; L. Abelly, 1,1. I, 193.

95 Cf. S.V. V, 15, 18, 67, 158, 63, 135.

96 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 193-194; P. Coste, 3E, II, 722; A. Feillet, 68, 414.

97 S.V. X, 510.

98 «Nos resentimos conti ,uaraente de la muerte de tan buenos misio­neros»: S.V. IV, 465; cf. a- 141-443, 514, 515.

99 S.V. IV, 480.

Ayuda a París y a sus alrededores 205

sionero debe asistir a los «pobres moribundos, que no tienen más que un poco de pan y de uva como alimento y remedio», «lo más rápidamente» y lo mejor posible 100.

El espíritu de este movimiento caritativo es apertura y don. Su estilo hace aparecer la unión entre las clases sociales más diversas, tan rara en el antiguo régimen, y produce para los necesitados «de 13 a 25.000 libras por mes» 101. En la organización de esta estrate­gia dinámica de la caridad, Vicente de Paúl está capacitado para presentar la invitación de Dios y sostener el esfuerzo de todos. Obedeciendo a Dios, que se manifiesta a través de los aconteci­mientos, Vicente de Paúl se ve invitado a construir un mundo más humano y a adaptarse a las nuevas condiciones de vida, en las cua­les Dios invita a todos a dar testimonio de su amor.

1°4) S.V. IV, 529-531. Le Magasin charitable, 3-4, Apéndice, pp. 418-419.

101 Le Magasin charitable, 15-16, Apéndice, p. 427. Este gasto de 12.000 a 13.000 libras por mes al comienzo de 1653, aumentó poco a poco hasta 25.000 libras por mes: cf. R. Voyer d’Argenson, 155, 132.

3

El descubrimiento de los pobres

Para comprender la doctrina y la acción de Vicente de Paúl, re­ferente a los pobres, no es suficiente tener en cuenta la realidad económico-social y el medio espiritual del siglo xvii. Para conse­guirlo se requiere conocer su «experiencia» y su «fe». Solamente a través de este conocimiento tendremos la posibilidad de descubrir los movimientos secretos de su existencia y de adoptar con preci­sión su ángulo de visión.

Los pobres no son para Vicente de Paúl un tema de estudio, sino un misterio al cual se acerca. Pero no se acerca permaneciendo lo que era antes. Para llegar a descubrir la presencia de Cristo en los pobres, Vicente tuvo que profundizar a la vez en el misterio de la encarnación y de la redención, liberarse de sus errores y ha­cer nuevas adquisiciones.

  1. ETAPAS DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA Y ENRIQUECIMIENTO DOCTRINAL DE VICENTE DE PAÚL

Para liberarse de sus errores y cambiar de perspectivas, uno debe consentir que Otro conduzca su espíritu y amplíe el horizon-

208 El descubrimiento de los pobres

te de su conciencia: es el precio que Dios exige a la presuntuosa pobreza humana.

Vicente de Paúl evolucionó mucho a través de su existencia. No es, como lo presenta la mayoría de los escritores, sin duda se­ducidos por su primer biógrafo, monseñor Abelly, un «predestina­do», que conocía desde el principio de su existencia el término y las etapas de su caminar. En general, los biógrafos de Vicente de Paúl han desconocido, o apenas han explorado, su evolución reli­giosa. Con frecuencia señalan en su héroe la separación radical en­tre la «naturaleza» y la «gracia». En su vida existió, y es necesario señalarlo, una evolución que termina en una mística experimental. Pero esta evolución supone una conversión, o si se prefiere, una re-creación: ella incluye un ritmo y un término hacia un ideal místico. La conversación espiritual no solamente reclama un com­promiso sino también actos. Es necesario dejar pasar cierto tiempo para que la «doctrina evangélica», las verdades de la fe, se arrai­guen y penetren. Vicente de Paúl experimentó estos dos tiempos de conversión espiritual: profundidad en su fe y en su fervor. Sin embargo esta evolución no se realizó bruscamente y de una manera fascinante. En él energía vital y don de Dios fueron pulsados y ar­monizados por un esfuerzo continuo: «Busquemos… busquemos: trabajemos, trabajemos», repetía en otro tiempo 1.

Vicente de Paúl no cambió bruscamente, sino progresivamente: le fue necesario maldecir a sus 36 años lo que antes había deseado, desplazar su ambición, concentrada en un «beneficio honorable» y orientar su futuro como un servicio continuo a los pobres, «reali­zar los asuntos de Dios» en lugar de tratar de hacer los suyos, «ha­cerse más’ fuerte» cada día para «encontrar su agrado en el buen agrado de Dios» 2 y morir sin realizar el sueño de su edad ma­dura 3.

Vicente de Paúl es como la mayoría de los hombres un con­vertido. Olvidarlo nos haría correr el riesgo de desorbitarle en su búsqueda de la voluntad de Dios a través de las situaciones com­plejas y desconocer la sana vitalidad de su ser espiritual activo. Na­die podrá acercarse a este hombre, si no llega a adivinar cómo la

1 Cf. S.V. XII, 131-132; XI, 444-445.

2 S.V. VIII, 427.

3 Acerca de la «conversión» de Vicente de Paúl y las circunstancias exteriores que la acompañaron, cf. A. Dodin, 49, 148-150.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 209

miseria de la sociedad que le rodeaban y las exigencias de Dios «trabajaron» conjuntamente su ser.

Una tentación

En 1608 Vicente de Paúl, sacerdote de la diócesis de Dax desde hace ocho años (había logrado conseguir, a pesar de los decretos del concilio de Trento, el sacerdocio a los veinte años), entra por pri­mera vez en París. Viene de Roma, donde ha tratado inútilmente de conseguir un «beneficio» 4. Desde hace ocho años persigue la fortuna, pero ésta parece huirle y reírse de él. Para esta fecha dos de sus cartas (24 de junio de 1607, 28 de febrero de 1608) llama­das de la «cautividad», podrían fácilmente cautivarnos, más difícil­mente podrían tranquilizarnos.

En París, Vicente encuentra alojamiento en la habitación de otro gascón, el juez de Sore, en el arrabal Saint-Germain, quizás el arrabal más miserable y de peor fama de París 5.

El 17 de febrero de 1610 Vicente escribe a su madre. En esta carta queda consignada la tentación que podría haberle hecho pri­sionero de sí mismo y haberle encerrado en el grupo abundante de los eclesiásticos, cuyo «vicio capital, según escribirá más tarde (7 de septiembre de 1659), es la pereza». El busca el medio «de conseguir un retiro honorable», de obtener «un beneficio honrado». Felizmente Vicente romperá este muro que le enclaustra y se abrirá a la vida de los demás, no sin haber experimentado la enorme «des­gracia del misionero que quisiera apegarse a los bienes de este mundo, porque estaría agarrado, conservaría los pinchazos de estas espinas y estaría retenido por estas ataduras» 6.

Dos pruebas dolorosas e iluminadoras

París ha conmocionado siempre y «trabajado» profundamente a todos los que se lanzan a su conquista: uno se pierde o se en­cuentra. Vicente va a descubrir en este «parís de maravillas» el sufrimiento y va a encontrarse a sí mismo, al ir descubriendo las exigencias de Dios y la miseria de los hombres a través de dos acontecimientos, signos de gracia y de un nuevo nacimiento. Discre-

4 Cf. S.V. I, 11, 15, 18.

5 E. Magne, 109, 35, 41, 43, 45.

6 L. Abelly, 1, I. III, 275.

210 El descubrimiento de los pobres

tamente Dios se le acerca vaciándole de sí mismo y enriqueciéndole al mismo tiempo.

En 1609 el juez de Sore acusa a Vicente de Paúl de haberle ro­bado 100 escudos. Le trata de ladrón, le expulsa de su habitación y le difama delante de las personas que le conocen, en particular de­lante de Bérulle. Llega, incluso, a perseguirle a través de un «moni­torio», que según la costumbre de la época debía ser leído tres do­mingos consecutivos en el momento de la predicación de la misa parroquial 7. No se puede olvidar que la virtud de este siglo es el dinero, por su afán uno se comporta bárbaramente con los demás, especialmente en París 8. La humillante y ruidosa historia duró por lo menos «seis meses» si no .fueron «seis años». El asume es­ta calumnia que, en razón del «monitorio» del que es objeto, le coloca entre los delincuentes de la sociedad y le obliga a aislar­se de ella. «Viéndose falsamente acusado» Vicente se pregun­ta en su pensamiento «si debe justificarse y una lucha se des­arrolla en su interior: he aquí que eres acusado de algo que no es verdad ¿te justificarás?» 8. Pero «es necesario recurrir a Dios por la oración y pedirle luz» antes de tomar ninguna decisión «para ver si todo está condimentado según su agrado» «. Porque es él quien organiza todo para lo mejor, pero un mejor no siempre per­ceptible por la «naturaleza tramposa». Y Vicente «dirigiéndose a Dios», decide asumir esta miseria que se incrusta en él: «es nece­sario que sufra esto pacientemente», concluyen.

Esta calumnia, esta miseria, le hace descubrir el abismo de separación que existe entre la apariencia y la realidad 12. Al verse introducido en la «comunidad de los pobres», que saben acudir a Dios, Vicente de Paúl inaugura en su corazón el sentido de la

7 Cf. L. Abelly 1, 1. I, 22; M. Marion, 112, 398: palabra «Monitoire». «…En este siglo… el precio para conseguir todo es tener dinero», escribe Richelieu, 143, 179; cf. Cabier des remontrances de la noblesse du bailliage de Troyes, 126, 138, 139, 141 (art. 15, 17, 19, 22, 29).

9 S.V. XI, 337 (conferencia del 9 de junio de 1656).

S.V. XII, 159 (conferencia del 7 de marzo de 1659).

11 S.V. XI, 337: relato de esta calumnia; cf. L. Abelly, 1, 1. I, 21-23.

12 «La calumnia puede muy bien eclipsar el resplandor de la virtud du­rante algún tiempo, pero la virtud permanece en el mismo grado; volverá a recobrar este esplendor, cuando agrade a Dios disipar las nubes que la im­piden manifestarse a los ojos de los hombres…»: S.V. XII, 285. «No nos entristezcamos. Dios no permitiría que sus servidores fuesen calumniados y perseguidos, si las persecuciones y calumnias los hicieran inútiles en su servicio»: S.V. XII, 285.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 211

«adorable providencia» con quienes abandonan un día sus derechos entre las manos de este Dios con frecuencia «incomprensible» de quien nos habla san Pablo 13. «Dios, confesará más tarde Vicente de Paúl, quiere a veces probar a las personas y por eso permite que sucedan tales encuentros» 14.

Sometido a prueba, Vicente ni siquiera chistó. Apenas este ejer­cicio de humildad había terminado, si no estaba todavía en ruta, cuando Dios prepara a Vicente una prueba más interior, más deli­cada: una «noche oscura» del espíritu, larga, abrumadora, terri­ble.

Es Vicente de Paúl en persona quien nos habla: «Conocí un célebre doctor, antiguo defensor en su diócesis durante mucho tiempo como teólogo de la fe católica contra los herejes. Llamado por la difunta reina Margarita para vivir en su palacio, dada su ciencia y su piedad, se vio obligado a dejar sus empleos; y como ya no predicaba, ni catequizaba, se encontró asaltado, en este estado de ocio, por una fuerte tentación contra la fe… Este doctor viéndose en esta situación molesta, se dirigió a mí para declararme que se sentía agitado por tentaciones muy violentas contra la fe y que tenía pensamientos de blasfemia contra Jesucristo e incluso de desesperación, hasta el punto que se sentía impulsado a arrojar­se por la ventana. Reducido por esto a tal extremo, fue necesario dispensarle de recitar el breviario y de celebrar la santa misa, e incluso, de recitar ninguna oración, dado que cuando comenzaba a recitar el padrenuestro, se le aparecían mil espectros que le perturbaban enormemente; y su imaginación estaba tan seca y su espíritu tan agotado, a fuerza de hacer actos de desaprobación contra estas tentaciones, que era incapaz de realizar uno más. En­contrándose en este lastimoso estado, se le aconsejó esta práctica… cada vez que dirigiera su mano o su dedo hacia la dirección de la ciudad de Roma, o hacia una iglesia, quería demostrar por este gesto y esta acción que creía todo lo que la iglesia romana creía… Dios tuvo al fin piedad de este desdichado doctor, quien, estando enfermo, fue liberado en un momento de todas sus tentacio­nes… »15.

13 «¡Oh!, que los designios de Dios son admirables e incomprensibles a los hombres»: S.V. XI, 415.

14 S.V. XI, 337.

15 Cf. L. Abelly, 1, 1. III, 116-119; S.V. XI, 32-34.

212 El descubrimiento de los pobres

Vicente no cuenta todo. No dice a su comunidad lo que había hecho para ayudar a este desdichado. Pero lo sabemos: intenta aliviarle. Habiendo utilizado inútilmente todos los recursos ordi­narios de la pastoral en la época, Vicente se ofrece a Dios para que cargue sobre él todas las tentaciones de su «cliente»: ofrecimiento presuntuoso y un poco especial. ¿Por qué lo hizo? ¿Se encontró, quizás, ante un caso extremo? ¿Se sintió, en cuanto sacerdote, in­capaz de aportar otro remedio, de poder hacer otra cosa? ¿Tuvo, por el contrario, algún motivo pesimista, capaz de haberle hecho reflexionar sobre la nadería de su vida y la ofreció para dar una razón a su existencia humana y sacerdotal? ¿Sabía en qué «noche» iba a ser introducido?… Una cosa es cierta: él ofrece lo que posee de inefable: su fe. Un día le será devuelta.

Vicente, al mismo tiempo que ve salir a su penitente de la duda y de la desesperación, se va introduciendo en una «nodhe del espí­ritu» que oscurece su horizonte y le desgarra horrorosamente. En medio de esta tormenta un relámpago le ilumina: ve que su ofrecimiento ha liberado a su cliente. Este comienza a vivir 16.

¿Cómo salir de este abandono agobiador, de esta sombra que le envuelve? Es preciso deshacerse de las imaginaciones. Se requie­re ejercitar lo que se tiene, incluso si no se sabe, si no se siente, lo que se posee. Se requieren ordenanzas: éstas colocan las cosas en su sitio; ejecutadas son experimentaciones que no nos engañan. La terapéutica pastoral utilizada con su paciente, se la aplica a sí mismo: escribe el credo y esta transcripción la lleva al lado de su corazón como un remedio. Después acuerda con Dios «que cada vez que ponga la mano sobre este papel, será una desaprobación de la tentación y un acto de fe». Vicente tiene la preocupación de anotar todo, como si en las relaciones con Dios fuese necesario comprobar por escrito las verdades de fe.

El procedimiento no le calma y se manifiesta igualmente inefi­caz durante tres o cuatro años. Pero Vicente a pesar de esta oscu­ridad, quiere trabajar normalmente, incluso si la luz y la alegría están ausentes de su alma: reza, se mortifica, se ocupa de los po­bres. Habiendo experimentado cierta tranquilidad cada vez que

16 «Dios, finalmente, tuvo piedad de este pobre doctor… fue liberado en un momento de todas sus tentaciones… de pronto… comenzó a ver todas las verdades de fe, con tanta claridad, que parecía sentirlas y palparlas»: S.V. XI, 33-34.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 213

visitaba a los pobres, Vicente «se decidió un día —entre 1613 y 1616— a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle todavía más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue de dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres» 17. Este día no sólo realiza un acto grandio­so, sino que adopta un ritmo vital y adquiere por este movimiento un modo de conocer totalmente nuevo y hasta entonces insospe-dhado para él. Este día Dios le convence de que no es suficiente preocuparse de los demás, ni siquiera darles su tiempo y dinero, sino que se requiere darse a Dios para el servicio de los pobres de una manera definitiva y sín condiciones. El sabe y siente desde enton­ces, por experiencia, que solamente por el movimiento de la vida se consigue el verdadero conocimiento de Dios, de los hombres y de sí mismo. «Dios no se encuentra más que por el camino del evange­lio», había exclamado Pascal en su noche de fuego. Yendo a los pobres Vicente de Paúl encuentra el evangelio de quien fue en­viado a los pobres.

Esta prueba agobiadora le forma y le purifica, proporcionándole una experiencia, comprobada más tarde, que implica y verifica en él una doctrina sobre las tentaciones y sus consecuencias prácti­cas 18. Al mismo tiempo le suministra la gran experiencia, muy característica en Vicente de Paúl, del valor de la gracia en orden a los demás, y sobre todo la convicción de que los pecados personales se oponen a la fecundidad del ministerio y hacen fracasar la acción de Dios cuando se trata de llevar a su término la obra de Dios 19.

17 L. Abelly 1,1. III, 118-119.

18 Vicente afirma: «el estado de la tentación es un estado feliz. Venid tentaciones, venid. Pero es contra la fe. ¡No importa! No debemos rogar a Dios para que nos libre de élla, sino para que hagamos buen uso y nos im­pida sucumbir. Es un gran bien…»: S.V. XI, 148-149; cf. S.V. XI, 176-178, 99; E. D., 934: donde Vicente de Paúl habla del comportamiento de Dios con las almas que pasan por las pruebas de la tentación. Sin duda Vicente transmite a través de estas afirmaciones uno de los momentos claves de su experiencia. Esta experiencia, que comporta en él una doctrina, será el punto de arranque del fundador de la Congregación de la misión para la elaboración de su teología de la redención.

19 El único temor que tengo es el de mis pecados, confiesa Vicente de Paúl. El tema de sus propios pecados aparece con frecuencia en sus cartas y conferencias. Cf. entre otros textos: S.V. I, 510; III, 407, 416; XI, 299-300; XII, 73, 128; XI, 270-271.

214 El descubrimiento de los pobres

Dos experiencias creadoras de vocación y de misión:

Gannes-Follevile y Crátillon-les-Dombes (1617)

Desde 1609, Vicente de Paúl ve de vez en cuando a Pedro de Bérulle. Entre 1610 y 1611, Vicente es recibido en casa de los fu­turos oratorianos, no para formar parte de la nueva comunidad, se­gún declara él mismo, sino para esclarecer su espíritu y disponerse a realizar los planes de Dios. Durante los dos años, que permanece allí, Vicente consulta a Bérulle para orientar su conciencia. En este tiempo el padre Bourgoing, párroco de Clichy, decide entrar en el oratorio. Bérulle convence a Vicente de Paúl para que acepte esta parroquia 20.

Por primera vez, Vicente es párroco y comiena a asumir las res­ponsabilidades del ministerio sacerdotal. El nuevo párroco trabaja a gusto: predica, catequiza, reúne algunos candidatos al sacerdocio, establece la cofradía del rosario. Ayudado por algunas personas de París restaura la iglesia y renueva los ornamentos 21. Está contento: «Tengo un pueblo tan bueno, tan obediente, declara al obispo de París que le visita, que pienso en mi interior que ní el santo padre, ni usted, monseñor, son tan felices como yo»

  1. 22.

Vicente se ausenta pronto de la parroquia. El año 1613 Bérulle le invita a aceptar el cargo de preceptor de los hijos de Manuel de Gondi, conde de Joigny y general de las galeras de Francia. El nue­vo preceptor entra en la ilustre familia de los Gondi. Si este cargo le permite disfrutar de la vida suntuosa del castillo, no olvida, sin embargo, instruir a los criados de la casa y prepararlos para la re­cepción de los sacramentos. En los viajes que hace en compañía de los Gondi a Joigny, Montmirail, Villepreux… se encuentra feliz cuando instruye y catequiza a los pobres y a los campesinos. La misma señora de Gondi, a través de la intervención de Bérulle, le confía su conciencia y se esclarece con sus consejos. Tiene toda confianza en él 23.

En uno de estos viajes Vicente de Paúl ve más claro y más profundamente.

20 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 22, 24-25.

21 Cf.Ibid., 1. 1, 25-26. El 12 de mayo de 1612 toma posesión de esta parroquia, que agrupa 600 habitantes: S.V. XIII, 17-18.

22 S.V. IX, 646.

23 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 27-29.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 215

En Gannes, cerca de Folleville, en la diócesis de Amiens, Vi­cente es requerido para confesar a un moribundo. Inmediatamente después de la confesión, el enfermo publica en presencia de la señora de Gondi, que viene a visitarle: «¡Ah, señora! me hubiera condenado si no hubiera hecho una confesión general, a causa de los muchos pecados que no me había atrevido a confesar» 24. A la ca­becera de este enfermo, repara que los pobres campesinos se con­denan porque hacen malas confesiones. Por añadidura, los sacer­dotes no pueden ayudarles a causa de su ignorancia: algunos igno­ran hasta la fórmula de la absolución 25. A través de la señora de Gondi, Dios interroga a Vicente: «¿Qué es esto? ¿Qué acabamos de oír?, le dice después de la confesión del campesino de Gannes. Los demás campesinos se deben encontrar en la misma situación. Si este hombre que pasaba por bueno se encontraba en semejante estado de condenación ¿qué harán los demás que viven peor? ¡Ay! Señor Vicente, ¡cuántas almas se pierden! ¿Cuál puede ser el re­medio a este mal?» 26.

Para desarraigar el mal, Vicente no entrevé por el momento otro remedio más que exhortar a los campesinos a la confesión ge­neral. Invitado por la señora de Gondi, lo intenta en el sermón predicado el 25 de enero de 1617 en la iglesia de Folleville 27. En esta pequeña iglesia de Picardía, Vicente vislumbra «el lugar de su génesis, el lugar donde la inspiración original le compromete a hacer alma y cuerpo con la iglesia de Cristo» 28. Durante varios c. ‘s, Vicente continúa instruyendo a los feligreses de la parroquia y preparándolos a la confesión general. Ayudado por otro •sacerdote y por los jesuitas de Amiens, los confiesa. Terminada la misión de

24 Ibid., 1. I, 32.

25 S.V. X, 169.

26 L. Abelly, 1, 1. I, 33.

27 CLIbid., 1. I, 32-34. Se conservan cuatro relatos diferentes:

1.» relato: Conferencia del padre Portail a las Hijas de la Caridad, fechada en marzo de 1642: S.V. IX, 58-60.

2.° relato: Extraído de L. Abelly 1, 1. I, 32-34, reproducido con algunas variantes por Coste: S.V. XI, 2-5.

3.» relato: Repetición de oración del 25 de enero de 1655; S.V. XI, 169-172.

4.° relato: Conferencia del 17 de marzo de 1658: S.V. XII, 7-8. El texto de la conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre el fin de la Congregación de la misión no contiene más que una breve referencia.

28 A. Dodin, 59, 107.

216 El descubrimiento de los pobres

Folleville, se encamina, acompañado de otros sacerdotes, hacia otros pueblos para continuar durante algunos meses los actos de la misión y para tratar de descubrir «su misión» 29.

Después de haber misionado las tierras de la señora de Gondi , Vicente decide abandonar su casa. Informa a Bérulle y le comunica el motivo de su decisión: «Se sentía interiormente impulsado por Dios a ir a alguna provincia lejana, para dedicarse a la instrucción y servicio de la pobre gente del campo» 31. Si la duda se instala en su conciencia, respecto a las modalidades de realizar su misión, Vicente descubre que sólo los pobres podrán trazarle el camino para encontrar a Dios. Bérulle aprueba esta decisión y le propone ir a trabajar a una pequeña parroquia cerca de Lyon: Crátillon-les-Dombes 32.

Vicente de Paúl abandona la casa de los Gondi para ejercer un apostolado difícil en un pueblo lejano. Lo que le atrae a Chátillon no es el «beneficio honorable», el «honesto retiro», buscado afa­nosamente en otro tiempo.

Chátillon-les-Dombes, entonces un pueblo pequeño, se encon­traba sin párroco. Los condes de Saint-Jean, de quienes dependía esta parrdquia, habían suplicado al superior del oratorio de Lyon, el padre Bence, que les indicara un «buen eclesiástico», requerido por la necesidad extrema en que se encontraba la parroquia. Desde hacía cuarenta años los párrocos beneficiarios no se habían presen­tado en ella más que para recibir la renta. Los notables del pueblo se habían pasado a la «religión protestante». En el pueblo había seis capellanes que vegetaban en la mediocridad, por no decir en el vicio. Según la relación de Carlos Demia, que escribe poco des­pués de la muerte de Vicente de Paúl 33, se trata de una parroquia que «requería gran trabajo y tenía solamente 500 libras de renta». El padre Bence se dirigió a su superior de París, «rogándole le in­dicara un buen sacerdote, que sin buscar sus propios intereses, se preocupara totalmente de los de Jesucristo». Bérulle propone a Vicente esta «parroquia en perdición». Vicente acepta inmediata­mente.

29 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 34.

30 Cf. Ibid., 1. I, 47, 35.

31 Cf. Ibid., 1. I, 37.

32 Cf. Ibid., 1. I, 38.

33 Cf. la relación escrita por Carlos Demia ¡acerca de la estancia de Vi­cente de Paúl en Chátillon-les-Dombes: S.V. XIII, 45-54.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 217

A su llegada Vicente se hospeda donde puede 34, sencillamente en casa de un rico calvinista 35. Este, para complacer a su amigo lio-nés, el padre Métezau, y porque la casa parroquial está en ruinas, recibe a Vicente en su casa y le aloja 36.

El nuevo párroco comienza a ejercer el ministerio: visita las casas, la escuela, predica, catequiza, administra los sacramentos. De tal manera exhorta a la confesión general en sus sermones que todo el pueblo —incluso Beynier— y los habitantes de los alre­dedores, se confiesan. De nuevo Dios interroga a Vicente a través de la voz de la señora de la Chassaigne en beneficio de los pobres. Es el mismo Vicente quien nos ha contado el hecho 37: informado un domingo del mes de agosto de la situación de una familia pobre y abandonada, habla de ella en su homilía dominical.

Profundamente emocionada, exhorta con convicción y emoción. Sus palabras conmueven a los parroquianos y los impulsan a ir a visitar a esta familia. Por la tarde, después de vísperas, Vicente vi­sita a la familia enferma. A la vuelta está admirado del comporta­miento de sus parroquianos, pero no satisfecho. Todo el pueblo ha acudido hoy a ayudar a esta pobre familia, que mañana se va a encontrar abandonada. «He aquí una gran caridad, dice él, pero está mal organizada» 38. A partir de esta experiencia, es «el cuerpo de la caridad y de la iglesia que Vicente de Paúl descubre» «.

Balance de estos acontecimientos

El año 1617 es para Vicente de Paúl rico en constataciones y la experiencia comienza a ser capital en su existencia. Una convic­ción germina y aflora en su interior: no se adquiere más que lo que se da, la caridad es un don de Dios 40.

34 Vicente de Paúl se instaló jurídicamente el 1 de agosto de 1617: cf. acta de toma de posesión de la parroquia de Chátillon-des-Dombes: S.V. XIII, 43-45.

35 Cf. S.V. XIII, 47.

38 Señalemos que Beynier vivía «en el libertinaje que la gran cantidad

de bienes, su juventud y sus frecuentaciones le inspiraban»: S.V. XIII, 47.

37 S.V. IX, 243.

38 L. Abelly, 1, 1. I, 46.

39 A. Dodin, 56, 63.

40 «Lo que se hace por caridad se hace por Dios, y si somos dignos de emplear lo que poseemos en la caridad, es decir en Dios, que nos lo ha dado, será para nosotros una gran felicidad; le daremos gracias por ello y

218 El descubrimiento de los pobres

La doble experiencia de Gannes y de la misión de Folleville llevarán a Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la mi­sión (1625), a organizar las misiones, los ejercicios para ordenan-dos (1628), la asociación de sacerdotes de la «Conferencia de los martes» (1633), los seminarios (1641) para poner en práctica los decretos del concilio de Trento, la reforma del clero y del episcopa­do. La solidaridad y la «subsidiaridad» entre los miembros de la comunidad y de la iglesia y la interdependencia de ministerios y de obras serán para él una exigencia 41.

La experiencia del sermón de Chátillon (las grandes obras vi-cencianas han nacido de un discurso ardoroso, ha señalado con exactitud Atonio Rédier) y la experiencia de una caridad mal or­ganizada, conducirán a Vicente de Paúl a fundar las Damas de la Ca­ridad (1617) y la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633). En 1638 organizará la obra tan necesaria y urgente de los niños expósitos. De 1639 a 1660 lanzará una campaña de ayuda y orien­tará la acción caritativa en las provincias saqueadas y devastadas por la guerra. Todas estas creaciones serán expresión y prueba de la concientización profunda de Vicente. Esta concientización re­cuerda aún hoy la gran preocupación de este organizador de la ca­ridad: organizar la sociedad en función de los pobres y ayudarles por todos los medios a salir de su pobreza 42. La interdependencia,

bendeciremos a su infinita bondad»: L. Ab4ry, 1, 1. ..II, 109; cf. S.V. XI, 337; XII, 285.

41 «¡Oh bondad divina! Unid todos los corazones de la pequeña Com­pañía de la misión y después mandad lo que os plazca. La dificultad les será dulce y todo empleo fácil, el fuerte aliviará al débil, y el débil amará al fuerte y le obtendrá de Dios acrecentamiento y fuerza; y de esta manera, Señor, vuestra obra se realizará para agrado vuestro y edificación de vuestra iglesia, y vuestros obreros se multiplicarán, atraídos por el perfume de una gran caridad»: S.V. III, 257 (carta escrita el 13 de diciembre de 1647 al padre Blatiron); cf. S.V. XII, 271; III, 201.

42 Cf. Conferencia a las Hijas de la Caridad sobre la explicación del reglamento del 14 de junio de 1643: «Debéis pensar, con frecuencia, que vuestro trabajo principal y lo que Dios os pide de manera especial es tener la gran preocupación de servir a los pobres, que son nuestros señores. ¡Oh! sí, hermanas, son nuestros maestros. Por eso debéis tratarlos con dulzura y cordialidad, pensando que Dios os ha reunido y asociado para eso, para eso ha creado Dios vuestra Compañía. Debéis preocuparos, en lo que de vosotras depende, para que no les falte nada, tanto en lo referente a la salud del cuerpo como a la salvación del alma. Qué felicidad la vuestra, hijas mías, el que Dios os haya destinado para esto durante toda vuestra vida…»: S.V. IX, 119; cf. IX. 324 594, 59-60; X, 667-668.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 219

la interferencia, entre los miembros de la sociedad y del cuerpo místico exigen solidarizarse con los demás 43. Las fórmulas vicen-cianas incisivas y exigentes nos recuerdan el radicalismo de las enseñanzas evangélicas: «Dios no soporta la unión con él, si se to­lera la desunión con sus miembros» 44. La unión y el amor al pró­jimo realizan la unión con Dios: «Si tenemos amor, debemos ma­nifestarlo llevando a los hombres a amar a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo». «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucris­to» 45.

A partir de estas dos revelaciones Vicente de Paúl hablará so­bre todo de Dios a través de la «usura de su ser». Trabajará todo el día y una parte de la noche para responder en toda circunstan­cia a las exigencias del «reino de Dios», que se manifiesta siempre en beneficio de los pobres.

Sin ruido de palabras, Vicente nos introduce en el misterio del amor humano y silenciosamente nos confiesa que los pobres nos revelan la verdad del hombre. En él descubrimos cómo una «obra» se encuentra ‘siempre en la convergencia donde se organiza un movimiento del dinamismo humano, una doctrina, una orga­nización ingeniosa y minuciosa de personas y de dones. Y nosotros creíamos que Vicente de Paúl era ¡el «santo de la beneficencia»!

Otra vez en casa de los Gondi

Durante los seis meses que Vicente de Paúl pasa en Chátillon, la perplejidad y la angustia se originan en la casa de los Gondi y la desolación parece alcanzar en ella su paroxismo. Vicente informa por carta al señor de Gondi de su plan de no volver a su casa «. El general de las galeras transmite la decisión de Vicente a su mujer.

La misma doctrina cuando se dirige a los misioneros: A imitación de Jesucristo y de los santos, los sacerdotes se deben ocupar de los pobres: cf. S.V. XII, 87; XI, 202; XII, 263-263 V, 68.

El mismo espíritu cuando se dirige a las Damas de la Caridad: cf. S.V. XIV, 126; XIII, 810-811, 769, 770-771, 773, 786, 796, 797; IV, 85.

43 Cf. S.V. XII, 271. «Nuestro Señor Jesucristo es suavidad eterna de hombres y de ángeles, y debemos ir hacia él por esta misma virtud condu­ciendo a los demás»: L. Abelly, 1, 1. III, 183.

44 Cf. S.V. III, 178 (carta del 24 de abril de 1647).

45 S.V. XII, 262; XII, 127.

46 Cf. S.V. I, 21.

220 El descubrimiento de los pobres

Esta, después de haber recibido la noticia se acongoja. Manuel de Gondi responde a Vicente de Paúl y le suplica que vuelva 47. La se­ñora de Gondi también le escribe: está angustiada, enferma, se va a morir. El fugitivo será responsable delante de Dios de su muerte, de su condenación y de todo el bien que no haga, por falta de ayuda, de la salvación de toda la familia y de otras mu­chas personas, con las que él podrá ejercitar la caridad 48. Para in­tentar conseguir la vuelta de Vicente, visita varias veces a Bérulle, le habla de la necesidad que tiene de la presencia y de los consejos de su director y le hace prometerle que empleará toda su convic­ción para persuadirle de que vuelva. Con el mismo fin moviliza al arzobispo de París, a sus parientes próximos, a varios doctores y re­ligiosos… Bérulle termina por escribir a Vicente. El 17 de octubre los Gondi envían al señor Dufresne para que hable con él. Des­pués de la conversación, Vicente consulta al padre Bence, quien le aconseja volver a París y consultar en la capital a quienes le «conocen bien» y poder llegar a descubrir la voluntad de Dios. El párroco termina por abandonar Chátillon. Llega a París el 23 de diciembre y consulta a Bérulle y a otros eclesiásticos «. La víspera de navidad vuelve de nuevo a casa de los Gondi co­mo capellán de sus tierras y, pronto, el 1619 como capellán gene­ral de las galeras del rey. De 1619 a 1625, ejerce esta doble fun­ción y se encamina hacia su obra propia.

Objeción de un hereje en Montmirail (1620)
Misión en Marchais (1621)

El capellán de las tierras de Gondi se rodea de otros hombres, quienes le ayudan en las misiones y le estimulan con su presen­cia 50. La señora de Gondi no sólo aprueba sus trabajos, sino que

47 «Solamente le ruego considere que parece ser voluntad de Dios que por su medio tanto el padre como los hijos sean hombres de bien»: S.V. I, 23.

48 Cf. S.V. I, 22.

49 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 40, 43-45.

° Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 47, 57; S.V. XII. 8.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 221

los financia materialmente 51, al mismo tiempo que visita y socorre ella también a los enfermos 52.

Durante una misión en Montmirail, un día del año 1620, un hereje «rebelde a todas las argumentaciones», pretende que la igle­sia de Roma no está conducida por el Espíritu santo, porque aban­dona a los pobres. Su argumentación es simple, constata un hecho, incluso si exagera un poco: «Se ve a los católicos de la campiña abandonados a unos pastores viciosos e ignorantes, sin estar instrui­dos en sus obligaciones, sin que la mayoría sepa siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de monjes que no hacen nada, y quizás en París se encuentren diez mil, que dejan a estos pobres campesinos en esta ignorancia lamentable, por la cual se condenan. ¿Y usted quiere per­suadirme de que esta manera de obrar esté orientada por el Espíritu santo? Jamás lo creeré» 53. Vicente se siente profundamente afec­tado por esta objeción. Ella le confirma el abandono del mensaje esenical: la línea original de construcción de la iglesia, iglesia-pobres, parece olvidada o perdida. El sacerdocio no es expresión concreta de la iglesia, porque los sacerdotes no se dirigen a los pobres como imágenes de Cristo.

En 1621, Vicente vuelve a Montmirail en compañía de algunos sacerdotes para trabajar juntos en la misión. El hereje, «en quien ya nadie pensaba, tuvo la curiosidad de ver los diversos ejercicios que se realizaban en ella… Advirtió la preocupación empleada en instruir a quienes se encontraban en la ignorancia de las verdades necesarias para salvarse, la caridad desarrollada para acomodarse a la poca capacidad y lentitud de espíritu de los más ignorantes a fin de hacerles comprender, lo mejor posible, lo que debían creer y practicar, y los efectos maravillosos que esto obraba en el corazón de los más grandes pecadores, incitándolos a convertirse y hacer penitencia.

Impresionado en su espíritu, por el modo de obrar de los mi­sioneros, el hereje vino a encontrar a Vicente de Paúl y le dijo: Ahora veo que el Espíritu santo conduce a la iglesia de Roma, por­que se preocupa de la instrucción y de la salvación de los pobres

51 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 35, 66.

52 Cf. Ibid., 1. I, 54.

53 Cf. Ibid., 1. I, 54-55; S.V. XI, 34.

222 El descubrimiento de los pobres

gcampesinos. Estoy decidido a entrar en ella en cuanto tenga a bien recibirme.

Un día Vicente de Paúl, afirma Abelly, contando esto a los misioneros, exclamó: «¡Qué dicha la nuestra, misioneros, verificar, trabajando, como lo hacemos, en la instrucción y santificación de los pobres, que el Espíritu santo conduce a su iglesia» 54.

Cada día que pasa, Vicente no puede dudar más de su misión: descubrir el verdadero rostro de los pobres y ponerse a su dis­posición. Utilizando la voz firme y el tono amenazador del «buen señor Duval»: «servus sciens voluntatem Domini et non faciens vapulabit multis», la voluntad de Dios se manifiesta a Vicente de Paúl 55. El debe fundar la «Congregación de la misión», es decir, «una compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé enteramente a los pobres» «.

Evolución interior de Vicente de Paúl

Entre 1617 y 1621 Vicente de Paúl cambia totalmente de perspectivas y comienza a ser «otro hombre». Si no puede vis­lumbrar entonces las etapas del camino, que debe recorrer, sabe, al menos, en qué dirección Dios le impulsa. Este caminar será unas veces duro, otras violento. Siempre, sin embargo, será recorrido para tratar de descubrir y de realizar la voluntad de Dios.

Esta búsqueda tensa le lleva a aislarse y le conduce a la me­lancolía. La señora de Gondi se preocupa por este comportamien­to 57. Sin duda en este tiempo reflexiona en las consignas transmi­tidas por Bérulle acerca de la abnegación, exigida por la encarnación de Jesucristo y por la pobreza del hombre: «El hombre por sí mis­mo no tiene derecho más que a la nada, al pecado, al infierno… es decir, a la nada de todas las maneras» 58. «Dios nos ha dado a su Hijo único, que es la vida; es necesario que estemos en él y él en nosotros, que vivamos en él y no en nosotros, que seamos de él y no de nosotros» 59. «Estamos salvados por el camino del sacrificio, tam-

54 Cf. ibid., 1. I, 56, 57; S.V. XI, 35, 37.

55 R. Duval, Vie d’André Duval. Manuscrito del Carmelo de Clamart, 44, Apéndice, p. 339.

56 S.V. XII, 80 (6 de diciembre de 1658).

57 Cf. L. Abelly, 1, 1. III, 173.

58 P. Bérulle, 11, col. 1165.

59 Ibid., col. 1163.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 223

bién debemos ser santificados por una forma de sacrificio, que nos santificará a nosotros mismos en Dios» 6°. Dos sermones de Vicen­te de Paúl en esta época nos indican este estado de alma, en el que se debate ansiosamente para despojarse de todo lo que no es Dios: «tan grande es la miseria del hombre… que se deja llevar fácilmente por sus malas inclinaciones y por su sentido corrompido y depravado» 61. «No somos más que gusanos… un soplo, un saco repleto de basura y una cueva de mil malos pensamientos» 62. Pe­ríodo de crisis, de lucha, durante el cual el alma busca denodada­mente abrirse al buen agrado de Dios.

Durante el retiro que hace en Soissons en 1621 63, Vicente bus­ca otro clima interior y para creárselo reflexiona en la doctrina de Francisco de Sales. Durante las misiones que da en las tierras de los Gondi, acompañado de otros sacerdotes, el «impulso de la na­turaleza le asalta». «La continua preocupación de espíritu, confe­sará el 1 de abril de 1642 al padre Codoing, me hizo desconfiar de que la cosa viniera de la naturaleza o del espíritu maligno e… hice un retiro en Soissons, con el fin de que agradara a Dios hacer desaparecer de mi espíritu el placer y la preocupación que sentía por este asunto. Le agradó a Dios escucharme, de manera que, por su misericordia, hizo desaparecer de mí lo uno y lo otro y permitió que cayese en las disposiciones contrarias» «. Compren­de, mejor, siente, que Dios obra suavemente 65.

El trato con los pobres del campo, la convivencia con los sa­cerdotes, que le acompañan en las misiones, le llevan a cambiar de actitud. Comprende que el aislamiento, el rostro tenso, el «humor seco», que le invade, pueden ser un obstáculo para «consolar y dar confianza» a quienes se le acercan. Está preocupado por lo que más tarde calificará de «rostro serio, triste, repulsivo» 66. «Me di­rigí a Dios y le rogué con insistencia que me cambiara este humor seco y repulsivo y que me diera un espíritu dulce y benigno. Y por la gracia de nuestro Señor, con un poco de cuidado que he

60 Ibid., col. 1164.

61 S.V. XIII, 32.

62 S.V. XIII, 36.

63 Cf. L. Abelly, 1, 1. III, 177; S.V. II, 246-247.

64 S.V. II, 246-247.

65 Cf. S.V. IV, 557, 596, 620; XI, 221.

66 S.V. XII, 81.

224 El descubrimiento de los pobres

tenido en reprimir los ardores de la naturaleza, he hecho desapa­recer un poco mi humor negro» 67.

En esta época Vicente encuentra el equilibrio interior en su existencia. Después del retiro de Soissons su caminar se esclarece. Nombrado en 1622 superior-director de las salesas de París 68 y elegido director de la madre J. F. de Chantal, evoluciona en el espíritu salesiano del Tratado del amor de Dios, que llega a cono­cer profundamente’89. Sin embargo su sensibilidad, su vocación particular, su gracia, le conducen en otra dirección y orientan pron­to su caminar a través del desprendimiento.

En 1623, con ocasión de un viaje para misionar en las galeras de Burdeos 70, Vicente va a ver a sus parientes. Después de la visita se siente «durante tres meses» preocupado por el deseo de ayudar a sus hermanos. Esta preocupación invade continuamente su espíritu. Pide a Dios que le libere de esta tentación 71. Al sen­tirse liberado, quiere entrar «en la escuela de Jesucristo» 72 a tra­vés del desprendimiento. De esta manera podrá apoyarse más en Dios y compartir más con los pobres, «ya que un eclesiástico que tiene algo, declara a su familia, se lo debe a los pobres» 76.

Abnegación y desprendimiento, requeridos para descubrir y realizar las exigencias de la voluntad de Dios, orientan de 1625 a 1632 la evolución interior de Vicente. Junto al «santo y sabio se­ñor Duval» intenta ver cada día más claro. A través de las palabras de su director termina por encontrar en 1625 la orientación de­cisiva de su existencia, de acuerdo con el buen agrado de Dios. Las cartas escritas a Luisa de Marillac entre 1628 y 1630 nos revelan que Vicente evoluciona en la purificación del sentimiento. Para conseguirlo, se ejercita en el desprendimiento, que une a la volun­tad de Dios.

Luisa de Marillac se preocupa excesivamente por su hijo. Esta preocupación llega a «inquietar su espíritu». Vicente le recomienda que se «entregue totalmente al querer y no querer de nuestro

67 L. Abelly, 1, 1. III, 177-178.

68 Cf. Ibid., 1. II, 314.

69 Cf. S.V. XIII, 71.

70 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 60.

71 Cf S.V. XII, 219-220.

72 S.V. XII, 220.

73 S.V. XII, 219.

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 225

Señor» 74. El 19 de febrero de 1630 insiste: Tiene que trabajar ante Dios para desprenderse «de la excesiva ternura» por su hijo, «porque sólo sirve para turbar el espíritu y le priva de la tranqui­lidad, que nuestro Señor quiere que tenga en su corazón, y del desprendimiento del afecto de todo lo que no es él. Hágalo, pues, se lo suplico… puesto que Dios no quiere de ninguna manera que usted se interese» por su hijo, «a no ser de un modo depen­diente y suave» 75.

Sin rechazar la espiritualidad de Francisco de Sales, Vicente de Paúl pasa muy pronto del «amor afectivo» al «amor efectivo». Abelly, sin olvidar señalar la práctica de Vicente de Paúl de «no pararse en las apariencias», sino de ir al fondo de las cosas, y la riqueza afectiva de «su corazón compasivo» 76, nos informa de una máxima profundamente arraigada en el interior de su biografiado: el «amor afectivo» es estéril, si no pasa a ser efectivo. Esta convic­ción se fundamenta en una consigna comunicada a Vicente de Paúl: «Totum opus nostrum in operatione consistit». Repetía con frecuencia estas palabras y decía haberlas aprendido de un gran servidor de Dios, quien, al encontrarse en su lecho de muerte, co­mo le pidiera alguna palabra de edificación, le respondió, que veía claramente en esta hora que lo que algunas personas juzgaban ser contemplación, arrebatos, éxtasis… movimientos agónicos, visio­nes deíficas, no eran más que humo… Ello provenía de la curiosi­dad engañosa o de los resortes naturales y de un espíritu con cierta tendencia y facilidad para el bien. Sin embargo la señal cierta del amor a Dios es la acción buena y perfecta» 77.

A través de rupturas, lentamente, el caminar de Vicente se esclarece y se arraiga. Entre sus 32 y 36 años se ve impulsado a cambiar el objetivo de su vida. Progresivamente adquiere su «pru­dencia» que le permitirá descubrir con lucidez y energía los dis­fraces de la «naturaleza engañosa» y desenmascarar los mejores enemigos que invaden su interior. En su edad madura, con un gran discernimiento de espíritu y sin ninguna concesión, expulsará sin hisopos y sin convulsiones los «demonios familiares» que habitan en el interior del hombre. En contraposición y en su lugar, intro-

74 S.V. 1, 37.

75 S.V. I, 76; cf. S.V. I, 583-584.

76 L. Abelly, 1, 1. I, 75.

77 Ibid., I. I, 82.

226 El descubrimiento de los pobres

ducirá el deseo de no buscar más que a Dios 78 y probará este deseo de amor a Dios con actos 79. La adaptación flexible a todas las exi-

78 Vicente de Paúl experimenta cierta tortura al dirigirse a Dios. Su medio espiritual tiene ciertos rasgos de agustinismo. Escuchémosle: «…Des­pués de habernos examinado profundamente acerca de la corrupción de nuestra naturaleza, de la ligereza de nuestro espíritu, de las tinieblas de nues­tro entendimiento, del desorden de nuestra voluntad y de la impureza de nuestros afectos, y después de haber pesado en la balanza del santuario nuestras obras y realizaciones, encontraremos que todo esto es digno de menosprecio… ¿Qué se puede esperar de la flaqueza del hombre? La nada. ¿qué puede producir? ¿Qué puede producir el pecado? ¿Y acaso somos otra cosa?…»: S.V. XII, 207; cf. X, 136; XII, 114, 457; XIII, 146.

El señala en el hombre, en primer plano, el conflicto carne-espíritu: cf. S.V. XII, 268-270, 352-353. Concibe el trabajo de la perfección como una mortificación vivificante, que logra perfectamente su resultado cuando alguien se vacía de sí mismo para llenarse de •Dios: cf. S.V. XI, 2.

En el sermón que se conserva de Vicente de Paúl sobre la comunión, se lee: «…No somos más que gusanos que se arrastran por la tierra, un saco repleto de basura y una cueva de mil pensamientos malos»: S.V. XIII. 36. «He temido toda mi vida, afirma, encontrarme en el origen de alguna here­jía… Siempre he tenido este temor de encontrarme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta. Sí, toda mi vida, he temido esto»: S.V. XI, 37.

«Lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos nos pueden engañar, pero las verdades de Dios jamás nos engañan»: S.V. IX, 252. Por el contrario afirma: «No hay palabra en la santa Escritura de la que no se pueda sacar algún provecho, si se explica y se medita bien»: S.V. XII, 135. Vicente pesa todas sus acciones en la balanza del santuario, verifica todos sus pasos: cf. S.V. II, 282; III, 163. El se «recrea» en su visión de fe y de Cristo y esta nueva visión determina en él una manera distinta de ser y sobre todo de conocer: «Sólo las verdades eternas son capaces de llenarnos el corazón y de conducirnos con seguridad. Creedme, no hay más que apoyarse sólida y profundamente en una de las perfecciones de Dios… Las luces de la fe van siempre acompañadas de una unción totalmente celeste que se difunde secretamente en los corazones de los oyentes; y de aquí se puede juz­gar si no es necesario, tanto para nuestra perfección como para procurar la salvación de las almas, acostumbrarse a seguir siempre en todas las cosas las luces de la fe»: S.V. XI, 31; cf. XII, 32; VII, 388.

79 El sentido de Dios y el amor al prójimo sostiene el esfuerzo de la organización de la vida interior y de la acción de Vicente de Paúl. Alternati­vamente descifra el presente por los dogmas concretos e históricos de la encarnación y de la redención y por el dogma abstracto de la provi­dencia.

En la naturaleza de Dios, Vicente de Paúl distingue un aspecto transcen­dente: Dios obra en el mundo y organiza todo para conseguir lo mejor, pero el hombre no siempre percibe este mejor, cf. S.V. XI, 415. El otro aspecto es el inmanente: Este manifiesta la táctica, el modo de obrar de Dios. Vicente descubre que Dios utiliza medios humildes, actúa lentamente y su obra es compleja, multiforme, a veces desconcertante en su desarrollo.

La originalidad de Vicente de Paúl se encuentra en el paso rápido d, un extremo al otro, de lo temporal a lo espiritual, de las cosas de Dios a 1 asuntos temporales. En la organización de la acción es siempre la mis

Etapas de la experiencia religiosa de Vicente de Paúl 227

gencias y manifestaciones de la voluntad de Dios será la única señal cierta de la autenticidad del amor. Por eso Vicente denuncia sin componendas todas las ilusiones del amor propio alimentadas por la naturaleza: las buenas resoluciones 80, los grandes sentimien­tos, las inclinaciones de las personas propensas a querer disfrutar continuamente de éxtasis y visiones deificas 81, el desprecio por la actividad exterior, provocada por la comodidad y la pereza 82, la repetición de actos para sentirse sumergido en las consolaciones y en la presencia de Dios 83, donde el amor propio y el demonio sa­len ganando 84, el retiro para buscar una contemplación que aísle del apostolado, del ejercicio de la caridad 85. Todo esto no es más

flexibilidad, el mismo movimiento que pone en juego: cf. S.V. I, 475 (carta escrita al padre Portail, fechada el 28 de abril de 1638); S.V. XI, 349-351 (avi­sos dados al padre Durand, nombrado superior del seminario de Agde a los 27 años en 656); S.V. XII, 110-111 (conferencia a los misioneros, el 13 de diciembre de 1658)

8° Cf. S.V. II, 190; XI, 40-41. «Se nos leía hoy en el refectorio que las virtudes meditadas y no practicadas nos son más perjudiciales que útiles»: S.V. VII, 363-364 (15 de noviembre de 1658). Cf. san Francisco de Sales, 145, III, 83; 146, V; II, 83.

81 «…Hay muchas personas que por tener una apariencia piadosa y es­tar llenas de grandes sentimientos de Dios se quedan satisfechas y cuando se enfrentan con la realidad y se encuentran ante las ocasiones de obrar, se quedan cortas. Se pavonean de su imaginación calenturienta; se contentan de las dulces conversaciones que tienen con Dios en la oración; hablan incluso de ellas como si fuesen ángeles, pero fuera de eso, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a los pobres, de ir a buscar la oveja perdida… entonces, desgraciadamente, la persona no existe, les falta dinamismo. ¡No, no! No nos engañemos: `toturn opus nostrum in operatione consistit’»: S.V. XI, 40-41. «La sensualidad se encuentra por todas partes, no solamente en la búsqueda de la estima del mundo, de las riquezas y de los placeres, sino también en las devociones, en las acciones más santas, en los libros, en las estampas, en una palabra, se disfraza por todas partes…»: S.V. XI, 71; cf. X, 403.

82 «¡Ay de aquel que busca sus satisfacciones! ¡Ay de aquel que huye de las cruces!… Quien no da importancia a las mortificaciones exteriores, di­ciendo que las interiores son mucho más perfectas, manifiesta claramente que no es en absoluto mortificado ni interior ni exteriormente»: S.V. XI, 71; cf. S.V. XI, 40-41.

83 Cf. S.V. XI, 216-217.

» Cf. S.V. XI, 219-220; I, 95-96; III, 163.

85 Tratando de calmar el espíritu de un joven misionero tentado de abandonar la vida apostólica para entrar en la cartuja, Vicente de Paúl le escribe el 15 de junio de 1647: «La iglesia tiene bastantes personas solitarias por su misericordia y demasiadas inútiles y más todavía que la desgarran: su gran necesidad es tener hombres evangélicos que trabajen en purificarla, iluminarla y unirla a su divino esposo»: S.V. III, 202; cf. III, 346-347; XII, 127, 261-262.

228 El descubrimiento de los pobres

que «humo», si no se encuentra en ello la preocupación de buscar y de realizar el plan de Dios y el amor al prójimo.

Estas convicciones, experimentadas en el don a Dios para ser­virle en la persona de los pobres, permitirán a Vicente de Paúl descubrir las llamadas que Dios le transmitía a través de los acon­tecimientos. La abertura constante a la miseria humana movilizará su sensibilidad y su espíritu y le permitirá ampliar progresivamente su campo de acción y establecer una doctrina.

  1. DOCTRINA Y ACCIÓN EN UNA VIDA: LAS LLAMADAS DE DIOS

El primer intento, realizado por L. Abelly en 1664 y 1667, en orden a caracterizar la espiritualidad de Vicente de Paúl, parte de dos afirmaciones: imitación de Jesucristo, conformidad a la voluntad de Dios’.

La lectura de las 8.000 páginas de los escritos y conferencias de Vicente de Paúl nos hacen discernir dos opciones fundamenta­les: vivir en Cristo, obrar en él y por él 2 y orientar la existencia

1 Abelly, primer biógrafo de Vicente de Paúl, escribe en 1664: «El (Vi­cente de paúl) se había propuesto a Jesucristo como único modelo de su vida…»: L. Abelly, 1, 1. I, 78. Y en el libro III, p. 32, declara: «se puede decir que esta conformidad de su voluntad con la voluntad de Dios era la virtud propia, principal y general de este santo hombre que influenciaba a todas las demás; era el resorte principal que hacía obrar a todas las facul­tades de su alma, y a todos los órganos de su cuerpo; era el primer móvil de todos sus ejercicios de piedad, de todas sus santas prácticas, y general­mente de todas sus acciones…».

2 «Nada me agrada, si no es en Jesucristo», declara Vicente de Paúl: L. Abelly, 1, 1. I, 78; cf. S.V. I, 295 (1 de mayo de 1635). «Nuestro Señor posee abundantemente todas las virtudes… No sólo para él, sino para quie­nes emplea en sus designios y ponen toda confianza en su ayuda»: S.V. V, 484 (17 de diciembre de 1655). «Ruego a nuestro Señor que sea la vida de nuestra vida y la única pretensión de nuestros corazones»: S.V. VI, 563 (26 de octubre de 1657); cf. S.V. VIII, 149, 178. «Ruego a nuestro Señor que él mismo sea vuestra fuerza y vuestra vida, como lo es de todos los que se alimentan de su amor»: S.V. VIII, 15. «¿No debemos darnos a él en este momento para agradarle y para obrar en adelante en él y por él? Es el Dios de las virtudes»: S.V. XII, 154 (7 de marzo de 1659). «Encomiendo a sus oraciones lo mismo que a las de toda la pequeña Compañía, para que nuestra Señor cumpla en ella y por ella su muy santa voluntad»: S.V. VIII, 424 (3 de agosto de 1660); cf. S.V. III, 392; IV, 81; VIII, 231; XI, 342-351: XII, 132.

Las llamadas de Dios 229

y la actividad humanas para realizar lo más perfectamente posible el «reino de Dios» en este mundo 3.

Vicente de Paúl no ha creado todas las piezas de su espiritua­lidad, pero les ha dado su forma, su solidez, más exactamente su sensibilidad y su espíritu.

Su espiritualidad se sitúa en la encrucijada de sus ideas mani­festadas a través de sus diversos registros de expresión y en el ca­minar de su destino terrestre. Se desarrolla y se define a través de la realidad doctrinal, sociológica y psicológica de su época. La originalidad y la riqueza de su espíritu se encuentran más en su vida y en su experiencia que en su doctrina.

Maestros espirituales de Vicente de Paúl

Como todo autor espiritual, Vicente de Paúl es deudor de sus predecesores y de sus contemporáneos. Olvidar hacer una referen­cia a los maestros que le guiaron e inspiraron, sería aislar su es­piritualidad de la corriente espiritual occidental. Este aislamiento podría impedir comprender la originalidad de la vida, de la acción, de las palabras de Vicente de Paúl con relación a sus predecesores y contemporáneos.

  1. La influencia de Bérulle ayudó a Vicente de Paúl a escla­recer y modelar su espíritu dentro de la «religión del Verbo En­carnado». Esta «religión del hijo de Dios» le permite ajustar su existencia y su enseñanza al movimiento dinámico de la encarna­ción. Al mismo tiempo le descubre el sentido de la transcedencia de Dios, que exige del hombre una actitud de adoración, de don, de búsqueda incesante de la voluntad divina, de abnegación, de humildad. Sólo por una referencia al berulismo se puede compren­der la perspectiva evangélica de Vicente de Paúl y descifrar el significado de las fórmulas vicencianas: «Démonos a Dios para servir a los pobres», «para ayudar a los eclesiásticos», «para ir a misiones». Sin esta referencia esclarecedora, la expresión vicen-ciana «en nombre de nuestro Señor Jesucristo», no podría reve­larnos el origen y el término del dinamismo espiritual y de la acción de Vicente de Paúl.

3 Cf. Conferencia a los misioneros sobre la «Búsqueda del reino de Dios»: S.V. XII, 131, 132…; III, 202; XI, 41; XII, 261-262, 307-308.

230 El descubrimiento de los pobres

  1. Si no se hace ninguna referencia a la imantación poderosa ejercida por Francisco de Sales en Vicente de Paúl, no podemos comprender ni los mejores enemigos que este último transporta en su interior, ni su compasión, reveladora de un agradecimiento y de una generosidad. Ella nos hace soñar cada vez que la encontramos en Vicente: «Los movimientos de cólera, los asaltos de este fuego, decía a los misioneros, enturbian el alma y hacen que uno sea lo que no era… Yo hablo alto y secamente» 4. Este Vicente nos hace olvidar al otro Vicente, al mejor, el que declaraba a Antonio Por-tail: «Ha sido necesario que nuestro Señor haya prevenido con su amor a quienes ha querido que crean en él… Hagamos todo lo que queramos; nadie creerá jamás en nosotros, si no testimonia­mos un amor y una compasión a quienes queramos que nos crean» 5. Esta imantación poderosa invitó a Vicente de Paúl a so­bresalir en la bondad y dulzura, virtudes que revelaban a sus ojos, más que todas las demás, la bondad divina del hijo de Dios. Por esta razón suplicaba a Dios que imprimiera en su corazón la «di­lección» y «que ella sea, continuaba él, la vida de mi vida y el alma de mis acciones». Soñaba y oraba pensando en aquellos a quienes Dios ha prevenido con su gracia y les ha dado un «acceso cordial, dulce y amable, por el cual parecen ofreceros su corazón y pediros el vuestro» 6.
  2. No se puede ignorar que la Régle de perfection de Benito de Canfeld, publicada en París en 1609, fue «el breviario» de Vi­cente de Paúl. Esta obra, digámoslo de paso, fue «el libro de ca­becera» de los grandes espirituales del siglo xvii. Vicente la meditó en compañía de su director, Andrés Duval. Si durante 30 años hace alusión a la divina voluntad de Dios, es porque adopta a este ca­puchino, convertido del puritanismo inglés, como un maestro de vida espiritual y de pensamiento. Cuando el 7 de marzo de 1659, explica la doctrina de la voluntad de Dios a los misioneros, Vicen­te acaba de leerle y las expresiones utilizadas son del maestro ca­puchino ?. Sin esta referencia no se puede comprender al santo y prudente Vicente de Paúl.

4 S.V. XII, 186-187 (28 de marzo de 1659).

5 S.V. 1, 295.

e S.V. XII, 189 (28 de marzo de 1659); XII, 263.

7 Cf. S.V. XII, 150-165; B. Canfeld. 160, I, 37-41, 42, 49.

Las llamadas de Dios 231

  1. Olvidar la influencia del bueno y sabio Andrés Duval, pro­fesor de teología en la Sorbona, no sólo en el campo de la acción, sino también en el de la espiritualidad de Vicente de Paúl nos lle­varía a no comprender perfectamente su acción y su caminar con­creto. «Todo es santo en el señor Duval», decía Vicente. No du­daba en proponerle como modelo de los misioneros: «Los buenos misioneros deben ser santos y sabios como el señor Duval».
  2. Para terminar la lista de los grandes maestros de Vicente, es necesario no olvidar la influencia de los místicos renano-flamen-cos. La mística del anonadamiento asegura para Vicente de Paúl como para san Juan de la Cruz y los místicos renano-flamencos la autenticidad de la comunión con Dios. Seguro y tenaz repite: «Con frecuencia os he anunciado de parte de Jesucristo, que desde el momento que un corazón está vacío de sí mismo, Dios lo llena» 8. «Nuestro Señor y los santos hicieron más padeciendo que obran­do» 9.

Tratando de comprender su fisonomía propia debemos buscar­le a través del carácter particular que Dios le dirigía, sin olvidar contemplarle bajo el prisma vivificante de la doctrina paulina del «revestimiento de Cristo», regla de su vida y de su acción. Porta­doras de vocación y de misión estas llamadas se imponen a Vicente de Paúl modelando su espíritu y orientando su acción en este mundo:

  1. Cristo pobre, evangelizador de los pobres.
  2. La necesidad y los acontecimientos son los signos más in­discutibles de la voluntad divina.
  3. El trabajo continuo de Dios y de Cristo invitan al hom­bre a colaborar en la creación continua.
  4. Cristo, evangelizador de los pobres

Si se hubiese preguntado a Vicente de Paúl su pasaje preferido del evangelio y la imagen de Cristo en la que hubiese fijado su

8 S.V. XI, 312 (septiembre de 1655).

9 S.V. II, 4 (carta escrita a Luis Abelly, el 14 de enero de 1640).

232 El descubrimiento de los pobres

mirada, sin duda hubiera respondido recordando el versículo 18 del capítulo iv del evangelio de san Lucas: «El Espíritu del Se­ñor está sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres». Estamos seguro de ello. Por esta razón identificamos la primera de las llamadas dirigidas por Dios a Vicente con ésta de Cristo, que realiza la esperanza mesiánica. La consigna inscrita en el blasón de la Congregación de la misión, reproduciendo la pro­fecía de Isaías, que Cristo se aplica el día de su predicación en Nazaret, nos manifiesta la preocupación de Vicente de Paúl y la opción de su vida, su preferencia, uno de los ejes en que se apo­yan su experiencia, su acción y su doctrina. Este Cristo pobre, re­presentado por los pobres, dirigiéndose preferentemente a los po­bres y declarándose su evangelizador, polariza de manera privile­giada la conciencia vicenciana «.

Sabemos que la vida de Vicente es experiencia 11 y reconoce­mos que esta experiencia desarrolla y confirma en él una doctrina. Esta experiencia nos explica el movimiento profundo de su exis­tencia, centrado más en elaborar un arte de vivir, que en deducir los principios de una doctrina espiritual estructurada. Para él una teología de la fe se funda en ciertas actitudes y se desarrolla cuan­do se entra en el movimiento de la encarnación de Cristo. Esta

lo Cf. S.V. XII, 79-83 (Conferencia sobre el fin de la Congregación de la misión, 6 de diciembre de 1658). «Ustedes saben que nuestro Señor quiso soportar todas las miserias. Tenemos un pontífice, dice san Pablo, que sabe compartir nuestras enfermedades, porque e mismo las soportó. Sí, ¡oh sabi­duría eterna!, habéis querido experimentar y cargar sobre vuestra inocente persona todas nuestras pobrezas. Saben, padres, que lo hizo para santificar todas las aflicciones a las que estamos sometidos, y para ser modelo y proto­tipo de todos los estados y condiciones de los hombres. ¡Oh, Salvador mío!, vos que sois la sabiduría increada, habéis conocido y abrazado nuestras mi­serias, confusiones, humillaciones e infamias, exceptuado la ignorancia y el pecado…»: S.V. XI, 23-24; cf. XII, 264-265; XI, 74; L. Abelly, 1, 1. III, 123.

«Quien dice un misionero, dice un hombre llamado por Dios para sal­var las almas, porque nuestro fin es trabajar en su salvación, a imitación de nuestro Señor Jesucristo, que es el único verdadero redentor y quien ha realizado perfectamente este dulce nombre de Jesús, es decir Salvador. Vino del cielo a la tierra para ejercer esta función, y hacer de élla el tema de su vida y de su muerte, y realizar incesantemente esta cualidad de Salvador… Mientras vivía en la tierra orientaba todos sus pensamientos hacia la sal­vación de los hombres, y todavía continúa en los mismos sentimientos, por que en esto consiste el cumplimiento de la voluntad de su Padre…»: Abelly, 1, 1. III, 89-90.

11 Cf. S.V. II, 282; III, 361; XII, 218, 170-171, 398.

Las llamadas de Dios 233

convicción le obliga a estar atento a la realidad, a través de la cual Dios obra y se manifiesta, y a responder a través de ella a las exigencias, que reclama la continuación de la misión de Jesucristo. Por eso, cuando se convence que debe remediar la ignorancia de los pobres y de los sacerdotes, se esfuerza en descubrir las dispo­siciones que reclaman esta misión. Dos expresiones familiares tra­ducen la evolución de la fe de Vicente y distinguen sus etapas: «Es necesario darse a Dios», es necesario «hacerse agradable a Dios» 12 para servir a los pobres… para ir a misiones… «Es ne­cesario revestirse del espíritu de Jesucristo» para predicar al pueblo, dirigir los seminarios, ayudar a los eclesiásticos… 13, es necesario revestirse de las disposiciones que el Verbo encarnado tenía con respecto a su Padre y con relación a los hombres, para continuar la misión de Jesús 14.

Actitud inspiradora

Esta obra mesiánica de Jesús hay que continuarla. Para Vicen­te de Paúl solamente hay un movimiento inspirador: dirigirse a Jesucristo, disponerse sobrenaturalmente para continuar la misión de Jesús 15. Concibe esta actitud inspiradora como una manera de volverse incesantemente hacia Cristo a través del cual el Espíritu de Dios pasa para re-crear el mundo. Su consigna es: «Es necesa­rio obrar en él y por él» 16.

La misión de Jesucristo de anunciar la buena nueva a los po­bres se inscribe en lo más profundo de la conciencia de Vicente. Orienta su comportamiento, su moral y su política. Por eso no se

12 Cf. S.V. XI, 50, 74, 100; XII, 56, 78, 134, 146, 166, 322, 323, 354, 389, 403, 409.

13 «¡Oh Salvador! ¡Ah, padres! Revestirse del espíritu de Jesucristo, exige un gran esfuerzo. Quiere decir que, para perfeccionarnos y asistir útilmente al pueblo, para servir con provecho a los eclesiásticos, nos es ne­cesario imitar la perfección de Jesucristo y tratar de conseguirla. También quiere decir que en esto no podemos nada por nosotros mismos. Es preciso llenarse y estar animados de este espíritu de Jesucristo»: S.V. XII, 107-108; cf. XI, 343-344; IV, 393…

14 «Nuestro Señor Jesucristo es el verdadero modelo y el gran cuadro invisible sobre el cual debemos formar todas nuestras acciones»: S.V. XI, 212; cf. XII, 108-111, 112-113, 75-79…

15 Cf. S.V. XII, 366-367, 372, 379; XI, 212…

16 Cf. S.V. XII, 154, 166, 183.

234 El descubrimiento de los pobres

puede continuar esta misión sin dejarse iluminar e instruir por la persona de Cristo: «Nuestro Señor es la regla de la misión», con­fiesa sencilla y profundamente Vicente de Paúl 17.

En la contemplación del movimiento de la encarnación, Vicen­te descubre las motivaciones que le impulsan a imitar a Cristo: «Contemplemos .a’l hijo de Dios; ¡oh, qué corazón de caridad!, ¡qué llama de amor! Decidnos un poco, si os parece, Jesús, qué os ha traído del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra, tantas persecuciones y tormentos como habéis padecido en ella. ¡Oh, Sal­vador! ¡oh fuente del amor humillado descendido hasta nosotros y hasta llegar a sufrir un suplicio infame! ¿quién ha amado tanto al prójimo como vos en todo esto? Habéis venido a exponeros a todas nuestras miserias, a asumir la forma de pecador, a llevar una vida sufrida y sufrir una muerte vergonzosa por nosotros; ¿puede haber amor semejante? Pero, ¿quién podría amar de ma­nera tan excelsa? No hay nadie, más que nuestro Señor, que esté tan enamorado del amor de las criaturas, que llegue a dejar el tro­no de su Padre para asumir un cuerpo sometido a las enfermeda­des. ¿Y por qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y palabra la caridad para con el prójimo. Este amor le crucificó, le hizo realizar esta producción admirable de nuestra redención, ¡Ah!, padres, si tuviésemos un poco de este amor ¿permanecería­mos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos perecer a quienes po­dríamos asistir? ¡Ah! no, la caridad no puede permanecer inactiva, sino que nos fuerza a trabajar en la salvación y en la consolación de los demás» 18.

Para realizar la misión de evangelizar a los pobres, Jesucristo no sólo les anunció su mensaje, sino también los sirvió. Vicente hace cobrar conciencia a los misioneros 19 y a las Hijas de la Ca­ridad 2° de las exigencias concretas que reclama este servicio. En esta perspectiva el 19 de julio de 1640 el fundador adopta para las hermanas la fórmula en vigor entre los hermanos de san Juan de Dios: «Los pobres son nuestros señores y maestros» 21.

17 S.V. XII, 130.

18 S.V. XII, 264-265; cf. XI, 23, 32.
18 Cf. S.V. XI, 202; XII, 87; V, 68…

20 Cf. S.V. IX, 59-60, 244-246, 324-325, 592-593, 594; X, 667-668.

21 S.V. IX, 25, 26, 59.

Las llamadas de Dios 235

Una perspectiva sobrenatural: una visión de fe

La intención más profunda y delicada de Vicente de Paúl es el esfuerzo desarrollado para comunicar y compartir su experiencia. Por eso sus disertaciones no son ni una explicación de conceptos ni un sistema entrelazado de argumentos racionales. Para él es inú­til agotarse en razonamientos. Su objetivo se centra en impulsar a amar y sobre todo a obrar 22. Sencillamente, pero muy tenazmente, afirma que lo esencial de la vida apostólica y misionera es el «don a Dios» para su servicio. No olvida declarar que el complemento esencial de este don, es ponerse al servicio de Dios en y a través del servicio a los demás 23.

El resorte de esta vitalidad, que dinamiza la actividad de Vi­cente de Paúl, se encuentra en la persona y en la doctrina de Je­sús. Para él el primer valor moral es el sentido de la exigencia vital, de abertura, de don, que orienta y anima al evangelio. Es preciso partir de las «verdades evangélicas», de «las verdades de Dios», de su visión de Cristo 24, para descubrirle en búsqueda del «reino de Dios», en búsqueda de la continuación de la misión de Cristo.

Escuchemos a Vicente de Paúl: «Si nos atenemos a las máxi­mas de nuestro Señor, edificaremos sobre roca inamovible» 25. Por el contrario, «las máximas del mundo son poco consisten­tes» 26. Dios nos hace comprender «en qué medida la prudencia humana es engañadora» 27. Es preciso comenzar por la fe. Al final de la búsqueda será necesario concluir: «Unicamente las verdades eternas son capaces de llenar nuestro corazón, de conducirnos con seguridad. Las luces de la fe van siempre acompañadas de cierta unción totalmente celeste, que se derrama secretamente en los co-

22 Cf. S.V. III, 202; XI, 40-41, 348-349; XII, 261-262, 264-265, 127.

23 Cf. S.V. II, 97; XI, 27, 131; XII, 79, 131…

24 Cf. S.V. VII, 388; XI, 31-32, 212.

25 «Si nos atenemos a las santas máximas de nuestro Señor, edificare­mos sobre roca inamovible, creceremos incesantemente de virtud en virtud… Si fuese del agrado de Dios que todos hiciéramos esta resolución y perma­neciéramos firmes en ella, la Compañía haría grandes progresos en la per­fección, en el servicio de la iglesia y del pueblo»: S.V. XII, 124-125; cf. XII, 127, 310.

» S.V. XII, 123.

27 «La prudencia humana es engañadora y su divina palabra (de Dios) ‘igna de crédito y de amor»: S.V. XII, 123.

236 El descubrimiento de los pobres

razones de los oyentes…» 28. « ¿Queremos ser como esos obreros de iniquidad que construyen sobre arena y que perecen miserable­mente…?» 29. «Señores, no nos engañemos, lo ha dicto el hijo de Dios».

«Ruego a nuestro Señor, escribe Vicente de Paúl a Felipe le Vacher, el 6 de diciembre de 1658, le conceda la gracia de ver las cosas como son en Dios, y no como parecen al margen de él, por­que de otra manera podríamos equivocarnos y obrar de manera distinta de la que él quiere» 30.

Para llegar a descubrir «las cosas como son en Dios», Vicente no se queda extático ante la contemplación de los «arquetipos o de las esencias eternas». Su mirada se fija y se esclarece en las «má­ximas evangélicas», en la persona de Cristo: «No debo considerar a un pobre aldeano o a una pobre mujer según su aspecto exte­rior, ni según lo que aparece de la capacidad de su inteligencia… Mas volved la medalla y veréis con la luz de la fe cómo el hijo de Dios que ha querido ser pobre, nos es representado por los pobres… ¡Oh, Dios! ¡cuán agradable es ver a los pobres, si los consideramos en Dios y en la estima que Jesucristo tuvo de ellos! Pero si los miramos según los sentimientos de la carne y del es­píritu mundano, aparecerán despreciables» 31.

Pero el Cristo vicenciano es el hijo de Dios encarnado en la historia, descendido del cielo a la tierra por voluntad del Padre para salvar a los hombres. El amor del Padre y la miseria de los hombres le conducen al anonadamiento de la encarnación, al supli­cio infame de la muerte en la cruz 82. Para Vicente de Paúl no es posible continuar la misión de Cristo, si el cristiano no se intro­duce en este movimiento de la encarnación.

Cristo en la obra de Vicente de Paúl

Rápidamente, pero con seguridad, Vicente nos presenta en dos pinceladas los rasgos de la fisonomía de Cristo. En lo más pro-

28 S.V. XI, 31.

29 S.V. XII, 126.

3° S.V. VII, 388; cf. XI, 32; IX, 252.

31 S.V. XI, 32.

32 Cf. S.V. XI, 23-24; XII, 264-265; XI, 74; XII, 109-110; L. Abel] 1, 1. III, 89-90, 123.

Las llamadas de Dios 237

fundo de su vida interior este Cristo de la contemplación vicen-ciana es religión en relación a su Padre 33 y caridad en orden a los hombres 34. Con relación a su Padre, el hijo de Dios no tiene más que estima, amor, honor. Esta disposición le invita a darse y le opone profundamente al mundo que, según san Juan, es concu­piscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida 35.

En la visión vicenciana lo que caracteriza al hijo de Dios es un espíritu de caridad perfecta. Este espíritu, profundamente en­riquecido «por una maravillosa estima» de la divinidad y «por un gran amor al Padre», determina la actitud fundamental de Cristo con respecto a •su Padre. Jesús rendía homenaje al Padre de todo lo que existía en su persona sagrada. Reconocía que el Padre era el autor y el único principio de todo lo que había en él. «No que­ría decir que su doctrina fuese suya» (Jn 7, 16), lo mismo que su voluntad. Esta voluntad, que se traduce y se expresa en el amor del hijo de Dios, se manifiesta en orden a los hombres de dos maneras:

33 «Pero ¿en qué consiste el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de caridad perfecta, caracterizado por una maravillosa estima de la divini­dad y un infinito deseo de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su padre para admirarlas y exaltarlas sin cesar… Y ¿cuál era su amor? ¡Oh, qué gran amor! ¡Oh, Salvador mío, qué gran amor mostras-téis a vuestro Padre! ¿Podía tener, hermanos míos, mayor amor que ano­nadarse •por él? ¿Podría testimoniar mayor amor que muriendo por amor de la manera que murió…?

«Sus humillaciones no eran otra cosa que amor, su trabajo nada más que amor, sus sufrimientos solamente amor, sus oraciones nada más que amor, y todas sus acciones interiores y exteriores no eran más que actos reiterados de amor. Su amor le dio un gran desprecio por el mundo, desprecio por el espíritu del mundo, desprecio por los bienes, desprecio por los placeres y desprecio por los honores.

«Ahí tienen una descripción del espíritu de nuestro Señor, del cual debemos estar revestidos, que es, en una palabra, •tener siempre gran estima y amor a Dios». Así analiza y explica Vicente de Paúl la psicología de Cristo en la conferencia a los misioneros del 13 de diciembre de 1658: S.V. XII, 108-109. «Las dos grandes virtudes de Jesucristo son la religión en re­lación al Padre y la caridad para con los hombres»: S.V. VI, 393.

34 Cf. S.V. VI, 393; XII, 108-109; XII, 264-265.

33 Cf. S.V. XII, 109; XII, 200-201, 209, 211. Vicente de Paúl pre­senta una teología y una psicología del Verbo encarnado descubierta en san Juan, leído en compañía del cardenal de Bérulle. El vocabulario del ,utor de las Grandezas de Cristo tiene una resonancia en la conciencia vi–nciana. Vicente adopta esta doctrina, pero la transforma adaptándola y sarrollándola en otro clima espiritual.

238 El descubrimiento de los pobres

  • por el anonadamiento de la encarnación y la pasión reden­tora;
  • a través de todas las actividades de la vida terrestre, hu­millaciones, trabajo, sufrimientos, oración, operaciones interiores y exteriores 36.

Entre la encarnación y la pasión, Vicente de Paúl descubre una trama de méritos, un tejido de humildad, realizados a través del silencio, de la vida oculta, de la dependencia de Cristo. El funda­dor de la Congregación de la misión señalará a sus misioneros la importancia de imitar a Cristo en todas estas actitudes 87, el fun­dador de las Hijas de la Caridad hará vivir a las hermanas de este espíritu que honra la vida oculta de Cristo 88.

Dirigiéndose a los sacerdotes de la Congregación de la misión, Vicente los invita a contemplar las características del «espíritu de caridad perfecta» de Cristo. Para él tres notas caracterizan esta caridad:

  • Es preventiva: «Ha sido necesario que nuestro Señor haya prevenido con su amor a todos los que ha querido que crean en él» 39.
  • Goza de una adaptación exterior, capaz de crear una uni­formidad: Cristo se hace semejante a los hombres, pobres con los pobres, y sobre todo esta caridad goza de una adaptación interior, que Vicente de Paúl llama compasión: Cristo ha dado su corazón para que los demás le den el suyo

Finalmente esta caridad lleva al hombre a ser caritativo y no sólo a practicar la caridad. En esta perspectiva Vicente de Paúl en­cuentra la razón y la excelencia del sufrimiento, del desprendimien­to requerido a los misioneros: «Nuestro Señor y los santos hicieron más padeciendo que obrando» 41. Esta última característica es in­dispensable para un hombre de acción. Vicente da la prioridad a la acción, pero reconociendo que se hace más por el sufrimiento que por la actividad. Partiendo de esta afirmación se puede encontrar

so Cf. S.V. XII, 108-109, 264-265, 270-272.

37 Cf. S.V. XII, 75-76, 367-368, 199-200, 284-285; XI, 212; XII, 154…

38 Cf. S.V. IX, 326.

39 S.V. I, 295.

4° Cf. S.V. XI, 23-24; XII, 264-265, 250, 251, 255, 270-271, 376

XI, 74; L. Abelly, 1, 1. III, 89-90, 123.

41 S.V. II, 4; cf. I, 83; IV, 123…

Las llamadas de Dios 239

el equilibrio moral del pensamiento vicenciano, cuando habla de las calumnias, de la enfermedad, del desprendimiento 42.

La persona de Cristo y su obra redentora orientan progresiva­mente la dinámica generadora de la espiritualidad y de la actividad vicencianas. Al mismo tiempo ejercen en ellas una vitalidad unifi­cadora 43.

La génesis de la concepción de C,risto en Vicente de Paúl es clara. Aparecida el 1 de mayo de 1635 se continúa hasta el fin de sus días: «Acuérdese, escribe al padre Portail, que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y debemos morir en Jesu­cristo por la vida de Jesucristo. Nuestra vida debe estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo. Para morir como Jesucristo, es ne­cesario vivir como Jesucristo» «.

La fisonomía de Cristo, que descubre Vicente de Paúl, tiene ciertos rasgos característicos. Cada autor espiritual tiene su ma­nera de reproducir a Cristo, de imitarle. El Cristo que Vicente de Paúl quiere reproducir, imitar y hacer imitar, es un Cristo lleno de celo y de ternura, humilde.

42 Cf. La conferencia a los misioneros del 6 de junio de 1659 sobre el «Buen uso de las calumnias»: S.V. XII, 276-286. La conferencia del 28 de junio de 1659 sobre «El buen uso de las enfermedades»: S.V. XII, 29-33. «Huir de las enfermedades, cuando Dios tiene a bien instalarnos en ellas, es huir su felicidad. Sí, hermanos míos, es huir su felicidad, que santifica las almas»: S.V. XII, 31; of. L. Abelly, 1, 1. III, 239. «Que no nos para­licen las dificultades; está en juego la gloria del Padre y la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de los pueblos y la nuestra es un bien tan grande que merece conseguirse al precio que sea; y no im­porta que muramos antes, si morimos con las armas en la mano; seremos más felices por ello y la Compañía no será por eso más pobre»: S.V. XI, 413.

«El estado de los misioneros es un estado evangélico, que consiste en abandonar todo para seguir a Jesucristo y para realizar, a su ejemplo, lo que conviene»: S.V. XI, 1. Para Vicente de Paúl la pobreza y la humildad ca­racterizan y salvaguardan la bocación, cf. L. Abelly, 1, 1. I, 93.

43 Después del 1 de mayo de 1635 (cf. S.V. I, 295) Vicente de Paúl uti­liza con frencuencia los textos de san Pablo, de san Juan, de san Lucas y cen­tra su enseñanza en la imitación de nuestro Señor y en el «revestimiento del espíritu de Cristo». Pero la imitación de Jesucristo no es un literalismo ago­biador, sino una creatividad continua. Su intención más profunda es actua­lizar el Cristo del evangelio, hacerle presente, prolongarle (cf. S.V. XI, 348). Por eso Vicente de Paúl invita a pasar de la letra del evangelio al espíritu de Jesús, que conduce y anima a los hijos de Dios. Cf. S.V. IV, 123, 393; VIII, 15, 231; XI, 212; XII, 107-108, 108-109, 112-113, 120, 124, 129, 154, 166, 183.

44 S.V. I, 295; cf. XII, 130, 75, 77-78, 130; L. Abelly, 1, 1. I, 78.

240 El descubrimiento de los pobres

El celo. Dirigiéndose a los misioneros Vicente les invita a con­templar, para poder imitarlo, el celo de Jesucristo. Considera esta característica de Cristo en relación a su filiación con el Padre y en relación con la miseria de los hombres 45. El amor que tiene al Padre le invita a «entregarse» para «abrazar los corazones de los hombres», «poner fuego en el mundo para inflamarlo con su amor» 46. «Privados de su gloria» 47, los hombres necesitan ser salvados, saber que Dios los ama y amarse mutuamente por el amor de Dios. El celo de Cristo tiene una motivación: manifestar que «está enamorado del amor de las criaturas», establecer entre los hombres «por su palabra y por su ejemplo la caridad para con el prójimo» 48 y «hacer que estos hombres amen, recíprocamente, a su Creador» 42.

La ternura o compasión. El «espíritu de perfecta caridad», que anima al hijo de Dios, le dicta, en orden a los hombres, una ac­titud de ternura, de compasión, de bondad, que no cesa jamás de arrebatar a Vicente de Paúl, y que no cesará tampoco de arreba­tarnos cada vez que la contemplamos en él. «¡Ah, cuán compasivo era el hijo de Dios!» «, dirá él. «Esta ternura le hizo bajar del cielo; viendo a los hombres privados de su gloria, se conmovió de su miseria». «Llora con los hombres, de tal manera es afectuoso y compasivo» 51. También Dios es para Vicente de Paúl «un abis­mo de ternura» 52. Esta actitud de Cristo, este espíritu de Jesús tiene una intención, nos declara Vicente: «hacernos entrar en una unidad de espíritu de alegría y de tristeza; su deseo es que en­tremos unos en los sentimientos de los otros» 53.

45 Cf. S.V. XII, 108-109, 262-263, 264, 307, 321; L. Abelly, 1, 1. I, 93; 1. III, 89.

46 «Nuestra vocación es ir… por toda la tierra y ¿qué hacer? Abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el hijo de Dios, que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. ¿Qué podemos querer, sino que queme y consuma todo? Hermanos míos, reflexionemos en esto, si les parece. Es cierto que he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerle amar. No me es suficiente amar a Dios, si mi prójimo no le ama»: S.V. XII, 262; cf. XII, 264-265.

47 S.V. XII, 271.

48 S.V. VII, 265.

» S.V. XII, 263; cf. XII, 275.

5° S.V. XII, 270; cf. XII, 269-272, 264-265.

51 S.V. XII, 271; cf. XII, 192-194, 190.

52 S.V. XII, 110.

53 S.V. XII, 272; cf. XII, 265, 270-272.

Las llamadas de Dios 241

La humildad. Para Vicente de Paúl, Cristo fue profundamente humilde, humilde con un corazón humillado ante el Padre, ante los hombres y por los hombres. Su vida fue una humillación con­tinua «. Para Vicente esta humildad del hijo de Dios es una for­ma de su amor y su amor es una iniciativa o un producto de su humildad 55. En filigrana Vicente va a transponer la doctrina de la «kenosis» de Cristo, según la doctrina de san Pablo, en una vida concreta, misionera, caritativa. Para él, y desearía que sus misio­neros y las Hijas de la Caridad prosiguieran el mismo ideal a tra­vés de las realidades concretas, su humildad es una expresión de su amor y su amor es una iniciativa de su humidad 56.

Todo el código moral de la misión y de la caridad se centra para él en este rostro de Cristo. Apaciblemente nos confiesa: «Nada me agrada si no es en Jesucristo». Más aún, transpone y actualiza el Cristo del evangelio: «¿Qué haría hoy y ahora nuestro Se-

54 Cf. S.V. XII, 199-201. «Nadie, exceptuado nuestro Señor, ha dicho y ha podido decir: Discite a me quia mitis sum et humilis corde’. ¡Oh, qué palabras! Aprended de mí, no de otro, no de un hombre, sino de Dios: aprended de mí… Señor, ¿qué os agrada que aprendamos? Que coy humil­de. ¡Oh, Salvador! ¡qué palabras! que sois humilde. Sí lo soy no solo ex­teriormente, por ostentación o por jactancia, sino humilde de corazón, no con una humillación tenue y pasajera, sino con un corazón verdaderamente humillado ante mi Padre eterno, con un corazón siempre humillado ante los hombres y por los hombres pecadores, mirando siempre las cosas bajas y viles, y aceptándolas siempre cordialmente, activamente y pasivamente. Apren­ded de mí cómo soy humilde, y aprended a serlo igualmente»: S.V. XII, 196-197; cf. XII, 199-200; L. Abelly, 1, 1. III, 218.

55 Cf. S.V. XII, 264-265, 270-271.

» «La humildad es una verdadera producción de la caridad, que, en los encuentros, nos hace prevenir al prójimo con honor y respeto y por este medio nos concede su afecto. ¿Quién no ama a una persona humilde? ¿Qué se puede hacer con una persona que se humilla, si no es amarla?… Y si entre nosotros practicamos el respeto, practicaremos también la humillación, porque la humildad siendo hija de la caridad, fomenta la unión y la caridad»: S.V. XII, 273-274. «Trabajemos en la humildad, porque cuanto más hu­milde sea uno, tanto más caritativo será con el prójimo. El paraíso de las comunidades es la caridad; si la caridad es el alma de las virtudes, la hu­mildad las atrae y las conserva…»: S.V. XI, 2. «La humildad engendra la unidad, la conformidad, la amistad, evita el origen de las aversiones»: S.V. XII, 210. «¿Quién conoce mejor que nuestro Señor la naturaleza de las virtudes? ¿Quién ha conocido tan bien como él el relieve de la humildad, la fuerza que tiene de atraer a las demás virtudes y cómo sin ella, el cris­tiano está destituido de los adornos de la gracia que la deben acompañar?»: z.V. XII, 206; cf. S.V. XII, 127. Si el estado del misionero es un «estado

caridad», la virtud del misionero es la «humildad»: cf. S.V. XII, 275.

6; XII, 106, 113.

242 El descubrimiento de los pobres

ñor?» 57. Este Cristo reflejado en los ojos vicencianos, es un Cris­to «escarnecido, despreciado, humillado» 58, asumiendo al máximo la condición de pobre, sometido a la voluntad de su Padre hasta el anonadamiento de la encarnación y de la muerte «. De la mis­ma manera que Cristo se encuentra en el centro de la perspectiva dogmática vicenciana 60, la humildad es el esfuerzo preferible de su ascesis 81.

Cristo en todos

La perspectiva cristocéntrica de Vicente de Paúl le lleva a des­cubrir la presencia de Cristo en todos los hombres y en todos los estados de la vida. «La segunda máxima de este fiel servidor de Dios, era considerar siempre a nuestro Señor en los demás, a fin de excitar más eficazmente su corazón a cumplir todos los deberes de caridad. Consideraba a este divino Salvador como pontífice y jefe de la iglesia en nuestro santo padre el papa, como obispo y príncipe de pastores en los obispos, doctor en los doctores, sacer­dote en los sacerdotes, religioso en los religiosos, soberano y po­deroso en los reyes, noble en los nobles, juez y muy sabio político en los magistrados, gobernantes y demás responsables.

«Y habiendo sido comparado en el evangelio el reino de Dios a un mercader, le consideraba de esta manera en los comerciantes, obreros en los artesanos, pobre en los pobres, enfermo y agoni-

87 S.V. XI, 348.

88 Cf. S.V. XII, 284-285. Esta doctrina de Vicente de Paúl se puede comparar con la del cardenal de Bérulle sobre los «estados» y «disposiciones» de Cristo. Acerca de la doctrina del cardenal de Bérulle, cf. J. Orcibal, 127, 89-94.

59 Cf. S.V. XI, 23-24; XII, 154-156, 164-165, 200-201, 213-214, 226, 234-235, 236, 264-265, 284-285; X, 4; VIII, 205-206; L. Abelly, 1, 1. III, 41. «Salvador de mi alma, llenadnos de estos afectos que os hicieron pre­ferir la contumelia a la alabanza, y de estos afectos que os hicieron buscar la gloria de vuestro Padre hasta vuestra propia confusión»: S.V. XII, 211; cf. XII, 127, 144, 238, 262-263.

80 Cf. S.V. XII, 260-275 y notas 43 y 2.

81 «Si se nos concediera, padres, adquirir la humildad como distintivo del misionero, de tal manera que se distinguiese más por ella que por su propio nombre entre los cristianos y los demás sacerdotes, ¡oh, qué gracia tan importante concedería nuestro Señor a nuestro estado! Supliquémosle para que, si nos preguntan por nuestra condición, podamos responder, la humildad. Que esta sea nuestra virtud y si nos pregunta: ¿quién va?, qu nuestra contraseña sea, la humildad»: S.V. XII, 206; cf. S.V. XII, 28 285, 286.

Las llamadas de Dios 243

zante en los enfermos y moribundos; y así considerando a Jesu­cristo en todos estos estados, y viendo en cada situación una ima­gen de este soberano Señor, que se traslucía en ‘la persona del próji­mo, se esforzaba por este medio en honrar, respetar, amar y servir en cada uno de ellos a nuestro Señor y en nuestro Señor a cada uno de ellos, invitando a los suyos, y a quienes hablaba de esto, a entrar en esta máxima y servirse de ella para practicar su caridad de ma­nera más constante y más perfectamente en relación con el pró-

jimo» 62.

«Para continuar la misión de Jesucristo,
es necesario revestirse de su espíritu»

Este espíritu es, para Vicente de Paúl, el principio de la orga­nización de la vida interior y de la acción.

«Vestirse de Cristo», obedecer a su Espíritu, exigen un esfuer­zo de disponibilidad, ¿qué reclama y qué exige este esfuerzo?

Después de la muerte de Cristo, su vida no ha sido interrum­pida. Se continúa en la iglesia haciéndola presente en todo lugar y tiempo. Pero esta presencia de Jesús debe ser una expresión viva de su espíritu. Vicente descubre este espíritu de Jesús en el evan­gelio 63. Con precisión y por deseo de vitalidad Vicente dosifica los imperativos evangélicos, dado que no todos tienen el mismo

62 L. Abelly, 1, 1. I, 83. Las mismas expresiones, la misma resonancia espiritual, se encuentran en Pascal: «Considerar a Jesucristo en todas las personas y en nosotros mismos. Jesucristo como padre en su Padre, Jesu­cristo como hermano en sus hermanos. Jesucristo como pobre en los pobres. Jesucristo como rico en los ricos. Jesucristo como doctor y sacerdote en los sacerdotes. Jesucristo como soberano en los príncipes, etc… Porque por su gloria, siendo Dios, es todo lo que tiene de grande, y por su vida mortal es todo lo que existe de pequeño y abyecto. Por eso asumió esta desdichada condición, para poder estar en todas las personas y ser modelo de todas las acciones»: B. Pascal, 130, 390-391, n.° 946.

63 «Ajustemos, pues, nuestro juicio, como nuestro Señor, al juicio de Dios, que se nos ha dado a conocer por las sagradas Escrituras… Entonces, in nomine Domini, se puede formar el razonamiento con un sentido más conforme al espíritu del evangelio.

«Si fuese del agrado de su bondad divina concedernos la gracia de cum­plir siempre la voluntad de Dios… seríamos dignos de pertenecer a su es­cuela; pero mientras satisfagamos nuestra voluntad, ¡oh, Señor mío!, no tendremos ninguna preparación para seguiros, ni ningún mérito en llevar nuestras penas, ni parte con vosotros, si verdaderamente no hemos renun-iado a nuestra propia voluntad por amor de Dios»: S.V. XII, 214, 215; XII, 130, 284.

244 El descubrimiento de los pobres

valor, ni orientan de la misma manera el dinamismo de la misión y de la caridad:

Tenemos que practicar las «máximas evangélicas, que no sean contrarias a la Compañía», señala con precisión y convicción a los misioneros «.

Puesto que «existen, en efecto, distintos estados en la vida transitoria y mortal de nuestro Señor», no tenemos por qué imi­tar todos los actos de Cristo 65. Si nos bastara esa reproducción material del evangelio, podríamos contentarnos con recoger las citas textuales del nuevo testamento. Pero fundarnos en el amon­tonamiento de citas en lugar de abrirnos hacia el porvenir, nos cierra el paso fijándonos en una visión obsesiva del pasado.

Cristo nos instruye, afirma Vicente de Paúl, a través de sus «enseñanzas» y «acciones». Se requiere señalar que Vicente da un sentido muy preciso y poco «escolástico» a la palabra «enseñanza». Para él, esta palabra tiene un sentido más vital que doctrinal, com­porta más una manera de vivir que una forma de pensamiento. Se puede decir que esta palabra evoca en Vicente una vida, una persona amante y viva: Cristo. Las enseñanzas evangélicas son la expresión de la fuerza de Jesús, que se traduce en ellas y por ellas. «Nuestro Señor», y no tal enseñanza evangélica, «es la regla de la Misión».

En cuanto a la actividad de Jesús no solamente es anterior y primordial con respecto a su enseñanza, porque comenzó a obrar y después a enseñar, sino porque sus acciones dan la interpretación de su enseñanza. Jesús da cuerpo y fisonomía a la acción, de tal manera que la regla no es tal o cual acción de Jesús, sino la per­sona de Jesús.

Por eso Vicente reclama un esfuerzo de disponibilidad y la movilización continua de todo el ser del hombre para abrir el al­ma y la vida al evangelio inspirador de este esfuerzo moral y con­creto.

Sentido y significación de la vida interior

«Para continuar la misión de Jesucristo, se requiere revestirse de su espíritu». Para continuar «los empleos de Jesucristo… es

64 S.V. XII, 129.

65 S.V. XII, 284.

Las llamadas de Dios 245

necesario, dice Vicente de Paúl al padre Antonio Durand, vaciarse de sí mismo y revestirse de Jesucristo» 66. Si Vicente de Paúl des­cubre el espíritu de Jesús en el evangelio, se inspira, sin embargo, en la doctrina bautismal de san Pablo para describir este espíritu, que habita en el cristiano. La espiritualidad cristocéntrica de la misión y de la caridad, tal como la concibe Vicente de Paúl, no es una espiritualidad sacerdotal sino bautismal 67. La necesidad de «despojarse del hombre viejo» y «revestirse del espíritu de Jesús» para continuar la misión amorosa de Jesucristo, que glorifica al Padre y transforma a los hombres, es una evocación de los gran­des textos de la espiritualidad de san Pablo 68. Por eso los misio­neros 69, lo mismo que las Hijas de la Caridad 70, deben continuar la obra amorosa y salvadora de Cristo.

La vida del Espíritu ha surgido de la muerte-resurrección de Cristo (Jn 7, 39). Vicente descubre que este Espíritu da a los bau­tizados «las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesús

66 S.V. XI, 343; cf. S.V. XI, 342-350.

67 «Es necesario revestirse del espíritu de Jesucristo… Para entender esto perfectamente, se requiere sabr que su espíritu está derramado en todos los cristianos, que viven según las reglas del cristianismo; sus operaciones y acciones están formadas por el espíritu de Dios, de tal manera que Dios ha suscitado la Compañía… para obrar de este modo… ¿Qué se quiere de­cir, cuando se afirma, que el espíritu de nuestro Señor está en tal persona, en tales acciones? ¿Que el mismo Espíritu santo está derramado en ellas? Sí, el Espíritu santo, en cuanto persona, se derrama en los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu santo obra en al­guien, se entiende que este Espíritu habita en esa persona, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que Jesucristo tenía en la tierra, y le hacen obrar del mismo modo, no digo con la misma perfección, sino según la me­dida de los dones de este divino Espíritu»: S.V. XII, 107-108. «Todos los bautizados se han revestido de su espíritu (de Jesucristo), pero no todos realizan las obras de este espíritu. Cada uno debe tender a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a unirse afectiva y prácticamente a los empleos del hijo de Dios que se hizo hombre como nosotros, a fm de que no sólo seamos salvados, sino salvadores»: S.V. XII, 113.

«Además estos votos son un nuevo bautismo; realizan en nosotros lo que ya había hecho el bautismo…»: S.V. XII, 371; cf. XII, 76-78.

Acerca de la teoría sobre los votos como prolongación de las promesas del bautismo en esta época histórica, cf. J. Orcibal, 127, 113.

68 Cf. Ef 4, 24; Gál 3, 26-27; Col 3, 5-12; Rom 6, 3-11; S.V. XII, 77-83, 107-108, 112-113, 371; VII, 382; VIII, 162; IX, ’14-15, 19-23, 61-63, 252, 583; X, 115, 122, 124, 126, 141, 222-223.

69 «Por medio de nosotros (los sacerdotes) él (Cristo) continúa desde el cielo lo que hizo en la tierra durante su vida»: S.V. XII, 80; cf. XI, 74.

70 Cf. S.V. VII, 382; VIII, 162; IX, 14-15, 19-22, 61-63, 252, 583; X, 115, 122, 124, 126, 141, 222-223.

246 El descubrimiento de los pobres

cuando vivía en la tierra» 71. Sin embargo para «realizar las obras» del Espíritu se requiere «morir en Jesucristo por la vida de Jesu­cristo». Paradójicamente en el cristianismo «vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y… debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo», confiesa apaciblemente Vicente de Paúl.

Sin duda, esta vida por Cristo y en Cristo permanece oculta, misteriosa (Col 3, 3). No obstante reclama la muerte a sí mismo. Sin este renunciamiento y sin esta humildad, que vacían a un ser de sí mismo, no se puede verdaderamente vivir en Cristo ni «obrar en él y por él» «. Por eso todo hijo adoptivo de Dios que quiere continuar la obra de Jésús, el Hijo único, no puede obrar, ser fiel a su vocación, cumplir con su profesión más que poniéndose cons­ciente y totalmente bajo la dirección del Espíritu de Jesús, del Espíritu de Dios 73. No hay vida y acción más que en Jesucristo. Lo contrario, dirá Vicente de Paúl, es «agarrarse a la sombra y sol­tar el cuerpo» 74.

El trabajo primordial que Vicente propone a cada existencia cristiana es claro: «despojarse de sí mismo», «despojarse del hom­bre viejo», «vaciarse de sí mismo», ofrecerse a Cristo que se en­trega a los hombres 75.

«Es necesario aspirar a la vida interior, dirá él, y si se fracasa en esto, se fracasa en todo» 76. «Es necesario trabajar en hacer sobe­ranamente a Dios en nosotros y después en los demás. Y mi mal es que tengo más preocupación por hacerle reinar en los demás que en mí mismo» 77. «Tengamos por máxima infalible que en la propor­ción en que trabajemos en la perfección de nuestra vida interior, nos haremos más capaces de producir fruto en el prójimo» 78. « ¿De qué nos servirá haber hecho maravillas por los demás y haber de­jado nuestra alma en el abandono?» 79.

La abertura hacia Dios, hacia Cristo, está motivada en la es-

71 Cf. S.V. XII, 108, 113 (texto citado en la nota 67).

72 Cf. S.V. XI, 343-344; VIII, 15, 231, 333, 424; X, 346-348; XII, 154, 183, 214-215, 110; XI, 1-2.

73 Cf. S.V. XI, 343.

74 S.V. XII, 284.

75 S.V. XI, 343-348; XII, 221, 224-225, 225-226, 240, 242, 237; XI, 1-2, 46.

76 S.V. XI, 131.

77 S.V. II, 97.

78 S.V. XI, 29; L. Abelly, 1, 1. III, 342.

79 S.V. XII, 79. «Seamos totalmente de Dios, padre. El será todo en nosotros y con él tendremos todas las cosas»: S.V. III, 464-465.

Las llamadas de Dios 247

piritualidad vicenciana por un sentido agudo de la transcendencia de Dios, por el anonadamiento de Cristo, por la pobreza del hom­bre. Esta triple constatación impulsa al hombre a fijar la mirada en Dios, a anonadarse ante él, a apoyarse en Cristo para obrar en él y por él 80.

Programa de Vicente de Paúl

El programa espiritual de Vicente de Paúl se encuentra más en su vida, en su acción, que en ciertos principios o en ciertas «con­sideraciones edificantes». Su espíritu escapa a toda empresa de sim­plificación y de clasificación. Sin embargo ama la claridad, el método, la precisión, incluso si sus palabras y escritos no se de­jan fácilmente encuadrar en «proposiciones simples y simétricas». Conectados con su espíritu, anudados con las circunstancias que reflejan, sus escritos y palabras son signos que evocan, sugieren, recuerdan el dinamismo de la fe y de la experiencia vicencianas. Silenciosa y resistentemente Vicente de Paúl pulveriza la intención de quien quisiera reducir su enseñanza a un sistema racional o a una síntesis doctrinal.

La diversidad de conferencias y de cartas, que se conservan de Vicente de Paúl, nos fuerza a admitir tres niveles de pensamiento, expresados en tres registros de expresión: la doctrina expuesta a los misioneros, la catequesis dada a las Hijas de la caridad, las cartas enviadas a las diferentes categorías de personas.

La enseñanza vicenciana se manifiesta con mayor precisión, so­lidez y riqueza en las conferencias dadas a los misioneros. En ellas se encuentra el núcleo fundamental del pensamiento de este maes­tro de vida espiritual. El conferenciante se presenta delante de su auditorio después de haber preparado al detalle su disertación, leído sus «autores» y ordenado sus argumentos. Pensamiento y lenguaje se armonizan para transmitir sólida y claramente un saber y sobre todo una experiencia: vivir en Cristo, por él, para pro­longarle.

Cuando dirige su palabra a los misioneros, cuando hace «su pequeña conferencia» a las Hijas de la Caridad, dulce y tenaz, hu-

80 Cf. S.V. V, 488; VIII, 15, 231; XII, 15, 107-108, 110, 214-215, 153-154, 145, 207-208, 269-270, 286, 304-305, 308. Sin duda podemos ver la influencia de Benito de Canfeld cuando afirma: «a la mirada de Dios nuestra naturaleza no es nada»: cf. J. Orcibal, 127, 92.

248 El descubrimiento de los pobres

milde y exigente, autoritario y conmovido, diserta durante una hora tratando de hacer comprender a su auditorio las exigencias del espíritu de Jesús, contrario al espíritu «del hombre viejo». Teniendo en cuenta la vocación de su auditorio, cambia el conte­nido de sus expresiones y orienta a los misioneros y a las Hijas de la Caridad hacia un espíritu. Su intención más profunda y de­licada es el esfuerzo desarrollado para comunica? y compartir su experiencia.

Si el dinamismo de esta vida espiritual está orientado por las exigencias de Dios y la miseria de los hombres, el espíritu de Jesús debe ser quien polarice a los miembros de la misión y de la ca­ridad. Este espíritu indica al mismo tiempo un «ideal» a proseguir continuamente y una cierta «realización» de este ideal.

Este «espíritu» en cuanto ideal exige, en primer lugar, una perspectiva sobrenatural, una visión de fe. Vicente contempla y pide a sus misioneros que contemplen de manera privilegiada a Cristo calumniado, anonadado, sometido a la voluntad del Padre, asumiendo la condición de pobre 81.

La unión con Cristo se efectuará por una comunión: comunión de caridad por la compasión, la misericordia, el don del corazón, la dulzura —«esta ambrosía del cielo», «la bella virtud», la califica Vicente—, el amor efectivo 82; comunión con la voluntad de Dios según la doctrina y las directivas de Benito de Canfeld y de la «escuela abstracta» 83.

En segundo lugar es una prudencia, una manera de dirigir la vida y la acción 84. Esta prudencia se apoya principalmente en las verdades teologales, en la dependencia de la fuerza de Dios, en el rechazo de utilizar los medios humanos para realizar «las cosas divinas» 85.

En tercer lugar es el cultivo preferente de cinco virtudes que

81 Cf. S.V. XII, 284-285; VIII, 205; X, 4; cf. nota 59.

82 Cf. S.V. XII, 270-271, 265, 182; 184, 274-275; XI, 40-41; IX, 592­593.

83 Cf. la conferencia a los misioneros, 7 de marzo de 1659, sobre la conformidad con la voluntad de Dios: S.V. XII, 150-165; XII, 132, 214-215, 183, 235, 300; XI, 317; IX, 645; 0. de Veghel, 144, 213, nota 1 y 456­457.

84 Cf. S.V. XII, 176-179, 314-316; XI, 343-344.

85 Cf. S.V. XII, 120, 122, 123-127, 175, 299; II, 193; III, 188-189; IV, 495-496.

Las llamadas de Dios 249

son «como las facultades del alma de la Compañía», «como el edi­ficio del cristianismo»: humildad, sencillez, dulzura, mortificación, celo 86.

Finalmente la realización del espíritu de Jesús impulsa a prac­ticar las virtudes de pobreza, castidad y obediencia, que se opo­nen al «espíritu del mundo», purifican las tres pulsiones fundamen­tales del hombre y permiten «edificar sobre la roca y construir un edificio permanente» 87.

Al mismo tiempo que este «espíritu» desarrolla en el «hombre nuevo» las disposiciones de Cristo, lleva a purificar las pulsiones del «hombre carnal». Por eso Vicente propone con lucidez y ener­gía luchar contra los instintos y tendencias de la «naturaleza en­gañadora» 88. Esta lucha debe hacerse principalmente contra la exaltación del hombre, contra la «voluntad de poder», por la sen­cillez, «que resuelve las cosas humanas por las divinas y no las divinas por las humanas» 80, la humildad «, la mortificación, que

86 Cf. S.V. XII, 298-311, especialmente, 309-310 (conferencia del 22 de agosto de 1659 sobre las cinco virtudes fundamentales de la Congre­gación de la Misión).

87 Cf. conferencia a los misioneros sobre los votos (7 de noviembre de 1659): S.V. XII, 365-377. «Nosotros, que hemos hecho voto de practicar estos tres consejos evangélicos, estamos obligados a observarlos; y obser­vándolos, estaremos seguros de edificar sobre la roca y de construir un edi­ficio permanente…»: S.V. XII, 119.

88 Cf. S.V. XII, 207-208, 268-270, 352-353; XI, 1-2; XIII, 36 (sermón de Vicente de Paúl sobre la comunión).

89 Cf. S.V. XII, 316, 315. «La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, y no tener ningún otro fin, en todas las acciones, más que su gloria… La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, rechazar toda mezcla, porque la sencillez dice negación de toda composición. La doblez es la peste del misionero; la doblez le arrebata su espíritu; el veneno de la Congregación de la misión es no ser sencillo y sincero a los ojos de Dios y de los hombres. La virtud, pues, de la sencillez, hermanos míos, la sencillez, hermanos míos, ¡ah, qué maravilla!»: S.V. XII, 302-303; cf. XII, 172, 175.

99 «La humildad consiste en anonadarse delante de Dios y en destruir­se a sí mismo para agradar a Dios en su corazón… La humildad hace que la (persona) se anonade, a fin de que solamente aparezca Dios. La humil­dad… dice siempre: el honor y la gloria únicamente para Dios, que es el ser de los seres. Ella imprime estos sentimientos en los espíritus: renuncio al honor, renuncio a la gloria, en fin a todo lo que pueda proporcionarme alguna vanidad; porque… no soy más que polvo y corrupción; nadie más que vos, Dios mío, debéis reinar; y si aconteciera que yo tuviera alguna cosa en mí que no estuviera en vos, ¡oh, Dios mío!, me despojaría volunta­riamente para dárosla y anonadarme en mi centro»… «Decidme, ¿cómo el

250 El descubrimiento de los pobres

hace despojarse del «hombre viejo» y da los sentimientos de Cristo, «que quiere los frutos del evangelio y no los del mundo» 91, la uniformidad, «que hace obrar según su condición» y «forma de muchos miembros un cuerpo vivo que tiene sus operaciones pro­pias» 92, la indiferencia, que «vacía nuestro corazón de cualquier otro amor que no sea el de Dios» 93.

La insistencia de Vicente de Paúl en la virtud de la humildad puede parecer excesiva, a veces casi obsesiva. Sin embargo no se puede olvidar que, en la perspectiva vicenciana, la humildad con­vierte a las personas apostólicas en instrumentos de Dios, al mismo tiempo que crea en ellas un esfuerzo de disponibilidad. Por eso pide a los misioneros que acepten en silencio las calumnias, a pesar de las dificultades y la apelación a la justicia y a la verdad: «Es necesario atenerse al evangelio e imitar únicamente a nuestro Se-

orgulloso podría acomodarse a la pobreza? Nuestro fin es la gente del cam­po, gente ruda; pero si no nos acomodamos a ellos, de ninguna manera les seremos provechosos; sin embargo el medio para conseguirlo es la humildad, por la humildad nos anonadamos y establecemos en nosotros a Dios ser so­berano… El humilde se considera en la presencia de Dios como una bestia. Pero durus est hic sermo; cierto, no obstante diré que éste es el estado que conviene a la Congregación de la misión; y si no es así, podemos temer que no tengamos el espíritu del verdadero misionero»; S.V. XII, 304-305. Para Vicente de Paúl la humildad convierte al misionero en instrumento de Dios, al mismo tiempo que crea en él una disponibilidad ante las exigencias de Dios y la miseria de los hombres.

91 S.V. XII, 207, 224, 222; cf. la conferencia sobre la mortificación (22 de mayo de 1659): S.V. XII, 211-227; XII, 242-243.

92 S.V. XII, 245; cf. la conferencia sobre la uniformidad (23 de mayo de 1659): S.V. XII, 244-259.

93 «Hay pocos que no tengan su Isaac muy querido; pero es necesario deshacerse de él, se requiere vaciar nuestro corazón de cualquier otro amor que no sea el de Dios…»: S.V. XII, 240; cf. XII, 228-231. «Es menester que la indiferencia libere a la persona cautiva; solamente esta virtud nos saca de la tiranía de los sentidos y del amor a las criaturas; en consecuencia vean la necesidad y la obligación que tenemos de darnos a Dios para tra­bajar en adquirirla, si no queremos ser esclavos de nosotros mismos y es­clavos de una bestia, porque quien se deja conducir por la parte animal, no merece ser llamado hombre, sino bestia»: S.V. XII, 229. «Necesariamente la indiferencia tiene que provenir de la naturaleza del amor perfecto, porque la actividad del amor orienta el corazón hacia todo lo mejor y destruye todo lo que se lo impide, lo mismo que el fuego, que no sólo tiende a su centro, sino que consume todo lo que le retiene. Y de esta manera hermanos míos, si la indiferencia despega sus corazones de la tierra, estarán totalmente in­flamados en la práctica de la voluntad de Dios. Necesariamente estarán col­mados del amor de Dios, cuando cesen de amar otra cosa. En este sentido la indiferencia es origen de todas las virtudes y la muerte de todos los vicios»: S.V. XII. 229; cf. XII, 234-237, 242.

Las llamadas de Dios 251

ñor» 94. Si a veces la exige en detalles aparentemente desprecia­bles 95, es porque está convencido de que la humildad es la fuente de todas las virtudes «, el origen de todos los bienes 97.

Teológicamente hablando la humildad, para Vicente de Paúl, dice relación a la transcendencia y a las perfecciones de Dios, al movimiento de la encarnación y de la redención de Cristo, a la ba­jeza de la criatura y del hombre pecador 98.

Orientando de esta manera su vida espiritual y la de sus misio­neros, Vicente amplía su campo de conciencia por el don y la en­trega y domina al «hombre viejo» por la humildad y la caridad. No olvidemos que los misioneros y las Hijas de la Caridad se en­cuentran en un «estado de caridad» 99 y «su virtud preferida es la humildad» 100.

94 «No es suficiente con cerrar la boca a las palabras de impaciencia y de queja contra quienes nos persiguen y calumnian; incluso no debemos de­fendernos, ni de palabra ni por escrito: ¡Qué!, me dirá alguno, ¿no estará permitido justificarnos y desengañar a quienes la calumnia les hubiera pre­venido contra nosotros? No, padres, no puedo decir más que lo que es con­forme al espíritu del evangelio: paciencia y silencio, son los elementos de la religión cristiana; es preciso atenerse a esto. Pero algunas Compañías de la iglesia se comportan de manera distinta… Nosotros nos atendremos sola­mente al evangelio y trataremos únicamente de imitar a nuestro Señor. Pero qué, ¿los otros no siguen el evangelio y a nuestro Señor? Sí, pero ellos de una manera y nosotros de otra distinta…»: S.V. XII, 283-284. «Ha sido del agrado de su bondad y de su misericordia infinitas no concedernos otra visión ni otros atractivos que su vida doliente, calumniada y despreciada. Debemos atenernos a esto e imitarle en su humillación, en sus oprobios, en las afrentas y persecuciones que ha sufrido y en el modo como los ha su frido, es decir, con paciencia y en silencio, e incluso con alegría, y ardor». S.V. XII, 284.

La convicción de Pascal se encuentra en esta misma línea del pensamien­to vicenciano: «Lo único que se requiere es unirnos a sus sufrimientos»: B. Pascal, 130, 390, n.° 943. «Sigamos, afirma Vicente de Paúl, como hijos a Jesucristo, nuestro buen Padre, despreciado, abofeteado y perseguido; no nos fijemos en las máximas del mundo, que conducen siempre al error»: S.V. XII, 285; cf. XII, 204, 205, 206, 286. «Si fuese del agrado de nuestro Señor inflamarnos, aunque sólo sea en el deseo de las humillaciones, sería un gran bien, aunque no conozcamos la humildad como nuestro Señor, quien, practicándola, veía su altura, su profundidad, su longitud, y conocía su relación a las perfecciones de Dios, su Padre, a la vileza de su criatura y del hombre pecador…»: S.V. XII, 209; cf. S.V. XII, 203, 211.

95 Cf. S.V. XII, 221, 222, 202-206, 255-256, 308.

96 Cf. S.V. XI, 2; XII, 210.

97 Cf. S.V. IX, 674; XI, 1-2; XII, 363.

98 Cf. S.V. XII, 179, 203, 209, 264-265; XI, 23-24.

sa «Se dice de los religiosos que están en estado de perfección; nos-

otros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en estado de

caridad…»: S.V. XII, 275.

100 S.V. XII, 206.

252 El descubrimiento de los pobres

Este espíritu es un proyecto, una tensión hacia lo que no se posee todavía. Haciendo subordinar lo secundario a lo esencial obliga a aceptar la realidad como es y asumir una responsabilidad capaz de realizar este ideal y de transformar a las personas.

La disponibilidad, que Vicente de Paúl exige a sus misioneros y a las Hijas de la Caridad, es una flexibilidad vital que propor­ciona la posibilidad de adaptación y mantiene en un dinamismo vital. Las iniciativas de Dios, manifestadas en el tiempo, provocan cambios, evoluciones, transformaciones. No es posible adaptarse a ellos sin una movilización continua del ser del hombre. Sólo se­mejante movilización puede permitir responder a las múltiples formas del único amor del Dios vivo, requeridas y formuladas por las situaciones, los acontecimientos y las personas. Esta disponibi­lidad, que exige una adaptación constante, conduce al hombre a ser fiel a la continuación de la misión de Cristo.

Sobrenaturalmente Vicente realiza la perfecta compenetración de la gracia en la naturaleza y de la naturaleza en la gracia. La ga­rantía de la religión se encuentra en esta integración. Esta integra­ción supone, si no la perfección, al menos la familiaridad con dos virtudes que garantizan la religión: la humildad que garantiza la transcendencia de Dios y la caridad que garantiza la comunión con los demás. Como se dice hoy la transcendencia en la inmanencia.

El fin de imitar a Cristo y la razón de oponerse a la «natura­leza engañadora» para entrar profundamente en la «nada capaz de Dios» es claro para Vicente de Paúl. Escuchémosle: «Se trata de perder todo, de no tener nada, de sufrir injurias, de amar a sus enemigos, de rogar por quienes le han perseguido, de renunciarse a sí mismo y llevar su cruz. El (Cristo) lo hizo hasta la muerte para cumplir la voluntad de su Padre. Pero, si nosotros somos sus hi­jos, debemos seguirle. A su ejemplo debemos abrazar la pobreza, las humillaciones, los sufrimientos, desprendernos de todo lo que no es Dios y unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo. A esto nos conducen estas máximas; y entonces construiremos sobre la roca, de tal manera que las tentaciones de nuestras pasiones no nos derriben, como derriban ordinariamente a quienes establecen sus conductas según las máximas del mundo».

«Un buen medio, que nos ayudará a practicar estas máximas, será considerar con frecuencia, que la Compañía, desde el comien­zo, ha tenido el deseo de unirse a nuestro Señor para hacer lo que

Las llamadas de Dios 253

él hizo por la práctica de estas máximas, para hacerse, como él, agradable a su Padre eterno y útil a su iglesia; ella ha intentado efectivamente adelantar y perfeccionarse en esta práctica… Los misioneros deben estar animados de manera especial por este es­píritu… Se trata de formar una compañía animada por el espíritu de Dios y que se conserve en las operaciones de este espíritu» 101.

«¿Cómo, padres, dice Vicente de Paúl, quisiéramos estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurarle su mayor gloria?» 102.

  1. Sentido y valor de la acción apostólica

Vicente de Paúl no se contenta con ofrecer su espíritu a Dios. Quiere dar a su vida un sentido muy concreto y ajustar su con­ducta al plan misterioso de la adorable providencia de Dios, que se revela obrando, y cuya acción está señalada con un realismo concreto, existencial.

Por su parte, el cristiano debe encontrarse siempre en busca del reino de Dios 103. En consecuencia debe obrar de acuerdo con esta búsqueda y según la voluntad de Dios, que se manifiesta pro­gresivamente, especialmente a través de los acontecimientos y de las necesidades 104.

El misionero no es un ser inactivo. Su vocación le lleva a en­tregar a los hombres lo que ha contemplado en el misterio de Dios: «contemplata tradere». Abierto a Dios, que le sobrepasa, abierto a los hombres, a quienes debe servir, debe realizar la «victoria de comunión» entre Dios y los hombres y entre los hombres en y por Jesucristo. Por eso tiene que continuar reasumiendo el destino del mundo «recapitulado» por Cristo en la historia. Para poder rea­lizar esta misión debe hacer presente y activo a Cristo en el inte­rior del hombre, al mismo tiempo que el hombre se hace presente y obra en él y por él 105.

101 S.V. XII, 127, 128; cf. XII. 132.

102 S.V. XI, 2; cf. II, 274.

«3 Cf. S.V. XII, 131-132.

104 Cf. S.V. XII, 90.

«5 Cf. S.V. XII, 107-110, 154, 183, 214-215; XI, 342-344; V, 484;

VIII, 333, 424. «En la enfermedad la fe se ejercita maravillosamente y la

esperanza resplandece con fulgor; la resignación, el amor de Dios y todas

254 El descubrimiento de los pobres

La enseñanza vicenciana en relación a la acción apostólica está orientada por el sentido de la providencia o de la voluntad de Dios y la imitación de Jesucristo, por una visión sobrenatural del mundo y un juicio acerca del hombre. Estos criterios nos permiten no engañarnos cuando oímos a Vicente hablarnos de la acción. Su pedagogía contiene registros muy diversos: período de inacti­vidad 198, y período de actividad que absorbe incluso los actos de piedad 197.

La actividad, considerada en esta perspectiva, es importante y constitutiva de la persona que obra. Para que la acción humana sea sobrenaturalmente eficaz se requiere tomar conciencia de su pro­fundidad. Vicente comienza habitualmente por invitar a las per­sonas a alcanzar el nivel que Dios requiere para utilizarlas. De ahí los preceptos de inactividad: «Sea más bien paciente que agen­te». «En las cosas de Dios quien se precipita retrocede». «No, pa­dre…, no debe ir tan deprisa. Las obras de Dios no se realizan de esa manera; se hacen por sí solas; y las que él no hace perecen pronto… El mayor consuelo que tengo, en lo concerniente a la obra de nuestra vocación, es pensar que hemos seguido el orden de la santa providencia, que requiere su tiempo para la realización de sus obras. Vayamos lentamente en nuestras pretensiones». «Las buenas obras se estropean, con frecuencia, por ir demasiado de­prisa… El bien querido por Dios se realiza casi por sí mismo, sin que se piense en él» y «la verdadera sabiduría consiste en seguir paso a paso a la providencia», «sin cabalgar sobre ella…» 1«. En la mentalidad de Vicente, estos aforismos tienen el cometido de contrapeso regulador, equilibran el impulso de celo que el cristia-

las virtudes encuentran en ella un amplio material en el que ejercitarse. En ella se conoce lo que uno soporta y lo que es; es la medida con la que podemos sondear y conocer lo más exactamente posible el grado de virtud de cada uno, si tiene mucho, poco, o absolutamente nada»: S.V. XI, 72.

106 Cf. S.V. I, 26, 68; II, 4; IV, 123…

107 Cf. S.V. VI, 496-497; VI, 47; VII, 52, 457; IX, 5, 319, 326; X, 3, 94, 541, 554, 595. Para Vicente de Paúl, la acción caritativa de las Hijas de la Caridad prevalece sobre los ejercicios de piedad, incluso sobre la misa dominical, cuando la necesidad obliga a permanecer junto a los pobres y enfermos. Con frecuencia utiliza la fórmula: «Hay que dejar a Dios por Dios»: S.V. IX, 319, 342; X, 3, 94, 541, 595. Acerca del origen de esta fórmula, cf. J. Orcibal, 127, 28.

108 Cf. S.V. IV, 123; II, 473, 466; IV, 122; II, 4, 226, 276, 428, 472­473, 453, 208, 456; III, 188-189; IV, 347-348.

Las llamadas de Dios 255

no debe alimentar sin cesar y hacer crecer hasta el máximo. Lo in­teresante es saber pasar rápidamente de un extremo al otro como él lo hacía. En realidad intenta descubrir las condiciones en las cuales el hombre debe obrar y realizarse, favoreciendo al mismo tiempo el desarrollo de sus cualidades en la búsqueda de respues­tas adaptadas a las circunstancias, que la realidad suscita e impone. En esta perspectiva el hombre podrá encontrarse en la complejidad de su actividad y descubrir que Dios se encuentra en el origen y en el término de la acción humana.

La acción para Vicente de Paúl no es un desarrollo anárquico y conquistador del instinto de conservación o de poder, sino un despliegue de vitalidad que enriquece a los demás, al mismo tiem­po que realiza la existencia del hombre. Su sentido, significación y valor radican en ser reveladora de una intención más profunda: el querer de Dios: «Sabemos que nuestras acciones no tienen nin­gún valor, si no están vitalizadas y animadas por la intención de Dios. Tal es el consejo del evangelio que nos orienta a hacer todo para agradarle…» 1«.

En otra dimensión y bajo otra perspectiva Vicente intenta a través de la acción hacer presente y activo a Cristo en la historia. Más exactamente, la acción del hombre debe tender a prolongar, a realizar lo que el mismo Cristo hubiera hecho: «Cuando se trate de hacer alguna obra buena decid al hijo de Dios: Señor, si estu­vieseis en mi lugar, ¿cómo obraríais en esta ocasión?» 110. Para conseguirlo se requiere orientar la actividad humana de acuerdo con las «máximas del hijo de Dios»: «Debemos alabar a su majestad infinita por la gracia que ha concedido a la Compañía de tener esta práctica totalmente santa y siempre santificante. Si, desde el co­mienzo, hemos deseado todos entrar en este camino de los perfec­tos, que consiste en honrar a nuestro Señor en todas nuestras obras…» 111.

Esta doble dimensión y perspectiva de la acción, Vicente de Paúl trata de unificarla a través del cumplimiento de la voluntad de Dios. De esta manera no sólo une en la realización de la volun­tad de Dios sus dos preocupaciones: revestirse del espíritu de

109 S.V. XII, 154; cf. XI, 40-41; XII, 132…

110 S.V. XI, 348.

111 S.V. XII, 154; cf. XII, 132, 183, 214-215; L. Abelly, 1, 1. III, 89­90, 89.

256 El descubrimiento de los pobres

Cristo para continuar su misión, ajustar la prudencia para orien­tar la acción de acuerdo con la manifestación de la adorable pro­videncia, sino que hace coincidir la imitación, el revestimiento de Cristo con la unión a la voluntad divina: «Nuestro Señor es una comunión continua con quienes están unidos a su querer y no querer» 112.

En realidad Vicente de Paúl explicita y prolonga, en otro clima espiritual, la doctrina de Benito de Canfeld. Por eso la acción es para él una mediación y la mejor manera de unirse a la voluntad de Dios: «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas y realizarlas más para encontrarle que para verlas he­chas» 113. A través del obrar humano, Dios obra y se manifiesta: El cumplimiento «de la voluntad de Dios hace que nuestras ac­ciones no sean nuestras sino de Dios, puesto que se hacen en él y por él» 114. Para Vicente de Paúl el motor, es decir, el verdadero autor de la verdadera acción, cuyo resultado permanece, es Dios 115. El término que imanta, especifica, transforma la acción es Dios 116. Lo que equivale a decir que el amor es conformidad y comunión con la voluntad de Dios. Sólo en esta perspectiva se puede com­prender la prodigiosa actividad de Vicente de Paúl y su mística de la acción.

Discernimiento de la voluntad de Dios

«La práctica de la voluntad de Dios, dice Vicente de Paúl, es totalmente santa y siempre santificante» 117. Sin embargo, ¿có-

112 S.V. I, 233; cf. I, 39, 68; II, 36. «La perfección, afirma Vicente de Paúl, no consiste en los éxtasis, sino en cumplir perfectamente la voluntad de Dios»: S.V. XI, 317; cf. XII, 152, 183, 300. «El cumplimiento de la vo­luntad de Dios transforma al hombre en Dios y le reviste de Jesucristo»: B. Canfeld, 160, I, 18.

113 S.V. XII, 132; cf. XII, 90; XI, 32; II, 466; IV, 122-123; III, 188-189. «Cuando se busca a Dios fuera de la obra, se le busca al margen de su voluntad… y finalmente al abandonar la obra, se está fuera de su buen agrado y voluntad, puesto que la obra es su misma voluntad». Hay que «hacer la obra únicamente por la voluntad de Dios, puesto que se juzga que es esta misma voluntad». «Este grado (hacer la voluntad de Dios con perfecta intención) es totalmente necesario por ser fundamento… de la abnegación y de toda mortificación»: B. Canfeld, 160, I, 76-77, 81, 91; cf. I, 24, 64, 70, 71.

114 S.V. XII, 183.

115 Cf. S.V. XI, 343.

116 Cf. S.V. XII, 165, 183.

117 S.V XII, 154.

Las llamadas de Dios 257

mo discernir «esta voluntad de Dios, que es el alma de la Com­pañía y una de las prácticas que debe tener sus preferencias en su corazón… un medio de perfección muy fácil, excelente e infa­lible, y que hace que nuestras acciones sean acciones de Dios?» 118.

Vicente de Paúl temía constantemente ser guiado por «la es­trella de su propia razón» y convertirse en uno de esos meteoró­logos de lo maravilloso que no pueden soportar el resplandor del sol de Dios, en uno «de ésos que piensan bogar contra viento y marea» y que «van a pique miserablemente» 119. El, Vicente, co­noce sus tinieblas y sus abismos interiores. Sólo ve claro y se cal­ma cuando recuerda que Dios le ha esclarecido y conducido 120, cuando ajusta su pensamiento y su acción a las máximas y al es­píritu de Jesucristo 121. Sabe que su «salvación está en la obedien­cia a la voluntad divina» y proclama que «para llegar a la libertad de los hijos de Dios, de esclavos que somos de nosotros mismos y de las cosas» es necesario «no estar sometidos más que a la vo­luntad del Padre celeste» 122.

Para comprender cómo Vicente llega a discernir y a unirse a la voluntad de Dios, se requiere analizar la conferencia a los misio-

118 S.V. XII, 183; cf. XII, 152, 154; II, 36. «¿Qué es la santidad? Es el desprendimiento y alejamiento de las cosas de la tierra y al mismo tiempo una afección por Dios y una unión a la voluntad divina. En esto, me parece, consiste la santidad»: S.V. XII, 300.

lig S.V. XII, 178.

120 «¿Qué hacer para no perder nuestro tiempo y nuestro esfuerzo? No actuar nunca movidos por nuestro propio interés o fantasía, sino acos­tumbrarnos a cumplir en todo la voluntad de Dios, entiendan bien, en todo y no en parte. Esta gracia santificante hace a la acción y a la persona agradables a Dios»: S.V. XII, 156; cf. XII, 154.

121 «Para hacer buen uso de nuestro espíritu y de nuestra razón, debe­mos tener como regla inviolable juzgar en todo como juzgó nuestro Señor, pero digo siempre y en todas las cosas, y preguntarnos en cada ocasión: ¿Cómo juzgaría nuestro Señor? ¿Qué dijo? Es preciso que ajuste mi con­ducta a sus máximas y ejemplos. Atengámonos a esto, padres, andemos por este camino con firmeza; es una regla regia…»: S.V. XII, 178; cf. XII, 214-215, 154-155, 162, 164-165. «Nuestro Señor no d.-á nunca a una per­sona que se haya preocupado en seguir siempre su beneplácito: no os co­nozco. Por el contrario le hará entrar en su gloria. ¡Oh, Salvador!, conceded­nos la gracia de llenarnos de este deseo, para no producir ningún fruto sal­vaje, sino para que todas nuestras obras se hagan por vos y para vos, para ser agradables a la mirada de vuestro Padre; hacednos entrar, si es vuestro agrado, en esta fidelidad y concedednos realizar siempre nuestras obras se­gún vuestra voluntad»: S.V. XII, 157.

122 S.V. XII, 242.

258 El descubrimiento de los pobres

neros del 7 de marzo de 1659. El conferenciante, después de hacer alusión al pensamiento de Francisco de Sales y de Bérulle, adopta, adaptándola, la doctrina de Benito de Canfeld. Su intención no se reduce a reconocer la excelencia y utilidad de esta enseñanza. A través de la disertación, Vicente trata de comunicar al auditorio su experiencia interior.

Guiado en su pensamiento y en muchas de sus expresiones por el maestro capuchino, Vicente expone con precisión cinco mo­dos de discernir y de cumplir la voluntad de Dios. No obstante no deja de señalar su reticencia y desconfianza referente a las «ins­piraciones interiores» y a la «razón» como medios seguros de des­cubrirla 123. Si en este aspecto modifica la enseñanza de Canfeld, adopta por el contrario su «regla» para conocer y practicar la vo­luntad de Dios. Como él clasifica las manifestaciones de esta volun­tad en tres categorías, que requieren por parte del hombre tres criterios:

  • Las cosas mandadas. Criterio: la obediencia. La unión a la voluntad de Dios se realiza «ejecutando perfectamente las cosas que nos están mandadas y omitiendo hasta el más mínimo detalle las que nos están prohibidas. Y éste debe ser nuestro comporta­miento siempre que nos sea evidente que tal orden o tal prohibi­ción provienen de Dios, de la iglesia, de nuestros superiores, de nuestras reglas o constituciones».
  • Las cosas indiferentes. Criterio: la mortificación. «Entre las cosas indiferentes que se pueden realizar, se deben elegir pre­ferentemente las que repugnan a nuestra naturaleza a las que la satisfacen, excepto cuando las que le agraden sean necesarias. En este caso la preferencia de las cosas agradables debe ser motivada no porque deleitan a los sentidos, sino porque son más agradables a Dios».
  • Las cosas indiferentes, vti agradables ni desagradables, y las cosas inesperadas. Criterio: el abandono en la providencia.

«Cuando varias cosas, igualmente agradables o desagradables en sí mismas, se presentan al ejercicio de nuestra actividad, hay liber­tad de ejecutar cualquiera de ellas, puesto que se consideran como venidas de la divina providencia. Y cuando nos acontecen cosas inesperadas, como son las aflicciones o consolaciones corporales o

123 Cf. S.V. XII, 159-160.

Las llamadas de Dios 259

espirituales, todas ellas deben ser recibidas como salidas de la ma­no paternal de nuestro Señor».

Vicente no olvida señalar el motivo que debe orientar la acción para que ésta permita establecer la unión con Dios: «Todas estas cosas deben ser realizadas por el único motivo de agradar a Dios, y para imitar en ello, en cuanto nos es posible, a nuestro Se­ñor Jesucristo que hizo siempre las mismas cosas y por el mismo fin; ‘hago siempre, dice, las cosas que están en conformidad con la voluntad de mi Padre’» 124.

La necesidad y los acontecimientos son los signos más indiscuti­bles de la voluntad divina

Si hay que escuchar a Dios y obedecerle diligentemente, no hay que olvidar que Dios habla de diversas maneras. Pascal decla­ra admirablemente: «Si Dios nos diera directamente unos maes­tros, sería necesario obedecerles con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infaliblemente» 125. Para Vicente de Paúl, que profesa la «devoción especial de seguir paso a paso la

124 S.V. XII, 150-151; cf. XII, 150-165, especialmente 157-162. Para discernir y realizar la voluntad de Dios en todas las cosas que se presentan, Benito de Canfeld clasifica las cosas en tres categorías: cosas mandadas, cosas prohibidas, cosas indiferentes.

«Si la cosa está mandada, la voluntad de Dios está clara… es necesario ejecutarla… porque Dios lo quiere, no por ningún otro fin. Si la cosa está prohibida, la voluntad de Dios no es menos manifiesta . es necesario omitirla o rechazarla por la única razón de ser la voluntad de Dios».

En cuanto a las cosas indiferentes distingue tres categorías: «agradables a la naturaleza, contrarias a la naturaleza, indiferentes a la naturaleza».

«Si la cosa que se presenta pertenece a la primera categoría… la volun­tad de Dios es que la rechacemos. Si pertenece a la segunda… la voluntad de Dios es que la aceptemos». Admite sin embargo una excepción: «cuando el verdadero discernimiento requiere lo contrario por razón de salud, per­sona, tiempo, lugar y otras circunstancias semejantes».

«Si la cosa pertenece a la tercera categoría… ni agradable ni desagradable a la sensibilidad… se puede elegir la que se quiera, pero siempre por la inten­ción de ser voluntad de Dios… diciéndole sinceramente: aceptaré o rechazaré esto por vuestra voluntad y agrado… No se puede hacer ninguna cosa, por pequeña que sea, si no es por él y por su gloria. Por consiguiente cuando hacemos estas cosas indiferentes con intención de ser la voluntad de Dios, son voluntad de Dios…»: B. Canfeld, I, 42-43, 44, 45, 47.

La expresión utilizada por Vicente de Paúl: «como venidas de la mano de Dios», se encuentra en Canfeld, cf. Ibid., I, 56. Este insiste en que «la única intención» de toda la actividad del hombre «debe ser la voluntad de Dios».

125 B. Pascal, 130, 379, n.° 919.

260 El descubrimiento de los pobres

adorable providencia de Dios», la necesidad y los acontecimientos son «evangelio» y «profecía». Si nos situamos en la perspectiva de Vicente de ‘Paúl y adoptamos su visión del mundo, veremos que Dios se manifiesta a través de dos «necesidades» producidas por los acontecimientos: la miseria material y la miseria espiritual que rei­naban en la primavera del «gran siglo».

Vicente sabe por experiencia que se requiere estar atento a la providencia de Dios, que se manifiesta en lo provisional y a través de lo previsto, lo imprevisto y lo imprevisible. Todo cambio inte­rroga al hombre exigiéndole una actitud y una respuesta. En razón de esta interrogación y de esta exigencia Vicente no duda unirse irrevocablemente a los cambios que ponen en juego él querer de Dios y la re-creación de los hombres. Para conseguirlo se esfuerza a través de las situaciones complejas en descubrir la misteriosa vo­luntad de Dios.

Sin querer y sin poder separar la acción caritativa y misionera del conjunto de la vida espiritual, su fidelidad al presente, esclare­cido y sostenido por la experiencia del pasado, le obliga a estar continuamente en búsqueda y le abre a las necesidades impuestas por la realidad. Esta búsqueda incesante, esta abertura constante, le exigen «preocupación» y «acción». Preocupación y acción le ha­cen descubrir las llamadas de Dios. Estas llamadas provocan en él un compromiso, una responsabilidad. Pero la responsabilidad para él no es solamente conciencia de algo moral. Ante todo es escuchar el grito y las necesidades de los demás para ayudarles. Estas lla­madas exigen pedir a Dios una «disposición flexible», el «coraje de sufrir que da a los hombres de guerra y la firmeza que tienen en el orden militar» 126.

La búsqueda y realización de la voluntad de Dios a través de la realidad concreta, dura y exigente, producen un equilibrio inte­rior, una paz, un deseo de Dios, porque esta voluntad de Dios «es siempre santa y siempre santificante» 127. A los misioneros que no están «sometidos más que a la voluntad del Padre celeste», que vacían su corazón «de cualquier amor que no sea el de Dios… no les interesa más que Dios y Dios los conduce. Los veréis mañana, esta semana, todo el año y toda la vida en paz, en deseo y tenden-

126 S.V. XII, 237.

127 S.V. XII, 154; cf. XII, 183, 242.

Las llamadas de Dios 261

cia hacia Dios y difundiendo siempre en las almas los dulces y salu­dables efectos de las operaciones de Dios en ellos» 128.

Esta tendencia hacia Dios produce, en quienes buscan en todo el «buen agrado de Dios», la unión a la voluntad divina. «Cumplir la voluntad de Dios, es comenzar su paraíso en este mundo. Dadme una persona, dadme una Hija de la Caridad, que cumpla toda su vida la voluntad de Dios; ella comienza a hacer en la tierra lo que los bienaventurados hacen en el cielo; comienza su paraíso en este mundo; porque no tiene una voluntad distinta de la de Dios y en esto consiste participar en la felicidad de los bienaventurados… Señor, concedednos la gracia de comenzar desde este mundo esta vida feliz que los santos poseen en el cielo, que consiste en tener un mismo querer y no querer con Dios» 128.

Esta unión y esta felicidad no sólo permanecen en ellos. A tra­vés de su obrar los demás se benefician de su luz y de su eficacia: «Veréis su comportamiento resplandeciente de luz y siempre fecun­do en frutos; no hay más que progreso en su persona, fuerza en sus palabras, bendición en sus empresas, gracia en sus consejos y bálsa­mo en sus acciones» 138.

La característica de la vida ordinaria, los acontecimientos, in­terrogan e inspiran a Vicente de Paúl, al mismo tiempo que le ayu­dan a descubrir la voluntad de Dios. «La pura necesidad», confie­sa, es el camino utilizado por Dios para comprometernos en la realización de sus designios. Tiene el arte de «domesticar» estos acontecimientos, es decir, de interpretarlos a través de su expe­riencia re-creadora y según el espíritu de la Compañía. En esta pers­pectiva las exigencias concretas le llevan a hablar de las obligacio­nes, actitudes y comportamientos de los sacerdotes, de las personas apostólicas, que tratan de prolongar la misión de Cristo en medio de los hombres. En estas circunstancias sus palabras son la expre­sión de una exigencia y no los rígidos principios de una doctrina o la inamovilidad de una definición.

Si los acontecimientos manifiestan la voluntad de Dios y exi­gen una respuesta, Vicente hace descubrir a sus auditores e inter­locutores una consecuencia, convertida en exigencia de la vida mi­sionera: la decisión inquebrantable de no abandonar el mundo.

128 S.V. XII, 242; cf. XII, 235, 240.

129 S.V. IX, 645; cf. IX, 285; X, 280; IV, 340.

130 S.V. XII, 235.

262 El descubrimiento de los pobres

Sin duda en este mundo habitan las «tres concupiscencias» de que habla san Juan, sin embargo Dios «trabaja incesantemente» en medio del drama de este mundo y «Cristo agoniza en él hasta el último día. Durante este tiempo no se puede dormir».

Esta preocupación se encuentra en el centro de la perspectiva vicenciana, ella orienta su vida espiritual, su acción y su política. Vicente de Paúl vive y pretende continuamente realizar el plan de Dios, unirse a la voluntad de Dios.

  1. El trabajo incesante de Dios y de Cristo

El valor y el sentido del trabajo están orientados y sostenidos por la contemplación de la vida divina y de la existencia terrestre de Jesús. Para Vicente de Paúl, el Padre y el Hijo tienen un rostro de trabajadores: están entregados a un «trabajo eterno».

La primera imagen que tenemos de Dios en la Biblia, es la imagen de un Dios que trabaja, forma la tierra, produce los seres vivientes, hace al hombre a su imagen y semejanza y le instala en el jardín del edén para poblar la tierra y hacerla fructificar por el trabajo (Gén 1 y 2).

Dios Padre trabajaba «incesantemente»

«Dios mismo trabaja sin parar; siempre ha trabajado y traba­jará. Desde toda la eternidad trabaja en su intimidad divina, en­gendrando eternamente al Hijo a quien nunca cesará de engendrar. El Padre y el Hijo no han cesado de mantener la relación que les une, y este amor mutuo engendra eternamente al Espíritu santo por quien todas las gracias han sido, son y serán distribuidas a los hombres.

«Fuera de esta intimidad divina, Dios aún trabaja en la crea­ción y conservación de este universo, con el movimiento de los cielos, con las influencias de los astros, con los productos de la tierra y del mar, la temperatura del aire, la sucesión de las estacio­nes y todo este bello orden de la naturaleza, que dejaría de existir y volvería a la nada, si Dios no aplicara continuamente su mano en todo esto.

«Además de este trabajo general, trabaja con cada ser viviente en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en

Las llamadas de Dios 263

su hogar, con la hormiga, con la abeja… y esto incesantemente y sin discontinuidad.

«Si Dios, emperador del universo, no ha cesado nunca ni un solo momento en su actividad interior y exterior, desde que el mundo es mundo, llegando a la producción de las cosas más humil­des de la tierra, con las cuales colabora, cuánto más razonable será que nosotros, sus criaturas, trabajemos, como nos dice, con el su­dor de la frente» 131. En esta perspectiva vicenciana se requieren la actividad y la competencia del hombre para no hacer fracasar el plan de Dios en este mundo.

El trabajo es la imagen espontánea que el hombre hace de su vida para glorificar al Creador

El trabajo es el empleo de las fuerzas que Dios ha confiado al hombre, el signo por el cual Dios testimonia que el hombre es su colaborador en la realización de la «creación continua». Esta cola­boración tiene un doble sentido: dominación del hombre sobre la naturaleza, al mismo tiempo que sumisión al Creador. El hombre que trabaja es imagen de Dios que crea. El trabajo representa el servicio alegre hecho a Dios, la respuesta directa a su trabajo de creación.

Colocando al hombre en el centro de la creación, Dios le per­mite reinar sobre la naturaleza. Pero este poder concedido al hom­bre está destinado a glorificar a Dios. Teniendo que «cultivar y guardar» el jardín del edén (Gén 2, 15), el hombre debe realizar el trabajo que Dios le confía. El trabajo del hombre tiene su digni­dad porque Dios no ha querido que el hombre permanezca inactivo. El trabajo es expresión de la vida, de una vida que naturalmente vuelve a Dios para su gloria, al mismo tiempo que está integrado en la actividad creadora de Dios y en la realización del hombre.

Vicente insiste con frecuencia en el trabajo, en el carácter ve­rificativo y probatorio de la acción. Para él la acción, sostenida por el Espíritu de Dios, será la verdadera y, sin duda, la única prueba del amor 132. Trabajo y acción dan acceso a la vida verdadera, a esa vida que realiza al mismo tiempo la imagen de Dios y el plan de Dios en el hombre y en el mundo.

131 S.V. IX, 489-480.

132 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 81.

264 El descubrimiento de los pobres

«Comerás el pan con el sudor de tu rostro»: Sufrimiento y penalidad en el trabajo

La condición inicial del hombre era trabajar para la gloria de su Creador.

La Biblia nos enseña cómo esta situación ha sido transformada y cuáles han sido las consecuencias de la rebelión interna del hom­bre (Gén cap. 3). La descripción del libro del Génesis permite poner de relieve un hecho característico: el trabajo va a constituir uno de los medios utilizados por Dios para realizar su «maldición» (Gén 3, 16-19). El pecado introduce en el hombre una hostilidad: hostilidad a Dios, a sí mismo, y a los demás. También la natura­leza se convierte para el hombre en algo extraño. La consecuencia del pecado está representada en la dificultad que acompaña a todo trabajo, a través del cansancio, del dolor y con frecuencia de la vanidad que lo hipotecan. El trabajo es anterior al pecado. En con­secuencia, sólo la penalidad del trabajo entra en esta perspectiva. El trabajo no podía ser en sí mismo un castigo. La justicia de Dios no afecta al trabajo, sino al trabajador. Por eso el pecado se hará sentir en el mundo del trabajo.

La obligación que Dios impone al hombre, de ganar su vida con el sudor de su rostro, tiene una gran influencia en la mentalidad vicenciana. Para Vicente de Paúl esta obligación es «de tal ma­nera expresa, que ningún hombre puede eximirse de ella» 133. Sabe perfectamente que el ministerio sacerdotal y la obra carita­tiva de las Hijas de la Caridad exigen un trabajo duro, al cual aso­cia, como san Pablo, la idea de combate y de peligro. Por eso es normal que el sufrimiento y el cansancio afecten al cristiano 134. La sobreabundancia de tribulaciones es también para él una prue­ba de la vocación misionera, de la misma manera que para san Pablo era una prueba de su vocación y de su apostolado 135.

Dios continúa su obra en la historia

Dios Padre trabaja «incesantemente» en su intimidad divina y

133 S.V. IX, 487.

134 Cf. 1 Tes 2, 9; 2 Cor 10, 15; Col 1, 29; 1 Tit 4, 10; S.V. XI, 201, 202; XII, 170-171.

135 Cf. 2 Cor 6, 5 s; 11, 23-30; S.V. XI, 1-2, 74, 76, 334-335, 413;

XII, 67-68, 83, 134, 144-145, 283-284, 305, 306, 307, 309.

Las llamadas de Dios 265

fuera de esta intimidad, para continuar en el tiempo la obra de creación, de liberación y de salvación.

Por la fe sabemos que Dios está presente en el mundo, no bajo la forma de una complacencia lejana de contemplación, sino mani­festando su voluntad personal a través de los acontecimientos. Dios, lo mismo que el hombre, se encuentra comprometido en el drama del mundo y en el riesgo que lleva consigo el desarrollo de la humanidad.

Dios se manifiesta obrando. La salvación, que quiere realizar en el hombre, se continúa en la historia, en el tiempo. Dios no ha abandonado al hombre, ni jamás lo abandonará. Este se encuentra en presencia de un Dios que realiza su obra y que no obtiene nin­guna supremacía en permanecer inmóvil, indiferente, a los movi­mientos y fluctuaciones del mundo. La Biblia anuncia con claridad el sentido de esta obra y proclama que él es el origen y el fin de la misma. La realiza según los medios que sólo él conoce. Dios no es extranjero a nuestro mundo. Se encuentra en el centro de este mundo y de la vida con su dinamismo y exigencia constante de avance. El instituye una historia de salvación en lo más pro­fundo de los acontecimientos liberadores. La potencia de Dios ac­túa con los hombres para ayudarles a hacer de su historia un pro­ceso de liberación, que hay que proseguir continuamente.

En esta acción constante de Dios hay una continuación: los movimientos principales, las fases maestras de esta acción son tres:

  • el acto de Dios creador: la creación;
  • la aparición, existencia y mantenimiento de Israel;
  • la revelación en Jesucristo.

Jesucristo es la acción de Dios por excelencia, de la misma ma­nera que la salvación es la obra de Cristo. Señalemos que para ma­nifestar una de las relaciones más profundas que tiene con Dios, Jesucristo recurre a la noción de obra, que es para él esencialmen­te mediadora: «El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace» (Jn 5, 20). «Es necesario que haga las obras de quien me ha enviado» (Jn 9, 4).

Ante esta obra de Dios, que culmina en Jesucristo, debemos comprender que no hay salvación más que en Jesucristo, sin olvi­dar establecer una relación entre nuestra vida diaria, nuestro tra­bajo, y la potencia de Dios manifestada en su Hijo único. Existe un juicio de Dios en Cristo acerca de cada uno de nosotros (Jn 5,

266 El descubrimiento de los pobres

22-31), de lo que hacemos, de nuestra vida creadora, porque Dios nos ha restituido plenamente en Jesucristo. Dios permanece pre­sente en el mundo y obrando en él, al mismo tiempo que juzga nuestro trabajo y lo restaura en Jesucristo.

Vicente subraya que el desarrollo de la creación resulta de la conjunción de dos actividades: la de Dios y la del hombre 136 y nos recuerda que el trabajo realiza la vocación del hombre perfeccio­nando la obra de Dios 137 .

El trabajo del hombre unido a la redención realizada por Jesu­cristo y a la voluntad de Dios

Es imposible aislar el trabajo humano de la obra de redención, realizada por Jesucristo, y sustraerlo a la exigencia de la acción de Dios en este mundo. Esto quiere decir que el trabajo no trans­porta en él su punto de referencia, al mismo tiempo que nos se­ñala un doble peligro:

  • El primero consiste en despreciar el trabajo, en aceptar con resignación o desdeñosamente una parte del esfuerzo que el in­dividuo debe a la comunidad, porque, en definitiva, se llegaría a un asqueamiento que engendraría la pereza.
  • El segundo peligro, por el contrario, está representado por la idolatría, el «fetichismo» del trabajo, que nacen de la lucha im­puesta al hombre para ganar su vida. En un combate, marcado por el sello de la necesidad, el esfuerzo del trabajador toma el aspecto de una revancha sobre las deficiencias de la creación. Ya no se trata de servir a Dios, sino de lanzarse a la conquista de un mundo rebelde, que terminará por ser «dominado» y metódicamente ex­plotado. Satisfecho de la eficacia de su genio constructor, de su habilidad, de su perseverancia, el hombre llega por ello a una exal­tación de sí mismo en el trabajo. Adorándose en su obra, el hom bre, que transforma la tierra, se sustituye a Dios (cf. Ez 28, 4-6).

En estos dos excesos: huida ante el trabajo, absorción del hom bre por el trabajo, existe insumisión y rebelión contra el plan de Dios. Frente a esta doble tentación el creyente debe afirmar una doble certeza:

  • Las capacidades creadoras del hombre son un don de Dios.

136 Cf. S.V. IX, 489-490.

137 Cf. S.V. XII, 132, 154.

Las llamadas de Dios 267

— La actividad humana, en sus intenciones, en su relación y en sus resultados, está orientada al Creador. Por eso el «hombre nuevo», «dominando» el mundo y poniéndole al servicio de los demás, glorifica y adora a Dios.

En la mentalidad vicenciana, este trabajo duro y difícil ad­quiere un sentido de «redención», al mismo tiempo que realiza el cumplimiento de una obligación impuesta por Dios a todo hom­bre 138. En consecuencia el trabajo del hombre realiza el plan de Dios y recibe de él su verdadera significación.

Resucitado con Cristo, «el hombre nuevo» descubre en él sus capacidades creadoras. En Jesucristo el trabajo encuentra su sen­tido, que es el de una sumisión, de una acción vivida en conformi­dad con la voluntad divina. En esta perspectiva Vicente nos de­clara: «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas, y realizarlas más para encontrarle que para verlas hedhas. Nuestro Señor quiere ante todo que busquemos su gloria, su reino, su justicia» 139.

El trabajo , signo de fidelidad al mandato de Dios

Las repercusiones de la promesa, que Dios ha reservado al jus­to, se extienden también al trabajo: «Yahvé, tu Dios, te bendicirá en todas tus obras y en toda empresa de tu mano» (Dt 15, 10). «Dichosos todos los que temen a Yahvé, los que van por sus ca­minos. Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!» (Sal 128, 1-2). La mujer, de quien los Proverbios proclaman su alabanza, es ensalzada a causa de su actividad, cuyo origen se encuentra en el «temor de Dios» (Prov 31, 10-31).

Para el cristiano el trabajo no es solamente una palanca de li. beración, ni un medio que conduce a la servidumbre, sino la oca­sión de responder a las exigencias de Dios. Sabemos que el juicio recaerá sobre nuestras obras (cf. Rom 2, 6; 1 Cor 3, 8; Ap 13, 14).

Vicente de Paúl, atento a la mentalidad bíblica de la obligación de trabajar, obligación requerida por Dios y por la sociedad, la transpone en un momento histórico muy preciso. En esta época, la «banda» de religiosos mendicantes se multiplica en las calles de

138 Cf. S.V. IX, 487.

139 S.V. XII, 132.

268 El descubrimiento de los pobres

París 140. Se requiere conocer dicho contexto para comprender la originalidad y la fuerza de las expresiones vicencianas: «Los re­ligiosos sirven a Dios y son el apoyo de la iglesia; pero la mayoría, al menos los que mendigan, son una carga». Pero vosotras «sen­cillas Hijas de la Caridad», «podéis ganar suficientemente vuestra vida sirviendo a los demás; vosotras no sois carga para nadie»; podéis subsistir por vosotras mismas, debéis trabajar, sois corno «abejas celestes» que «recogen la miel en las flores y la llevan a la colmena para alimento de las demás» 141.

Para él, «la mayor obligación del hombre, después del servicio que debe hacer a Dios, es trabajar para ganar su vida». El que tra­baja «no será una carga para nadie», «encontrará los medios para vivir». Dios bendecirá su trabajo, porque el hombre «trabajando bendecirá a Dios». Por su trabajo el hombre se hace «justo» a la mirada de Dios y de la sociedad 142. Ante el ejemplo de Dios y de Cristo, ¿podríamos permanecer «ociosos», ser «inútiles», desearía­mos «economizamos»? dirá Vicente de Paúl. Sencilla, pero muy tenazmente, despliega las motivaciones que deben movernos a tra­bajar. Si la primera de estas motivaciones se funda en el mandato divino, exigiendo que el hombre gane su vida con el sudor de su frente, la segunda señala la orientación que Dios ofrece al justo para que viva del trabajo de sus manos.

El trabajo permite manifestar la gratuidad de la gracia en el ministerio sacerdotal y en la acción caritativa gratuita

«Buscad, buscad…». «Trabajemos, trabajemos», repetía en otro tiempo Vicente de Paúl. Los misioneros, lo mismo !que las Hijas de la Caridad, deben, como su fundador, realizar primero en ellos la imagen de Dios por el desarrollo de sus capacidades creadoras, concedidas por el mismo Dios a toda criatura. Después ayudar a los demás en el desarrollo de sus capacidades.

El calificativo «gratuito» recuerda en primer lugar la preten­sión de Vicente, de sus misioneros, de las Hijas de la Caridad: «no ser una carga para nadie y esto gracias a su trabajo» 143. En realidad este desinterés pecuniario es el anuncio de una voluntad

140 Cf. J. Loret, 106, I, 241.

141 Cf. S.V. 494, 495.

142 S.V. IX, 487-488.

143 S.V. IX, 492-493.

Las llamadas de Dios 269

de purificación más profunda y una invitación al cultivo de una virtud particularmente reveladora de la gratuidad de la gracia: el agradecimiento 144. «Dios es gratuito». Este amor gratuito es el signo del don de Dios a los hombres y la expresión del compro­miso incondicionado con el servicio de Dios. Vicente de Paúl re­cuerda el comportamiento de san Pablo, «el apóstol por excelen­cia», quien «hubiera tenido escrúpulo de comer un trozo de pan, que no hubiere ganado» 145.

Para Vicente de Paúl la vida verdadera es ante todo desarrollo, acción, búsqueda. Para él, la vida no se desarrolla en plenitud si no comunica con otro. Y como no hay vida más que en Jesucristo, no hay ideal más que en Jesucristo: «Consumirse por Dios, no te­ner ni bienes ni fuerzas sino para consumirlas por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre» 146.

En la vida y en la mentalidad de Vicente de Paúl, lo principal no es el trabajo, sino la permeabilidad a la presencia de Dios en el hombre, la disponibilidad para permitir que se realice la obra de Dios, que en Jesucristo es obra de salvación. El valor del hombre, el valor de su trabajo, está en su mediación, que hace transparente a Dios permaneciendo lo que él es. El trabajo en la perspectiva vicenciana tiene su fin en el desarrollo de la creación, en la vida siempre nueva del mundo, que glorifica a Dios, en la aplicación concreta de la fuerza de Dios, en beneficio de la esperanza de los pobres.

144 Cf. L. Abelly, 1, 1. III, 109, 260-270.

145 S.V. IX, 493; cf. 2 Tes 3, 7-9; 1 Tes 2, 9; 1 Cor 4, 12; Hech 18, 3; 20, 23-34.

146 S.V. XIII, 179; cf. VII, 341.

4

La evangelización de los pobres

  1. LOS POBRES VISTOS POR VICENTE DE PAÚL

Si Vicente de Paúl propone concertar todas las variantes de la dinámica vital para conseguir un solo fin: buscar y realizar el reino de Dios en sí mismo y en los demás, es para poder glorificar a Dios continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.

Esta misión de Cristo de «evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18), se inscribe en lo más profundo de la conciencia de Vicente: ella motiva la elección de la gran diversidad de sus actividades y orien­ta las opciones de su vida.

En la visión, en la mística de los pobres de Vicente de Paúl hay un rasgo que se debe meditar con detalle, explotar con esmero: es el juicio acerca de los pobres.

Progresivamente los pobres van a ser para Vicente un «signo», una «presencia» y sobre todo una «llamada» de Cristo, que le pro­porcionan el beneficio de una toma de conciencia, le comprometen en una responsabilidad, le dan una vocación. ¿Fueron los pobres quienes re-crearon a Vicente de Paúl? Es cierto que esta re-crea­ción es un don de Dios y los pobres eran incapaces de realizar esta transformación. Sin embargo Dios se sirvió de ellos para evangeli­zar la vida y garantizar esta re-creación de Vicente. Consciente

272 La evangelización de los pobres

de esta mediación de los pobres, utilizada por Dios, el buen padre Vicente no olvida informarnos discretamente del cometido de estos seres inicialmente insignificantes: su presencia le transmitió una orden de parte de Dios, su miseria jalonó las etapas de su caminar hacia Dios y hacia los hombres.

El ángulo de visión de Vicente de Paúl en sus comienzos

Cuando Vicente de Paúl llega a París en 1608 se encuentra en la miseria. Como otros muchos gascones, que abundan y viven agrupados en la capital, intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero en el fastuoso palacio de la reina Margarita no es suficiente para enriquecerle ni para permitirle vivir según el deseo de su sueño. La pobreza, en que se encuentra envuelta su exis­tencia, le impulsa a buscar un «honrado beneficio» que le permita deshacerse de esta envoltura molesta. La miseria en definitiva, no es para él en esta época más que el resultado de no saber defender­se en la vida.

En este París la mendicidad se organiza en grupos y una masa flotante, indeterminada, de pobres circula en sus calles, otros son encerrados en los hospitales. Estos pobres, estas miserias am­bulantes, no interesan entonces a Vicente de Paúl. Sin embargo «dos pruebas purificadoras» llegan a modificar su campo de visión: ellas amplían las perspectivas de su conciencia y le hacen ver de manera distinta a los hombres y a Dios.

Este Depaul de 1608 nos interesa poco, es el fundador de 1617 quien tiene interés para nosotros. En 1617 tiene 36 años, reside en París desde hace nueve años y ha mirado a los pobres.

Cómo Vicente de Paúl vio a los pobres a partir de 1617

Una psicología golosa de sus propias lágrimas y de las lágri­mas de los demás ha intentado explicar el aspecto más rico y más original de la obra y de la enseñanza de Vicente de Paúl por la compasión. Los pobres le habrían dado lástima y este sentimiento habría sido el trampolín para lanzarse hasta Dios. Enrique Brémond ha rechazado con precisión esta interpretación confeccionada en los talleres gráficos del culto revolucionario de la Enciclopedia 1 o en

1 «Mi santo es Vicente de Paúl, el patrón de los fundadores. Ha me­recido la apoteosis tanto de los filósofos como de los cristianos. Ha dejado

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 273

las imaginaciones orquestadas en el lirismo coloreado del romanti­cismo religioso y popular. «No son los pobres quienes le han dado a Dios, sino Dios por el contrario, quien le ha dado a los pobres. Quien le ve más filántropo que místico, se imagina un Vicente de Paúl que jamás existió». Y concluye: «Es el misticismo quien nos ha dado al más grande de nuestros hombres de acción» 2. Des­graciadamente Brémond no explica cómo Dios le ha dado a los pobres y olvida señalar que los pobres fueron utilizados por Dios para evangelizar la vida de Vicente.

No se puede dudar que los pobres transmitieron a Vicente de Paúl un signo, una presencia, una llamada de Cristo. Desdichada­mente nunca sabremos cómo se realizó esta transmisión, pero una observación, que analiza el caminar de Vicente, permite verificar que se realizó progresivamente. «Las obras de Dios se •hacen poco a poco» 3, afirma Vicente al final de su vida. ¿Por qué no tener en cuenta esta confesión? En él la gracia, canalizada a través de los acontecimientos, se acompasó al ritmo del tiempo para hacerle pasar de prisionero de sí mismo a abrir su vida a la vida de los demás.

El paso definitivo de esta evolución se sitúa entre 1613 y 1617, cuando Vicente, agitándose en una «noche oscura» del espíritu 4, se re-estructura en su fe. Para ello se esfuerza en testimoniar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «cuantas veces hi­cisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos a mí me lo hicisteis». En esta situación se decidió un día a dar a Dios toda su vida para el servicio de los pobres. Vicente descubre el sentido de los pobres cuando se da a ellos, cuando asume su propia pobreza. El sufri­miento, que le causa su propia existencia, le lleva a percibir más profundamente el rostro de los desdichados y esta percepción le

más monumentos útiles que su soberano Luis xiii. En lo más álgido de las guerras de la Fronda fue respetado igualmente por los dos partidos. Unica-mente él hubiese sido capaz de impedir la noche de san Bartolomé. Quería que se hubiese destruido la campana infernal de Saint-Germain-l’Auxerrois, que dio la señal de la matanza. Era tan humilde de corazón, que rechazaba celebrar los días solemnes con los lujosos ornamentos que le habían regalado los Médicis, siendo en eso muy distinto a Francisco de Sales, que escribía a la señora de Chantal: ‘Mi querida hermana, esta mañana he celebrado la misa con la bella casulla que usted me ha bordado’»: Voltaire, carta del 4 de enero de 1766, dirigida al marqués de Villette, ed. Garnier, Paris 1885, T. XLIV, pp. 167-168.

2 H. Brémond, 23, T. III, Vol. I, 219, 228.

3 S.V. VIII, 208 (26 de diciembre de 1659).

4 Cf. pp. 211-213.

274 La evangelización de los pobres

hace ser un excelente testigo y un cliente privilegiado de los po­bres. A partir de ese día Vicente experimenta que no se puede co­nocer sin amar. Pero el conocimiento se encuentra al término de un intercambio profundo y el amor requiere dar su vida por los de­más. Conocimiento y amor exigen pagar el precio de la abertura, del descubrimiento, del don al «otro». Por eso declarará sencilla­mente Vicente de Paúl: «Es necesario dar su corazón para obtener el corazón de los otros» 5.

Este doble movimiento del conocimiento y del amor va a orien­tar la dinámica generadora del pensamiento y de la vida de Vicente. Buen alquimista de fórmulas espirituales, funde en una frase las elementos del contenido de su experiencia. A través de ella intenta comunicar su experiencia re-creadora y modelar el espíritu de los misioneros, de las Hijas de la Caridad. Por eso repetirá: «es ne­cesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres» Este don, en definitiva, es la respuesta del hombre a Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia humana. Al mismo tiempo introduce al hombre en el dinamismo del espíritu de Jesús y le permite desarrollar las dos virtudes que caracterizan al hijo de Dios: «la religión en relación al Padre y la caridad en or­den a los hombres» 7. Abordada en esta perspectiva se puede des­cubrir la riqueza y profundidad de la expresión de Vicente de Paúl: «continuar la misión de Cristo», de este Cristo que «estará en agonía» en cada hombre «hasta el fin de los días».

Su experiencia

Como todos los espirituales de su tiempo Vicente de Paúl no comprendió exactamente la visión política de Richelieu, ni de Ma-zarino. Pero vio a los pobres basándose en dos elementos: su ex­periencia y su fe.

El conoce la miseria de los campesinos por experiencia per­sonal, sus orígenes y sus misiones. Esta miseria está provocada por causas accidentales y otras más antiguas, inherentes al Antiguo Régimen, que Vicente conoce y que intenta remediar: La coyun­tura histórica provoca crisis terribles, disgrega la economía y la

5 S.V. XII, 189 (28 de marzo de 1659).

S.V. IX, 592; cf. S.V. XI, 50, 74, 100; XII, 56, 78, 134, 146, 166,

322, 323, 354, 389, 403, 409, 433.

7 S.V. VI, 393.

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 275

sociedad campesinas, aumenta el paro obrero en las ciudades, mul­tiplica las rebeliones y hace crecer considerablemente las filas de pobres, mendigos, vagabundos y bandoleros. La ignorancia y la credulidad se unen a estas calamidades de orden físico. Esta igno­rancia es la causa de una credulidad bastante general.

En 1617, Vicente de Paúl no posee la fórmula de lo que hay que hacer, pero tiene la intuición. Testigo de la caridad de Dios, es el servidor de los pobres. Indagador incansable de nuevas fórmu­las, busca aliviar la miseria humana, profundizar y hacer profundi­zar el misterio de los pobres, amarlos y hacerles amar en Jesucristo. ¿Cuántas conciencias, cuántas formas de vida religiosa han vivido y viven todavía apoyadas espiritualmente en la intuición de Vicen­te de Paúl? 8.

Su fe: Cristo-iglesia-pobres

Sea cual sea la realidad y el rostro de la miseria, Vicente de Paúl jamás separará Cristo-iglesia-pobres. No hay vida apostólica más que en esta religión realizada junto a los pobres, que continúa la misión de Jesús.

Vicente descubre el sentido de los pobres conjugando íntima­mente el movimiento de amor, el don a Dios, y el esfuerzo del conocimiento, llevado a su término por la intuición viva de todo el ser del hombre. El encuentro con los pobres le hace descubrir el evangelio de Jesús, enviado a los pobres. En un mismo acto en­cuentra a Cristo, a la iglesia, a los pobres. A partir de este momen­to la teología de la fe de Vicente de Paúl jamás separará estas tres realidades que mutuamente se iluminan. En un mismo acto encuentra a Cristo, a la iglesia, a los pobres.

Se podría haber dejado seducir fácilmente por el aspecto jurí­dico y económico de la iglesia de Francia del siglo xvii. Pero un hugonote, que desea convertirse, le recuerda la realidad. Este he­reje denuncia 10.000 sacerdotes que vagabundean por las calles de París y publica el abandono de la línea de fuerza del mensaje del evangelio: Cristo-iglesia-pobres. La iglesia ha abandonado a los pobres y es esto precisamente lo que impresiona a Vicente de Paúl. La línea original de construcción de la iglesia —iglesia-pobres—parece olvidada, abandonada.

8 A. Dodin, 49, 93-95.

276 La evangelización de los pobres

La iglesia de Cristo no es, en consecuencia, para Vicente de Paúl una promesa de poderío. Está convencido de que los pobres tienen la preeminencia en la iglesia y que los ricos son sus servi­dores. En razón de esta doble certeza es posible para él re-crear un futuro cualitativamente nuevo.

A diferencia de sus contemporáneos, Vicente de Paúl presenta a Dios actuando «incesantemente» en el mundo y en la historia de los hombres. Situándose en esta perspectiva, Vicente exige la actividad y la competencia del hombre para no hacer fracasar el plan de Dios y continuar la misión de Jesucristo. En esta misma perspectiva descubre a la iglesia en marcha hacia su eternidad. En este caminar del «pueblo de Dios» los pobres representan a Jesu­cristo y apelan a la «justicia» de Dios. Su miseria recuerda el olvido de las exigencias de la creación, querida por Dios, y el des­interés, cuando no el desprecio, por las condiciones de la verdadera redención.

A esta perspectiva opone una constatación: el sacerdocio no está centrado en los pobres, se ha convertido en una situación. Vi­cente intenta restablecer el sacerdocio, el laicado en contacto con los pobres. Cuando se está con los pobres, se está seguro de per­manecer en la iglesia de Cristo. En la época esta posición es una actitud reolucionaria. Esto es lo que Vicente querrá para los sacer­dotes que él formará. En realidad Vicente piensa e intenta realizar una conversión radical de la actitud de la iglesia de su tiempo:

Que los sacerdotes se sitúen en el movimiento de la misión de Jesús y se dirijan a los pobres como presencia de Cristo. Entonces manifestarán que la relación a los pobres es una verdad iluminada por la exigencia de la fe, antes de ser un problema de caridad, de seguridad, de filantropía y de sentimiento.

Que la iglesia vuelva a ser la imagen verdadera de Cristo, la continuadora de su misión, entonces se presentará a la mirada de la sociedad como «sierva y pobre». Este servicio y esta pobreza ha­rán cobrar conciencia al hombre de una realidad: «Los ricos no son admitidos en la iglesia más que para ser los servidores de los pobres», los administradores de las riquezas que Dios ha depositado en sus manos. «En la iglesia» de Jesucristo «los pobres son ricos y los ricos son sus servidores». La «maravillosa dignidad de los po­bres», «primeros ministros de este reino», según las expresiones de Bossuet, les otorga «la gracia, la misericordia, el poder» de li-

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 277

berar a los ricos del peso de sus riquezas y de abrirles el camino hacia el verdadero sentido del hombre. Pobres y ricos podrán ser entonces evangelizados.

El misterio de los pobres es complejo, porque no son solamente seres insignificantes, disminuidos. Ellos son en sí mismos lugar de combate. Su indigencia no basta para salvarlos, incluso si a causa de ella la complacencia de Dios se manifiesta en su favor. Es pre­ciso que saquen provecho de esta miseria para convertirse en los pobres de Dios, de lo contrario peligran destruirse y arriesgan no aprovechar las disposiciones favorables de su pobreza ‘material, de su condición humillada. Su pobreza atrae sobre ellos la «misericor­dia» y la «justicia» de Dios: la fidelidad del reino de Dios debe be­neficiar a los desdichados, a los desheredados 9.

Vicente de Paúl encuentra las directrices, los principios que orientan y motivan la pastoral que se opone al hundimiento de los menos dotados e impide a los pobres convertirse en miserables:

  • La vida del hijo de Dios, lo mismo que su eucaristía, está al servicio de los pobres.
  • Jesús no se contentó con predicar a los pobres, los sirvió «.
  • El Hijo de Dios está presente en los pobres: aparentemente y a la mirada humana, los pobres aparecen toscos, ignorantes y apenas ofrecen apariencia y sensibilidad de seres racionales 11, sin embargo hay que reconocer que la verdadera religión se encuentra entre los pobres 12. Y si se «vuelve la medalla», si «se los mira a la luz de la fe», aparecerán como imágenes de Jesús «que quiso ser pobre, y que nos es representado por los pobres» 19.
  • La vida del hijo de Dios fue un movimiento de empobre­cimiento para enriquecernos. A fin de servir perfectamente a los

9 «Dios favorece a los pobres no porque les deba algo, sino porque se hace su defensor y protector; está en juego en ello su justicia real»: J. Dupont, Les béatitudes II, Paris 1969, 123.

10 Cf. S.V. V, 68; XI, 202; XII, 87; IX, 244-246, 324-325, 59-60; 119, 592-593, 594; X, 667-668.

11 Cf. S.V. XI, 32; IV, 42-43.

12 Cf. S.V. XI, 201; XII, 170-171.

13 S.V. XI, 32; IX, 252; X, 332, 679-680. Pascal en esta misma línea de experiencia y de pensamiento nos muestra dónde se encuentra la ver­dadera riqueza en el orden de la sabiduría y de la gracia: «Considerar a Jesucristo como pobre en los pobres… El asumió esta miserable condición para poder estar en todas las personas y ser modelo de todas condiciones»: B. Pascal, 130, 390-391, n.° 946.

278 La evangelización de los pobres

pobres, Cristo dejó el cielo, se hizo pobre (Flp 2, 4-8; 2 Cor 8, 9). La verdadera vida se encuentra en este movimiento que completa la donación del hijo de Dios.

— Finalmente, Jesucristo está presente en los pobres y con­sidera hecho a su persona todo lo que se hace a los pobres 14. En ellos y por ellos, distribuye la gracia, la alegría, la dicha inefable. Estos seres, aparentemente despreciables, son en realidad grandes señores. Pueden condenarnos en cada minuto ante el tribunal de Dios y ante la sociedad. Pero también tienen poder para salvarnos y liberarnos 15. A todos los que les sirven les procuran algo más que recompensas eternas 18. Incluso aquí, en este mundo, otorgan una dicha especial 17. Quienes sirven a los pobres no temen la muerte 18. El poder de los pobres es inconmesurable, porque pue­den aclarar nuestra mirada miope. Nos invitan a ver las cosas co­mo son en Dios, en el orden de la providencia.

Aclimatando a los demás a las exigencias evangélicas, Vicente de Paúl entregará una fórmula de vida: «Los pobres son nuestros señores y maestros», maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos el pensamiento se rectifica, la acción se ajusta e interiormente se modela. El nos confesará silenciosamente que en la iglesia y en la sociedad se debe comprender todo, amar todo, organizar todo a través de estas realidades verdaderas de los pobres. Sólo con este precio el dinamismo de la generosidad y de las relaciones entre los hombres tendrá una fuerza que sobrepasa al hombre.

¿Vicente de Paúl tuvo una visión espiritual de los pobres?

Para comprender cómo Vicente de Paúl vio a los pobres, es indispensable situar su acción y su pensamiento con respecto a los desdichados dentro de su experiencia y de su fe.

Para conseguirlo, es menester, en primer lugar, deshacernos de la manera abstracta que tenemos de ver el mal, la miseria, simple­mente como un problema. Para Vicente de Paúl el mal no se plan-

14 Cf. Mt 25, 40; S.V. XIII, 427-428; V, 615; IX, 253, 324, 332; X, 126, 610, 680; VI, 496-497.

15 Cf. S.V. IX, 253; X, 109.
18 Cf. S.V. IX, 252.

17 Cf. S.V. IX, 88; X, 680-682.

18 L. Abelly, 1, 1. III, 121.

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 279

tea como un problema, en concreto no pone en juego la cuestión de la existencia de Dios 19.

Para él, los pobres no son únicamente los desprovistos de re­cursos económicos, ni tampoco los «pobres de espíritu». En rea­lidad son todos los que sufren a causa de la miseria, en el sentido más amplio de esta palabra. Vicente evolucionó mucho de un tér­mino al otro de su existencia, y en esta evolución encontramos la diversidad de sus obras, de sus instituciones, de su acción y de sus métodos. Pero ante todo encontramos en esta evolución el carác­ter espiritual de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl.

No solamente vio el carácter sociológico de la pobreza y de los pobres, sino su carácter espiritual, lo cual es una gran riqueza. Vicente de Paúl no tuvo, en efecto, una visión sociológica rigurosa de la pobreza, y lo que vio en su tiempo no se puede trasplantar al nuestro. Pero tuvo una visión eclesial del pobre y esta visión es trasladable y adaptable. No se encadenó con ninguna forma socio­lógica, se tiene la prueba en la gran variedad de pobres socorridos y en la gran diversidad de medios empleados para dirigirse a ellos.

Para poder comprender la flexibilidad de Vicente de Paúl, su participación al ritmo de la vida de Dios en este mundo, su pre­ocupación de «hacer efectivo el evangelio» 20, se requiere no ol­vidar que este capellán-misionero de los Gondi llegó a ser un hom­bre de iglesia que respondió a las necesidades de los hombres de su tiempo. Su constante intuición, penetrando cada día más pro­fundamente en el mundo, le invitaba a ponerse más definitivamen­te al servicio de Dios. Pero el servicio a Dios en este mundo no se realiza más que a condición de continuar la obra creadora de Dios y la misión de Cristo, evangelizador de los pobres. En re­lación con esta misión divina se debe comprender todo, amar to­do, organizar todo.

19 Sólo una vez encontramos en las 8.000 páginas de la obra de Vi­cente de Paúl una interrogación que puede traducirnos más un movimiento de sentimiento, de compasión, de dolor, que un problema de fe: «…Sí, hace veinte dios que ellos (los pobres campesinos de las fronteras) soportan continuamente la guerra; si han sembrado, no tienen seguridad de cosechar; vienen los ejércitos saqueando y robando, y lo que el soldado no ha robado, lo arrebatan los sargentos y se lo llevan. ¿Qué hacer después de ésto? ¿En qué venir a parar? No hay más remedio que morir. ¡Si hay una religión verdadera! ¡Dios me lo perdone! Hablo materialmente. Es entre los pobres, es en estos pobres campesinos en quienes se conserva la verdadera reli­gión…»: S.V. XI, 200-201.

20 Cf. S.V. XII, 84, 90.

280 La evangelización de los pobres

Para Vicente de Paúl el espíritu de Jesucristo es «caridad per­fecta», «amor al Padre» y «amor humillado» a los hombres. La iglesia, que continúa el misterio de Cristo, debe revelar y prolongar este amor fiel y misericordioso. Ella es la iglesia pobre y la iglesia de los pobres. Ciertamente que esta iglesia no puede rechazar a nadie, pero su predilección se concentra en los pobres. La inspira­ción verdadera para él no es otra que la presencia del misterio de Cristo en los pobres. En ella encontramos la fuente de su riqueza, los recursos de su vitalidad, el ritmo de su evolución. El genio del cristianismo no tiene para Vicente más que una ambición: «va­ciarse de sí mismo para llenarse de Dios» 21. Pero fueron los po­bres quienes le marcaron el ritmo de su existencia, le vaciaron de sí mismo, le ayudaron a llenarse de Dios. Fueron ellos quienes le sensibilizaron a esta gracia humillante e inspiradora, que permite al hombre abrirse a la bondad, a la riqueza de Dios.

En la línea de abertura de Vicente de Paúl a los demás, hay una constante que aparece desde el comienzo de su estrategia di. námica de la caridad: la preocupación por los más abandonados, los más desamparados, los más pobres. En la asistencia de la caridad, los más abandonados tendrán siempre el lugar privilegiado. En la entrega a esta categoría de pobres, el más mínimo detalle de ternura y de servicio es el signo más claro que impide a «la caridad» dege­nerar en sacrilegio. La «caridad» de Vicente de Paúl impide con­vertir a los pobres en instrumentos de proselitismo. El destierra para siempre el egoísmo nauseabundo que utiliza la miseria de los demás como un rebosadero de la piedad, como un vertedero de la ideología.

Su preocupación por los pobres, de los que nadie se ocupa, nos puede afirmar en esta visión espiritual de los pobres, al mismo tiempo que nos revela el criterio de su acción 22 y la profundidad de su pertenencia a la iglesia.

Cuando sabe que él, Vicente de Paúl, debe remediar la igno­rancia de los campesinos abandonados, «la pobre gente de los cam­pos» que «muere de hambre y se condena», lo hace porque los juzga los más abandonados de la sociedad, incluso aunque tengan sacerdotes en sus parroquias. Para él, los pobres son los campesi nos, los que no habitan en la ciudad. En este aspecto está en con-

21 S.V. XI, 2.

22 Cf. S.V. XII, 90.

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 281

tradicción con Sully, Richelieu y Séguier que ven pobres en otras partes. Pero él ve un bloqueo psicológico de finalidad apostólica y social .sobre el campesino. Fundado en esta idea organiza la Con­gregación de la misión 23. Su política de sabio le lleva a observar con detalle, a obstinarse. Su obstinación en profundizar en lo inme­diato, en el detalle, no le impide contemplar el horizonte que se amplía continuamente. Desea, es su manera de obrar, solucionar los casos particulares por una organización; quiere llegar al fondo del mal y, en este camino de ahondamiento, descubre que se re­quiere sanear el cuerpo sacerdotal ignorante y vicioso 24. Un mo­vimiento profundo se instala en su conciencia: cuanto más se pu­rifica, mejor ve. Purificado por la gracia y la miseria de los demás, vuelve a dar a la iglesia su verdadero sentido, el sentido de los po­bres, y comienza todo un movimiento. El adquiere una visión evan­gélica de los pobres.

En la perspectiva vicencíana los pobres nos descubren y nos juzgan al ser constituidos testigos irrefutables de la «justicia» de Dios, del amor humillado y doloroso de la encarnación, de la reden­ción. Al mismo tiempo son el símbolo de nuestra pobreza, de lo que somos ante Dios.

En la visión vicenciana, en lo que respecta a él personal­mente, el pobre guarda su corazón libre para lo esencial. No está obstruido, sino totalmente disponible a la voluntad de Dios y a las realizaciones de su designio sobre el mundo. La esperanza del rei­no puede invadirle, incluso si llega a descubrirla y a encontrarla a través del sufrimiento: «Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que he hecho siempre de que la verdadera re-

23 Cf. S.V. XII, 79-83.

24 Cf. S.V. XII, 83-84, 85-86, 89-90. Partiendo de la misión dada en Folleville, Vicente de Paúl intenta remediar la miseria de los campesinos abandonados y mejorar la situación de los sacerdotes. En 1625 (el 17 de abril) firma el contrato de la fundación de la Congregación de la misión. En 1628 (julio) conversa con monseñor Pottier, obispo de Beauvais, acerca de de la formación del clero, el mes de septiembre comienza la obra de los ordenandos. En 1633 inaugura la organización de las conferencias eclesiásticas llamadas de los «Martes», que reúnen a los sacerdotes en el ministerio. En 1641, la Congregación de la misión abre un seminario en París. A partir de 1643, nombrado miembro del Consejo de conciencia del reino, Vicente em­prende la obra tan delicada de la renovación de los religiosos y del episco­pado. Estas empresas, si se las mira de cerca, no son más que el desarrollo natural de la actividad misionera de Vicente de Paúl, de su preocupación por evangelizar a los •pobres.

282 La evangelización de los pobres

ligión, la verdadera religión, padres, la verdadera religión, se en­cuentra entre los pobres. Dios los enriquece con una fe viva; creen, palpan, saborean las palabras de vida. Jamás los verán en sus en­fermedades, aflicciones y penurias encolerizarse por impaciencia, murmurar y quejarse; nada de eso, o raramente.

«De ordinario, conservan la paz en los disturbios y penas. ¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos, Dios hace abundar en ellos las gracias que rehúsa a los ricos y sa­bios del mundo» 25.

En lo que nos concierne, el pobre es la imagen de Cristo, el recuerdo molesto, quizás, pero exacto de lo que realmente somos delante de Dios, sean los que sean los disfraces bajo los cuales tra­tamos de ocultar nuestra pobreza radical de criatura y de pecador, de ser humano destinado a la limitación, a la soledad. Todos so­mos pobres delante de Dios y no encontramos nuestro verdadero equilibrio más que adquiriendo esta actitud de pobreza radical de la cual, con frecuencia, la posesión de bienes nos hace incapaces 26. Vicente lo comprendió perfectamente y experimentó la ley del mundo espiritual: la necesidad de ser y de reconocerse despro­visto de recursos para que Dios nos levante hasta él. «Dios se revela en la pobreza».

Es cierto que el ideal no consiste en carecer, en no tener (el masoquismo es una perversión y vivir a expensas de los demás puede ser carencia de vitalidad humana), sino en permanecer libre

25 S.V. XII, 170-171; cf. S.V. XI, 200-201.

26 A uno de sus misioneros que le exponía un día la pobreza de su casa, le preguntó:

  • «¿Qué hace usted, padre, cuando le falta lo necesario para la comu­nidad? ¿Recurre a Dios?
  • A veces, sí, respondió el padre.
  • Pues bien, le replicó, mire lo que hace la pobreza, nos obliga a pen­sar en Dios y a elevar nuestro corazón hacia él, mientras que si estuviése­mos en la comodidad, quizás nos olvidaríamos de Dios. Por eso tengo gran alegría cuando la pobreza real se practica en nuestras casas. Oculta en esta pobreza hay una gracia que no conocemos.
  • Pero, le insistió el padre, usted procura el bien a los demás pobres y abandona a los suyos.
  • Ruego a Dios, le dijo Vicente de Paúl, que le perdone estas pala­bras, veo claramente que las ha dicho con toda ingenuidad; pero sepa que jamás seremos más ricos, •que cuando seamos semejantes a Jesucristo»: L. Abelly, 1, III, 276.

Para Vicente de Paúl, los bienes temporales matan el celo y desarrollan la avaricia: cf. L. Abelly, 1, 1. III, 275-276.

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 283

en la abundancia y en la privación a ejemplo de Jesucristo y de san Pablo. Sin embargo la pobreza material, la condición humilla­da, constituyen disposiciones favorables para llegar a ser los ver­daderos «pobres de Yáhvé». Sería necesario revelar a Jesucristo a estos pobres. El es la plenitud de lo que en ellos se encuentra ya en imagen. En consecuencia, si tenemos sentido de la solidaridad humana y de las exigencias evangélicas, nos sentimos juzgados y nos juzgamos a nosotros mismos. Este juicio puede hacernos co­brar conciencia de una realidad: los pobres pueden ser medio o ca­mino para encontrar a Cristo.

El amor, que Vicente concibe por Dios, está incluido en el don de sí mismo hedho a Dios para servir al prójimo pobre y aban­donado. En esta forma de extensión de Dios en sus imágenes vi­vas, Vicente puede conferirle el bien que reclama el amor que le tiene. Comprendió perfectamente que Dios le dio, por decirlo así, al prójimo pobre para amar en su lugar. Profundizó en la revela­ción evangélica, donde no solamente el amor a Dios aparece unido al amor al prójimo, sino que está envuelto en él 27.

A la mirada de Vicente de Paúl, los pobres aparecen, en pri­mer lugar, como una forma de «sacramento» del encuentro con Dios. En ese momento se convence que su caminar hacia Dios debe pasar a través de ellos. Liberado de sí mismo, en el momento de dar toda su vida a Dios para el servicio de los pobres, quiere imi­tar a Cristo que está presente en los pobres y es totalmente para ellos. Los pobres le ayudarán a desplegar en él un movimiento de compasión, un movimiento de acción y de vida, un movimiento de fe, porque estas miserias ambulantes son «Cristo», los «predilec­tos de Dios», y «nosotros somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios».

Como siempre Cristo descifra la realidad de los pobres. «Na­da me agrada si no es en Jesucristo», declara Vicente de Paúl. Los pobres sólo le agradan en Jesucristo. A la mirada de Vicente los pobres merecen el más profundo respeto, porque su mirada es iluminada por la luminosidad de la fe.

¿Cómo resumir el secreto de Vicente de Paúl, su visión de

27 Cf. S.V. XII, 262-263. Sería interesante leer toda la conferencia sobre la caridad del 30 de mayo de 1659: S.V. XII, 260-276. «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo», afirma Vicente de Paúl: S.V. XII, 127.

284 La evangelización de los pobres

los pobres? Toda fórmula sería inexacta, porque ocultaría, sin que­rerlo, la riqueza desbordante que intentaría aclarar. Si quisiéramos resumir el secreto de Vicente con respecto a su visión de los po­bres, tomaríamos prestadas algunas palabras de este pobre de Dios:

«Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a quienes aman a los pobres, porque cuando se quiere a alguien, se tiene afecto por sus amigos y servidores. Pero, la pequeña Compañía de la misión trata de ocuparse con afecto de servir a los pobres, que son los predilectos de Dios, y de esta manera tenemos motivo de esperar que, por amor a ellos, Dios nos amará. Vayamos, pues, hermanos míos, y ocupémonos con nuevo amor en servir a los pobres, e in­cluso busquemos a los más pobres y a los más abandonados; re­conozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros, y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios» 28.

Si admiramos estas palabras de Gandhi: «Cada uno de nosotros miraría entonces a los demás como igual a sí mismo y los reuniría en la red de seda del amor» 28, si Bossuet proclama en el púlpito: «en la iglesia los pobres son ricos y los ricos sus servidores», pre­ferimos la declaración de uno de los primeros clientes de los pobres, Vicente de Paúl: «El hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es representado por los pobres» «. «Nuestra herencia son los pobres». «Son los predilectos de Dios».

Aspecto bíblico-teológico: Predilección de Dios por los pobres

¿En qué se fundamenta, hablando de Dios y de Cristo, el amor que busca con predilección a los pequeños, a los humildes, a los menesterosos? (cf. Lc 15, 3-11; Mt 18, 12-14; Jri 19, 1-8) ¿Qué les relaciona de manera especial con los desdichados? La «teolo­gía» 31 y la cristología pueden iluminar todo un aspecto del antiguo y del nuevo testamento —manifestación constante de la fuerza y de la gracia de Dios con respecto al movimiento y esperanza de los pobres—, todo un aspecto de la vida de la iglesia.

La encarnación es ante todo un hecho de la «economía de la salvación» de que habla san Pablo (Ef 1, 3-14). Significa, que Dios,

28 S.V. XI, 392-393.

Citado según L. J. Lebret en Le drame du sibcle, Paris 1960, 70.

30 S.V. XI, 32.

31 J. Dupont, Les béatitudes II, 91-123.

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 285

por medio de Cristo, se da a los pobres. Jesucristo, DiosJhombre, coima la miseria de la humanidad pobre. La bienaventuranza de los pobres, permaneciendo ante todo «teologal», viene a ser «cris-tológica» (cf. Dt 26; Lc 6, 20-24; Mt 5, 3-12).

Dios es amor, es gracia. La gracia es libertad. Pero si la gracia, por su carácter de libertad y de trascendencia, habita con lo débil lo mismo que con lo sublime, es menester decir que su movimiento profundo de amor y de condescendencia la inclina a venir hacia lo más bajo y lo más miserable. El amor gratuito de Dios es el teclado en el cual se toca el himno cotidiano de nuestras relaciones con Dios; su misericordia es la clave de un pentagrama en el cual se inscribe le relación entre Dios y el hombre (cf. Is 49, 15).

Más allá de los destierros y en el interior de sus pruebas puri­ficadoras, que no son más que signos trágicos y mortales de la des­garradura, permanece la realidad inmortal del amor de Dios para con su pueblo, porque Yahvé es siempre «Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34, 6; cf. Sal 145, 8-9; 116, 5). Yahvé, al mismo tiempo que esposo, es padre, en quien el «huérfano encuentra compasión» (Os 14, 4), un padre cuyas entrañas se conmueven por su hijo ( Jer 31, 20). Si el autor del libro de Isaías compara la ternura misericordio­sa de Dios a la de una madre, si Yahvé quiere a los suyos con to­das sus entrañas, es porque han salido de alguna manera de su seno (Is 46, 3-4). Hay pues en la gracia, y en Dios en cuanto que es amor gratuito, no sólo el estar con lo más pequeño, sino una inclinación a ir hacia lo más pobre, lo más miserable. No es en razón de la bondad poseída por alguien, por lo que ama el amor gratuito de Dios, sino porque alguien es pobre y miserable 32. Por eso Dios considera y ama a los pobres, no en razón de sus méritos, sino porque son pobres y él es liberador de toda opresión.

Pero lo que Dios es en su amor profundo y, sobre todo, lo que Dios es para nosotros, en cuanto gracia, nos ha sido revelado en Jesucristo. Cuando Dios se nos revela definitivamente en su Hijo ¿qué descubrimos?

32 Cf. J. G. Gourbillon La miséricorde dans la Bible, en L’évangile de la miséricorde, Paris 1964, 109-125; L. Cerfaux, La miséricorde de Dieu dans la pensée de saint Paul, en L’évangile de la miséricorde, 135-146; J. Guillet, Les gestes de miséricorde de Jésus-Christ, en L’évangile de la mi-séricorde, 147-156; J. Dupont, Les béatitudes II, 142.

286 La evangelización de los pobres

Jesús anunciado como mesías de los pobres y mesías pobre

Es el siervo de Yahvé que sufre (cf. Is 42, 2-3; 49, 46; 52, 13; 53, 12). Este siervo pobre será el liberador por medio de la cruz; vencerá la miseria asumiéndola. El Verbo se hace hombre y asume la condición de esclavo para salvar a los esclavos del pecado. Según los textos de Isaías, que llegan a lo más profundo del anuncio del mesías, él es verdaderamente el siervo humilde y manso, pobre, que carga sobre él todas nuestras miserias. En el servicio, hecho a los hombres, aparece como el servidor de Dios.

El drama espiritual de los contemporáneos de nuestro Señor, incluidos en ellos a los apóstoles, será no querer aceptar a un me-sías pobre, humilde, doliente (cf. Mt 16, 22). Pero Jesús prefiere la pobreza, la sencillez, la obediencia, a toda riqueza humana (cf. Mt 4, 1-11). Y declara: «Quien gobierna debe comportarse como el que sirve» (Lc 22, 24-26).

El Hijo encarnado se hace el misionero de Dios (cf. Is 61, 1-2; Lc 4, 18). Enviado por el Padre para predicar un «año de gracia», el «evangelio del reino» (cf. Mt 4, 23; 9, 35), lo realiza con una fidelidad total, hasta tal punto que su enseñanza, lo mismo que su vida, son la manifestación y la realización perfectas de la voluntad del Padre (cf. Jn 7, 16-17; Mt 26, 54). Esta proclamación de la «palabra de salvación» (cf. Hech 13, 26) no sólo revela el amor gratuito del Padre, sino la «liberación total» del hombre, la instau­ración de la «justicia de Dios» en favor de los pobres y oprimidos (cf. Lc 4, 18-19; 7, 18-24; Mc 1, 14-15; Rom 1, 16 s). Para reali­zar esta liberación, el que estaba en la riqueza, en la gloria (cf. 2 Cor 8, 9; Jn 17, 5) se puso a existir con los pobres, los humil­des, los desheredados… Se comprometió en nuestra historia hu­mana hasta anonadarse y asumió la miseria humana para destruirla. La persona y el mensaje de Cristo manifiestan una nueva presencia de Dios en la historia (cf. Mc 1, 27-28; 2, 12), presencia que la iglesia debe continuar hasta el fin de los días.

Cristo no vino para ser servido, sino para dar su vida para re­dención de muchos (Mc 10, 45). Al ofrecerse voluntariamente en sacrificio, como «el cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), «nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre» (Ap 1, 5). Por su muerte Cristo arranca al hombre del

Los pobres vistos por Vicente de Paúl 287

pecado, causa última de toda miseria personal y social, y re-crea el hombre nuevo (cf. Rom 13, 14; Col 3, 10; Ef 4, 24).

Jesucristo se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8, 9). Cristo fue pobre, humilde, despreciado, vivió en la oscuridad, trabajó con sus manos, vivió fraternalmente con los hom­bres. Dio, día tras día, sus fuerzas, su tiempo, su vida, con el fin de realizar la redención de los hombres. Lo que él hizo, la iglesia debe continuarlo. Quiere que la iglesia comparta esta miseria en el anuncio y en el testimonio desinteresado de la obra de la libe­ración, de la salvación. Entonces la iglesia será la misionera de Je­sucristo y la sierva de todos los hombres, en quien habita, en lo más profundo de la debilidad, la fuerza de Jesucristo (cf. 2 Cor 12, 9).

En el movimiento de la encarnación Cristo desciende hasta lo más bajo de la existencia humana: la muerte (cf. Fil 2, 6-11). Cristo nos enseña en la «kenosis» de su encarnación hasta dónde llega su amor por los hombres y hasta dónde le conduce su participación en la miseria humana. Por eso en su descenso llega hasta la muerte y experimenta en ella lo más profundo de la soledad y de la limita­ción humanas. Entonces comienza su segundo movimiento, no de descenso sino de subida: «El mismo que bajó es el que subió» (Ef 4, 10). El mismo ritmo se encuentra en el «himno» de la carta a los filipenses: Cristo, «existiendo en la forma de Dios, no juzgó tesoro codiciable mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó…» para hacer de él Señor de todo lo que hay en el cielo, en la tierra, en los abismos, es decir de todo lo que recorrió (Fil 2, 6-11).

El himno de Filipenses está introducido por estas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús». En esta imitación nos encontramos en el estado de descenso y de servicio. Introducirse en este movimiento de encarnación, es comprometerse en un proceso de transformación, de liberación. Este compromiso consiste en descender hasta lo más bajo, en po­nerse a existir con los pobres.

288 La evangelización de los pobres

  1. RESPONSABILIDAD CON RESPECTO A LOS POBRES

Ejerced lo que tenéis, incluso si no sabéis, si no sentís lo que tenéis, podría decirnos Vicente de Paúl, cuando queremos medir nuestra responsabilidad con respecto a los pobres y comprender al hombre, al pobre, partiendo de Dios.

Si queremos caracterizar, someramente, el espíritu de Vicente de Paúl, es decir, su manera de ver y de interpretar al hombre, nos vemos obligados a abordar este espíritu bajo tres perspectivas.

La primera de estas perspectivas concierne a la relación entre Dios y el hombre. La revelación manifiesta que el hombre es crea­do a «imagen y semejanza» de Dios. Lo que quiere decir que el hombre termina por reconocerse en la mirada de Dios, de quien es imagen. Por eso su desarrollo y su confianza no se apoyan sola­mente en sí mismo. Este desarrollo y esta confianza deben estar orientadas por alguien. Se requiere, con frecuencia, desconfiar de sí mismo para apoyarse en Dios y abrirse a él. Pero nadie puede desprenderse de sus errores, si no consiente en darse a Dios, abrirse a nuevas perspectivas, no permanecer cerrado. Lo mejor que hay en nosotros es la gracia de Dios. Se requiere, pues, que Dios revele su existencia y prosiga su acción a tra­vés del hombre. El genio del cristianismo, para Vicente de Paúl, no tiene más que una ambición: «vaciarse de sí mismo para lle­narse de Dios» 1. Si esta perspectiva manifiesta la «nada» de la criatura ante Dios 2, también hace comprender al hombre par­tiendo de Dios. El hombre no es solamente lo que aparece, sino lo que Dios ve en él y quiere de él: su desarrollo hasta la eternidad, la «nada capaz de Dios».

La segunda perspectiva concierne a la antropología, es decir, la manera de concebir al hombre. Vicente de Paúl insiste, y esto nos parece original en el siglo xvii, en la necesidad del trabajo y de la acción. Para él, el hombre debe continuar en el tiempo la obra de Dios. Lo que está en juego a través de la acción del hom­bre, es el designio de Dios. Es necesario amar como Dios nos ama, y Dios nos ama con un rostro de trabajador. El hombre, en

1 Cf. S.V. XI, 1-2, 312; XII, 154.

2 S.V. XII, 207.

Responsabilidad con respecto a los pobres 289

la perspectiva vicenciana, debe desarrollar la creación. Los misione­ros, lo mismo que las Hijas de Caridad, deben trabajar constante­mente para continuar la misión de Jesús, y esta misión es revela­ción del amor activo de Dios 3, la aplicación concreta de la «justi­cia» y «misericordia» de Dios en beneficio de la esperanza de los pobres.

La tercera perspectiva orienta la relación entre los hombres. La caridad, proclama Vicente de Paúl en la conferencia del 30 de mayo de 1659 a los misioneros, es «desarrollo», «purificación» de la naturaleza. La gracia completa en el cuerpo místico de Cristo la unidad universal, la solidaridad, inscritas en la naturaleza hu­mana. Esta gracia se desarrolla en la misericordia, en la compasión. Misericordia y compasión hacen sentir y vivir la realidad del cuer­po místico. Quienes ejercen la compasión no son carga para nadie y ayudan a los demás. Quienes practican la gratitud se desgastan por los demás, incluso pagando con sus propias personas.

Esta perspectiva proporciona a Vicente de Paúl una convic­ción: jamás el hombre está solo. El hombre vive siempre con los demás y en los demás. Se requiere, en consecuencia, considerarse responsables unos de los otros.

Esta convicción es el criterio de la acción, pero es también el criterio para saber lo que es el prójimo, el cual nos revela lo que somos. El prójimo, especialmente el pobre, nos revela lo que so­mos y lo que debíamos ser. El pobre, en el misterio de Cristo, juzga lo que hacemos y lo que deberíamos hacer, lo que hemos hecho y lo que hubiéramos debido hacer.

Los pobres, de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlo­cutores y a quienes pone en frente de sus existencias, impiden dor­mir a las personas de «buena conciencia». Al ser testigos e imá­genes de Jesús, éste los constituye abogados acusadores y defen­sores de su propia causa. A lo largo del proceso los pobres se le­vantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Sus argumentos constatan nuestros gustos refinados con su miseria, nuestro despilfarro con su escasez, nuestro poder con su servilismo, nuestra indiferencia con su abandono. Su sentencia es inapelable. Estos seres, sin derecho a la mirada de la sociedad, son en realidad

3 Cf. S.V. XII, 87, 155-156, 307-308; XI, 202; V, 68; IX, 59-60, 244-

246, 324-325, 592-593, 594; X, 563, 667-668.

290 La evangelización de los pobres

grandes señores y nosotros somos sus servidores 4. Abordándolos en esta perspectiva, Vicente exige el renunciamiento a fin de poder hablar, ayudar, comprender a los pobres 5. Portadores inconscien­tes de las exigencias de la «justicia de Dios», inauguran para nos­otros otro ritmo de existencia, otra manera de existir en los demás, de habitar en Dios.

En la base de la mística vicenciana hay, en primer lugar, una toma de conciencia de la responsabilidad. Para madurar, humana y sobrenaturalmente hablando, se requiere tomar una responsabili­dad. Esta concientización con respecto a los pobres es para Vicente una intuición profunda y creadora: él ve en los pobres a sus bien­hechores. Estos seres, inicialmente insignificantes, tendrán poder sobre él, y esto porque jamás se servirá de ellos como de un ins­trumento. A través de las etapas de su caminar, Vicente dará cuer­po a esta convicción y «eternizará» su experiencia en la mística que propone, en la estrategia que aplica.

Esta intuición inicial se traducirá en acción: su obra caritativa, en institución: los sacerdotes de la Congregación de la misión, las Hijas de la Caridad, las Cofradías de la caridad, en fórmula: «los pobres son nuestros señores y maestros».

El fundamento más dinámico, más inmortal, utilizado por Vi­cente de Paúl para formular esta intuición, es el dato bíblico. El nos reúne en el movimiento del pueblo de Dios, «este Israel per­manente que vive en la oración y en la espera… constantemente en tensión hacia el encuentro con Dios» ‘6. Nos presenta a Cristo como la esperanza de los «pobres de Yahvé». A partir de esta vi-

4 Se puede decir que el sermón de Bossuet de la eminente dignidad de los pobres es la formulación del pensamiento vicencíano. Vicente de Paúl declara: «los pobres son nuestros señores y maestros» y «somos indignos de hacerles nuestros pequeños servicios». Bossuet, este buen discípulo de Vi­cente, afirma: «La iglesia es verdaderamente la ciudad de los pobres… Los ricos eran extranjeros, pero el servicio a los pobres los naturaliza… Honra, sirviéndolos, la conducta misteriosa de la divina providencia, que les otorga (a los pobres) los primeros puestos en la iglesia con una prerrogativa tan excelsa que los ricos no son recibidos en ella más que para servirlos…»: Bossuet, Sermon de l’éminente dignité des pauvres, 18, 122, 125, 128. Para conocer la influencia de Vicente de Paúl en Bossuet, cf. J. Calvet, 28, V, 328-344. Esta influencia escribe Calvet: le reveló la acción por la caridad y le hizo palpar la miseria del pueblo y la dignidad del pobre: 328-329. J. Truchet, 150, I, 28, 30, 299-308; II, 167-174.

5 Cf. S.V. XII, 302, 305, 307…

6 A. Gelin, Les pauvres de Yahvé, 98.

Responsabilidad con respecto a los pobres 291

sión: Cristo enviado a los pobres, Vicente de Paúl presenta a Cris­to pobre, Cristo presente en los pobres y los pobres presentes en Cristo.

Los pobres son, en consecuencia, el lugar privilegiado del en­cuentro con Dios, la imagen de Cristo, «un sacramento» de su pro­pia presencia. Su función es mantener viva en ellos «la marca de Jesucristo», quien en su encarnación, en su vida pública y en su pasión asumió la pobreza, el sufrimiento.

¿Cuál fue la actitud de Vicente de Paúl ante los pobres? Vi­cente se esfuerza por conocer una situación que le obliga a tomar opciones cargadas de consecuencias. La primera consiste en mirar de frente su escala de valores. Cuando encuentra la miseria del prójimo, su vida no continúa como antes. Una vez descubierta la extensión del mal, la miseria corporal y espiritual, se pone en mo­vimiento. Comprende que los pobres necesitan la generosidad y el amor de los demás hombres. Podría haber sido el autor de esta frase de Pascal, escrita en el Misterio de Jesús: «Jesús está en ago­nía hasta el fin del mundo: durante este tiempo no se puede dor­mir» 7. Estos pobres subalimentados corporal y espiritualmente ne­cesitan el pan que alimenta y la verdad que salva. Es preciso in­jertar en ellos una nueva esperanza. Juzgando inaceptable la con­dición de estos desdichados, inicia y establece el movimiento de su acción caritativa.

Abordándolos en la perspectiva de la exigencia evangélica, des­cubre que su actitud debe ser, en primer lugar, respuesta a una cuestión de fe, antes de ser compromiso a una exigencia de caridad. Para él la realización del misterio de los pobres no es un objeto más de contemplación o de acción caritativa, sino que se encuen­tra en el centro de sus preocupaciones y de sus intuiciones. Esta concientización le abre a los demás e interroga al sentido de su existencia. Atento a la gracia de Dios, responsable de las necesida­des de los pobres, Vicente se convence de la necesidad de realizar el designio de Dios: que todo hombre pueda tener una vida digna y los medios para realizar su existencia. Esta lógica le obliga a hacer acto de presencia en medio de la miseria de su tiempo.

Después, Vicente de Paúl siente la pobreza de los campesinos, la miseria de los mendigos, como su «peso» y su «dolor». Su ser

7 B. Pascal, 130, 378, n.° 919.

292 La evangelización de los pobres

no puede soportar esta miseria. Se enfrentará a Mazarino para tratar de reducirla, movilizará las riquezas y los sentimientos de los ricos para disminuirla, empleará a los misioneros y a las Hijas de la Caridad, que los pobres le han hecho crear, para socorrerla. Estos pobres, que le hacen daño en lo más profundo de sí mismo, le proporcionan sentimientos que jamás hubiera experimentado sin ellos. Le hacen oír la palabra de Dios, que le quiere hacer realizar su «pascua», su paso, al «mundo nuevo» en el «orden de la cari­dad». Recibirá un espíritu nuevo y la fuerza de este espíritu le inspirará indivisiblemente la humildad y la magnanimidad, la cari­dad y la gratitud. Vicente comprenderá que los pobres merecen el mayor respeto a la mirada de Cristo.

Irrefutable y lacónicamente la realidad no concuerda con esta perspectiva. Vicente comprueba que el amor evangélico de los po­bres está olvidado, perdido. Observa que quienes se dicen cristia­nos no conocen el rostro verdadero de los pobres. En estas circuns­tancias se compromete y realiza su cometido de hombre de iglesia, que responde a las necesidades de los pobres de su tiempo.

El amor exige un intercambio profundo para llegar a descubrir y comprender al otro. Vicente intenta comprender a los pobres. Esta c.mnprensión es un enriquecimiento para él y para ellos. Pero este amor sólo puede nacer, cuando alguien se presenta ante los pobres deseoso de su amor: «Hagamos lo que queramos, escribe Vicente de Paúl, nadie creerá en nosotros, si no testimoniamos amor y compasión a quienes queremos que crean en nosotros» 8.

Atento a la realidad que camina a su alrededor, Vicente igno­ra la abstracción de la pobreza. La ignora fuera de los pobres y de quienes se empobrecen a causa de las realidades históricas de su tiempo. Pero la contempla en los pobres que circulan por París y por otras partes. Iluminado por las exigencias concretas del evan­gelio, «la vive por todo su ser», al descubrir en el rostro de estos desheradados el rostro de otro pobre que se oculta en ellos y en él. Trabajando por hacer llegar a estos pobres la bendición de Dios, utiliza cristianamente los bienes de su comunidad y los de los ricos haciéndolos fructificar en beneficio de los necesitados. Reconociendo a Jesucristo en el porte de estos indigentes, recono­ciéndose también él pobre en Jesucristo, sospecha todo lo que de-

8 S.V. 1, 295.

Responsabilidad con respecto a los pobres 293

be hacer. Finalmente termina por encontrar en ellos «a los here­deros de las promesas de Jesucristo, a los distribuidores de sus gracias, a los verdaderos hijos de la iglesia, a los primeros miem bros del cuerpo místico» D.

Como ejes de lo que se puede llamar la revolución vicenciana de la caridad hay algo más que palabras, algo más que una admi­nistración de obras. Mucho más profundamente se encuentra una concepción del hombre que consiste:

1.° Unir siempre pensamiento y acción: «Es necesario que la mano esté de acuerdo con el corazón». «No es suficiente tener ca­ridad en el corazón y en las palabras, confiesa Vicente de Paúl, debe manifestarse en las acciones, solamente en la medida que en­gendra el amor en los corazones con los cuales se ejercita, es per­fecta y llega a ser fecunda, entonces gana a todas las personas» 1°.

2.° Realizar la unión entre los hombres: «Si tenemos amor debemos manifestarlo, ayudando a los hombres a amar a Dios y al prójimo, al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo… ¿Qué me importa amar a Dios, si mi prójimo no le ama?». «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucris­to» 11. Para Vicente de Paúl nadie puede desinteresarse de la mi­seria de los hombres. En la iglesia y en la sociedad todos vivimos los unos de los otros. Olvidarlo es renunciar prácticamente a in­sertarse en el cuerpo místico de Cristo, a formar parte de la hu­manidad, «es ser peor que las bestias» 12.

3.° Unir siempre el hombre con Dios. Por esta razón no ha­brá don directo a los otros sino a Dios, por ser el intermediario en relación con los demás. Es necesario darse a Dios, repite Vi­cente, para servirle en la persona de los hombres. La exigencia de este don es todo lo contrario del egoísmo de los hombres y de la enfermedad de los sentimentalismos: «En este siglo, declara Vicente de Paúl, hay muchas personas que por tener una aparien­cia piadosa y estar llenas de grandes sentimientos de Dios se que­dan satisfechas y cuando se enfrentan con la realidad y se encuen-

Bossuet, Sermon de l’éminente dignité des pauvres, 18, 133. lo S.V. XII, 274.

11 S.V. XII, 262, 127.

12 S.V. XII, 271.

294 La evangelización de los pobres

tran ante las ocasiones de obrar, se quedan cortas. Se pavonean de su imaginación calenturienta; se contentan de las dulces conversa­ciones que tienen con Dios en la oración; hablan incluso de ellas como si fuesen ángeles, pero fuera de eso, cuando se trata de trabajar por Dios… de instruir a los pobres, de ir a buscar a los pobres… entonces, desgraciadamente, la persona no existe, les falta dinamismo…» 16.

Vicente de Paúl nos ayuda a descubrir la responsabilidad para con los pobres, al entregarnos un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, en los brazos de la providencia y

en un renunciamiento de nosotros mismos por seguir a Jesucris­to» 14.

«Nuestro Señor es suavidad eterna de hombres y de ángeles, y es por esta misma virtud por la que debemos intentar ir a él, conduciendo a los demás» 15.

«Somos responsables, si ellos (los pobres) sufren por su igno­rancia y sus pecados, en consecuencia somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida en instruirlos» 16.

«¡Ah!, tendríamos que vendernos a nosotros mismos, para sa­car a nuestros hermanos de la miseria» 17.

En este clima la responsabilidad y el amor a los pobres no aparecen como instrumentos de proselitismo. El argumento más convincente es el respeto a los pobres. Se podría afirmar que el fondo de la cuestión no consiste en traducir la verdad de la fe en palabras, sino expresarla en actos. Cualquier otra actitud arriesga ser estéril, cuando no corre el peligro de ser odiosa. La responsabi­lidad para con los pobres exige el don total de sí mismo. Todo nuestro ser está comprometido en el amor de Cristo presente en los pobres.

«Busquemos, busquemos, repetía en otro tiempo Vicente de Paúl, esto dice preocupación, esto dice acción». En esta búsqueda continua todo descubrimiento era para él una nueva responsabili­dad y toda responsabilidad iniciaba en él una nueva búsqueda. Todavía hoy escuchamos la misma consigna. Este «pobre» de Dios

1.3 L. Abelly, 1, 1. I, 81, 82; S.V. XI, 40, 41.

14 S.V. III, 392.

15 L. Abelly, /, 1. III, 183.

16 S.V. XI, 202.

17 S.V. IX, 497.

Responsabilidad con respecto a los pobres 295

y este amigo de los pobres no tiene otra palabra que decirnos. Al mismo tiempo nos invita a descubrir en el rostro de los pobres la faz de otro pobre que interroga a nuestra responsabilidad.

Aspecto bíblico-teológico: Responsabilidad cristiana con res­pecto a los pobres.

La responsabilidad cristiana con respecto a los pobres tiene su origen en el descubrimiento de la revelación de Jesús, que nos juz­gará, o más exactamente, que nos juzga en cada momento: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo… En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis…» (Mt 25, 31-46).

En Cristo, todas nuestras relaciones con el prójimo son modi­ficadas. Presente en todos, su presencia reviste el aspecto de una llamada urgente en la persona del pobre.

Se puede discutir de los valores humanos de la pobreza, pero su valor transcendente reside en que el pobre, prolongando visi­blemente a Cristo, es a su vez, en cuanto imagen de Jesús-pobre, el testigo de la transcendencia y de la encarnación del reino 18. La actitud de los pobres de Yahvé consiste en «permanecer libres frente a la riqueza y al poder, en considerarlos y criticarlos en función de la esperanza, que habita en su interior». En lo más pro­fundo de su opción, se presiente un discernimiento, una crítica despiadada, de la que ellos mismos son los primeros en pagar las consecuencias. Esta opción implica que el hombre es algo más que su poder y su poseer; que en la historia del género humano, además de lo meramente histórico, existe una imperceptible pre­sencia. Esta presencia se revela en Cristo, que es la pobreza en persona.

Apoyándose en la promesa del Dios de la alianza, y no en los poderosos de este mundo, «que quieren siempre justificarse, im­ponerse a los espíritus y a las conciencias», los pobres deben con­vertirse para todos en reveladores de la potencia, de la misericor­dia y de la justicia de Dios. Esta potencia puede instaurar la jus­ticia y el reino de Dios en el hombre y en el mundo. Es energía de liberación y de libertad para transformar radicalmente la exis­tencia humana. Dios lo ha manifestado en Jesucristo, «siervo pa-

18 Cf. M. D. Chenu, Paradoxe de la pauvreté évangélique, en Théologie de la matibre, Paris 1967, 117-119.

296 La evangelización de los pobres

ciente», reducido al anonadamiento y condenado a muerte: pero era la única opción posible de fidelidad a la promesa del Dios-vivo.

La esperanza no habita verdaderamente más que en un cora­zón pobre. «Habiendo elegido la pobreza como medio de reden­ción, Cristo la consagró como un valor» 19. Mostró que Dios es el único tesoro y la única seguridad del pobre. El pobre, en su indi­gencia, es capaz de rendir homenaje a la trascendencia de Dios, cuando acepta este desamparo y se alegra, no de encontrarse en la miseria, sino de poder ser colmado por Dios (of. Flp 3, 7-9).

Si Jesús declara bienaventurados a los pobres, es porque pue­den ser colmados por Dios. La pobreza radical del hombre es la condición normal de la recepción del don de Dios (cf. Gén 17, 5; Rom 4, 17-19; 1 Cor 1, 27-29). En este sentido la pobreza hu­mana manifiesta la gratuidad y la justicia de Dios salvador. La pobreza permite siempre deducir el valor trascendente del amor.

Dios es absolutamente gratuito y sólo quien tiene «alma de pobre», «quien tiene conciencia de su incapacidad para satisfacer sus aspiraciones en orden al reino de Dios» 20, quien está «con­vencido de su indigencia espiritual y de su necesidad de reden­ción» 21, puede aceptar a Dios. Es preciso decir que el centro de la teología de la pobreza es siempre la gratuidad y la generosidad de Dios. Vicente de Paúl experimentó esta gratuidad y esta gene­rosidad de Dios.

La formulación de las bienaventuranzas, en el evangelio de san Mateo y de san Lucas, implica un doble dinamismo:

  • El primero de estos dinamismos obliga a la iglesia, que debe imitar a Cristo, a realizar todas sus actividades teniendo en cuenta la preocupación por los pobres y por llevar el evangelio hasta los estratos más ínfimos de la pobreza humana.
  • El otro aspecto de este dinamismo es afirmar el privilegio de los pobres, sea cual sea su forma de miseria. Este doble mo­vimiento dinámico de la expresión del amor fiel y misericordioso de Dios, de Cristo, invita, evidentemente, a la reflexión y sobre todo a la acción 22.

19 A. Gelin, Les pauvres de Yahvé, 152.

20 J.-M. Lagrange, L’evangs:e de Jésus-C,?4rt, Paris 1936, 142.

21 G. Feuillet, La béatitude de la pauvreté: La Vie Spirituelle (1945) p. 515.

22 Cf. R. Regamey, Une anthropologie chrétienne en Eglise et pauvreté, Paris 1965, 117-132.

Responsabilidad con respecto a los pobres 297

No obstante, no es la pobreza, y es necesario decirlo claramen­te, quien goza de la buena nueva mesiánica: son los pobres y los demás desdichados. La pobreza no es un ideal a conseguir, como parecen pensarlo algunos de nuestros contemporáneos, engañados por la abstracción, por un inmovilismo más o menos arbitrario, snobista o anacrónico 23. La antropología cristiana muestra que el desarrollo es una exigencia vital para el hombre. Si se reflexio­nara seriamente en esto, muchos falsos problemas desaparece­rían 24.

¿Qué fines pretende conseguir el evangelio?

1.° Hacer llegar a los pobres la bendición de Dios (cf. Lc 4, 18-19; 7, 22; Is 61, 1-3; 49, 7-10 y 13; 26, 19; 35, 5-6; Mt 4, 23-25; 5, 1-13; Lc 6, 20-26). Las bienaventuranzas son sobre to­do manifestación de la misericordia y de la justicia, en cuanto ca­racterísticas del reino de Dios 25.

La aspiración universal de los pobres, sea cual sea su forma de pobreza, a salir de su condición, es la más fundamental de las as­piraciones humanas y, en consecuencia, de las aspiraciones me­siánicas. Lo que deja entrever la gravedad del problema planteado a la iglesia si no llega a responder a esta aspiración y no transmite a los más pobres la buena nueva de su liberación mesiánica en y por Jesucristo.

2:1 Cf. R. Regamey, La pauvreté et l’homme d’aujourd’hui, Paris 1963, 43, 207. En Une anthropologie chrétienné, en Eglise et pauvreté, 87 y 92 escribe: «Es necesario un testimonio que salga al encuentro de los fariseís-mos inconscientes que nos llevarían simplemente a parecer pobres… o de las soluciones de romanticismo que creerían el problema resuelto, cuando la iglesia hubiera imitado el estilo exterior de vida de tal o cual grupo de pobres auténticos…». Cf. H. M. Feret, Pour une église des béatitudes de la pauvreté, en Eglise des pauvres, interpellation des riches, Paris 1965, 173.

24 Toda antropología cristiana debe estar orientada por tres etapas de reflexión: el hombre creado a imagen de Dios. La imagen desfigurada del hombre. El hombre re-creado a imagen de Dios y de Cristo. Al mismo tiem­po se requiere evitar oponer pobreza y desarrollo. En el mundo de ayer, de hoy y de mañana, el desarrollo es una exigencia vital para el hombre, al menos, por tres razones:

  • el hombre, creado a imagen de Dios, es creador;
  • el hombre, ser encarnado, no puede vivir ni realizarse sin transfor­mar la materia;
  • el hombre en la autonomía de sus iniciativas y de su conciencia debe llevar a su término la creación. Cf. Gaudium et spes, III y IV, núms. 9, 33, 34, 35, 36, 39, 41, 43.

25 J. Dupont, Les béatitudes II, 53-142.

298 La evangelización de los pobres

Si la pobreza económica lleva consigo, muy frecuentemente, todas las demás pobrezas, debe ser ella, en consecuencia, el primer objetivo de las liberaciones mesiánicas. No obstante se requiere, a su vez, si no se quiere ser gravemente infiel a la revelación bíblica, evitar limitarse a esta liberación de la pobreza económica 26. La liberación en Jesucristo conduce necesariamente a la liberación so­cial, incluso si ésta no se identifica con la liberación en Jesucristo.

2.° Seguir a Jesucristo. Este seguimiento nos despojará para asemejamos a él (cf. Mt 10, 38; Mc 8, 34; Lc 14, 27; 9, 23; Mc 9, 17-22; Flp 2, 4-11; 2 Cor 8, 9 s). Para vivir según las exi­gencias evangélicas, no es suficiente ser pobre y tomar conciencia de serlo. Positivamente se requiere empobrecerse voluntariamente y encontrar en este empobrecimiento una nueva fuente y una nue­va experiencia psicológica y moral de bienaventuranza humana y divina 27.

3.° Utilizar los bienes según la voluntad de Dios, es decir, hacerlos fructificar para los demás (cf. Lc 12, 21; 14, 13; 2 Cor 8, 13-15). Cristo ha establecido su iglesia para el servicio funcio­nal y no para la dominación autoritaria (cf. Lc 22, 24-27; Jn 13, 3-20). Los cristianos deben ser una comunidad de justicia y de ca­ridad. Deben preocuparse de los pobres y de las opciones socio­económico-políticas que producen este mundo de los pobres, para hacer tomar conciencia a la sociedad de las repercusiones de sus actitudes y opciones con respecto a la opresión de los deshereda­dos. Deben ejercer un sentido crítico-profético de la sociedad, ca­paz de poder liberar a los pobres de su miseria. Solamente con este precio la iglesia fortificará cada día y constantemente la den­sidad interna y la irradiación exterior de la «presidencia de la ca­ridad», única forma constructiva del reino mesiánico (cf. Jn 2, 8; 1 Cor 8, 1)28.

26 Cf. H. M. Feret Pour une église des béatitudes de la pauvreté, 177-201 acerca de la primera bienaventuranza cristocéntrica y teologal del sermón de la montaña.

27 Cf. H. M. Feret, o. c., 201-203 sobre la bienaventuranza moral del consejo evangélico de empobrecimiento voluntario. S. Legasse, L’appel du riche, Paris 1966, 107-110.

28 H. M. Feret, o. c., 234-284 acerca de la bienaventuranza comunitaria de la iglesia mesiánica y divina liberadora de los pobres.

Acción con los pobres 299

III. ACCIÓN CON LOS POBRES

La presencia de los pobres amplió el ángulo de visión de la conciencia de Vicente de Paúl: le hizo cambiar las perspectivas de su vida y velar para hacer eficaz el evangelio. Para nosotros per­manece, aún hoy, el testigo privilegiado de esta toma de con­ciencia.

Llamado por Dios para ayudar a los pobres a salir de su mi­seria, Vicente responde. ¿Cómo Vicente de Paúl va a ejercer esta responsabilidad?

Tratemos de introducirnos, al menos un poco, en su vida pro­funda, contrarrestada con frecuencia por las exigencias de Dios y las necesidades de los hombres. ¿Qué dice? ¿Qué organiza ante la miseria y los pobres?

Aspectos de la miseria

Nuestras categorías mentales nos llevan a concebir dos formas de miseria: una física y otra espiritual. Si hay que distinguir la una de la otra, no hay por qué disociarlas. Y esto no par perfidia de confusión, ni de sacralización, sino por exigencia de encarnación, de liberación.

Para Vicente de Paúl, como para el cristiano, estas dos formas de miseria se interfieren mutuamente y ambas tienen su causa úl­tima en el pecado. Para comprenderlo hay que descifrar la miseria a través de la obra de la creación y de la redención. La Biblia con­sidera que las dos dimensiones del pecado —la ruptura con la alian­za y la miseria en el mundo— constituyen una misma realidad. El pecado es siempre olvido de compartir, rechazo de poner al ser­vicio de los demás el fruto de la creación, negación de comportarse como servidor en el don de sí a los demás. El «pecado del mundo» es la dominación, el aplastamiento de los fuertes con respecto a los débiles.

Lejos de provocar una obsesión y alimentar el pánico, la mi­seria debe convencer al hombre de que no hay más que una política. Esta consiste en dar su vida, como Cristo, para vivir más intensa­mente y hacer vivir mejor a los demás. Esta perspectiva de la mi­seria, anclada en los pobres, conduce a Vicente de Paúl, y a quienes le escuchan, a un modo de ser y de obrar, capaces de ayudar a los

300 La evangelización de los pobres

pobres a liberarse de la miseria y a los poseedores a hacer fructifi­car los bienes en beneficio de los desdichados. Lo que está en jue­go, a través de la mediación del tener, de la riqueza, es la liberación, la salvación, del hombre en la sociedad. El libro del génesis declara que el hombre debe «dominar» el mundo para ponerle al servicio de los demás, para permitir a la comunidad humana desarrollarse en la dignidad y la miseria lo impide.

Al ser socialmente una realidad compleja y al mismo tiempo un «misterio de religión», la miseria exige, para descifrarla y poder lu­char contra ella, desarrollar tres dinamismos:

Dinamismo del conocimiento, que lleva a informarse para des­cubrir hasta dónde llega la gravedad del mal. El término de este conocimiento se encuentra en el descubrimiento de los mecanis­mos, de las mediaciones, de las estructuras sociales, que engendran y mantienen la miseria.

Dinamismo de la compasión, que lleva a compartir la situación de miseria de los demás. Quienes toman en serio el mensaje cris­tiano están invitados a participar en la lucha contra la miseria de los pobres por sí mismo y por los demás.

Dinamismo de la vida, que hace «acudir en socorro de las ne­cesidades como se corre cuando hay fuego», porque «no socorrer es matar». El amor efectivo por los pobres se verifica en las posicio­nes y compromisos adquiridos en beneficio de ellos.

Colocado en esta perspectiva, Vicente de Paúl no aborda la miseria «intelectualmente», sino que la descifra a través de las exigencias de Dios, manifestadas en la creación, a través de las exi­gencias de Cristo, realizadas en la encarnación. Por eso después de haber exclamado que «el pobre pueblo… muere de hambre y de miseria», consume toda su vida en el alivio de esta doble miseria. Sólo entonces, cuando haciendo el bien sea anonadado y consumido, habrá realizado todo lo que puede pretender hacer.

Convencido de que debe encarnar continuamente esta cari­dad de Cristo, para hacer a Dios presente en el mundo de los pobres, se siente responsable de continuar este espíritu de ca­ridad, de compasión. Para realizarlo, movilizará todas sus ener­gías hasta morir. Para Vicente, el objetivo principal es susti­tuir la mentalidad, que hace de la obligación el primer valor moral, por el sentido de la exigencia vital, de impulso hacia el bien, de progreso indefinido, de abertura, de don, que orien-

Acción con los pobres 301

ta y anima el evangelio. Este espíritu le proporciona la posibi­lidad de situarse al nivel de los más pobres. Sabe que es en un «corazón pobre» donde reside la verdadera fraternidad, fruto de la humildad y de la caridad. Para ayudar a los pobres ahon­da en él este abismo de humildad que le hará pobre con los pobres, dispuesto a comprenderlos y a amarlos.

Esta humildad desarrolla en Vicente de Paúl un movimiento de compasión y un movimiento de ayuda, porque Cristo, «fuen­te del amor humillado», asumió toda la pobreza humana para destruirla y convertirla en riqueza.

Movimiento de compasión

La compasión, en su sentido más exacto y profundo, exige en primer lugar ponerse en la situación de quienes sufren y des­pués compartir su pena 1. La empresa de Vicente de Paúl es imitar la compasión de Cristo. Un movimiento de fe hará irra­diar en él esta compasión. Fiel toda su vida a esta empresa, la miseria de los pobres moldeará profundamente su ser. «La ca­ridad, confiesa, hace entrar los corazones de unos en los cora­zones de los otros y sentir lo que sienten, están muy lejos de quienes no tienen ningún sentimiento del dolor de los afligidos, ni del sufrimiento de los pobres» 2. Por eso «se requiere» a ejem­plo de Cristo «estar afectado por la desdidha de los hombres, conmovernos ante nuestro prójimo afligido y tomar parte en su pena» 3.

Esta compasión se origina en las exigencias del cuerpo mís­tico de Cristo y prolonga el espíritu de Jesús. Viviendo de la sabia de esta fuente vital, Vicente ahonda cada día en esta realidad y deduce en cada momento las consecuencias de esta transfusión de vida. Pero todos los hombres, especialmente los más desdichados, necesitan vivir de esta verdad que calma, con­suela y fortifica. Cristo exige a Vicente, que le haga presente y activo en el esfuerzo humano que él realiza en nombre de la iglesia, que transmita su compasión, a fin que todo pobre se sepa comprendido, amado, respetado por un amor que sobre-

1 Cf. S.V. XII, 271-272.

2 S.V. XII, 270.

3 S.V. XII, 271.

302 La evangelización de los pobres

pasa al hombre. Es necesario unirse a las penas de los demás, pero ¿cómo y por qué? Escuchemos a Vicente de Paúl. Va a entregarnos una de sus páginas exigentes y conmovedoras: «Y ¿cómo puedo sentirme afectado por la enfermedad, a no ser por la participación que tenemos juntos en nuestro Señor, que es nuestro jefe? Todos los hombres componen un cuerpo mís­tico; todos somos miembros unos de los otros. Jamás se ha oído que un miembro, incluso entre los animales, haya sido in­sensible al dolor de otro miembro; que una parte del hombre esté magullada, herida o violentada, y que las otras no lo sien­tan. No es posible. Todos nuestros miembros simpatizan y tie­nen tanta unión en conjunto, que el mal de uno es el mal del otro. Con mayor razón los cristianos, siendo miembros de un mismo cuerpo y miembros unos de los otros, se deben compa­decer. ¡Cómo, ser cristiano, y ver a su hermano afligido, sin llorar con él, sin estar enfermo con él! Es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; no tener lo más mínimo de huma­nidad. Es ser peor que las bestias» 4.

La compasión aparece en Vicente de Paúl desde el comienzo de su empresa caritativa. La obra de los niños expósitos es la expresión de la ternura compasiva, que ahonda y purifica el afecto femenino y maternal de las Hijas de la Caridad. La ac­ción con los prisioneros y galeotes es el fruto de un corazón que no soporta la miseria desoladora, la crueldad humana. La misión en Argelia y Túnez es el prodigio de alguien que «tiene piedad de los esclavos»… Las Hijas de la Caridad, escuchan estas palabras de su fundador: es necesario servir a los pobres «con alegría, dulzura, respeto, cordialidad y devoción». Sí, es­tos seres desdichados merecen el mayor respeto a la mirada iluminada por la fe. La «ternura», la «compasión» de Cristo ponen en movimiento en cada cristiano este amor doliente y compasivo. El espíritu de Jesús hace «entrar en unidad de es­píritu y en unidad de alegría y de tristeza; su deseo es que en­tremos en los sentimientos de los demás» 5. Nadie puede des­interesarse de la miseria de los demás, si se quiere hacer lo su­ficiente por Dios y por el prójimo. En la sociedad y en la iglesia todos vivimos unos de los otros y en los otros.

4 S.V. XII, 271.

5 S.V. XII, 271.

Acción con los pobres 303

Vicente de Paúl vivió de esta idea. Una vez experimentada trató continuamente de comunicarla a los demás. Su primera intuición, su convicción primera se ampliaron por haber apro­vechado, cada vez que se le presentaba la ocasión, el contacto personal y concreto con los pobres. Sabemos que este contacto es irremplazable. Sería necesario, aún hoy, adquirir una técnica del encuentro con los pobres.

Movimiento de ayuda

Para Vicente, lo mismo que para quienes le escuchan, sólo la caridad puede hacer «acudir en socorro de los demás como se corre cuando hay fuego» ‘3, porque «no socorrer es matar» 7.

No es suficiente tener inquietud por los pobres; se requiere que esta preocupación sea comunicativa y, sobre todo, que se traduzca en actos. Es necesario que la presencia de la miseria, de los pobres, desencadene en los demás un movimiento de vida.

Vicente de Paúl tuvo el sentido de emprender su acción ca­ritativa, donde veía una carencia; supo ayudar a los demás a to­mar conciencia de la miseria y a encarnar en la iglesia el sen­tido de los pobres. Sobre todo mandó hacer, sugirió, ayudó y su obra fue inmensa. Supo lograr interesar y hacer trabajar a los demás, lo cual supone una perspectiva sobrenatural y des­interesada. Comprendió que toda acción caritativa, para llegar a ser eficaz, debe estar arraigada en el movimiento de la creación y de la redención.

Un organizador de la caridad debe saber coordinar, insertar­se, tener una competencia. Debe estar en relación con todas las personas que trabajan, ayudar a todos los que intentan, en un mismo impulso de acción y de pensamiento, a reducir la miseria que sepulta a los seres todavía vivos. Más aún, debe hacer lo posible para hacer adquirir un espíritu común, una conciencia común. Esta conciencia común implica una voluntad común, según el don de Dios, de vivir siguiendo el evangelio la vida bautismal entre los pobres. Para mantener esta conciencia co­mún, se requiere experimentar que el hombre es limitado y

6 S.V. XI, 31.

7 S.V. XIII, 798-799.

304 La evangelización de los pobres

que necesita contar con los demás. Es preciso que cada uno arroje su egoísmo y su timidez para llevar juntos la responsabi­lidad del mundo de los pobres. Vicente tuvo esta alma «uni­versal», por eso llegó a ser el arquitecto del movimiento cari­tativo del siglo xvii francés que se construyó día a día.

Para ayudar a los pobres a salir de su miseria, Vicente de Paúl se siente responsable de prolongar la creación, la encar­nación, la redención entre ellos, a través de ellos y con ellos, a fin de hacerlos sentirse solidarios y responsables de esta crea­ción continuamente en desarrollo, de esta encarnación, de esta redención prolongada en ellos y por ellos.

Llamado a liberarse y a liberar a los demás de la miseria, el hombre no puede realizar esta liberación sin entregarse a la redención de la miseria por «la acción benéfica ejercida como ministerio sagrado y obra propia de la caridad» s. Es el precio requerido para que este movimiento de liberación y de trans­formación nos establezca en comunión con Cristo y con los po­bres. Vicente lo Comprendió. Comprometido con todo su ser, obró y reaccionó en consecuencia.

Lo interesante para el hombre no es encontrarse en una situación, sino su manera de abordarla. La antropología cris­tiana, que debe ayudar siempre a comprender la naturaleza de la pobreza y sus características, debe estar orientada por la preocu­pación constante del momento histórico. La fe y la realidad del momento deben interrogar al sentido cristiano del hombre, para que éste sepa lo que debe hacer y cómo debe comprometerse ante la miseria de los pobres.

¿Cómo aborda Vicente de Paúl la miseria? ¿Cómo logra mo­vilizar los espíritus y los cuerpos para intentar la reforma, la refun­dición de las instituciones religiosas y de las costumbres en rela­ción con los pobres? Para poder explicar la actividad social y edu­cativa de Vicente de Paúl, se requiere comprender el sentido del don a Dios en su existencia, descubrir cómo su espíritu y su co­razón se acompasan al ritmo de la miseria de los hombres. Desgra­ciadamente se tiene la costumbre de pasearse en la galería de las imágenes de la obra vicenciana y se olvida interrogar a su autor por el motor y la orientación de su prodigiosa actividad.

8 Cf. Concilio Vaticano II, Perfectae caritatis, art. 8.

Acción con los pobres 305

Para combatir la miseria, Vicente de Paúl realiza una refundi­ción de la vida comunitaria femenina y de la sociología del aposto­lado. Para conseguirlo, no duda, sagaz y tenazmente, crear un nue­vo estilo de existencia en la iglesia y en la sociedad. A través de esta innovación, que lleva el nombre de la compañía de las Hijas de la Caridad, Vicente se obstina en permanecer en el laicado. Esta obstinación le permite renovar la vida y la actividad religiosa y con­seguir «apaciblemente» tres objetivos «revolucionarios» y «dura­deros»:

1.° Organizar la vida comunitaria femenina en función de la actividad apostólica. Se vive en comunidad para estar más dispo­nibles a los demás.

2.° Ampliar las zonas del apostolado. Por eso hace pasar del claustro a la calle, del convento a la habitación alquilada, a la habi­tación del pobre, del hospital al campo de batalla… a donde quiera que un ser sufre corroído por la miseria.

3.° Multiplicar la gama de las obras apostólicas. No duda unir la instrucción a las obras de misericordia.

El nuevo instituto, que Vicente de Paúl forja, se define por un espíritu y por un estilo de vida que le orienta: «Es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres». Al mismo tiempo revela la abertura a los cambios so­brevenidos en la sociedad, en la iglesia, y a las exigencias del dina­mismo de la fe.

La actividad vicenciana se fija en un objetivo preciso: liberar de la miseria a los pobres y trabajar en su evangelización. Al mis­mo tiempo intenta movilizar el laicado para ejercer un nuevo apos­tolado y mantener la vida religiosa en la pureza de su intención primitiva. Pero los grandes descubrimientos, las nuevas formas so­ciales y económicas fuerzan al hombre a definirse de otra manera, a dar otra explicación de sí mismo, a buscar otro modo de realizar su acción, a revisar la idea que tiene del Creador. Vicente se hin-truye en esta visión y crea nuevos institutos que corresponden a la nueva fisonomía del mundo, a las nuevas necesidades de los hom­bres, porque la iglesia y la sociedad necesitaban nuevos apóstoles, capaces de llevar a buen término una empresa compleja y multi­forme. Por fidelidad a la naturaleza y a la gracia, estos nuevos apóstoles llegaron a ser constructores, porque lo que confusamen-

306 La evangelización de los pobres

te se imponía a la conciencia de todos, era que la iglesia no era lo que debía ser, según el evangelio.

Vicente comprueba y prevé que se requiere desplazar el lugar del apostolado para que sea eficaz. Atento a esta realidad, es capaz de explotar la coyuntura, que se ha convenido en llamar, no sin razón, la gracia del tiempo o los signos de los tiempos.

Per’ ¿cómo Vicente de Paúl va a sostener el impulso de las personas? ¿cómo va a vivificar incesantemente las nuevas institu­ciones creadas por él? El vínculo dinámico que une la intención caritativa a la institución, es, podría decirse, su mística de la cari­dad, o si se prefiere, la presencia del misterio de Jesús en los po­bres.

En la vida de Vicente comprobamos su preocupación por la presencia eficaz en el mundo del sufrimiento y de la ignorancia. Esta presencia se extiende continuamente y le abre a las nuevas exigencias de la miseria. Su caridad deseaba siempre aliviarla y re­ducirla, ayudando a los pobres a ser los colaboradores de la obra de Dios, que se realiza en ellos y que solicita continuamente el esfuerzo humano.

Es necesario ayudar a estos pobres a ser lo que Días ve en ellos, lo que Dios quiere realizar en ellos y por ellos. Se requiere sentir esta exigencia, comprometerse con ella, si se quiere ser fiel en la realización de la esperanza mesiánica que se oculta, con fre­cuencia profundamente, en todo ser que necesita ser liberado de la miseria y transformado por la gracia.

La mística de Vicente de Paúl y la estrategia, que aplica, de­ben encaminar y aguijonear hoy en la búsqueda de nuevas fórmu­las para ayudar a los pobres a salir de su miseria. Sabemos que una nueva exigencia nace en la sociedad, ella obliga a buscar nuevas fórmulas para ejercitar el apostolado caritativo en medio de las «masas humanas», nuestro prójimo, en medio de las «comunidades naturales, células de la iglesia», respetando lo que son, lo que ha­cen y sus aspiraciones. Sería extraordinario hacer con ellos «comu­nidad» y ésta, «que es condición abundante de humanización», sería «lugar de encarnación y capacidad de gracia» 9.

9 M. D. Chenu, Les communautés naturelles, pierres d’attente de cellu-les de l’église, en Peuple de Dieu dan le monde, Paris 1966, 136; cf. Les masses humaines, mon prochain, en Ibid., 99-128.

Catequesis e instrucción 307

«Dios está trabajando en las comunidades naturales. El amor fraterno es por instinto evangélico. La justicia es uno de los nom­bres de Dios. Cristo está presente, pero es desconocido: tenemos que revelárselo» 1°.

  1. EVANGELIZACIÓN DE LOS POBRES: CATEQUESIS E INSTRUCCIÓN

El movimiento de transformación doctrinal y de purificación moral, comenzado al principio del siglo xvii y del que hemos ha­blado en la primera parte, parece estar reservado a la élite religiosa y a los grupos de parlamentarios y de burgueses. Espirituales y re­formadores les dedican lo mejor de su tiempo. Si este trabajo no produce todos los frutos esperados, abre, al menos, los espíritus a la riqueza de la nueva doctrina y los dispone al auténtico compro­miso de su fe.

Pero también existen los «campesinos que se condenan por no saber las cosas necesarias para salvarse y por no confesarse. Que si su santidad, escribe Vicente de Paúl en 1631, conociese esta necesidad, no descansaría hasta que no hubiese hecho todo lo po­sible por remediarlo» 1. El buen padre Vicente se sentirá siempre en deuda con ellos. El 14 de mayo de 1653 escribe a la duquesa de Aiguillon: «Me parece que ofendería a Dios si no hiciese todo lo que puedo por los hombres campesinos» 2.

En la iglesia de Cristo sólo hay un bautismo, un único Salva­dor para todos, incluso si los «grandes» del siglo xvii declaran que «es excesivo el tener con el pueblo la misma religión y el mismo Dios» 3. En el pueblo de Dios, es en los hombres, por los hombres, con los hombres, y sobre todo con los más pobres y más abandona­dos, como se debe buscar a Dios, su reino y su justicia. «Según el camino ordinario, declara perfectamente Vicente de Paúl, Dios quie­re salvar a los hombres por los hombres y nuestro Señor se hizo hombre para salvarlos a todos» 4.

lo M. D. Chenu, Les communautés naturelles…, en Ibid., 139.

S.V. I, 115; cf. J. Ferté, 71, 196-230, especialmente 196, 198, 212-

213, 218, 223.

2 S.V. IV, 586-587.

3 J. la Bruyére, 97, 297.

4 S.V. VII, 341.

308 La evangelización de los pobres

A lo largo de su vida, Vicente de Paúl comprobará la ignoran­cia y la miseria espiritual de los pobres campesinos. En 1615-1616, en el sermón que predica sobre la asistencia al catecismo 6, co­mienza a declarar esta ignorancia de la cual medirá más tarde la profundidad, la extensión, las consecuencias morales 6. Se da cuen­ta que muchos creen en «profetas» y adivinos, se encenagan en la superstición, son tentados por la magia y la brujería 7. La evangelización por este hecho es excesivamente compleja. Esta complejidad no detiene a Vicente de

La ignorancia de estos campesinos se manifiesta bajo las formas más diversas. Para algunos el cristianismo apenas es otra cosa que un conjunto de creencias y de gestos medio-religiosos, medio-su­persticiosos, a los cuales se acude en algunas ocasiones de la vida. Otros conocen los fundamentos del cristianismo en su formulación material, pueden repetir de memoria su definición, pero el conte­nido de estas palabras se reduce a casi nada, al pronunciarlas no se dan cuenta de que son prometedoras de vida. ¿Cuántos, sabiendo que Dios es trinidad, ignoran que la vida de las tres personas di­vinas es la fuente de toda vida cristiana? 8. Una disociación se es-

5 S.V. XIII, 25-30.

Cf. S.V. I, 115; XII, 80, 82.

7 Cf. G. Hanotaux, 90, 407-408; J. la Bruyére, 97, 407-408; R. Man-drou, 110; L. Perouas, 133, 36-42; J. Ferté, 71, 336-358; J. Delumeau, 42, 237-255; P. Deyon, 45, 385-390; Ch. Berthelot du Chesnay, 10, 111-112 escribe: «En cuanto a la práctica sincera, estaba mancillada por la supers­tición y amenazada de brujería. Algunos cristianos, poco formados, eran engañados por charlatanes, que les proponían ritos y fórmulas garantizando su eficacia; entonces cesaban de ponerse al servicio de Dios para poner a Dios a su servicio. La brujería pretendía instaurar a Satán en lugar de Dios, honrarle e invocarle.

Las supersticiones, que permanecen todavía muy vivas, estaban muy extendidas, incluso en la segunda mitad del siglo xvii. De ahí esta reflexión del sabio y piadoso Malebranche, sacerdote del oratorio: ‘Quien no es su­persticioso o crédulo en absoluto, sea cual sea su piedad, pasará sin duda alguna por libertino en los espíritus supersticiosos o demasiado crédulos’».

8 Vicente de Paúl distingue con los autores tres categorías de pre­dicación:

  • la predicación a los instruidos, a fin de que practiquen el evangelio;
  • la predicación a los iniciados que necesitan instrucción y ánimo;
  • el catecismo por el que se enseña a niños y a adultos, a fieles como infieles las «cosas de la fe»: Cf. S.V. XIII, 25; XII, 305.

Hablando de los católicos de La Rochelle, Vicente afirma entre 1615 y 1616: «Estos católicos, hace quince o dieciséis años, no sabían en quién creían»: S.V. XIII, 29.

«¿Estos pobres sabían que había un Dios? Eran un pueblo de fieles en­tre infieles. Bautizados sin conocer su bautismo», declara Bossuet, 15, IV,

Catequesis e instrucción 309

tablece entre lo que se profesa de palabra y lo que en definitiva se cree de hecho. La práctica sacramental se reduce con frecuencia a un conformismo, a veces, incluso, a una «condenación» 9.

El organismo de la vida cristiana es de esta manera roído desde el interior por el cáncer de la ignorancia religiosa. El cristianismo de los campesinos permanece inmovilizado en ciertas representa­ciones muy pobres, que no pueden unificar ni orientar su vida cris­tiana 10. Es, pues, urgente darles la verdad que salva, porque la ignorancia de las verdades de fe causa la condenación, cuando exis­te facilidad de instruirse 11. Es necesario purificar su fe y hacerla viva, porque los actos materiales de la asistencia a misa, a vísperas y la práctica de la confesión, no dispensan del conocimiento de las verdades de fe 12.

La evangelización de los pobres por la catequesis y la instrucción

La actividad evangelizadora de Vicente de Paúl se origina a partir de dos experiencias fundamentales: Gannes-Folleville y Ghá-

462-463; cf. J. Ferté, 71, 231-264, especialmente, 232-241; L. Perouas, 133, 40-42; Ch. Berthelot du Chesnay, 10, 108-114, 149-157, especialmente 150 y notas 58 y 59.

9 Cf. J. Ferté, 71, 267-335.

10 «De esta manera, porque ellos (los fieles) no aspiran a la posesión de los bienes superiores y no llegan a elevarse por la oración por encima de las realidades cotidianas, la religión de estos practicantes peligra reducirse a gestos exteriores, los cuales, sin estar privados de toda significación religiosa, no obstante están condenados por un cierto conformismo»: J. Ferté, 71, 327; cf. L. Perouas, 133, 40-42; Ch. Berthelot du Chesnay, 10, 158-159, 175-180.

11 Cf. Sermón sobre el catecismo: S.V. XIII, 30. Más adelante Vicente de Paúl precisará de dos maneras su pensamiento:

— las verdades necesarias con necesidad de medio para salvarse son los misterios de la encarnación y de la trinidad: S.V. I, 115, 121 (1631); I, 250 (21 de julio de 1634); XII, 80s (6 de diciembre de 1658);

— los elegidos son poco numerosos: S.V. XI, 441; XII, 126; X, 610­612; XIII, 813.

12 «Se me objetará: ¿Qué interés tiene vuestro catecismo? Somos cris­tianos, puesto que vamos a la iglesia, asistimos a misa y a vísperas; nos con­fesamos en pascua, ¿se necesita algo más? No he encontrado en toda la sa­grada Escritura que sea suficiente para un cristiano el asistir a misa, a vís­peras, confesarse, por el contrario he encontrado que quien no cree en todo lo que pertenece a la fe no es salvado. Y además ¿qué provecho saca de la misa quien no sabe en qué consiste?»: S.V. XIII, 29. «Y en efecto, dice Vicente de Paúl el 6 de diciembre de 1658, ¿cómo el alma que no conoce a Dios, ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor, puede creer, esperar y amar? Y ¿cómo se salvará sin fe, sin esperanza y sin amor?»: S.V. XII, 80-81.

310 La evangelización de los pobres

tillon-les-Dombes. Ambas experiencias orientan e impulsan su fi­delidad a Dios, su re-creación. Con respecto a los demás le condu­cen a evangelizar sus vidas por la verdad que salva y por la cari­dad que fortifica y completa esta evangelización. El abandono y la miseria en que se encuentran los campesinos, descubiertos en la experiencia de Gannes-Folleville y confirmados durante las misio­nes dadas en las tierras de los Gondi, le hacen tomar conciencia de la necesidad de instruirlos lo más rápidamente posible. ¿Cómo educarlos en la fe? ¿Es posible hacerlo?

En la teología de santo Tomás, Vicente de Paúl encuentra la tradición teológica que le formula los términos, al mismo tiempo que le proporciona los elementos de solución.

La fe es un acto de la inteligencia y un compromiso de amis­tad con Cristo en su iglesia. Para quienes la han recibido, es so­licitación y apelación al conocimiento de la revelación divina. A través de los textos de la Escritura y las afirmaciones de los dog­mas, se les revela el misterio de Dios, la llamada a la bienaventu­ranza, el camino que los conduce a ella: Jesucristo. Ningún cristia­no está dispensado de este conocimiento. Creer, es adherirse a la totalidad de la revelación divina en la realidad de su misterio. Es la condición para salvarse 13.

Pero precisamente en los campesinos, los «minores» diría santo Tomás, esta exigencia de conocimiento encuentra posibili­dades limitadas. Las cosas de la fe son elevadas y complejas; ¿un espíritu simple puede tener acceso a ellas? En realidad percibirá las «sutilidades» de los misterios cristianos confusamente y su complejidad le parecerá un caos 14. ¿Habrá que renunciar para ellos a todo conocimiento de fe auténtica? ¿Cómo tendrán entonces acceso a la salvación?

Santo Tomás resuelve la cuestión haciendo intervenir la rela­ción del «menor» a la iglesia a través de las personas formadas en

» Santo Tomás de Aquino escribe: «Videtur quod sit de necessitate sa-lutis explicite omnia credere. Eadem modo omnia ad fidem pertinent. Ergo qua ratione oportet unum explicite credere, eadem ratione, oportet et om-nia»: De veritate, XIV, a. 11, sed contra 1.

14 Santo Tomás afirma: «Illa quae sunt subtilissima non sunt rudibus tradenda. Sed nulla sunt subtiliora et altiora his quae rationem excedurn, qualia sunt articula fidei. Ergo talla non sunt populo tradenda…»: De ve-ritate, XIV, a. 11, 3.

Catequesis e instrucción 311

la fe 15. El «menor» tiene fe auténtica «en la fe de la iglesia» y por esta razón se beneficia de la salvación. Incluso si sus conoci­mientos de la fe son limitados, su fe no es una fe sin valor. El vínculo que le une a la iglesia suple de alguna manera la carencia de su conocimiento de fe 16.

El campesino, en efecto, no está aislado. Bautizado, forma par­te del pueblo de Dios. Es miembro de esta iglesia que, ayer como hoy, es la «reunión de los fieles». Depositaria del contenido de la fe, ha recibido la misión de transmitirlo. Miembro de la iglesia, el campesino acepta de manera general lo que es la iglesia y lo que le enseña. Su relación a la iglesia, que podría expresarse en estos términos: «creer lo que cree la iglesia», está de alguna manera im­pregnada de la totalidad del conocimiento de la fe. La adhesión ex­plícita a la fe de la iglesia, implica la adhesión implícita a la tota­lidad de la fe.

Esta relación a la iglesia no es relación vacía de contenido. Implica cierto conocimiento. No se puede ser miembro de la igle­sia ignorando lo que es y de lo que vive. Participar en la salvación de la que es portadora, implica que se reconoce en ella el designio de salvación de Dios. Por el mismo movimiento que alguien quie­re ser miembro del pueblo de Dios, reconoce los bienes que per­tenecen a este pueblo de Dios.

Dos aspectos inseparables de la fe de los simples parecen esen­ciales para implicar su salvación: la unión a la iglesia a través de las personas adultas en la fe, y el conocimiento de lo que es central en el mensaje cristiano. Lo interesante es revalorizar siem­pre este vínculo y transmitir de un modo vivo y sencillo lo esen­cial de la fe.

Para iniciarlos en la vida cristiana, enseñarles las verdades necesarias para salvarse y prepararlos a la confesión general, Vi-

15 En II-II, q. 2, a. 6 ad 3 escribe: «Minores non habent fidem im-plicitam in fidem majorum, nisi quatenus majores adhaerent doctrinae di-vínae». «Qui credit fidem ecclesiae veram esse, in hoc quasi implicite, cre-dit singulae quae sub fide ecclesiae continentur»: De veritate, XIV, a. 11 resp.

15 Santo Tomás de Aquino afirma: «Non omnia credibilia circa Trinita-tem vel Redemptorem minores explicite tenentur, sed soli majores. Minores autem tenentur explicite credere generales articulos, ut Deum esse Trinum et Unum, Filium Dei esse incarnatum et mortuum et resurrexisse, et alia hu-jusmodi de quibus ecclesia festa facit»: De veritate, XIV, a. 11, resp.; cf. II-II, q. 2, a. 7.

312 La evangelización de los pobres

tente aplica la estrategia de los actos de la misión 17. Preocupado por un deseo de eficacia y continuamente en búsqueda de nuevas fórmulas para evangelizarlos, tratará siempre de iluminar, persua­dir, convencer, ganar sus espíritus. Buenamente, con la mayor sen­cillez, predicará y mandará predicar a sus sacerdotes «a lo misio­nero», «de tal manera que todos, hasta el más modesto, puedan en­tender y sacar provecho»… ¿Para qué predicar, «si no es para lle­var al mundo a la salvación» y «glorificar a Dios» repetirá Vicente de Paúl? «La caridad en la predicación… obliga a acomodarse a todos para ser útil a todos». Con «el pequeño método» Vicente de Paúl y sus misioneros intentarán purificar la fe de los campesinos. Este anciano —que no conocía otro método «más eficaz, más ex­celente y por el que se puede adquirir mayor honor, persuadiendo el espíritu, sín todos los clamores que no hacen más que importunar a los oyentes y provocar un poco de ruido, hacer florido el estilo y tocar la superficie» 18– declarará el 24 de julio de 1653 y el 21 de marzo de 1659: «Lo que me queda de la experiencia, que tengo de esto, es el juicio que he hecho siempre de que la verdadera re­ligión, padres, la verdadera religión se encuentra en los pe­bres…» 19.

Anunciar el evangelio a los pobres

Para Vicente de Paúl, la misión tiene un objetivo fundamen­tal: «predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que el reino de Dios está cerca y que es para los pobres» 2°.

Continuar la misión de Jesucristo, no se reduce al anuncio de la palabra de Dios. Este anuncio, por el contrario, incluye toda la vida que nacerá de ella en la fe y en el amor, todas las realidades sacramentales donde la gracia continuará desarrollándose. Su cul­minación se encuentra en la eucaristía celebrada en memoria del

17 Cf. S.V. I, 562, 564-565; II, 150-151; IV, 42-43; XII, 73s; XI, 2-5.

18 Cf. La conferencia sobre el método que hay que utilizar en la predica­ción: S.V. XI, 257-286; La Bruyére, 97, 513-528; L. Abelly, 1, 1. II, 11-17; J. Ferté, 71, 206-207; J. Truohet, 150, I, 19-25, 28-30, 55; R. Chalumeau, 30, 321-323; Ch. Berthelot du Chesnay, 10, 68-69, 143-144.

19 Cf. S.V. XII, 200-201; XII, 170-171.
zo S.V. XII, 80.

Catequesis e instrucción 313

Salvador, en la caridad vivida en profundidad. Cristo es a la vez palabra de Dios y pan de vida.

Vicente de Paúl enfoca la misión en orden a «hacer efectivo el evangelio» en medio de los pobres ignorantes y abandonados. En torno a la preparación a la confesión general no sólo intenta pro­porcionar una somera instrucción, sino iniciar en la vida cristiana adulta y organizar una mejor catequesis, mediante el anuncio del misterio de Dios, la pastoral de los sacramentos y el testimonio de la caridad «. Las confidencias de los campesinos y de los mi­sioneros, lo mismo que las objeciones, que soportan las misiones parroquiales 22, le conducen a nuevas indagaciones e invenciones. No obstante la pastoral de la catequesis será siempre el método pre­ferido para evangelizar a los campesinos. En Glichy, en casa de los Gondi, en Joigny, Montmirail, Villepreux… catequizar a los pobres es un «gozo» para él 23. El sermón, que predica a finales de 1615 o al comienzo de 1616, tiene como objetivo persuadir a los oyentes de la necesidad y utilidad de conocer el catecismo para vivir cris­tianamente y exhortar a niños y a adultos a asistir asiduamente a la catequesis 24.

A partir de esta fecha, Vicente de Paúl da a la acción oratoria un matiz catequístico, que se caracteriza por la claridad en la ex­posición, la precisión en las definiciones, la insistencia en lo funda­mental, la utilización de un lenguaje claro, concreto, familiar, sencillo 25. Hasta tal punto hace de la explicación del catecismo el

21 Acerca de los temas elegidos, transcribimos lo que escribe Coste: «Los temas más prácticos y los que más fuertemente impresionaban al espíritu te­nían preferencia sobre los temas simplemente curiosos: los novísimos, el pecado, el rigor de la justicia divina, el endurecimiento del corazón, la im­penitencia final, la falsa vergüenza, las recaídas, murmuraciones, envidia, enemistades, juicios temerarios, intemperancia, buen uso de las aflicciones y de la pobreza, caridad, buen empleo del tiempo, oración, confesión, con­trición, satisfacción, comunión, misa, imitación de nuestro Señor, devoción a María, la perseverancia»: P. Coste, 38, III, 33-34; cf. L. Abelly, 1, 1.

  • 11-12.

«Durante la explicación del gran y pequeño catecismo, el misionero expli­caba los principales misterios, los mandamientos de Dios y de la iglesia, los sacramentos, la oración dominical y la salutación angélica»: P. Coste, 38,

  • 34; cf. R. Chalumeau, 30, 324-326.

22 Cf. S.V. I, 353-354, 295; IV, 614; XIII, 116-117; J. Ferté, 71, 206-207; A. Dodin, 48, 107 y 109; 62, 281-283.

23 Cf. L. Abelly, 1, 1. I, 25, 28.

24 Cf. S.V. XIII, 25-30.

25 Cf. S.V. XI, 257-286; J. Calvet, 28, V, 126; J. Ferté, 71, 206-207.

314 La evangelización de los pobres

centro de la acción misionera, que prefiere este ejercicio a la pre­dicación 28. El mismo, a sus 73 años, dará el catecismo a los an­cianos del hospital del Nombre Jesús, con una flexibilidad y una sencillez maravillosas 27. Está convencido de la eficacia del método catequístico. El catecismo, afirma claramente, conserva la fe en las naciones cristianas y la propaga en los países de misión. La conversión de los herejes se hace por el catecismo y la perseveran­cia en la herejía se explica por el método catequístico que los here­jes han imitado de los católicos 28. No tiene inconveniente en de­clarar: «Todo el mundo está de acuerdo (en afirmar) que el fruto, que se hace en la misión, es por el catecismo» 28.

Técnica de la misión

Cuando el evangelio y la salvación de los hombres están en juego, es evidente que los métodos, en cuanto tales, no significan gran cosa. Sin embargo hay que utilizarlos y ponerlos al servido del espíritu misionero.

Para realizar la evangeliazción de los pobres, Vicente pide a sus misioneros relacionarse con ellos, emplear una pedagogía len­ta, paciente, admirable, ponerse al alcance de los más humildes 80. Sabe que el contacto no sólo debe provocar un choque 31, sino manifestar amor y estima, iniciar la transmisión de la verdad. En realidad intenta transmitir a sus misioneros un espíritu de inven­ción, que solicita la misericordia, hija de la caridad y de la humil­dad. Para predicar el evangelio a los pobres, a los humildes, se re­quiere mezclarse con ellos y tratarlos con sencillez, humildad, dul­zura. Entonces se les hablará buena, sencilla, familiarmente, como lo hicieron en otro tiempo nuestro Señor y los apóstoles 32. El mismo Cristo, «que era todopoderoso, se acomodó a la capacidad de los más débiles» 33. No hay que olvidar que la palabra de Dios,

24 Cf. S.V. I, 429, 562; VI, 379; XIII, 328; R. Chaiumeau, 30, 325.

27 Cf. S.V. XIII, 156-163.

28 Cf. S.V. XIII, 28-29.

29 S.V. I, 429.

3° Cf. S.V. XI, 274; XII, 305; VI, 378-379.

31 Cf. S.V. XI, 267, 265.

32 S.V. XI, 258; cf. S.V. XI, 265, 267; VI 378-379; I, 295.

33 S.V. XII, 255; cf. XI, 265, 285; XII, 250-251, 264-265, 270-271, 367.

Catequesis e instrucción 315

la instrucción religiosa, la catequesis se «orientan a la salvación» «. Para imitar a Jesucristo, es necesario acordarse que su espíritu, lo mismo que la actitud de Dios con los hombres, revelan la «miseri­cordia», la «paciencia», el «renunciamiento» 35.

En realidad, todo el esfuerzo desplegado por Vicente de Paúl en orden a la predicación misionera, de matiz catequístico, gira en torno a un objetivo: favorecer el desarrollo de la vida de Jesús en la vida de los pobres. Esta óptica le hace insistir mucho más en el vínculo que une la fe a la caridad. Su predicación se desdoblará en un esfuerzo educativo y en una orientación profunda de la vida.

Cuando se pretende afirmar que la iglesia de Roma «no es con­ducida por el Espíritu santo, porque abandona a los pobres», lo que muestra el error con fuerza irresistible, es la «preocupación, el hecho de trabajar en la instrucción y santificación de los pobres abandonados» 36.

Cuando los pobres son evangelizados, la intervención de Jesu­cristo es clara, el reino de Dios está en medio de los hombres (cf. Mt 11, 2-6). Para evangelizarlos se requiere fijar la mirada en Jesucristo, que es «la suavidad eterna de ángeles y de hombres» y compartir con ellos la misma mesa, el mismo pan.

«Una Compañía que tenga por herencia los pobres y que se dé totalmente a los pobres»

La experiencia y la toma de conciencia, realizadas el 25 de enero de 1617 en Folleville, agudizadas por experiencias posterio­res, llevarán a Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la misión. Organizada para remediar la miseria moral de los campe­sinos, se encargará más tarde de la formación y santificación de los sacerdotes «. A través de ese doble esfuerzo él y su Compañía in-

34 S.V. XIII, 25 «Exhorto a los padres y madres, que estáis aquí pre­sentes y que tenéis niños, a que los enviéis (al catecismo) y a oue vengáis vosotros mismos, pensad en el pesar que tendréis un día si vosotros y vues­tros hijos os condenáis, por no saber lo necesario para salvarse, teniendo in­cluso un medio tan fácil»: S.V. XIII, 30; d. S.V. XI, 276, 277; VI, 378­379.

35 Cf. S.V. XII, 304; I, 295…

36 Cf. S.V. XI, 35-37.

37 Cf. S.V. XII, 84; IV, 42-43. Para conocer el pensamiento de Vicente de Paúl acerca de los sacerdotes de su época, cf. VII, 462; XI, 308-309; XII, 85-86.

316 La evangelización de los pobres

tentan oponerse «a los tres torrentes —la herejía, el vicio y la ig­norancia— que han inundado la tierra» 38, han arriesgado «hacer desaparecer a la iglesia en Europa» 39 e impedido a los herejes «verificar que la iglesia no era conducida por el Espíritu santo» 48.

Actitud inspiradora

En la iglesia toda misión tiene su origen en la sabiduría y en el amor del Padre. Por esta voluntad del Padre, los hombres son aso­ciados a la misión del Hijo y del Espíritu santo. La acción ‘misio­nera es la obra de las tres personas, que asocia a los hombres para salvar a los hombres.

Jesús, enviado del Padre, inauguró por su venida y su glori­ficación la obra concebida y querida por el Padre, y los apóstoles, a quienes eligió, deben continuarla (cf. Jn 6, 70; 13, 18; 15, 16-19; Lc 6, 13; Hech 1, 2.24). Porque los ama, como su Padre le ama (Jn 15, 19), les confía la obra que el Padre le encargó. «Como tú me enviaste al mundo, dice a su Padre, así yo los envío al mundo» (Jn 17, 18; 20, 21). Todo bautizado debe continuar esta misión de Jesús.

Atento a esta realidad bíblica, Vicente de Paúl quiere realizar la evangelización de los pobres en el espíritu de Jesucristo. Conci­be la evangelización como una obra de amor, de «comunión» con la voluntad del Padre, que continúa y realiza en el hombre la re­dención del mundo 41.

El amor de Dios a los hombres utiliza las disposiciones nece­sarias para alcanzar a quienes quiere liberar y transformar. Por eso continúa incansablemente la obra de la redención. En esta continuación de la redención, Dios «suscita a la Compañía de la misión» y la «envía a los pobres para decirles que quiere salvarlos en Jesucristo e instruirlos en las verdades de la fe» 42. Para reali­zarlo debe asociarse a la misteriosa aventura del Verbo encarnado, ayudando a cada hombre a asociarse a la obra de la redención. Trabajo complejo de cooperación que conjuga el amor gratuito de Dios y la respuesta de la pobreza del hombre.

38 S.V. XII, 85-86.

39 S.V. III, 35, 153, 182; IX, 309, 352-356.
4o S.V. XI, 35-37.

41 Cf. S.V. XII, 84, 79, 264-265, 270-271, 192-193; XI, 133-134.

42 S.V. XII, 79, 82.

Catequesis e instrucción 317

Dios es un Dios de amor, que continúa a través de la historia su obra de creación y de liberación. La continuación de la evange­lización de Cristo a los pobres es la significación de la presencia del amor de Dios, incluso en la situación más trágica del hombre.

El misionero debe encarnar este espíritu de redención, inscrito en el movimiento de la encarnación «. El fin de la misión de Cris­to es establecer en medio de los hombres el amor al Padre: «Con­movido por la desdicha de los hombres, el amor de Cristo realiza la obra admirable de nuestra redención». Este espíritu de caridad perfecta de Cristo «orienta todos sus pensamientos a la salvación de Ios hombres» 44.

Cristo, «fuente del amor humillado», entra en la miseria hu­mana para implantar en ella la fuerza transformadora del amor de] Padre, su voluntad misteriosa, voluntad de salvación. Asumiendo por solidaridad la miseria de la humanidad pobre, Cristo, fiel a la voluntad de su Padre, restablece el destino humano en su eje ver­dadero, siendo el servidor de Dios. Este espíritu de redención manifiesta hasta dónde va la pobreza interior de Cristo, su comu­nión con este querer del padre y con el desamparo del hombre. Revela, igualmente, que el mismo Dios quiere realizar esta obra de transformación depositando en el sufrimiento del hombre el signo de comunión con el destino de todo hombre 45.

Orientado hacia este movimiento de vida, asociado en esta obra de «religión» y de «caridad», Vicente intenta formar una congre­gación animada por el Espíritu de Dios y que se conserve en las obras de este Espíritu 46, una compañía en la iglesia de Dios «que tenga por herencia los pobres y que se dé totalmente a los po­bres» 47. «Como Cristo, debe hacerse agradable a su Padre y útil a su iglesia» 48. «Los misioneros deben unirse al prójimo por cari­dad para unirse a Dios por Jesucristo» «. Deben realizar esta obra de amor: «Somos elegidos por Dios, como instrumentos de su in­mensa y paterna caridad, que quiere establecerse y dilatarse en las

43 Cf. S.V. XII, 264-265; XI, 23-24; XII, 262, 271.

44 S.V. XI, 74; cf. XI, 77, 133-134.

45 Cf. S.V. XII, 262, 264-265, 271; XI, 23-24.

46 S.V. XII, 127.

47 S.V. XII, 80.

48 S.V. XII, 128.

49 S.V. XII, 127; cf. S.V. XII, 262-263.

318 La evangelización de los pobres

almas» 53. «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegi­do para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es acceso­rio» 51. Debemos «emplear el resto de nuestra vida en la salvación de los pobres» 52, declara Vicente de Paúl. «La obra por excelencia de nuestro Señor ¿no fue evangelizar a los pobres?… Nuestro Se­ñor nos pide que evangelicemos a los pobres, eso es lo que él hizo y lo que quiere continuar haciendo por nosotros… El Padre eter­no nos asocia a los designios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que lo dio como signo de que era el hijo de Dios, de que el mesías, que se esperaba, había llegado…» 53. La continua­ción de esta misión exige siempre y por todas partes un esfuerzo de disponibilidad.

Esfuerzo de disponibilidad

Este ideal, que se debe proseguir continuamente, obliga a acep­tar la realidad como es y a tomar una responsabilidad, capaz de realizar este ideal y de poder transformar cada día a las personas. Este ideal exige una flexibilidad penetrante y un desarrollo de energía vital. Revestidos de Cristo, los misioneros deben continuar la obra de evangelización que consiste en liberar y transformar a los hombre en Jesucristo. La razón de su existencia «consiste en agradar a Dios y en procurar que sea conocido y amado» 54. In­sertados en este movimiento de vida, deben obrar continuamente, porque la «caridad impide permanecer con los brazos cruzados… obliga a trabajar en la consolación y en la salvación de los de­más» 55.

Ante todo Vicente de Paúl revela la intención tenaz de buscar y de traducir lo que intenta ser delante de Dios: el imitador de Jesucristo, evangelizador de los pobres. Pero la fidelidad a Jesu­cristo no es «literalismo» agobiante, sino continua creatividad, a fin de poder realizar el designio del Padre destruyendo la miseria de los hombres. «Es cierto, confiesa Vicente de Paúl, que no soy

50 S.V. XII, 262; cf. S.V. XI, 6

51 P. Collet, 36, II, 168.

52 S.V. XII, 370; cf. S.V. XI, 77.

53 S.V. XII, 79-80.

54 S.V. XI, 2; L. Abelly, 1, 1. III, 88; E. D. 1001.

55 S.V. XII, 265; cf. S.V. X, 563.

Evangelización por la caridad 319

enviado solamente para amar a Dios, sino para hacerle amar» 56. No es suficiente «ser salvado, es menester ser salvador como Cris­to» 57. «La salvación de los pobres y la nuestra personal son un bien tan grande, que merecen conseguirse a cualquier precio; y no interesa que muramos con las armas en la mano. Seremos por ello más felices y la Compañía no será por eso más pobre… Lo que está en juego es la gloria del Padre eterno, la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo» 58. Por eso pide «a Dios todos los días, hasta dos y tres veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gloria» 59.

Si en la experiencia de Vicente de Paúl «el don a Dios introdu­ce a la verdadera actividad», el espíritu de Jesús conducirá, a quie­nes continúan su misión, a consumirse por Dios. Entonces, sólo entonces, se habrá realizado todo lo que se puede pretender hacer: «Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlos por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se con­sumió por amor a su Padre» 6°. Así habla Vicente de Paúl el 7 de junio de 1660, tres meses antes de su muerte.

  1. EVANGELIZACIÓN DE LOS POBRES POR LA CARIDAD

La otra experiencia fundamental, en la que se origina y arraiga la actividad evangelizadora de Vicente de Paúl, es la de Chátillon-les-Dombes. A partir de esta experiencia: «una caridad mal orga­nizada», toma conciencia de que para estar presente y ser eficaz en todos los frentes donde aparece la miseria, se requiere organi­zar la caridad, socializarla, hacerla inventiva.

Contemporáneo de Luis XIII y de Richelieu, Vicente de Paúl nace en 1581, durante las «Guerras de religión». En medio del desorden económico y de la nueva civilización de la primera mitad del «gran siglo», aparece un desarrollo extraordinario de fuerza productiva del hombre y nace una esperanza de liberación. La preocupación financiera es acuciante y la burguesía comerciante lu-

56 S.V. XII 262-263.

57 S.V. XII, 113.

58 S.V. XI, 413.

59 XI, 2; cf. L. Abelly, 1, 1. III. 88.
so S.V. XIII, 179.

320 La evangelización de los pobres

cha denodadamente por asegurarse los recursos indispensables a su nueva promoción. Vicente de Paúl aprovecha esta coyuntura histórica, que realiza una mutación sensacional del comportamiento humano. Dado totalmente a Dios, «con un temperamento de hom­bre de estado y de negocios» 1, realza la ley de la fraternidad en contra de un enriquecimiento egoísta y en un momento de agita­ción social que provoca un distanciamiento de las clases sociales. La fraternidad vicenciana da sentido y dimensión evangélica a la eman­cipación humana, cuyas causas promotoras son el progreso indus­trial, comercial y la economía de circulación y de trabajo.

Entregado a liberar a los pobres de la miseria, Vicente invita a otros a dedicarse a la liberación de esta miseria por la caridad. Para hacer comprender la significación de la invitación y evitar que sea rechazada, se esfuerza en transmitir las exigencias del amor de Dios, inscritas en la carne viva de los pobres. Es menester amar al prójimo como Cristo le amó, como es humano amarle: porque es desdichado y no porque se le encuentre amable. Quiere que esta sociedad, a pesar de su altivez, proporcione a los pobres lo nece­sario para desarrollarse y adquirir fisonomía humana. Los pobres no intentan dar lástima, ser compadecidos, sino ser testigos de la injusticia de la que son víctimas. La mayor injusticia y la más per­versa para ellos, la que más los humilla y los rebela, es el abando­no universal al que se ven sometidos.

Para remediarlo, Vicente trata de hacer tomar conciencia a la sociedad del amor al prójimo. La caridad no consiste para él en el «éxtasis», sino en la intervención de un brazo vigoroso, para restablecer cada día en el mundo un poco más de justicia y la li­mosna sagrada de una deuda. Expuesto a esta nueva aventura, que es el amor incondicionado de Dios, Vicente encuentra a Dios, y desde que encuentra a Dios, es capaz de amar al prójimo como a sí mismo. Contemplando los acontecimientos y a las personas en Dios y a través de Cristo, experimenta que las situaciones se es­clarecen por el evangelio y que las personas que comprenden en Cristo 2.

1 A. Redier, 138, 342.

2 Cf. S.V. VII, 388; XI, 32.

Evangelización por la caridad 321

Sentido de la evangelización

Para Vicente de Paúl la evangelización es una obra gratuita de salvación del Dios vivo y verdadero con la humanidad pobre que camina hacia él.

Si Dios habla, si Dios se manifiesta a través de los aconteci­mientos de la historia, es para manifestarnos activamente que una promesa está realizándose continuamente, donde los hombres cons­truyen, por la comunión con Dios encarnado, su destino colectivo. En esta perspectiva las circunstancias, las necesidades de los de­más orientan el trabajo evangélico de Vicente de Paúl. Ellas le fuerzan a buscar con avidez la voluntad de Dios en medio de una sociedad de realidades y de exigencias, en las que están incluidas la verdad y los riesgos de la empresa económica. En esta coyuntura histórica hay que colocar la vida de Vicente de Paúl. Una parte notable del tiempo tiene que emplearla en la gestión y adminis­tración de sus finanzas, en asegurarse una cantidad de beneficios o de rentas y en sostener varios procesos. Este aspecto económico y temporal de su existencia había escapado totalmente hasta hace quince años a los historiadores. Los primeros inventarios de archi­vos notariales, que nos permiten conocer una parte de su vida fi­nanciera, nos descubren su realismo y nos impiden caer en la tentación del angelismo 3. Vicente de Paúl es, quizá, el primer santo que haya tenido sentido de las realidades económicas.

Lo interesante es percibir la influencia de las dimensiones eco­nómicas y sociales. Al mismo tiempo se requiere descubrir los con-dicionamientos económicos de la iglesia, del fenómeno cristiano, y su influencia en el plan económico, en el plan político, en el plan cultural.

Vicente de Paúl, atento a las realidades económicas y a las di­mensiones sociales, descubre que la «estratificación social» es el medio, el «lugar», en el que el evangelio encuentra su realización inteligible y apostólica. Para que los poseedores puedan ejercer la caridad «socializada», es menester recordar que los bienes econó-

3 Cf. Documents du Minutier Central concernant l’Histoire Littéraire, 1650-1700. Según estos documentos he podido comprobar que Vicente de Paúl desde el 15 de enero de 1650 al 29 de diciembre de 1659 pasó ante notario 90 contratos de compra-venta o de arrendamientos.

322 La evangelización de los pobres

micos pueden tener valor cristiano, al convertirse en elemento de la caridad cristiana. Su dinamismo objetivo implica con relación a la conciencia del individuo y a la conciencia de la comunidad cris­tiana una referencia explícita al designio de Dios, inscrito en la creación: hacerlos fructificar para todos. Los pobres están siempre presentes en la sociedad. Vicente intentará durante toda su vida poner las riquezas de los poseedores al servicio de la miseria de los pobres.

Lo que siempre es necesario, lo que Dios pide a todo hombre, es enfrentarse a las nuevas necesidades y a las nuevas posibilidades del mundo para actuar ante ellas. Informado del mundo en que vive, Vicente lo afronta y nos declara: «La necesidad es extre­ma… y Dios espera en nosotros». «La pura necesidad… es el ca­mino utilizado por Dios para comprometernos en la realización de sus designios» 4. El compromiso que Dios nos exige, «es una apli­cación seria, humilde, devota, continua y que responda a la exce­lencia de la obra» 6, reveladora del amor activo de Dios 6.

Criterios de la evangelización

Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza, la humil­dad, el renunciamiento, el sufrimiento aceptado libremente; su ejemplo es una llamada dirigida a la iglesia. Encargada de propor­cionar a los hombres los frutos de la redención, la iglesia no pue­de cumplir su misión por medios diferentes de los empleados por Cristo, que quiso presentarse al mundo como el mesías de los pobres.

El despojo voluntario de Cristo (cf. Flp 2, 6-8; 2 Cor 8, 9) es efecto y manifestación de su amor a los hombres. El misterio de su pobreza es en realidad un misterio de amor. Si renunció a todo interés personal, lo hizo en beneficio de los hombres a quienes quería salvar. Este amor le condujo a anonadarse.

Es suficiente contemplar a Cristo, «fuente del amor humillado hasta nosotros y hasta en un suplicio infame» 7, para comprender

4 S.V. XII, 82, 90.

5 S.V. XII, 84.

Cf. S.V. XII, 108-109; IX, 492; V, 382; VIII, 162; IX, 14-15, 19-

22, 61-63, 252, 583; X, 115, 122, 124, 126, 141, 222-223…

7 S.V. XII, 264.

Evangelización por la caridad 323

que la evangelización se relaciona con una obra de amor y con un movimiento de anonadamiento. Quien quiere continuar la misión de Jesús debe saber amar y ser pobre. Su pobreza será efecto y manifestación de su amor a los pobres, y al mismo tiempo criterio de su caridad. La pobreza no es fin en sí misma; su valor consiste en ser signo y prueba del amor que reparte, sin reservar avara­mente nada para sí. La pobreza no sólo será renunciamiento, as-cesis, regla moral, será también exigencia de la evangelización asida por la esperanza que impulsa a un compromiso en la historia para la liberación de todos los hombres: la salvación brotó de la pobreza asumida plenamente por Dios en la encarnación. Para saber que se debe continuar la misión amorosa de Jesucristo, es suficiente fijar nuestra mirada en él e introducirnos en el movimiento de la encarnación y de la redención. Introducidos en este dinamismo de vida, jamás seremos indiferentes a la miseria y a la soledad de los demás.

¿Qué criterios pueden manifestar la continuación de la mi­sión de Jesús?

  1. Cuando el amor es al mismo tiempo afectivo y efectivo: El amor afectivo, para ser auténtico según las exigencias de Dios, debe verificarse en los actos. Si no llega a ser efectivo, este amor es sospechoso. Por eso declara Vicente de Paúl: «no, no, no nos engañemos. Todo nuestro quehacer está cifrado en la acción… De­bemos testimoniar que amamos a Dios por nuestros actos». La única señal cierta del amor a Dios es la acción buena y perfecta 8.

La caridad no puede permanecer inactiva; obliga a trabajar en la salvación y en la consolación de los demás. Es un fuego que ilumina, inflama y consume a quien la posee 9. Esta unión del amor afectivo con el amor efectivo es el signo de la fidelidad a todo lo real. Los grandes sentimientos, las imaginaciones, las buenas in­tenciones… no son más que ilusiones 11. Son las realidades con­cretas, exigentes y complejas, quienes deben evangelizar continua­mente nuestras vidas.

Es necesario, pues, servir al prójimo y este servicio no puede ser evasión ni acto puramente espiritual. El amor verdadero por

8 S.V. XI, 40-41; cf. S.V. XI, 43-44; III, 163; L. Abelly, 1, 1. I, 81-82. Cf. S.V. X, 563; XII, 131, 274, 262, 265, 307-308; XI, 40-41; IX, 592-593; VI, 341-342.

10 Cf. S.V. II, 190; XI, 40, 71, 216.

324 La evangelización de los pobres

los hombres conduce siempre, de una manera o de otra, a una mar­cha contra la miseria. El cristiano, bautizado en la muerte de Cris­to, debe actualizar en la fuerza de la justicia y de la caridad la dimensión de la victoria de Cristo sobre «el pecado del mundo» y la miseria humana. Bautizado en la pascua de Cristo no puede per­manecer inactivo ante la injusticia y el sufrimiento.

  1. Cuando el amor es gratuito, humilde, generoso. El califica­tivo «gratuito» tiene una importancia capital en la espiritualidad vicenciana. No sólo porque recuerda la pretensión de Vicente de Paúl, de los misioneros, de las Hijas de la Caridad: «no ser carga para nadie» 11, sino porque es la respuesta al don gratuito de Dios, que se ha comprometido el primero. «Dios es gratuito». Esta gra­tuidad de Dios invita, a quienes continúan la misión de Jesús, a practicar preferentemente el agradecimiento. Pero el agradecimien­to no es servilismo humillante, sino evocación de la gratuidad de la gracia, reconocimiento de la generosidad incondicionada de Dios, de la bondad de las personas 12. El amor gratuito es el signo del don de Dios a los ‘hombres y la expresión del don total del hombre a Dios para comprometerse incondicionalmente en la acción evan­gelizadora.

La humildad y la generosidad son para Vicente de Paúl dife­rentes facetas del amor que se quiere humilde y se muestra gene­roso, a semejanza del amor del Padre realizado por Jesucristo en medio de los pobres 13.

  1. Cuando se hace efectivo el evangelio: Vicente nos declara: «Se puede decir que evangelizar a los pobres no se entiende sola­mente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino reali­zar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio» 14.

Para encarnar y hacer efectivo el evangelio en un mundo siem­pre nuevo, se requiere mirarse continuamente en este evangelio, que libera a los hombres y anuncia el mensaje de la intervención divina, para poner •fin a sus miserias. El anuncio a los pobres de la buena nueva del reino de Dios es la manifestación de la justicia

11 Cf. S.V. IX, 492-494.

12 Cf. L. Abelly, 1, 1. III, 263-271.

13 Cf. S.V. XI, 302; XII, 264-265, 270-271…

14 S.V. XII, 84.

Evangelización por la caridad 325

y de la misericordia, que caracterizan el ejercicio de la realeza de Dios.

La eficacia del evangelio debe realizar la construcción del mun­do, según el plan creador y liberador de Dios, liberar a los hom­bres de sus sufrimientos, según la ley de la comunión en el amor. Esta ley de la comunión en el amor debe definir a la iglesia y su acción de evangelización. La urgencia de la miseria humana impo­ne evangélicamente medir la profundidad de las mutaciones ins­critas en las bienaventuranzas.

  1. Cuando el amor es comunión y conformidad con la volun­tad de Dios. Vicente recuerda insistentemente que la necesidad y los acontecimientos son los signos más indiscutibles de la volun­tad divina: «Se piensa en el mundo que esta Compañía es de Dios porque se ve que acude a socorrer las necesidades más urgentes y más abandonadas» 15.

Se sabe que la misión de Cristo (cf. Lc 4, 18-19; 7, 22) ad­quiere su significación a través del texto de Isaías (61, 1-2) y esta misión se distingue por los beneficios realizados por Dios en favor de los desdichados. El comienzo del reino escatológico se manifies­ta con realismo en la acción contra la miseria humana. La misión de Cristo concierne específicamente a los pobres y a quienes su­fren. Jesucristo realizó la victoria sobre la miseria asumiéndola y permitiéndola destrozarle en la cruz. Asume lo que quiere des­terrar.

La comunión de Cristo con la voluntad de su Padre es la ma­nifestación del amor fiel, que entra en nuestra miseria, para im­plantar en ella la fuerza transformadora del amor generoso de Dios. Es menester continuar la misión de Cristo haciendo acto de presencia en el mundo pobre para cumplir esta voluntad de Dios y manifestar el amor a los hombres.

¿Cómo realizar esta unión con la voluntad del Padre? Vicente nos declara con precisión: «Debemos unirnos al prójimo por cari­dad para unirnos a Dios por Jesucristo» 16. Esta unión es la reve­lación de la situación del hombre frente a sus hermanos y frente al Padre. Quien continúa la misión de Cristo debe hacerse, como él, solidario del sufrimiento de los demás, participar en él: es la prue-

15 S.V. XII, 90; cf. S.V. XII, 132, 183, 300, 154, 156, 157, 142…

16 S.V. XII, 127.

326 La evangelización de los pobres

ba de la fidelidad a la voluntad del Padre. La participación en la miseria de los demás, vivida en la comunión con Cristo, es la pre­sencia del amor de Dios. Esta presencia puede salvar el destino del mundo. Dios lo ha manifestado claramente a través de la obra de salvación de su Hijo.

La evangelización por la caridad

Dios se revela a los hombres a través de la fidelidad y del amor. La encarnación de Cristo se inserta en la «historia». Por ser «santa», esta historia no deja de ser terrestre. Día tras día rea­liza, en un misterio que ilumina la fe, una promesa en trabajo constante en cada hombre.

La misión de Cristo manifiesta el vínculo esencial de la co­munidad familiar entre Dios y los hombres, vivida por y en la fi­delidad y la misericordia. La iglesia debe revelar también a Dios y a Jesucristo por los mismos medios, colocar continuamente esta caridad en el centro del dogma y de la vida cristiana, para mani­festar cómo Cristo reclama la colaboración o solicita la ayuda de cada cristiano, a fin de vivir en la fidelidad y en el amor. El dra­ma de este juego, o más exactamente, de esta vida de caridad, que oculta o revela la vida de la iglesia, jamás cesa; se continúa hasta el final de los tiempos, porque se trata de hacer más habitable la «tienda» de Dios en este mundo.

El mensaje evangélico alimenta y exalta la esperanza orientada hacia el destino individual y colectivo de la humanidad. Esta es­peranza lleva consigo un compromiso que frecuentemente canali­zan mal las instituciones profanas o sagradas. La historia es maes­tra de la vida y nos lo manifiesta. Sin embargo, de vez en cuando, una serie de acontecimientos y la participación de hombres pro­fundamente religiosos hacen florecer normas para la reintegración fraternal de los «disminuidos», a quienes no liberan ni la bene­ficencia, ni las buenas obras, ni el orden moral constituido.

El reparto de «pan» que los pobres reivindican para la readap­tación racional de las cosas y de los hombres, es pensado, querido, realizado como el test de la fraternidad prometida a todos los hombres. La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vi­cente de Paúl «la salvaguardia de las uniones profundas», la conci­liación de todos los que legítimamente pueden unirse para tratar de reducir la miseria que sepulta a los seres todavía vivos.

Evangelización por la caridad 327

Vicente muestra que ningún «tradicionalismo» puede reducir, en el hecho religioso, la fuerza del fermento evangélico que trabaja la pasta humana. En medio de la miseria que «hace estremecer», intenta una organización de la sociedad más justa y más fraternal. Esta organización de la sociedad la apoya en los acontecimientos de su tiempo y en las exigencias del cuerpo místico de Cristo, que se constituye cada día. El punto eficaz según «el evangelio de la promesa» es para Vicente de Paúl el amor a los pobres, porque a la mirada de la iglesia y de la sociedad, los pobres deben tener siem­pre una función de testigos privilegiados de fuerza y de gracia.

Por otra parte, el trabajo, cuando se convierte en nudo privi­legiado de relaciones humanas, es para Vicente un medio de cons­truir el mundo según el plan creador y liberador de Dios. Por esta razón reivindica la fuerza creadora del trabajo para la construcción de la comunidad de los hombres y la emancipación de las personas. Recordemos que Vicente de Paúl proyectó liberar a los pobres y hacerlos vivir del trabajo, organizado y no, como se dice, de la limosna que humilla, incluso si para él esta limosna era una deuda sagrada 17.

Llamamiento a la fraternidad

¿Cómo Vicente de Paúl va a lograr, siguiendo el evangelio, hacer vivir la vida bautismal entre los pobres? ¿Cómo va a con­vertir en moneda corriente la exigencia evangélica en medio de la sociedad aduladora, trapacera, dura, incluso a veces despiadada, que le tocó vivir?

La urgencia de la pobreza cruel y desoladora de su época le impone medir la profundidad de la miseria, oponerse a sus causas, buscar a las personas que trabajen en reducirla. Vicente pone cons­tantemente a los sacerdotes, a los bautizados en contacto con los pobres, porque el amor a los pobres define a la comunidad me­siánica, que es la iglesia. Este contacto con los pobres es su preocu-

17 El cometido de Vicente de Paúl desde 1630 hasta 1660 es combatir una pobreza que no afecta solamente al tener sino al ser. Para luchar contra esta pobreza, reclama la movilización de todos: cf. Parte 2.a, Acción de Vicen­te de Paúl durante la Fronda y la Ayuda a Lorena, Champaña, Picardía, París y sus alrededores. Cf. Acción misionera de Vicente de Paúl en Mácon: S.V. XIII, 494-503, especialmente 499. Organización del trabajo en el hos­pital del Nombre de Jesús: S.V. XIII, 156 163.

328 La evangelización de los pobres

ilación permanente. Pero hoy, lo mismo que ayer, es imposible es­tar con los pobres sí no se lucha al mismo tiempo contra la pobre­za y las causas que la provocan. La pobreza solamente se revela a quien quiere destruirla, suprimirla.

Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor a los pobres, vivido en la verdadera fraternidad. Sólo este amor pue­de realizar la comunión con la esperanza de los pobres en contra de la riqueza que separa. Utilizando este criterio, Vicente llega a crear la comunicación entre ricos y pobres. Para él, el fundamento de la caridad cristiana se encuentra en las promesas divinas mani­festadas y realizadas a través de la historia de la salvación: la participación gratuita de la gracia en y a través de la comunidad humana. El elemento que amalgama y da sentido a toda organiza­ción caritativa, es la fraternidad, que se enraíza en el cuerpo mís­tico de Cristo y se ejerce por el amor compasivo ante la miseria de los demás.

Organización de la caridad

Vicente sabe que la caridad es una en el objeto, múltiple en sus manifestaciones. Por esta razón él y sus misioneros establecen las «Caridades». Los bautizados, comprometidos en este elán de ca­ridad intentan «honrar el amor que nuestro Señor tiene por los pobres» y «asistir a los pobres corporal y espiritualmente». En el fondo es la flexibilidad de Vicente de Paúl lo que se impone. Quiere aliviar con urgencia la miseria de los desdichados dándo­les pan para vivir y proporcionándoles instrumentos de trabajo, a fin de que sean los artesanos de su vida y los miembros de la so­ciedad viva y productiva.

Desde el comienzo de su acción caritativa Vicente desea resol­ver los casos particulares por una organización. Durante toda su vida va a realizar la evangelización de los pobres por la organiza­ción de la caridad. Día tras día descubre que toda organización y toda fórmula de la «Caridad» deben permanecer abiertas. Los sa­cerdotes de la Misión, las Hijas de la Caridad, lo mismo que los miembros de las «Caridades» deben estar atentos ante las nuevas necesidades y las nuevas posibilidades para secundar las diversas formas del único amor de Dios.

La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vicente de Paúl el mejor medio de revelar a Dios y a Cristo a los hombres y

Conclusión 329

especialmente a los pobres: es la manifestación del deseo de vivir en la pureza de la fe y en la verdad del hombre.

El amor a los pobres compromete a Vicente de Paúl a luchar contra toda pobreza, porque si se quiere hacer lo suficiente por Dios y por el prójimo, nos declara, hay que interesarse por la mi­seria corporal y espiritual de los desdichados. Por eso afirma: «Si hay algunos entre nosotros que piensan que están en la Congrega­ción de la Misión para evangelizar a los pobres, y no para aliviarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, respondo que debemos asistirlos de todas las maneras, por nosotros y por los demás» 18. Para él el único testimonio es dedicarse en todo momento al servicio de los pobres para realizar la ley evan­gélica de la solidaridad y de la fraternidad. Es necesario, en con­secuencia, consumirse en el don de sí mismo hecho a los demás. Ninguna presión humana debe coartar este don a Dios en beneficio de los pobres.

CONCLUSIÓN

En el recorrido de nuestra investigación pensamos haber sor­prendido de vez en cuando a Vicente de Paúl. Es cierto que no tenemos la pretensión de haberle comprendido exhaustivamente, dada la gran flexibilidad y astucia en sus palabras y gestiones. Pot añadidura, su caminar hacia Dios y hacia los pobres es demasiado amplio y profundamente enraizado en el misterio de Cristo y en la acción de Dios en este mundo.

Sin embargo podemos decir que hemos encontrado un criterio fundamental, no el único, naturalmente, para comprender su ac­ción y su mística de los pobres. Si existe algún criterio en Vicente de Paúl para comprender la miseria, que con frecuencia se incrusta en nosotros y a veces resbala junto a nosotros, es el juicio de los pobres. Estos seres, aparentemente insignificantes, pueden conde-

18 S.V. XII, 87. Este pensamiento es constante en la doctrina vicencia-na. Cuando habla a los misioneros, a las Hijas de la Caridad, a las Damas de la Caridad, Vicente de Paúl tenaz y laborioso vuelve a su propósito y re­pite: Si se quiere hacer lo suficiente por Dios y por el prójimo, es necesario ocuparse de la miseria temporal y espiritual: Cf. S.V. XI, 215-216, 202; XII, 262-263; V, 68; XI, 2; IX, 59-60, 119, 324 252, 583, 594; X, 115, 122, 124, 141, 222, 667; XIII, 769-771, 773, 786, 797…

330 La evangelización de los pobres

narnos o salvarnos ante el tribunal de Dios y ante la sociedad. Porque nos juzgan, nos hacen tomar conciencia de nuestra res­ponsabilidad. Este juicio de los pobres condujo a Vicente de Paúl a conocerlos y a amarlos con una generosidad vivida en la ver­dadera fraternidad, iluminada por los dogmas de la creación, de la encarnación, de la redención.

Para comprender cómo Vicente de Paúl vio a los pobres, es indispensable situar su acción y su pensamiento dentro de su ex­periencia y de su fe. Haciendo el balance del contenido de esta experiencia y de esta fe, tendremos alguna posibilidad de carac­terizar su visión de la miseria, de los pobres. Sobre todo estaremos seguros de esta afirmación: refiriéndonos a Vicente de Paúl es pre­ferible y más exacto hablar de pobres que de pobreza. De lo que se trata para él, no es de amar efectivamente la pobreza, sino a los hombres que se encuentran envueltos en la pobreza, incluso, si para realizar este amor, la pobreza se incrusta con frecuencia en nosotros.

Hablando de la pobreza, según la mentalidad vicenciana, dos preocupaciones deben orientar nuestro espíritu: La primera preo­cupación es un deseo de realismo objetivo, es decir, que la pobreza no puede ser abordada solamente con palabras: las palabras deben ser insuficientes. Es evidente que no se puede abordar la pobreza más que con palabras alusivas, que se refieren a la vez a una con­ciencia, a una voluntad, a una experiencia, a una persona. En esta perspectiva podremos comprender toda la importancia de la con­fesión de Vicente de Paúl: «Nada me agrada si no es en Jesucris­to» y la frase de Pascal, su contemporáneo: «amo la pobreza por­que él la amó» 1.

La segunda preocupación es un deseo de realismo subjetivo. Quien habla de pobreza, debe alimentar su lenguaje con una ex­periencia de la fe, si no sus palabras no tienen ninguna consisten­cia. Esto quiere decir que la pobreza no es un dato aislado, sino que introduce en la verdadera vida cristiana, en la vida de Cristo. Refiriéndonos a una palabra de Pascal, que ilumina nuestro cono­cimiento religioso, es menester alegar este pensamiento: «Sólo nos conocemos a nosotros mismos en Jesucristo… Fuera de Jesucristo,

1 B. Pascal, 130, 387, n.° 931.

Conclusión 331

no sabemos lo que es nuestra vida ni nuestra muerte, ni lo que es Dios ni lo que somos nosotros mismos» 2.

En la contemplación del movimiento profundo de la encarna­ción Vicente descubre que Jesucristo es gratuito, donador, y que se entrega en el don. Este movimiento de inserción de Dios en la humanidad provoca y engendra la inserción de la humanidad en Dios. El sentido de la pobreza real, efectiva, se descubre en la pertenencia a Dios: hay que empobrecerse para apoyarse más en Dios. El sentido del desprendimiento se revela en el reparto: hay que despojarse para favorecer a los pobres y compartir más con ellos. «Amo los bienes porque me dan el medio de asistir con ellos a los pobres», declara Pascal 3.

La pobreza sólo tiene sentido en el compromiso de solidaridad con quienes sufren la miseria, a fin de testimoniar el mal que ésta representa. No hay, pues, que idealizar la pobreza, por el contrario hay que asumirla como un mal para protestar contra ella y final­mente para abolirla, de la misma manera que Cristo asumió la condición de pecado, no para idealizarla, sino por amor, por soli­daridad con los hombres, para liberarlos del pecado. La pobreza cristiana, expresión del amor, se solidariza con los pobres y lucha contra su pobreza. La función crítico-social de la pobreza cristiana consiste en relativizar el carácter provisional de toda situación his­tórica, de todo resultado humano y en ejercer una crítica radical para ejercer una acción liberadora.

Esta experiencia y esta fe, iluminadas por una intuición pro­funda y creadora de los pobres, proporcionaron a Vicente de Paúl una toma de conciencia y una vocación: glorificar al Padre conti­nuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres. A partir de este momento nos puede entregar una vocación totalmente cen­trada en la gloria de Dios y en el espíritu de redención, su místi­ca de los pobres. En realidad no solamente nos descubre el crite­rio de la acción, sino también el criterio para conocer lo que es el pobre: éste nos revela lo que somos y lo que deberíamos ser, lo que hacemos y lo que tendríamos que hacer. El pobre para Vicente de Paúl, es quien puede constituirnos, re-crearnos.

En la base de la mística vicenciana, hay en primer lugar un

2 Ibid., 186, n.° 417.

3 Ibid., 387, n.° 931.

332 La evangelización de los pobres

conocimiento y una toma de conciencia de responsabilidad con res­pecto a los pobres. Este conocimiento y esta toma de conciencia le hicieron madurar humana y sobrenaturalmente y orientaron su actitud inspiradora y su esfuerzo de disponibilidad; al mismo tiem­po le proporcionaron los criterios de la evangelización y le condu­jeron a realizar una «refundición» de las instituciones de la socio­logía del apostolado, permitiendo a su espíritu religioso desarro­llarse y realizarse revelando al mismo tiempo a Dios por la caridad.

Para Vicente de Paúl, la luz, que ilumina la realidad de la mi­seria y de los pobres, no es otra que Jesucristo. Sin embargo ja­más olvidó lo que Pascal dijo tan maravillosamente: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, ¡ah!, sería necesario obedecerlos con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infa­liblemente». Podemos decir que Vicente vivió profundamente este pensamiento, esta realidad. Por la fuerza de la gracia, obedeciendo a Dios que se manifiesta en los acontecimientos, Vicente de Paúl llegó a ser un hombre de iglesia. que respondió a las necesidades de los hombres de su tiempo. Las características de la vida ordina­ria, los acontecimientos le interrogaron y le inspiraron.

Estos acontecimientos fueron para él: la necesidad de los de­más, la ignorancia de los pobres y de los sacerdotes, la falta de or­ganización en el servicio de la caridad. Es menester, incluso, decir paradójicamente que la extensión y la profundidad de su pertenen­cia a la iglesia fue condicionada, y se nos revela, por su incesante intuición penetrando cada día más en el mundo e invitándole a ponerse de una manera más definitiva al servicio de Dios en este mundo.

Esta constante intuición le obligó a abordar el mundo al mismo tiempo que orientó continuamente su línea de conducta. En rela­ción a lo que hoy se llama «la prueba de lo real», es decir, la rela­ción entre la fe, según la conciencia que se tiene de ella, y las cosas tal como son, Vicente experimentó que la «realidad», de cualquier manera que se entienda, es «probatoria» para los discípulos de Cristo. A causa de las mil resistencias de las cosas y de los hom­bres, él afrontó una realidad que no se transformaba mágicamente en «reino de Dios». «Se dice que se busca el reino de Dios, de­claraba Vicente el 21 de •febrero de 1659. Que se busca, no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas… Buscad, buscad…, quiere decir preocupación, quiere decir acción…».

Conclusión 333

Preocupación, es decir, aceptación sin reservas de la situación, rigor valeroso de comprobación. El evangelio es obra de verdad, y en el contexto del siglo xvn, Vicente de Paúl realizó un «descubri­miento de lo oculto», extremadamente temible. Pero esta franqueza le dio la posibilidad de comprender y de asumir la situación histó­rica de su tiempo. Afrontar esta situación, que obsesionaba más o menos la conciencia de sus contemporáneos, fue, digámoslo clara­mente, tener la fuerza del radicalismo de la fe y de la esperanza.

Para conseguir este radicalismo le fue necesario una ruptura. En esta ruptura comenzó su re-creación. Entonces nacieron en él el arraigamiento en la vida, el amor real a los demás, el humilde y arraigado deseo de cambiar el mundo, una abertura que le impidió instalarse e incluso calcular y programar su futuro. Sin embargo se encontró en esta re-creación, pero reconociendo más tarde, que había sido Dios quien le había sostenido y guiado paternalmente. A través de esta búsqueda paciente y apasionada Vicente de Paúl se convierte en el buscador infatigable de la voluntad de Dios y no, como se afirma, en «el lugar-teniente lúcido y disciplinado de la invariable providencia».

Acción: La fe exige la realización de la obra encomendada a la iglesia en beneficio de los hombres. La obra de la fe se reveló a Vicente de Paúl en su fuerza original: su contenido es el amor de Dios en el hombre. No se trata solamente de ir al mundo (—com­promiso y testimonio—), sino de abrir el mundo a la inspiración y a la fuerza del Espíritu de Dios, y ante todo abrirnos nosotros mis­mos a esta inspiración del Espíritu: «Es necesario aspirar a la vida interior y si se fracasa en esto se fracasa en todo», declara Vicente de Paúl. A través de la acción y del trabajo él nos descubre que el amor es conformidad y comunión con la voluntad de Dios.

Si los acontecimientos manifiestan la voluntad de Dios y exigen una respuesta, Vicente hizo descubrir a sus auditores una conse­cuencia convertida en exigenia de la vida misionera: la decisión in­quebrantable de no abandonar el mundo. Sin duda ninguna en este mundo habitan las «tres concupiscencias» de que habla san Juan (hoy diríamos interpretaciones, métodos de análisis, prácticas orde­nadas y reflejas de la realidad, extrañas a la fe, que pretenden, con frecuencia, dar cuenta del hecho de la fe), sin embargo Dios «trabaja incesantemente» en medio del drama de este mundo y «Cristo agoniza en él hasta el último día; durante este tiempo no

334 La evangelización de los pobres

se puede dormir». La pobreza, la esperanza de los pobres, deben orientar siempre a los bautizados a adquirir un compromiso en la historia, para realizar con Cristo la transformación y la liberación de todos los que sufren la ausencia de Dios y una carencia de vida. La urgencia de la miseria humana nos impone ponderar las exigen­cias de la encarnación, del mensaje evangélico. Olvidarlo, sería claudicar en lo esencial del cristianismo. No comprometerse en el movimiento de Cristo, que libera a los hombres de la miseria, es confesar que se quiere permanecer al margen de la iglesia y de la sociedad.

La inspiración verdadera de Vicente de Paúl es el misterio de la presencia de Jesús en el pobre. En esta intuición encontramos la fuente de su riqueza, los resortes de su vitalidad, el ritmo de su evolución. Por encima y más allá de toda la acción caritativa de este profeso de los pobres, debemos admirar los fundamentos teológicos que motivan y orientan esta acción. Ellos se arraigan en el «espíritu de Jesús» y se insertan en el movimiento de Cristo salvador y constructor de la iglesia de los pobres. La iglesia de Cristo debe encontrar siempre a los pobres, son éstos sus primeros clientes. Descuidarlos, será siempre el fracaso esencial de esta igle­sia. Más aún, no puede olvidar que «los pobres son señores y maestros». Maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos se puede comprender el sentido del evangelio y vivir de acuerdo con las exigencias de Cristo pobre.

A través de estas realidades verdaderas de los pobres, se debe comprender todo, amar todo, organizar todo en la iglesia y en la sociedad. Sólo a este precio, el dinamismo de la generosidad y de las relaciones entre los hombres tendrán una fuerza que sobrepasa al hombre. Este dinamismo hará comenzar para nosotros otra vi­da, otro ritmo de existencia, otra manera de vivir en Dios y en los demás, que no hubiéramos podido tener sin los pobres. Con esta visión de los pobres, la justicia, la solidaridad, serán más exigentes y transformadas por la «alquimia» de la caridad. Entonces el hombre desarrollará un movimiento de «compasión», una pro­longación de salvación, vivirá más conscientemente con Dios y con Cristo el riesgo del drama que se realiza a través de la evolución de este mundo, querido por Dios y rescatado por Cristo. Todo jui­cio acerca de los hombres y de los acontecimientos será una presen­cia de Dios y de Cristo, que exige una presencia y un compromiso.

Conclusión 335

Solamente quien ve un rostro distinto en la cara de los demás ten­drá la posibilidad de ver la miseria de los pobres y de entrar en el engranaje de la creación y de la redención. El hombre no es sola­mente lo que vemos en él y lo que queremos de él y para él. Si es cierto que el «hombre sobrepasa indefinidamente al hombre», cada hombre debe esforzarse por descubrir, re-crear su ser. Sin duda alguna jamás se hará nada sin un amor que viene de Dios. Pero este amor de Dios es todo lo contrario del egoísmo de los hombres y de la enfermedad de los sentimentalismos.

Vicente de Paúl nos declara que para ayudar a los demás, para re-crear el verdadero rostro del hombre, es necesario mirarse cons­tantemente en el evangelio. La nueva creación, la nueva redención exigen este precio.

La toma de conciencia de Vicente de Paúl permanece todavía hoy viva y acusadora para nuestro mundo occidental. ¿Qué repite?

En primer lugar es necesario ponerse a las órdenes de la pro­videncia que se manifiesta siempre a través de los acontecimientos y de las necesidades, es decir, a través de lo previsto, lo imprevisto y lo imprevisible.

Después nadie puede desinteresarse de la miseria de los demás. En el mundo y en la iglesia todos vivimos unos de los otros y en los otros. Olvidarlo, sería olvidar que somos hombres y que for­mamos parte de la humanidad.

La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vicente de Paúl el mejor medio de revelar a Dios y a Cristo a los hombres y especialmente a los pobres. Sólo ella, únicamente ella, puede conciliar, a quienes la diversidad de opiniones separa y divide, para realizar una obra común: impedir que la miseria degrade a los hombres.

A través de esta vida de caridad, vivida en profundidad, Vi­cente revela al mundo del siglo xvii y al mundo de hoy, el amor de Dios y de Cristo. Se siente, y hace sentir a los demás, respon­sables de la esperanza de Dios en los pobres y de la esperanza de los pobres en Dios y en los demás. Ayuda a la iglesia a vivir con los pobres y a los pobres en la iglesia. Entregado a la redención de la miseria, de los desdichados, ejerce, según la expresión del concilio Vaticano rr, «la acción bienhechora, como un santo mi­nisterio y una obra específica de caridad», para asegurarse y asegu-

336 La evangelización de los pobres

rar a los demás que el servicio a los demás establece en comunión con el Señor y con ellos.

La fórmula utilizada por él «es necesario dejar a Dios por Dios» será siempre verdadera, después de haber experimentado una presencia de Dios en los hombres y de haber tomado con­ciencia de la relación viva de la verdad sobrenatural del hombre. Sólo entonces se puede mantener y profundizar cada día una noción de caridad que une a Dios, a Cristo, a los hombres… En este mo­mento nuestro encuentro con Dios cambiará nuestras perspectivas y nuestras vidas serán evangelizadas.

Esta caridad se encuentra en el centro de la Misión. Buscando la fuente de este espíritu de la Misión y su eficacia en la iglesia, Vi­cente de Paúl nos entrega un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, entre los brazos de la providencia y en un renunciamiento actual de nosotros mismos para seguir a Jesu­cristo».

Si este pobre, llamado en otro tiempo el señor Vicente, invo­cado hoy san Vicente de Paúl, pudo realizar su acción bienhechora y construir la mística de los pobres, si puede, todavía hoy, ser es­cuchado y evangelizar nuestras vidas fue, y es, por haber tenido una visión evangélica, más que sociológica, de los pobres. El profundizó su vida cristiana en el descubrimiento de la eminente dignidad de los pobres. No olvidemos lo que escribe Brémond refiriéndose a Vicente de Paúl: «Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve sobre todo místico, se representa un Vicente de Paúl que ja­más existió».

La enseñanza de Vicente de Paúl, que no se concentra en un sistema racional, ni se fija en fórmulas lapidarias, transmite los elementos de su experiencia y de su intuición creadoras. Ella evo­ca, en definitiva, una doble realidad, que interroga e inquieta, hoy como ayer, a la conciencia del hombre, a la conciencia de la socie­dad:

  • Cristo pobre, evangelizador de los pobres: presencia del misterio de Cristo en las pobres, que interrogan a la fuerza crea­dora y al dinamismo liberador depositados por Dios en el ser del hombre.
  • Las realidades concretas, duras, sorprendentes, que inva­den nuestra existencia y apelan a nuestra responsabilidad: a través

Conclusión 337

de estas realidades se debe buscar y realizar la unión con la volun­tad de Dios.

El buen padre Vicente se presenta hoy a nosotros con un nue­vo amor humilde y generoso para decirnos que la evangelización de los pobres es, y será siempre, una aventura: ella exige un es­píritu de invención, de apertura, de «compasión», de colaboración, de competencia… y él nos confiesa: «No se cree a un hombre por ser sabio, sino porque le estimamos y le queremos. Ha sido ne­cesario que Jesucristo haya prevenido con su amor a quienes ha querido que crean en él. Hagamos lo que queramos; nadie creerá jamás en nosotros, si no testimoniamos amor y compasión a quienes queremos que crean en nosotros».

Humilde y sonriente, amable y exigente, juez y profeta, per­manece todavía cerca de nosotros. Si no nos abandona, es porque todavía tenemos que pagar una deuda de inteligencia y de fidelidad contraída con él.

Apéndices

1

VICENTE DE PALIL Y ANDRÉS DUVAL *

Los comienzos de la Congregación de la misión

San Vicente de Paúl, fundador y superior general de los sacerdotes de la Misión, dijo humildemente en varias ocasiones que el origen y la institu­ción de su Compañía se debían en gran parte al venerable Andrés, de quien cuenta, cómo al referirle lo sucedido en las primeras misiones —que este hombre apostólico comenzó con algunos doctores y sacerdotes celosos por la salvación de los hombres y especialmente de los campesinos— el venera­ble Andrés, al oír hablar de la necesidad de la instrucción espiritual, de las necesidades espirituales existentes en las parroquias rurales, del hambre con que el pueblo corre en busca del pan de la palabra de Dios, del fruto que producen, de la bendición que reciben, pronunció estas palabras: «servus sciens voluntatem Domini et non faciens vapulabit multis». Al mismo tiem­po que estas palabras fueron pronunciadas, Vicente de Paúl se sintió interior-

* La vie de Mr. André Duval, Prétre, Docteur de Sorbonne, Professeur Royal en Théologie, Doyen de la Faculté et l’un des Trois premiers Supé-rieurs de l’Ordre de N. D. du Mont Carmel de la Reforme de Ste. Thérése, en France, par Robert Duval son neveu, Docteur de Sorbonne et Professeur Royal en Théologie. Manuscrito del Carmelo de la Encarnación de Clamart, 193 páginas, compuesto de 2 partes.

340 Apéndices

mente impresionado y atraído por la inspiración y el atractivo de la gracia, las consideró como una orden de la divina voluntad, que habiéndole mani­festado la necesidad de estos pobres, le llamaba a darse totalmente con to­dos los que quisieran unirse a él, para ir por los campos a anunciar la pa­labra de Dios, predicar y catequizar, oír las confesiones, administrar el sa­cramento de la penitencia, calmar las disensiones y, generalmente hablando, ofrecer todos los buenos servicios espirituales a las personas que viven en el campo sin ser ninguna carga ni ocasionar ninguna incomodidad tanto al pueblo como a los sacerdotes, sino más bien para aliviarlos con su consen­timiento y con el permiso y envío de los Señores Obispos, de manera que decidió dedicarse eficazmente a esta obra y a buscar los medios convenientes acerca de los cuales había consultado ordinariamente al venerable Andrés, ya que sin su opinión no emprendía nada. También le enviaba a los de su Congregación para recibir la solución de los casos más difíciles de concien­cia, que se presentaban en las misiones, a quienes nuestro doctor trató siem­pre de responder con gran rapidez y preocupación, de tal manera que los sacerdotes de la Misión han reunido la mayoría de estas opiniones para ser­virse de ellas en ocasiones parecidas.

(Primera Parte, Cap. 8: «De su celo por la reforma de las antiguas Or­denes Religiosas y por la fundación de las nuevas Congregaciones», pp. 35-45. El texto citado se encuentra en pp. 43-45).

Humildad del Señor Duval

Después de haber rechazado la proposición que se le hizo, diciéndole que era un hombre guapo y que tenía un bello rostro para ser pintado, sin que él lo supiera se mandó pintar su retrato. La amistad que se tenía por él impidió ocultar por más tiempo este cuadro. Se mandó reproducir varias copias y se dio una a Vicente de Paúl, su querido amigo. Este la expuso. Pero un día, que el venerable Andrés se encontraba en la casa de Saint-Lazare, vio en una sala este retrato. Permaneció tan confuso y se puso tan enfadado a causa de él, que rogó inmediatamente al Señor Vicente que lo retirara y tanto le presionó que le obligó a prometérselo y a realizarlo, y así lo hizo, guardándolo hasta después de su muerte, pero después lo expuso con otros muchos retratos de personas de nuestro siglo, ilustres en virtudes y piedad.

(Segunda Parte, Cap. 8: «De su humildad», pp. 134-141. El texto citado se encuentra en p. 139).

«Todo es santo en el señor Duval»

Vicente de Paúl, que había consultado y hablado con frecuencia durante su vida con el venerable Andrés, manifiesta claramente la gran consideración en que le tenía, más exactamente, todo lo que se puede decir de bien de

Apéndices 341

una persona, cuando hablando de él pronunció estas sublimes palabras: «Todo es santo en el Señor Duval. Si quisiera recorrer todas las virtudes que he visto en él, nunca terminaría. Por eso concluyo no haber visto nada en él que no apareciese santo». Dio el mismo testimonio, cuando el sobrino del venerable Andrés presentó al Señor Descordes, consejero de Chátelet, dos pequeños cuadros, que habían pertenecido a nuestro venerable doctor, para testimoniarle el agradecimiento por el interés y preocupación que había demostrado con ocasión de un asunto doméstico. Como este buen juez ma­nifestara cierta dificultad en recibir este pequeño regalo, el Señor Vicente le dijo: «son dos reliquias de un santo, no los rechace».

(Segunda Parte, Cap. 14: «De los testimonios y honores rendidos al ve­nerable Andrés», pp. 173-193. El texto citado se encuentra en pp. 188-189).

2

CARTA DE ANTONIO LE MAITRE AL ARZOBISPO DE PARÍS, J. F. DE GONDI (14 de noviembre de 1622 – 21 de marzo de 1654) *

Aunque había decidido guardar con toda exactitud tanto el silencio como la soledad, y pedir constantemente a Dios que continúe bendiciendo la obra que su misericordia ha comenzado en mí, sin embargo habiéndome enterado, hace poco, que se comenta algo contra la vida que llevo aquí, y que se me acusa de no tener otra línea de conducta más que la de mi propio espíritu, he juzgado que violaría el respeto que debo a la autoridad de la iglesia, que reside en su ilustre persona, si no le diera cuenta del estado de mi con­ciencia, de la que creo no tener que responder más que a Dios y a usted, Monseñor, y si no le suplicara muy humildemente que me hiciera el honor y la caridad de concederme al Señor Vicente para abrirle mi corazón en confesión y así pueda informarle, por lo visto con sus ojos, que no hay nada malo ni extraordinario en mi soledad y comportamiento. Sí usted hubiese estado en París, Monseñor, cuando dejé el mundo, y si la violencia, con la que Dios me penetró, me hubiese permitido otro pensamiento, además de llorar en secreto mis pecados y ofensas, no hubiese dejado de ir a arro­jarme a sus pies para pedirle su santa bendición y descubrirle el movimien-

* Biblioteca de Amersfort: Fonds du Clergé Episcopal, P. R. 3049. Descubierta por J. Orcibal, esta carta ha sido publicada por el P. F. Com-baluzier en Annales de la Congrégation de la Mission, T. 122 (1957), pp. 672-673.

El retiro de A. Le Maitre (Lemaistre), brillante abogado del parlamento, a Port-Royal consternó al mundo de las letras y de la magistratura de París. En su soledad llevó una vida estudiosa y devota. Cuando murió en 1658, su desaparición se señaló como una gran pérdida para la «inteligencia» pa­risina. Cf. R. Mandrou, Des humanistes aux hommes de science, Paris 1973, 186.

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to, que la gracia de nuestro Señor me ha dado para abrazar una vida peni­tente y retirada. Dado que la divina Providencia no me lo permitió entonces y ahora me da una nueva ocasión, y que la edificación que debo a la iglesia y al público parece cambiar en necesidad lo que no era más que deber, me veo obligado, Monseñor, a informarle que no llevo ninguna línea de con­ducta especial, que no deseo más que servir a Dios con sencillez de corazón, y que estoy dispuesto a cambiar lo que se encuentre criticable en mi vida, si Vicente de Paúl me lo manda, después que haya visto la disponibilidad de mi alma.

Aunque, por la gracia de Dios, Monseñor, me haya vuelto el más inútil y despreciable de todos los hombres y no tenga ninguna otra cualidad más que la de pecador y de solitario, no obstante me persuado que usted no despreciará un alma, que Dios ha sometido a su cargo, y por la que (Jesu­cristo) murió, y que teniendo que responder por ella ante el tribunal de su justicia, me concederá, sin duda, la muy humilde súplica que le hago.

Que si el mismo Dios, Monseñor, que le llama a conducir su rebaño y al gobierno de su iglesia, no me hubiera• sacado del inundo y conducido a la soledad, yo mismo iría personalmente a recibir a dicho director de su mano, y asegurarle a usted, al mismo tiempo, mi servicio y obediencia, pero dado que la divina Providencia le ha constituido —en razón de su piedad y de su cargo— protector de todos los que viven cristianamente, según la voca­ción especial de cada uno, pienso que aprobará la fidelidad y la constancia de mi esfuerzo por proseguir el camino en el que Dios me ha puesto, y que preferirá enviar a nuestro desierto a este gran servidor de Dios para que vea y le refiera lo que hago en él, en lugar de permitirme salir de este retiro, al que me •ha conducido la Providencia y en el que vuestro consentimiento me ha dado la libertad de permanecer.

Ofreceré, no obstante, Monseñor, mis votos y oraciones a Dios para su­plicarle que continúe y acreciente constantemente sus gracias en usted y que haga se presente la ocasión en la que pueda testimoniarle que soy vuestro…, etc…

3

SAN VICENTE DE PAT_IL Y SAINT-CYRAN

según Jerónimo Besoigne *

Faltaría algo a la apología del Sr. de Saint-Cyran si no le otorgara como defensor al hombre que pasa ante el público por ser su mayor acusador: Vicente de Paúl, canonizado hace algunos años. Es un derecho de justicia

* Jerónimo Besoigne, Histoire de Port-Royal, La parte, Colonia 1752; Histoire des Religieuses III, 497-500. Agradecemos a A. Dodin la amabilidad de habernos comunicado este texto.

Apéndices 343

para los dos: el Señor de Saint-Gyran, al ser justificado por Vicente de Paúl, estará absuelto de los errores que se le imputan, y éste se encontrará des­cargado de la cualidad odiosa de calumniador. Quiera Dios que esto pueda servir de algo para reformar el escándalo de las invectivas lanzadas contra el piadoso Abad, que resuenan en los púlpitos cristianos todos los años el día de la fiesta del nuevo santo.

La prueba es breve y se reduce a dos puntos:

El primero es el testimonio escrito de Vicente de Paúl acerca de la ino­cencia y de la ortodoxia del Señor de Saint-Gyran, cuyo texto se encuentra citado anteriormente (pp. 407-408). No lo repetiré aquí.

El segundo se prueba por los hechos de dicho Abad, su íntimo amigo. La amistad había comenzado quince años antes del encarcelamiento del Señor de Saint-Cyran 1.

  • Dicha amistad era recíproca. El Señor de Saint-Cyran hacía todos los servicios que podía a Vicente de Paúl, y el Señor Vicente se preocupaba mu­cho por su bienhechor.
  • El Abad había concedido una parroquia, dependiente de su Abadía, a un sacerdote de la nueva Congregación de Saint-Lazare, fundada por Vi­cente de Paúl.
  • Se sirvió de su influencia para hacerle ganar el proceso que tenía (Vicente de Paúl) con los Religiosos de Saint-Victor relativo al estableci­miento de su Comunidad en la Casa de Saint-Lazare, situada en el Arrabal de Saint-Denis.
  • Se tomó la molestia de traducir en latín las Reglas de su Congregación para presentarlas en Roma y le escribió varias cartas para los cardenales de quienes solicitaba protección.

Vicente de Paúl, por su parte, le visitaba con frecuencia, y de vez en cuando, almorzaba en su casa con él.

En el último viaje realizado por Saint-Cyran a Poitou, le prestó su caballo para hacer el viaje.

Después que el Abad fue encarcelado (Vicente de Paúl) visitó a su so­brino, el Sr. de Barcos, para testimoniarle cómo le ‘afectaba dicho aconte­cimiento, triste para él.

Al estar informado que el Sr. de Saint-Cyran debía ser interrogado en la prisión, le pasó un aviso de amigo, en el que le comunicaba que dictara él mismo sus respuestas al Comisario de la Corte y que no permitiera de­jarlas dictar a dicho Comisario, a fin de evitar cualquier sorpresa 2.

1 Saint-Cyran fue encarcelado el 14 de mayo de 1638, su amistad con Vicente de Paúl comenzó, pues, el año 1623.

2 Los amigos de Saint-Cyran también desconfiaban de él (del Sr. Lescot): el presidente Polé, por una parte y Vicente de Paúl, por otra, le habían hecho advertir antes del interrogatorio, el uno que enumerara todas las pá­ginas y que no dejara ninguna línea en blanco; y el otro le advertía que

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En el interrogatorio al que él mismo fue sometido, concerniente a Saint-Cyran, no dijo nada en contra y expuso muchas cosas en su favor.

Tuvo que pagar las consecuencias por no haber querido hablar contra él: el Cardenal (Richelieu) se comportó más fríamente con él a partir de ese momento, y las obras de la Casa, que el Cardenal hacía construir en la ciudad de Richelieu para su Congregación, no fueron después tan deprisa. En una palabra, el interrogatorio hecho a Vicente de Paúl desagradó tanto a los enemigos del Abad que no se atrevieron a hacerlo público en ese mo­mento, lo mismo que el famoso Abelly, que no lo publicó más que veinte años después en la Vida de Vicente de Paúl, en la que no olvida nada que puede denigrar al Abad de Saint-Cyran.

Cuando Vicente se enteró de que el Abad podía recibir visitas de sus amigos en la prisión, fue a verle, y cuando fue libertado le visitó en su domicilio.

Después de su muerte, vino a su casa para darle el último adiós y saludó a su sobrino, el Señor de Barcos.

Finalmente, no manifestó ninguna oposición en el Consejo de Conciencia, del que era miembro, al nombramiento que la Reina Regente hizo del Señor de Barcos para la Abadía de Saint-Cyran, aunque conocía exactamente que el sobrino pensaba en todo igual que el tío.

En relación a todos estos •hechos sólo hay que hacer una breve reflexión: ¿Cómo un hombre bueno, como era Vicente de Paúl, hubiera podido com­portarse en conciencia de esa manera con el Sr. de Saint-Cyran, si le hubiese considerado herético, como un hombre de doctrina heterodoxa?

4

REGLAS DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD QUE SE OCUPAN DE LOS CONDENADOS

A GALERAS *

1.° Dado que el trabajo realizado con los condenados a galeras es uno de los más difíciles y arriesgados que tienen las Hijas de la Caridad, no sólo a causa del dinero que hay que administrar sino también en razón de la caridad de las personas que se frecuentan, es también uno de los más meritorios y agradables ante Dios, cuando se realiza como se debe, ya que se ejercitan en él, en alto grado, las obras corporales y espirituales de mi-

dictara, y que no permitiera que fuesen dictadas sus respuestas por el co­misario de la corte al secretario, sino que las dictara él mismo, temiendo que pudieran ser falsificadas: Histoire de Port-Royal III, 407.

* Archivos de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad, 140, rue du Bac, Paris (VIIa): Pensées de Louise de Marinar, Damoisselle Le Gras, Fondatrice et Premiare Supérieure des Files de la Charité, Servantes des pauvres malades. Premilre partie, Ecrits autographes, 149-154.

Apéndices 345

sericordia con los más miserables de cuerpo y de alma, cuya situación ape­nas se podría imaginar; por eso las llamadas por Dios a esta santa obra no sólo deben tratar de hacerse dignas de ella, por la práctica de las virtudes requeridas y por la observancia exacta de sus reglas, sino también animarse y tener gran confianza en nuestro Señor Jesucristo, teniendo presente, que asistiendo a estos pobres le ofrecen un servicio que le agrada tanto como si fuese hecho a su propia persona; y que en consecuencia él no cesará de darles en recompensa las gracias necesarias para superar todas las dificulta­des que podrán encontrar en este empleo, además de la rica corona que les reserva en el cielo.

2.° Su servicio consiste en servir corporal y espiritualmente a los po­bres forzados, enfermos y sanos, que se encuentran detenidos en París, hasta que salgan para ser llevados a galeras; y como las reglas de las Hermanas, que están en las parroquias, contienen varias indicaciones, que también de­ben ser observadas por las que se ocupan de los condenados a galeras, es­pecialmente en lo concerniente a los enfermos, se acomodarán a ellas en cuanto les sea posible, y además observarán los artículos siguientes.

3.° En lo que respecta a la asistencia corporal de estos pobres, ellas les prepararán todos los días en su casa la comida, comprando ellas mismas la carne y todo lo determinado para su alimento y les llevarán a donde es­tán, una vez al día y a la hora exacta, el alimento del día, que debe servir para comer y cenar; y si la marmita fuese excesivamente pesada, se harán ayudar por los guardianes.

4° Se ocuparán de cambiarles de ropa interior todos los sábados y de hacer limpiar la sala; y durante este tiempo se acordarán de renovar en ellas el espíritu de pureza y de modestia, para precaverse en esta ocasión contra la insolencia ordinaria de dichas personas.

5.° Cuando estén enfermos, se ocuparán de ellos tanto o más que de los enfermos de las parroquias, se reservarán el tiempo oportuno para visi­tarlos; les llevarán a la comida y a la cena el alimento necesario y los me­dicamentos, cuando los necesiten, y sobre todo les darán o les procurarán la asistencia espiritual, que consiste en consolarlos, animarlos e instruirlos en las cosas necesarias para salvarse, especialmente en prepararles a hacer una buena confesión general, procurando que se confiesen y comulguen a tiempo, y si están en peligro de muerte, intervenir para que se les dé la extrema un­ción, y una vez muertos, amortajarlos y procurar su entierro, y si salen de la enfermedad exhortarlos para que lleven en el futuro una buena vida.

6.° Cuando vayan a salir para ir a galeras, se preocuparán de que ten­gan camisas y ropa interior; después de haberse ido, desharán y acomoda­rán los jergones y limpiarán la sala donde estaban.

7.° Y aunque en todo tiempo deberán mostrar gran modestia y discre­ción, tratarán, sobre todo, de tener cuidado especial en ello, cuando estén en las salas para hacerles algún servicio, sin dar la impresión de escuchar

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sus palabras de mofa; si ellos se comportaran de una manera totalmente insolente, en este caso deberán responderles seriamente o salir.

8.° Y aunque sea muy difícil impedir que no cometan excesos de inso­lencia contra ellas, incluso cuando se les hace mayor bien, no dejarán por eso de intentar hacérselo y lo manifestarán teniendo gran paciencia y rogan­do a Dios al mismo tiempo por ellos, como lo hacía san Esteban, mientras le lapidaban, y sobre todo evitarán darles la menor ocasión de queja, por eso les hablarán sin la más mínima rudeza y no les reprocharán lo más mí­nimo los descontentos que hubieran recibido de ellos, ni tampoco discutirán con ellos para justificarse, cuando las acusen falsamente; por el contrario procurarán no hablar con ellos, a no ser que lo exija la necesidad, y tra­tarlos con dulzura y compasión, dada la situación lamentable en que se en­cuentran ordinariamente, tanto respecto del alma como del cuerpo, ya que a pesar de ello no dejan de ser los miembros de quien se hizo esclavo para rescatamos a todos de la servidumbre del demonio.

9.° Y como la experiencia ha manifestado que la presencia de alguna Dama tiene gran influencia para evitar que se cometan tales insolencias, ellas harán lo posible para intervenir discretamente a fin de que, cuando, les sirvan, alguna Dama esté con ellas, y si disminuyera esta caridad, se esme­rarán en comunicárselo a su Superiora, quien verá con el Superior lo que será conveniente hacer para restablecer la vigencia de estas santas visitas.

10.° Tendrán sumo cuidado, cuando van a servirles, de que no entren con ellas personas sospechosas de mala vida o de mal consejo; y para evi­tarlo, sólo dejarán entrar a quienes estén seguras de poderles ayudar en lugar de hacerles mal.

11.° No intervendrán nunca en el envío de ninguna carta ni en la acep­tación de ningún encargo para ellos, a no ser que se relacione con su vida espiritual, y esto a condición de que sea evidente y de que la Hermana Sirviente esté de acuerdo. No obstante si juzgan en la presencia de Dios que es necesario hacerles algunos encargos. relativos a su bien temporal, no lo harán a no ser después de haber pedido y obtenido el consentimiento del Superior o al menos el de la Superiora, la cual no lo dará sin estar total­mente segura de que no hay ningún peligro en permitirlo.

12.° Y para evitar los grandes inconvenientes, que podrían surgir, lo mismo que para prevenir toda sospecha, que podría recaer sobre ellas de entenderse con los forzados, evitarán hablar con ellos en particular, y no tendrán en cuenta las palabras que les dicen, incluso cuando sus parientes y amigos les hablen para ayudarlos a sacarlos de allí, a no ser cuando se encuentren en grave necesidad o aparezca la inocencia del detenido, des­pués de haber consultado a la Superiora y obtenido el permiso para obrar de manera distinta.

13.° De la misma manera tendrán sumo cuidado en evitar toda con­fianza con los guardianes de los forzados y no permitirán entrar, ni siquiera

Apéndices 347

a uno de ellos, en su residencia, a no ser cuando vengan a buscar la mar­mita por ser demasiado pesada; si ellos tienen necesidad de hablarles, fuera de este caso, lo harán a la puerta, abajo de la escalera, y por eso tendrán una campanilla en su ventana, que se tocará desde la calle, cuando quieran hablar con ellas.

14.° Tendrán sumo cuidado en administrar perfectamente el bien de los pobres forzados y evitarán con todo detalle no apropiarse, directa o in­directamente, nada que corresponda a los alimentos de los forzados ni fa­vorecer a los vendedores que les suministran, con perjuicio de dichos pobres.

15.° La encargada de llevar la cuenta de los gastos, tendrá nota de to­dos, a fin de rendir cuentas a los responsables, cuando se las pidan. Y si recibe alguna cantidad notable, se lo comunicará a la Superiora, quien juz­gará lo que se ha de hacer con ella, tanto para impedir que se pierda, como para emplearla debidamente.

16.° Cuando tenga que hacer algún gasto extraordinario en beneficio de ellos, pedirá la opinión, no solamente a la Hermana Sirviente, sino tam­bién a la Superiora, quien, considerada la necesidad o la gran utilidad, le indicará, si tiene que pedir permiso para ello al sustituto del Procurador Ge­neral, o si es conveniente obrar de otra manera.

17.° Tendrán cuidado en advertir con tiempo a la Superiora, para que ésta sepa de parte del Superior, si habrá sacerdotes para dar la misión a los forzados, antes de salir para las galeras.

18.° Con el fin de que puedan practicar todas estas normas, y para que la caridad, que ejercen en este lugar, consiga la mayor gloria de Dios, su propia perfección y la salvación de estos pobres afligidos, harán varias veces al día oraciones especiales para invocar al Espíritu Santo, a fin de que pu­rifique tan perfectamente sus pensamientos, palabras y acciones —especial­mente si llegaran a tener tentaciones de impureza— que sean como la luz del sol, que pasa continuamente sobre el estiércol, sin que por eso se man­che lo más mínimo; y después de todo esto deben tener confianza en que Dios las escuchará, como lo hizo con los tres jóvenes en el horno ardiente, puesto que se ocupan de esta obra únicamente por obediencia y por caridad.

5

REGLAMENTOS ESPECIALES QUE DEBEN OBSERVAR LAS HERMANAS QUE SE OCUPAN DE LOS NIÑOS EXPÓSITOS, ADEMÁS DE LAS QUE SON COMUNES PARA TODA LA

COMUNIDAD (1640)*

1.° Las Hijas de la Caridad, empleadas en el Hospital de los Niños ex­pósitos, pensarán con frecuencia en la gran dicha a la que han sido llama-

* Archivos de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad. Copia del 15 de diciembre de 1708, 272-307.

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das por Dios para un empleo tan santo y divino, al cooperar con Dios para salvar la vida del cuerpo y del alma de estos pobres inocentes, quienes, sin su ayuda, muy probablemente, morirían en la calle y sin bautismo, o si es­caparan a la muerte, vivirían en malas condiciones y tendrían un fin des­dichado por falta de buena educación.

2.° Se persuadirán que cuanto más alta y santa es su vocación, tanto mayor debe ser su humildad y perfección, y si les viene al pensamiento, que los empleos son demasiado bajos y penosos, considerarán que su deber es servir al Niño Jesús en la persona de cada niño que educan, y que reali­zándolo, tienen el honor de hacer lo que hacía la Santa Virgen con su que­rido hijo; y puesto que él asegura que el servicio hecho al más pequeño de los suyos, se le hace a él, harán todo lo posible para educar a estos pobres niños con tanto cuidado y respeto como si se tratase de la persona de nuestro Señor.

3.° Para que puedan más •perfectamente y más fácilmente cumplir con su deber, que consiste en servir y asistir a estas pobres pequeñas criaturas corporal y espiritualmente, serán muy exactas en observar sus reglamentos y todas las órdenes dadas por la Superiora o por la Hermana Sirviente, y evitarán hacer algo contra su intención, pensando que la vida y la muerte, la salvación o la condenación de estos pobres expósitos, dependen de la buena o mala educación que les den, y que no podrán educarlos bien, si no cumplen lo que se les haya mandado de palabra o por escrito, y especial­mente por los artículos siguientes.

4.° Desde el momento que se les comunique, que deben servir a estos niños, aceptarán y realizarán este empleo con tanto respeto y devoción como si fuese un ángel quien se lo encomendara de parte de Dios, como le sucedió a san José para conducir y educar al Niño Jesús en Egipto.

5.° Antes de comenzar a ejercer su oficio con estos pobres niños, los ofrecerán a Dios con sus acciones y le pedirán les conceda la gracia de cum­plir perfectamente con este deber y tratarán de tener en todo esto, los mis­mos sentimientos que tenía Nuestra Señora cuando servía a su querido Hijo durante la infancia.

6.° Cuando se ocupen de educar a los pequeños —una vez dejada la lactancia hasta los cuatro años— tendrán un cuidado especial de ellos, ya que tienen mayor necesidad de sus servicios que los demás, y procurarán cumplir con ellos hasta el más pequeño detalle, especialmente con los más pequeños y los de más tierna edad.

7.° El reglamento que cumplirán, para la educación de estos pequeños, consistirá en levantarles lo más pronto a las siete y, mientras los visten, les mandarán hacer la señal de la cruz, juntar las manos, ofrecer su corazón a Dios y pronunciar el nombre de Jesús y de María, y esto desde que em­piecen a balbucir.

8.° Una vez vestidos les darán agua bendita, o les harán tomarla, les

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mandarán hacer perfectamente la señal de la cruz y recitarán con cinco o seis, al tiempo, el pater y después las demás breves oraciones acostumbradas, rezando especialmente por los bienhechores.

9.° A las ocho, lo más tarde, les darán el desayuno y después les harán jugar en el patio o en la sala, según el tiempo que haga.

10.° Hacia las diez y media les llevarán a comer juntos a su pequeño refectorio, donde estarán todos sentados, los niños en una mesa y las niñas en otra, excepto durante el invierno que se les dará de comer en su sala, y en el momento de servirles la sopa, uno de ellos, que se habrá puesto de pie, dirá en voz alta el benedicite, y al mismo tiempo una Hermana les mandará juntar las manos.

11.° Cuando hayan terminado de comer, se les hará decir a todos en alta voz: muchas gracias, mi buen Dios, e, inmediatamente después, el mis­mo niño dirá también en alta voz: agimus tibi gratias, etc., y después re-tribuere por los bienhechores; después se les hará jugar.

12.° A la una y media se les volverá a acostar en sus camas, sin des­nudarles totalmente, y conforme se vayan despertando se los lavará, se les hará jugar un poco y después se les dará de merendar.

13.° Se les dará de cenar a las cinco en verano y a las cuatro en in­vierno; después se les dejará jugar hasta la hora de acostarse, que será a las siete en verano y a las seis y media en invierno, comenzando por los más pequeños y delicados, teniendo cuidado de separar la cama de los niños de la de las niñas, desde que tengan tres o cuatro años.

14.° Al acostarles les mandarán hacer la señal de la cruz, juntar las manos y pronunciar el nombre de Jesús y de María, como al levantarles, y después se les dará agua bendita o se les mandará tomarla.

15.° Los domingos y fiestas se les hará asistir a la misa, que se dirá en el hospital, colocarán a los niños a un lado y a las niñas al otro, les harán juntar las manos y rogar a Dios según su capacidad.

16.° Cuando vayan a cumplir los cinco años, se comenzará a enseñarles las letras y el catecismo, un rato por la mañana y otro por la tarde, y des­pués se les permitirá jugar; todo esto se hará según lo prescrito por la Su­periora, sin innovar, ni abolir, ni cambiar nada de lo establecido.

17.° Se preocuparán de tenerles limpios, lo mismo que de lavar todos los días sus lechos en la hora señalada, que ordinariamente es a las dos. Evitarán sin embargo entretenerse en arreglarlos, rizar sus cabellos o en adornarles con pequeños broches para hacerles aparecer más elegantes que los demás, porque todo esto no serviría más que para alimentar en ellos la vanidad, especialmente en las niñas, quienes se convertirían, al fin, en peque­ñas vanidosas y en consecuencia menos castas.

18.° Para acostumbrarles a conservar la pureza y la salud, no les per­mitirán nunca levantarse totalmente desnudos, ni andar con los pies descalzos, ni tener la cabeza descubierta, absteniéndose, incluso, de peinarlos en lu-

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gares descubiertos, como sería en el patio o en su sala estando las ventanas abiertas. Evitarán que permanezcan demasiado tiempo junto al fuego, pre­firiendo que los pequeños se ejerciten en ciertos juegos para calentarse aun­que sea necesario, de tiempo en tiempo, hacerles acercarse al fuego. Les impedirán que se duerman al sol o en lugares malsanos.

19.° Se preocuparán especialmente de evitar que los niños, incluso desde su más tierna infancia, contraigan malas costumbres, como sería el obstinarse, pelearse, mentir, desvestirse, o hacer otras tonterías semejantes, especialmente entre niños y niñas; porque aunque en todo esto no pequen contra nada, por no haber llegado todavía al uso de la razón, sin embargo estarían en disposición de ofender a Dios, cuando llegaran a esta edad; por eso no dejarán jugar juntos a los niños y niñas, y tratarán de hacerles prac­ticar las virtudes contrarias, inspirándoles por este medio un gran horror del pecado, un gran temor del infierno y un gran deseo del paraíso; y para man­tenerles mejor en su deber, las Hermanas, que se ocupan de ellos, les ob­servarán de vez en cuando, cada una a los de su grupo, o por lo menos habrá una presente, cuando jueguen todos juntos, y en algunas ocasiones habrá otra más.

20.° Les tratarán con dulzura, sin embargo si fuese necesario castigar­les, lo harán sin pasión, tratando de corregirles más con palabras que con palos, a veces amenazándoles con algún castigo, si recaen, o manifestándoles que se está enfadada con ellos, sin hablarles y mostrándoles un rostro serio, otras veces animándoles con alguna palabra de compasión y de cordialidad, o bien imponiéndoles alguna pequeña penitencia, como besar el suelo, ha­cerles llevar alguna cosa que les dé vergüenza, privarles de alguna pequeña golosina o fruslería o cosas semejantes; sobre todo tratando de hacerlos capa­ces de corregirse por la razón y haciéndoles tomar conciencia de su falta; pero cuando se vuelvan incorregibles y juzguen necesario castigarlos más rigurosamente, se lo advertirán a la Hermana Sirviente, quien les pegará con el látigo o mandará que se les pegue, pero se requiere hacerlo siempre sin pasión, y por eso diferir cierto tiempo el castigo, una vez conocida la falta. Evitarán sobre todo darles golpes en la cabeza, especialmente a los más pequeños. A veces será bueno poner de vigilante a una persona, quien amenazándoles darles con el látigo, les haga pedir perdón. Esto no se hará más que cuando lo juzgue conveniente la Hermana Sirviente.

21.° Cuando estén enfermos, tendrán sumo cuidado en servirles con dulzura y caridad, sobre todo se aprovisionarán de mucha paciencia, ya que estos niños pequeños, al no tener todavía uso de razón, son por eso más difíciles de servir que las personas mayores. Sin embargo se requiere que no sean tan débiles y complacientes, que esto les impida suministrarles la asis­tencia necesaria, por eso no tendrán en cuenta el rechazo que hagan tanto del alimento como de los remedios, sino que se los harán tomar por la fuerza,

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y no esperarán a obrar de esta manera cuando ya se encuentren gravemente enfermos.

22.° Y aunque en todo tiempo deben estar dispuestas a servir y cuidar caritativamente a estos pobres pequeños, no obstante tendrán una preocupa­ción especial en ocuparse de sus necesidades y en cambiarlos. Para facili­tarse este trabajo se servirán de algún buen pensamiento, como sería acor­darse de nuestro Señor, cuando pidió de beber a la samaritana, y que hace ahora lo mismo con ellas por la boca de estos inocentes, y volviéndolos a acostar enseguida, podrán hacer algún acto de adoración o de amor de Dios, u otro de su devoción.

23.° Las que se ocupan de los niños enfermos, tendrán cuidado tam­bién de sus vestidos y los guardarán todos, de modo que no se pierda nin­guno, ni se mezcle con el montón de los demás.

24.° Tendrán un cuidado especial en guardar la uniformidad y la igual­dad de trato con los niños, de tal manera que en cuanto sea posible, uno no tendrá más cosas que otro, ni uno será mejor alimentado, vestido, ni más aca­riciado que los otros, sobre todo en presencia de los demás. Y para im­pedir que los externos den alguna cosa a unos y no den nada a otros, la Hermana Sirviente recibirá en su presencia lo que ellos quieran dar y lo dis­tribuirá con su consentimiento a todos los niños que estén presentes. Es inimaginable cómo le melancolía atormenta a estos pobres inocentes, cuando ven a los otros ser mejor tratados que ellos, a veces esto es causa de su muerte. Por este artículo no se pretende prohibir dar, a veces, algo especial a algún niño, bien cuando esté enfermo o en otra necesidad semejante y cuando la Hermana Sirviente lo juzgue necesario.

25.° Especialmente les darán buen ejemplo y tendrán sumo cuidado en no cometer la menor falta en su presencia, acordándose de lo que dice nues­tro Señor: quien escandaliza al menor de estos pequeños merece ser arro­jado al mar con una piedra de molino al cuello.

26.° Las Hermanas, encargadas de hacer trabajar tanto a los niños co­mo a las niñas, se preocuparán mucho en haceles emplear bien el tiempo, ya trabajando con ellos, ya observando si aprovechan bien el tiempo, a veces ala­bando y recompensando a quienes han cumplido bien con su deber y otras veces reprendiendo y amenazando a quienes realizan mal su trabajo.

27.° Cuando los lleven a la capilla para asistir a misa, al catecismo, o para las oraciones comunes, cada una tendrá cuidado de su grupo con el fin de impedir con su presencia las inmodestias e irreverencias. Con este fin determinarán, cuando recen el rosario o reciten las horas, que lo hagan de rodillas, los colocarán delante de ellas para observarlos mejor y si obser­van que no se comportan bien, les harán cumplir con su deber, y si es conveniente, y la Hermana sirviente lo permite, los castigarán a la salida, pero con discreción y sin pasión. Cuando no van a misa les harán rezar en común y en voz alta el rosario en tres tiempos, a saber, una decena después

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de las oraciones de la mañana, dos decenas después de la acción de gracias de la comida y otras dos decenas después de cenar.

28.° Las que se ocupan de los mayores, especialmente desde los nueve años hasta los doce, se preocuparán de que se observe el horario del día determinado para ellos, haciéndolos levantar a las cinco y media en invierno. En el momento de levantarse, las Hermanas, que se ocupan de ellos, estarán en la sala, los ayudarán, si es necesario, a vestirse y a peinarse, les harán re­zar a Dios en su capilla y después recitar la lección, luego les harán trabajar, los muchachos tejerán, ordinariamente, y las muchachas harán puntilla. Se les llevará a desayunar a las ocho y después volverán al trabajo hasta la hora de comer, excepto los muchachos que aprenden a escribir, quienes emplearán una hora en ello a la salida del desayuno. Comerán después de los pequeños, las muchachas en el refectorio de las Hermanas y los muchachos en la sala donde trabajan y todos al mismo tiempo que las Hermanas. Después de co­mer jugarán juntos un rato, luego volverán al trabajo hasta la hora de cenar, excepto los muchachos que escribirán de dos a tres de la tarde, e inmediata­mente volverán al trabajo.

29.° Después de cenar y de haber tenido un rato de recreación, volve­rán a trabajar, luego asistirán todos a las oraciones comunes que se hacen en la capilla e inmediatamente después se irán a acostar. Antes de meterse a la cama dirán su breve oración particular, de tal manera que a las nueve todos estén acostados.

30.° Si por escasez de nodrizas o por otra necesidad ellas tuvieran que alimentar a los pequeños, que se encuentran en la edad de lactancia, tendrán un cuidado especial de ellos, sobre todo en lo que respecta a hacerles beber la leche de vaca, siguiendo en esto el reglamento establecido y según la cos­tumbre del hospital y evitarán omitir la más mínima circunstancia en el servicio que deben hacerles en esta gran necesidad.

31.° No conversarán con las nodrizas, a no ser cuando estén obligadas a hacerlo por obediencia o en razón de sus oficios, y entonces tratarán de edi­ficarlas con alguna palabra de devoción y principalmente con el buen ejem­plo, evitando decir o hacer algo en su presencia, por mínimo que sea, que las pueda escandalizar, y no permitiendo, si la ocasión se presentara, que las demás Hermanas les dieran el más mínimo detalle de desedificación. Y si esto aconteciera, lo mismo que si algo malo pasara entre las nodrizas, no dejarán de comunicárselo a la Hermana Sirviente.

32.° Huirán de la ociosidad y de la pereza, como madre de todos los vicios, y cuando sus empleos les dejen algún tiempo libre, trabajarán en la costura o en otro trabajo parecido. Y sobre todo se acordarán, de vez en cuando, de estar en la presencia de Dios, de ofrecerle sus acciones y de refle­xionar en la resolución tomada por la mañana en la oración.

33.° Tendrán un gran respeto a la Hermana Sirviente y la obedecerán

Apéndices 353

lo mismo que a la Superiora, o por decir más exactamente, como a Dios, puesto que es la divina providencia quien la ha llamado a esta carga.

34.° Las Hermanas que tengan otros empleos, como el de la cocina, des­pensa, panadería, portería, pensarán que no tienen menos mérito realizando estos oficios, que si sirvieran a los niños en sus salas o en otra parte, pero esto se entiende si ellas cumplen bien con su deber y observan perfectamente las reglas de sus oficios.

35° Unas y otras intentarán vivir en gran inocencia, sencillez, humil­dad y caridad, teniendo presente que están obligadas a imitar a estos niños que son inocentes, sencillos, humildes, y todas estarán unidas por la amistad. Por eso evitarán a todo precio el soportar jamás en su corazón ni un solo pensamiento de envidia, de murmuración, de orgullo y de ambición de cual­quier cosa, se guardarán de escuchar ninguna tentación que las llevaría a querer cambiar de oficio, o de compañeras o de casa, por el contrario estarán indiferentes a todo esto, dejándose orientar por su Superiora o por sus Her­manas Sirvientes como los bebés por sus nodrizas, y pueden estar seguras que obrando de esta manera nuestro Señor les concederá la recompensa que promete a todos aquellos y aquellas que se han hecho semejantes a estos pequeños, él que ha dicho: Dejad que los niños vengan a mí y guardaos mucho de impedírselo, porque a ellos les pertenece el reino de los cielos, y si no os hacéis como estos pequeñuelos no entraréis en él.

OFICIO DE LA HERMANA SIRVIENTE QUE SE OCUPA DE LA OBRA DE LOS NIÑOS EXPÓSITOS*

1.° El oficio de la Hermana Sirviente, que se ocupa de los niños expó­sitos, consiste en procurar que las Hermanas y las nodrizas cumplan perfec­tamente con su deber, y que los niños sean educados y asistidos corporal y espiritualmente según lo prescriben los reglamentos.

2.° No recibirá ningún niño de los comisarios o de otros funcionarios, sin haber recibido antes el proceso verbal, que se haya hecho de él. De este proceso verbal, y de todos los que tenga de otros niños, informará a la Supe­riora. Desde que el niño esté en el hospital le visitará, pondrá aparte su ropa y lo mismo el «letrero» y las demás cosas que haya encontrado de él, anotará en un registro sus señales, si fuese necesario, para conocerle. Le hará dar leche u otra cosa, según la edad o la necesidad que ella juzgue pueda tener, e inmediatamente le hará bautizar bajo condición, aunque en el «letrero» es­tuviese señalado que estaba bautizado. Escribirá por detrás del papel del pro­ceso verbal su apellido de bautismo con el nombre que le haya dado, el día, año y edad, señalados en el proceso. Si fuera necesario señalar alguna otra circunstancia, lo hará. Cuando vea que ya se encuentra en estado normal,

* Archivos de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad, Copia del 15 de diciembre de 1708, 309-327.

354 Apéndices

se lo entregará a la nodriza para amamantarle y cuidarle, si es niño de pecho, en caso contrario lo colocará con los niños de su edad.

3.° Y si se diera el caso, que llevasen en pocos días muchos niños de pecho y no se encontraran nodrizas suficientes para amamantarlos, se preo­cupará de hacerles alimentar con leche de vaca por las Hermanas desti­nadas en este oficio, y ella misma contribuirá en todo lo que pueda. Sin embargo se informará por la Superiora si no sería necesario enviar a algu­nos a la campiña o a la ciudad para alimentarlos, y hará lo que se decida sobre esto.

4.° Se preocupará de elegir bien a las nodrizas, a quienes encomendará a los niños, y no aceptará a ninguna, por cualquier razón que sea, que no tenga las cualidades requeridas y que no haya sido aprobada por la Supe­riora, sobre todo cuando se trata de entregar a un niño, que ha de ser ali­mentado fuera del hospital.

5.° Cuando haya admitido nuevas nodrizas en el hospital, se informará si saben lo que un buen cristiano debe saber y practicar para salvarse, las preparará para hacer confesión general y las recomendará, incluso, a un confesor de la casa, a fin de que estén más instruidas y mejor dispuestas para cumplir con sus obligaciones.

6.° Les hará ver con exigencia el cuidado y la caridad con que deben servir a estos pobres inocentes, y especialmente en lo referente a no pegarles nunca, ni maldecirlos, ni acostarlos tarde, cuando aún no tengan quince me­ses, ni amamantarlos cuando estén encolerizadas, hacer sobre ellos la se­ñal de la cruz, al menos por la mañana y por la noche y verterles agua bendita, y cuando comiencen a balbucir, hacerles pronunciar el nombre de Jesús y de María, en lugar de enseñarles malas palabras.

7.° Será exacta en administrar el bien de estos pobres pequeñuelos y en no excederse en lo más mínimo en los gastos, sin embargo debe proveer suficientemente a sus necesidades, pero como deben hacer las madres pobres.

8.° Se preocupará de enseñarles a hacer algún trabajillo a los niños des­de que tengan edad y capacidad para ello, ordinariamente a los cinco o seis años, a los muchachos, al menos, a tejer, y a las muchachas a hacer puntilla. Se preocupará también de todo lo referente al estado de su cuerpo y de su alma, especialmente de hacerles rezar a Dios, de emplear bien el tiempo, de saber manejar el hilo, la seda, la lana y otras cosas parecidas. Además no dejará de visitarlos, de vez en cuando, para mantenerlos en el cumplimiento de su deber.

9.° Se preocupará de comprar lo necesario para dar trabajo a los niños y de vender lo que hubieran hecho, lo mismo que de hacer pagar a los comer­ciantes que les hayan proporcionado material de trabajo, a fin de presentar cuentas de todo a la tesorera de las Damas, que se ocupan de los niños ex­pósitos.

10.° Se preocupará de separar a los niños de las niñas desde que ha-

Apéndices 355

yan llegado a los seis o siete años, según la capacidad y la calidad de su inteligencia, poniendo a los muchachos en otra sala, de manera que no pue­dan hablar con las muchachas. En cuanto a los muchachos de cinco o seis años o más pequeños, que por necesidad o en razón de su corta edad, no pueden estar con los de mayor edad, los podrá dejar en el departamento de las muchachas de la misma edad, pero a condición de que estén siempre separados, no sólo en el comedor y en la cama, sino incluso, si es posible, en la sala, de manera que las muchachas, especialmente las más mayorcitas, no tengan ocasión de acostarse con ellos.

11.° Cuando haya muchachas mayores, sobre todo cuando tengan más de quince años, se preocupará de que estén ocupadas constantemente, te­miendo que la ociosidad las dañe, y a quienes juzgue conveniente, las em­pleará en trabajos más pesados. Si encuentra entre ellas algunas, que sean capaces de hacer oración, comunicará a la Superiora si no será conveniente hacerlas levantar a las cuatro. Procurará, especialmente, impedir todo lo que pueda perjudicar en lo más mínimo a su castidad, como sería la comunicación con los muchachos, con las nodrizas o con los externos, por esta razón no les dará ninguna facilidad para ello. Solicitará de la Superiora que les busque colocación, a no ser que fuese conveniente dejarlas para el servicio de la casa; en este caso se lo comunicaría a la Superiora, para saber si es necesario que permanezcan aún en casa.

12.° Referente a los muchachos que trabajan, ordenará que estén bien cerrados en su departamento, de tal manera que no puedan salir sin su con­sentimiento, excepto cuando se les comunique que vayan a la capilla y en­tonces evitará que ninguno se separe del grupo. Cuando estén en el lugar destinado para ellos, se evitará el que puedan hablar con las muchachas. Para mejor evitar los inconvenientes, que podrían surgir de la comunicación de este sexo con el otro, desde que se dé cuenta que han cumplido doce años, procurará que se les coloque en un oficio, por eso se lo comunicará a la Superiora para que provea lo más pronto posible.

13.° Se procurará también evitar que las nodrizas se acuesten sin ne­cesidad donde los muchachos y muchachas mayores, e incluso donde las Hermanas. Sobre todo impedirá que les hablen de cosas del mundo, que po­drían desequilibrarlas, asquearlas y apartarlas de su vocación.

14.° No permitirá que ningún niño enfermo permanezca en la sala de los que están sanos, sino que los hará trasladar a otra reservada para ellos, y recomendará con todo detalle a la Hermana, encargada de atender a los niños enfermos, que cumpla perfectamente sus obligaciones para con ellos.

15.° Cuando haya viruela en el hospital, se preocupará de preparar dos habitaciones. En una colocará a los niños sospechosos de tener esta enferme­dad, y les dará los remedios necesarios, en la otra trasladará a quienes ma­nifiestan los primeros síntomas de haberla contraído. Mandará que los sanos

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no se comuniquen con los enfermos, y si es posible, ni siquiera con las Hermanas que los atienden.

16.° Además de todo esto procurará que cada persona de su comuni­dad cumpla perfectamente con su deber para con Dios, especialmente las nodrizas y los niños, que tienen la edad de comulgar, preparando a éstos para comulgar, al menos, las fiestas principales del ario, y a aquéllas una vez al mes. Respecto a los que todavía no comulgan, si ya han cumplido siete años, los llevarán a confesar al menos en las fiestas solemnes; si no tienen más que cinco o seis años lo harán en pascua, aunque esto sólo les sirva para aprender la manera de confesarse bien.

17.° Y para que todos tengan la preparación requerida para recibir estos dos sacramentos, procurará que el catecismo, que dan las Hermanas, se oriente principalmente sobre estos dos puntos. Y para interesarles más en ello, se les hablará con frecuencia de la gran dicha que se tiene cuando se está en gracia de Dios, y de la gran desdicha, cuando se está en pecado mor­tal, y de que no se requiere más que tener un solo pecado para ser condena­do, pero que por medio de buenas confesiones y comuniones se evita este mal y se adquiere la amistad con Dios. Además de esto, todos los domingos y fiestas solemnes leerán en la capilla, a las dos de la tarde, estando presente toda la comunidad, la vida de santos u otro libro conveniente. Anteriormente les harán cantar las letanías de la Virgen o de Jesús y terminada la lectura, recitarán los mandamientos de la ley de Dios y los de la iglesia. Pero cuando haya exhortación se omitirá la lectura.

18.° Cuando no pueda cumplir con su oficio, principalmente por tener que ir a la ciudad, recomendará con precisión a la Hermana, que se le ha dado como asistenta, que la supla en su ausencia y que los niños sean servidos exactamente a las horas señaladas.

19.° Se cuidará mucho de innovar, cambiar y abolir nada de lo estable­cido, tanto en lo referente a lo corporal como a lo espiritual. Si se presentara alguna cosa extraordinaria, se la comunicará a la Superiora de la Compañía, y seguirá en esto sus órdenes. En el caso que no pudiera comunicarse con ella, y que el asunto no se pudiera diferir, sin grave inconveniente, hará lo que juzgue ser más conveniente ante Dios, previsto que juzgue probable que la Superiora hubiera estado de acuerdo, si la hubiera preguntado en ese mo­mento, y la informará de lo que haya hecho.

20.° Después de todo se persuadirá que todos los medios servirán de poco para conducir este pequeño rebaño, si Dios no pone en ello su gracia y él no la dará si no se la pide frecuentemente con las condiciones reque­ridas, que son entre otras, la desconfianza en sí misma y la confianza en la divina providencia y en la bondad de Dios, la humildad, el buen ejemplo, practicando la primera lo que ordenare a los demás.

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6

NOTAS DE LA ORGANIZACIÓN DEL HOSPITAL DEL NOMBRE DE JESÚS *

Queriendo considerar la obra ante Dios, me ha venido al pensamiento hacerlo bajo todos sus aspectos, a saber, en su comienzo, continuación y fin. No considerarla como designio de los hombres, sino inspirada por Dios a sus servidores para realizarla con éxito.

Considerándola en su fin, la he visto excelente, puesto que busca la glo­ria de Dios en el cumplimiento de su santa voluntad, que ha mandado que el hombre coma el pan con su trabajo.

Otro fin consiste en que las personas acogidas en este lugar serán ayuda­das no sólo en la instrucción que recibirán, sino también en el buen empleo que harán del tiempo, participando así en el mérito de la vida y muerte de Jesucristo para su salvación eterna.

Pero, como esta obra es de gran envergadura, interesa poner buenos fundamentos, no sólo para realizarla lo más perfectamente posible, sino también para hacerla duradera.

Me parece, que sería deseable, que las personas elegidas fuesen de gran honradez y que no perteneciesen al grupo de mendigos, y para esto será conveniente, una vez hecha la elección, hacerles comprender la importancia de la decisión que han tomado. Sería conveniente encontrar personas de bas­tante buena condición, que quisieran pasar por pobres y supiesen buenos oficios, aunque no permanecieran más que seis meses, para enseñar lo que supieran a los demás. Espero que la providencia nos presentará la ocasión de encontrarlos.

Parece necesario, para evitar la confusión, que al principio no haya hom­bres ni mujeres casados, e incluso que ninguno de los dos tenga hijos, lo que será muy difícil encontrar. Sin embargo, si se encontrasen algunos que se propusieran venir, para pasar algún tiempo, y que determinaran dejar a su familia, después de haber considerado si la cosa era posible según Dios, se podría encontrar en este caso algunos, aunque fuesen pocos, que pudiesen ayudar a dar buen fundamento a esta obra.

La dificultad podría consistir en que para conseguir personas semejantes, sería necesario darles de beber vino o cerveza.

Siendo el trabajo, uno de los mayores bienes de la obra, es necesario

* Archivos de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad, Pensées de Louise de Marillac…, 265-267; cf. 271: Hópital du Nom de Jésus: nota informativa acerca del trabajo; 272-273: registro de los gastos realizados por los pobres obreros del Nombre de Jesús, comenzado en el año 1653; 273-277: decisión general; 278-279: nota de los oficios realizados en el Santo Nombre de Jesús; 279-281: nota de trabajo; 281-283: copia de lo que puede gastar una persona en el hospital; 284: cuenta de un obrero del Santo Nombre de Jesús; 285: otra memoria.

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proporcionarles utensilios. Para que el trabajo pudiese comenzar, sería con­veniente:

Un obrero que fabrique piezas de seda y de lana, un tejedor y un tejedor de sargas. De esta manera además de comenzar el trabajo, del que podría utilizarse una parte en casa, se podría ocupar a muchas personas en estos oficios, aunque no sean muy atractivos. Algunos zapateros podrían ser muy útiles. Algunos bataneros y trabajadores de estambre, que supiesen hacer va­rias cosas, podrían convertir el trabajo en obra de servicio.

Algunas personas que hagan encajes y puntillas, cosan guantes o los sepan guarnecer, lo mismo que costureras de ropa blanca. De esta manera se podría trabajar para las tiendas del mercado o de otros sitios.

Igualmente fabricantes de alfileres.

Teniendo bastantes obreros, para poner el trabajo en marcha y hacerlo progresar, no hay por qué detenerse ante las dificultades de gastos necesarios, originados para la adquisición de utensilios y de provisiones de materias para fabricar y de encontrar direcciones, lugares de venta a buen precio y con facilidad: la divina providencia no faltará en nada y la experiencia nos hará descubrir las direcciones.

Es necesario convencerse que el primer año habrá muy pocas ganancias.

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NOTA RELATIVA AL PROYECTO DEL GRAN HOSPITAL GENERAL*

Si la obra se considera como asunto politico, parece conveniente que la deben emprender los hombres…

Si se considera como asunto de caridad, pueden emprenderla las Damas, de la misma manera que han emprendido otras grandes y penosas obras de caridad, aprobadas por Dios, dada la bendición que les ha dado.

Que sean ellas solas, no parece posible, ni conveniente, más bien sería deseable que colaboraran algunos hombres de piedad —miembros de alguna Compañía o particulares— tanto con sus consejos, exponiendo su opinión co­mo cualquiera de ellas, como para actuar en los procedimientos y acciones de justicia que, quizás, haya que emplear, para mantener a todo este gentío en su deber, dada la diversidad de espíritus, de costumbres y de temperamentos.

Dos o tres cosas hay que desear:

Que las Damas renueven su sumisión al juicio o proposición del (Direc­tor) que Dios les ha elegido.

Que •permanezcan siempre en la práctica de su primera sencillez, exponien­do buenamente su opinión, sin pasión porque se siga, y que los señores, que les ayuden, no se molesten en absoluto por esto, pues, aunque humanamente

* Archivos de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad, Pensées de Louise de Marillac…, 286-288.

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hablando, no parece que esta manera de obrar sea razonable, por no prac­ticarse ordinariamente, sin embargo la experiencia ha hecho ver que Dios la ha inspirado, y siempre que las Damas han actuado solas en sus empresas, el espíritu cristiano se ha manifestado en la dulzura, unión y caridad, que les llevaban con frecuencia a exponer su vida por el amor de Dios.

Comenzar la obra, bajo la dirección de las Damas, no puede perjudicarla en nada, y puede servir de mucho para hacer ver la potencia de Dios, que se ha servido con frecuencia de este sexo en todos los tiempos, tanto en cosas temporales como espirituales. Ejemplo Judit y otras, como santa Ursula, santa Catalina mártir, santa Teresa…

Pienso, que es preferible, que los hombres admitidos como colaborado­res, no sean miembros de ninguna Compañía. Parece que el espíritu de la Compañía del Santo Sacramento es contrario a esto, puesto que han perma­necido y querido permanecer siempre ocultos en todas sus acciones, creo que por humildad y también por no querer emprender obras públicas: pa­rece que Dios no pide esta obra de ellos. En cambio las obras que Dios ha realizado y mandado realizar por medio de las Damas se realizan de manera contraria.

No parece, se pueda pensar, que haya inconveniente en que las Damas la emprendan, ya que todas son personas de condición y no hacen nada sin pedir consejo, además de estar acostumbradas, desde hace mucho tiempo, a gestionar grandes asuntos.

Y como es una obra pública, y que podrá estar a la vista de todos, si en cincuenta años se derogaran, existirían medios de orientar o cambiar su di­rección, aunque también puede ser que nada de esto suceda, puesto que ellas no la quieren emprender más que como una orden de Dios.

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PERPLEJIDAD DE VICENTE DE PAL’iL ANTE EL PROYECTO DEL

HOSPITAL GENERAL*

Vicente de Paúl escribe las razones en pro y en contra del hospital general

Un día de verano, que hacía mucho calor, era el año 1654 ó 1655, cuan­do se proyectaba establecer el Hospital General en París, Vicente, yendo a

* Archivos de la Congregación de la Misión: Hermano Luis Robineau, Remarques sur les actions et paroles du feu monsieur Vincent, manuscrito, Serie I, n.° 36, 151-153.

Este manuscrito contiene 12 «cuadernos» y 180 páginas. El número de páginas con texto es de 155 y cada página contiene entre 25 y 30 líneas. Aproximadamente un tercio del texto de este manuscrito se ha conver­tido en texto «original» en la obra de L. Abelly: La vie du vénérable ser-viteur de Dieu, Vincent de Paul.

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Villepreux a ver al R. P. Gondi, comió en Saint Cloud en una hostelería. Su humildad, durante la comida, me pareció tan perfecta como su caridad para con el prójimo, no sólo porque me hizo sentar en su compañía a su mesa y me ofreció lo mejor que había, sino porque después de comer quiso que hablara con él, a modo de recreación, durante una hora y media. Des­pués de esta conversación, me rogó que tomara pluma y papel y me dictó lar­gamente las razones por las cuales, le parecía, que de ninguna manera se de­bía encerrar a los pobres o al menos durante la guerra. Hay que señalar aquí que Francia se encontraba en guerra contra España; y por otra parte también las razones contrarias por las cuales le parecía conveniente encerrarlos, los inconvenientes que podrían surgir de una u otra decisión, los bienes y males que se seguirían, lo mismo que los medios que, juzgó, podrían utilizarse para la ayuda tanto espiritual como corporal de los pobres. Estuvimos casi tres horas trabajando en esto, lo que nos hizo llegar a Villepreux por la noche.

Vicente de Paúl pide al hermano Robineau su opinión acerca del hospital general

Durante casi todo el camino, me hizo el honor de hablarme del estableci­miento del Gran Hospital y de las razones en pro y en contra que él tenía. Me hizo el honor, incluso, de preguntarme mí opinión acerca de este tema y habiéndosela dado, me suplicó le comunicara las razones que tenía por las que no era conveniente encerrarlos, al menos, durante la guerra. Cosa que hice igualmente.

Vicente desea que los pobres del campo sean admitidos en el hospital general

Me comunicó también que una de las cosas que le causaban mayor pena, era que se quería excluir del hospital a los pobres de la campiña, «porque, me decía, ¿qué sucederá con estos pobres? Crear un hospital, encerrar en él solamente a los pobres de París, y no admitir a los de la campiña, es algo que no puedo admitir. París, comentaba, es la esponja de toda Francia, que absorbe la mayor parte de oro y de plata de Francia y estos pobres no tienen acceso a él. ¿Qué será de ellos? Y de manera especial de los pobres de Champaña y de Picardía y de las demás provincias arruinadas por la gue­rra».

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REFLEXIÓN SOBRE LAS PALABRAS DE JESUCRISTO: SIEMPRE HABRÁ POBRES ENTRE VOSOTROS*

Es una obligación de conciencia presentaros de nuevo el hambre que hay en algunas provincias.

* Biblioteca Nacional de París, Recueil Thoisy, T. 318, fols. 138-139.

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En Berry, la pobreza es inconcebible y aumenta en la medida en que dis­minuyen las limosnas, que hasta el momento han sido muy pocas en relación a las necesidades tan grandes y urgentes.

Se han visitado de nuevo varios pueblos, y se continúa la visita de otros; por todas partes se descubren necesidades horrorosas.

En las dos últimas parroquias visitadas se ha encontrado a cuatro per­sonas muertas a causa del hambre, y casi todos los habitantes se encuentran en el mismo peligro; los labradores, incluso los más acomodados, mendigan lo mismo que los demás.

Se les ha distribuido algunas semillas, pero muchos, presionados por el hambre, se las han comido; la mayoría de sus tierras se encuentran en barbecho. Si no se los alimenta, al menos hasta el momento de la cosecha de la semilla, que se les ha dado, morirán de hambre.

Lo más lamentable es ver a estos pobres con rostros secos, lívidos y pá­lidos como los de los muertos. No se alimentan más que de hierbas y de berza. La nobleza se va a ver obligada a pedir limosna, y algunos ya comien­zan a pedirla. Las comunidades religiosas también sufren a causa de esta carestía general. Se necesitan muchas limosnas para impedir que se muera de hambre en esta gran extensión del país.

Los menos sensibles, que ven esta desolación, no pueden contener sus lágrimas. Las personas caritativas, que visitan a los pobres en sus casas, aseguran que su pobreza es extrema, y están dispuestos a dar su sangre y su vida por asegurar que es cierto.

¿Pensáis, cristianos, que podéis quedaros tranquilos diciendo que no lo creéis? ¡Oh, dureza de corazón! ¡Oh, alma incrédula! Porque no os falta nada, cerráis la puerta a la compasión y a la ayuda en favor de estos pobres que languidecen. Temed que Dios no tenga ninguna piedad de vosotros en el día de vuestra aflicción, si despreciáis los gemidos de los pobres.

En muchas regiones de Poitou se encuentra la misma indigencia; los habitantes viven de hierbas como las bestias, y si algunos tienen un poco de pan, es de salvado. Gracias a las limosnas de París han podido sobrevivir, pero si cesan, morirán irremediablemente, lo mismo que muchas familias nobles y pobres vergonzantes, que se encuentran reducidos a una gran mi­seria. Se ha encontrado a un gentilhombre, de una gran familia, que se ha visto obligado a mendigar algo en las distribuciones caritativas para él, su mujer y sus hijos, como lo hacen los demás pobres campesinos. Hacía tres días que no había visto el pan y se encontraba en un estado de desespe­ración al saber a qué extremo la necesidad había reducido a una de sus hijas, y buscaba ponerse al servicio de alguien para evitar morir de hambre.

En Beaune, que era antes uno de los graneros de París, hay varios sitios donde ahora están sin pan y en otros muchos no hay esperanza de poder cosechar algo, dado que la necesidad les ha impedido sembrar las tierras. Se ha tratado de salvar la vida a gran número de pobres por medio de las

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ayudas recibidas de París, pero en adelante no se les podrá impedir morir de hambre, si no contribuís a hacerlos subsistir, al menos, hasta el momento de la cosecha je las semillas, que se les ha dado por el intermedio de las limosnas.

Además se han visitado 56 pueblos de Gátinais, donde se han encon­trado a más de 800 familias, que suman más de 2.200 personas, en una pobreza extrema; el tercio de sus casitas son como las grutas de Belén, des­tituidas de todo, menos de Dios, donde hay un poco de paja para reposar en ella sus pobres cuerpos abatidos por el hambre. Quien les lleva alguna ayuda, en espera de la vuestra, para mantenerlos en este estado de languidez y de aflicción, dice que es increíble cuánto estiman un pequeño trozo de pan de avena. La desnudez de los niños le ha arrancado las lágrimas de sus ojos, al no tener con qué comprarles una sencilla camisa. Nunca sale de sus pobres cabañas sin escuchar mil bendiciones para las personas caritativas que los asisten.

Aquí se os habla de los pueblos que han sido visitados; el número de personas que se encuentran en semejante situación es muy numeroso, y to­dos los días se descubren más, además de los que habéis visto por la relación hecha aquí. Todos ellos están abatidos por los tristes efectos de un hambre insoportable.

Así, pues, cristianos, si tenéis fe, realizad sus obras, y si amáis a Dios, cumplid lo que os manda: aliviad a los pobres que sufren y languidecen; no esperéis a que mueran más, temiendo ser culpables de ello, pues como dice san Ambrosio: «No le has asistido, luego le has matado». La caridad para con el prójimo os obligaría a dar de lo que os es necesario. Por des­gracia no se os pide tanto, sino solamente algo de vuestros bienes, o al menos de lo que os es superfluo, alhajas y muebles inútiles que tenéis en vuestras casas o en vuestros tocadores. Se recibirá todo esto y lo que queráis enviar, para que, una vez vendido, sirva para darles pan, que les salvará la vida, y sus oraciones obtendrán de Dios misericordia y bendiciones eternas para vosotros.

Señores y señoras, podéis depositar vuestras limosnas, si os parece, en las manos de los señores párrocos o en el domicilio de las señoras, la pre­sidenta Nicolai, calle Bourtibour, Fouquet, calle Richelieu, Traversé, calle Saint-Martin, Joly, calle des Blancs-Manteaux; de las señoras de Lamoigon, Court de Palais, y Viole, calle de la Harpe.

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AVISO A LOS FIELES DE LAS NECESIDADES Y GRANDES MISERIAS DE

VARIAS PROVINCIAS *

Las limosnas y caridades, enviadas a las provincias, han producido un bien inmenso y han impedido morir de hambre a una multitud de pobres,

* Biblioteca Nacional de París, Recueil Thoisy, T. 318, fols. 142-143.

Apéndices 363

pero es preciso seguir informándoos de la situación en que se encuentran los pobres de las provincias de Berry, de Beaune, de Gátinais, de Perche y de otros lugares.

Las últimas relaciones, de quienes han visitado y distribuido las limosnas en estas provincias, y especialmente en Berry —que se puede decir que es la más miserable— impresionan el corazón y hacen temblar a toda clase de personas, porque en las parroquias visitadas hace poco, que son las mayores y mejores, se han encontrado diez casas sin pan, y hay parroquias de 200 hogares donde sólo se han encontrado dos casas en las que había pan, hecho de centeno y cáscara de nueces; se ha encontrado un número excesivo de familias que, desde hace varias semanas, no han visto ni comido pan y viven de hierbas y de raíces cocidas en agua o a lo sumo con algunos trozos de animales muertos, encontrados en los campos, o desenterrados por ellos, cuando saben donde los han enterrado. Esto es lo que relatan las cartas del 17 de mayo último.

Los enfermos son muy numerosos y en quince parroquias de Berry se han encontrado 1.500 tumbados sobre paja y desprovistos de toda ayuda.

También se ha encontrado gran número de pobres viudas, cargadas de hijos, que ní siquiera tienen un trozo de pan, y como la pobre viuda de Sarepta, de quien habla la Escritura, gimen esperando la muerte y la de sus hijos.

También se ha encontrado multitud de pobres huérfanos abandonados, que no tienen edad para ganarse la vida, y cantidad de personas ancianas e inválidas.

En fin, en los campos, contra los matorrales, en los bosques y en las calles no se ven más que pobres totalmente desnudos, abatidos y débiles, que se arrastran como pobres animales, que van a buscar raíces para comer; a otros no les queda más que el último suspiro para morir. En Berry, el mes pasado, se ha encontrado, incluso, a algunos muertos, entre otros a un muchacho de doce o trece años, a quien su padre había enviado a recoger raíces y hierbas para cocerlas y comerlas, y se le encontró muerto en el cam­po donde las recogía; ya tenía los ojos arrancados de la cabeza y comidos por los pájaros o por los animales.

Y las cartas de los misioneros y de las personas calificadas y dignas de fe, que se encuentran en estos lugares, escritas el mes pasado, comentan que la miseria es tan grande, que todo lo que se os relata no es más que un esbozo inexacto de la necesidad extrema, en la cual se percibe algo de la desolación de Sión descrita por el profeta Isaías, ya que todas las calles pa­recen llorar, al estar llenas de desdichados que gimen, y de niños que gritan y piden pan, y nadie en el país se lo puede dar, porque, incluso, las per­sonas de calidad piden a escondidas la caridad, por encontrarse en una ne­cesidad extrema, y muchos párrocos se ven obligados a abandonar la parro­quia, al no encontrar pan ni con qué subsistir.

364 Apéndices

Todo esto ha hecho pensar, en primer lugar, en intentar hacer un es­fuerzo para ayudarles en estos momentos, donde no hay ni trabajo, ni co­secha que hacer en el campo.

En segundo lugar, en crear el establecimiento en cada lugar de una «mar­mita» para aliviar a los enfermos, darles los remedios necesarios, curarlos y darles la posibilidad de ganar algo y poder hacer algún trabajo durante la próxima cosecha.

En tercer lugar, en hacer subsistir a los pobres párrocos y sacerdotes, con el fin de que las ovejas del rebaño de Jesucristo y estas parroquias ne­cesitadas no se encuentren en la última desdicha, de la que habla la Sagrada Escritura, sin sacrificio, sin pastores, sin sacerdotes.

Pero no hay ningún fondo, y el que se ha hecho de las caridades ya está totalmente agotado; no obstante en estas ocasiones, en las que la caridad de Jesucristo nos apremia, nos vemos obligados a exhortaros a volver a vues­tra primera caridad, principalmente en esta fiesta de la octava tan solemne del santo-sacramento, porque ya que este divino Salvador es elevado en los altares para miraros con misericordia y daros sus gracias, y que incluso se da a vosotros totalmente, es necesario que os presentéis ante su trono de gracias con las manos llenas de caridad y de limosnas, darle la limosna en lugar de pedírsela, y como manda el profeta Isaías, compartir vuestro pro­pio pan con estos pobres que tienen tanta necesidad de ello, porque él os dará, si dais a sus miembros.

Podéis depositar vuestras limosnas entre las manos de los señores pá­rrocos o en las de las señoras presidentas Nicolai, calle Bourtibour, Mira-mion, calle des Bernardies, Traversé, calle Saint-Martin, Joly, calle des Blancs-Manteaux; señora de Lamoignon, Court du Palais, y Viole, calle de la Harpe.

11

NUEVO AVISO RELATIVO A LAS MISERIAS DEL TIEMPO *

Las grandes caridades proporcionadas por París, como las preciosas al­hajas y otras muchas cosas dadas por personas de eminente condición y de gran piedad, han impedido en las ciudades como en la provincia morir de hambre y de necesidad hasta el momento a muchas personas. Pero todavía quedan dos meses completos de sufrimiento para estos pobres desdichados. Por eso, para no hacer inútiles estas grandes caridades, se requiere abrir nuestros corazones para conservar de nuevo la vida a quienes ya se le ha conservado, y a los que todavía no han sido socorridos. He aquí los gritos y gemidós de todas las provincias afligidas y os comunican por este escrito el resumen exacto de sus sufrimientos. Sois conjurados por las entrañas de Jesucristo a escucharlos y a aliviarlos.

* Biblioteca Nacional de París, Recueil Thoisy, T. 318, fols. 183-184.

Apéndices 365

En primer lugar, lo general

En todos los lugares, donde la pobreza es extrema, y de la cual ya se ha dado alguna información, la miseria ha reducido a los pueblos a tal extre­midad, que la mayoría no se alimenta más que de hierbas de los prados, como los animales, y de ortigas cocidas con agua, o de carne de caballos, de perros, de gatos, de asnos, de ovejas, muertos, arrojados a los estercoleros y corrompidos, cuya vista y olor son insoportables. Sus rostros son tan horri­bles, al estar descarnados y cubiertos de una especie de costra, que dan miedo. Se les oye gritar día y noche por las calles, y en las casas sus voces son tan lamentables, que parten los corazones. Por todos los caminos y rincones se encuentran muertos, algunos de los cuales se han comido los dedos, las manos, los brazos, etc. La mayoría muere sin socorro, sin instruc­ción, sin una buena palabra, sin sacramentos, como si estuviesen en medio de Berbería: también se entierra a muchos sin preces, sin ceremonias, en cualquier sitio, a causa de la multitud de muertos y porque los vivos no tienen fuerzas para trasladarlos a los cementerios. No digo ahora que las tierras permanecen abandonadas y sin cultivar, los pueblos y pequeñas villas casi desiertas y los artesanos sin trabajo, sino que las enfermedades se mul­tiplican y ya aparecen algunas extraordinarias, como tumores que amenazan con lo peor. Estas desdichas existen en el corazón de Francia, no lejos de París, donde se encuentran las fuentes de su subsistencia, pero ¿hay algo más deplorable en un reino tan cristiano, que por falta de limosnas, can­tidad de jóvenes y de mujeres casadas se prostituyan por un trozo de pan, que los hombres se conviertan en ladrones y asesinos, y roben en las casas, en los caminos y en todas las partes, pensando que nada está prohibido a un hambre enrabiada? Hay algunos que se desesperan y que se matan ellos mismos, al verse abandonados. ¿Dónde se encuentra la religión y la seguri­dad pública? Y ante espectáculo tan patente, ¿qué pueden decir quienes tienen virtud y bienes? ¿pueden resistir? ¿se preocupan por conocer el gran número de sus hermanos que todos los días mueren de hambre y de miseria, que se encuentran en peligro de desesperación, por consiguiente algunos de ellos en situación de condenación, sin sentirse impresionados? ¿Y no pien­san que los ricos no podrían vivir si no se encuentran ya obreros para hacer las cosechas?

Detalle del hambre y de las miserias públicas en la provincia de Orléans y de Blois

El padre rector del colegio de los jesuitas de Orléans, que tiene la caridad de ir hasta dos y tres leguas alrededor, para instruir a los pobres, escribe que cantidad de Damas, dando un ejemplo extraordinario, resistiendo al mal tiempo y al mal olor de los pobres, van hasta a seis y ocho leguas a hacer con sus propias manos los potajes y los distribuyen a numeroso público.

366 Apéndices

Pero si la mano de Dios no se hace sentir y si no llega mayor ayuda, pere­cerá el tercio de estos habitantes. Es imposible verlos sin llorar de compa­sión.

De Romorantin, el 28 de abril, se nos comunica que además de 1.000 pobres que ya han muerto de miseria, hay cerca de otros 2.000 que langui­decen y que se encuentran en la extrema miseria: la mayoría, no teniendo más que su trabajo, como nadie los emplea, ya no trabaja. Que el señor de Fortia, intendente de la provincia, habiendo ido personalmente para ver la situación, sabe por experiencia propia en qué extremidad se encuentra re­ducida esta pobre ciudad, en la que la mayoría de los habitantes se encuen­tran como desesperados, y algunos, incluso, se desgarran, se hieren con cu­chillos y se matan; y se ha hecho el proceso por miedo a las consecuencias.

Un virtuoso eclesiástico de París, que ha querido ser testigo ocular de lo que se decía, escribe desde Blois el 5 de mayo, que al pasar por Etampes y Autarville ha encontrado a 400 pobres, que el bosque de Orléans está lleno de ellos, que la ciudad de Orléans está repleta de más de 2.000, que las puertas de su hospedería fueron derribadas, los muros escalados, algunas personas heridas, para obtener un trozo de pan que él hacía distribuir. Que en Cléry fue invadido por más de 200 y en Meung por más de 500, todos los cuales estaban languideciendo, como en la agonía, y lo mismo en Beaug-nency. Que en Ouzouer predicó a cuatro o cinco esqueletos, personas que, al no comer más que cardos crudos, babosas, excrementos, y otras basuras, se parecen más a los muertos que a los vivos. Que la miseria sobrepasa todo lo que se ha escrito; y es superior a todo lo que se puede imaginar, y sin una ayuda inmediata morirán más de 2.000 pobres en esta provincia.

Desde la región de Chartres y desde Vendóme

Sin hablar de Illiers ni de los alrededores de Chantres, donde ya han muerto de hambre 200 ó 300 personas, escriben desde Montoire (Vendóme) el mes de abril: además de la extrema miseria en que se vive, la desespera­ción, lo mismo que en otras partes, ha vuelto el bandolerismo tan común, que nadie se encuentra al abrigo. Hace poco más de ocho meses han ma­sacrado a una mujer para arrebatarle un pan que llevaba, y un hombre, para defender el suyo, ha matado a otro que venía a quitárselo, y hay muchos que se ocultan en los caminos para robar.

Es común, en toda esta región, •hacer el pan de helechos, o mezclado con harina de legumbres, hojas de árboles y ortigas. Un eclesiástico, de una pa­rroquia de París, escribe en estos términos el 10 de mayo: durante tres se­manas he recorrido la Beaune, Blois, Chartres y Vendóme. En la mayoría de las ciudades y pueblos mueren a montones, se les entierra de tres en tres, de cuatro en cuatro, y se les encuentra muertos o moribundos en los campos y en los caminos. Al entrar hoy en Vendóme, he sido asediado por 500 600 pobres, de rostros lívidos. La carne infecta, con la que se alimentan, les

Apéndices 367

produce una especie de costra que los desfigura enormemente. En los alre­dedores de esta ciudad se ve a gente echada por tierra, que muere en la calle, sin tener siquiera un poco de paja para acostarse, ni un trozo de pan que comer.

De Gátinais

Se sabe de Montargis, según el testimonio de magistrados y eclesiásticos, que el número ordinario de pobres, tanto los que vienen de los alrededores, como los de la ciudad, es superior a 2.000. Desde hace varios meses no se puede dar sepultura a los muertos. Más de 60 pueblos de alrededor se en­cuentran reducidos a la misma extremidad y sin las caridades del exterior todos morirán.

Y el 17 de mayo, en la parroquia de Beaune, cerca de Lorris, una mujer desesperada de hambre mató a dos de sus nietos y después se estranguló ella misma

De Berry

Además de lo que han referido las relaciones precedentes de la extrema miseria, se añade que en muchos lugares se comen gusanos crudos. En Barleu no hay día que no mueran cinco o seis personas de pura necesidad de los 2.000 comulgantes que hay. En mudhos lugares, cuando los perros encuentran algo comestible, los pobres se lanzan sobre ellos para arrebatárse­lo. Los que compran trigo se ven obligados a armarse por miedo a ser ro­bados, y quienes tienen algo para vivir se ven obligados a ocultarse como en tiempo de guerra.

De la región de Maine y de Perche

Escriben desde Le Mans: las limosnas distribuidas en La Courtone y en Saint-Victor atraen a tan gran número de pobres, que son más de 18.000 los que vienen casi muertos de hambre. Algunos permanecen en sus casas, donde mueren sin ningún socorro. La mayoría penetra en las granjas y ca­ballerizas, de donde nadie se atreve a mandarles salir. Se encuentra a algunos inertes en los caminos, a causa de su gran debilidad, a otros en las calles y mercados, pero el número es tan grande, que no se puede llegar a asistirlos. Otros muchos vienen de fuera, y aunque vean perecer a sus semejantes, pre­fieren continuar viniendo, porque les es más difícil aún subsistir en sus pueblos. Muchos de los que llegan mueren a la mañana siguiente, y, no obstante, cuantos más mueren, más aparecen. Se podría pensar que la cam­piña, dado este número abundantísimo, estaría desierta, y sin embargo todas las parroquias circunvecinas se encuentran llenas de personas de paso, que gritan por los caminos: misericordia, Señor, misericordia, ¿es preciso que

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muramos de hambre? y se arrodillan, las manos juntas y las lágrimas en los ojos. Perche se encuentra en la misma miseria.

De Touraine

El misionero, que trabaja ayudando a los pobres de esta provincia, lo mismo que otras personas muy dignas de fe, aseguran que en Amboise la miseria es tan grande, que se ha visto a muchos hombres y mujeres lanzarse sobre un caballo despellejado, arrancando cada uno un trozo, hasta no dejar nada de él. Se ha encontrado a una niña huérfana muerta de hambre, des­pués de haberse comido una mano, y a un niño que se había comido los dedos. La situación general de las 46 parroquias, que la rodean, es pare­cida.

En Vouvray, de 500 comulgantes que hay, 400 se encuentran en la men­dicidad, la mayoría enfermos, y los gritos, que lanzan, son tan lamentables, que es imposible ver esta desolación sin sentir un gran dolor. Según las re­laciones, escritas por las buenas personas que los ven, y que lamentan la situación, no se podría representar con imágenes más vivas la situación que precederá al juicio final.

En Montrichard, según una relación de los padres benedictinos, se han en­contrado en el mes de abril de 700 a 800 pobres de Tours y de la campiña, de los cuales 40 han muerto asfixiados durante la distribución de limosnas, y en dos parroquias vecinas han muerto de hambre más de 200 personas.

En Azay, L’Ile-Bouchard, Ligueil, Ecueillé y en todos los lugares de esta región, cuya mayoría han sido visitados, los pobres se cuentan por millares y los muertos por centenas. Hay sitios, donde, de 400 hogares, no quedan más que tres personas. Unos días después del 14 de mayo, un niño, pre­sionado por el hambre, arrancó con los dientes un dedo a su hermano y se lo comió, al no haberle podido arrebatar una babosa, que acababa de comer­se. Algunos están tan débiles, que han sido comidos, en parte, por los perros. En Roche-Posay un matrimonio, acostado sobre paja, estaba reducido a tal extremo, que la mujer, dada su debilidad, no pudo impedir a los perros co­mer el rostro a su marido, que acababa de expirar a su lado. En fin, digan lo que digan las cartas y relaciones, no podrán llegar a expresar el exceso de desolación y de miseria: la mayoría de los párrocos no escriben, se conten­tan con gemir y llorar y dada la situación de los desdichados, es difícil llegar a conocer por ellos mismos sus miserias. Lo más temible es el futuro, por­que el poco trigo sembrado, cuando haya crecido, escapará de las manos de los pobres o quizás no haya personas suficientes para recoger la cosecha.

Se han distribuido ya 200.000 libras, las cuales han impedido a muchos miles de personas desesperarse y morir de •hambre, y si se continúan las li­mosnas hasta el momento de la cosecha, se impedirá todavía perecer corpo­ral y espiritualmente a otros miles de personas. Solamente en Blois se han

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distribuido 33.000 libras y en las otras provincias, aquí mencionadas, en proporción a sus miserias.

Reflexión

Todo lo arriba relatado, habiendo sido escrito por testigos oculares, per­sonas de bien, capacitadas y dignas de fe, es verdadero. Sus testimonios, cuyos originales se conservan, son auténticos. Los sacerdotes de la Misión, empleados con gran celo en la ayuda de estas provincias, escriben también que las miserias son mayores de lo que se pudiera pensar; además se espe­cifican los lugares, se señalan las fechas en que se ha escrito, lo mismo que las circunstancias principales de las cosas, con el fin de que todo se pueda comprobar.

Según el parecer constante de la Escritura, y en general de todos los doctores, se falta a la caridad, incluso bajo pecado grave, cuando no se so­corre a nuestros hermanos que se encuentran en extrema necesidad, y san Agustín afirma: Non pavisti, occidisti. Ah, señores y señoras, ¿somos verda­deramente cristianos? ¿El Espíritu Santo habita verdaderamente en nuestros corazones? Ciertamente, no, si no somos caritativos con nuestros hermanos, que son los miembros de nuestro Señor Jesucristo y que se encuentran re­ducidos a tan gran pobreza y miseria.

Quienes quieran ser bendecidos por Dios, enviarán, si les parece bien, sus limosnas a los señores párrocos o a las señoras las presidentas Fouquet, calle Richelieu, de Herse, calle Pavée, Traversé, calle Saint-Martin o a las señoras de Lamoignon, en la Cour du Palais, o Viole, calle de la Harpe.

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CONTINUACIÓN DEL AVISO RELATIVO A LA SITUACIÓN DEPLORABLE DE LOS POBRES DE BLOIS Y DE ALGUNAS OTRAS PROVINCIAS *

Dado que solamente Jesucristo puede conmover los corazones, le ruego que os ilumine con su Espíritu y que os abrace con su ardiente caridad.

Si estuvieseis reducidos a un hambre extrema, mientras que otros comie­sen lo que quisieran, diríais con justicia que son inhumanos al dejaros morir cruelmente, cuando podían ayudaros.

Perdonad a más de 30.000 personas, que estando a punto de morir de hambre, os hacen con justicia el mismo reproche.

Porque nada hay más verdadero como que en Blois, Sologne, Vendóme, Perche, Chartres, Maine, Touraine, Berry, en una parte de Champaña y en otros lugares, se carece de trigo y de dinero, y donde más de 30.000 pobres

* Biblioteca Nacional de París, Recueil Thoisy, T. 318, fols. 185-186.

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se encuentran en la necesidad más extrema, de los cuales la mayoría muere de hambre.

Apresuraos, pues, por favor, a socorrerlos, porque todos los días muere un gran número. Habéis podido ver por la última relación, la rabia, la desesperación, la mortalidad y los demás accidentes perjudiciales, ocurridos en la región de Blois.

Se sigue escribiendo desde este lugar, y se prueba por las cartas y buenos testimonios de los señores párrocos y de otras personas dignas de fe, cuyos originales conservamos, que solamente en cinco o seis parroquias han muerto de hambre 267 personas y todavía continúan muriendo todos los días, lo mismo sucede en otros sitios de la región de Blois.

Se certifica que en Ouzouer había veinte personas, a punto de entregar su alma, sin poder andar y casi sin hablar.

Entre nueve personas muertas de hambre en Coulanges, se encontró en el campo a un pobre hombre que, transportando parte de un asno, medio podrido, para alimentarse, dada su debilidad cayó con el peso y allí mismo entregó su espíritu.

En 63 familias de la parroquia de Coulanges, ni siquiera se ha encon­trado un trozo de pan, solamente en una había un poco de masa de salvado que se puso a cocer bajo la ceniza. Y en otra, trozos de carne de un caballo muerto desde hacía tres semanas, cuyo olor era horrible.

En el patio del castillo de Blois, un hombre, totalmente ensangren­tado, murió después de haber luchado durante toda la noche a causa de un hambre extrema.

Los pobres se encuentran sin lechos, sin vestidos, sin ropa, sin muebles, en fin, desprovistos de todo; están negros como moros, la mayoría desfigu­rados como esqueletos y los niños hinchados.

Se ha encontrado a muchas mujeres y niños muertos en los caminos y en los campos de trigo, con la boca llena de hierbas.

El señor de Saint-Denis, señor de una de las grandes parroquias de Blois, asegura que han muerto, por falta de alimento, más de 160 personas, y que en el mismo peligro se encuentran unas 500 ó 600, reducidas, añade, a comer hirba y raíces en mis prados, lo mismo que los animales, y si Dios no tiene piedad de ellos, pronto se comerán unos a otros. Semejante miseria no se ha visto en este país desde hace 500 años, y todavía les quedan cuatro meses y medio de sufrimiento a esta pobre gente.

El prior-párroco de Saint-Soleine de Blois, que se emplea con gran caridad en asistir a estos pobres, escribe que en Cheverny se ha encontrado en la misma cama al marido, a la esposa y a algunos niños, todos muertos a causa del hambre. La mayoría de esta pobre gente, no teniendo fuerzas para le­vantarse, no come más que ortigas cocidas con agua, y una vez que haya consumido todas las raíces, no le quedará nada que comer.

Los párrocos de Villebron, de Challes y de Merolles, testifican que 200

Apéndices 371

300 familias no solamente se ven obligadas a comer hierba, sino otras cosas que causan horror.

El señor Rouillon, vicario de Saint-Sauveur de Blois, da testimonio de haber visto a niños comer basuras, pero lo más extraño, es que ha visto a dos en el cementerio chupando huesos de muertos en el momento que los sacaban de una fosa para enterrar a otro. El párroco escribe también que ha oído decir lo mismo a varios de sus capellanes, testigos de este espectácu­lo inaudito.

El señor Blanchet, señor de Bonneval, preboste de la policía de Blois y de Vendóme, atestigua que los caminos no están libres en estos depar­tamentos, donde se cometen cantidad de robos por la noche y por el día, y no por vagabundos, sino por algunos habitantes de las parroquias, los cua­les proclaman en alta voz sus hurtos, y dicen que prefieren morir en la horca antes que perecer de hambre en sus casas.

Atestigua, además, haber encontrado, delante de la iglesia de Cheverny, a un muchacho arrecido de frío, con la mano en la boca comiéndose los dedos ya ensangrentados, y habiéndole mandado llevar a una casa y darle vino, caldo y algún otro alimento, no lo pudo comer y murió por la tarde.

Una Dama, volviendo de Bretaña por Perche y Maine, ha pasado por dos villas, que no se atreve a nombrar por respeto a los señores, donde los habitantes están en extrema necesidad y caen muertos de hambre por las calles. Por la mañana se encuentran hasta tres y cuatro muertos en sus habi­taciones. Y algunos pobres niños inocentes, empujados por el hambre, mue­ren en el campo a donde van a comer hierba como los animales.

Un párroco de la diócesis de Bourges escribe que yendo a llevar el santo viático a un enfermo, encontró en el mismo distrito a una mujer muerta de hambre y a su hijo de siete años junto a ella, que le había comido un trozo de brazo.

Se escribe de Le Mans que habiéndose repartido una limosna de cuatro denarios a cada pobre, con ocasión de la muerte del lugarteniente general, hubo tal afluencia de pobres que diecisiete fueron asfixiados entre el gentío y llevados en un carro al cementerio. En las distribuciones realizadas por las abadías de Saint-Vincent y de la Courtune, se han encontrado, ordina­riamente, 12.000 pobres, de los que morirá la mayoría, si no se les asiste pronto.

Se ha encontrado en las rocas cercanas a Tours gran número de personas, muertas de hambre y comidas por los gusanos. En la ciudad los pobres re­corren las calles por la noche como lobos hambrientos. En el resto de la Touraine las miserias son inconcebibles, los campesinos ya no comen pan sino raíces.

En fin, señores y señoras, la desolación incomparable que existe en las ciudades y pueblos, de los que acabamos de hablar, será suficiente para per-suadiros de la urgente necesidad de otros lugares de estas provincias, de las

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que no podemos contar con detalle las grandes miserias en tan poco espacio.

Un cura, muy digno, de Blois, llamado Guilly, después de una larga na­rración de sufrimientos públicos, de personas muertas a causa del hambre, afirma que las mujeres pasan días enteros sin probar el pan y que los cris­tianos comen excrementos y concluye con estas palabras: Es imposible que la mayoría de los ciudadanos no mueran de hambre, y las tierras no perma­nezcan sin sembrar, si los burgueses no conducen ellos mismos los carros. Perdono a quienes no crean nuestras desdichas, pero nuestras miserias supe­ran todo pensamiento.

Algunas buenas Damas de París, que sirven para consolación de hom­bres y de ángeles, han enviado algunas ayudas para los pobres de Blois, e inmediatamente un misionero ha ido allí. Pero esta ayuda no sirve más que para algunas personas y para pocos días. Para ayudar a todos, aunque sea un poco, es necesario que vosotros y yo y todos los que quieren tener a Dios por Padre, hagamos un esfuerzo para crear un fondo de limosnas, para enviarlo a todos estos lugares y por algún tiempo para no dejar morir de hambre, si es posible, a ninguno de nuestros hermanos. Su gran miseria nos habla por ella misma, sin que tengamos necesidad de ninguna otra ex­hortación para remediarla. Los grandes vicarios de París nos han dado una ayuda, digna de su amplia y paternal caridad.

Quienes quieran ser bendecidos por Dios enviarán sus limosnas a los señores párrocos, o a las señoras presidentas Fouquet, calle de Richelieu, de Herse, calle Pavée, Traversé, calle Saint-Martin, Miramion, calle Saint-Antoine, cerca de las Hijas de Santa María o bien a las señoras de Lamoig-non, en la Court du Palais, o Viole, calle de la Harpe.

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RELACIONES: Mes de septiembre de 1650 Situación de los pobres de la frontera de Picardía*

Algunas personas particulares de París, habiendo seguido el movimiento que Dios les había inspirado en beneficio de los pobres de las fronteras, dada la situación miserable en que se encuentran, unas, consagradas al minis­terio de los altares, pensaron que no podrían hacerles mejor don que el darse totalmente a ellos. Esto les obligó a abandonar el descanso de la ciudad para adentrarse en el tumulto de las fronteras, otras se decidieron a asistirlos con sus ayudas, y viendo que no podían proporcionar sumas tan inmensas, recurrieron a personas piadosas, informándolas detalladamente de la situa­ción de estos pobres. Por esta razón se vieron obligadas a comunicar las car-

* Extractos de varias cartas escritas por eclesiásticos y por otras per­sonas dignas de piedad y de fe, que han ido expresamente de París para ayudarles. Biblioteca Nacional de París. Recueil Thoisy, T. 318, fols. 122-123.

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tas que estos buenos eclesiásticos les escribían. La dificultad de copiarlas convirtió en necesidad el imprimirlas, y Dios, que hace aparecer los efectos de su bondad, cuando menos lo piensan los hombres, ha vertido tanta ben­dición en este trabajo, que la mayoría de quienes han leído o escuchado el re­lato de estas Relaciones, han abierto las manos para aliviar a sus hermanos. Han sido enviadas, incluso, a las provincias del reino, y una de ellas ha enviado, hace poco, una suma considerable. Se ha pedido que se reimpriman las primeras Relaciones, para informar de la organización y continuación de esta obra, que es una de las más considerables de nuestros días, puesto que no solamente concierne a la vida temporal de gran número de personas, sino, incluso, a la espiritual, que debe ser el objeto principal del cristiano, cuya ley soberana es amar a Dios con todo corazón y al prójimo como a sí mismo.

Desde Guise, el 26 de septiembre de 1650

Ahora os escribo desde Guise, donde la pobreza, miseria y abandono so­brepasa todo lo que os diga de ello. Después del asedio han muerto alre­dedor de 500 personas, y hay otras tantas enfermas y lánguidas, de las cua­les una parte está cobijada en chozas y cuevas, más propias para alojar a bes­tias que a hombres. Hoy he ido a visitarles. No se sabe por dónde entrar allí; se encuentran abandonados de todo socorro y apenas hay actualmente una casa en Guise, a la que puedan recurrir, ni dónde encontrar un trozo de pan. Esto hace que mueran hasta doce y quince personas por día. Pienso, Señor, que esta situación debe llevar urgentemente a conmover las entrañas de quienes las tienen en favor de los pobres, cuya mayoría morirá de ham­bre por falta de ayuda. Confieso que se requiere mucho dinero, pero ¿se abandonará a tantos pobres desdichados, que se encuentran en la imposibili­dad de seguir viviendo, si no se continúa socorriéndolos?

Desde Ribemont, el 26 de septiembre de 1650

Es lamentable ver la miseria a la que están reducidos los pobres enfer­mos de Guise, pero aún es mayor la de los de Ribemont, donde estuve visi­tándoles anteayer. Todo lo que puedo deciros, es que no creo que haya en el mundo mayor miseria, pobreza y abandono. El número de enfermos pobres solamente en Ribemont, es de 150, cuya única ayuda es la que les viene de París. Tendremos gran necesidad de que se nos envíe, cuanto antes, dinero, porque de otra manera no se puede socorrer a los pobres enfermos que se encuentran en una necesidad extrema y abandonados en todos los lugares de Guise. Ribemont, Laon, La Fére y en otros lugares de Picardía, por donde han pasado los ejércitos y en los cuales han permanecido.

Desde Saint-Quentin, el 17, 24 y 28 de septiembre de 1650

Todos los días se descubren nuevas miserias y tan grandes, que apenas

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me atrevería a enumerarlas, si no fuesen conocidas por todos los que están en estos lugares. Todos los días, después de haber dicho la santa misa y dis­tribuido el potaje a los enfermos que, por el momento, son más de 200, recorro las calles para ver quiénes han caído enfermos, albergar a quienes están tirados en las calles e impedir que ninguno muera sin ayuda corporal y espiritual. Ayer fui a dos arrabales —donde hay alrededor de 25 chozas en el emplazamiento de las casas que han mandado demoler— que no se ha­bían visitado por miedo a los soldados que circulaban incesantemente alre­dedor y que arrebataban todo lo que encontraban. En cada una de ellas ha encontrado a diez personas, a saber, dos mujeres viudas, cada una con cua­tro niños, acostados todos juntos en el suelo y no tienen nada, ni siquiera ropa. No tenemos nada para ayudarles, a no ser que la caridad de París con­tinúe socorriéndoles; sin ella todos perecerán.

Uno de los eclesiásticos, que hizo ayer la visita a los pobres, habiendo encontrado varias puertas cerradas, mandó abrir una, después de haber estado llamando mucho tiempo, y vio que los enfermos estaban tan débiles, que no podían abrir la puerta, pues no habían comido desde hacía tres días y no tenían debajo de ellos más que un poco de paja, medio podrida. El número de estos pobres refugiados es tan grande, que sin la ayuda enviada de París, en el momento del asedio, los ciudadanos habrían decidido al no poderlos alimentar, arrojarlos por encima de las murallas de las ciudades.

Tenmos un monasterio de 50 religiosas de la Orden de san Francisco. Su necesidad es tan grande, que no comen más que pan de hierba, cebada y cebollas.

Desde La Fére, el 26 de septiembre de 1650

Los potajes, que hemos dado a los enfermos refugiados en este lugar y en Ham, han salvado la vida a muchas personas; si podemos continuar dándolos, tendrá el mismo resultado en el futuro, porque desde el momento que se dejen de dar volverán a caer gravemente enfermos. Nuestras pobres re­ligiosas benedictinas están todas enfermas y apenas tienen pan, como el que se da a los soldados.

Conclusión

La ayuda, que se ha dado hasta ahora, ha salvado la vida a más de 2.000 personas. Por el momento no se asiste más que a los enfermos, que son más de 1.500 y el gasto es tan grande, que se necesitan al menos 900 libras por semana. No se puede emplear mejor la limosna.

Quienes tengan devoción de dar, se dirigirán a los párrocos de las pa­rroquias o a las señoras presidentas de Lamoignon y de Herse.

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RELACIONES: Mes de octubre de 1650 Situación de los pobres de las fronteras de Picardía y de los alrededores de Soissons donde han acampado los ejércitos*

Hemos expuesto a vuestra caridad la situación miserable de los pobres de la frontera durante el mes de septiembre. Habéis visto la descripción de sus cabañas, más propias para cobijar a bestias que a personas. Habéis sido informados de la cantidad de personas, a quienes han salvado la vida vuestras limosnas, sin las cuales la mayoría de los enfermos hubieran sido arrojados fuera de las ciudades, de donde hubieran tenido que marcharse, y hubieran perecido en medio de los campos, sin ninguna ayuda espiritual y material. No es suficiente haber comenzado, se requiere continuar una obra tan buena. He aquí la continuación y el éxito durante el mes de octubre.

Desde Saint-Quentin, el 5, 10, 12 y 17 de octubre de 1650

Hemos reconocido la providencia especialísima de Dios para con nues­tros pobres en el aumento de limosnas, que nos han llegado de París; no nos pueden llegar de otra parte. Las familias más ricas de esta región apenas han cosechado para alimentarse y los que daban tienen necesidad de re­cibir.

Hemos aumentado y mejorado nuestros potajes con carne y hemos mul­tiplicado las porciones. Cada enfermo recibe la suya, cuando antes se daba para dos o tres. Esto les da la vida y les restablece las fuerzas para poderla ganar por su trabajo. Pero nuestros gastos aumentan en proporción, a los que hay que añadir el provocado por la carestía de trigo, ya que apenas si se en­cuentra en esta región. Los gastos para Saint-Quentin suben a 300 libras por semana.

Hemos realizado una revisión general de los pobres de la ciudad y de los arrabales en compañía de un canónigo y de un burgués de aquí. El nú­mero, tanto de refugiados como el de originarios, es de 25C, entre los cuales hay más de 120 enfermos de disentería y de otras fiebres ordinarias. Los pol­vos que les hacemos tomar les han proporcionado gran alivio. Necesitamos más polvos para continuar este remedio. Lo que va a doblar nuestros gastos, es la leña que hay que darles para que enciendan fuego, y algunas camisas, o algo que les cubra, para salvarles la vida, porque la humedad de sus ca­bañas, medio descubiertas, la paja podrida sobre la que se acuestan y la des­nudez en la que se encuentran, les hace tiritar de frío, y esta calamidad no

* Extractos de varias cartas escritas por eclesiásticos y otras personas de piedad y dignas de fe, que han ido expresamente de París para ayudarles. Biblioteca Nacional de París, Recueil Thoisy, T. 318, fols. 124-125.

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es menor que la del hambre, e impide su curación. Veis cuán necesario es que vuestra caridad crezca para enviarnos dinero. Las religiosas de la Or­den de san Francisco han recibido gran alivio en medio de sus miserias por la ayuda de sus bienhechores e imploran se les ayude para comprar un po­co de trigo.

Desde Guise, el 8, 11 y 13 de octubre de 1650

Después de haber buscado durante quince días los medios necesarios pa­ra instaurar los potajes en este lugar, dado que no se encontraban los uten­silios necesarios, finalmente, gracias a Dios, los hemos instaurado el 10 de los corrientes, y la primera distribución ha sido para 300 personas, la mayoría, enfermas de disentería, a quienes nuestros polvos les procuran gran alivio. El número crece todos los días, hay casi 400 sin contar a las familias ver­gonzantes que, se nos asegura, son más de 100, a quienes ayudamos según nuestras posibilidades. Finalmente, para describiros en pocas palabras la mi­seria de este lugar, algunos de los nuestros, que han estado en Lorena du­rante la gran aflicción, encuentran que ésta es mayor. Juzgad por esto qué ne­cesidad tenemos de vuestra ayuda. Necesitamos 400 libras por semana para este lugar.

Hemos estado en Marle, con gran riesgo de ser robados, como lo han sido otros muchos. El señor párroco nos ha asegurado que en dos meses ha enterrado a más de 300 personas, de las cuales juzga que más de 100 han muerto por falta de asistencia. El número de pobres es de unos setenta. Se va a comenzar a distribuir los potajes. Se enc